Sus ángeles en los cielos están continuamente en la presencia de mi Padre
Éxodo 23, 20-23
20 Yo enviaré un ángel delante de ti, para que te cuide en el camino y te lleve a la tierra que yo te he preparado. 21 Respeta su presencia y escucha su voz; no te rebeles contra él, porque no perdonará vuestra infidelidad, pues mi nombre está en él. 22 Si obedeces su voz y haces cuanto yo te diga, seré enemigo de tus enemigos y adversario de tus adversarios;23 porque mi ángel irá delante de ti y te llevará a la tierra de los amorreos, hititas, fereceos, cananeos, heveos y jebuseos: yo los exterminaré.
Salmo 90, 1-11
1 Tú que vives bajo la protección del Dios altísimo
y moras a la sombra del Dios omnipotente,
2 di al Señor: «Eres mi fortaleza y mi refugio,
eres mi Dios, en quien confío».
3 Pues él te librará de la red del cazador,
de la peste mortal;
4 te cobijará bajo sus alas
y tú te refugiarás bajo sus plumas;
su lealtad será para ti escudo y armadura.
5 No temerás el terror de la noche
ni la flecha que vuela por el día,
6 ni la peste que avanza en las tinieblas
ni el azote que asola al mediodía.
7 Aunque a tu lado caigan mil,
y diez mil a tu diestra, a ti no te alcanzarán.
8 Te bastará abrir los ojos,
y verás que los malvados reciben su merecido,
9 ya que has puesto tu refugio en el Señor
y tu cobijo en el altísimo.
10 A ti no te alcanzará la desgracia
ni la plaga llegará a tu tienda,
11 pues él ordenó a sus santos ángeles
que te guardaran en todos tus caminos.
Mateo 18, 1-5.10
1 En aquel momento se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es, entonces, el más grande en el reino de Dios?». 2 Jesús llamó a un niño, lo puso en el centro 3 y dijo: «Os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de Dios. 4 El que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de Dios». 5 «El que acoge en mi nombre a un niño como éste, a mí me acoge.
10 Guardaos de despreciar a uno de estos pequeñuelos, porque yo os digo que sus ángeles en los cielos están continuamente en la presencia de mi Padre celestial.
El mundo de hoy sólo acepta a los "grandes", a los mejores, a los primeros en el ámbito económico. Se ve también en los jóvenes, cómo ansían tener lo mejor del momento, aunque no les falte nada o lo tengan todo. Esto ha provocado que el hombre se olvide de su dignidad, de que está hecho para conseguir ideales más grandes, que un poco de gloria, por tener abundantes riquezas, no pueden dar.
Así es nuestro mundo, o mejor así hemos hecho nuestro mundo. Pero la realidad de Dios es otra. Es opuesta a los criterios del mundo. Cristo nos dice que si queremos ser los primeros seamos los últimos, y si queremos ser los más grandes sirvamos a todos. Lo que más vale en el hombre es su vida interior, sus virtudes, su voluntad, y no cuánto tiene o posee.
Por eso los más grandes en el Reino de los Cielos son los que son como niños, porque Dios ama a los pequeños de espíritu. ¿Cómo podemos hacernos niños ante Dios? La solución es sencilla, pero muy difícil por lo que significa para cada persona. Hay que ser humildes a ejemplo de Cristo, que supo decir que sí a lo que el Padre le pedía aun cuando le costase muchísimo.
Pidamos la gracia de la humildad para nosotros y todos nuestros familiares, para que lleguemos al Reino siendo gratos a los ojos de Dios.
Santos Ángeles Custodios
¿Quiénes son los Ángeles Custodios?
Dios ha asignado a cada hombre un ángel para protegerle y facilitarle el camino de la salvación mientras está en este mundo. Afirma a este respecto San Jerónimo: “Grande es la dignidad de las almas cuando cada una de ellas, desde el momento de nacer, tiene un ángel destinado para su custodia”.
En el Antiguo Testamento se puede observar cómo Dios se sirve de sus ángeles para proteger a los hombres de la acción del demonio, para ayudar al justo o librarlo del peligro, como cuando Elías fue alimentado por un ángel (1 Reyes 19, 5.) En el nuevo Testamento también se pueden observar muchos sucesos y ejemplos en los que se ve la misión de los ángeles: el mensaje a José para que huyera a Egipto, la liberación de Pedro en la cárcel, los ángeles que sirvieron a Jesús después de las tentaciones en el desierto.
La misión de los ángeles custodios es acompañar a cada hombre en el camino por la vida, cuidarlo en la tierra de los peligros de alma y cuerpo, protegerlo del mal y guiarlo en el difícil camino para llegar al Cielo. Se puede decir que es un compañero de viaje que siempre está al lado de cada hombre, en las buenas y en las malas. No se separa de él ni un solo momento. Está con él mientras trabaja, mientras descansa, cuando se divierte, cuando reza, cuando le pide ayuda y cuando no se la pide. No se aparta de él ni siquiera cuando pierde la gracia de Dios por el pecado. Le prestará auxilio para enfrentarse con mejor ánimo a las dificultades de la vida diaria y a las tentaciones que se presentan en la vida.
Muchas veces se piensa en el ángel de la guarda como algo infantil, pero no debía ser así, pues si pensamos que la persona crece y que con este crecimiento se tendrá que enfrentar a una vida con mayores dificultades y tentaciones, el ángel custodio resulta de gran ayuda.
Para que la relación de la persona con el ángel custodio sea eficaz, necesita hablar con él, llamarle, tratarlo como el amigo que es. Así podrá convertirse en un fiel y poderoso aliado nuestro. Debemos confiar en nuestro ángel de la guarda y pedirle ayuda, pues además de que él nos guía y nos protege, está cerquísima de Dios y le puede decir directamente lo que queremos o necesitamos. Recordemos que los ángeles no pueden conocer nuestros pensamientos y deseos íntimos si nosotros no se los hacemos saber de alguna manera, ya que sólo Dios conoce exactamente lo que hay dentro de nuestro corazón. Los ángeles sólo pueden conocer lo que queremos intuyéndolo por nuestras obras, palabras, gestos, etc.
También se les pueden pedir favores especiales a los ángeles de la guarda de otras personas para que las protejan de determinado peligro o las guíen en una situación difícil.
El culto a los ángeles de la guarda comenzó en la península Ibérica y después se propagó a otros países. Existe un libro acerca de esta devoción en Barcelona con fecha de 1494.
Moral y Ética XXIV
La Esperanza, confiar en Dios
La certeza de que alcanzaremos la eterna felicidad.
Todos los hombres en un momento u otro de su vida se enfrentan a momentos dolorosos como el sufrimiento, la muerte, la enfermedad, etc. Es sólo gracias a la Esperanza, la segunda virtud teologal, que estas realidades adquieren un sentido, convirtiéndose en medios de salvación, en un camino para llegar a Dios. La Esperanza nos da la certeza de que algún día viviremos en la eterna felicidad.
La virtud de la esperanza corresponde a ese anhelo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón del hombre.
Es un virtud sobrenatural infundida por Dios en el momento del Bautismo. Nos da la firme confianza en que Dios, por los méritos de Cristo, nos dará las gracias que necesitamos aquí en la Tierra para alcanzar el Cielo.
La virtud de la esperanza consiste en confiar con certeza en las promesas de salvación que Dios nos ha hecho. Está fundada en la seguridad que tenemos de que Dios nos ama. Y está basada en la bondad y el poder infinito de Dios, que es siempre fiel a sus promesas.
Sin esperanza, el hombre se encierra en el horizonte de este mundo y pierde la visión de la vida eterna. Lucha solo contra las dificultades prescindiendo de la ayuda de Dios.
Pero sabemos que el hombre está destinado a la vida eterna y debe vivir de cara a ella. La esperanza es la seguridad en algo futuro. Confiando en Dios no hay futuro incierto. La esperanza cristiana se funda en la fe, porque nace de creer en las promesas que Dios nos ha hecho.
Uno de los ejemplos más claros de lo que es la esperanza lo encontramos en Job, que a pesar de todo lo que le sucedió seguía creyendo en Dios. Su esperanza nunca se perdió, por más que le decían , él seguía siendo fiel.
Ahora bien, la esperanza en Dios no elimina un cierto temor a Dios, un temor sano, pues los hombres sabemos que así como Dios es siempre fiel, los hombres sabemos que muchas veces somos infieles y hacemos caso omiso a la gracia, lo cual nos conlleva el riesgo de condenarnos. Debe haber una proporción entre la esperanza y el temor.
La esperanza sin temor es presunción. Sin embargo una esperanza con temor de hijo de Dios es una esperanza real. Por otro lado, una esperanza con un temor excesivo nos lleva a la desconfianza. El temor solamente, es decir, sin esperanza, no es otra cosa que desesperación.
Pecados contra la esperanza
Desesperación desconfianza en Dios, por lo que nos abandonamos al abismo de nuestra propia inseguridad. Es el pecado de Caín y de Judas. Ge. 4, 13; Mt. 27, 3-6. Con la desesperación estamos negando la fidelidad de Dios a sus promesas y su infinita misericordia, y nos puede llevar a muchos excesos, incluyendo el suicidio. Es un pecado gravísimo. La persona desesperada siente y piensa que Dios no le puede perdonar, que nada que haga va a cambiar la situación.
La presunción confiar en obtener la vida eterna sin la ayuda de Dios, porque nos bastamos a nosotros mismos. Es el caso típico del autosuficiente que se “no necesita de nada, ni de nadie, sólo él basta”. Es un exceso de confianza que nos hace pensar que vamos a obtener la salvación aún prescindiendo de los medios que Dios nos da. Es decir, sin la gracia, ni las buenas obras. Su causa principal es el orgullo. Se piensa que no importa lo que se haga, de todas maneras se obtiene la salvación.
Existen diferentes maneras de pecar por presunción:
Los que esperan salvarse por sus propias fuerzas, sin la ayuda de la gracia de Dios Herejía Pelagio.
Los que esperan salvarse por la sola fe, sin hacer buenas obras. Protestantismo.
Los que viven pensando que ya habrá oportunidad de convertirse en el momento de la muerte, y viven un estado habitual de pecado.
Los que siempre están pecando “ a fin que Dios siempre perdona”.
Los que se exponen con mucha facilidad a las ocasiones de pecado, pues piensan que son capaces de resistir la tentación.
Es pecado grave esta presunción, pues se está abusando de la misericordia divina y despreciando su justicia. Es una confianza excesiva y totalmente falsa en Dios.
La desconfianza: se tienen dudas en la misericordia y fidelidad de Dios, aunque se tenga cierta esperanza.
La irresponsabilidad: dejar toda nuestra salvación en manos de Dios y no poner los medios que corresponden a nuestra colaboración.
La esperanza es una virtud poco conocida o muy confundida. No se piensa en ella como algo sobrenatural, referente a nuestra vida eterna, sino que se piensa que la esperanza concierne en alcanzar diferentes cosas aquí en la tierra.
Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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"Id por todo el mundo y proclamad la buena noticia a toda criatura"
Marcos 16,15
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Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el hijo del hombre
Apocalipsis 12, 7-12a
7 Entonces hubo una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles lucharon contra el dragón. El dragón y sus ángeles combatieron, 8 pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. 9 Y fue precipitado a la tierra el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama «Diablo» y «Satanás», el seductor del mundo entero, y sus ángeles fueron precipitados con él. 10 Oí una voz potente en el cielo, que decía: Ahora ha llegado la victoria, el poder, el reino de nuestro Dios y la soberanía de su mesías, porque ha sido expulsado el acusador de nuestros hermanos, el que día y noche les acusaba ante nuestro Dios. 11 Ellos le han vencido por la sangre del cordero y por el testimonio que proclamaron, y han despreciado su vida hasta sufrir la muerte. 12a Por eso, alegraos, oh cielos, y vosotros, los que habitáis en ellos.
Salmo 137, 1-5
1 De David
Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
frente a los dioses cantaré para ti.
2 Yo me postro hacia tu santo templo,
doy gracias a tu nombre por tu amor y tu verdad,
pues tus promesas superan tu renombre.
3 El día que te llamé,
tú me respondiste y me diste valor.
4 Que te den gracias, Señor,
todos los reyes de la tierra,
cuando escuchen las palabras de tu boca;
5 que ensalcen los caminos del Señor:
«¡Qué grande es la gloria del Señor!».
Juan 1,47-51
47 Jesús vio a Natanael, que se le acercaba, y dijo de él: «Éste es un israelita auténtico, en el que no hay engaño». 48 Natanael le dijo: «¿De qué me conoces?». Jesús le contestó: «Antes que Felipe te llamase, te vi yo, cuando estabas debajo de la higuera».49 Natanael le respondió: «Rabí, tú eres el hijo de Dios, tú eres el rey de Israel». Jesús le contestó: 50 «¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores que éstas verás». 51 Y añadió: «Os aseguro que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el hijo del hombre».
Quienes, hoy día, no creen en los ángeles, son los mismos que no creen en los santos (me refiero al poder de los santos, no a su biografía, en la que no hay más remedio que creer)...
Si me apuran, son los mismos que ponen el mismo empeño en recalcar a toda costa la sencillez de la Virgen (virtud hermosísima en Ella, sin ninguna duda) que en pasar por alto su realeza y su mediación. A los ojos de esta mentalidad, la omnipotencia de Dios es una "omnipotencia excluyente": Dios tiene que lucirse y no debe dejar lucirse a nadie sino a Él.
Supongo que muchos de nosotros, de haber sido Dios, hubiéramos hecho eso. Pero Dios no es así. A nuestro Creador le encanta lucirse en sus criaturas, y servirse de ellas para obras grandes, de modo que la gloria que sólo a Él pertenece brille en cada una de las obras de sus manos. Es honra para la criatura, y deleite para el Creador. Se ha servido de los santos arcángeles para llevar a cabo maravillas que pudiera haber realizado por Sí mismo.
Pero, con ello, ha revestido a estos espíritus amados de esa belleza divina que es su gloria.
Miguel, "¿Quién como Dios?". Él sepultó en el infierno a los espíritus rebeldes acaudillados por Lucifer. Contemplando a Miguel nos gozamos en el poder de nuestro Hacedor, más fuerte que el del Maligno, más fuerte que nuestras tentaciones y rebeldías...
Y así, quienes quisiéramos vencer al pecado para agradar siempre a Dios, nos sentimos seguros. Invocamos a San Miguel en momentos de tentación e incertidumbre.
Rafael, "medicina de Dios": él acompañó a Tobías en el largo viaje que emprendió para buscar la medicina que sanara a su padre. Fue un poquito más allá, y, además de la farmacopea, le encontró una novia, con la que el joven se casó. Rafael nos muestra a un Dios que no soporta que el hombre camine solo, y que ha sido capaz de enviar a su Hijo en carne mortal para acompañar los pasos de cada uno de nosotros. Invocamos a Rafael al emprender viaje, pero también debieran hacerlo quienes andan como locos buscando media naranja (siempre y cuando estén dispuestos a poner ellos, de verdad, la otra mitad).
Gabriel, el mensajero de Dios, elegido para llevar su palabra a los hombres, tuvo el privilegio de postrarse ante las purísimas plantas de la Virgen María para declarar anteElla la locura de Amor de todo un Dios. No dudó la Virgen de la procedencia de aquella voz: "Hágase en mí según tu Palabra". En Gabriel contemplamos a un Dios que habla, que se comunica, que se entrega enamorado y se manifiesta a los hombres.
Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael
Son los nombres con que se presentan en la Sagrada Escritura estos tres príncipes de la corte celestial.
Miguel aparece en defensa de los intereses divinos ante la rebelión de los ángeles malos; Gabriel, enviado por el Señor a diferentes misiones, anunció a la Virgen Maria el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y su maternidad divina; Rafael acompañó al joven Tobías cuando cumplía un difícil encargo y se ocupó de solucionar difíciles asuntos de su esposa.
Actualmente, se habla mucho de los ángeles: se encuentran libros de todo tipo que tratan este tema; se venden "angelitos" de oro, plata o cuarzo; las personas se los cuelgan al cuello y comentan su importancia y sus nombres. Hay que tener cuidado, pues se puede caer en dar a los ángeles atribuciones que no les corresponden y elevarlos a un lugar de semidioses, convertirlos en "amuletos" que hacen caer en la idolatría, o crear confusiones entre lo que son las inspiraciones del Espíritu Santo y los consejos de los ángeles.
Es verdad que los ángeles son muy importantes en la Iglesia y en la vida de todo católico, pero son criaturas de Dios, por lo que no se les puede igualar a Dios ni adorarlos como si fueran dioses.
A pesar de que están de moda, por otro lado, es muy fácil que nos olvidemos de su existencia, por el ajetreo de la vida y principalmente, porque no los vemos. Este olvido puede hacernos desaprovechar muchas gracias que Dios ha destinado para nosotros a través de los ángeles.
Por esta razón, la Iglesia ha fijado dos festividades para que, al menos dos días del año, nos acordemos de los ángeles y los arcángeles, nos alegremos y agradezcamos a Dios el que nos haya asignado un ángel custodio y aprovechemos estos días para pedir su ayuda.
La misión de los ángeles es amar, servir y dar gloria a Dios, ser mensajeros y cuidar y ayudar a los hombres. Ellos están constantemente en la presencia de Dios, atentos a sus órdenes, orando, adorando, vigilando, cantando y alabando a Dios y pregonando sus perfecciones. Se puede decir que son mediadores, custodios, guardianes, protectores y ministros de la justicia divina.
La presencia y la acción de los ángeles aparece a lo largo del Antiguo Testamento, en muchos de sus libros sagrados. Aparece frecuentemente, también, en la vida y enseñanzas de Nuestro Señor, Jesucristo, en la Carta de san Pablo, en los Hechos de los Apóstoles y, principalmente, en el Apocalipsis.
Con la lectura de estos textos, podemos descubrir algo más acerca de los ángeles:
nos protegen, nos defienden físicamente y nos fortalecen al combatir las fuerzas del mal.
luchan con todo su poder por y con nosotros.
Como ejemplo, está la milagrosa liberación de San Pedro que pudo huir de la prisión ayudado por un ángel (Hechos 12, 7 y siguientes). También, aparece un ángel deteniendo el brazo de Abraham, para que no sacrificara a su hijo, Isaac.
Los ángeles nos comunican mensajes importantes del Señor en determinadas circunstancias de la vida. En momentos de dificultad, se les puede pedir luz para tomar una decisión, para solucionar un problema, actuar acertadamente y para descubrir la verdad.
Por ejemplo, tenemos las apariciones a la Virgen María, a San José y a Zacarías. Todos ellos recibieron mensajes de los ángeles.
Los ángeles cumplen, también, las sentencias de castigo del Señor, como el castigo a Herodes Agripa (Hechos de los Apóstoles) y la muerte de los primogénitos egipcios (Exódo 12, 29).
Los ángeles presentan nuestras oraciones al Señor y nos conducen a Él. Nos acompañan a lo largo de nuestra vida y nos conducirán, con toda bondad, después de nuestra muerte, hasta el trono de Dios para nuestro encuentro definitivo con Él. Este será el último servicio que nos presten pero el más importante. El arcángel Rafael dice a Tobías: "Cuando ustedes oraban, yo presentaba sus oraciones al Señor", (Tob 12, 12 - 16).
Ellos nos animan a ser buenos pues ven continuamente el rostro de Dios y también ven el nuestro. Debemos tener presentes las inspiraciones de los ángeles para saber obrar correctamente en todas las circunstancias de la vida. "Los ángeles se regocijan cuando un pecador se arrepiente", (Lucas 15, 10).
A los arcángeles les podríamos llamar los "asistentes de Dios". Son ángeles que están al servicio directo del Señor para cumplir misiones especiales.
1. Arcángel San Miguel: es el que arrojó del Cielo a Lucifer y a los ángeles que le seguían y quien mantiene la batalla contra Satanás y demás demonios para destruir su poder y ayudar a la Iglesia militante a obtener la victoria final. El nombre de Miguel significa "quien como Dios". Su conducta y fidelidad nos debe invitar a reconocer siempre el señoría e Jesús y buscar en todo momento la gloria de Dios.
2. Arcángel San Gabriel: en hebreo significa "Dios es fuerte", "Fortaleza de Dios". Aparece siempre como el mensajero de Yahvé para cumplir misiones especiales y como portador de buenas noticias. Anunció a Zacarías el nacimiento de Juan, el Bautista y a la Virgen María, la Encarnación del Hijo de Dios.
3. Arcángel San Rafael: su nombre quiere decir "medicina de Dios". Tiene un papel muy importante en la vida del profeta Tobías, al mostrarle el camino a seguir y lo que tenía que hacer. Tobías obedeció en todo al arcángel San Rafael, sin saber que era un mensajero de Dios. Él se encargó de presentar sus oraciones y obras buenas a Dios, dejándole como mensaje bendecir y alabar al Señor, hacer siempre el bien y no dejar de orar. Se le considera patrono de los viajeros por haber guiado a Tobías en sus viajes. Es patrono, también, de los médicos (de cuerpo y alma) por las curaciones que realizó en Tobit y Sara, el padre y la esposa de Tobías.
Moral y Ética XXIII
La Fe, fundamento y fuente de la vida moral
Es la virtud sobrenatural por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado.
Definición y Naturaleza de la Fe
Las virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano. Le dan vida a todas las virtudes morales. Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para que por medio de ellas, el hombre sea capaz de actuar como hijo suyo y de ese modo alcanzar la salvación. Son la garantía de la presencia y la acción del Espíritu Santo en el ser humano.
Por la fe el hombre se entrega libremente a Dios y por ella se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios. Por eso se dice que la fe es el fundamento de la vida moral ( Catec. n 2087). Es el don más grande que puede recibir el hombre, es más grande que la vida. De hecho, la fe da sentido a la vida, enseña a comprender el dolor y el sufrimiento, da sentido a lo cotidiano, llena la vida con la presencia de Dios.
La fe, que es la virtud sobrenatural por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado y que la Iglesia nos propone, porque Él es la verdad misma. Es decir, es la virtud sobrenatural por la que creemos ser verdadero todo lo que Dios ha revelado. Es imposible sin tener fe, tener un contacto íntimo con Dios.
Es una virtud que nos viene dada por Dios (virtud teologal) pues casi todas las verdades que creemos exceden la capacidad natural de la mente humana y hace falta una gracia especial de Dios para que se pueda dar el asentimiento. Nos es dada en el Bautismo.
La fe es un requisito fundamental para alcanzar la salvación. Todo el que cree en Cristo se salvará, esto nos dice el Evangelio en Mc. 16,16: “el que creyere y fuere bautizado se salvará y el que no creyere se condenará”. Pero, hay que tener cuidado en no caer en la visión protestante de que sólo la fe basta, las obras no importan. Así como el que carece de fe no se salva el que, teniendo fe, no las convierte en obras, tampoco se salva. “Como el cuerpo sin el espíritu es muerto, así también es muerta la fe sin obras”. Sant. 2, 26. La fe es decir sí a las verdades reveladas por Dios.
La fe no es un simple sentimiento de la presencia de Dios en la vida sino fiarse de Dios, confiar en Él. No tiene como fin primario capacitar al hombre para su tarea en este mundo, sino iniciarle a la vida divina que sólo alcanzará su perfección en la vida eterna. La fe es adhesión de la inteligencia a la palabra de Cristo (Evangelio) y entrega confiada a Él de toda la persona. Tiene, por tanto, un carácter intelectual y una dimensión existencial (que abarca a toda la existencia en sus múltiples facetas).
Por tanto, en la fe entran la inteligencia y la voluntad; los actos de fe son actos humanos. Por ello no podemos reducir la fe sólo a sentimientos o a emociones, ni considerarla como algo irracional o absurdo que simplemente obedecemos sin buscar su significado profundo o su coherencia interna. La fe es racional aunque a veces al hombre le cueste encontrarle sentido. La dificultad, en este caso, no es de la fe sino de la limitación humana.
Deberes que la fe impone
Los deberes que impone la fe al que la posee son: conocerla, confesarla y preservarla de cualquier peligro.
1. Conocerla
No sólo saber de que se trata sino que también hay que interiorizarla. Todo hombre dependiendo de su estado y condición tiene el deber de conocer las principales verdades de fe. Es un deber gravísimo. Cuando menos hay que conocer:
* Los dogmas fundamentales, contenidos en el Credo.
* Lo que es necesario practicar para salvarse: los Mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia.
* El Padrenuestro.
* Los medios de salvación: Los sacramentos.
Estos apartados coinciden con las cuatro divisiones del Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica: la profesión de la fe, la celebración del misterio cristiano, la vida en Cristo y la oración cristiana.
2. Confesarla
* Manifestándola con palabras y hechos. Así, por ejemplo, al recitar el Credo conscientemente estamos haciendo una confesión de fe en las verdades fundamentales que nos ha revelado Dios. Al hacer una genuflexión ante la Eucaristía, manifestamos nuestra fe en la presencia de Cristo bajo las especies de pan y vino. Muchas veces, estos gestos sin la presencia de la fe resultarían incomprensibles o grotescos.
* A través de la coherencia entre lo que creemos y hacemos en la propia vida, por medio de las obras. En nuestra vida cotidiana, en nuestras palabras y, si es necesario, en la confesión clara y explícita, aun a costa de la propia vida, debe manifestarse nuestra fe. En determinadas ocasiones se podrá ocultar o disimular la fe (ante la persecución, por ejemplo), pero nunca es lícito negarla.
En los tiempos actuales en que la fe se debilita en muchos hombres, en que el paganismo avanza y parece ponerse de moda el vivir como si Dios no existiese, los católicos tenemos un deber especial de extender el Evangelio, de predicar, de utilizar todos los medios a nuestro alcance para iluminar a los hombres con la revelación de Cristo igual que hacían los primeros cristianos. Esto supone una vivencia auténtica de la fe, un verdadero amor a Cristo y una justa valoración de lo que significa la salvación de una alma.
* Por la práctica del apostolado, que nos lleva a hacer partícipes a otros del don que poseemos.
3. Preservarla
Es obligatorio evitar todo lo que la pueda poner en peligro o debilitarla por ser la fe un don sobrenatural de inmensa riqueza. Una manera de preservarla es cumliendo fielmante los mandamientos y demás compromisos del cristiano. Las crisis de fe son generalmente crisis de conducta.
Pecados contra la fe
Se puede pecar contra la fe por negarla interiormente, por no confesarla exteriormente y por exponerla a peligros.
1. Por negarla
La fe puede ser negada de varias maneras (Catec. n. 2089):
* Incredulidad: es la carencia culpable de la fe ya sea total (ateísmo) o parcial (falta de fe). Supone El rechazo del principio y fundamento de la salvación eterna.
* Por negligencia en la instrucción religiosa;
* Por rechazar o despreciar positivamente la fe después de haber recibido la instrucción religiosa básica.
* Apostasía: abandono total de la fe cristiana recibida en el bautismo. No es una pérdida paulatina, como en la infidelidad, debida al desprecio, a la vida de pecado o a la negligencia en la propia formación, sino una opción clara y global: cambio de religión o adhesión intelectual al panteísmo, racionalismo, marxismo, masonería...
* Herejía: es el error voluntario y pertinaz contra alguna verdad definida como dogma de fe. En realidad, la herejía, al rechazar una verdad de fe, está rechazando toda la fe y está rechazando implícitamente la autoridad de dios que revela. Es, por tanto, un pecado gravísimo pues se rechaza formalmente a Dios. Por eso, la Iglesia denuncia las herejías para proteger a los fieles.
* Dudas contra la fe. Si estas dudas se vencen sometiendo humildemente nuestro entendimiento a la revelación, a Dios, hacemos un acto virtuoso. Sin embargo, si estas dudas son admitidas deliberadamente o no se ponen los medios para salir de ellas, se está incurriendo en una falta contra la fe.
2. Por no confesarla externamente por vergüenza o temor
Este defecto consiste en la vergüenza de confesar externamente la fe por miedo a la opinión que los demás puedan formarse sobre mí. Puede llevar a omitir preceptos graves (por ejemplo, no voy a Misa el domingo por temor a que se enteren mis amigos con los que estoy pasando el fin de semana), o a veces puede suponer desprecio de la religión o ser causa de escándalo (por ejemplo, no responder ante un ataque al Papa en una conversación).
3. Por exponerla al peligro
Es el pecado de los que no se apartan de todo lo que puede hacer daño a la fe. Se puede presentar de muchas formas: conversaciones, lectura de libros contrarios a la fe, películas, conferencias, negligencia en la formación religiosa, supersticiones (la guija, espiritismo, etc).
Cuando se perciba alguna ocasión de peligro para tu fe, conviene acudir a un director espiritual o confesor fiel a la Iglesia y consultarle sobre las dificultades o los peligros que puedan aparecer.
Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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Marcos 16,15
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2 Vanidad de vanidades, dice Qohélet. Vanidad de vanidades; todo es vanidad. 3 ¿Qué provecho saca el hombre de todo el trabajo con que se afana bajo el sol? 4 Una generación pasa y otra generación viene, y la tierra subsiste siempre. 5 El sol sale y se pone, y se apresura a su lugar, de donde vuelve a salir. 6 Sopla el viento hacia el sur, y luego gira hacia el norte; y gira, gira, y retorna sobre su recorrido el viento.7 Todos los ríos van al mar, y la mar no se llena; al lugar donde van los ríos, allí mismo vuelven a ir. 8 Es indecible lo que aburren las cosas; no se sacia el ojo de ver, ni el oído se harta de oír.9 Lo que fue, eso mismo será; y lo que se hizo, eso mismo se hará; no hay nada nuevo bajo el sol.10 Si hay una cosa de la que dicen: «Mira, esto es nuevo», esa cosa existió ya en los siglos que nos precedieron.11 No hay recuerdo de las cosas pasadas; ni de las futuras tampoco habrá recuerdo entre los que serán después.
Salmo 89,3-6.12-14.17
3 Tú haces volver al polvo a los mortales,
pues tú has dicho: «Volved, hijos de Adán».
4 Mil años para ti son como el ayer que a pasó,
como un turno de la vigilia de la noche.
5 Los arrebatas como un sueño mañanero,
son semejantes a la hierba que brota:
6 sale y florece a la mañana,
y a la tarde se marchita y se seca.
12 Enséñanos a contar nuestros días
para que adquiramos un corazón sabio.
13 Vuelve con nosotros, Señor.
¿Hasta cuándo? Ten piedad de tus siervos.
14 Llénanos de tu amor por la mañana
para que vivamos alegres
y contentos todos nuestros días,
17 La bondad del Señor, nuestro Dios, esté con nosotros.
Haz prosperar la acción de nuestras manos;
sí, haz prosperar la acción de nuestras manos.
Lucas 9,7-9
7 El virrey Herodes se enteró de todas estas cosas y estaba desconcertado, porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos, 8 otros que había aparecido Elías y otros que uno de los antiguos profetas había vuelto a la vida. 9 Pero Herodes decía: «A Juan yo le corté la cabeza; ¿quién es éste de quien oigo tales cosas?». Y buscaba verlo. A su regreso, los discípulos le contaron todo lo que habían hecho.
¿Quién es este hombre que congrega a las multitudes, este hombre que cura a los enfermos, este hombre que nos habla de un Reino nuevo y a quien el mar y el viento obedecen? ¿Es un reformador social? ¿Un nuevo profeta? ¿Un revolucionario? ¿O el hombre más genial de todos los tiempos?
Hoy nos surge también a nosotros el mismo deseo que a Herodes. Tenemos ganas de ver a Cristo. Queremos conocerle y estar con El. Lo mismo que la historia se cuenta ahora a partir su nacimiento, queremos también que nuestras vidas se cuenten a partir de este encuentro personal en Él.
Herodes no sabía quién eras. Nosotros sabemos que Tú eres el Hijo de Dios, y que sólo Tú tienes palabras de vida eterna.
San Wenceslao de Bohemia,
El joven príncipe, que nació en Bohemia hacia el año 907, personifica el ideaI del héroe nacional, valientemente comprometido en la promoción cultural y religiosa del pueblo eslavo.
Cuando se derrumbó el reino moravio, en el 895 los príncipes bohemios, entrando en el juego diplomático de las potencies de ese entonces, se aliaron con el fuerte reino franco, y adoptando los principios de las antiguas civilizaciones comenzaron el proceso de europeización de los Estados de Europa central.
Lider de esta política de visión hacia el futuro fue el joven duque de Bohemia, Wenceslao. El había sido educado cristianamente por la abuela Ludmila, venerada como santa. Tan pronto tuvo la edad requerida, sucedió al padre después de la breve regencia de la madre Draomira. Mujer intrigante, Draomira prefería al segundo hijo, Boleslao, y fomentó con todos los medios a su alcance la rivalidad entre los dos, hasta el punto de llevar al segundo a mancharse con el grave delito del fratricidio.
En la mañana del 28 de septiembre del 935, mientras Wenceslao salía de case para ir a Misa, Boleslao, que lo esperaba en un lugar solitario con un grupo de cómplices, le saltó encima para herirlo por la espalda. El joven rey, que todavía no tenía treinta años, detuvo el golpe y echó mano a su espada, pero cuando se dio cuenta que el asesino era su hermano bajó el arma, murmurando: “Podría matarte, pero la mano de un siervo de Dios no debe mancharse con el fratricidio”. Fue asesinado por los sicarios de Boleslao.
Este ejemplarísimo príncipe cristiano anteponía sus deberes religiosos a los de soberano, hasta el punto de llegar tarde a una importante asamblea de Worms, convocada por el emperador Otón, porque estaba en Misa. No era raro ver al joven rey mezclado con los otros fieles, con los pies descalzos, durante las procesiones penitenciales. Impuso a su cuerpo la dura disciplina del cilicio y las diarias mortificaciones.
Fue considerado como un rey renunciatario por haber buscado la alianza con los poderosos francos limítrofes, pero el mismo hermano Boleslao, que le sucedió, después de haberlo mandado asesinar, comprendió esa política realistica y la siguió. Boleslao comprendió el error de valoración respecto de su hermano, hacia quien la devoción popular creció de día en día, por los prodigios que se obraban sobre la tumba del mártir, venerado inmediatamente como santo, el primero de los pueblos eslavos.
Moral y Ética XXII
Las virtudes morales o cardinales
Son aquellas sobre las cuales gira toda la vida moral del hombre.
INTRODUCCIÓN
Se llaman cardinales porque son el gozne o quicio (cardo, en latín) sobre el cual gira toda la vida moral del hombre; es decir, sostienen la vida moral del hombre. No se trata de habilidades o buenas costumbres en un determinado aspecto, sino que requieren de muchas otras virtudes humanas. Estas virtudes hacen al hombre cabal. Y sobre estas virtudes Dios hará el santo, es decir, infundirá sus virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo.
Mientras en las virtudes teologales Dios ponía todo su poder sin nuestra colaboración, aquí en las virtudes morales Dios las infundió el día del bautismo como una semilla, pero dejó al hombre el trabajo de desarrollarlas a base de hábitos y voluntad, siempre, lógicamente, movido por la gracia de Dios.
Estas cuatro virtudes son como remedio a las cuatro heridas producidas en la naturaleza humana por el pecado original: contra la ignorancia del entendimiento sale al paso la prudencia; contra la malicia de la voluntad, la justicia; contra la debilidad del apetito irascible, la fortaleza; contra el desorden de la concupiscencia, la templanza.
I. LA PRUDENCIA
1. Virtud infundida por Dios en el entendimiento para que sepamos escoger los medios más pertinentes y necesarios, aquí y ahora, en orden al fin último de nuestra vida, que es Dios. Virtud que juzga lo que en cada caso particular conviene hacer de cara a nuestro último fin. La prudencia se guía por la razón iluminada por la fe.
2. Abarca tres elementos: pensar con madurez, decidir con sabiduría y ejecutar bien.
3. La prudencia es necesaria para nuestro obrar personal de santificación y para nuestro obrar social y de apostolado.
4. Los medios que tenemos para perfeccionar esta virtud son: preguntarnos siempre si lo que vamos a hacer y escoger nos lleva al fin último; purificar nuestras intenciones más íntimas para no confundir prudencia con dolo, fraude, engaño; hábito de reflexión continua; docilidad al Espíritu Santo; consultar a un buen director espiritual.
5. El don de consejo perfecciona la virtud de la prudencia
6. Esta virtud la necesitan sobre todo los que tienen cargos de dirección de almas: sacerdotes, maestros, papás, catequistas, etc.
II. LA JUSTICIA
1. Virtud infundida por Dios en la voluntad para que demos a los demás lo que les pertenece y les es debido.
2. Abarca mis relaciones con Dios, con el prójimo y con la sociedad.
3. La justicia es necesaria para poner orden, paz, bienestar, veracidad en todo.
4. Los medios para perfeccionar la justicia son: respetar el derecho de propiedad en lo que concierne a los bienes temporales y respetar la fama y la honra del prójimo.
5. La virtud de la justicia regula y orienta otras virtudes: a) La virtud de la religión inclina nuestra voluntad a dar a Dios el culto que le es debido; b) La virtud de la obediencia que nos inclina a someter nuestra voluntad a la de los superiores legítimos en cuanto representantes de Dios. Estos superiores son: los papás respecto a sus hijos; los gobernantes respecto a sus súbditos; los patronos respecto a sus obreros; el Papa, los obispos y los sacerdotes respecto a sus fieles; los superiores de una Congregación religiosa respecto a sus súbditos religiosos.
III. LA FORTALEZA
1. Es la virtud que da fuerza al alma para correr tras el bien difícil, sin detenerse por miedo, ni siquiera por el temor de la muerte. También modera la audacia para que no desemboque en temeridad.
2. Tiene dos elementos: atacar y resistir. Atacar para conquistar metas altas en la vida, venciendo los obstáculos. Resistir el desaliento, la desesperanza y los halagos del enemigo, soportando la muerte y el martirio, si fuera necesario, antes que abandonar el bien.
3. El secreto de nuestra fortaleza se halla en la desconfianza de nosotros mismos y en la confianza absoluta en Dios. Los medios para crecer en la fortaleza son: profundo convencimiento de las grandes verdades eternas: cuál es mi origen, mi fin, mi felicidad en la vida, qué me impide llegar a Dios; el espíritu de sacrificio.
4. Virtudes compañeras de la fortaleza: magnanimidad (emprender cosas grandes en la virtud), magnificencia (emprender cosas grandes en obras materiales), paciencia (soportar dificultades y enfermedades), longanimidad (ánimo para tender al bien distante), perseverancia (persistir en el ejercicio del bien) y constancia (igual que la perseverancia, de la que se distingue por el grado de dificultad).
IV. LA TEMPLANZA
1. Virtud que modera la inclinación a los placeres sensibles de la comida, bebida, tacto, conteniéndola dentro de los límites de la razón iluminada por la fe.
2. Medios: para lo referente al placer desordenado del gusto, la templanza me dicta la abstinencia y la sobriedad; y para lo referente al placer desordenado del tacto: la castidad y la continencia.
3. Virtudes compañeras de la templanza: humildad, que modera mi apetito de excelencia y me pone en mi lugar justo; mansedumbre, que modera mi apetito de ira.
CONCLUSIÓN
Estas virtudes morales restauran poco a poco, dentro de nuestra alma, el orden primitivo querido por Dios, antes del pecado original, e infunden sumisión del cuerpo al alma, de las potencias inferiores a la voluntad. La prudencia es ya una participación de la sabiduría de Dios; la justicia, una participación de su justicia; la fortaleza proviene de Dios y nos une con Él; la templanza nos hace partícipes del equilibrio y de la armonía que en Él reside. Preparada de esta manera por las virtudes morales, la unión de Dios será perfecta por medio de las virtudes teologales.
Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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"Id por todo el mundo y proclamad la buena noticia a toda criatura"
Marcos 16,15
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Los envió a predicar el reino de Dios y a curar a los enfermos
Proverbios 30,5-9
5 Toda palabra de Dios es acrisolada;
él es un escudo para los que en él se refugian.
6 No añadas nada a sus palabras
para que no te reprenda y te tenga por falsario.
7 Dos cosas te pido;
no me las niegues antes de que muera.
8 Aleja de mí falsedad y mentira,
no me des pobreza ni riqueza.
Concédeme el pan necesario,
9 no sea que, saciado, reniegue de ti
y diga: «¿Quién es el Señor?»;
o que, siendo pobre, robe y profane el nombre de mi Dios.
Salmo 118,29.72.89.101.104.163
29 Aleja de mí el camino de la mentira
y dame la gracia de tu ley;
72 la ley de tu boca es para mí mejor
que millones de oro y plata.
89 Tu palabra, Señor, permanece eternamente,
más estable que los mismos cielos;
101 he apartado mi pie de todo mal camino
con el fin de guardar tu palabra;
104 gracias a tus preceptos soy inteligente,
por eso odio todo camino de mentira.
163 Detesto y aborrezco la mentira,
pero amo tu ley.
Lucas 9,1-6
1 Reunió a los doce, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios y de curar enfermedades, 2 y los envió a predicar el reino de Dios y a curar a los enfermos. 3 Les dijo: «No llevéis nada para el camino: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas. 4 Quedaos en la casa donde entréis hasta que dejéis aquel lugar. 5 Y si no os reciben, al salir de aquel pueblo, sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos». 6 Fueron y recorrieron las aldeas, anunciando la buena nueva y haciendo curaciones por todas partes.
¿Qué se necesita para predicar el Evangelio? Conocerlo. Nada más.
Vamos, pues, a descubrir dos lecciones que se esconden en este pasaje de san Lucas.
La primera es la profunda fe que debe tener el enviado a proclamar el Reino de Dios. Debe poner toda su confianza en Dios y no en sus propios recursos, sabiduría, medios técnicos, etc. Y esa fe exige también el desapego de las comodidades y la esperanza de que Dios proveerá todo aquello que necesite el apóstol para cumplir con su labor.
La segunda enseñanza va dirigida a los fieles que acogen al misionero, sacerdote o religiosa que viene de parte de Dios. Porque si ellos han entregado su vida, su tiempo y su esfuerzo para darnos a conocer lo más importante, ¿cómo vamos a despedirles sin darles ni siquiera de comer?
Jesús nos invita a atender las necesidades materiales de la Iglesia. Por ejemplo, ¿sabes cuántos seminaristas se están formando actualmente? ¿Y cómo lo harán para pagarse los estudios, la alimentación, el vestido, etc? Sería muy triste que un joven dejase casa, familia y amigos para abrazar la vocación sacerdotal y luego no tuviese medios para completar su formación.
Es buen momento para reflexionar en todo lo que nos da la Iglesia y ver qué aportamos nosotros a cambio.
San Vicente de Paúl
Etimológicamente significa “vencedor”. Viene de la lengua griega.
Podemos titular la vida de este santo como la vida de los encuentros que fueron moldeando su personalidad hasta convertirla de pastor en el campo a fundador de una de las Congregaciones que más gloria y honra han dado y dan a la Iglesia con las “Hijas de la Caridad.”
Nació en Dax, muy cerca de la frontera española, en la región de las Landas. Sus padres eran muy pobres . Trabajó de pequeño en el campo como pastor. Alguien que vio sus buenas cualidades, lo envió a estudiar a Zaragoza y a Toulouse. Tal fue su aprovechamiento que a los 19 años lo ordenaron de sacerdote. Una edad temprana para este ministerio.
Todo el mundo se le abría ante sus ojos como una forma de transformar la sociedad en la que vivía. Se entregó a los pobres de manera completa. En este ingente trabajo le ayudaba María Luisa de Marillac, también santa.
Con esta mujer, dotada de cualidades y de grandes virtudes, fundó la Sociedad de las Hijas de la Caridad (1632). Juntamente con esta Sociedad fundó otra para que se encargara de misionar a los habitantes del campo. Serían los “Sacerdotes de la Misión”(1625).
Por eso tuvo una gran preocupación por la formación de los apóstoles del Evangelio. Con este fin creó seminarios.
A cualquiera extraño a la obra de Dios en el mundo de las personas que se dejan permear por el Espíritu, esto les puede parecer algo extraño.
Vicente mantenía su calma en todo. Solía decir:"Estamos convencidos de que en todo y por todo somos un deshecho y de lo más apremiante, a causa de la oposición que ofrecemos de nuestra parte a la santidad y perfecciones de Dios".
Con esta actitud no tenía dificultades en ser amigo de los pobres y hasta del mismo rey Luis XIII. Fue amigo y confidente de san Francisco de Sales del que aprendió – como D. Bosco – la dulzura en el trato con la gente. Murió diciendo estas palabras: “¡Confianza! ¡Jesús!”. Era el año 1660.
Moral y Ética XXI
Las virtudes teologales
Fe, esperanza y caridad. Fueron infundidas por Dios en nuestra alma el día del bautismo.
INTRODUCCIÓN
Siempre que se comienza a hablar de virtudes teologales, quizás algunas personas se disponen a aguantar un discurso hecho de prescripciones, un sermón que perciben como alejado de los propios intereses. Las virtudes teologales parecen estar reservadas a pocos, mientras que la mayoría no tiene ocasión de practicar ni de conocer a fondo, sobre todo si está ocupada en los asuntos de este mundo. Algo teórico, pues, para la mayor parte de los comunes mortales, que toca muy poco el propio interés y la propia vida.
Y no debería ser así. Porque la vida de fe, esperanza y caridad debería ser el hábitat y la atmósfera en que respira el cristiano, so pena de asfixiarse y ahogarse con el smog materialista de nuestro mundo.
I. LAS VIRTUDES EN GENERAL
Las virtudes no son una cosa que uno se pone, ni un título de estudios. Ni siquiera la virtud es un don natural con el que nacemos, porque si así fuera no sería virtud. Sin embargo, hay que aclarar que en la naturaleza humana existe una disposición y la capacidad para la virtud que facilita la adquisición de las mismas cuando se ponen los medios adecuados para ello.
Virtud es una disposición habitual del hombre, adquirida por el ejercicio repetido de actuar consciente y libremente en orden a la perfección o al bien. La virtud para que sea virtud tiene que ser habitual, y no un acto esporádico, aislado. Es como una segunda naturaleza a la hora de actuar, pensar, reaccionar, sentir.
Lo contrario a la virtud es el vicio, que es también un hábito adquirido por la repetición de actos contrarios al bien.
II. VIRTUDES TEOLOGALES
Son tres: fe, esperanza y caridad. Fueron infundidas por Dios en nuestra alma el día de nuestro bautismo, pero como semilla, que había que hacer crecer con nuestro esfuerzo, oración, sacrificio.
1. Fin de las virtudes teologales:
Dios nos dio estas virtudes para que seamos capaces de actuar a lo divino, es decir, como hijos de Dios, y así contrarrestar los impulsos naturales inclinados al egoísmo, comodidad, placer.
2. Características de las virtudes teologales
a) Son dones de Dios, no conquista ni fruto del hombre.
b) No obstante, requieren nuestra colaboración libre y consciente para que se perfeccionen y crezcan.
c) No son virtudes teóricas, sino un modo de ser y de vivir.
d) Van siempre juntas las tres virtudes.
III. LA VIRTUD TEOLOGAL DE LA FE
1. Definición
Es un don, una luz divina por la cual somos capaces de reconocer a Dios, ver su mano en cuanto nos sucede y ver las cosas como Él las ve. Por tanto, la fe no es un conocimiento teórico, abstracto, de doctrinas que debo aprender. La fe es la luz para poder entender las cosas de Dios
2.Características:
a) La fe es un encuentro con Dios, con su designio de salvación. Y con la fe el hombre responde libremente a ese encuentro con Dios entregándose a Él, con la inteligencia y la voluntad.
b) La fe es sencilla, no está hecha de elucubraciones y discursos, sino de verdadera adhesión a Dios, como María, como Abraham.
c) La fe es vital, es decir, debe cambiar mi vida, demostrarse en mi vida. Por eso, hay que vivir de fe.
d) La fe es experiencial, es decir, es un conocimiento de Dios en la intimidad. Los que tienen fe gozan de Dios. No es un sentimiento, sino un conocimiento del espíritu que Dios nos concede para intimar con Él. Este conocimiento experimental de Dios tiene sus momentos privilegiados para manifestarse a las almas: en el sacrificio, el dolor, en los momentos de prueba, cuando se requiere de humildad y de un mayor desprendimiento de sí mismos.
e) La fe es objetiva, es decir, no se queda a nivel subjetivo, intimista, sino que creemos en un Dios que se ha revelado a través de la Palabra que hemos recibido de la Iglesia; Palabra que es preciso conocer, aprender y hacerla vida. Los dogmas de la Iglesia son luces en el camino de nuestra fe; lo iluminan y lo hacen seguro.
f) La fe termina en compromiso. Compromete mi vida con Dios en la fidelidad a su Ley y en la donación total a Él. Compromiso de defenderla con mi palabra y testimonio, alimentarla con la continua lectura y meditación de la Biblia y difundirla a mi alrededor en el apostolado.
IV. LA VIRTUD TEOLOGAL DE LA ESPERANZA
¿Cómo debe reaccionar un cristiano ante el mal, los problemas, las dificultades de la vida? Hay quienes caen en el desaliento y piensan que no hay nada que hacer, que todo es inútil. Hay otros que dicen que nuestra esperanza es ingenuidad e idealismo. Hay quien nos dice que la esperanza es algo egoísta.
¿Por qué no es propio de un cristiano el desaliento y la desesperación? ¿En verdad Dios actúa en nuestras vidas? ¿Cuál debe ser la mayor aspiración de un cristiano?
1. Definición
Es la virtud teologal por la cual deseamos a Dios como Bien Supremo y confiamos firmemente alcanzar la felicidad eterna y los medios para ello.
2. Fundamento
Vivo confiado en esta esperanza porque creo en Cristo que es Dios omnipotente y bondadoso y no puede fallar a sus promesas. Así dice el Eclesiástico: “Sabed que nadie esperó en el Señor que fuera confundido. ¿Quién que permaneciera fiel a sus mandamientos, habrá sido abandonado por Él, o quién, que le hubiere invocado, habrá sido por Él despreciado?Porque el Señor tiene piedad y misericordia” (2, 11-12).
3. Efectos
a) Pone en nuestros corazón el deseo del cielo y de la posesión de Dios, desasiéndonos de los bienes terrenales.
b) Hace eficaces nuestras peticiones.
c) Nos da el ánimo y la constancia en la lucha, asegurándonos el triunfo.
d) Nos proyecta al apostolado, pues queremos que sean muchos los que lleguen a la posesión de Dios.
4. Obstáculos
a) Presunción: esperar de Dios el cielo y las gracias necesarias para llegar a él, sin poner por nuestra parte los medios necesarios.
b) Desaliento y desesperación: harta tentados y a veces vencidos en la lucha, se desaniman y piensan que jamás podrán enmendarse y comienzan a desesperar de su salvación.
5. La Eucaristía, prenda del mundo venidero
La esperanza de la venida del Reino se realiza ya de manera misteriosa y verdadera en la comunión eucarística. La comunión es el comenzar a gustar esa promesa del cielo y alimentar el deseo de la posesión eterna. Es una anticipación de la vida eterna aquí en la tierra. Y es la seguridad y la certeza de nuestra esperanza.
V. LA VIRTUD TEOLOGAL DE LA CARIDAD
La fe y la esperanza no tienen ningún sentido si no desembocan en el amor sobrenatural o caridad cristiana. Por la fe tenemos el conocimiento de Dios, por la esperanza confiamos en el cumplimiento de las promesas de Cristo y por la caridad obramos de acuerdo a las enseñanzas del Evangelio.
1.Definición
Es la virtud por la que podemos amar a Dios y a nuestros hermanos por Dios. Por la caridad y en la caridad, Dios nos hace partícipes de su propio ser que es Amor.
La experiencia del amor de Dios la han vivido muchos hombres. San Pablo dice: “Me amó y se entregó por mí”. Y quienes han experimentado este amor han quedado satisfechos y han dejado todas las seguridades de la vida para corresponder a este amor de Dios.
2. Características del amor de Dios
a) El amor de Dios es lo más cierto y lo más seguro: existió desde siempre, estaba antes que naciéramos. Una vez que es encontrado, se llega incluso a tener la sensación de haber perdido inútilmente el tiempo, entretenidos y angustiados por muchas cosas por las que no merecía la pena haber luchado y vivido.
b) El amor de Dios es sólido y firme, es como la roca de la que nos habla el evangelio. El amor humana hay que sostenerlo continuamente, alimentarlo constantemente...so pena de apagarse.
c) El amor de Dios es siempre nuevo, fresco y bello en cada instante. La experiencia de san Agustín es muy reveladora: ¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y así por fuera te buscaba; y deforme como era me lanzaba sobre las cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo mas yo no estaba contigo... Me llamaste y clamaste y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré y ahora te anhelo; gusté de Ti, y ahora siento hambre y sed de Ti; me tocaste y deseé con ansia la paz que procede de Ti (Confesiones).
d) El amor de Dios es perpetuo, no se acaba, no se cansa, no tiene límites. Si hay dificultades no es por Dios.
3.Características del amor
a) La sinceridad y la pureza: debe ser un amor que nace de la interioridad de la persona. No puede ser un amor de apariencias. Jesús mira siempre el corazón de la gente y por eso alaba a esa pecadora arrepentida y echa en cara la hipocresía de los fariseos.
b) El servicio al necesitado: socorrer al que tiene necesidad en el cuerpo o en el alma. Cristo cura las enfermedades, da de comer, consuela a los tristes, ilumina la mente y el corazón, ofrece el perdón. Servir al otro, porque percibimos el valor de las almas y de su salvación.
c) El perdón y la misericordia: son las expresiones más exquisitas del amor que Dios nos ofrece, a través del ejemplo de su Hijo Jesucristo. Posiblemente la faceta del perdón que más cuesta es el olvido de las injurias y de la difamación. Solamente la gracia de Dios puede conceder la paz, el perdón y el amor hacia el difamador.
d) Universalidad y delicadeza: Universal, porque tengo que amar a todos, por ser hijos amados de Dios. Delicada, porque busca manifestarse en las cosas pequeñas, tiene en cuenta las características y sensibilidad de cada persona.
4. Himno a la caridad de san Pablo (1 Cor, 13, 1ss)
a) Es paciente, no se irrita: paciencia no es ese encogerse de hombros ante las contrariedades y aguantar hasta tiempos mejores, ni ese “qué se le va hacer”. Es aguante pero positivo -cara a Dios- que se sobrepone a la indiferencia, a las contrariedades, a los malos tiempos, a la ingratitud, porque descansa en Dios.
b) Es benigna: engendra el bien, dulzura, bondad
c) No es envidiosa, ni se hincha: porque se da.
d) Todo lo tolera, no es interesada
e) Todo lo excusa, no es descortés, todo lo espera
f) Se complace en la verdad.
G) La caridad no pasará jamás.
5. Resumen de la ley
Jesucristo en el Evangelio predica el amor a Dios sobre todas las cosas y el amor al prójimo como a sí mismo, como el principal mandamiento. Predica las dos reglas como único mandamiento. Esto quiere decir que el amor de Dios y a Dios, cuando es verdadero, hace brotar necesariamente el amor hacia los hombres, nuestros hermanos.
La caridad divina tiene la peculiaridad de vaciarnos del egoísmo y de vivir en todo la entrega y la generosidad, es decir, el amor. Cuando hay discordias y egoísmos, Dios no está en esa alma. Pero cuando hay apertura, sencillez, disponibilidad, desapego, servicio, perdón...entonces es señal de la presencia de Dios en esa alma.
El amor al prójimo significa búsqueda del bien de todos los hombres que están al alcance de tus obras: tus familiares, amigos, compañeros de estudio o trabajo, todos aquellos que caminan contigo, aún los que te han causado algún daño.
CONCLUSIÓN
En el amor de Dios se crece cada día, practicándolo y abnegándose. En el amor se camina, se crece, con la gracia de Dios. Este amor se demuestra cumpliendo la voluntad de Dios, observando sus mandamientos, poniendo atención a las inspiraciones del E.S., siendo fieles a los deberes del propio estado.
El que tiene verdadera caridad es un apóstol entre sus hermanos y es capaz de superar todo temor y respeto humano.
Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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Marcos 16,15
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Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la cumplen
Proverbios 21,1-6.10-13
1 El corazón del rey es canal de agua en manos del Señor,
él lo inclina hacia donde quiere.
2 A los ojos del hombre todos sus caminos son rectos,
pero es el Señor quien pesa los corazones.
3 Practicar la justicia y la equidad agrada al Señor
más que los sacrificios.
4 Ojos altaneros, corazón soberbio;
la luz de los criminales es el delito.
5 Los proyectos del diligente llevan a la ganancia,
los del precipitado conducen a la miseria.
6 Adquirir tesoros gracias a una lengua mentirosa
es vanidad efímera de quien busca la muerte.
10 El malvado sólo piensa en el mal,
su prójimo no encuentra piedad ante él.
11 Cuando el insolente es castigado,
adquiere prudencia el imprudente;
cuando el sabio es instruido,
es él quien adquiere ciencia.
12 El justo advierte cómo la casa del injusto
precipita al injusto en la ruina.
13 El que cierra su oído al grito del pobre,
también él clamará y no se le responderá.
Salmo 118,1.27.30.34-35.44
1 Dichosos aquellos cuya conducta es intachable,
los que caminan en la ley del Señor;
27 señálame el camino de tus mandamientos
y yo meditaré en tus maravillas.
30 he elegido el camino de la verdad
y he preferido tus sentencias.
34 dame inteligencia para cumplir tu ley
y yo la guardaré de todo corazón;
35 llévame por el camino de tus mandamientos,
pues en él encuentro mi felicidad;
44 cumpliré tu ley constantemente,
por siempre jamás;
Lucas 8,19-21
19 Llegaron la madre y los hermanos de Jesús, pero no podían acercarse a él porque había mucha gente. 20 Se lo anunciaron: «Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte». 21 Él respondió: «Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la cumplen».
Los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. Esto nos recuerda otra sentencia: "No todo el que dice Señor, Señor, sino el que hace la voluntad de mi Padre..." O aquella otra: "Por sus obras lo conoceréis".
Y es que el seguimiento de Jesús hay que hacerlo desde la vida y la realidad de la fe. María, su familia, habían acompañado a Jesús en su crecimiento humano; ahora se les está invitando a dar el paso a la dimensión de la fe. Acompañar a Jesús en la tangibilidad de la carne, en cierto modo se hace fácil, pero adentrarse en su dimensión divina se vuelve todo un misterio difícil de asumir. Querer apresar a Jesús dentro de nuestros conceptos es la tentación de cada día, por eso la llamada constante a transcendernos, a vivir los valores del espíritu, a dejar a Dios ser Dios asumiendo con docilidad sus planes.
Santos Cosme y Damián
Etimológicamente significan: Cosme =”adornado, bello,” de la lengua griega; Damián = “domador”, también del griego.
Cada vez que se visita Roma, se siente un contraste enorme entre el Foro, plagado de dioses romanos, y las grandes iglesias que hay a su alrededor.
Una de estas basílicas es la de los hermanos gemelos Cosme y Damián. El Papa Félix IV (años 526-530) tuvo la feliz ocurrencia de mandar levantar un templo en honor de estos mártires cristianos. El culto a estos insignes mártires se extendió pronto por la Iglesia. Eran tan amados que cuando se celebra misa y se recita el Canon I, entre los muchos nombres, aparecen los de Cosme y Damián.
Nacieron en Egea de Arabia. Sus padres eran ya cristianos. Cuando tuvieron la edad adecuada, los enviaron a estudiar Letras y Ciencias, aunque el deseo que en ellos predominaba era la medicina. Y efectivamente, cursaron esta ciencia para entregarse en seguida a curar enfermos.
Y como buenos médicos creyentes, mientras curaban a los enfermos les hablaban de Dios con tal convicción y amabilidad que los necesitados de consuelos espirituales además de los materiales, se sentían aliviados con sus palabras de aliento.
No cobraban nada por lo que hacían. Se contentaban con vivir de la limosnas que les daban. Vale más dar que recibir, dice el Evangelio. Y ellos lo vivieron a rajatabla. Por eso nunca les faltó algo que llevarse a la boca.
Hay en la historia de la Iglesia, muchas iglesias dedicadas a estos dos santos, así como hospitales que llevan su nombre.
Cuando el emperador Diocleciano tomó el cargo, se enteró que había cristianos en Egea. Entonces envió al cónsul Lydias – que había sido curado por los hermanos de una enfermedad -.quien tuvo que mandarlos a la muerte por orden del emperador.
No le quedó otra solución que decapitarlos. Era el siglo III.
Moral y Ética XX
La conciencia, el lugar de encuentro con Dios
La conciencia
Es una realidad de experiencia: todos los hombres juzgan, al actuar, si lo que hacen está bien o mal. Es el conocimiento intelectual de los actos propios.
Es innegable que la inteligencia humana conoce los principios primarios del actuar; "haz el bien y evita el mal", no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan". El hombre en lo más profundo de su conciencia descubre la ley, que no se ha dado a sí mismo, sino a la que debe obedecer y que resuena en su corazón, diciéndole que siempre debe amar y hacer el bien.
"La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, donde está solo con Dios". GS 16
La conciencia no es una potencia más, unida a la inteligencia y a la voluntad. Podríamos decir que es la misma inteligencia cuando juzga la moralidad de un acto, basándose en los principios morales innatos de la naturaleza humana. Esas leyes inscritas en el corazón y dadas por Dios. Además, la conciencia es una facultad natural del ser humano, no es una parte de la vida religiosa del hombre.
En la actualidad los movimientos de tipo psicológico, como el New Age, hablan de una conciencia como el íntimo conocimiento que el hombre tiene de sí mismo y de sus actos. Esta sería una conciencia vista desde el punto de la psicología, no una conciencia moral.
La conciencia que nos interesa es la conciencia moral, que es la misma inteligencia que hace un juicio práctico sobre la bondad o la maldad de un acto.
Juicio, porque la moralidad juzga un acto. Es práctico porque aplica en la práctica, en cada caso en particular y concreto lo que la ley dice. Sobre la moralidad de un acto es lo que la distingue de la conciencia psicológica, pues en este caso lo propio es juzgar si una acción es buena, mala o indiferente.
La conciencia funciona cuando juzga si un acto es bueno o malo, de una manera práctica, es decir, aplica en cada caso particular y concreto lo que la ley dice. Nos ordena en el momento oportuno, practicar el bien y evitar el mal.
Se puede decir que la conciencia moral es un juicio de la razón por la cual la persona reconoce la cualidad moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho.
Cuando hacemos algo bueno, la voz de nuestra conciencia nos aprueba, cuando hacemos algo malo, esta misma voz nos acusa y condena sin dejarnos en paz. La conciencia no sólo da un juicio después de que ya hicimos algo, sino también antes de tomar una decisión.
Ella es testigo de nuestros actos y para dar su sentencia como juez, se basa en las leyes naturales que Dios ha escrito en el corazón del hombre.
Es la facultad que descubre el valor de los principios de la ley moral y los aplica a una situación concreta. Juzga nuestras acciones concretas aprobando las buenas y denunciado las malas. Ordena siempre que dejemos el mal y que hagamos el bien.
Cada persona debe de prestar mucha atención a sí mismo para oír y seguir la voz de la conciencia, es una exigencia de interioridad.
El ser humano debe obedecer siempre el juicio cierto de su conciencia. No es lícito actuar en contra de la propia conciencia, ya que ésta es la voz de Dios.
Actuae en contra de la conciencia es actuar contra uno mismo, de las convicciones más profundas y de los principios morales. Cuando hay duda sobre si es o no es pecado, siempre hay que actuar pensando que lo es.
Obedecer a la conciencia es obedecer a Dios, por eso es importante seguir siempre lo que ella nos dicta. Todos debemos prestar mucha atención a nosotros mismos para poder oír y seguir la voz de la conciencia. La dignidad de la persona exige que tengamos una conciencia moral recta.
Por la conciencia podemos asumir la responsabilidad de nuestros actos. Cuando elegimos libremente llevar a cabo un acto, la libertad nos hace responsables de los actos que, voluntariamente y siguiendo a nuestra conciencia, hemos realizado.
Ahora bien, no todas las conciencias son iguales, pues solemos tener ciertas deformaciones, aunque sean pequeñas.
La conciencia se puede formar o deformar.
Una conciencia bien formada siempre nos invitará a actuar de acuerdo con nuestros principios y convicciones, nos impulsará a servir a los hombres.
Una conciencia deformada puede equivocarse y presentarnos por bueno, lo malo. Esto puede suceder por ignorancia, por los criterios del ambiente en el que vivimos, por criterios falsos que hayamos interpretado como verdaderos o por debilidades repetidas.
¿Cómo se llega a deformar la conciencia?
Nuestra conciencia no se deforma de un día para otro, generalmente es fruto de malos hábitos:
Nosotros podemos deformar nuestra conciencia poco a poco, sin darnos cuenta, si aceptamos voluntariamente pequeñas faltas o imperfecciones en nuestros deberes diarios.
Si todos los días vamos haciendo las cosas “un poco mal”, llega un momento en el que nuestra conciencia no hace caso de esas faltas y ya no nos avisa que tenemos que hacer las cosas bien. Se convierte en una conciencia indelicada, que va resbalando de forma fácil del “un poco mal” al “muy mal”.
También puede suceder que nosotros deformemos nuestra conciencia a base de repetirle principios falsos como: “No hay que exagerar”. Se convierte así en una conciencia adormecida, insensible e incapaz de darnos señales de alerta. Esto se da, principalmente, por la pereza o la superficialidad.
Podemos convertir nuestra conciencia en una conciencia domesticada si le ponemos una correa, con justificaciones de todos nuestros actos, cada vez que nos quiere llamar la atención, por más malos que estos sean: “Lo hice con buena intención”, “Se lo merecía”, “Es que estaba muy cansado”, "es que él me dijo",etc. Es una conciencia que se acomoda a nuestro modo de vivir, se conforma con cumplir con el mínimo indispensable.
También, puede darse una conciencia falsa, es decir, que nos dé señales erróneas porque no conoce la verdad. Esto puede ser por nuestra culpa o por culpa del ambiente en el que vivimos. En este caso los juicios se hacen sin bases, ni prudencia.
Existen varios tipos de conciencia
Según el objeto
Verdadera: que es la que juzga la acción en conformidad con los principios objetivos de la moralidad. Por ejemplo: sé que estoy en pecado mortal, por lo tanto no puedo comulgar.
Errónea: que es la que juzga la acción equivocadamente, es decir, confunde lo malo con lo bueno. Juzga sin bases y sin prudencia. Un ejemplo de esto, es cuando se piensa que si alguien fue violada, es lícito que aborte.
Esta conciencia se divide en dos formas:
Venciblemente errónea: cuando no se desea o no se ponen los medios para salir de su equivocación.
Invenciblemente errónea. cuando la persona no puede dejar el error, o porque no sabe que está en él, o porque ha hecho todo lo posible por salir de él, sin conseguirlo.
Por razón del modo de juzgar
Conciencia recta: este tipo de conciencia siempre juzga con fundamentos y prudencia.
Falsa: en este caso se juzga sin bases, sin prudencia y puede ser:
Conciencia estrecha: es la que actúa con ligereza y sin razonoes serias, afirma que hay pecado donde no lo hay o lo aumenta. Este tipo de conciencia juzga a una persona por un simple comentario.
Conciencia escrupulosa. para este tipo de conciencia todo es malo. Es opresiva y angustiante pues recrimina hasta la falta más pequeña, exagerándola como si fuera una falta horrible. Siempre piensa que hay obligaciones morales donde no las hay.
Conciencia laxa. es lo contrario de la escrupulosa. Este tipo de conciencia minimiza las faltas graves haciéndolas aparecer como pequeños errores sin importancia. En este caso, se actúa con ligereza, se niega el pecado cuando lo hay o lo disminuye.
Conciencia perpleja. es la que ve pecado tanto en el hacer algo o en el no hacerlo. Es muy común ante las decisiones económicas o políticas. Es la que piensa quiero ayudar a los damnificados, pero si lo hago voy a quitarle algo a mi familia.
Conciencia farisaica. es la que se preocupa por aparentar bondad ante los demás, mientras en su interior hay pecados de orgullo y soberbia. Es hipócrita, quiere que todos piensen que es buena y eso es lo único que le importa.
Según la firmeza del juicio
Cierta: siempre juzga sin temor a equivocarse.
Dudosa: juzga con temor a equivocarse, o simplemente, ni se atreve a a juzgar.
¿Cómo podemos darnos cuenta de que nuestra conciencia está deformada?
Hay tres reglas importantes que debe seguir toda conciencia recta:
Nunca justifica el mal para obtener un bien.
El fin no justifica los medios.
No hacer a otros lo que no quiere que le hagan o trata a los demás como le gustaría que le trataran.
Respeta siempre los actos de los demás y los juicios de su conciencia. Esto quiere decir que la conciencia no debe juzgar los actos de los demás, sino únicamente los propios: “Cree todo el bien que oye y sólo el mal que ve.”
Si nos damos cuenta de que nuestra conciencia viola alguna de estas reglas y no nos avisa en el momento adecuado, ni nos recrimina por ello, es muy factible pensar que está desviada o deformada. Al percibir esto, lo mejor es poner enseguida manos a la obra para mejorar, teniendo en cuenta los siguientes tres aspectos:
Tenemos obligación de formar nuestra conciencia de acuerdo con nuestros deberes personales, familiares, de trabajo y de ciudadano; los mandamientos de la Iglesia, los mandamientos de la Ley de Dios y todas las responsabilidades que hayamos contraído libremente. Esta obligación es nuestra y nadie la puede cumplir en nuestro lugar.
Es necesario que actuemos siempre con conciencia cierta, es decir, que los juicios de nuestra conciencia sean seguros y fundados en la verdad. Por ello, debemos poner todos los medios para salir de la duda o del error.
Nunca olvidarnos que si nuestra conciencia está deformada, podría ser porque alguien nos aconsejó con criterios falsos, entonces la responsabilidad de nuestros actos es menor. Pero, si nuestra conciencia está deformada por nuestra propia decisión o negligencia, por no poner los medios para formarla, entonces la responsabilidad de nuestros actos y la culpabilidad es mayor.
¿Qué podemos hacer para formar nuestra conciencia?
Estudiar el Evangelio, informarnos de qué tratan los documentos del Papa y de la Iglesia. Recordemos que el pretexto de “nadie me lo había dicho”, no sirve como excusa ante Dios, pues es propio de una persona madura formarse e informarse de las normas que deben regir los juicios de nuestra conciencia.
Reflexionar antes de actuar. No nos debemos guiar por nuestros instintos o por lo que oímos, sino por convicciones serias y profundas. Tampoco se vale argumentar: “Creí que estaba bien porque todo el mundo lo hace”.
Pedir ayuda y consejo a alguien que esté bien formado. Puede ser un sacerdote.
Nada mejor que un buen examen de conciencia seguido de una buena confesión. Si nos confesamos frecuentemente, nuestra conciencia se irá haciendo más delicada y más sensible a las pequeñas faltas.
Ser sinceros con nosotros mismos y con Dios. Llamar a cada cosa por su nombre, sin tratar de justificar lo que hacemos o de darle nombres disfrazados que aparentemente le quitan importancia a los actos.
No nos desanimemos ante los fallos. Aprender siempre de las caídas para comenzar de nuevo.
Formar hábitos buenos, programando nuestra vida y nuestro tiempo, sin permitirnos fallos voluntariamente aceptados.
Tener una vida de oración y de sacramnetos para poder obtener las luces necesarias para la inteligencia y las gracias para fortalecer la voluntad.
La Palabra de Dios es una luz para nuestros pasos. Es preciso que la asimilemos en la fe y en la oración, y la pongamos en práctica. Así se forma la conciencia moral. Catecismo de la Iglesia Católica n. 1802
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Nada hay oculto que no sea descubierto, ni secreto que no sea conocido
Proverbios 3,27-34
27 No niegues un beneficio al que lo pida,
cuando estuviere en tu poder concederlo.
28 No digas a tu prójimo: «Vuelve otra vez; mañana te
daré», si está en tu poder.
29 No trames mal alguno contra tu prójimo,
cuando ha depositado en ti su confianza.
30 No pleitees sin motivo con un hombre,
si no te ha hecho mal alguno.
31 No envidies al hombre desalmado
ni sigas ninguno de sus caminos;
32 porque el Señor aborrece a los perversos,
mientras que con los justos se franquea.
33 La maldición del Señor está en la casa del malvado,
pero bendice la morada del justo.
34 De los burlones se burla,
y a los humildes da su gracia.
Salmo 14,2-5
2 El que vive sin tacha y practica la justicia;
el que dice la verdad de corazón
3 y no habla mal de nadie con su lengua;
el que no hace mal a su hermano ni difama a su vecino,
4 desprecia al criminal y honra a los que temen al Señor;
el que, si jura en su perjuicio, ya no se desdice,
5 presta su dinero sin cobrar intereses
y no se deja sobornar contra el que es inocente.
El que hace todo esto jamás perecerá.
Lucas 8,16-18
16 «Nadie enciende una lámpara y la oculta en una vasija o la pone debajo de la cama; la coloca en un candelabro para que los que entren vean la luz. 17 Porque nada hay oculto que no sea descubierto, ni secreto que no sea conocido y puesto en claro. 18 Mirad bien cómo escucháis; porque al que tiene se le dará más, y al que no tiene se le quitará aun lo que cree que tiene».
La sinceridad nos permite ir con la cabeza bien alta, en todo momento. El hombre sincero es la persona de una sola pieza, sin dobleces, sin compartimentos secretos, sin engaños.
Ser sincero no es nada fácil, porque es más sencillo adaptarse a las circunstancias y poner buena cara a todos que mantenerse fiel a la palabra dada y a los principios adquiridos. Por ejemplo, el que está convencido de que la vida humana constituye un valor supremo y que no puede ser negociada por ninguna ley ni ideología política puede ser tachado de “conservador”, antiguo, etc. Etiquetas incómodas, desde luego. Pero, ¿con quién prefiere quedar bien? ¿Con unos hombres de ideas pasajeras, o con el Dios eterno, creador de cuanto hay en el cielo y en la tierra, con el que le ha dado la vida y es su Señor?
La sinceridad es una virtud que debe forjarse cada día, en cada momento. No se consigue de una vez para siempre, sino que hay que renovarla en cada ocasión que se presente. ¿Soy sincero en esta respuesta? ¿Soy coherente con mi fe ante esta situación? Es preciso examinarse diariamente para ver cómo está nuestra conciencia. ¿Es como una luz? ¿O debo esconderla de los demás, para que no descubran cómo soy? Porque nada hay oculto que no quede manifiesto. Algún día se revelará la verdad y es mejor estar preparado desde ahora.
San Cleofás
Etimológicamente significa “esclarecido por la gloria”. Viene de la lengua hebrea.
El creyente apóstol es una persona que se goza anunciando a Cristo por todos sitios. Los discípulos de Cristo son llamados para seguir sus pasos y para anunciarlo sin cesar cada día. Fue discípulo del Jesús. Su mujer se llamaba María de Cleofás. Quizá fuera hermano de San José. Sus hijos se llamaban Santiago el Menor, José y Simón.
Estuvo entre los primeros discípulos que recibieron al Señor después de su gloriosa resurrección, según refiere san Lucas.
Cleofás y otro discípulo estaban en el camino de Emaús. Jesús se le acercó para explicarle la Escritura. Reconocieron al Señor cuando se sentó con ellos a partir el pan.
No hay muchas informaciones segura sobre su vida.
El historiador palestino Egesipo afirma que Cleofás era hermano de San José. Fue el marido de la hermana de la Virgen, la María de Cleofás presente con las otras mujeres piadosas en el mismo drama del Calvario.
Según Eusebio y san Jerónimo, Cleofás era nativo de Emaús. Y en Emaús, según una tradición antigua, Cleofás, testigo de la resurrección, fue asesinado por un grupo de judíos intolerantes que afirmaban que el Mesías no había llegado todavía y mucho menos que hubiera resucitado.
San Jerónimo nos asegura, ya en el siglo IV, que su casa se transformó en iglesia. El martirologio romano ha colocado su fiesta en este día.
Moral y Ética XIX
Los actos humanos y la libertad
Explicación de los actos humanos, sus elementos constitutivos y la libertad
El hombre posee una dignidad muy especial que le fue dada por Dios, es el dueño de la Creación. Es el único ser con inteligencia y voluntad, puede tener iniciativas y decidir como actuar. Dios quiso dejar que el hombre por propia decisión, Catec. 1730, buscara a su Creador, para obtener la salvación libremente.
Los actos humanos
El hombre realiza muchas actividades de formas muy diversas., pero en cuanto se refiere a la moral sólo interesan algunas de estas actividades, sólo nos interesan aquellos actos de los que el hombre es responsable.
Los actos humanos son los que proceden de la voluntad deliberada del hombre. Es aquél que el hombre realiza consciente y libremente y del cual él es responsable. Lo realiza con conocimiento y libre voluntad. (Cfr. S.Th). Primero interviene el entendimiento, no se puede desear o querer algo que no se conoce. Es decir, con la razón el hombre conoce el objeto y delibera si puede o debe tender hacia él, o si no puede o no debe. Es un acto que el hombre conoce y quiere hacer. Una vez que lo conoce, la voluntad se inclina hacia él o lo rechaza por no ser conveniente.
El hombre es dueño de sus actos solamente cuando intervienen el conocimiento y la voluntad, lo que lo hace responsable de ellos. En este caso es que es posible una valoración moral.
No todos los actos del hombre son “humanos”, también pueden ser:
Meramente naturales, son aquellos en que el hombre no tiene control voluntario. Ej. La digestión, la respiración, la percepción visual o de los otros sentidos, la circulación, etc.
Actos del hombre, cuando falta el conocimiento (niños pequeños, distracción total, locura) o la voluntad (amenaza física) o ambas (el que duerme).
División del acto humano:
Bueno o lícito si esta de acuerdo con la ley moral. Ej. Dar limosna.
Malo o ilícito, si va en contra de la ley moral. Ej. Decir una mentira.
Indiferente, cuando no es ni bueno, ni malo. Ej. Hablar.
Los actos morales
El acto moral es el que el hombre ejecuta libremente y con advertencia de la norma moral. Es libre porque es un acto consciente y querido. En este caso se considera si es bueno o malo. La advertencia debe ser doble, conocer el acto en sí y su moralidad.
Los elementos constitutivos de un acto moral son la advertencia en la inteligencia y el consentimiento en la voluntad. La advertencia puede ser plena o semiplena. Ej.No es lo mismo lo que sucede estando despierto que estando dormido. Solamente los aspectos conocidos de la acción son morales. El conocimiento no debe ser únicamente teórico, hay que percibir la obligatoriedad moral que el acto conlleva.
Una vez conocido el acto debe ser voluntario, es decir, que haya posibilidad de actuar de otra forma. El consentimiento lleva a querer realizar el acto que se conoce, buscando un fin.
El acto voluntario puede ser perfecto o imperfecto, según sea con pleno o semipleno consentimiento. También puede ser directo e indirecto.
En este caso se trata de acto voluntario de doble efecto. En los casos de doble efecto es necesario que haya un fin bueno – voluntario directo – y puede haber un fin malo como consecuencia – voluntario indirecto – bajo ciertas condiciones. Nunca se justifica hacer un mal para obtener un bien. Ej. Mentir, jurar en falso, aunque al hacerlo se consiga un bien. El fin no justifica los medios.
La moralidad de los actos humanos dependen de tres elementos fundamentales:
El objeto del acto, que se elige y se realiza, visto desde un punto de vista moral.
Las circunstancias, en que lo realiza.
El fin que la persona se propone alcanzar, o la intención.
Estos tres elementos son los elementos constitutivos de la moralidad.
El objeto es la materia de un acto humano, si el objeto es malo, el acto será malo o ilícito, si el objeto es bueno, el acto será bueno, dependiendo de las circunstancias o el fin. Es el bien al cual deliberadamente tiende la voluntad. El acto depende fundamentalmente de la decisión, más que de las circunstancias. La acción de “hablar” puede tener varios objetos morales: se puede mentir, insultar, bendecir, alabar, difamar, calumniar, rezar, etc., puede ser un acto bueno o malo, dependiendo de lo que se hable.
Siempre hay que hacer el bien y evitar el mal. Hay que cumplir las normas morales siempre.
Las circunstancias, son los elementos secundarios que rodean la realización de un acto, pudiendo agravar o atenuar su moralidad. De hecho no pueden modificar la calidad de los actos. Son elementos secundarios de un acto moral. Ej. La cantidad de dinero robado, actuar por miedo a la muerte.
Hay que considerar:
Quién realiza la acción. Ej. Un mal ejemplo de la autoridad es más grave.
Qué cosa, es decir la cualidad del objeto. Ej. Si es algo sagrado, el monto de lo robado.
Dónde, en qué lugar. Ej. El pecado cometido en público es más grave, por el escándalo.
Con qué medios. Ej, fraude, engaño, violencia, etc.
El modo como se realizó. Ej. Rezar con atención o distraídamente, castigar a hijos con crueldad.
Cuándo se realizó la acción. Ej. No ir a Misa el domingo, no es igual que no ir a Misa entre semana.
Las circunstancias pueden modificar la moralidad del acto.
El fin o la intención es el fin que la voluntad pretende al realizar un acto. Es un elemento esencial en la calificación moral de un acto.
El fin no justifica los medios, es decir, no es válido ayudar a alguien con el fin de obtener la fama o para quedar bien, se brinda ayuda sin buscar una ventaja. Tampoco es válido hacer un mal para obtener un bien. Cuando un acto es indiferente, es el fin el que lo convierte en bueno o en malo. Ej. Pasear, pero con idea de planear un robo. Un fin bueno nunca podrá convertir en bueno un acto malo. Ej. Robar al rico para darlo a los pobres, abortar por bien del matrimonio.
Actuar poniendo el placer como fin rompe la jerarquía de valores. El placer debe de acompañar al acto como un efecto secundario, no como un fin en sí mismo.
Para que un acto sea moralmente bueno, debe de tener un objeto bueno, un fin bueno y las circunstancias buenas.
La libertad y la moral
La libertad es el poder radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar por sí mismo acciones deliberadas. Es la capacidad de auto dirigirse, según le dicta la razón. La libertad en el hombre es una fuerza de crecimiento y madurez. La libertad alcanza su perfección cuando está orientada hacia Dios. La libertad implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal. Es un don que Dios le ha dado al hombre, ha compartido con él algo que es exclusivo de Dios. La elección del mal y de la desobediencia nos lleva a la esclavitud del pecado. Catec. 1731
El hombre es libre, pero la libertad no es su último valor, está regida por la responsabilidad, el deber, etc. El ejercicio de la libertad es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona.
Hay diferentes tipos de libertad.
Libertad física, el animal salvaje.
Libertad interior, o capacidad de decisión.
Libertad moral, escoger según los valores morales.
Libertad evangélica, librarse del demonio y del pecado, a través de la gracia y del Esp. Santo.
Libertad religiosa, el derecho de cada hombre a practicar su religión.
Resumiendo el hombre es libre, pero su libertad está condicionada por los derechos de Dios y del prójimo. Como consecuencia cuando libremente rompa esos derechos comete pecado.
Obstáculos del acto humano
Existen unos obstáculos que pueden impedir el debido conocimiento de la elección y la libre elección. Unos afectan la advertencia y otros afectan el consentimiento.
Obstáculo que afecta el conocimiento:
La ignorancia que significa falta de conocimiento de una obligación. Es una ausencia de conocimiento moral que se podría y se debería tener.
La ignorancia puede ser vencible o invencible.
La ignorancia vencible es la que se podría y debería superar. Se divide en:
Simplemente vencible, si se puso algún esfuerzo por superarla, pero no lo suficiente.
Crasa o supina, si no se hizo nada o casi nada por superarla, grave descuido.
Afectada, cuando no se quiere hacer nada por superarla, esto es tremendo.
La ignorancia invencible es aquella que no puede ser superada, ya sea por ignorancia o porque ha tratado de salir de ella y no lo logró. Esta ignorancia no se presupone cuando la persona tiene educación humana y escolar, casi siempre será una ignorancia vencible en estos casos.
Existen unos principios morales sobre la ignorancia:
La ignorancia invencible, quita toda responsabilidad ante Dios. Ej. No peca un niño pequeño que hace algo malo.
La ignorancia vencible, siempre lleva culpa en mayor o menor grado, según sea su negligencia por salir de ella.
La ignorancia afectada, lejos de disminuir la culpa, la aumenta.
Hay la obligación de conocer la Ley Moral. Es un deber salir de la ignorancia, es obligatorio.
Los obstáculos que afectan la libre elección de la voluntad son: las pasiones, la violencia, los hábitos.
Las pasiones o sentimientos son emociones o impulsos de la sensibilidad que inclinan a obrar o a no obrar en virtud de lo sentido o imaginado como bueno o como malo. En si son indiferentes, la respuesta es la que hace que algo sea bueno o malo. Ej. La ira es santa si lleva a defender las cosas de Dios, el odio al pecado es válido.
Las pasiones son parte del psique humano. Deben de estar guiadas por la razón. Los sentimientos y las emociones pueden ser aprovechados por las virtudes o pervertidos por los vicios, que es el hábito de obrar mal. La persona no se debe dejar llevar únicamente por la voluntad debe de estar regulada por la razón.
La violencia es un factor exterior que nos lleva a actuar en contra de nuestra voluntad.
Puede ser física (golpes) o moral (promesas, halagos,).
Los hábitos que son costumbres contraídas por la repetición de actos que nos llevan a actuar de una manera determinada. Cuando estos hábitos son buenos se convierten en virtudes, cuando son malos se conocen como vicios. Hay que luchar contra los hábitos malos, hay que combatir las causas. Los vicios pueden disminuir la culpa cuando ofuscan la mente, pero sigue existiendo la responsabilidad de haberlos adquiridos.
Existen otros factores que pueden obstaculizar la voluntad como son los de tipo patológicos o ambientales
Conclusión
Hay que conocer la ley moral, educar y encauzar la libertad, para poder actuar escogiendo siempre lo bueno. Hay que orientar la vida hacia Dios.
Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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12 Ahora bien, si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo algunos de vosotros dicen que no hay resurrección de los muertos? 13 Porque si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado. 14 Y si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana nuestra fe. 15 Incluso seríamos falsos testigos de Dios, pues contra Dios testificamos que ha resucitado a Cristo, mientras que no lo ha resucitado si los muertos no resucitan. 16 Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. 17 Y si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe: todavía estáis en vuestros pecados; 18 y, por tanto, los cristianos que han muerto están perdidos. 19 Si lo que esperamos de Cristo es sólo para esta vida, somos los hombres más desgraciados. 20 Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicias de los que mueren.
Salmo 16,1.6-8.15
1 Oración de David
Justicia, Señor, escúchame, atiende a mi clamor,
presta oído a mi súplica, que no hay engaño en mí;
6 Yo te llamo porque tú me respondes, oh Dios mío;
tiende hacia mí tu oído, escucha mis palabras.
7 Despliega tu bondad, tú que salvas de sus opresores
a los que buscan refugio en tu derecha;
8 guárdame como a las pupilas de tus ojos,
escóndeme a la sombra de tus alas,
15 Yo, y esto es justicia, contemplaré tu rostro,
al despertarme me saciaré de tu presencia.
Lucas 8,1-3
1 Después de esto, iba por los pueblos y las aldeas predicando el reino de Dios. Le acompañaban los doce2 y algunas mujeres que había curado de espíritus malignos y enfermedades; María Magdalena, de la que había echado siete demonios; 3 Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; Susana y algunas otras, las cuales le asistían con sus bienes.
Tres mujeres en primera línea. Cada una con su vocación particular y las tres seguidoras incansables de las huellas de Jesús.
María Magdalena pasó a la historia por ser la primera persona que vio a Cristo resucitado. Todos recordamos esa escena: ella, llorando junto al sepulcro; el Señor que se le aparece como si fuera el hortelano. Luego el encuentro y el anuncio a los apóstoles. María Magdalena, la apasionada discípula que está junto a la cruz en el Calvario, junto a la Virgen y san Juan.
Había otras mujeres que seguían al Maestro de Nazaret. Juana también le acompañó desde los tiempos felices de los milagros hasta el dolor del sepulcro tras la muerte de Cristo. Era una persona importante en la ciudad. Una de esas santas mujeres que sabían estar, al mismo tiempo, entre la alta sociedad de la época y entre los pobres que escuchaban las palabras del Mesías.
También Susana ejerció un papel importante. Ella colaboraba con sus bienes para que el Señor y sus discípulos pudiesen dedicarse a lo importante: la predicación del Reino de los Cielos.
Son mujeres de actualidad, con un testimonio muy vivo. Son el reflejo del amor a toda prueba, de la fidelidad y de la ayuda a la obra de Cristo.
San Mauricio
Etimológicamente significa “oscuro, sombrío, de Mauritania”. Viene de la lengua latina.
El tema de los objetores de conciencia no es de nuestros días. Ya existieron en el siglo III de nuestra era cristiana. Un santo, llamado Euquero, casi siglo y medio después de morir Mauricio y sus compañeros, recogió las tradiciones que corrían de boca en boca acerca de los mártires de Cristo.
Maximiano hacía de las suyas persiguiendo y matando a cristianos a lo largo y ancho del imperio romano. Se enteró de que en Francia había habido una revuelta.
Tenía entonces el emperador una legión por nombre Tebea. Eran soldados cristianos que procedían de Egipto. Al mando de esta legión estaba Mauricio. Justo antes de marchar para Francia, visitó al Papa Marcelo.
Iban las tropas de camino. De detuvieron en Suiza para ofrecer sacrificios a los dioses con el fin de que los protegieran en las batallas que les aguardaban. Y he aquí que los soldados valerosos de esta legión se niegan en rotundo a hacer semejantes cultos a los dioses romanos. Se fueron no muy lejos de los demás soldados. Y cerca del gran y bello lago Leman para hacer sus oraciones al verdadero Dios.
Maximiano se enteró de esta deserción. Y lo fácil: ordenó que los decapitaran a todos. Los tebanos, en lugar de atemorizarse por la futura muerte, dan muestras de una valentía increíble.
Los cristianos, siempre amantes de sus héroes santos, comenzaron a tributarles culto en el siglo IV. Es más, se comprometieron a dar a conocer esta hazaña al mundo entero mediante cartas o viajes por el imperio.
Moral y Ética XVIII
La libertad del hombre
El bien más noble de la naturaleza, que da al hombre la dignidad de estar en manos de su propia decisión y responsable de sus acciones.
El concepto de Libertad es muy superior a lo que hoy se entiende por "libertad", circunscrita sólo al campo político. El libre albedrío, la libertad de arbitrio, de los católicos contrasta con la esclavitud espiritual que suponen el predeterminismo protestante y el fatalismo musulmán. En este artículo se incluyen los argumentos de su existencia, lesiones y consolidación de la misma así como su alcance.
Se entiendo por libre albedrío, o libertad de arbitrio -que es la que propiamente se atribuye a la voluntad humana-, la facultad de determinarse a obrar, es decir, la facultad de querer o no querer, o querer una cosa más que otra. Sólo hay libertad cuando el hombre no está determinado por una causa o un motivo interno (temor invencible, obcecación, pasión, etc...), ni por una causa o un motivo externo (coacción). Consiste, pues, la libertad en una decisión personal; o, como dicen los filósofos, en un obrar intrínseco, en la capacidad del hombre de decidir por sí mismo.
La libertad es un acto u operación de la voluntad humana. La voluntad es una facultad apetitiva propia del ser inteligente; tiene por objeto y fin el bien. La posibilidad de elegir el mal es un defecto de la voluntad humana, que acoge falsamente como bueno lo que de suyo es un mal. La verdadera libertad consiste en la elección del bien.
La libertad, como enseña León XIII, es
«el bien más noble de la naturaleza, propia solamente de los seres inteligentes, que da al hombre la dignidad de estar "en manos de su propia decisión" y de tener la potestad de sus acciones» (León XIII, Libertas Praestantissimum, DS 3245; CE 63/1; DP-II 225/[1]).
Existencia
Frente a los que niegan la existencia de la libertad humana (deterministas), el Magisterio de la Iglesia enseña que la razón natural puede probar con certeza la existencia de la libertad del hombre (cfr Pío IX, Decr. de la S. Congr. del Indice, 11-VI-1855, DS 2812 [1650]).
En esa demostración suelen darse tres argumentos.
El primero es de orden psicológico: está basado en el testimonio de la conciencia. La conciencia de cada individuo experimenta que es dueño de muchos de sus actos, queridos de tal modo que se hubieran podido no querer, o querer otros actos diferentes en su lugar. La historia refuerza el testimonio de la conciencia al mostrar que los pueblos han atribuido a los hombres normales la responsabilidad de sus actos y, consiguientemente, castigan o premian a los que hacen el mal u obran el bien.
Otro argumento está basado en el orden moral. Si el hombre no tuviese libertad, carecerían de sentido los mandatos y las prohibiciones morales, el mérito y el demérito, los premiso y las sanciones, pues sin liberta del hombre no sería responsable.
Por último, también se aduce un argumento de orden metafísico. El objeto al que tiende de modo propio la voluntad humana es el bien; en otras palabras, el bien es el objeto formal de la voluntad. Es cierto que el hombre quiere necesariamente lo que se le presenta como bien. Pero los bienes particulares y concretos que se presentan a la voluntad, o sea los bienes creados y los actos que el hombre puede realizar, son bienes finitos, imperfectos. Es decir, se presentan al mismo tiempo como objetos que contienen elementos de bien y elementos de mal; son ambivalentes, sin posibilidad de mover a la voluntad de modo necesario. Por ese aspecto mixto (bien-mal) que presentan, la voluntad puede aceptarlos y puede rechazarlos; en otros términos, los quiere de modo libre.
Propiamente, sólo Dios, bien absoluto, sería capaz de mover necesariamente la voluntad humana; pero el hombre lo conoce tan imperfectamente, que su voluntad puede rechazarlo.
Lesión y consolidación de la libertad
El Magisterio de la Iglesia defendió siempre la existencia de la libertad en el hombre y ha condenado todo atentado a la libertad.
«Dios omnipotente creó recto al hombre, sin pecado, con libre albedrío y lo puso en el paraíso, y quiso que permaneciera en la santidad de la justicia. El hombre, usando mal de su libre albedrío, pecó y cayó... La libertad del albedrío la perdimos en el primer hombre, y la recuperamos por Cristo Señor nuestro; y tenemos libre albedrío para el bien, prevenido y ayudado por la gracia; y tenemos libre albedrío para el mal, abandonado de la gracia, y por la gracia fue sanado de la corrupción» (Conc. de Quiersy, DS 621 y 622 [316 y 317])
Con el pecado original, el libre albedrío del hombre quedó atenuado en sus fuerzas e inclinado, pero no extinguido (cfr Conc. de Trento, «Decreto sobre la justificación», cap. 2, DS 1521 [793]: Cfr DS 378 [181]. Por eso, el hombre permanece en su libertad de hacer el bien con la gracia o de elegir el mal rechazándola (cfr Ibid, DS 1525s [797s]; Conc. Vaticano I, Dei Filius, cap 3, DS 3010 [1791]).
Así, pues, con el pecado original, la libertad del hombre quedó herida, lesionada, inclinada al mal. Pero con la Redención de Jesucristo la libertad del hombre ha adquirido una nueva dimensión.
Por el bautismo el hombre adquiere la libertad de los hijos de Dios (Rom 8, 21-23), pues , como nos enseña Jesucristo,
«si permaneceis en mi doctrina... conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres... Si el Hijo os da la libertas, seréis verdaderamente libres» (Juan 8, 31-36)
Esta libertad es objetiva y germinal; con la gracia de Dios, el hombre debe desarrollarla y aplicarla a todos los campos de su existencia.
La libertad que Cristo nos ha ganado consiste en la liberación del pecado (Rom. 6, 14-18) y, en consecuencia, de la muerte eterna (Apoc. 2, 11; Col 2, 12-14; Rom 5, 12) y del dominio del demonio (Juan 12, 31; Col 2, 15; 1 Juan 3, 8); en fin, Cristo nos ha reconciliado con Dios y con los demás hombres (Col 1, 19-22)
Alcance de la libertad cristiana
«La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión (cfr Ecles 15, 14) para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a Este, alcance la plena y bienaventurada perfección» (Gaudium et Spes, n. 17)
En esta enseñanza se encuadra perfectamente el concepto y la orientación de la libertad humana, así como su alcance salvífico; pues el constitutivo de la libertad no está en elegir un contenido contrario al fin del hombre, conocido por la razón natural y revelado por Dios, sino en una decisión propia, personal, por la que el hombre busca en todas las cosas de su vida a Dios; una decisión por la que libremente el hombres se adhiere a Dios, y así realiza su ser en la plenitud a la que Dios le llama.
«La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por convicción interna personal, y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad cuando, liberado totalmente de la cautividad de las pasiones, tiende a su fin con la libre elección del bien, y procura para ello los medios adecuados, con esfuerzo y eficacia crecientes» (Ibid).
No es, por consiguiente, libre el hombre cuando se deja llevar por las pasiones y, bajo una concepción falsa de su autonomía, elige contenidos pecaminosos, que le separan de su fin, que es Dios, y, por tanto, de la salvación. Por el contrario, expresa en grado sumo su libertad, cuando, apoyándose en la gracia divina, da fruto a los talentos recibidos y se abandona sin reservas a la Providencia, buscando, consciente y comprometidamente, su identificación con la voluntad divina.
«La vocación divina del hombre exige de él que dé una respuesta libre en Jesucristo. el hombre no puede no ser libre. Pertenece de lleno a su dignidad y oficio el observar la ley moral natural y sobrenatural, con un pleno dominio de sus actos, y adherirse al Dios que se revela en Cristo. La libertad del hombre caído ha quedado de tal modo herida, que ni siguiera puede cumplir las obligaciones de la ley natural durante un largo periodo de tiempo, sin la ayuda de la gracia de Dios. Pero con la gracia, de tal manera se eleva y fortalece su libertad, que lo que vive en la carne, lo vive santamente en la fe de Jesucristo (cfr Gál 2, 20)» («Catequesis [Directorio General Catequético]», n 61).
Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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Marcos 16,15
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No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores
Efesios 4, 1-7.11-13
1 Yo -que estoy preso por la causa del Señor- os pido que caminéis de una manera digna de la vocación que habéis recibido. 2 Sed humildes, amables y pacientes. Soportaos unos a otros con amor. 3 Esforzaos por mantener la unidad del espíritu con el vínculo de la paz. 4 Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a la que habéis sido llamados. 5 Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo 6 y un solo Dios, padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos. 7 Pero cada uno de nosotros hemos recibido un don en la medida en que Cristo nos lo ha querido dar.
11 Él a unos constituyó apóstoles; a otros, profetas; a unos evangelistas, y a otros pastores y maestros, 12 a fin de perfeccionar a los cristianos en la obra de su ministerio y en la edificación del cuerpo de Cristo,13 hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y al conocimiento completo del Hijo de Dios, y a constituir el estado del hombre perfecto a la medida de la edad de la plenitud de Cristo.
Salmo 18, 2-5
2 Los cielos narran la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos,
3 un día comunica el pregón al otro día
y una noche transmite la noticia a la otra noche.
4 No es un pregón, no son palabras,
no son voces que puedan escucharse,
5 mas su sonido se extiende por la tierra entera
y hasta el confín del mundo sus palabras.
Puso una tienda al sol allá en lo alto.
Mateo 9, 9-13
9 Al salir de allí, Jesús vio a un hombre, llamado Mateo, sentado en la oficina de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió. 10 Y estando en su casa a la mesa, muchos publicanos y pecadores vinieron y se pusieron a la mesa con Jesús y sus discípulos. 11 Los fariseos, al verlo, decían a los discípulos: «¿Por qué vuestro maestro come con los publicanos y pecadores?». 12 Jesús los oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. 13 Id y aprended lo que significa: Misericordia quiero y no sacrificios; pues no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores».
Las fiestas siempre son para los amigos. No se invitan a extraños, a pobres, o a mendigantes; al contrario, estos son los que siempre quedan de lado. Cristo, un nuevo amigo que ha llegado a la mesa de Mateo, también ha ocupado un lugar en el corazón del publicano.
Pero como en todas las fiestas judías, también se acercan los fariseos, quienes no han ocupado un lugar dentro del corazón del dueño de la casa.
Lo único que buscan es ver caer al Maestro para poder acusarle en el sanedrín. En cambio lo que Cristo quiere es dar la salud espiritual a quienes lo escuchan. Así siempre está preocupado por los demás, de allí la respuesta a los judíos: "no son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos".
Pidamos a Dios la gracia de la salud espiritual de nuestra alma y la de todos los hombres, para que sea él quien viva en nosotros y nosotros para él.
San Mateo, Apóstol.
Etimológicamente significa “don de Dios”. Viene de la lengua hebrea.
Todo ser humano está llamado a ser alguien en la vida. Mateo tenía un cargo de inspector de Hacienda. Esto le granjeaba el desprecio de todo el mundo. No podían ni verlo. Nadie podía suponer que el Señor se fijara en él para que fuera su apóstol. Y los peores, en estas ocasiones, eran los fariseos. No lo consideraban una persona observante de la Ley. En el banquete que le prepara a Jesús en su casa estaban sus mejores amigos.
Ante la turba de los farsantes fariseos, Jesús ya les advirtió que él había venido “no a llamar a los justos sino a los pecadores”.
Mateo escribió su evangelio siguiendo el mismo esquema que antes había hecho el evangelista Marcos. Sin embargo, como era muy inteligente, escribió cosas nuevas porque supo captar el pensamiento y la obra de su Maestro con gran precisión de datos y de referencias al Antiguo Testamento. Lo escribió en la lengua que habla el Señor, es decir, el arameo. Se cree que lo redactó unos quince años después de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.
El, como buen judío que conocía bien a su pueblo y a su gente, tuvo la delicadeza de escribirlo pensando, sobre todo, en los israelitas que se iban adhiriendo poco a poco a Cristo. Más tarde comprendió que el mundo no acababa en Israel. Se marchó a Etiopía para predicar la vida, obras y milagros de Jesús de Nazaret.
Dicen que, debido a su fervor y al entusiasmo de su predicación, logró la conversión de mucha gente al cristianismo, comenzando por el rey y toda su corte. Puede que estuviera también en Persia, el actual Irán. Murió mártir por Jesús en el siglo I.
Moral y Ética XVII
La libertad y la ley moral
Tanto más libre seré cuanto más acierte en la elección de los verdaderos bienes.
¿SE QUIERE O SE TEME LA LIBERTAD?
En estos tiempos que corren se diría que la libertad se tiene como el valor supremo. Sin embargo, no es así. Contra las apariencias, la libertad -me refiero a la libertad personal, íntima, que es dominio de sí, señorío sobre los propios actos- hoy, interesa muy poco. Más aún, se huye de ella como del aceite hirviente. Tanto la praxis como las teorías que se suelen exhibir en la mayoría de centros académicos, aulas universitarias, Facultades de Psicología, Sociología, etcétera, niegan esa libertad personal del hombre. Me lo confirmaba, hace poco el prestigioso catedrático de Psicopatología Dr. Aquilino Polaino, en una sesión del Aula Europa XXI. Lo que se suele enseñar en las Universidades -salvo excepciones- es que el hombre es un ser que procede del simio, que emerge en medio de un piélago de instintos, entre los cuales la libertad no puede por menos que naufragar sin remedio.
Esta situación es muy grave, porque supone que en los más altos niveles educativos de gran parte de mundo no se sabe qué es el hombre. Sucede entonces que se identifica la libertad con el instinto, la espontaneidad, la independencia, o cualquier otra fuerza indomable, material, predeterminada por algún agente cósmico. La persona «ilustrada» en esos centros o ambientes fácilmente se somete a sus instintos desquiciados o, si no renuncia a la lógica del pensamiento, desespera de ser hombre e incurre quizá en alguna forma de patología psíquica o mental.
QUÉ ES LA LIBERTAD PERSONAL
Ahora bien, la dignidad que se intuye en la persona, implica necesariamente la libertad, entendida no como simple posibilidad de optar o elegir entre unas cuantas cosas más o menos interesantes, sino como capacidad de decidir por mí mismo lo que he de hacer en cada momento para ser lo que quiero ser. (Y, en resumidas cuentas, lo que quiero es ser feliz, estar satisfecho. Cómo se alcanza es otra cuestión).
Libertad personal-me gusta poner énfasis en el adjetivo, para distinguirla de sus remedos simiescos y de otras reducciones infrahumanas es dominio, señorío sobre mis actos, y por eso, sobre mí mismo y, en buena medida, sobre mi destino temporal y eterno, que Dios, mi Creador, ha puesto en manos de mi libertad (Cfr. Ecclo. 15,17). La libertad es una de las caras, facetas o dimensiones del ser personal en cuanto activo u operativo. La otra cara, faceta o dimensión correlativa es la responsabilidad. Precisamente porque soy "dueño", puedo dar razón de mis actos. Mis actos son míos, no de fuerzas anónimas ni de ningún otro sujeto que quisiera decidir en mi lugar. De modo que si hay libertad, hay -quiérase o no- responsabilidad; y si hay responsabilidad es porque hay capacidad libre de querer y decidir. No hay sol sin luz, ni fuego sin calor. Libertad y responsabilidad son dos caras de la misma moneda, dos facetas del señorío que recibe la persona al ser creada.
Este concepto racional de la libertad como dominio y señorío de sí con vistas a la plenitud del bien personal, contrasta con la fascinante idea que ha trastabillado a mucha gente: la idea de una naturaleza humana con la que poder hacer cuanto viene en gana, desde lo más razonable a lo más disparatado. Autores hay que, para sostener esa opinión, han llegado afirmar que «la naturaleza del hombre consiste en no tener naturaleza». Sartre, por ejemplo, con el fin de afirmar una libertad infinita para el hombre, niega la existencia de Dios y la existencia de valores morales objetivos; niega la existencia de naturaleza humana, porque ésta supone estabilidad y finalidad, y ninguna de estas dos ideas puede ilustrarle la de libertad. Estabilidad y fijeza parecen limitar radicalmente hasta negar toda libertad. Con una muy falsa idea de libertad, a muchos les ha parecido que optar por la libertad requiere la negación tanto de la naturaleza humana como de la naturaleza divina.
HAY NATURALEZA HUMANA
Sin embargo, hay algo obvio que nos obliga a admitir la existencia de naturaleza humana, es decir, de un denominador esencial común al ser de cada hombre, desde Adán, pasando por el de Neardenthal, Cervantes, Newton, Einstein, la Tatcher, Bush, Gorvachov... Algo en común que nos fuerza a considerarnos miembros del mismo género humano.
Hablamos, y nos entendemos, de comportamientos "humanos" y de comportamientos "inhumanos"; de "naturales" y "antinaturales" (que no es lo mismo que "artificiales"). Hay hombres "humanos" y "hombres inhumanos", hombres que destacan por optimizar sus propios talentos y otros "deshumanizados", que se han echado a perder inmersos en el mundo de la droga, de la prostituciónn o de cosas de semejante linaje.
¿Qué sentido podría tener nuestro léxico, si no hubiese naturaleza humana? Hay una distinción patente, aunque la frontera no aparezca siempre nítida a nuestra observación, entre lo humano y lo inhumano. Las fronteras no siempre aparecen bien definidas, pero es indudable que hay lindes. El límite de lo humano es lo inhumano: por ejemplo los campos nazis de concentración son inhumanos; los campos marxistas de Camboya o Cuba, la violencia sexual, la esclavitud..., son cosas inhumanas. En cambio, gentes de muy diversa cultura tenemos, por ejemplo, a Juan Pablo ll por una persona "muy humana", más aún, por alguien "experto en humanidad". El mismo Gorvachov, procedente de la Plaza Roja de Moscú, reconocía en el Vaticano, ante el Romano Pontífice, que se encontraba ante la máxima autoridad moral del mundo.
Es evidente que un cocodrilo es inhumano y nunca podrá escribir nada sobre "La libertad y la ley moral". Las personas, precisamente porque somos seres superiores, debemos vivir de modo adecuado a la dignidad que nos corresponde, debemos comportarnos con un estilo no inferior a la categoría del ser que Dios nos ha regalado.
"El obrar sigue al ser", es un axioma antiguo, que significa dos cosas: a) que todo ser es dinámico, operativo, tiende a la acción; b) que la operación específica de cada ser es proporcionada a la categoría del propio ser: no puede rebasarla y no debe reducirse voluntariamente a un nivel inferior.
Para poder estar satisfechos (satis-fechos) y ser felices necesitamos comportarnos de manera adecuada a nuestro ser, a la altura de la dignidad que nos corresponde, empleando a fondo nuestra libertad, sirviéndonos de las leyes que rigen el perfeccionamiento personal.
Las leyes físico químicas o biológicas, lejos de impedir el desarrollo de los seres vivos, lo hacen posible. Las leyes biológicas hacen posible que el piñón se transforme en pino y no en una rana o viceversa, y que el embrión humano se desarrolle hasta llegar a ser hombre adulto.
¿Qué pasaría si no hubiera leyes en el cosmos? ¿Qué sucedería si no existiera, por ejemplo, la ley de la gravedad? Podría pasar que el mar trepara por las montañas, los océanos quedaran vacíos y las piedras cayeran hacia arriba. La sopa saldría del plato untándolo todo con su pringosa sustancia... Podríamos ser súbitamente despedidos al espacio vacío, hacia el aburrimiento perpetuo de las nebulosas cósmicas. No habría tierra firme ni lugar donde asirnos.
Pero gracias a que existe la ley de la gravedad, y otras muchas, la tierra es un planeta azul habitable. Gracias a que existen leyes, "normas", es decir, cauces por los que discurren las cosas, hay ríos y mar y lluvia y cosechas; es posible la vida, el orden, el conocimiento científico, el desarrollo técnico... La "libertad de volar" se funda -como decía Heisemberg- en el respeto riguroso a las leyes de la aerodinámica, que, por cierto, nada tienen de arbitrario o azaroso. La construcción de aeroplanos cada vez más perfectos, ha requerido entre otras cosas el conocimiento cada vez más exacto de las leyes que han de ser respetadas escrupulosamente para que un armatoste pesadísimo remonte el vuelo como si de una golondrina se tratara y no se estrelle y nos traslade a donde le ordenemos. Por lo tanto, podemos sentar un principio ya evidente: la ley natural no es tanto un límite como una potencia activa. Son las leyes del arte de vivir humanamente la libertad interior creciente.
LEYES QUE HACEN POSIBLE LA LIBERTAD
No es difícil llegar ahora al principio siguiente: la ley moral lejos de ser negación de libertad, la hace posible.
Hay quienes sueñan en ser «libres como los pájaros». Pero esto no pasa de ser una imagen poética sin valor real alguno. La libertad de los pájaros es una libertad muy poco libre, muy rudimentaria y superficial, porque está regida por una fuerza instintiva, inevitable, por tanto no libre. El pájaro vuela, pero no sabe por qué, ni se lo plantea, y por eso no puede quererlo ni no quererlo. Y sobre todo no puede querer-quererlo.
Las leyes que hacen posible el comportamiento libre son las leyes que llamamos morales. Como la libertad es vida y no caos, tiene sus leyes, que son las leyes del ser personal. Sólo conociendo bien esas leyes el hombre podrá servirse de ellas en beneficio de su libertad sin deteriorarla. Son leyes que, a diferencia de las físicas o biológicas, cabe no cumplir, pero como rigen el comportamiento de los seres libres, "deben" ser cumplidas para mantener y perfeccionar el vigor de la libertad: son las leyes morales. Quien las incumple es cada vez más esclavo de sus propias pasiones o de las ajenas: no es capaz de hacer lo que quiere de verdad. No puede estar satisfecho.
Son libres quienes no sólo quieren, sino que pueden querer y no querer su propio querer. Yo soy libre no tanto porque "quiero", sino en la medida en que puedo decidir sobre querer o no querer mi querer lo que quiero. Parece un juego de palabras, pero no es ningún juego; cada palabra es necesaria y justa.
Cabría decir que "el ratón quiere el queso". Lo que no podemos decir de ninguna manera es que quiere su querer. El ratón no es dueño de sus actos. Libertad es dominio sobre los propios actos: por tanto, sobre el propio querer. Si no puedo-no-querer-mi-querer, entonces no soy libre de querer. Pero si puedo querer-mi-querer y también no-quererlo, entonces soy libre con una libertad profunda y esencial, aunque esté encadenado en el fondo de una mazmorra.
LA LIBERTAD ESENCIAL ESLA DEL QUERER
La libertad esencial es del querer. Pero ¿de dónde me viene a mí ese poder de querer o no querer mi querer? Ese poder sólo puede venir de un ser de naturaleza irreductible a cosa material. Sólo puede tener un origen extracósmico (en Dios) y un modo de ser tal que se encuentre abierto, referido esencial y constitutivamente, en tensión invencible, a la totalidad del bien; dicho desde otro ángulo, al bien sin límite y sumo, que en la realidad no es otro que Dios. Por eso ningún otro bien puede satisfacer -llenar- mi voluntad, ni, en consecuencia, atraerla invenciblemente. Somos libres de todo lo finito porque tenemos un innato amor -no siempre consciente- a lo infinito. Lo finito solo, deja siempre un vacío imposible de llenar si no es por el Infinito Bien.
Como yo no "veo" a Dios, puedo preferir mi querer al querer de Dios, aunque éste sea infinitamente más amable. Puedo querer mi propio querer por encima de todo lo demás, incluso por encima de Dios mismo. Pero entonces el yo suplanta a Dios, se concentra en sí mismo y, al empobrecer infinitamente su horizonte, se empobrece a sí mismo infinitamente. En la otra cara de la grandeza está la de la miseria de la libertad humana: su capacidad de decir que no al Sumo Bien y optar por un bien infinitamente más pequeño, mezquino, egoísta, que se reduce al vacío, porque se encuentra desvinculado de Dios. Y el vacío no satisface, no hace feliz.
Si yo me pongo a mí mismo como si fuese mi propio fin, entonces me convierto en un ser vacío y desgraciado, porque me quedo solo; lo quiero todo para mí, lo centro todo en mí. Pero eso, a la postre, genera una tremenda frustración, porque yo solo ¿qué soy? ¿qué soy por mí mismo?: lo que era hace cien años: nada de nada. De modo que cuando me elijo a mí mismo como centro, me concentro en un abismo de nada, me condeno a la infelicidad total.
LA PRIMERA LEY DE LA LIBERTAD
Esta es, pues, la primera ley de la libertad: elegir a Dios como quien es, por ser Dios; querer amarle con todo el corazón, con toda el alma, con todas mis fuerzas. Cuanto más quiera el Bien infinito tanto más libre seré, en la práctica, respecto a los bienes finitos; más satisfecho me encontraré.
La primera ley de la libertad es la primera ley moral: elegir a Dios siempre, ante todo y sobre todo.
Y si no, ¿qué pasa? Que se trata de vivir como si Dios no existiera, como si se pudiera vivir en el cosmos sin las leyes físicas. Como si alguien creyéndose Superman, desafiara la ley de la gravedad y se lanzase por la ventana para volar hacia las estrellas.¿Qué sucedería? ¡Que se estrellaría!, sin remedio. Quedaría hecho papilla y todo el mundo se daría cuenta, porque una ley natural es intraicionable
Cuando se desafía la primera ley de la libertad, que es la primera ley moral, no suele notarse a primera vista daño alguno, porque no es una ley física lo que se viola. Pero las consecuencias no son menos graves, porque la ruptura sucede en lo más íntimo del ser personal: se ha roto el vínculo con Dios-Verdad-Bondad-Sabiduría-Belleza-Vida. Ha muerto -si la había- la vida sobrenatural de la Gracia santificante, vida divina de hijos de Dios, y se ha abierto la puerta a la angustia eterna: a una vida sin Dios y, por consiguiente, sin amor, sin verdad, sin belleza, sin libertad esencial, sin sentido.
«YO NO HAGO MAL A NADIE»
El intento de saltarse una ley moral siempre causa un daño a lo más íntimo y personal. Cuando se ha consentido, por ejemplo, un mal deseo contra alguna virtud necesaria para la perfección de la persona, como la justicia, la caridad, la castidad, la laboriosidad, etcétera, se ha producido un daño real. Y por eso Dios Padre lo prohíbe. Cuando se impugnan ciertas exigencias de la ley moral, por ejemplo, las que tienen que ver con ciertos aspectos de la castidad, o con los pecados internos, con la sólita frase: "¡si yo no hago mal a nadie...!", cabe replicar: ¿Cómo que no haces mal a nadie? ¡Te haces mal a ti mismo!, para empezar. Reduces infinitamente el horizonte de tu libertad, eliges un bien minúsculo que te dejará pronto insatisfecho y te cierras a los grandes bienes a los que estás llamado desde lo más íntimo de tu ser; te encierras en un egoísmo que se hará cada vez más hermético e insolidario; con tus egoísmos contaminas el ambiente, que, quiérase o no, "se masca". O sea, que haces daño a mucha gente y a tu libertad ya depauperada y a tu conciencia ya en tinieblas.
La negación de una ley moral, sobre todo de la primera, tiene un efecto negativo inmediato en el entendimiento: oscurece la luz natural de la razón. La verdad es luz del entendimiento, y negar una verdad es como apagar un foco de luz, oscurecer en cierta medida la luz de la razón, restar agudeza a la visión en general. Ya todo se ve peor. Porque entre las verdades hay una coherencia íntima, una conexión profunda por la cual se iluminan unas a otras. De modo que negar una verdad, es disponerse a negar otras muchas.
Como consecuencia, debido a las implicaciones mutuas entre inteligencia y voluntad (cfr. A. Orozco, La libertad en el pensamiento, Madrid 1977, parte III), la debilidad de la mente redunda en flaqueza del querer. El defecto del entendimiento conlleva la disminución de la energía original de la libre voluntad.
En cambio, tanto más libre seré cuanto más acierte en la elección de los verdaderos bienes, los que conducen al Bien Sumo.
Es muy de agradecer que el Papa Juan Pablo II haya ofrecido al mundo un documento de la máxima importancia, la encíclica Veritatis Splendor, donde se habla para nuestro tiempo de las relaciones tan íntimas e insoslayables entre libertad, conciencia, verdad, bien, ley moral y felicidad. Todas esas realidades que constituyen el ámbito propio de la persona y la razón de su dignidad.
Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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"Id por todo el mundo y proclamad la buena noticia a toda criatura"
Marcos 16,15
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Pero la sabiduría ha sido justificada por todos sus discípulos
1 Corintios 12,31-13, 13
31 Ambicionad dones más altos. Pero os voy a mostrar un camino, que es el mejor.
1 Aunque hable las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, no soy más que una campana que toca o unos platillos que resuenan. 2 Aunque tenga el don de profecía y conozca todos los misterios y toda la ciencia, y aunque tenga tanta fe que traslade las montañas, si no tengo amor, no soy nada. 3 Aunque reparta todos mis bienes entre los pobres y entregue mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve. 4 El amor es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia, no es presumido ni orgulloso; 5 no es grosero ni egoísta, no se irrita, no toma en cuenta el mal; 6 el amor no se alegra de la injusticia; se alegra de la verdad. 7 Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera. 8 El amor nunca falla. Desaparecerán las profecías, las lenguas cesarán y tendrá fin la ciencia. 9 Nuestra ciencia es imperfecta, e imperfecta también nuestra profecía. 10 Cuando llegue lo perfecto, desaparecerá lo imperfecto. 11 Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Cuando llegué a hombre, desaparecieron las cosas de niño. 12 Ahora vemos como por medio de un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de una manera imperfecta; entonces conoceré de la misma manera que Dios me conoce a mí. 13 Tres cosas hay que permanecen: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más grande de las tres es el amor.
Salmo 32,2-5.12.22
2 Dad gracias al Señor con la cítara,
tocad en su honor con el arpa de diez cuerdas;
3 cantadle un cantar nuevo,
dad un buen concierto de instrumentos y de voces,
4 pues la palabra del Señor es eficaz,
y sus obras demuestran su lealtad;
5 él ama la justicia y el derecho,
la tierra está llena del amor del Señor.
12 Dichosa la nación que tiene al Señor por Dios,
el pueblo que él se escogió por heredad.
22 Que tu amor, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
Lucas 7,31-35
31 «¿A qué compararé esta generación? ¿A quién se parece? 32 Se parece a esos chiquillos sentados en la plaza, que se gritan unos a otros: Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado. Hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado. 33 Porque ha venido Juan, el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijisteis: Tiene un demonio. 34 Ha venido el hijo del hombre, que come y bebe, y decís: Éste es un comilón y un borracho.35 Pero la sabiduría ha sido justificada por todos sus discípulos».
Las sectas se aprovechan de la indecisión de muchos cristianos para derrumbarles su fe y para incorporarlos en sus organizaciones. Por eso hemos de estar vigilantes, afianzando cada vez más los principios de nuestra fe católica.
Jesús compara a los indecisos con unos chiquillos que han perdido la capacidad de reaccionar ante las invitaciones de sus amigos, pues ni bailan ni lloran. Es como cuando vemos el telediario y, después de una noticia trágica, pasamos a la información deportiva como si nada. Nos conmovimos unos segundos y luego nos olvidamos.
Lo mismo sucede cuando entramos en una iglesia y vemos un crucifijo. Ya no nos llama la atención. ¿Y si viéramos a un hermano nuestro retorciéndose de dolor, colgado en el madero por cuatro terribles clavos? ¿No haríamos todo lo posible por bajarle de ahí?
Cristo espera que nuestro corazón vuelva a palpitar y reaccione ante nuestra realidad y la del mundo. Si nuestra fe está marchita, es hora de que rejuvenezca. Si Jesús sigue clavado en la cruz por nosotros, es tiempo de aprovechar la redención. Porque si no abrimos los ojos, vendrá alguien a tocar a nuestra puerta y nos arrebatará lo más valioso que tenemos, sin darnos cuenta.
Andrés Kim, Pablo Chong y compañeros, Mártires
Andrés Kim Tae-Gon, nació el 21 de agosto de 1821 en Solmoe (Corea). Sus padres eran Ignacio Kim Chejun y Ursula Ko. Era niño cuando la familia se trasladó a Kolbaemasil para huir de las persecuciones. Su padre murió mártir el 26 de septiembre de 1839. También su bisabuelo Pío Kim Chunhu había muerto mártir en el año 1814, después de diez años de prisión. Tenía quince años de edad cuando el padre Maubant lo invitó a ingresar al seminario.
Fue enviado al seminario de Macao. Hacia el año 1843 intentó regresar a Corea con el obispo Ferréol, pero en la frontera fueron rechazados.
Se ordenó diácono en China en el año 1844. Volvió a Corea el 15 de enero de 1845. Por su seguridad sólo saludó unos cuantos catequistas; ni siquiera vio a su madre quien, pobre y sola, tenía que mendigar la comida. En una pequeña embarcación de madera guió, a los misioneros franceses hasta Shangai, a la que arribaron soportanto peligrosas tormentas.
En Shangai recibió la ordenación sacerdotal de manos de monseñor Ferréol el 17 de agosto de 1845, convirtiéndose en el primer sacerdote coreano. Hacia fines del mismo mes emprendió el regreso a Corea con el obispo y el padre Daveluy. Llegaron a la Isla Cheju y, en octubre del mismo año, arribaron a Kanggyong donde pudo ver a su madre.
El 5 de junio de 1846 fue arrestado en la isla Yonpyong mientras trataba con los pescadores la forma de llevar a Corea a los misioneros franceses que estaban en China. Inmediatamente fue enviado a la prisión central de Seúl. El rey y algunos de ministros no lo querían condenar por sus vastos conocimientos y dominar varios idiomas. Otros ministros insistieron en que se le aplicara la pena de muerte. Después de tres meses de cárcel fue decapitado en Saenamt´õ el 16 de septiembre de 1846, a la edad de veintiséis años.
Antes de morir dijo: ¡Ahora comienza la eternidad! y con serenidad y valentía se acercó al martirio.
Pablo Chong Ha-Sang nació en el año 1795 en Mahyon (Corea) siendo miembro de una noble familia tradicional. Después del martirio de su padre, Agustín Chong Yakjong, y de su hermano mayor Carlos, ocurridos en el año 1801, la familia sufrió mucho. Pablo tenía siete años. Su madre, Cecilia Yu So-sa, vio cómo confiscaban sus bienes y les dejaban en extrema pobreza. Se educó bajo los cuidados de su devota madre.
A los veinte años dejó su familia para reorganizar la iglesia católica en Seúl y pensó en traer misioneros. En el año 1816 viajó a Pekín para solicitar al obispo algunos misioneros; se le concedió uno que falleció antes de llegar a Corea. Él y sus compañeros escribieron al papa para que enviara misioneros. Finalmente gracias a los ruegos de los católicos, el 9 de septiembre de 1831 se estableció el vicariato apostólico de Corea y se nombró su primer obispo encargando a la Sociedad de las Misiones Extranjeras de París la evangelización de Corea.
Pablo introdujo al obispo Ímbert en Corea, lo recibió en su casa y lo ayudó durante su ministerio. Monseñor Ímbert pensó que Pablo podía ser sacerdote y comenzó a enseñarle teología... Mientras tanto brotó una nueva persecución. El obispo pudo escapar a Suwon. Pablo, su mamá y su hermana Isabel fueron arrestados en el año 1839.
Aguantó las torturas hasta que fue decapitado a las afueras de Seúl el 22 de septiembre. Poco después también su madre y su hermana sufrieron el martirio.
Moral y Ética XVI
La conciencia en la Veritatis Splendor
Las condiciones y los límites.
El 6 de julio de 1535 el que había sido Canciller del Reino de Inglaterra fue decapitado por orden del Rey Enrique VIII. Su crimen consistió en no querer doblegarse a afirmar que el matrimonio del Rey con Catalina de Aragón era o había sido nulo. Decir que el Rey tenía razón era la llave de la vida; negarse, la muerte. Tomás Moro se negó y fue decapitado. Antes de morir escribía a su hija Margarita: “Hasta ahora, la gracia santísima me ha dado fuerzas para postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida, antes que prestar juramento en contra de mi conciencia...”
Nos viene, pues, la idea de preguntarnos qué es eso que llamamos la conciencia y de dónde su inviolabilidad, al punto tal que impone al los hombres el deber de renunciar a la propia vida antes que ir contra ella. Y asimismo, cuáles son las condiciones y los límites.
1. Los errores teológicos en torno a la conciencia
Podríamos indicar dos errores fundamentales en torno a la conciencia, que se observan a veces entre el común de la gente y muy a menudo entre renombrados filósofos y teólogos.
1) La naturaleza de la conciencia
El primer error que aparece en torno a la conciencia tiene que ver con la naturaleza de la misma. Ya no se la concibe como un ACTO de la INTELIGENCIA sino como una FACULTAD (viejo error ya refutado por los antiguos). Esto se ve claro en un texto de Häring: “La conciencia, facultad moral del hombre, es, junto con el conocimiento y la libertad, la base y la fuente del bien”[1]. Y consecuentemente la define: “el instinto espiritual de conservación que impele al alma a buscar la unidad total...(que) no la consigue sino poniéndose plenamente de acuerdo con el mundo de la verdad y del bien”[2].
Es más, se la describe como una especie de SUPERFACULTAD que unifica toda la persona, que estaría en el centro de la persona; es lo que hoy llaman algunos (como Häring) la visión “holistica” de la conciencia. Así dice: “Habita tanto en el entendimiento como en la voluntad y es una fuerza dinámica en ambos, ya que la inteligencia y la voluntad pertenecen, juntas, al campo más profundo de nuestra vida psíquica y espiritual”[3].
2) La conciencia creadora
La segunda falacia es la concepción de que la conciencia es la creadora de los valores; es la que determina arbitrariamente qué está bien y qué está mal. “Las tendencias culturales... que contraponen y separan entre sí libertad y ley, y exaltan de modo idolátrico la libertad, llevan a una interpretación «creativa» de la conciencia moral, que se aleja de la posición tradicional de la Iglesia y de su magisterio” (VS 54).
Häring habla de la “cualidad creativa de la conciencia”[4]; y menciona este tipo de conocimiento como superior al conocimiento que él llama abstracto y sistemático: “Una teología moral que intente afirmar la fidelidad y libertad creadoras como conceptos clave jamás podrá olvidar esta dimensión. Precisamente un consenso creciente del hecho y naturaleza de tal conocimiento empuja a numerosos teólogos a valorar el conocimiento abstracto y sistemático como una forma secundaria y derivada de conocimiento”[5].
Según esta concepción es el hombre el que debe decidir en última instancia cómo obrar en cada circunstancia concreta. Para esto puede servirle de ilustración lo que dice la filosofía, la tradición, el Magisterio, el Evangelio, etc. Pero el que decide es él. Y sus actos serán buenos o malos según sigan «lo que ellos han decidido». El Papa señala que esta corriente, para dar fuerza a su concepción, ya no llaman a los actos de la conciencia «juicios» sino «decisiones» (VS 55).
El Papa ha dicho en un famoso discurso: “Durante estos años, como consecuencia de la contestación a la Humanae Vitae, se ha puesto en discusión la misma doctrina cristiana de la conciencia moral, aceptando la idea de conciencia creadora de la norma moral. De esta forma se ha roto radicalmente el vínculo de obediencia a la santa voluntad del Creador, en la que se funda la misma dignidad del hombre. La conciencia es, efectivamente, el ‘lugar’ en el que el hombre es iluminado por una luz que no deriva de su razón creada y siempre falible, sino de la Sabiduría del Verbo, en la que todo ha sido creado...”[6].
Cuando se exige “libertad de conciencia”, lo que se pide muchas veces es el “derecho” a que cada uno diga qué le parece bien, y obre en consecuencia. Esto, en definitiva, es la tentación del Paraíso; el pecado de Adán y Eva consistió en el querer determinar por su propia cuenta el bien y el mal de nuestros actos, sin importarle la verdad objetiva.
3) La conciencia, último juez absoluto
Otro error consiste en hacer de la conciencia el último juez absoluto. Volvemos a lo mismo: si la verdad juega un papel fundamental, el último juez es la verdad, y mi conciencia puede guiar mi obrar cuando ha agotado todas las instancias para formarse y buscar la verdad.
Häring, por ejemplo, habla de posibles conflictos entre la libertad (o conciencia) y la ley, en los cuales la “presunción” favorece la libertad: “Ya que las reglas de la prudencia se muestran eficaces en las cuestiones de ... ley humana positiva..., no parece que haya inconveniente de aplicarlas también a la ley positiva divina, y aun a las leyes esenciales que dimanan del orden de la naturaleza y de la gracia... En principio la libertad «posee» sobre la ley”[7]. Esto vale para las leyes humanas positivas, pero no para la ley divina donde está en juego la voluntad de Dios o los actos gravemente prohibidos. Afirmó Ratzinger en un discurso que dio mucho que hablar que la primera vez que escuchó esto aplicado con todas las consecuencias, en boca de un profesor alemán, uno de los oyentes le objetó que si aplicamos tales principios en todo su rigor deberíamos afirmar, por ejemplo, que los responsables de los crímenes nazistas (nosotros podríamos añadir también los crímenes de Stalin, de las persecuciones romanas, chinas, del terrorismo, de Sendero Luminoso, las masacres etnias en los Balcanes) no pueden ser condenados porque quienes los cometieron probablemente estaban convencidos de lo que hacían, y por tanto obraban “según su conciencia”, con lo cual su conducta sería MORALMENTE INTACHABLE. Aquel profesor respondió diciendo que lo que intentaba decir era precisamente eso.
Con mucha razón Juan Pablo II ha dicho que: “Hablar de la inviolable dignidad de la conciencia sin ulteriores especificaciones, conlleva el riesgo de graves errores”[8].
La expresión más clara de estos elementos se encuentran en la corriente moral que se conoció, en los años ‘50 como ética de situación. Hoy día no se sostiene con ese nombre pero es profesada por la mayoría de los moralistas. Sus principales corifeos fueron J.FUCHS y B. HARING. Su error fundamental consiste en afirmar que la norma última de nuestro obrar “es una luz interna y un juicio inmediato”. Este juicio, a menos en muchas cosas y en última instancia “no es mensurado, ni se ha de medir, ni es mensurable por ninguna norma objetiva, externa al hombre e independiente de su persuación subjetiva, en cuanto a su objetiva rectitud y verdad; es un juicio que se basta a sí mismo” (así describió la posición de la ética de situación la Instrucción del Santo Oficio del 2/II/56).
2. La auténtica concepción sobre la conciencia
El Concilio Vaticano II ha tratado de describirla diciendo que “es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está a solas con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella” (GS, 16).
Lo que nosotros llamamos “conciencia” no es otra cosa que ciertas actuaciones de nuestra inteligencia. Nuestra inteligencia, y en esto nos diferenciamos específicamente del resto de los animales, conoce qué son las cosas, por qué son, para qué son, por qué –en algunos casos– deben ser. Cuando esas “cosas” que conoce el hombre son nuestros propios actos y la razón nos dice lo que estamos haciendo, o lo que hemos hecho o lo que estamos proyectando hacer, y nos habla de su bondad o de su malicia, tal acto de la inteligencia es lo que llamamos la “conciencia”.
¿Cómo ocurre esto? Todos nosotros llevamos interiormente impreso un conocimiento del bien y del mal. El hombre se da cuenta, de un modo natural, que ciertas cosas están bien y ciertas cosas están mal (no hace falta que nos enseñen que el amor a nuestros padres es algo bueno, ni que traicionar la patria es algo abominable; a nadie le enseñaron que tiene que defender a su madre o a sus hijos... y si se lo enseñaron cuando lo hace no lo hace porque se lo hayan enseñado, sino porque espontáneamente reconoce que es lo único que debe hacer en esa circunstancia). Por eso dice el Card. Ratzinger: “llevamos dentro de nosotros mismos nuestra verdad, porque nuestra esencia (nuestra naturaleza) es nuestra verdad”[9]. Y San Pablo, hablando de los paganos: “cuando los paganos, que no tienen ley [es decir ley Revelada], cumplen naturalmente las prescripciones de la ley,, sin tener ley, son para sí mismos ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón...” (Rom 2,14).
Es por eso que cada vez que nosotros obramos, nos damos cuenta de que lo que hacemos es conforme y está en armonía con ese conocimiento que tenemos escrito en el corazón, sobre el bien y el mal. O simplemente no está conforme con él. Esta es la conciencia. La conciencia es la inteligencia cuando descubre esa “ley que él (el hombre) no se da a sí mismo, pero a al cual debe obedecer... Ley inscrita por Dios en su corazón...” (GS, 16).
La conciencia, cumple, de este modo un triple oficio en nuestro interior:
–Es testigo de lo que estamos haciendo o hemos hecho, de la bondad o malicia de lo que obramos (cf. 2 Cor 1,12; Rom 9,1).
–Es juez: ella nos aprueba cuando lo que obramos es bueno, y nos condena (remordimientos de conciencia) cuando hemos obrado o estamos obrando el mal.
–Es pedagogo (como decía Orígenes): descubriéndonos e indicándonos el camino del buen obrar[10].
Esta luz que hay en nuestra inteligencia, por la cual juzgamos de nuestras acciones, la ha puesto Dios mismo, al crearnos. No es otra cosa que la capacidad que tenemos de conocer, y de conocer el bien y el mal en las cosas. Y esa luz es una participación de su Luz y de su Verdad eterna. Por eso es que podemos decir con propiedad que es la voz de Dios. Así, San Buenaventura decía de ella: [VS, 58].
3. Elementos fundamentales sobre la conciencia
Yo señalaría dos temas importantísimos sobre la conciencia en la VS: el primero es la relación entre la conciencia y la verdad, el segundo es el problema del error de la conciencia.
1) La conciencia y la verdad
Con muy buen tino un gran teólogo de nuestro tiempo ha hablado de la función mediadora de la conciencia. ¿Qué significa esto? Esto significa que la conciencia no es la instancia absoluta del bien y del mal en nuestros actos, sino que hay algo que está detrás de ella, y esto sí es lo absoluto. Los antiguos la llamaban «regula regulata»: regla reglada. Ella es la que debe guiar nuestros actos, pero con la condición de que ella a su vez se deje guiar, se con-forme, con algo que es superior. Y eso superior es la VERDAD. Y esa verdad se contiene en Dios, porque es la Verdad Absoluta, y en la misma esencia de las creaturas, como verdad participada.
Ocurre con nuestra conciencia lo mismo que con un árbitro deportivo. Los jugadores deben atenerse a él y a sus decisiones, pero él decide y dirige bien un partido siempre y cuando aplique correctamente el reglamento y no distorsione la realidad. Sólo que mientras el adecuarse a los dictámenes de un árbitro futbolístico afecta únicamente a un buen partido, en el caso de la conciencia está en juego la bondad o la malicia moral del sujeto en cuestión.
Nuestra conciencia es el árbitro de nuestros actos, pero hay un reglamento que es superior a ella, y ella guía bien en la medida en que es fiel al Reglamento de la Verdad. Así, pues, la dignidad de la conciencia proviene de que ella nos hace de puente, de intermediario, con esa verdad que, según hemos dicho, se encuentra escrita en lo profundo de nuestra naturaleza y corazón; naturaleza creada por las manos de Dios.
Es por eso que la Sagrada Escritura nos insiste constantemente a que busquemos la verdad y juzguemos de acuerdo a la verdad: [VS, 62].
2) La falibilidad de la conciencia
El segundo elemento que hay que tomar en cuenta es la posibilidad de que la conciencia se equivoque. La conciencia puede fallar en ese conocimiento. “Ella, dice el Papa, no es un juez infalible” (VS, 62). Es un acto de nuestra inteligencia, creada, finita, falible, herida, influenciable.
Los juicios de nuestra conciencia son muy comprometedores porque no son afirmaciones abstractas o puramente especulativas (como cuando decimos “hoy es un lindo día”; “dos más dos es igual a cuatro”), sino afirmaciones que terminan comprometiendo nuestro modo de obrar (son “juicios prácticos”). Por ejemplo, el que yo perciba que estoy obrando o viviendo moralmente mal, me exige el cambiar de vida; el reconocer que me corresponde el realizar tal deber me impone la obligación de cumplirlo a pesar de los sacrificios que suponga. Por eso, nuestros juicios de conciencia siempre están amenazados con la interferencia de nuestros defectos, gustos, hábitos, comodidades, o gustos, que van a pugnar para que no reconozca interiormente lo que no tengo deseos de realizar o abandonar.
De aquí se sigue una importante conclusión. Siendo constitutivo esencial de la conciencia auténtica “la verdad”, es decir, la adecuación con la realidad de las cosas, con el Plan divino, con la luz de la razón, entonces, la conciencia mantiene su dignidad e impone al hombre la exigencia de ser seguida siempre y cuando le muestre la verdad o, en caso de que se equivocara, si yerra inculpablemente.
Cuando uno está falseando la verdad o la desconoce pero por su negligencia, o por poco amor a la verdad o a la virtud, o por negarse a hacer el esfuerzo de educar la conciencia o aclararla con quien sabe más, no podría excusarse de pecado diciendo simplemente: “sigo mi conciencia”[11].
Por eso decía hace varios años el Papa: “No es suficiente decir al hombre ‘sigue siempre tu conciencia’. Es necesario añadir inmediatamente y siempre: ‘pregúntate si tu conciencia dice la verdad o algo falso, y busca incansablemente conocer la verdad’. Si no se hiciera esta necesaria precisión, el hombre arriesgaría encontrar en su conciencia una fuerza destructora de su verdadera humanidad, en vez del lugar santo donde Dios le revela su verdadero bien”[12].
4. La educación de la conciencia
Esto nos lleva al último punto: debemos formar y educar nuestra conciencia. Debemos educar la conciencia para que nuestros juicios sean siempre veraces[13].
Para educarla debemos hacer dos cosas:
1º Por un lado vivir virtuosamente y buscar la virtud. Sólo la virtud puede garantizarnos que nuestra conciencia no quiera “justificar” nuestros comportamiento defectuosos o nuestros pecados.
2º Por otro debemos ilustrar, iluminar nuestra conciencia sobre el bien y sobre la verdad. Y esto se hace mediante la Fe, la Palabra de Dios y la enseñanza clara de la Iglesia. Dicho, de otro modo, debemos ser fieles a la verdad. Vale para todo cristiano, lo que el Papa mandaba a los Obispos de Francia: “Los Pastores deben formar las conciencias llamando bueno a lo que es bueno y malo a lo que es malo”[14].
Uno puede estar seguro de que está obrando con una conciencia recta, con honestidad de conciencia, cuando ha puesto todos los medios para que ésta sea recta. Esto vale particularmente para los temas delicados de nuestra vida moral y espiritual, y especialmente aquellos sobre los que tenemos dudas.
Aquí se ve, finalmente, el motivo por el cual no puede haber divergencia entre la Enseñanza de la Iglesia y la conciencia del cristiano. Porque el Magisterio no es una opinión más sino una de las fuentes donde debemos iluminar la conciencia.
Un decreto sobre la función del teólogo ha dicho estas palabras que nos deben hacer pensar seriamente: “Oponer al magisterio de la Iglesia un magisterio supremo de la conciencia es admitir el principio del libre examen, incompatible con la economía de la Revelación y de su transmisión en la Iglesia, así como con una concepción correcta de la teología y de la función del teólogo”[15].
El Papa ha dicho: “...el Magisterio de la Iglesia ha sido instituido por Cristo el Señor para iluminar la conciencia”[16].
[1] Häring, La Ley de Cristo, I, p. 184.
[2] Ibid p. 192.
[3] Häring, Libertad y fidelidad en Cristo, I, p. 244-5.
[4] Libertad y fidelidad..., p. 249.
[5] Libertad y fidelidad..., p. 249.
[6] Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el II Congreso internacional de teología moral, L’Osservatore Romano, 22/I/1989, p.9, nº 4.
[7] Häring, La Ley de Cristo, I, p. 224-5.
[8] Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el II Congreso internacional de teología moral, L’Osservatore Romano, 22/I/1989, p.9, nº 4.
[9] Cf. L’Osservatore Romano, 15/X/93, p.22.
[10] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1777.
[11] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nnº 1790-1791
[12] Juan Pablo II, Catequesis del 17/VIII/83, nº 3.
[13] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1783-1784.
[14] Juan Pablo II, L’O.R., 15/III/87, p.9, nº 5.
[15] CONGREGACION PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo, 24/V/1990, nº 38.
[16] Juan Pablo II, Discurso al II Congr. de Teol. Moral, L’O.R., 22/I/89, p. 9.
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12 Del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, con ser muchos, forman un cuerpo, así también Cristo. 13 Porque todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, fuimos bautizados en un solo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido del mismo Espíritu. 14 Porque el cuerpo no es un miembro, sino muchos.
27 Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno por su parte es miembro de ese cuerpo. 28 Y así Dios ha puesto en la Iglesia en primer lugar a los apóstoles; en segundo lugar, a los profetas; en tercero, a los maestros; luego, los que tienen el poder de hacer milagros; después, los que tienen el don de curar, de asistir a los necesitados, de gobernar, de hablar lenguas extrañas. 29 ¿Son todos apóstoles? ¿O todos profetas? ¿O todos maestros? ¿Tienen todos el poder de hacer milagros? 30 ¿Tienen todos el don de curar? ¿Hablan todos lenguas? ¿O todos las interpretan? 31a Ambicionad dones más altos.
Salmo 99,2-5
2 Servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con gritos jubilosos.
3 Reconoced que el Señor es Dios:
él nos ha hecho y somos suyos,
su pueblo, las ovejas que él guarda.
4 Entrad en sus pórticos dándole gracias,
alabadlo, bendecid su nombre:
5 porque el Señor es bueno, su amor es eterno,
y su lealtad perpetua por todas las edades.
Lucas 7,11-17
11 Después fue a un pueblo llamado Naín, acompañado de sus discípulos y de mucha gente. 12 Al llegar a la puerta de la ciudad, se encontró con que llevaban a enterrar un muerto, hijo único de una madre viuda; la acompañaba todo el pueblo. 13 El Señor, al verla, se compadeció de ella y le dijo: «No llores». 14 Luego se acercó y tocó el féretro; los que lo llevaban se detuvieron; él dijo: «Joven, yo te lo mando: Levántate». 15 El muerto se sentó y comenzó a hablar; y él se lo entregó a su madre. 16 Todos quedaron sobrecogidos y alababan a Dios, diciendo: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo». 17 Y este suceso se propagó por toda Judea y por toda aquella comarca.
Hay una diferencia abismal entre las demás “religiones” y el Cristianismo. En las demás, el hombre va en busca de Dios. En el Cristianismo es Dios el que busca al hombre.
Y en la Iglesia Católica, fundada por Cristo, lo vemos todos los días. Este Evangelio es una prueba más del amor de Dios hacia nosotros, que es infinito. Tiene el arrojo y tesón del amor de padre y el candor y profundidad del amor de madre. Cristo al ver a la viuda que se le había muerto todo lo que tenía en el mundo, se compadece de ella. Del Corazón de Cristo brota esa necesidad de consolar a la viuda y le vuelve a entregar a su hijo. Y así como Cristo entregó alegría a esta viuda, hoy día Cristo entrega a muchos padres angustiados su joven hijo que se fue de casa días atrás, ablanda los corazones de los esposos a punto de separarse, inspira a los grandes empresarios a cambiar de actitud hacia sus colaboradores y, en vez de hundirles en deudas estratosféricas, hacen un trato para arreglar cuentas, etc.
Dios sigue obrando milagros para que nosotros podamos ser felices en Él. Es imposible que a Dios le guste vernos tristes, porque nos ama. Pero si lo estamos... ¿acaso será porque no le hemos permitido a Cristo entrar en nuestras vidas?
San José María de Yermo y Parres
Nació en el Estado de México, en la Hacienda de Jalmolonga. Huérfano de madre, su padre lo encomienda a una tía que lo educó cristianamente. Sintiendo el llamado de Dios, ingresa al Seminario, siendo ordenado Sacerdote en 1879 en la Catedral de León, Gto.
Al darse cuenta de la pobreza en algunos sectores de la mencionada ciudad, decide consagrar su vida en un apostolado al servicio de los marginados, atendiendo a su vez la feligresía que tenía encomendada. En 1885 fundó la Congregación de Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres a cuya formación dedicó lo mejor de su espíritu.
En 1888 participó activamente en la ayuda a los damnificados por el desbordamiento del río “Los Gómez”, en León, Gto. , acto por el cual se le conoció como “el gigante de la caridad”. Después de una vida de trabajo, murió en la ciudad de Puebla.
Canonizado por Juan Pablo II el 21 de mayo del 2000, día dedicado a México, dentro del Año Jubilar.
Moral y Ética XV
La conciencia y el Magisterio (II/II)
“Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?... Apacienta mis corderos” (Jn 21,15). “Simón... yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca; y tú, cuando vuelvas, confirma a tus hermanos” (Lc 22,31-32). El oficio de apacentar y confirmar, robustecer en la fe y guiar en el obrar, se enraíza directamente en la voluntad salvífica de Cristo, y es la razón de ser del Magisterio de Pedro y de los demás apóstoles unidos a Pedro.
El sentido último del ministerio de la Iglesia es el de transmitir la verdad de Cristo, y más aún, la verdad que es Cristo: “Por voluntad de Cristo, la Iglesia católica es maestra de la verdad y su misión es anunciar y enseñar auténticamente la Verdad, que es Cristo”[38]. Y esto engloba la verdad moral: “... y al mismo tiempo declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana”[39].
Podemos indicar algunos motivos por los cuales es necesario que el Magisterio se extienda al ámbito de la ética racional[40]:
a) Por la función sobrenatural sanante del Magisterio. Proponiendo verdades morales racionales el Magisterio desempeña su misión de salvación. La Iglesia tiene como misión la salvación del hombre, en toda su amplitud, incluida su racionalidad ya que la racionalidad del hombre es una racionalidad llagada, es decir, afectada por el “vulnus”, la herida, del error y la ignorancia[41]. El Magisterio devuelve, así, a la razón práctica su relación originaria con la verdad. La cura de la permanente tentación de medir la grandeza y el valor del hombre según falsos criterios. “La ley, centrada sobre el Decálogo, forma la conciencia del hombre, la humaniza, la dirige hacia su fin bienaventurado y la abre a la gracia...”[42].
b) Por la función pastoral del Magisterio y las consecuencias de la Encarnación. Existe una conexión intrínseca entre el fin sobrenatural (salvación) al que el Magisterio debe encaminarnos y el ámbito humano de la vida cristiana, es decir, los actos concretos que son los medios por los cuales nos ordenamos al fin. La Iglesia no sería fiel a su misión si enseñando “la fe que debe creerse y aplicarse en la práctica de la vida”[43] no enseñarse, al mismo tiempo, sus consecuencias coherentes en el plano humano. Y esto es consecuencia de la Encarnación: “El Verbo al encarnarse ha entrado plenamente en nuestra existencia cotidiana, que se articula en actos humanos concretos; muriendo por nuestros pecados, nos ha re-creado en la santidad original, que debe expresarse en nuestra cotidiana actividad intra-mundana”[44]. En la Encarnación el Verbo divino asume la naturaleza humana en su totalidad, exceptuado el pecado, para sanarla, rescatarla, redimirla; y nada puede sustraerse del alcance de la Encarnación sin que al mismo tiempo se parcialice la obra redentora de Cristo. Como dice San Ireneo: “lo que no es asumido, no es redimido”[45].
c) Por la profunda armonía existente entre la razón y la fe. A este antiguo problema de razón y fe pueden remontarse, en última instancia, las dificultades y críticas planteadas por numerosos teólogos respecto de la autoridad del Magisterio en el ámbito de la moral natural. Pero tales críticas están fundamentadas en un prejuicio: “la recíproca exclusión de la fe... y la razón, en base a lo cual la fe no es racional y la razón no es creyente, y por tanto, los ´precepta fidei´ no son racionales y los ´precepta rationis´ no pueden apoyarse en una autoridad de fe”[46]. De este modo, excluida la fe del ámbito de la razón (y reduciendo la competencia del Magisterio a la sola fe), la razón debería proceder autónomamente en la elaboración de sus normas. Así entendido el problema, un Magisterio es injustificable.
Sin embargo, esta presentación de la relación entre razón y fe es falsa y ya fue resuelta de modo definitivo por Santo Tomás en el medioevo, y por tanto, la estrecha relación armónica entre razón y fe da competencia al Magisterio en el campo de la razón[47].
d) Porque, si bien en la Revelación se encuentran normas morales concretas (algunas de las cuales la razón por sí sola no habría podido descubrir, como por ejemplo los preceptos tocantes al ejercicio de las virtudes teologales; otras, en cambio, están -al menos de suyo- al alcance de la razón), sin embargo, puede legítimamente presumirse que la Revelación no ha enseñado explícitamente todas las normas morales determinadas racionalmente cognoscibles. Y esto porque Dios no se sustituye a la causalidad de las personas creadas[48].
Magisterio y conciencia.
Es constitutivo esencial de la conciencia recta su adecuación con la verdad objetiva, como ya hemos dicho. Pero no siempre está en poder de la razón alcanzar por sí sola dicha verdad con la cual adecuarse, aun teniendo en sí los principios de los cuales se derivan todas las verdades morales. Los principios universales están, pero en su condición universal. Descubrir la relación estrecha entre nuestros comportamientos concretos y tales principios puede resultar evidente como puede no serlo. Y esto por muchos motivos. Por un lado, la nuestra es una razón herida y debilitada por el pecado original. Por otra parte, algunas de las verdades que rigen el obrar concreto son el fruto de deducciones que no todos pueden realizar. Asimismo, tienen su cuota de injerencia las presiones de una sociedad y una cultura laicista, atea y hedonista, que crea un modo de pensar consecuente con sus máximas. Finalmente, el juicio práctico de la razón guarda una fuerte dependencia de nuestros hábitos morales; y cuando éstos son vicios arraigados, interfieren influyendo notablemente nuestro modo de juzgar. De aquí la necesidad del Magisterio.
La relación entre el Magisterio y la conciencia es análoga a la que media entre la luz y nuestros ojos. Nuestros ojos no ven si no media la luz: “Hablar de un conflicto entre la conciencia y el Magisterio es lo mismo que hablar de conflicto entre el ojo y la luz”[49].
Una nueva confirmación de la armonía entre Magisterio y conciencia puede ser aducida partiendo de la acción del Espíritu Santo sobre el Magisterio y sobre la conciencia de los fieles. La Ley Nueva, instituida por Cristo, es una ley fundamentalmente interior: la acción del Espíritu Santo operante por la gracia en los corazones. Pero supone, juntamente, elementos externos, también obra del Espíritu Santo, cuales son el texto escrito de la Revelación, los sacramentos y también el Magisterio de la Iglesia[50]. El Espíritu Santo actúa sobre los dos elementos, sobre la conciencia con la gracia, sobre el Magisterio con su asistencia: “El Espíritu de Dios que asiste al Magisterio en el proponer la doctrina, ilumina internamente los corazones de los fieles, invitándolos a prestar su asentimiento”[51]. No puede pensarse que la oposición de la conciencia al Magisterio (guiado por el Espíritu Santo) pueda ser fruto de la docilidad de la conciencia al mismo Espíritu Santo[52].
Por todo esto, se hace necesaria la intervención de un magisterio que por un lado custodie manteniendo incólumes los principios, y por otro ilumine el obrar cotidiano a la luz de los mismos. Por tal motivo, el Cardenal Ratzinger analizando aquella famosa expresión de Newman, “si yo tuviera que llevar la religión a un brindis después de una comida... desde luego brindaría por el Papa. Pero antes por la conciencia y después por el Papa”, la entiende en el sentido de que es la conciencia, o más bien, la necesidad de que la conciencia sea custodiada, iluminada y preservada del error, lo que explica el Papado. “Sólo en este contexto, escribe Ratzinger, se puede comprender correctamente la primacía del Papa y su correlación con la conciencia cristiana. El significado auténtico de la autoridad doctrinal del Papa consiste en el hecho de que él es el garante de la memoria[53]. El Papa no impone desde fuera, sino que desarrolla la memoria cristiana y la defiende. Por eso, el brindis por la conciencia ha de preceder al del Papa, porque sin conciencia no habría papado. Todo el poder que él tiene es poder de la conciencia: servicio al doble recuerdo, sobre el que se basa la fe que debe ser continuamente purificada, ampliada y defendida contra las formas de destrucción de la memoria, que está amenazada tanto por una subjetividad que ha olvidado el propio fundamento como por las presiones de un conformismo social y cultural”[54].
Algo semejante dice la Veritatis Splendor: “La autoridad de la Iglesia, que se pronuncia sobre las cuestiones morales, no menoscaba de ningún modo la libertad de conciencia de los cristianos; no sólo porque la libertad de conciencia no es nunca libertad «con respecto a» la verdad, sino siempre y sólo «en» la verdad, sino también porque el Magisterio no presenta verdades ajenas a la conciencia cristiana, sino que manifiesta las verdades que ya debería poseer, desarrollándolas a partir del acto originario de la fe. La Iglesia se pone sólo y siempre al servicio de la conciencia, ayudándola a no ser zarandeada aquí y allá por cualquier viento de doctrina según el engaño de los hombres (cf. Ef 4,14), a no desviarse de la verdad sobre el bien del hombre, sino a alcanzar con seguridad, especialmente en las cuestiones más difíciles, la verdad y a mantenerse en ella”[55].
Por eso decía el Papa, en el Discurso que dirigió a los participantes del II Congreso internacional de teología moral, que “el Magisterio de la Iglesia ha sido instituido por Cristo el Señor para iluminar la conciencia”, y que por eso “apelar a esta conciencia precisamente para constestar la verdad de cuanto enseña el Magisterio, comporta el rechazo de la concepción católica de Magisterio y de la conciencia moral”[56]. El Magisterio de la Iglesia ha sido dispuesto por el amor redentor de Cristo para que la conciencia sea preservada del error y alcance siempre más profunda y certeramente la verdad que la dignifica. Por eso equiparar las enseñanzas del Magisterio a cualquier otra fuente de conocimiento banaliza el Magisterio, y hace inútil el sacrificio redentor de Cristo.
Conclusión
Así, siendo constitutivo esencial de la conciencia la verdad, y la verdad en toda su amplitud (natural y sobrenatural), y siendo misión esencial del Magisterio transmitir la verdad, y no sólo la verdad dogmática sino también la verdad práctica, moral, la contraposición entre conciencia y Magisterio sólo puede provenir de un “a priori” reduccionista.
-Es una versión más del histórico problema de la relación entre razón y fe (entre verdad racional y verdad de la fe, entre heteronomía y autonomía), y cuando la relación entre ambas es mal resuelta (como contraposición o admitiendo la posible contraposición o exclusión), se convierte en una versión más de la teoría de la doble verdad de Siger de Brabante.
Es también una versión más de la incomprensión del misterio de la Encarnación. Incomprensión de la unidad que se establece entre las dos naturalezas de Cristo en la unidad de persona: sin confusión, pero en perfecta armonía. De ahí la insuperable dificultad para compaginar fe y moral, dogma y vida.
-Es una versión más de error del monofisismo y del docetismo: la reducción del misterio de la Encarnación a una sola naturaleza, la divina, afirmando lo humano de Cristo como pura apariencia, tiene su versión moral en la reducción de la salvación a la profesión de un credo, a la adhesión meramente intelectual a un dogma abstracto, mientras que el obrar concreto recibe una redención aparente, una capa de barniz que no toca ni asume la naturaleza, no la redime, no la transforma, y, por tanto, no exige un modo de vida auténticamente cristiano y verdaderamente renovado.
-Es una versión más de la dicotomía pesimista establecida por Lutero: una fe sin moral, una fe sin caridad operante, una adhesión fiducial a Cristo que no compromete en sus raíces nuestra relación con el mundo.
En cambio, la auténtica concepción de la relación entre conciencia y Magisterio, ennoblece la conciencia, ya que aquello que la dignifica es la capacidad que tiene de alcanzar la verdad, siendo secundario el hecho de que la reciba de otro o la alcance por sí misma, mientras que una conciencia que prefiere aceptar la posibilidad del error antes que someterse a una luz que no provenga de ella, no es signo de nobleza sino de una conciencia plebeya.
El Magisterio es un don de Dios a los hombres porque es el don de la luz que penetra nuestro interior y que, acogida interiormente se transforma en guía luminosa, y hace de la conciencia, como dice Dante, compañera segura bajo el escudo de sentirse pura[57].
Chesterton dice sobre la inteligencia que ella “conquista una nueva provincia como una reina, pero sólo porque primero ha respondido a la campanilla como una criada”[58], es decir, por su humildad y por su docilidad. Otro tanto podemos decir de la conciencia: bajo su guía el hombre alcanza su más alta dignidad, cuando ella primero se deja invadir por la luz de la verdad. Y nunca olvidemos aquello de San Juan de la Cruz: “más quiere Dios de ti el menor grado de pureza de conciencia, que cuantas obras puedes hacer”[59].
[38] Concilio Vaticano II, Declaración Dignitatis humanae, 14.
[39] Ibid.
[40] Para lo que sigue cf. Carlo Caffarra, L´autorità del magistero in morale, en: AA.VV., Universalité et permanence des Lois morales, Ed. Universitaires Fribourg Suisse, Ed. du Cerf Paris, 1986, pp. 179-181; Dario Composta, La nuova morale..., op. cit., pp. 160-161.
[41] Cf. Suma Teológica, I-II, 85, 4.
[42] Juan Pablo II, Alocución a los obispos del Sudoeste de Francia, L´Osservatore Romano, 15 de marzo de 1987, p. 9, nº 4.
[43] Lumen Gentium, 25.
[44] Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el II Congreso internacional de teología moral, 12 de noviembre de 1988, en L´Osservatore Romano, 22 de enero de 1989, p. 9, nº 5.
[45] San Ireneo, citado por la Conferencia de Puebla, nº 400.
[46] Carlo Caffarra, L´autorità del Magistero in morale, op.cit., p. 181.
[47] Cf. Enc. Veritatis Splendor, 36 ss.
[48] Cf. Carlo Caffarra, La competenza..., op. cit., pp. 15-16.
[49] Carlo Caffarra, Conscience, Truth and Magisterium in conjugal Morality, Rev. “Anthropos” 1 (1986), p. 83.
[50] Cf. Suma Teológica, I-II, 116, 1 y ad 1.
[51] Pablo VI, Humanae vitae, 29.
[52] Cf. el desarrollo de este punto en R. García de Haro, Magisterio, norma y conciencia, op. cit., pp. 68-70.
[53] Ratzinger entiende aquí por memoria, anamnesis, lo que la tradición teológica llama sindéresis, el hábito de los primeros principios morales. Podrá, si se quiere, discutirse la equivalencia entre memoria y sindéresis, pero para lo que queremos expresar vale correctamente.
[54] Joseph Ratzinger, Elogio de la conciencia, Esquiú 23 de febrero de 1992, p. 30.
[55] Enc. Veritatis Splendor, 64.
[56] Discurso a los participantes en el II Congreso internacional de teología moral, 12 de noviembre de 1988, en L´Osservatore Romano, 22 de enero de 1989, p. 9, nº 4.
[57] ...coscienza m´assicura,
la buona compagnia che l´uom francheggia
sotto l´asbergo del sentirsi pura (Inf. XXVIII,115-117).
[58] G.K. Chesterton, Santo Tomás de Aquino, en “Obras Completas”, Plaza y Janés, Barcelona 1967, T. IV, p. 1128.
[59] Dichos 12.
Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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17 Al daros estos consejos, no puedo felicitaros, pues, al parecer, vuestras reuniones, en lugar de haceros bien, os hacen daño. 18 En primer lugar, he oído decir que, cuando os reunís, hay divisiones entre vosotros, y en parte lo creo; 19 y hasta es conveniente que haya divisiones entre vosotros para que se sepa quiénes son de virtud probada. 20 Cuando os reunís en común, ya no es eso comer la cena del Señor. 21 Porque cada cual se adelanta a comer su propia cena; y mientras uno pasa hambre, otro se emborracha.22 ¿Es que no tenéis vuestra casa para comer y beber? ¿O es que despreciáis a la Iglesia de Dios y queréis dejar en vergüenza a los que no tienen? ¿Qué os voy a decir? ¿He de felicitaros? En esto no os puedo felicitar. 23 Yo recibí del Señor lo que os he transmitido: Que Jesús, el Señor, en la noche que fue entregado, tomó pan, 24 dio gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía». 25 Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; cada vez que la bebáis, hacedlo en memoria mía». 26 Pues siempre que coméis este pan y bebéis este cáliz anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva.
33 Por tanto, hermanos míos, cuando os reunáis para la cena, esperaos unos a otros.
Salmo 39,7-10.17
7 Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
no pides holocaustos ni sacrificios por el pecado;
en cambio, me has abierto el oído,
8 por lo que entonces dije:
«Aquí estoy, en el libro está escrito de mí:
9 Dios mío, yo quiero hacer tu voluntad,
tu ley está en el fondo de mi alma».
10 Pregoné tu justicia a la gran asamblea,
no he cerrado mis labios; tú lo sabes, Señor.
17 Que se alegren y se regocijen en ti todos los que te
buscan; que no dejen de decir: «Dios es grande»,
los que anhelan tu salvación.
Lucas 7,1-10
1 Cuando terminó de hablar a la gente, entró en Cafarnaún. 2 Un oficial, que tenía un criado que estaba muriéndose, 3 oyó hablar de Jesús, y mandó unos ancianos de los judíos a rogarle que fuese a curar a su criado. 4 Ellos se acercaron a Jesús y le suplicaron con insistencia, diciendo: «Merece que se lo concedas, 5 porque ama a nuestro pueblo y nos ha edificado una sinagoga». 6 Jesús se puso en camino con ellos. No estaban lejos de la casa, cuando el oficial mandó unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres en mi casa. 7 Por eso ni me he atrevido a ir yo personalmente. Di una palabra, y mi criado se curará. 8 Porque yo, que soy hombre sujeto al mando, tengo a mis órdenes soldados, y digo a éste: Vete, y va; y a otro: Ven, y viene; y a mi criado: Haz esto, y lo hace». 9 Al oírlo, quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «Os aseguro que ni en Israel he encontrado una fe como ésta». 10 Cuando los enviados regresaron a casa, encontraron curado al criado.
Así como un foco necesita de la electricidad para encender y un motor de combustión necesita de la gasolina para funcionar, así la gracia de Dios necesita ser alimentada por nuestra fe para poder obrar milagros y maravillas. Esta es la lección de este Evangelio. Jesús, por compasión y buena voluntad, se levanta y va a curar al siervo del centurión, pero cuando llega a casa de éste, salen los amigos con su recado: “No soy digno...” y “...con una palabra tuya...”
Fe y humildad. La combinación perfecta para que Dios otorgue sus más hermosas gracias a la gente que se las pide. Fe, porque el centurión creyó con todo su corazón que Jesús podía curar a su siervo. No dudó del poder de Jesús en su corazón. Porque de otra manera no hubiera podido arrancar de su Divina misericordia esta gracia. Humildad, porque siendo centurión y romano, que tenían en ese tiempo al pueblo judío dominado, no le ordenó a Jesús como si fuera un igual o una persona de menor rango. Todo lo contrario. Se humilló delante de Él y despojándose de su condición de dominador de las gentes, reconoció su condición de hombre necesitado de Él.
Imitemos la actitud del centurión cada vez que acudamos a Dios. Si rezamos con fe y humildad, seguro que nos concederá lo que pidamos.
San José de Cupertino
Etimológicamente significa “el que se crece”. Viene de la lengua hebrea.
Muchas veces en la vida nos cuesta hacer lo que de verdad queremos. Este chico, nacido en Cupertino, Italia, de una familia pobre pero con una madre muy cristiana- era terciaria franciscana – recibió una buena educación.
No tenía una mente muy despejada o inteligente que digamos. Por esta razón, en plan de risa, se solía llamar a sí mismo cuando se hizo franciscano “Fray Asno”. Antes había pedido entrar en los Capuchinos, pero lo rechazaron. Se quedaron en su aspecto exterior y se equivocaron completamente. Los franciscanos, sin embargo, lo recibieron con las manos abiertas, aunque con la misión o el trabajo de que fuera mozo de cuadra o cuidador de las caballerizas.
Pasado el tiempo, se aplicó tanto en el estudio y en el esmero de la virtud, que lo ordenaron de sacerdote. Llevaba en su interior unas fuerzas especiales que lo convirtieron en un predicador tan bueno que se llevaba a la gente de calle.
A tal grado llegó su fama que la misma Inquisición comenzó a sospechar de él. Quiso apartarlo de su trabajo pastoral entre la gente porque pensaban los sesudos de la Inquisición que podría alborotar al pueblo. Aceptó la reprimenda del tristemente recordado tribunal. Personas de su talla y talante no pasan desapercibidas. Así podemos leer el testimonio de Ernest Hello:" Si no hubiera existido, nadie hubiera sido capaz de inventarlo".
Después de su muerte lo declararon patrono de los que no valen para nada. Dios le anunció su muerte. Confortado con el sacramento de la Unción de los Enfermos, dijo ante los hermanos estas palabras últimas dirigidas a la Virgen:" Muestra que eres mi Madre". El 18 de septiembre pasó a la eternidad del año 1663.
Moral y Ética XIV
La conciencia y el Magisterio (I/II)
En el “Enrique V” de Shakespeare (Acto I, escena II), el novel Rey inglés, aspirando también de la corona francesa, antes de emprender una acción bélica convoca al Arzobispo de Canturbery para consultar sobre el valor de la ley sálica (aparente obstáculo a sus pretensiones) y entre otras cosas dice al prelado:
“... Os rogamos que... nos expliquéis, de modo justo y religioso, si la Ley Sálica, que tienen en Francia, nos excluye o no nos excluye en nuestra pretensión; y no permita Dios, mi amado y fiel Señor, que deforméis, torzáis y dobléis vuestra interpretación, ni gravéis con sutilezas vuestra alma inteligente presentando títulos ilegítimos, cuyos derechos no se armonicen en sus naturales colores con la verdad... Bajo este conjuro, hablad, Monseñor, pues escucharemos, observaremos y creeremos de corazón que lo que digáis está lavado en vuestra conciencia... ¿Puedo mantener tal pretensión en justicia y en conciencia? (May I with right and conscience make this claim?”.
Semejante actitud suscitaría, no sólo la ironía de Nicolás Maquiavelo, sino también la indulgente sonrisa de muchos ilustres teólogos contemporáneos. Alguno tacharía al Soberano de escrúpulos; otro lo acusaría de buscar descargar su responsabilidad en el consentimiento de sus nobles. En todo caso, para la mayoría de nuestros hodiernos pensadores, el hecho de pedir al Primado inglés que ilumine la conciencia del rey, demuestra por parte de Enrique una concepción inmadura y tutorial de la conciencia, propia de un tiempo que un conocido moralista ha denominado despectivamente como la época de la Iglesia del Imperio.
La escena shakespeariana puede servirnos para iniciar nuestra investigación sobre un ámbito particular de la conciencia; de esa conciencia de la cual Enrique no se permite disponer sino en base a unos principios dictaminados por una autoridad extrínseca y extraña. ¿Cuál es la relación entre la conciencia y un magisterio exterior a ella? ¿Puede prescindir de éste? ¿Debe tenerlo siempre en cuenta? ¿Puede hacer valer su independencia contra él? Y más concretamente, puesto que tal ha de ser el tema de nuestro trabajo, ¿puede la conciencia del cristiano reivindicar su autonomía frente a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia? En esta segunda mitad de siglo este problema ha acuciado los corazones de muchos fieles y teólogos, especialmente cuando (antes, durante y después de la Humanae vitae) se enervaron las discusiones en torno a la relación entre la conciencia (de los esposos) y el Magisterio Pontificio a propósito de la regulación de la natalidad.
Estado de la cuestión
Es indudable que la Sagrada Escritura contiene indicaciones morales determinadas (mandatos de algunos actos concretos y prohibiciones o condenaciones de otros comportamientos)[1]. Algunas de estas normas sin la Revelación no se hubiesen conocido; otros son accesibles a la razón humana. Es de éstas últimas que tratamos en nuestro trabajo. Ahora bien, ¿enseña la Revelación divina de modo explícito todas las normas morales cognoscibles por la razón? El Magisterio de la Iglesia parece suponer que no y por eso, además de hacerse eco de las normas explícitamente contenidas en la Sagrada Escritura, se explaya sobre otras no explícitas en los textos bíblicos (contracepción, fecundación artificial, masturbación, experimentación embrional, etc.). El juicio que el Magisterio elabora e impone a la conciencia de los hombres dice basarse en la naturaleza del hombre, y justifica su intervención en tal ámbito apoyándose en su responsabilidad ante Dios como custodio de la ley natural.
Son muchos, sin embargo, los interrogantes sobre esta actitud magisterial:
-¿Puede el Magisterio enseñar legítimamente sobre temas de moral natural?
-Suponiendo que pueda enseñar, ¿qué valor vinculante tienen sus enseñanzas para la conciencia de los fieles, es decir, hasta qué punto está el cristiano “obligado” a obedecerlo? ¿Debe tomar tales enseñanzas como un mandato irrecusable, o como una “orientación”, como una “opinión más o menos fuertemente fundada”?
-Cuando enseña, ¿puede proponer su enseñanza como infalible o puede equivocarse?
PRIMERA PARTE: COMPRENSIONES E INCOMPRENSIONES
Muchos argumentos que es habitual escuchar en nuestros días parecerían desautorizar esta actuación del Magisterio sobre la conciencia. Así, por ejemplo, leemos en reconocidos moralistas razonamientos como los siguientes:
-Ante todo, no puede pretender enseñar normas universales sencillamente porque éstas no existen. No se pueden catalogar ciertos comportamientos como malos “siempre y en todo lugar”, porque la malicia o bondad dependen de elementos circunstanciales, de situaciones concretas, de presiones, de las intenciones del sujeto que obra. Para dar un juicio universal sería necesario conocer de antemano todos los casos posibles en que el acto en cuestión puede ser ejecutado y conocer que en ninguno de ellos existe una circunstancia que lo justifique. Y esto no es posible: “En teoría, escribe el P. J. Fuchs, parece que tal universalidad no es posible. Una acción sólo es moral al considerar las ´circunstancias´ y la ´intención´, y eso presupondría que se pueden prever adecuadamente todas las combinaciones posibles de circunstancias e intenciones, lo que, a priori, no es posible. Además, la opinión contraria no tiene en cuenta, para una comparación objetiva de la moralidad, el significado de: a) la experiencia práctica, b) las diferencias de civilización, c) la historicidad humana”[2].
-Aun cuando de hecho indique o prohiba ciertos comportamientos, esto no nos obliga mas que a tomar en cuenta tales indicaciones como opiniones autorizadas, como buenos consejos. Puesto que el Magisterio moral de la Iglesia no es infalible, se trata de una opinión reformable, que podrá cambiar en el futuro: “Vivimos, dice B. Häring, la transición dolorosa de una época de la ´Iglesia del imperio´ constantiniana... a una época de fe por decisión libre y entrega a la comunidad de fe... Existe aún el concepto de teología moral como guía para los confesores que se consideraban, principalmente, como jueces y controladores de conciencias... La escuela única, propugnada por una parte de la jerarquía, subraya en exceso la autoridad de los documentos romanos, incluso cuando están condicionados históricamente y rebasados en su propio contexto por lo que respecta a la moral. Aunque rara vez, acaso nunca, propuso el magisterio normas morales atribuyéndoles valor de infalibilidad, reiteradamente una escuela de moral ha planteado estas normas como si fuesen particularmente infalibles, ´al menos hasta que el disenso creció hasta tal volumen que hizo simplemente insostenible esta posición´“[3].
-Finalmente, y aquí está el nudo de la cuestión, es la conciencia de cada hombre la norma última del obrar, su juez definitivo. Y por eso, aún cuando el Magisterio pueda y de hecho elabore normas de conducta o prohíba determinados comportamientos, obramos bien en la medida que sigamos nuestra conciencia, aunque ésta dictamine algo contrario al Magisterio; por ejemplo, F. Böeckle hablando de la Humanae vitae y de la condena de la contracepción escribe: “Incluso un católico fiel a su iglesia puede llegar a una conclusión diversa de la decisión magisterial; él puede sostener esta posición e incluso practicarla ya sea personalmente, o bien, por ejemplo, como médico con sus pacientes”[4]. Asimismo Enrico Chiavacci: “Si (el juicio universal del Magisterio) es una norma de orden general, la conciencia lo asume como guía o como sugerencia que en determinados casos puede cesar”[5]. Si cualquier autoridad, pues, y especialmente el Magisterio de la Iglesia, quiere expedirse sobre temas morales, puede hacerlo pero con la condición de que su intención no vaya más allá del ofrecer algunos elementos útiles para que la conciencia del fiel se forme su juicio personal y autónomo. Y por tanto, si, por ejemplo, el Papa pretendiese imponer o exigiese que los hombres obedezcan en conciencia las normas del Magisterio, como hace Juan Pablo II en la Veritatis Splendor, no quedaría mas que catalogarlo de “falto de tolerancia, de futuro y de misericordia”, como lo apoda el escritor Luis Antonio de Villena[6]; o bien tacharlo de “intregrismo ideológico... monolitismo ético y... conservadurismo teológico”, como hace el sociólogo Francisco Vázquez[7]; “premoderno, preconciliar y restauracionista”, según lo denominan algunos teólogos españoles de la Asociación de Teólogos “Juan XXIII”[8] “apocalíptico”, según Miguel Ángel Maestro[9]; o catalogar su actitud de “fundamentalista, reaccionaria y numantina”, en el decir del escritor Antonio Castellote[10]; o simplemente “inmoral”, “agresiva de la condición humana” y “coartadora de las conciencias”, para usar los calificativos empleados por el ex fraile Leonardo Boff[11].
Ante estas afirmaciones nos vienen a la mente las palabras del tortuoso Raskolnikof en “Crimen y castigo”: “Se habla del deber y de la conciencia; no quiero decir nada en contra, pero ¿cómo entendemos tales palabras?”. El personaje de Dostoiewsky de alguna manera intuye la ambigüedad con que el pensamiento de la “modernidad” ha preñado los conceptos claves de nuestro lenguaje. Y así, las tres afirmaciones corresponden a tres sofismas y a tres errores filosóficos y teológicos.
Respecto de la primera crítica. La refutación exigiría un análisis detenido que nos llevaría lejos de nuestro tema. Debemos, pues, contentarnos con afirmar, siguiendo la doctrina bíblica, a toda la tradición ética filosófica y teológica de Occidente, y al Magisterio mismo de la Iglesia[12], que existen comportamientos que son en sí mismos y siempre malos, porque el primer elemento constitutivo de la moralidad de un acto es su objeto, no la intención del que lo realiza ni, menos aun, sus circunstancias. En cada acto se conjugan los tres elementos (objeto, fin y circunstancias), pero el acto ya tiene una moralidad básica que le viene dada por su mismo objeto.
Respecto de la segunda[13]. Es falsa la concepción del Magisterio en la que se basa la objeción. Tres errores fundamentales sobre el Magisterio caracterizan la teología del disenso:
1) Pensar que sólo el Magisterio “ex cathedra” es infalible. También el Magisterio ordinario universal goza de infalibilidad, como señala la Lumen Gentium: cuando los obispos “aun dispersos por el mundo, pero manteniendo el vínculo de comunión entre sí y con el sucesor de Pedro, como maestros auténticos en materia de fe y costumbres convienen en exponer una enseñanza como definitiva, anuncian infaliblemente la doctrina de Cristo”[14]. Por tanto, cuando el Romano Pontífice presenta una determinada doctrina como sostenida desde siempre por la Iglesia universal, la está presentando como revestida de la cualidad de infalible[15].
No es lo más importante, en este punto, la forma más o menos solemne de promulgación (que es lo que muchos teólogos parecieran pretender para toda afirmación infalible) sino que nos conste la intención definitoria de los Concilios y de los Papas... Lo decisivo es únicamente que hagan patente y manifiesto su propósito de imponer a toda la Iglesia la aceptación irrevocable de sus enseñanzas[16].
2) Segundo error (explícito en la afirmación de Häring): que “rara vez, acaso nunca”, el magisterio ha propuesto “normas morales atribuyéndoles valor de infalibilidad”. Por el contrario, escribe García de Haro: “prácticamente todas las normas morales concretas más importantes (sobre aborto, homosexualidad, relaciones prematrimoniales, masturbación, eutanasia, onanismo, etc.), han sido enseñadas por el Magisterio ordinario y universal: por el Romano Pontífice y por los Obispos en comunión con el Santo Padre, en todo el mundo y sin interrupción”[17]. Y también: “... la inmensa mayoría de las cuestiones de cierta importancia para la vida moral, se encuentran de un modo u otro con carácter definitivo por el Magisterio”[18]. Muchos sostienen, por ejemplo, el carácter infalible de la doctrina expuesta en la Encíclica “Humanae vitae”[19].
3) Tercer error: que el magisterio no infalible equivalga a opinable. “El Magisterio infalible no se opone a magisterio opinable, porque también el Magisterio no infalible posee valor de certeza aunque no tenga la dote de infalibilidad”[20]. Por tanto, también vincula la conciencia, ya que no es lícito obrar con dudas positivas de conciencia, y ningún fiel puede dejar de dudar positivamente sobre la licitud de un acto en torno al cual el Magisterio -aun no infalible- ha elaborado un juicio reprobatorio. “El Magisterio vincula las conciencias siempre que de un modo y otro así lo indica el mismo; los criterios para apreciarlo son: índole del documento, insistencia con que repite una misma doctrina, fórmulas usada para expresarlo”[21]. El mismo Código de Derecho Canónico se expresa diciendo que cuando se trata de un ejercicio del magisterio auténtico del Sumo Pontífice o del Colegio episcopal en unión con él, sobre materia moral, aunque no tenga intención de proclamarla con un acto definitivo, los fieles deben prestarle un “obsequio religioso del entendimiento y de la voluntad”[22].
Obsequio de voluntad significa que la voluntad debe adherirse a una doctrina con el acto que le es propio, la obediencia y el amor a la verdad. Esto, antes de que el intelecto perciba la verdad intrínseca de tal verdad, basándose en lo que ya ha percibido con anterioridad, por la fe, y que le garantiza la veracidad de tal doctrina: que el Papa y los obispos en comunión con él enseñan en virtud de la autoridad de Cristo.
Obsequio por parte del entendimiento indica la adhesión de la inteligencia a tal verdad; lo hace “asintiendo”, que es su acto propio. Este obsequio es “religioso”, es decir, fundado en el mismo motivo religioso: la misión de los obispos y del Papa.
Por tanto, la actitud exigida no se agota en un comportamiento exterior sino que exige un acto interior de sumisión y asentimiento. El motivo es el ejercicio del magisterio auténtico ya que es la peculiaridad y exclusividad del magisterio eclesiástico que ningún otro magisterio puede reivindicar: la autenticidad es el hecho de enseñar con la autoridad de Cristo[23]. Y por eso obliga la conciencia de los fieles, puesto que, como enseña la Instrucción Donum veritatis, se da asistencia divina al magisterio auténtico, aun cuando no tenga intención de pronunciarse infalible y definitivamente[24].
En cuanto a la tercera crítica. Que la conciencia sea la norma moral última de nuestro obrar es verdad a condición de entender rectamente esta formulación. Vamos a explayarnos un poco más sobre este punto en la siguiente parte del trabajo.
SEGUNDA PARTE: LAS RELACIONES ENTRE MAGISTERIO Y CONCIENCIA
El fondo del problema radica en la incomprensión de algunos conceptos: qué es verdaderamente la conciencia (o la naturaleza de la conciencia) y cuál es la función del Magisterio. Entendidos correctamente estos dos conceptos, precisar la relación entre conciencia y Magisterio no ofrecerá mayores dificultades.
1. La conciencia, la verdad y el error.
La conciencia no es una facultad del hombre; tampoco una especie de superfacultad que se confundiría con la persona misma; menos aún una parte material de nuestro sistema nervioso, como algún neurólogo materialista ha llegado a afirmar en nuestros días con absoluta insuficiencia crítica y filosófica[25]. Es solamente un acto, y un acto de nuestra inteligencia en su función práctica. Es el acto por el cual nuestra inteligencia advierte que está realizando una acción determinada (llamada conciencia psicológica) y al mismo tiempo advierte que esa acción es buena o mala (conciencia moral).
“... La conciencia moral... es... la intuición que cada uno tiene de la bondad o de la malicia de las acciones propias... La conciencia en la práctica de nuestras acciones, es el juicio sobre la rectitud, sobre la moralidad de nuestros actos”[26].
Este juicio sobre la moralidad de nuestros actos es posible porque aplicamos a nuestros actos el conocimiento de una ley que se encuentra impresa previamente en nuestro interior. Este conocimiento en parte nos viene dado por la misma naturaleza (sindéresis) y en parte lo vamos cultivando y precisando a través de la educación, la tradición, la enseñanza, y la Revelación divina contenida en las Escrituras.
La conciencia dice una relación constitutiva con la verdad. La conciencia es testigo, juzga, dirige, alaba, condena, en razón de unos principios que la trascienden pero que, sin embargo, ella puede alcanzar. La conciencia es la norma de nuestro obrar cuando se trata de una conciencia recta, y por tanto, sólo puede ser seguida de modo absoluto e incondicionado cuando es recta y porque es recta. Ahora bien, conciencia recta significa conciencia verdadera[27], conciencia que juzga según verdad, es decir, adecuándose a la norma suprema que es Dios y a la verdad de las cosas. Nuestros actos son buenos al adecuarse a nuestra conciencia (a lo que nuestra conciencia juzga que es bueno hacer aquí y ahora) sólo cuando nuestra conciencia se adecua a una norma superior que es la ley divina (ya sea positiva, es decir, revelada, o bien natural). Ella mide bien porque regula su medida con la medida absolutamente infalible que es la medida divina. Es regula regulata. Por tanto, la conciencia no “crea” la verdad, sino que la descubre. Obrar de determinado modo no es bueno porque lo hayamos “decidido”[28], o porque estemos convencidos de ello (con convencimiento sentimental o afectivo), sino porque es así en la realidad (en la ley de Dios, en la naturaleza de las cosas) y coincide con la verdad objetiva.
Por lo tanto, es la verdad trascendente y objetiva la que hace verdadera la conciencia; la conciencia es recta cuando obra según esa verdad. De aquí el valor perenne de aquellas palabras de J.H. Newman: “Existe una verdad; existe una sola verdad... Nuestro espíritu está sometido a la verdad; por ende, no es superior a ella, y está obligado no tanto a disertar sobre ella, cuanto a venerarla”[29].
El modo según el cual tiene lugar tal descubrimiento de la verdad práctica, juega un rol secundario. Que uno llegue a la verdad a partir de los principios intrínsecos que posee sin ayuda exterior (autónomamente), o que esto advenga ayudado por principios exteriores (heterónomamente) no afecta a lo esencial. Lo que es fundamental es que la verdad sea interiorizada por nosotros, y esto es lo que dignifica nuestra conciencia; por el contrario, en nada menoscaba tal dignidad el que esa verdad sea ofrecida por alguien diverso de nuestra conciencia personal. La conciencia debe, pues, interiorizar la verdad, es decir, hacerla suya, encarnarla. El pensamiento moderno, desde Descartes y especialmente con Kant, ha dado un sentido diverso a tal interioridad. Para la modernidad, la verdad es interior en el sentido de que nace del sujeto, es creada por él, es hecha a su medida. En este contexto, hablar de obediencia a una autoridad extrínseca es un modo de legalismo destructivo de la moralidad. Sólo en el caso de una verdad que surja del interior se salvaguardaría la dignidad de la conciencia, mientras que todo cuanto viene de afuera la degradaría. Así piensa, por ejemplo, Mariano Grondona, al decir: “Hay ´autonomía´ cuando esa ley que me manda ha sido generada en mí. Yo, en este caso, me estoy obedeciendo a mí mismo. A lo mejor de mí mismo: a mi razón. Cuando esa ley viene de afuera, es el producto de una voluntad ajena a la mía; entonces cuando la obedezco lo hago por conveniencia, por temor, por las inclinaciones”[30].
Según Caffarra[31], Hegel atribuyó a Lutero el haber sido el primero en constatar esta contradicción entre autoridad y conciencia. En cambio, para el pensamiento tradicional, “interioridad de la verdad” significa la presencia interior de la verdad objetiva y trascendente que no disminuye sino que “constituye” su dignidad.
Consecuentemente, la conciencia que puede imponer al hombre, de modo absoluto, sus “derechos”, es la conciencia recta. Ahora bien, “para tener una ´conciencia recta´ (1 Tim 1,5), el hombre debe buscar la verdad y debe juzgar según esta misma verdad. Como dice el apóstol Pablo, la conciencia debe estar ´iluminada por el Espíritu Santo´ (cf. Rom 9,1), debe ser ´pura´ (2 Tim 1,3), no debe ´con astucia falsear la palabra de Dios´ sino ´manifestar claramente la verdad´ (cf. 2 Cor 4,2)”[32]. “La conciencia recta es una conciencia debidamente iluminada por la fe y por la ley moral, y supone igualmente la rectitud de la voluntad en el seguimiento del verdadero bien”[33].
Fuera de esto, sólo en un caso puede dirigir nuestro obrar, y esto acaece accidental y provisoriamente. Es el caso de la conciencia involuntaria e invenciblemente errónea: cuando ella cree estar regulando de acuerdo a esa ley superior aunque en realidad esté equivocándose y apartándose de esa ley superior. Pero no cualquier conciencia que yerra es invenciblemente errónea. Sólo lo es aquélla que ha puesto y agotado todos los medios necesarios para no estar en el error (y esto supone e implica el amor y la búsqueda de la verdad, la investigación de la verdad, la consulta a quien puede dar luz sobre el problema), y a pesar de ello no ha podido salir de él. Y en todo caso, sólo es norma del obrar accidentalmente (por creer ser verdadera), y provisoriamente (mientras dure el error)[34]. A pesar de todo, en el caso de aquél que sigue su conciencia involuntaria e invenciblemente errónea, su acto sigue siendo objetiva y materialmente malo, aunque su estado de conciencia lo excuse del pecado[35].
Por eso puede decirse con todo rigor que “la dignidad de la conciencia deriva siempre de la verdad: en el caso de la conciencia recta, se trata de la verdad objetiva acogida por el hombre; en el caso de la conciencia errónea, se trata de lo que el hombre, equivocándose, considera subjetivamente verdadero”[36]. Pero “compromete su dignidad cuando es errónea culpablemente, o sea, ´cuando el hombre no trata de buscar la verdad y el bien, y cuando, de esta manera, la conciencia se hace casi ciega como consecuencia de su hábito de pecado´“[37].
[1] Cf. las “listas de pecados” paulinas: Rom 1,29-31; Gál 5,19-21; Ef 5,3-6; 1 Cor 6,9-10; 5,9-11; Col 3,5-11.
[2] Josef Fuchs, S.J., The absolutesness of Moral Terms, Rev. Gregorianum, 52 (1971), p. 449.
[3] Bernard Häring, Libertad y Fidelidad en Cristo, Herder Barcelona, 1981, T. I, pp. 352-353; la expresión citada por Häring pertenece a J.P. Mackey.
[4] F. Böeckle, Morale Fondamentale, Queriniana, Brescia, 1979, p. 283.
[5] Chiavacci, E., Studi di teologia morale, Assisi 1971, p. 45.
[6] “El Mundo”, citado por Miguel Angel Velazco, Los derechos de la verdad, MC, Madrid 1994, p. 137-138.
[7] Cit. en Miguel Angel Velazco, op. cit., p. 126.
[8] Cf. Diario “El País”, 7/X/93; cit. por Miguel A. Velazco, op. cit., p. 142.
[9] Cf. Miguel Angel Velazco, ibid., p. 161, Maestro habla de la Veritatis Splendor como “la Encíclica de la crisis, del apocalipsis now de fin de siglo”.
[10] Diario de Teruel, 6/X/93; cit. por Miguel Angel Velazco, op.cit., pp.156-157.
[11] Cf. “El Mundo”, 11/X/93; cit. por Miguel Angel Velazco, op. cit., p. 153.
[12] Cf. Enc. Veritatis Splendor, nnº 71-79; Catecismo de la Iglesia Católica, nnº 1750-1761.
[13] Cf. Dario Composta, La nuova morale e i suoi problemi, Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1990, especialmente cap. 8, pp. 145-175; Carlo Caffarra, La competenza del magistero nell´insegnamento di norme morali determinate, Rev. “Anthropotes” 1 (1988), pp. 7-23; Ramón García de Haro, Magisterio, norma moral y conciencia, Rev. “Anthropotes” 1 (1988), 45-71.
[14] Lumen gentium, 25.
[15] “...(El) sucesor de Pedro... ya en el ejercicio ordinario de su magisterio actúa no como persona privada, sino como maestro supremo de la Iglesia universal, según la aclaración del concilio Vaticano II sobre las definiciones ex cathedra (cf. LG 25). Al cumplir esta tarea, el sucesor de Pedro expresa de forma personal, pero con autoridad institucional, la regla de fe, a la que deben atenerse los miembros de la Iglesia universal -simple fieles, catequistas, profesores de religión, teólogos...” (Juan Pablo II, Catequésis 10/3/93; en L´Osservatore Romano 12/3/93, p. 3, nº 4).
[16] Cf. Joaquín Salaverri, S.I., Potestad de Magisterio, en: Comentarios a la Constitución sobre la Iglesia, B.A.C., Madrid 1966, pp. 529ss.; cf. p. 523.
[17] García de Haro, Magisterio, norma moral y conciencia, op.cit., p. 64.
[18] Ibid., p. 63.
[19] Esto basándose en que Pablo VI presenta la doctrina de la Humanae vitae como “constantemente enseñada por la Iglesia” (nº 10), “propuesta por el Magisterio con constante firmeza” (nº 6), etc. Entre otros son de este parecer: Emenegildo Lio (Humanae vitae e infallibilità, Città del Vaticano 1986), Germain Grisez (Christian Moral Principles, Chicago 1983, p. 847), Dario Composta (La nuova morale e i suoi principi, op. cit., p. 148), García de Haro (Matrimonio e famiglia nei documenti del magistero. Corso di teologia matrimoniale, Ares, Milano 1989, p. 212), etc.
[20] García de Haro, Magisterio, norma moral y conciencia, op.cit., p. 62.
[21] Ibid., p. 63.
[22] Código de Derecho Canónico (1983), c.752. Cf. Francisco Javier Urrutia, S.J., Obsequio religioso de entendimiento y voluntad (c. 752). Clarificación de su sentido. En: AAVV., La misión docente de la Iglesia, Ed. Pontificia Universidad de Salamanca, Salamanca 1992, pp. 21-40. El autor refuta la posición de Francis Sullivan, S.J., que sostiene que el “obsequio” que se menciona en el canon 752 no exige “asentimiento” de la inteligencia.
[23] Cf. Lumen Gentium 25.
[24] “Se da también la asistencia divina a los sucesores de los Apóstoles, que enseñan en comunión con el sucesor de Pedro, y, en particular, al Romano Pontífice, Pastor de toda la Iglesia, cuando, sin llegar a una definición infalible y sin pronunciarse en ´modo definitivo´, en el ejercicio del magisterio ordinario proponen una enseñanza que conduce a una mejor comprensión de la revelación en materia de fe y costumbres, y ofrecen directivas morales derivadas de esta enseñanza. Hay que tener en cuenta, pues, el carácter propio de cada una de las intervenciones del Magisterio y la medida en que se encuentra implicada su autoridad; pero también el hecho de que todas ellas derivan de la misma fuente, es decir, de Cristo que quiere que su pueblo camine en la verdad plena. Por este mismo motivo las decisiones magisteriales en materia de disciplina, aunque no estén garantizadas por el carisma de la infalibilidad, no están desprovistas de la asistencia divina, y requieren la adhesión de los fieles” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo, “Donum veritatis”, 24/5/1990, nº 17).
[25] Me refiero a Hanna y Antonio Damasio, neurólogos del Hospital Iowa and Clinics. Según ellos, la conciencia se encuentra ubicada en una zona del lóbulo frontal del cerebro; afirman esto basándose en que Pinieas Gafe, un obrero, a raíz de un accidente en que resultó herido en su cerebro, perdió la noción del bien y del mal (cf. LA NACION, 1 de junio de 1994, p. 9).
[26] “... Existe una conciencia psicológica, que reflexiona sobre nuestra actividad personal, cualquiera que ésta sea; es una especie de vigilancia sobre nosotros mismos; es un mirar en el espejo de la propia fenomenología espiritual, la propia personalidad; es conocerse, y, en cierto modo llegar a ser dueño de sí mismo. Pero ahora no hablamos de este campo de la conciencia; hablamos del segundo, el de la conciencia moral e individual, esto es, de la intuición que cada uno tiene de la bondad o de la malicia de las acciones propias. Este campo de la conciencia es interesantísimo también para aquellos que no lo ponen, como nosotros los creyentes, en relación con el mundo divino; más aún, constituye al hombre en su expresión más alta y más noble, define su verdadera estatura, lo sitúa en el uso normal de su libertad. Obrar según la conciencia es la norma más comprometida y al mismo tiempo, la más autónoma de la acción humana. La conciencia en la práctica de nuestras acciones, es el juicio sobre la rectitud, sobre la moralidad de nuestros actos, tanto considerados en su desarrollo habitual como en la singularidad de cada uno de ellos” (PABLO VI, Alocución del 12/II/1969; Cf. Homilia en el I Domingo de Cuaresma, 7/III/1965).
[27] Usamos este término en el sentido que le dió Santo Tomás. “Santo Tomás llamaba conciencia recta o verdadera a la que reflejaba la verdad objetiva de orden práctico, en conformidad con la ley de Dios, en contraposición de la conciencia errónea que puede ser tal vencible o invenciblemente. Es la terminología que asumió y divulgó San Alfonso María de Ligorio... Otros moralistas, más de acuerdo con la terminología de Francisco Suárez, dan a la conciencia recta una significación más amplia, de modo que comprende tanto la conciencia verdadera como la invenciblemente errónea o de buena fe. Así, por ejemplo, A. Vermerch” (Victorino Rodriguez, O.P., Función mediadora de la conciencia, Rev. “Mikael” 24 [1980] pp.116-117).
[28] “Algunos autores, queriendo poner de relieve el carácter ´creativo´ de la conciencia, ya no llaman a sus actos con el nombre de ´juicios´, sino con el de ´decisiones´. Sólo tomando ´autónomamente´ estas decisiones el hombre podría alcanzar su madurez moral...” (Enc. Veritatis Splendor, nº 55).
[29] J.H.Newman, Essay on the development of christian doctrine, London 1878, p. 357.
[30] Mariano Grondona, Los pensadores de la libertad, Ed. Sudamericana, Bs. As. 1989, p. 75.
[31] L´autorità del magisterio in morale, op. cit., p. 183.
[32] Enc. Veritatis Splendor, 62.
[33] Instrucción Donum veritatis, nº 38.
[34] Cf. Santo Tomás, De veritate, q. 17, a.4.
[35] Cf. Suma Teológica, I-II, 19, 6; cf. Victorino Rodriguez, O.P., Estudios de antropología teológica, Speiro, Madrid, 1991; especialmente el capítulo Teología de la conciencia, pp. 145-147.
[36] Enc. Veritatis Splendor, 63.
[37] Ibid., 63. El texto indicado dentro de la cita corresponde a la Constitución Gaudium et spes, 16.
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7 Él, en los días de su vida mortal, presentó con gran clamor y lágrimas oraciones y súplicas al que podía salvarle de la muerte, y fue escuchado en atención a su obediencia;8 aunque era hijo, en el sufrimiento aprendió a obedecer; 9 así alcanzó la perfección y se convirtió para todos aquellos que le obedecen en principio de salvación eterna, 10 pues fue proclamado por Dios sumo sacerdote a la manera de Melquisedec.
Salmo 30, 2-6.15-16.20
2 A ti, Señor, me acojo;
que jamás quede yo defraudado;
libérame, pues tú eres justo;
3 atiéndeme, ven corriendo a liberarme;
sé tú mi roca de refugio,
la fortaleza de mi salvación;
4 ya que eres tú mi roca y mi fortaleza,
por el honor de tu nombre,
condúceme tú y guíame;
5 sácame de la red que me han tendido,
pues tú eres mi refugio.
6 En tus manos encomiendo mi espíritu;
tú me rescatarás, Señor, Dios verdadero.
15 Pero yo confío en ti, Señor;
lo confirmo: «Tú eres mi Dios»;
16 mi vida está en tus manos,
líbrame de mis enemigos,
de mis perseguidores;
20 Qué grande es tu bondad, Señor,
la que tú reservas para tus leales
y repartes, a la vista de todos,
a los que en ti confían.
Lucas 2, 33-35
33 Su padre y su madre estaban admirados de las cosas que decían de él. 34 Simeón los bendijo, y dijo a María, su madre: «Este niño está destinado en Israel para que unos caigan y otros se levanten; será signo de contradicción35 para que sean descubiertos los pensamientos de todos; y a ti una espada te atravesará el corazón».
Cuando Dios había decidido venir a la tierra había pensado ya desde toda la eternidad en encarnarse por medio de la criatura más bella jamás creada. Su madre habría de ser la más hermosa de entre las hijas de esta tierra de dolor, embellecida con la altísima dignidad de su pureza inmaculada y virginal. Y así fue. Todos conocemos la grandeza de María.
Pero María no fue obligada a recibir al Hijo del Altísimo. Ella quiso libremente cooperar. Y sabía, además, que el precio del amor habría de ser muy caro. “Una espada de dolor atravesará tu alma” le profetizó el viejo Simeón. Pero, ¡cómo no dejar que el Verbo de Dios se entrañara en ella! Lo concibió, lo portó en su vientre, lo dio a luz en un pobre pesebre, lo cargó en sus brazos de huida a Egipto, lo educó con esmero en Nazaret, lo vio partir con lágrimas en los ojos a los 33 años, lo siguió silenciosa, como fue su vida, en su predicación apostólica...
Lo seguiría incondicionalmente. No se había arrepentido de haber dicho al ángel en la Anunciación: “Hágase”. A pesar de los sufrimientos que habría de padecer. ¡Pero si el amor es donación total al amado! Ahora allí, fiel como siempre, a los pies de la cruz, dejaba que la espada de dolor le desencarnara el corazón tan sensible, tan puro de ella, su madre. A Jesús debieron estremecérsele todas las entrañas de ver a su Purísima Madre, tan delicada como la más bella rosa, con sus ojos desencajados de dolor. Los dos más inocentes de esta tierra. Aquella única inocente, a la que no cargaba sus pecados. La Virgen de los Dolores. La Corredentora.
Ella nos enseña la gallardía con que el cristiano debe sobrellevar el dolor. El dolor no es ya un maldito hijo del pecado que nos atormenta tontamente; es el precio del amor a los demás. No es el castigo de un Dios que se regocija en hacer sufrir a sus criaturas, es el momento en que podemos ofrecer ese dolor por el bien espiritual de los demás, es la experiencia de la corredención, como María. Ella miró la cruz y a su Hijo y ofreció su dolor por todos nosotros.
¿No podríamos hacer también lo mismo cuando sufrimos? Mirar la cruz. Salvar almas. La diferencia con Nuestra Madre es que en esa cruz el sufrir de nuestra vida está cargado en las carnes del Hijo de Dios. Él sufrió por nuestros pecados. Él nos redimió sufriendo. Ella simplemente miró y ayudó a su Hijo a redimirnos.
Nuestra Señora de los Dolores
Bajo el título de la Virgen de la Soledad o de los Dolores se venera a María en muchos lugares.
Los Evangelios muestran a la Virgen Santísima presente, con inmenso amor y dolor de Madre, junto a la cruz en el momento de la muerte redentora de su Hijo, uniéndose a sus padecimientos y mereciendo por ello el título de Corredentora.
La representación pictórica e iconográfica de la Virgen Dolorosa mueve el corazón de los creyentes a justipreciar el valor de la redención y a descubrir mejor la malicia del pecado.
Un poco de historia
Bajo el título de la Virgen de la Soledad o de los Dolores se venera a María en muchos lugares. La fiesta de nuestra Señora de los Dolores se celebra el 15 de septiembre y recordamos en ella los sufrimientos por los que pasó María a lo largo de su vida, por haber aceptado ser la Madre del Salvador.
Este día se acompaña a María en su experiencia de un muy profundo dolor, el dolor de una madre que ve a su amado Hijo incomprendido, acusado, abandonado por los temerosos apóstoles, flagelado por los soldados romanos, coronado con espinas, escupido, abofeteado, caminando descalzo debajo de un madero astilloso y muy pesado hacia el monte Calvario, donde finalmente presenció la agonía de su muerte en una cruz, clavado de pies y manos.
María saca su fortaleza de la oración y de la confianza en que la Voluntad de Dios es lo mejor para nosotros, aunque nosotros no la comprendamos.
Es Ella quien, con su compañía, su fortaleza y su fe, nos da fuerza en los momentos de dolor, en los sufrimientos diarios. Pidámosle la gracia de sufrir unidos a Jesucristo, en nuestro corazón, para así unir los sacrificios de nuestra vida a los de Ella y comprender que, en el dolor, somos más parecidos a Cristo y somos capaces de amarlo con mayor intensidad.
¿Que nos enseña la Virgen de los Dolores?
La imagen de la Virgen Dolorosa nos enseña a tener fortaleza ante los sufrimientos de la vida. Encontremos en Ella una compañía y una fuerza para dar sentido a los propios sufrimientos.
Cuida tu fe:
Algunos te dirán que Dios no es bueno porque permite el dolor y el sufrimiento en las personas. El sufrimiento humano es parte de la naturaleza del hombre, es algo inevitable en la vida, y Jesús nos ha enseñado, con su propio sufrimiento, que el dolor tiene valor de salvación. Lo importante es el sentido que nosotros le demos.
Debemos ser fuertes ante el dolor y ofrecerlo a Dios por la salvación de las almas. De este modo podremos convertir el sufrimiento en sacrificio (sacrum-facere = hacer algo sagrado). Esto nos ayudará a amar más a Dios y, además, llevaremos a muchas almas al Cielo, uniendo nuestro sacrificio al de Cristo.
Moral y Ética XIII
La relación entre Biblia y moral
Discurso de Benedicto XVI a la Comisión Pontificia Bíblica. La ley moral, establecida por Dios en la creación, confirmada en el Antiguo Testamento, encuentra en Cristo su cumplimiento y grandeza.
La relación entre Biblia y moral. Se trata de un tema que afecta no sólo al creyente, sino a toda persona como tal. El impulso primordial del hombre, de hecho, es su deseo de felicidad y de una vida plenamente lograda. Hoy, sin embargo, muchos piensan que esta realización tiene que alcanzarse de manera autónoma, sin ninguna referencia a Dios y a su ley. Algunos han llegado a teorizar una soberanía absoluta de la razón y de la libertad en el ámbito de las normas morales: estas normas constituirían el ámbito de una ética meramente «humana», es decir, serían la expresión de una ley que el hombre se da autónomamente: los promotores de esta «moral laica» afirman que el hombre, como ser racional, no sólo «puede» sino que incluso «debe» decidir libremente el valor de sus comportamientos.
Esta convicción equivocada se basa en un presunto conflicto entre la libertad humana y toda forma de ley. En realidad, el Creador ha inscrito en nuestro mismo ser la «ley natural», reflejo de su idea creadora en nuestro corazón, como brújula y medida interior de nuestra vida. Precisamente por este motivo, la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia nos dicen que la vocación y la plena realización del hombre no consisten en el rechazo de la ley de Dios, sino en la vida según la nueva ley, que consiste en la gracia del Espíritu Santo: junto con la Palabra de Dios y la enseñanza de la Iglesia, ésta se manifiesta en «la fe que actúa por la caridad» (Gálatas 5, 6). Y precisamente, en esta acogida de la caridad que procede de Dios («Deus caritas est!»), la libertad del hombre encuentra su más alta realización. La ley de Dios no atenúa ni mucho menos elimina la libertad del hombre; por el contrario, la garantiza y promueve, pues, como nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, «la libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza» (n. 1731). La ley moral, establecida por Dios en la creación y confirmada en la revelación del Antiguo Testamento, encuentra en Cristo su cumplimiento y su grandeza. Jesucristo es el camino de la perfección, la síntesis viva y personal de la perfecta libertad en la obediencia total a la voluntad de Dios. La función original de los Diez Mandamientos no queda abolida por el encuentro con Cristo, sino que la lleva a su plenitud. Una ética que, en la escucha de la revelación, quiere ser también auténticamente racional, tiene en el encuentro con Cristo, que nos da la nueva alianza, su perfección.
Modelo de esta auténtica acción moral es el comportamiento del mismo Verbo encarnado, en cuya aceptación y cumplimiento de su misión coincide su voluntad con la voluntad de Dios Padre: su alimento es hacer la voluntad del Padre (Cf. Juan 4, 34); él siempre hace lo que le agrada al Padre poniendo en práctica su palabra (Cf. Juan 8,29.55); refiere lo que el Padre le ha mandado que diga y anuncie (Juan 12, 49). Al revelar al Padre y su manera de actuar, Jesús revela al mismo tiempo las normas de la acción humana justa. Presenta esta relación de manera explícita y ejemplar cuando, al concluir su enseñanza sobre el amor a los enemigos (Cf. Mateo 5, 43-47), dice: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mateo 5, 48). Esta perfección divina se hace posible para nosotros si estamos íntimamente unidos con Cristo, nuestro Salvador.
El camino trazado por Jesús con su enseñanza no es una norma impuesta desde el exterior. El mismo Jesús recorre este camino y sólo nos pide que le sigamos. Además, no se limita a pedir: ante todo nos da, en el Bautismo, la participación en su misma vida, haciéndonos capaces de este modo de acoger y de llevar a la práctica sus enseñanzas. Esto resulta evidente en los escritos del Nuevo Testamento. Su relación con los discípulos no consiste en una enseñanza exterior, sino vital: les llama «hijos» (Juan 13, 33; 21, 5), «amigos» (Juan 15, 14-15), «hermanos» (Mateo 12, 50; 28, 10; Juan 20, 17), invitándoles a entrar en comunión de vida con Él y a acoger en la fe y en la alegría su «suave» yugo y su carga «ligera» (Cf. Mateo 11, 28-30). En la búsqueda de una ética cristológicamente inspirada es necesario, por tanto, tener presente que Cristo es el «Logos» encarnado, que nos hace participar en su vida divina y que, con su gracia, nos sostiene en el camino hacia nuestra auténtica realización. Lo que es realmente el hombre aparece de manera definitiva en el «Logos» hecho hombre; la fe en Cristo nos ofrece la plenitud de la antropología. Por este motivo, la relación con Cristo define la realización más elevada de la acción moral del hombre. Este actuar humano se fundamenta directamente en la obediencia a la ley de Dios, en la unión con Cristo y en la inhabitación del Espíritu Santo en el alma del creyente. No es un actuar dictado por normas sólo exteriores, sino que procede de la relación vital que une a los creyentes con Cristo y con Dios.
Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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4b En el camino empezó a impacientarse el pueblo, 5 que murmuraba contra el Señor y Moisés, diciendo: «¿Por qué nos sacasteis de Egipto, para hacernos morir en el desierto? No hay pan ni agua, y estamos ya hartos de esta comida miserable». 6 El Señor envió entonces contra el pueblo serpientes venenosas, que los mordían y hacían morir a muchos israelitas. 7 El pueblo fue a decir a Moisés: «Hemos pecado murmurando contra el Señor y contra ti. Pide al Señor que aleje de nosotros las serpientes». Moisés intercedió por el pueblo. 8 El Señor dijo a Moisés: «Hazte una serpiente de bronce, ponla sobre un asta; los que hayan sido mordidos, al mirarla, sanarán». 9 Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre un asta; cuando alguno era mordido por una serpiente, miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado.
Salmo 77, 1-2.35-38
1 Maskil de Asaf
Atiende a mi enseñanza, pueblo mío,
escucha las palabras de mi boca;
2 hablaré por medio de sentencias
y evocaré los misterios del pasado.
34 Cuando él los mataba, ellos lo buscaban,
se arrepentían y volvían hacia él;
35 recordaban que Dios era su roca,
que el Dios altísimo era su defensor.
36 Le halagaban con su boca,
pero con su lengua le mentían;
37 su corazón no estaba firmemente con él
y no eran leales a su alianza.
38 Él, el misericordioso,
en vez de destruirlos, perdonaba sus faltas;
muchas veces su cólera contuvo
y no dejó correr todo su enojo;
Juan 3, 13-17
13 Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el hijo del hombre, que está en el cielo. 14 Como levantó Moisés la serpiente en el desierto, así será levantado el hijo del hombre, 15 para que todo el que crea en él tenga vida eterna».16 «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su hijo único, para que quien crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. 17 Pues Dios no envió a su hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
“En aquellos días, el pueblo estaba extenuado del camino, y habló contra Dios y contra Moisés.” Suele ser una buena excusa la de estar cansado para ofender a Dios: “es que me ocurrió…,” “me pasó…,” “no se dan cuenta…,” en definitiva: tonterías. Pues “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.” Os aseguro que no hay nada mejor que unos cuantos minutos (bastantes, si puede ser), ante el Sagrario y la imagen de un crucificado para quitarse de en medio todas las excusas. Nada tiene justificación ante el leño de la cruz. Pero tras las lágrimas, que son necesarias, escucharás esa voz que dice: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.” Y entonces, aun en medio de tus miserias, te levantarás y dirás: Bendita y exaltada sea la cruz de Cristo. ¡Feliz culpa que mereció tal Redentor!. Y palparás la misericordia de Dios, la acción del Espíritu Santo, la paternidad entrañable de Dios. Y te enfrentarás a tus miserias, pues Él las ha hechos suyas, y confiarás en su Gracia, que es quien te sostiene y amarás profundamente a la Iglesia que te tiene en su seno.
Exaltación de la Santa Cruz
Etimológicamente significa “exultar”. Viene de la lengua latina.
La emperatriz Elena estaba en Jerusalén. Ya sabes que era la madre del emperador Constantino, el que acabó con las persecuciones a los cristianos. Ella estaba plenamente convencida de que había encontrado en el Monte Calvario la verdadera cruz de Cristo. Por eso mandó edificar juntamente con su hijo una basílica en ese lugar, pero que englobara el Calvario y el Santo Sepulcro.
Le pusieron por nombre la basílica de la “Resurrección”. La consagraron el 14 de septiembre. Como consecuencia, este día se eligió para celebrar la fiesta que se llama la “Exaltación de la preciosa y vivificadora Cruz”.
Su rito fundamental consiste en una manifestación solemne de la reliquia de la verdadera cruz. Este gesto fue para todo el mundo la clara señal de que la Cruz era gloriosa porque en ella fue vencida la muerte y de ella surgió la nueva vida para los hombres.
La fiesta se extendió muy pronto a Constantinopla, en donde conoció un esplendor sensacional a partir del siglo VII, debido a que los persas infieles se habían apoderado de Jerusalén y se llevaron la Cruz verdadera a su país como estandarte y signo de victoria.
El emperador Heraclio fue a tomarla y la llevó triunfalmente a Constantinopla como el símbolo de la victoria de Cristo sobre la muerte. Desde entonces la fiesta se fue extendiendo por toda la Iglesia y reliquias de esta Cruz se distribuyeron por muchos lugares del mundo cristiano.
Esta fiesta está enraizada con el día de la Expiación:"El décimo día de este séptimo mes será el día de la Expiación, en el que ofreceréis durante siete días la fiesta de las Tiendas en honor del Señor. Durante siete días habitaréis en cabañas" (Levítico 23).
El madero de la Cruz lo han considerado los cristianos como el trono donde el Señor reina, vence y salva. Por eso es objeto de veneración, que no de beatería.
Moral y Ética XII
El hombre en busca de la felicidad
Todos y cada uno de los hombres pasan la vida buscando la felicidad eterna, el ser siempre felices. Se busca algo que nunca se acabe, una felicidad infinita que sea capaz de llenarle. Esto trae como consecuencia la necesidad de certezas, de algo en qué agarrarse.
En el interior del hombre existe un afán de felicidad y de realización, que es parte de la naturaleza humana, las personas están llamadas a vivir en comunión con Cristo.
Únicamente el amor de Dios puede llenar al hombre completamente. Como esta felicidad tan ansiada, este amor que no cesa es difícil de encontrar muchos se desvían en su búsqueda poniendo la felicidad en cosas, o personas que nunca van a dar la satisfacción plena. Otros desisten y otros desesperan.
Dios se revela
Dios, conoce esta dificultad y ama al hombre con un amor infinito, busca al hombre para ayudarlo a encontrar el verdadero camino hacia la felicidad, el amor eterno. Se revela en Jesucristo invitándolos a llevar una vida de comunión con Él. Para ello, Dios se le revela al hombre, para que lo conozca a Él y su Plan para con Él. Se va dando a conocer a través de la Revelación.
Hay quienes piensan que el cristianismo es una ideología o una doctrina filosófico-teológica. Otros lo equiparan con las demás religiones que son intentos del hombre para acercarse a Dios. El cristianismo no es una creación de la mente humana, ni siquiera una doctrina moral, es la auténtica revelación de Dios que se hace hombre por amor al hombre para abrirle el camino a la vida eterna, le infunde fuerzas y le enseña cuál debe ser su conducta. La religión cristiana nace por iniciativa de Dios. El cristianismo es la respuesta del hombre a Dios que se revela en Cristo.
La Revelación comienza cuando Dios escoge a un pueblo, haciendo una alianza con él, dándole muestras de amor. Este pueblo de Israel le servirá para manifestar su amor. A este pueblo elegido le da alimento, bebida, pero en especial le da los diez mandamientos, que son el camino a la felicidad, la guía para vivir en comunión con Dios. Como a pesar de las manifestaciones del amor de Dios, el pueblo sigue siendo infiel, Dios envía a su Hijo para que el hombre entienda.
Jesucristo es el culmen de la Revelación. En Él podemos palpar la bondad de Dios y su Amor infinito al hombre. La persona puede y debe vivir en amistad con Cristo, puede participar de la vida divina, por medio de la gracia de Dios, y del Espíritu Santo que da vida y alimenta. El cristianismo es un compromiso personal con Jesucristo.
Este seguimiento de Jesucristo, a través de la Iglesia fundada por Él es la respuesta que el hombre le da a la iniciativa de Dios, es la respuesta a la llamada de amor que hace Cristo.
Esta respuesta de amor debe ser real, eficaz, concreta, siempre respetando todas las ayudas que Cristo ha dejado; sacramentos, Iglesia, normas de vida, etc. Jn 14. 15. 21 Jn 15,14. El amor ha de manifestarse externamente a través del comportamiento. El que se dice cristiano y no ama y vive lo que Cristo ama, realmente no se realiza en su vida. El verdadero cristiano tiene que amar y vivir como Cristo.
La persona humana escucha y acoge
El hombre, ante la invitación al amor, descubre su dignidad. Catec. nn 1701-1715. Fue creado a imagen y semejanza de Dios, pero la imagen fue alterada por el pecado, siendo regenerada y restaurada por Cristo, dándole una nueva dignidad “ser hijo de Dios”.
La persona humana es aquella que posee un alma espiritual, goza de inteligencia y voluntad, que unida a su cuerpo forma una unidad e identidad única irrepetible.
En el alma encontramos el principio de la vida, creado e infundido directamente por Dios en el hombre. Aquí residen las facultades de la inteligencia y voluntad. Por la inteligencia puede conocer a Dios, su Revelación, escuchar lo que le dice su conciencia, etc. Por la voluntad tiene la capacidad de tomar decisiones y llevarlas a cabo. El hombre es libre, es decir, es capaz de tomar decisiones y responsabilizarse de ellas. Es capaz de amar, de luchar por descubrir la verdad, de distinguir entre el bien y el mal.
A este hombre es a quien se le presenta el plan de salvación de Cristo, pero todavía está herido por el pecado y no puede lograrlo por sí solo. Por ello, para alcanzar el designio que Dios le ofrece necesita de la gracia. Solamente en Cristo, siguiendo su ejemplo, viviendo en amistad con Él puede lograr la santidad, la plenitud del amor.
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1 Cuando tenéis un pleito con otro, ¿por qué lleváis el asunto a un tribunal pagano, y no lo resolvéis entre los creyentes? 2 ¿No sabéis que los creyentes juzgarán al mundo? Pues si vais a juzgar al mundo, ¿seréis incapaces de juzgar causas más pequeñas? 3 ¿No sabéis que hasta juzgaremos a los ángeles? Con mucha más razón las cosas de esta vida.4 Para los asuntos de esta vida elegís como jueces a los que no tienen que ver nada con la Iglesia. 5 ¿No os da vergüenza? ¿No hay entre vosotros algún hombre prudente, capaz de hacer justicia entre sus hermanos? 6 En cambio, el hermano pleitea con el hermano, ¡y encima ante jueces paganos! 7 ¡Ya es una desgracia para vosotros andar pleiteando unos con otros! ¿Por qué no preferís dejaros robar? 8 Pero sois vosotros los injustos y los ladrones, y esto con vuestros hermanos. 9 ¿Es que no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os engañéis; ni los lujuriosos, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los invertidos, 10 ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los salteadores heredarán el reino de Dios. 11 Eso erais antes algunos; pero habéis sido lavados, consagrados y justificados en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.
Salmo 149,1-6.9
1 ¡Aleluya!
Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad su alabanza en la asamblea de los fieles.
2 Que Israel se regocije en su hacedor,
y los hijos de Sión festejen a su rey.
3 Alaben su nombre con la danza,
toquen para él el tambor y la cítara,
4 porque el Señor ama a su pueblo
y corona de victoria a los humildes.
5 Que los fieles se alegren de su gloria,
y en sus lechos griten de alegría;
6 que ensalcen a Dios a voz en grito,
teniendo empuñada la espada de dos filos
9 para ejecutar contra ellos la sentencia escrita.
Esto es un honor para todos sus amigos. ¡Aleluya!
Lucas 6,12-19
12 Por aquellos días fue Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios. 13 Cuando llegó el día, llamó a sus discípulos y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles: 14 Simón, a quien llamó Pedro; su hermano Andrés, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, 15 Mateo, Tomás, Santiago el hijo de Alfeo, Simón el llamado cananeo, 16 Judas hijo de Santiago y Judas Iscariote, el que le traicionó. 17 Bajó con ellos y se detuvo en una explanada en la que había un gran número de discípulos y mucha gente del pueblo de toda Judea, de Jerusalén y del litoral de Tiro y Sidón, 18 que habían llegado para escucharlo y ser curados de sus enfermedades. Los que eran atormentados por espíritus inmundos también eran curados. 19 Toda la gente quería tocarlo, porque salía de él una fuerza que curaba a todos.
La oración fue una compañera inseparable de Jesús. En todo el Evangelio le vemos orando, sobre todo en los momentos más decisivos de su vida: antes del Bautismo, al realizar varios milagros, en la Última Cena, en el Huerto de los Olivos, en la Cruz, etc.
Aquí se nos narra la elección de los Doce apóstoles. Eran los hombres con los que iba a comenzar la Iglesia y debían ser aptos para llevarla a buen término con paso firme. Por tanto, era una decisión importante, que no podía hacerse con prisas y a la ligera. Necesitaba dedicar una noche entera para consultarla con su Padre.
De la misma manera, todas nuestras grandes decisiones deberían surgir tras un encuentro con Dios en la oración. Por ejemplo, al elegir una carrera, al optar por la vida matrimonial o seguir una vocación religiosa, etc. También debemos rezar cuando llegan situaciones difíciles en el trabajo o en la familia, ya que Dios nos puede ayudar a encontrar la solución más adecuada.
¿Y cómo sabemos si la respuesta viene realmente de Dios? Cuando Dios “ilumina” un alma por la acción del Espíritu Santo le envía algunas señales, por ejemplo, una profunda paz interior, alegría, amor, etc. Es lo que llamamos “frutos del Espíritu”. Y por si hubiera dudas, nos damos cuenta de que esa solución está completamente de acuerdo con lo revelado en las Sagradas Escrituras. También es provechoso contar con la ayuda de un buen sacerdote que nos pueda orientar a encontrar la voluntad de Dios para nosotros, ya que ellos reciben unas gracias especiales para ejercer su ministerio.
San Guido
Entre sus paisanos era conocido por su piedad sencilla y constante y requerido para trabajos concienzudos y esforzados. Vamos que la piedad le llevaba a no ser perezoso y que el trabajo de la tierra le ayudaba a mirar al Cielo.
Un buen día le sugirieron una posibilidad de cambio de oficio. Podría pasar nada menos que a ser sacristán cerca de Bruselas, en la iglesia de Lacken. Ello supuso también un cambio de ciudad y de costumbres. Parece que le tentó el comercio y en ese campo de la actividad humana quiso hacer pinitos saliendo mal el asunto y perdiendo sus ahorros.
Se dedicó entonces a peregrinar por el mundo. Casi se puede decir que comenzó una bohemia en la que sólo él gobernaba su existencia sin que hubiera de dar cuentas a nadie. Pero lo hizo bien. Se sabe que estuvo dos veces en Tierra Santa y dos veces en Roma. De hecho, debió aprovechar muy bien su tiempo libre por lo que se relata a continuación.
Regresó del deambulaje y murió poco después en Anderlecht, su ciudad, donde se le enterró casi como a un desconocido.
Pero, en su sepultura comenzaron a suceder hechos maravillosos que empezaron a atraer a la gente del pueblo primero y a los lejanos después... De hecho sus reliquias comenzaron a recibir culto y la devoción a San Guido se extendió rápidamente, cobrando auge continuo y popularidad.
Bien hicieron los agricultores de su tierra y de su tiempo en tomarlo por patrono, como en España harían poco después con San Isidro; también los sacristanes de entonces y de hoy se protegen con este santo intercesor que entendía de cirios, de cajoneras y campanas; no menos podrían acudir a este trotamundos los que se ocupan de desperezar el tiempo libre propio o de los demás.
Una vez más, con este santo agricultor, sacristán, comerciante fracasado y caminante del mundo, se nos enseña que la santidad no es patrimonio exclusivo de conventuales, sabios o mártires.
Moral y Ética XI
Principios de la ética católica
Ante los problemas morales, conforme a la recta razón y a la revelación divina.
Es claro que no hay quien hable en serio de «ética» sin que reconozca, como principio más primario de la ley moral, la necesidad de hacer siempre el bien y evitar el mal en toda su amplitud.
Sin embargo, debido a la limitación humana no sólo es preciso a veces renunciar a ciertos valores deseables para realizar otros más altos, sino también arriesgarse a poner una buena acción de la que seguramente se seguirán efectos malos. No pocas veces se plantean problemas morales como los siguientes: ¿es bueno vender una escopeta de caza que acaso se use para matar personas? ¿o fármacos que pueden curar, pero también dañar? ¿se puede arriesgar la propia vida o la ajena para realizar un bien muy importante? ¿es moralmente licito el aborto en caso de que sea inevitable al curar una enfermedad grave de la madre?
Se trata de preguntas que plantean ciertos casos que son límite, extremos, anómalos, pero no infrecuentes. En la práctica, hay quienes aprovechan para fines injustos el bien que otros hacen. De otra parte hay acciones de doble o múltiple efecto: de ellas se derivan bienes, pero también males. La persona con sentido ético se pregunta entonces si es lícito hacer ese bien importante del que pueden seguirse males, incluso en el sentido más estricto del término, es decir, pecados.
Estos, son casos que han de iluminarse con los principios que ha sostenido siempre la ética católica, conforme a la recta razón y a la revelación divina. Son los siguientes:
I. SIEMPRE DEBE QUERERSE EL BIEN, NUNCA EL MAL
El mal es siempre una inadmisible ofensa a Dios y, al mismo tiempo, un daño para la persona que lo realiza. Por tanto, en modo alguno debe estar el mal en nuestra intención. Si en algunos casos debemos tolerar algún efecto malo de nuestras acciones buenas, habrá de ser con la condición de que el efecto malo no sea intentado, sino sólo permitido, después de agotar todos los recursos, si los hay, para evitar la acción de doble efecto. El efecto malo habrá de lamentarse de veras, sin hipocresías, como tributo que se padece y sufre al hacer el bien necesario.
II. JAMAS SE PUEDE HACER UN MAL PARA CONSEGUIR UN BIEN
El fin bueno no justifica medios malos. Si se negara este principio universalmente reconocido, podrían justificarse en la práctica todas las aberraciones morales, todas las injusticias todos los crímenes. Hasta Hitler y Stalin quizá invocarían nobles ideales, fines magníficos que justificarían sus genocidios .
Aristóteles decía que el bien nace de causas enteramente buenas; en cambio, para que proceda el mal basta que una sola causa sea mala (Bonum consurgit ex integra causa, malum autem ex quoqumque). Para que un guiso sea bueno, digestivo, es menester que sean buenos todos sus ingredientes. Y es claro que los medios se suman como ingredientes o causas a la unidad que constituye el acto humano.
El fin no sólo no justifica los medios injustos, sino que él mismo se adultera al derivarse de ellos.
Así, por ejemplo, si se pretendiera defender el bien de «la humanidad» eliminando vidas humanas inocentes, se estaría revelando que lo pretendido no era realmente el bien de «la humanidad», sino de un sector de ella, privilegiado y discriminante por injustas razones. Evidentemente, hacer el mal «para conseguir el bien» encierra una absurda contradicción ética en el seno del mismo acto humano.
No hace mucho tiempo que un considerable número de personas murieron en nuestro país a causa de un mal ingrediente de buenos alimentos: el aceite de colza adulterado. Si después de esa experiencia, alguien afirmase: «a mí lo que me importa es el huevo frito; ¡qué más da si el aceite contiene tóxico o no!», con razón lo tendríamos por loco o necio.
Si otro dijese: «lo que ahora me interesa a mi es gozar, no me importa cómo; veré ese programa de televisión: no me importa que esté intoxicado o no, manipulado, orientado a socavar el orden moral objetivo; no me interesa considerar si ofendo a Dios o al diablo»; no habríamos de tenerlo por menos loco que el anterior, por diferentes que fueran las especies de locura.
No debemos hacer el mal para que venga el bien, decía precisamente San Pablo (1). Sería como poner una enorme bomba en los cimientos del orden moral. Podríamos llegar con coherencia a lo que humorísticamente sugería Chesterton: como las cabezas no se adaptan a la clase de sombreros de moda, deben cortarse las cabezas de la gente, como medio indispensable para hacer frente al déficit o pérdidas causadas por el llamado Problema del Sombrero.
III. SE DEBE VALORAR CADA ACTO EN SU SINGULARIDAD
El hombre es responsable de cada uno de los actos que realiza libremente. Cada uno tiene su valor moral propio, aunque se halle en conexión con un conjunto de actos de diverso valor. Por tanto, no se puede apelar al llamado «principio de totalidad» para justificar actos sustancialmente malos.
Pablo Vl, fundándose--como él mismo hace notar--«en la doctrina de la Iglesia, de la cual es el Sucesor de Pedro, con sus Hermanos en el Episcopado, depositario e intérprete» (2), salía al paso de este error, aplicado a la vida conyugal, en su Encíclica Humanae vitae, tantas veces remachada por Juan Pablo II: «Tampoco se pueden invocar como razones válidas, para justificar los actos conyugales intencionalmente infecundos, el mal menor o el hecho de que tales actos constituirían un todo con los actos fecundos anteriores o que seguirían después, y que, por tanto, compartirían la única e idéntica bondad moral. En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal moral menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien, es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social. Es por tanto un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de la vida conyugal fecunda» (3).
Los términos son inequívocos: aunque pueda haber dificultades superlativas, nunca hay razones suficientes para hacer, con un acto positivo de voluntad, lo que es sustancialmente malo. Se puede a veces tolerar el mal que sucede sin querer, pero nunca hacer voluntariamente el mal, ni siquiera para que se siguiera un bien colosal, ni para evitar una catástrofe cósmica.
IV. A VECES PUEDE TOLERARSE EL EFECTO MALO QUE ACASO SE SIGA DE UNA ACCION BUENA
Siguiendo, como ejemplo, el caso contemplado en el apartado anterior: «La Iglesia, en cambio, no considera de ningún modo ilícito el uso de medios terapéuticos verdaderamente necesarios para curar enfermedades del organismo, a pesar de que se siguiese un impedimento, aun previsto, para la procreación, con tal de que ese impedimento no sea, por cualquier motivo, directamente querido» (4). Las palabras están muy medidas y no debe perderse ninguna. Se trata de una acción que tiene:
--un fin bueno: la salud del organismo;
--la intención buena: curar, no impedir la concepción;
--el medio empleado, bueno: su efecto inmediato es curativo, aunque tiene un efecto secundario--que sucede a modo de accidente--malo y no deseado: impedir la procreación.
Con estas condiciones y razones proporcionalmente graves, es lícito permitir o tolerar la esterilización.
Caso sustancialmente diverso es el de los anticonceptivos--de cualquier especie que sean--que no tienen efectos curativos de enfermedad alguna, sino el mero impedimento de la fecundidad de un acto intrínsecamente ordenado a ella. Aquí tenemos:
--el fin malo: la alteración voluntaria del orden natural, creado por Dios para el bien integral de la persona humana.
--la intención, mala (aunque pueda coexistir con otras intenciones buenas): la consecución del mal fin, cegar artificiosamente las fuentes de la vida.
--el efecto inmediato es malo: no cura enfermedad alguna el organismo, sólo impide la consecuencia natural del uso del matrimonio.
Por eso, insiste Juan Pablo II, «la contracepción debe juzgarse, objetivamente, tan profundamente ilícita que jamás puede, por razón alguna, ser justificada. Pensar o decir lo contrario equivale a defender que en la vida humana se pueden producir situaciones en las cuales es lícito no reconocer a Dios como Dios» (5). Seria absurdo decir a estas alturas que la doctrina de la Iglesia sobre el tema aún no está definida. Las dificultades que plantea una obligada continencia no deben temerse: «¡Todo es posible para el que cree!» (6). Dios no deja de prestar su omnipotencia a quien la necesita y la solicita con humildad.
En resumen: sólo pueden tolerarse las malas consecuencias que se derivan de un acto cuando éste produce de por sí, de modo necesario e inmediato, un efecto bueno; y en virtud de particulares circunstancias que se dan contra la voluntad del que obra.
Otro ejemplo: el tabernero puede vender vino a una persona que suele emborracharse, porque el efecto que se sigue de tal acto es lícito y honesto. Que el cliente se emborrache no depende del tabernero, ni va unido necesariamente a la venta del vino. No obstante, si el tabernero, sin grave incómodo, puede negarse a vender en ese caso concreto, debe hacerlo. Porque es preciso tener en cuenta otro principio a la hora de resolver el problema de la licitud en la tolerancia de accidentales pero previsibles efectos malos:
V. HA DE HABER CAUSA PROPORCIONALMENTE GRAVE
Ha de haber, como es lógico, una causa proporcionalmente grave a la entidad del daño y a la probabilidad con que puede seguirse de la acción buena. Hace falta una razón positiva que compense con el bien que se pretende realizar, la gravedad de los males que le puedan suceder. Esta razón positiva y compensadora del efecto malo, deberá juzgarla en cada caso --después de solicitar consejo oportuno, si es menester-- la persona agente, teniendo siempre en cuenta que tal razón «debe ser tanto más importante cuanto más graves sean las consecuencias previstas, cuanto más próxima y estrecha es la conexión causal entre el acto y las malas consecuencias» (7).
Vl. AGOTAR LOS MEDIOS PARA EVITAR EL MAL
No debe olvidarse que el mal, aunque esté fuera de la intención del que realiza esas acciones de doble efecto (sólo es voluntario indirecto), siempre es «malo», y aunque se produzca sin culpa del agente, es materia de pecado, como en el caso del tabernero; y cabe el riesgo de que éste se insensibilice ante el pecado del que se emborracha con sus vinos, y llegue a convertirse en cómplice culpable.
EN RESUMEN:
Un acto que produce indirectamente efectos malos, sólo puede ser lícito cuando reúne los siguientes requisitos:
1) Que el acto en sí sea bueno o al menos indiferente.
2) Que el efecto inmediato, directo, de la acción sea el bueno. Nunca el efecto bueno puede ser causado por el malo.
3) Que el fin de quien obra sea honesto.
4) Que las circunstancias sean proporcionalmente graves.
UN CASO PARTICULAR: EL ABORTO INDIRECTO
Evidentemente, la provocación voluntaria y directa del aborto es siempre un asesinato, un pecado gravísimo. Jamás se podrá justificar moralmente, por bueno que fuese el fin: sería justificar por el fin un medio intrínsecamente malo.
El llamado «aborto terapéutico», perpetrado con el fin de interrumpir un embarazo que se considera peligroso para la vida de la madre, es siempre un homicidio directo: la intervención médica tiene un efecto único inmediato (y hay una finalidad única directa de la voluntad eficaz de ese acto), que es eliminar una vida inocente y con pleno derecho a vivir. Cierto que se considera lamentable tal homicidio, porque sobre todo se intenta salvar a la madre. Pero la acción primera no hace más que matar directamente a un inocente, y tal cosa es absolutamente mala. No sería lícito ni para salvar a la entera humanidad. Muchas manzanas valen más que una sola manzana. Pero la persona no es una cosa; y si se comprende lo que es una persona y su dignidad--creada a imagen y semejanza de Dios--se comprenderá que muchas personas no valen más que una sola. La vida humana sólo es de Dios, y sólo Dios es Señor de la vida y de la muerte.
Caso totalmente distinto es el del tratamiento médico o intervención quirúrgica para remediar un mal cierto y grave de una mujer embarazada, previendo que con tal intervención se provocaría ocasionalmente un aborto. No se trata de curar a la madre por medio de la muerte del niño, sino de realizar una acción en sí misma buena, por ejemplo, extirpar un tumor maligno, que accidentalmente puede causar la muerte del niño. Es lo que se llama «aborto indirecto», que es lícito (8):
--si la vida de la madre urge a la intervención;
--si no existe otro procedimiento eficaz que no arriesgue la vida del feto;
--si no se puede esperar a que el feto sea viable .
Veamos que los casos de aborto indirecto y aborto directo son radicalmente distintos en el orden moral:
En el 1°: el efecto inmediato es la vida (de la madre).
En el 2°: el efecto inmediato es la muerte (del niño).
En el 1°: la intervención excluye la muerte del niño.
En el 2°: la intención incluye (como medio) la muerte del niño.
En el 1°: el medio es bueno: el fármaco o intervención quirúrgica que son curativos.
En el 2°: el medio es malo: eliminar al niño, matar.
En el 1.°: el efecto bueno no es consecuencia del malo.
En el 2.°: el efecto bueno es consecuencia del malo.
El 1.° se puede realizar si hay circunstancias proporcionalmente graves;
el 2.° nunca («Quién procura el aborto --dice el cánon 1398 del nuevo Código de Derecho Canónico-- si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae).
VENTA DE OBJETOS DESTINADOS A REALIZAR ACCIONES MORALMENTE MALAS
Es claro que «nunca es lícito vender cosas que, por su misma naturaleza, no tienen más que un uso malo» (9), como la venta de veneno que sólo sirve para matar al hombre.
Vender, ceder la propiedad de un objeto a cambio de un precio, es una acción moralmente lícita en sí. Pero la moralidad resulta afectada --como ya vimos (10)-- por las circunstancias, entre las que se cuenta el qué; en nuestro caso: qué es lo que se vende, cuál es su cualidad, inseparable y determinante de la venta.
El Magisterio de la Iglesia confirma este criterio general aplicado a los farmacéuticos: «A veces, tenéis que oponeros a la importunidad, a la presión y a las peticiones de clientes que llegan a vosotros con el fin de haceros cómplices de sus intenciones criminales. Pero vosotros sabéis que cuando un producto, por su naturaleza y por la intención del cliente, está indudablemente destinado a una finalidad criminal, no podéis, bajo ningún pretexto o presión, acceder a tomar parte en esos atentados contra la vida, contra la integridad de los individuos o contra la propagación de la salud corporal o mental de la humanidad» (11).
De modo que nunca es lícito vender una cosa que el hombre no puede usar sin pecar: fármacos o dispositivos destinados únicamente al aborto o a impedir la generación; vestidos manifiestamente provocativos; libros, revistas, periódicos, películas, etc.
De otra parte, es de advertir que la responsabilidad moral en la acción de vender se debe considerar de modo diverso según que quien venda sea propietario de la cosa en venta o, por el contrario, un intermediario o un simple empleado a sueldo fijo, etc. Del empleado, por ejemplo, puede decirse que, en sentido estricto, no vende, porque la cosa vendida no es suya ni es para él su precio. Coopera con el vendedor; por eso su caso hay que contemplarlo a la luz de los principios del voluntario indirecto aplicados a la cooperación al mal.
(I) Cfr. Rom 3, 8; (2) PABLO Vl, Humanae vitae, n. 31 (3) Ibid., n. 14; los subrayados son nuestros, (4) Ibidem, n. 15 (5) JUAN PABLO II, Discurso, 17-lX-1983; (6) Mc 9, 23; (7) MAUSBACH-ERMERKE, Teología Moral calólica, t. 1, Pamplona 1971, p. 379; (8) Cfr. M. ZALBA, Voluntario directo e indirecto, Gran Enciclopedia Rialp, t. 23, p. 6887; (9) PRUMER, Manuale Theologiae Moralis, 1, n. 623; cfr. V ERMEERSCH, Theologiae Moralis principia, responsa, consilia, 11, n. 137; LANZA-PALAZZINI, Theologia Moralis, ll, ll. 177, 2; NOLDIN, Summa Theologiae Moralis, 11, n. 126, a; (10) DOCUMENTACION DOCTRlNAL, n° 44: (11) PIO Xll, Alocución. 2-lX-1950; cfr. Alocucion, Il-IX-1954.
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¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?
1 Corintios 5,1-8
1 Es cosa pública entre vosotros la deshonestidad, y tal deshonestidad que no se encuentra ni entre los paganos, hasta el punto de convivir uno con la mujer de su padre. 2 Y vosotros estáis orgullosos, en vez de manifestar intenso dolor, para que desaparezca de entre vosotros el que tal acto ha cometido. 3 Pues yo, por mi parte, corporalmente ausente, pero espiritualmente presente, he dictado ya mi sentencia sobre el que está actuando así: 4 que congregados en nombre de nuestro Señor Jesucristo, vosotros y mi espíritu, y con el poder de Jesús, Señor nuestro, este tal 5 sea entregado a Satanás, con el fin de que, aunque quede corporalmente destrozado, pueda salvarse el día del Señor. 6 La cosa no es para que os sintáis orgullosos. ¿No sabéis que un poco de levadura hace fermentar toda la masa? 7 Echad fuera la vieja levadura para ser una masa nueva, puesto que sois panes sin levadura; porque Cristo, nuestro cordero pascual, ya ha sido inmolado. 8 Así que celebremos la fiesta, no con levadura vieja, con levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, panes de sinceridad y de verdad.
Salmo 5,5-7.12
5 Tú no eres un Dios que se complace en la injusticia,
el malvado no puede ser tu huésped.
6 Los soberbios no resisten delante de tus ojos,
aborreces a todos los malhechores,
7 llevas a la ruina a los mentirosos,
al hombre explotador y fraudulento el Señor lo detesta.
12 Que se alegren en cambio los que en ti confían,
que siempre estén alegres, porque tú los proteges;
que se gocen en ti los que aman tu nombre.
Lucas 6,6-11
6 Otro sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Allí había un hombre que tenía seca su mano derecha. 7 Los maestros de la ley y los fariseos espiaban a Jesús a ver si curaba en sábado, para acusarlo. 8 Él, que conocía sus pensamientos, dijo al hombre de la mano seca: «Levántate y ponte en medio». Él se levantó y se puso. 9 Jesús les dijo: «¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?». 10 Y mirando a todos los circundantes, le dijo: «Extiende tu mano». La extendió, y quedó sana. 11 Pero ellos, en el colmo de su locura, discutían sobre lo que tenían que hacer con Jesús.
Todos alguna vez nos hemos sentido seguros y satisfechos con la guarda de la ley: hicimos lo que estaba mandado. Y claro que está bien guardar la ley; pero convertir la ley en un fin, ponerla por encima de la persona es lo que ya se pone en cuestionamiento. Cualquier hombre es imagen de Dios y merece tanto aprecio y respeto que todas las leyes deben estar a su servicio; porque el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado, como hacemos frecuentemente.
La inseguridad interior que vivimos nos hace aferrarnos a las normas y las leyes que nos proporcionan tranquilidad, porque nos da miedo quedarnos sin esquemas mentales y andar sin apoyos. ¡Tantas veces somos como paralíticos que nos arrastramos por la vida! Pero aquí está la fuerza de Jesús que se adelanta en nuestra ayuda: ¡Levántate! Sólo queda creer en la Palabra, confiar y ponerse en pié. La vida hace lo que falta.
San Pafnucio
Fue uno de los anacoretas de su época. Vivía de las verduras que daba la tierra, agua, un poco de sal y poco más. Compartía consigo mismo la soledad del desierto. La oración y la penitencia eran su principal modo de emplear el tiempo. A su cueva acudían las gentes a recibir consejo, escuchar lo que aprendía del Espíritu con sus rezos y a contrastar la vida con el estilo del Evangelio.
Se vió obligado a dejar la soledad contra su gusto porque fue nombrado obispo de Tebaida. Por defender a Cristo sufrió persecución, le amputaron una pierna y le vaciaron un ojo cuya órbita desocupada, según cuenta la historia, gustaba besar con respeto y veneración el convertido emperador Constantino.
Estuvo presente en el Concilio de Nicea, donde se defendió la divinidad de Cristo y se condenó el arrianismo.
En esa ocasión, al tratarse otros temas de Iglesia, tuvo el obispo Pafnucio la ocasión de dar muestras de profunda humanidad. El hombre que venia del más duro rigor del desierto y podía exhibir en su cuerpo la marca de la persecución se mostró con un talante más amplio, abierto, moderado y transigente que los padres que no conocían la dureza de la Tebaida ni los horrores de la amenaza, ni la vejación.
Numerosos padres conciliares pretendieron imponer que los obispos, presbíteros y diáconos casados dejaran a sus esposas para ejercer el ministerio. El obispo curtido en la dura ascesis anacoreta se opuso a tal determinación haciendo que se fuera respetuoso con la disciplina de la época: autorizar el ejercicio del Orden Sacerdotal a los ya casados y no permitir casarse después de la Ordenación.
Moral y Ética X
La bondad en la conducta
Una cosa es la bondad de las cosas y otra la bondad de los actos humanos.
La bondad está en las cosas; no es una invención de la mente o fruto del capricho de la voluntad. Sobre lo que es bueno o malo no caben opiniones, a no ser por ignorancia de la realidad. Existe un criterio objetivo: es bueno lo que acerca a Dios; es malo lo contrario. Porque Dios es nuestro último fin, es decir, donde, en último extremo, se halla nuestra perfección. De modo que en la medida en que podemos saber qué es lo que acerca a Dios, podemos también saber qué es lo bueno.
Ahora bien, una cosa es la bondad de "las cosas", y otra la bondad de los actos humanos que inciden sobre las cosas o permanecen en el interior de nosotros mismos. Esta última es la que nos ha de ocupar en este artículo; y es del mayor interés, porque con nuestras acciones es como nos labramos la perfección personal o la ruina. La cuestión es: ¿cuándo son buenos los actos humanos? ¿qué condiciones se requieren para poder calificar de moralmente buenos a nuestros actos? ¿de qué depende su bondad? ¿cuándo nos acercan o separan del último fin, que es Dios?
Lo primero que hemos de tener en cuenta al examinar nuestra conducta en vistas a su calificación moral es lo que hemos hecho, es decir, el "objeto" de nuestro acto: ¿Es bueno ese objeto?, porque ya vimos que el bien es algo objetivo, como "la propia ley divina, eterna, objetiva y universal, por la que Dios gobierna el mundo universo y la comunidad humana" (1). Por eso se dice que "el objeto es la primera fuente de moralidad". ¿Está conforme lo que he hecho con la objetiva ley divina, natural o evangélica?.
Esta es la primera pregunta necesaria; pero no sólo el objeto -lo que hacemos- es fuente de moralidad. No basta la consideración del objeto para saber si un acto humano es moralmente bueno o malo. Es más -enseña Juan Pablo II-"la moral -lo que es moral- es cosa esencialmente íntima, interior", reside en la conciencia y en la voluntad, que es donde, con sus actitudes y elecciones se expresa el "hombre interior" (2).
IMPORTANCIA DE LA INTERIORIDAD
El Papa advierte que "lo moral" de nuestras obras tiene, como es obvio, una dimensión exterior, digamos visible, apreciable desde fuera (pasear, comprar, comer, trabajar), que está en relación con las normas objetivas de la conducta humana (no robar, no atentar contra la vida propia o ajena, etc.). Sin embargo, este hecho--la existencia de esta dimensión exterior--en nada modifica el hecho precedente, a saber, que la moral es un asunto de conciencia y que sus exigencias incumben a la interioridad del hombre.
"Cristo enseñaba moral. El Evangelio y los demás textos del Nuevo Testamento lo demuestran sin lugar a dudas". Sabemos que el Decálogo, o sea, los Diez Mandamientos de la ley moral natural -indicados expresamente por Dios a Moisés-, fue confirmado por el Evangelio (3). Y recuerda Juan Pablo II que, al enseñar la moral, Cristo tenía en cuenta estas dos dimensiones: la exterior, o sea, visible, social e, incluso, "pública" y la interior. Pero, conforme a la naturaleza misma de la moral, de "lo que es moral", el Señor concedía importancia primordial a la dimensión interior, a la rectitud de la conciencia humana y de la voluntad, es decir, a lo que en términos bíblicos, se llama "corazón" (4). En diversos momentos y de diferentes maneras, Jesucristo enseñó que: "lo que sale de la boca procede del corazón y eso hace impuro al hombre. Porque del corazón provienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias. Esto es lo que contamina al hombre" (5): el mal que reside en el corazón, es decir, en la conciencia y en la voluntad.
El Señor, por tanto, indica lo que está mal, las obras que son malas --y en consecuencia contaminan al hombre, lo dañan--, y que son externas, visibles. Pero indica también donde se encuentra la causa, la raíz de esas obras que, en definitiva, son una manifestación de lo que hay en el interior. Si se extirpara la mala raíz no habría malos frutos. Gráficamente lo expresaba el Papa en su mensaje de paz de 1984: "es el hombre quien mata y no su espada y sus misiles"; "la guerra nace del corazón del hombre".
Es lógico pues que se afirme que de las dos dimensiones de la moralidad de los actos humanos, la que posee importancia primordial sea la interior: la dimensión "hacia adentro" del hombre. Además, "existen normas --dice Juan Pablo II-- que atañen de un modo directo a actos exclusivamente interiores. Vemos ya en el Decálogo dos mandamientos que empiezan por estas palabras: "No desearás..." y "No codiciarás..." y que, por consiguiente no se refieren a ningún acto exterior, sino sólo a una actitud interior, relativa, en el primer caso, a "la mujer de tu prójimo"; y, en el segundo, a "los bienes ajenos". Cristo lo subraya con más fuerza todavía. Sus palabras pronunciadas en el monte de las Bienaventuranzas, cuando llama "adúltero de corazón" al que mira a una mujer deseándola, fueron para mí --dice el Papa-- punto de partida de largas reflexiones sobre el carácter específico de la moral evangélica en esta materia" (6).
Importancia pues de la dimensión interior de "lo moral"; importancia de la interioridad, de las intenciones, de las actitudes. "Pero --continúa Juan Pablo II-- no es eso todo. Sabemos que el Sermón de la montaña habla también de las buenas obras, como la oración, la limosna, el ayuno, que el Padre ve en lo oculto" (7).
Que la dimensión interior del acto humano tenga primordial importancia no quiere decir que la exterior —"lo que se hace"— no afecte a la persona y no tenga relevancia moral. La tiene, y mucha. "La ética católica no es sólo un conjunto de normas, mandamientos y reglas de conducta" (8). No es sólo eso, pero es también eso. Cristo tenía en cuenta las dos dimensiones del acto humano; que son justamente dos dimensiones de un acto que es uno, aunque complejo. Por tanto, una simple "moral de intenciones" o "de actitudes" que no valorase el objeto, las obras en las que se plasman las actitudes e intenciones, seria una moral mutilada y, por tanto, falsa, como un folio rasgado por cualquiera de sus lados ya no es un folio. El folio tiene dos dimensiones, largo y ancho; si lo rompo por cualquiera de las dos deja de ser lo que era. Un plato o manjar exquisito, con ingredientes de primera calidad, pero aderezado con unos gramitos de arsénico, todo él resulta mortal de necesidad, aunque se haya elaborado con la "buena intención" de alimentar al cliente.
Cualquier cosa mala, por muy buena que sea la intención con que se haga, no deja de causar el mal; y el acto humano que la realiza--compuesto de lo subjetivo y lo objetivo--resulta enteramente malo y daña siempre a la persona.
En efecto, el mismo Papa, que subrayaba la importancia de la dimensión interior de los actos humanos, aclara que "no es suficiente tener la intención de obrar rectamente para que nuestra acción sea objetivamente recta, es decir, conforme a la ley moral. Se puede obrar con la intención de realizarse uno a sí mismo y hacer crecer a los demás en humanidad; pero la intención no es suficiente para que en realidad nuestra persona o la del otro se reconozca en su obrar" (9). Hace falta, además, que lo que se quiere sea de verdad bueno.
LA LIBERTAD: CONDICION DE BONDAD MORAL
Juan Pablo II sigue ahondando en la cuestión: "¿En qué consiste la bondad de la conducta humana? Si prestamos atención a nuestra experiencia cotidiana, vemos que, entre las diversas actividades en que se expresa nuestra persona, algunas se verifican en nosotros, pero no son plenamente nuestras; mientras que otras no sólo se verifican en nosotros, sino que son plenamente nuestras. Son aquellas actividades que nacen de nuestra libertad: actos de los que cada uno de nosotros es autor en sentido propio y verdadero. Son, en una palabra, los actos libres (...) La bondad es una cualidad de nuestra actuación libre. Es decir, de esa actuación cuyo principio y causa es la persona; de lo cual, por tanto, es responsable" (10).
No significa esto que por el hecho de ser libre el acto humano sea moralmente bueno, sino que la libertad es una de las condiciones varias de la bondad moral. Una condición también importante, porque "mediante su actuación libre, la persona humana se expresa a sí misma y al mismo tiempo se realiza a sí misma" (11); es decir, va realizando en sí misma un incremento de bondad, si la conducta es moralmente buena; si fuera mala, el sentido de la libertad se vería frustrado.
IMPORTANCIA DE LAS OBRAS
En efecto, "la fe de la Iglesia fundada sobre la revelación divina, nos enseña que cada uno de nosotros será juzgado según sus obras" (12). Son muchos, por cierto, los momentos de la Sagrada Escritura en que se afirma que Dios retribuirá a cada uno según sus obras; por ejemplo: Mt 5, 16; Apoc 2, 23; 22, 12; cfr. Rom 2, 6; Eccli 16, 15; 2 Tim 4; Sant 1, 21-25. "Nótese--indica el Papa--:es nuestra persona la que será juzgada de acuerdo con sus obras. Por ello se comprende que en nuestras obras es la persona que se expresa, se realiza y--por así decirlo--se plasma. Cada uno es responsable no sólo de sus acciones libres, sino que, mediante tales acciones se hace responsable de sí mismo" (13).
No parece que se pueda iluminar mejor la relevancia moral de lo objetivo, de las obras, de los actos externos. Seremos juzgados por nuestras obras, porque ellas son "criaturas" de nuestra libertad en las que nos hemos expresado y forman parte de nosotros mismos.
"Es necesario--insiste el Romano Pontífice-- subrayar esta relación fundamental entre el acto realizado y la persona que lo realiza". Nuestras obras expresan siempre lo que somos o, al menos, algo de lo que somos; y con ellas no sólo "hacemos cosas", "nos hacemos" también a nosotros mismos: sabios o ignorantes, justos o injustos, prudentes o imprudentes, lujuriosos o castos.
Pues bien, "a la luz de esta profunda relación entre la persona y su actuación libre podemos comprender en qué consiste la bondad de nuestros actos, es decir, cuáles son esas obras buenas que Dios de antemano preparó para que en ellas anduviésemos" (...). Cuando el acto realizado libremente es conforme al ser de la persona, es bueno".
"La persona está dotada de una verdad propia, de un orden intrínseco propio, de una constitución propia. Cuando sus obras concuerdan con ese orden, con la constitución propia de persona humana creada por Dios, son obras buenas, que Dios preparó de antemano para que en ellas anduviésemos. La bondad de nuestra actuación dimana de una armonía profunda entre la persona y sus actos, mientras, por el contrario, el mal moral denota una ruptura, una profunda división entre la persona que actúa y sus acciones. El orden inscrito en su ser, ese orden en que consiste su propio bien, no es ya respetado en y por sus acciones. La persona no está ya en su verdad. El mal moral es precisamente el mal de la persona como tal" (14). Esa ruptura, esa profunda división en el interior del hombre se produce siempre que se obra mal, aunque sea con "buena intención", pensando que se obra bien, porque es un hecho que entonces la persona no está obrando conforme a la verdad de su ser. Quiérase o no, "la persona humana realiza la verdad de su ser en la acción recta, mientras que, cuando actúa no rectamente, causa su propio mal, destruyendo el orden de su propia ser. La verdadera y más profunda alienación del hombre consiste en la acción moralmente mala: en ella la persona no pierde lo que tiene, sino lo que es, se pierde a sf misma" (15).
Cuando es moralmente mala, la acción exterioriza o manifiesta el ser personal de modo monstruoso. Cabe decir de tal acción lo que dice Santo Tomás del error de la mente: es "un parto monstruoso". Se ha engendrado un monstruo, un ser deforme, que deforma y carcome el propio ser, por la íntima conexión entre la persona y su obra.
PECADO "FORMAL" Y PECADO "MATERIAL"
Y es de advertir que esto puede suceder sin culpa, cuando --sin culpa-- se ignora que realmente lo que se hace es moralmente malo. En este caso no hay pecado formal (como se dice en Teología), y Dios no castigará la mala acción. Pero no ha dejado de producirse un pecado material, es decir, una obra objetivamente mala, y que por tanto daña realmente a la persona. Es preciso no olvidar que, lejos de lo que pensaba Lutero, lo que prohibe Dios no es malo porque Dios lo prohiba, sino que Dios lo prohibe porque es malo: daña al hombre, si no en el cuerpo, al menos en el alma, que es lo que más importa.
De hecho, cuando se obra mal, aunque sea por ignorancia, la voluntad se adhiere al mal, y de este modo no puede hacerse buena, ni incrementar su bondad y su habilidad para el bien. Es más, con tal adhesión, si se continúa largo tiempo, existe el grave riesgo de que, al descubrir el error y salir de la ignorancia, la afición al mal se haya hecho tan grande que ya no se quiera abandonarlo; lo cual llevaría consigo la aparición del pecado formal, responsable ya, y culpable.
Es muy importante tener en cuenta esa realidad, también en el tratamiento de enfermedades psíquicas y situaciones extremas o de crisis que inclinan más fuertemente a ciertos pecados. En un discurso a médicos psiquiatras, enseñaba el Papa Pío XII: "Una última observación a propósito de la orientación trascendente del psiquismo hacia Dios: el respeto a Dios y a su santidad debe reflejarse siempre en los actos conscientes del hombre. Cuando estos actos se apartan del modelo divino, aun sin culpa subjetiva del interesado, van, sin embargo, contra su último fin. He aquí por qué aquello que se llama pecado material es una cosa que no debe existir y constituye por lo mismo, en el orden moral, una realidad que no es indiferente".
"Una conclusión se deriva para la psicoterapia: ante el pecado material, no puede permanecer neutral. Puede tolerar lo que de momento es inevitable. Pero debe saber que Dios no puede justificar esta acción. Todavía menos la psicoterapia puede dar al enfermo el consejo de cometer tranquilamente un pecado material, porque lo hará sin falta subjetiva; y ese consejo sería igualmente equivocado, aunque tal acción pudiera parecer necesaria para el reposo psíquico del enfermo y, por consiguiente, para la finalidad de la curación. Nunca se puede aconsejar una acción consciente que sería una deformación, y no una imagen, de la perfección divina" (16) que el hombre es.
EL FIN NO JUSTIFICA LOS MEDIOS
Por supuesto, es peor hacer el mal con mala intención que con "buena intención". Pero hacerlo con "buena intención" también es malo, aunque sea para conseguir un bien todo lo grande que se quiera. El fin no justifica los medios. El buen fin hace bueno un medio indiferente y puede aumentar la calidad moral de una buena acción, como cuando se hace un acto de simple justicia pero por amor a Dios. Lo que no puede hacer nunca un buen fin es convertir en bueno un medio que de suyo sea malo. Cuando se quiere el mal, aunque sea como medio para el bien, la voluntad, con su adhesión, ya se ha contaminado, ya se ha hecho mala, y también su acto en su entera realidad.
Por otra parte, es un craso error pensar que de un mal puede seguirse algún bien para la persona en su integridad. Podrá seguirse tal vez un bien físico, material, económico, pero nunca un bien moral que es lo que realmente perfecciona a la persona.
Sólo Dios puede hacer que de las consecuencias del mal --no del mal en sí mismo-- se sigan auténticos bienes para los que le aman. Pero Dios no puede querer el más mínimo mal moral; por tanto, el hombre tampoco puede quererlo jamás.
Así por ejemplo, cuando se provoca el aborto, aunque sea con la "buena intención" de procurar el bienestar material o psíquico, o social, de la madre, de hecho se produce el peor mal para ella: se niega, o se pretende negar, con inhumana violencia, lo que ella realmente es en lo más profundo: madre, dadora de vida; al tiempo que se asesina a una persona inocente, su hijo.
Lo mismo cabe decir de los que ciegan artificiosamente las fuentes de la vida; los que pretenden disolver el matrimonio; los que justifican-"por amor", dicen--las llamadas relaciones prematrimoniales, u homosexuales; los que no dan importancia a la masturbación; los que con apariencia de justicia niegan los derechos humanos, etc.
Suele decirse que "el infierno está empedrado de buenas intenciones". Y es muy posible que sea cierto. La sabiduría popular comprende que no basta querer hacer el bien, sino que es menester hacerlo; y para ello es indispensable la voluntad realmente buena, sincera, de conocer el bien, de aprender a discernir el bien del mal. De lo contrario, sería una vil hipocresía hablar de "buena voluntad" o de "buena intención".
MIRAR LA REALIDAD
Y, por importante y fundamental que sea--como ya hemos visto--la intención, "quienquiera conocer y hacer el bien debe dirigir su mirada al mundo objetivo del ser. No al propio "sentimiento", no a la "conciencia", no a los "valores", no a los "ideales" y "modelos" arbitrariamente propuestos. Debe prescindir de su propio acto y mirar a la realidad"; porque "ser bueno quiere decir estar de acuerdo con el ser objetivo; es bueno lo que corresponde "a la cosa"; el bien es la adecuación a la realidad objetiva" (17). *Todas las leyes y normas morales se pueden reducir a una--decía Goethe--: la verdad". "Todas las leyes y normas morales se pueden reducir-dice Joseph Pieper--a la realidad" (18); "el hombre que quiere realizar el bien mira, no al propio acto, sino a la verdad de las cosas reales" (19). Precisamente la realidad es el fundamento de lo ético. Lo que debe-ser está inscrito en el ser, en la verdad de las cosas. Es bueno quien obra la verdad. Así lo dice Nuestro Señor Jesucristo: *"el que obra según la verdad viene a la luz, para que sus obras se pongan de manifiesto, porque han sido hechas según Dios" (20).
En las obras se plasma la persona; la persona se revela en sus obras. El mismo Jesucristo decía: "las mismas obras que yo hago, dan testimonio acerca de mí, de que el Padre me ha enviado" (21); "si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, creed en las obras, aunque no me creáis a mí, para que conozcáis y sepáis que el Padre está en mí y yo en el Padre" (22).
¿Y cuál es la verdad más profunda que debe expresar nuestras obras? La que nos recuerda el Papa: "la persona no es dueña absoluta de sí misma. Ha sido creada por Dios. Su ser es un don: lo que ella es y el hecho mismo de su ser son un don de Dios. "Somos hechura suya", nos enseña el Apóstol, "creados en Cristo Jesús" " (23). Somos criaturas de Dios, somos de Dios, y Dios ha querido además que seamos sus hijos. Somos hombres que, por gracia, son hijos de Dios. No somos hijos del mono. Por tanto, para que sea buena nuestra conducta ha de conformarse con esta realidad maravillosa: la de nuestra filiación divina. Todas nuestras obras han de revelar ese nuestro ser-hijos-de Dios; han de manifestar que al menos luchamos por ser buenos hijos, según el mandato amoroso y sapientísimo del Señor: "Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto".
Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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"Id por todo el mundo y proclamad la buena noticia a toda criatura"
Marcos 16,15
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La Virgen concebiráy dará a luz un hijo,y le pondrán por nombre Emanuel,que significa «Dios con nosotros».
Miqueas 5, 1-4a
1 Y tú, Belén Éfrata, la más pequeña entre los
clanes de Judá,
de ti me saldrá el que ha de reinar en Israel.
Sus orígenes vienen de antiguo, de tiempos remotos.
2 Por eso el Señor los abandonará hasta el tiempo
en que dé a luz la que ha de dar a luz.
Entonces el resto de sus hermanos
volverá a los hijos de Israel.
3 Él se alzará y pastoreará el rebaño con la fortaleza del
Señor,
con la majestad del nombre del Señor su Dios.
Vivirán tranquilos, porque entonces extenderá él
su poder hasta los confines de la tierra.
4a Él mismo será la paz.
Salmo 12, 6
6 Yo confío en tu amor,
mi corazón se alegra por tu liberación
y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho.
Mateo 1, 1-16.18-23
1 Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán: 2 Abrahán fue padre de Isaac; Isaac de Jacob; Jacob de Judá y sus hermanos;3 Judá tuvo de Tamar a Fares y a Zéraj; Fares fue padre de Jesrón; Jesrón de Arán; 4 Arán de Aminadab; Aminadab de Naasón; Naasón de Salmón;5 Salmón tuvo de Rajab a Booz; Booz tuvo de Rut a Obed; Obed fue padre de Jesé; 6 Jesé, del rey David. David, de la mujer de Urías, tuvo a Salomón. 7 Salomón fue padre de Roboán; Roboán de Abías; Abías de Asá; 8 Asá de Josafat; Josafat de Jorán; Jorán de Ozías; 9 Ozías de Joatán; Joatán de Acaz; Acaz de Ezequías; 10 Ezequías de Manasés; Manasés de Amón; Amón de Josías;11 Josías de Jeconías y sus hermanos, cuando la deportación a Babilonia. 12 Después de la deportación, Jeconías fue padre de Salatiel; Salatiel de Zorobabel; 13 Zorobabel de Abiud; Abiud de Eliaquín; Eliaquín de Azor; 14 Azor de Sadoc; Sadoc de Aquín; Aquín de Eliud; 15 Eliud de Eleazar; Eleazar de Matán; Matán de Jacob; 16 Jacob de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es el mesías.
18 El nacimiento de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y, antes de que vivieran juntos, se encontró encinta por virtud del Espíritu Santo. 19 José, su marido, que era un hombre justo y no quería denunciarla, decidió dejarla en secreto.20 Estaba pensando en esto, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no tengas ningún reparo en recibir en tu casa a María, tu mujer, pues el hijo que ha concebido viene del Espíritu Santo. 21 Dará a luz un hijo, y le pondrás el nombre de Jesús,porque él salvará a su pueblo de sus pecados». 22 Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que el Señor había dicho por medio del profeta:
23 La Virgen concebirá
y dará a luz un hijo,
y le pondrán por nombre Emanuel,
que significa «Dios con nosotros».
¡Bendito el día que vio nacer a la Santísima Virgen!
Según la liturgia, fue en el mes de septiembre que, hace más de veinte siglos, vino al mundo la Mujer destinada a ser Madre del Divino Salvador. Al recordar este nacimiento, venturoso entre todos para el género humano, lo invitamos a meditarlo en breve reflexión.
El nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo representó una honra incomparable para toda la humanidad. Guardadas las proporciones, también la venida de la Santísima Virgen al mundo dotó de particular nobleza al género humano. Fue Ella la creatura más perfecta hasta entonces nacida, concebida sin pecado original, a quien le fue dada, desde el primer instante de su ser, una superabundancia de gracias.
De esta manera se comprende, la afirmación de que María Santísima está para Nuestro
Señor, así como la luna para el sol: Ella representa la suave y amena luminosidad de la luna, y Él, la omnipotente y deslumbrante claridad del sol.
Hay sin duda, inmensa belleza en el despuntar del día del fulgurante astro. No obstante, en ciertas ocasiones, el aparecimiento de la luna tiene su encanto también, su poesía y su grandeza. La natividad de Nuestra Señora fue, para toda la humanidad, como un magnífico nacer de la luna: sol de las sombras, sol del reposo, sol de las largas meditaciones y de los extensos ejercicios del espíritu...
El cumpleaños del padre o de la madre son siempre un motivo de alegría que reúne a toda la familia para celebrarlo. Cada uno deja sus ocupaciones y trata de hacer feliz al festejado. Este signo externo trata de reflejar un sentimiento más profundo como es la gratitud y el amor. A nuestros padres debemos la vida. Ellos fueron el instrumento de Dios para concebirnos. Hoy celebramos el cumpleaños de nuestra madre del cielo, la Santísima Virgen María.
Como toda buena familia, la Iglesia se reúne para celebrar, festejar y agasajar a María. El evangelio del día nos presenta la genealogía de Jesús y el modo en que fue concebido. La fe es la virtud que destaca tanto en María como en su esposo San José. Cuántas veces en nuestra vida familiar se suceden acontecimientos que, humanamente, carecen de una explicación lógica.
Cuántas veces en nuestras vidas no vemos claro, nos falta luz. Y sin embargo, Dios está ahí, como estuvo hace dos mil años en la vida de la Sagrada Familia de Nazaret.
Celebrando el cumpleaños de la Virgen María, aprovechemos para renovar nuestra fe. Unámonos en familia en torno a ella y pidámosle que nos ayude a descubrir siempre la mano de Dios en nuestra vida. Que al igual que María y José, sepamos confiar en la Providencia buscando en todo servir y agradar a Dios.
Hoy celebramos la Natividad de la Virgen María. No sabemos en qué año, ni día o lugar nació, pero sí que vale la pena conmemorarlo. Estamos de fiesta porque la Virgen ocupa un lugar fundamental en nuestra fe y en la historia de nuestra salvación. Un aniversario es siempre recuerdo de lo que fue un día y hoy se mantiene. Guarda una relación muy especial entre el presente y la historia. En el caso de la Virgen María esto es especialmente verdad. Ella fue predestinada por Dios para ser la Madre de Jesús quien cambió totalmente el sentido de la historia. Gracias a Él empezó algo nuevo: se rehizo la amistad del hombre con Dios y se instauró el tiempo de la gracia.
El Evangelio de este día es un canto a la confianza en la Providencia divina. Así se nos muestra como todos los siglos anteriores a la Encarnación conducen a ese momento singular en que el Eterno iba a entrar en el tiempo. Por lo mismo tenemos la certeza de que desde entonces Dios sigue con nosotros.
Por otra parte el Evangelio nos invita a recibir a María en nuestra casa. Es lo que le dice el ángel a José: Que no tema recibir a María, su mujer, en casa. Y de ella nació el Mesías. Dios nos da a su Hijo a través de María. Sucedió en Belén hace dos mil años y sigue siendo verdad ahora. Decía san Luis María Grignon de Monfort que si Dios quiso venir al mundo por María también quiere reinar en nosotros a través de ella.
Hoy pues, celebramos su cumpleaños. Lo hacemos por ser Madre de Jesucristo, pero también Madre nuestra. El mejor regalo que podemos hacerle es también el mejor para nosotros. Consiste en ponernos a su servicio. Como el lema de Juan Pablo II “Todo tuyo”, que estaba inspirado en san Luis. Este mismo santo, apóstol de la esclavitud mariana, invitaba a ofrecerlo todo a Dios por medio de la Virgen. Ponía un ejemplo muy gráfico. Decía que cuando ofreces un regalo no sólo cuenta lo que das sino también el modo como lo presentas. Y él decía que si presentábamos nuestras ofrendas a Dios a través de su Madre, todo quedaba mucho más dignificado. Era como añadir un envoltorio de lujo a un regalo minúsculo. Por eso cuando nosotros hoy, y cada día, nos ofrecemos a María, de hecho lo que hacemos no es solo honrarla como Madre e intercesora, sino también obtener los beneficios de su protección maternal.
Moral y Ética IX
Algunas bases fundamentales del sentimiento ético
Reflexión serena y razonable acerca de una ética abandonada y maltratada hoy
La ética parte del reconocimiento - generalmente implícito, pero no por ello menos real - de que todos tenemos y cada uno "tiene sus límites". Límites en cuanto a la realización de los deseos y/o la fijación de metas u objetivos y/o a los medios para alcanzarlos.
También parte del reconocimiento de que todos y cada uno se debe a los demás, no sólo y no tanto porque tengamos la propiedad genérica de ser seres sociales (necesitar de los otros, etc.); sino sobre todo porque los otros forman parte de nuestro ser íntimo, en una multitud de aspectos. Es decir que estamos constituidos por una propiedad social específica: la de tener a los demás en nosotros mismos.
Para hacerlo tangible - aunque no es lo único - podemos ejemplificar esto con el lenguaje con el que pensamos y expresamos nuestras ideas y sentimientos: siendo una construcción histórico-colectiva la hacemos nuestra a través del aprendizaje primero, y luego de nuestro estilo o forma de emplearla - olvidando casi siempre que en su casi totalidad (salvo las pequeñas variaciones que le introducimos) - el lenguaje es un legado de los otros, que así "están en mí", incluyendo generaciones y generaciones que ya no están entre nosotros.
Estas dos bases: la del reconocimiento de límites y la del reconocimiento de "los demás en mí", fundamentan el sentimiento ético, aunque no una Ética propiamente dicha.
¿Por qué? Pues porque estos dos fundamentos no bastan por sí solos para definir los principios a los cuales ajustar nuestra conducta.
Aquí es donde descubrimos una tercera base: la del espacio de libertad de la que gozamos para definir qué entendemos y dónde ponemos nuestros límites; así como también a quiénes consideramos y a quiénes excluimos como "los demás en mí".
Por ejemplo, desde el pensador que en actitud filosófica define que "nada de lo que es humano me es extraño"; hasta el integrante de una secta o de un grupo mafioso que cree que solo se debe a los que pertenecen a su círculo estrecho, hay una enorme gama de posibilidades para el ejercicio de nuestra libertad.
A través de ella constituimos nuestra individualidad como seres diferentes y únicos. Pero notemos que se trata de un espacio de libertad para elegir nuestra forma de ser, pero también para elegir los límites y para comprender lo humano y a nosotros mismos, de modo que definamos a quienes aceptamos como prójimos, o sea a quienes encarnaremos - con acierto o equivocadamente - como "los demás en mí".
Es decir que, a través de nuestra libertad, somos seres autónomos - y responsables en la misma medida - pero no independientes, o sea, no arbitrariamente libres (como lo postulan los "principios" antiéticos posmodernos).
Esto significa que tenemos la libertad de fijar los límites, pero no de no tener ninguno. Tenemos también la libertad de decidir a quiénes consideramos nuestros prójimos, pero no la de no tener ninguno (como lo postula - hipócritamente cubierto bajo el manto "racionalista" de la competitividad - el individualismo egocéntrico actualmente de moda).
Y la razón de esto es obvia: si los demás están en mí - me guste ello o no - actuar sin que se importen nada los demás implica la destrucción de la base de mi propio ser. Ni siquiera esta razón perfectamente egoísta parecen considerar ni querer ver los partidarios actuales del individualismo extremo.
Hasta aquí, sin embargo, nos falta responder a la pregunta sobre el cómo: ¿Cómo definir específicamente los principios éticos que regirán nuestra conducta?
Aquí es donde viene la religión en nuestro auxilio. Porque en cuanto católicos, asumimos una cuarta base de la ética (que no significa un cuarto lugar en importancia): la de nuestra relación con Lo Absoluto, es decir, con Dios.
Fijémonos, sin embargo, que hay una razón para ubicar recién aquí el mandato divino: Dios se hace presente, a través de Moisés y las Tablas de la Ley, mucho después de que el hombre poblara la Tierra. Y lo hace cuando ve extraviados a los hombres, incapaces de fijar por sí mismos los principios éticos de su conducta.
¿Qué es lo que se opone a ello? ¿Cuáles son las barreras que impiden a los seres humanos - pese a toda la libertad de que disponen - definir por sí mismos sus reglas de comportamiento?
La lista es larga y explicarla nos llevaría mucho más lejos de lo que este artículo permite. Por eso sólo enunciaremos algunas, y solo de paso:
- que el deseo en el hombre, centrada su atención solo en lo terrenal, es insaciable (y por ende, ilimitado);
- que entre esos deseos, el del Poder, o sea, el de usar a los demás para la realización de los propios fines egoístas - al mismo tiempo que imponer límites a la libertad ajena - también lo es;
- que hay una etapa en la vida: la adolescencia, en la que "descubrimos" (sentimos) nuestro espacio de libertad - primero azorados y luego gozosos - y al hacerlo, caemos en el espejismo de la omnipotencia, que consiste básicamente en que, situados en el centro de nosotros mismos (egocentrismo) por un tiempo "no vemos" los límites, ni percibimos a "los demás en mí";
- que en muchos adultos - y cada vez más, hoy en día - esa etapa adolescente parece prolongarse toda la vida. Ya sea sin advertirlo, o bien pervirtiendo su sentido natural de etapa pasajera, al absolutizar esa fase de la existencia caemos en la soberbia pueril, en la vanidad, en la ligereza (el "hombre light"), en el egoísmo destructivo, incluso de sí mismo;
- que, por otra parte, no todos los seres humanos están dotados de la capacidad de observarse y conocerse a sí mismos. Hay quienes solo parecen tener ojos para ver - y entendimiento para comprender - lo que está fuera de ellos mismos. A este sector de los humanos se suman aquellos que, aún auto-observándose, no son capaces de conceptualizar lo que perciben en su interior.
Para levantar estas y otras barreras de nuestros limitados entendimiento y voluntad está la religión, que ayudándonos a definir los principios éticos (los Mandamientos, los pecados capitales, el contenido de las encíclicas) nos actualizan el sentimiento ético que, pese a todas las trabas - es consustancial a la naturaleza humana y es lo único que nos permite vivir en paz con nosotros mismos, hace posible la vida en sociedad y hace posible nuestro encuentro con Dios
Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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llevaron las barcas a tierra, lo dejaron todo y lo siguieron
1 Corintios 3,18-23
18 Nadie se engañe a sí mismo. Si alguno entre vosotros piensa que es sabio según la sabiduría de este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio. 19 Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como dice la Escritura: Atrapa a los sabios en su astucia. 20 Y además: El Señor conoce cuán vanos son los pensamientos de los sabios. 21 Por tanto, que nadie presuma de los que son sólo hombres, pues todo es para vosotros:22 Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, el presente y el futuro, todo es vuestro; 23 vosotros, de Cristo, y Cristo, de Dios.
Salmo 23,1-6
1 Salmo de David
Del Señor es la tierra y lo que en ella hay,
el universo y los que en él habitan;
2 porque él echó sus cimientos
y la asentó sobre los mares y ríos.
3 ¿Quién podrá subir al monte del Señor?,
¿quién podrá estar en su recinto santo?
4 El hombre de manos inocentes y limpio corazón,
que no entrega su alma a la mentira
y nunca jura en falso.
5 Ése recibirá la bendición del Señor,
y Dios, su salvador, le hará justicia.
6 Tal es la raza de los que lo buscan,
los que buscan el rostro del Dios de Jacob.
Lucas 5,1-11
1 Mientras la gente se agolpaba en torno a él para oír la palabra de Dios, él estaba junto al lago de Genesaret 2 y vio dos barcas situadas al borde del lago. Los pescadores habían bajado a tierra y estaban lavando las redes. 3 Subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la separase un poco de la tierra. Se sentó en ella, y enseñaba a la gente desde la barca. 4 Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro y echad vuestras redes para la pesca». 5 Simón le respondió: «Maestro, hemos estado trabajando toda la noche y no hemos pescado nada, pero ya que tú lo dices, echaremos las redes». 6 Así lo hicieron, y pescaron tan gran cantidad de peces que casi se rompían las redes. 7 Hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Ellos acudieron, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían. 8 Al ver esto Simón Pedro, cayó a los pies de Jesús, diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador». 9 Y es que tanto él como sus compañeros habían quedado pasmados ante la pesca realizada; 10 y lo mismo Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No tengas miedo; desde ahora serás pescador de hombres». 11 Ellos llevaron las barcas a tierra, lo dejaron todo y lo siguieron.
Es sorprendente la suavidad con que Cristo va guiando a sus amigos hacia la conversión. En este pasaje, se nos cuenta cómo logró conquistar a Pedro.
El apóstol San Pedro, antes de conocer al Señor, era Simón el pescador. Un hombre recio, acostumbrado a la dura tarea de la pesca. Seguramente era uno de los más importantes del negocio y uno de los más respetados, debido a su carácter fuerte. Jesús se acercó a él, se subió a una de las barcas y le pidió que se alejara un poco para poder predicar a la muchedumbre. Pedro estaba pendiente del timón y de los remos, quizás sin escuchar las palabras del Señor.
Pero luego, Jesús le miró y le dijo que fuera mar adentro, a pescar. Simón se extrañó. ¿Pero cómo? ¿No sabe éste que yo soy un profesional? Si no he pescado nada durante la noche, ¿cómo voy a hacerlo a pleno día? Sin embargo, le dijo: Lo haré porque tú me lo pides.
Jesús esperaba estas palabras, esperaba un poco de humildad por parte de Pedro, el impetuoso. Fue entonces cuando se obró el milagro. “Y pescaron gran cantidad de peces”. Al ver lo sucedido, Pedro se olvidó de la pesca y cayó de rodillas ante Jesús.
El Señor sabía muy bien cómo ganárselo, con amabilidad, sin recriminaciones. Y luego le dijo: “No temas, desde ahora serás pescador de hombres”.
Santa Regina
Los niños piden a los mayores que les cuenten un cuento a la hora de dormir. La condescendencia de los que les quieren, procurando su bien dormir, les lleva a ilustrar su imaginación con historias que unas veces son sólo producto del genio humano y otras... adornan la verdad de hechos ocurridos en la ordinariez de la vida con amplificaciones que hacen fantástica, amable y hasta apasionante la historia real.
No sé si la historia de Regina servirá para rellenar esos momentos previos al descanso nocturno de los pequeños, pero no me cabe duda de que sí servirán a los adultos para que detengamos un momento nuestro ardoroso caminar.
Regina es palabra latina que se vierte al castellano por Reina. Así se llamaba nuestra protagonista de hoy. Fue una francesita hija de padre romano y de madre gala. Era el tiempo del Imperio. Cuando tenía quince años conoció a Cristo y le entregó su corazón, se bautizó y decidió darle para siempre su virginidad.
Es hermosa en demasía. El prefecto romano se enamoró de ella al verla. En su presencia, Regina confiesa su fe.
Desde este momento comienzan las dificultades para la fidelidad. Fue puesta en la cárcel y con una amenaza: al regreso del prefecto, que necesariamente ha de ausentarse, ella debe haber cambiado de religión o conocerá el furor romano.
Sucede a la vuelta del personaje lo previsible con la gracia de Dios. Ella se niega a sacrificar a los ídolos, llegan las torturas, los hierros arañan y cortan su carne. También hay prodigios del Cielo: se producen terremotos, se oyen voces celestiales... hasta una paloma se acerca para consolarla, darle ánimos y curarla.
El ejemplo es tan llamativo que la gente se convierte a centenares. Por fin, es degollada.
La candidez de la historia narrada, pletórica de elementos hiperbólicos y de adornos donados por la fantasía, expone un drama común y diario de mucha gente que bien merece la atención y el mimo del poeta, me refiero a todos esos que están dispuestos en serio a dar la vida por la fe que tienen y, llegado el momento, darla.
Moral y Ética VIII
El Acto Moral
Los actos que realizamos es el modo en que nos movemos respecto del fin de nuestra vida. Cada acto que realizamos nos acerca o nos aleja de ese Fin que es, en definitiva, Dios. Por eso cuando el joven rico pregunta a Cristo: Maestro ¿qué he de hacer para conseguir la vida eterna? (Mt 19,16), Nuestro Señor le responde indicándole qué actos son los que le encaminan hacia la misma.
“ALos actos humanos... expresan y deciden la bondad o malicia del hombre mismo que realiza esos actos. Estos no producen sólo un cambio en el estado de cosas externas al hombre, sino que, en cuanto decisiones deliberadas, califican moralmente a la persona misma que los realiza y determinan su profunda fisonomía espiritual” (Veritatis splendor [VS] 71).
Usando palabras de San Gregorio Niseno: “nosotros somos en cierto modo nuestros mismos progenitores, creándonos como queremos y, con nuestra elección, dándonos la forma que queremos”[1].
Ahora bien, actos podemos hacer muchos y muy diversos entre sí. Es evidente que no todos nos conducen hacia el mismo puerto. La persona humana puede obrar bien o mal, y “sólo el acto conforme al bien puede ser camino que conduce a la vida” (VS 72).
De ahí que uno de los problemas cruciales para la moral sea el determinar con exactitud de qué depende la cualificación moral de los actos libres del hombre, es decir, cómo nos aseguramos que nuestros actos sean tales que conduzcan a Dios, a la vida. Este tema en moral recibe la denominación de las “fuentes de la moralidad”.
Respecto de esto se presentan en la moral dos teorías contrapuestas: una falsa y otra verdadera. Una apoyada en la Revelación, en la filosofía realista, en la experiencia psicológica; otra apoyada en la filosofía moderna, en el agnosticismo, en el relativismo, en el utilitarismo y en el materialismo. Gran parte de los estudios morales que circulan en Instituciones católicas profesa esta segunda.
1. El teleologismo o consecuencialismo
Esta teoría a la que he hecho mención recibe varios nombres, según los matices que presenta. Se la llama “moral de los fines”, teleologismo, consecuencialismo, proporcionalismo. La expresión más crasa es la del teoleologismo o consecuencialismo, que parte de nada es en sí bueno o malo, y por tanto, la bondad de una acción depende únicamente de su fin o de sus consecuencias previsibles y calculables. El proporcionalismo es semejante pero busca suavizar esta teoría afirmando que el bien o el mal de una acción depende de la proporción entre bienes y males que son consecuencia de una acción; es decir, depende de un cálculo técnico.
Estos autores distinguen en las acciones humanas un doble nivel:
1º Un nivel propiamente moral que consiste en la relación que nuestros actos tienen con los valores propiamente morales, los cuales son el amor de Dios, la benevolencia hacia el prójimo, la justicia, etc.). La bondad de esta dimensión es garantizada por la intención. Es decir, nuestros actos serán buenos o malos fundamentalmente por la intención de nuestra voluntad respecto de estos valores. Y esto será lo que decidirá en última instancia que nuestros actos sean buenos o malos.
2º Un nivel u orden que llaman pre-moral, no-moral, físico u óntico (varía según las distintas terminologías adoptadas por los diversos autores). Para estos autores en nuestro mundo y en nuestras acciones el bien está mezclado con el mal, y cualquier acto que realizamos está relacionado necesariamente con efectos buenos y efectos malos. Esta dimensión puede ser “recta o equivocada” según que en la proporción entre bienes y males prevalezcan los bienes sobre los males. Sin embargo, esto no afecta a la bondad o malicia de la acción (lo cual pertenece a la dimensión anterior).
Los principios principales de esta teoría son los siguientes[2]:
1º No hay acciones que en sí mismas sean buenas o malas. Dice Fuchs: “En teoría, parece que tal universalización no es posible. Una acción sólo es moral al considerar las ‘circunstancias’ y la ‘intención’, y eso presupondría que se pueden prever adecuadamente todas las combinaciones posibles de circunstancias e intenciones, lo que, a priori, no es posible. Además, la opinión contraria no tiene en cuenta, para una comparación objetiva de la moralidad, el significado de: a) la experiencia práctica, b) las diferencias de civilización, c) la historicidad humana”[3]. Además, porque todo bien finito puede competir (y de hecho compite) con otro bien finito, ya que ambos tienen aspectos buenos y aspectos malos (por ser finitos) y consecuencias buenas y consecuencias malas. De ahí que, por ejemplo, L. Janssens, afirme que “en nuestra actividad concreta siempre hay presente mal óntico”. Querer evitarlo es simplemente una utopía. El planteamiento moral verdadero debe apuntar pues a preguntarse cuándo y en qué medida estamos justificados para causar o permitir el mal óntico[4].
2º No puede juzgarse ninguna acción independientemente de la intención del que obra. Así, por ejemplo, Fuchs: “El juicio moral de una acción no puede anticiparse a la intención del agente... Una acción no puede ser juzgada moralmente en su materialidad (matar, herir o ir a la luna), sin referencia a la intención del agente; porque sin ésta última no se trata de una acción humana, y solamente podemos hablar en un verdadero sentido de bien o de mal refiriéndonos a las acciones humanas”[5].
3º Otros insistirán más bien en que no puede juzgarse la moralidad de ninguna acción sino por sus consecuencias previsibles. Lo dice explícitamente Böckle: “Las acciones concretas en la esfera interhumana deben ser juzgadas solamente en vistas de sus consecuencias, es decir, teoleológicamente. Esto significa que en la esfera de las acciones morales no puede haber ninguna que sea siempre moralmente buena o mala, al margen de sus consecuencias”[6].
4º La elección de una acción concreta debe hacerse a la luz de la proporción entre bienes y males que procure. La que prevea que procurará más bienes y menos males, o los bienes más grandes, o que realice de modo más pleno aquí y ahora el fin intentado (y esto según la consideración “responsable”, pero subjetiva del sujeto) será la elección recta.
5º Cualquier acto puede llegar a ser bueno si encuentra consecuencias buenas que pueda justificarlo. Si actualmente hay cosas a las que no encontramos justificativo (como genocidios en masa...), esto no significa que sean en sí mismas malas, sino desproporcionadas por el momento. Por eso, no puede ya decirse que “no puede hacerse nunca el mal” o que “el fin no justifica los medios”. Por el contrario, Fuchs afirma: “si se trata de un mal a nivel premoral, la realización de un bien puede justificarlo. El mal hecho no es moralmente malo al margen de la intención ni es un acto aislado, sino un elemento de una acción única”[7]. O Knauer: “se debe admitir un mal si es la única manera de no contradecir el máximo de valor que se le opone”[8].
6º Pero como las consecuencias de cada acto no terminan con ese acto sino que acarrean consecuencias de allí en más hasta el fin de la historia, entonces (y lo dicen algunos de ellos) mientras la historia no termine no podremos juzgar del valor ético de cada acción. Esto es el agnosticismo ético y el nihilismo moral.
2. La doctrina clásica
Nuestras acciones son realidades complejas en las que intervienen diversos elementos: se conjugan ciertas realidades que son hechas con la intención de alcanzar otras y todo esto en medio de determinadas coordenadas espacio-temporales. Vamos a un ejemplo: una persona da limosna a un pobre con el fin de atraerse su voluntad y corromperlo en el futuro, y todo esto sucede dentro de un templo. Aquí tenemos tres elementos:
1º La acción que realiza esa determinada persona: dar limosna. Esto es lo que doctrina clásica ha llamado el objeto del acto.
2º El fin por el que la realiza: ganarse su voluntad para corromperlo. A esto la doctrina clásica designaba como fin del acto.
3º Ciertas coordenadas en las que la acción se ubica y que de algún modo influyen sobre ella: el realizar esta acción en un lugar consagrado a Dios. Lo cual recibe el nombre de circunstancias del acto.
La teología clásica afirma que para juzgar de la bondad o malicia de una acción, se debe tomar en cuenta los tres elementos juntamente: el objeto, el fin y las circunstancias. Sólo de la bondad de los tres (esencialmente del objeto y del fin; accidentalmente de las circunstancias) se deriva la bondad de la acción completa.
a) El fin del acto. Para que una acción sea buena se requiere que esté rectamente orientada. El fin de la acción es lo que generalmente denominamos la “intención” del acto. Podemos identificarla en nuestros actos preguntándonos por el “¿para qué realizamos cuanto estamos realizando?”.
La intención es un elemento fundamental en la calificación moral del acto hasta el punto tal que, en gran parte de los casos, según sea el fin (bueno o malo) tal será la cualificación moral de toda la acción. Es más, hemos de decir que tiene tal importancia en la vida moral, que de la determinación objetiva del Fin Ultimo, cada hombre recibirá una impronta o información de todos los actos de su vida: “aquello en lo que uno descansa como en su fin último, domina el afecto del hombre, porque de ello toma las reglas para toda su vida”[9].
Nuestro Señor ha afirmado que las cosas que salen del corazón del hombre, esas son las que le manchan (Mc 7,20). Y por eso David pedía la rectitud de la intención: Crea en mí un corazón puro, oh Dios, y renueva en mis entrañas la rectitud del espíritu (Sal. 50, 12). En el Evangelio de San Mateo Nuestro Señor hace derivar de la disposición interior la moralidad de la persona humana: Si tu ojo es bueno, todo el cuerpo está iluminado (Mt 6,22). Santo Tomás comenta estas palabras diciendo: “Por ojo se entiende la intención. Porque todo el que quiere obrar, algo intenta: de modo que si tu intención es lúcida, es decir, dirigida a Dios, todo tu cuerpo –o sea tus actuaciones– serán lúcidas. Y así ocurre a quienes de verdad son buenos”[10]. La Sagrada Escritura hace constantes referencias a las intenciones humanas como fuente de la moralidad del sujeto que actúa:
–Ex 10,10: a la vista están vuestras malas intenciones.
–Prov 12,5: Las intenciones de los justos son equidad, los planes de los malos, son engaño.
–Prov 21,27: El sacrificio de los malos es abominable, sobre todo si se ofrece con mala intención.
–Prov 22,9: El de buena intención será bendito, porque da de su pan al débil.
–Prov 23,6: No comas pan con hombre de malas intenciones, ni desees sus manjares.
–Prov 28,22: El hombre de malas intenciones corre tras la riqueza, sin saber que lo que le viene es la indigencia.
–Fil 1,15: Es cierto que algunos predican a Cristo por envidia y rivalidad; mas hay también otros que lo hacen con buena intención.
b) El objeto del acto. En la complejidad de nuestro obrar podemos identificar el objeto preguntándonos “¿qué es lo que se hace?”; en el ejemplo que pusimos más arriba: el dar limosna. “La moralidad del acto humano depende sobre todo y fundamentalmente del objeto elegido racionalmente por la voluntad deliberada” (VS 78). Por objeto del acto la moral entiende la esencia o naturaleza misma de aquella acción que es elegida con vistas a alcanzar el fin del acto.
El Catecismo lo describe como “la materia de un acto humano” (nº 1751). La Encíclica precisa que “el objeto del acto del querer es un comportamiento elegido libremente” (VS 78). No es nunca una cosa sino algún comportamiento concreto (robar, mentir, dar la vida, sacrificarse). Y también: “el objeto es el fin próximo de una elección deliberada que determina el acto del querer de la persona que actúa” (ibid).
Ahora bien, en la medida en que algo de esos determinados comportamientos “es conforme con el orden de la razón, es causa de la bondad de la voluntad, nos perfecciona moralmente y dispone a reconocer nuestro fin último en el bien perfecto” (VS 78).
Teniendo en cuenta el objeto del acto, es decir, el comportamiento que elegido libremente por nuestras acciones, hay que decir, que ciertos comportamientos son en sí mismos malos, otros en sí mismos buenos, otros, finalmente, en sí mismos indiferentes. ¿Qué es lo que hace que tales comportamientos sean en sí buenos, malos o indiferentes? Su relación con el bien verdadero del hombre y, consecuentemente, su ordenabilidad al Fin Ultimo de la vida humana.
Es ésta una realidad atestiguada por la Sagrada Escritura, la cual menciona a menudo obras que en sí son malas, o sea que quien tiende a ellas tiene como objeto moral de su acto una desconformidad con la regla que le presenta su razón, aunque en concreto tienda a este acto por cierto aspecto de bien sensible, físico, aparente, que ve en ello (la voluntad nunca quiere el mal en cuanto mal). Tales “obras”, son definidas como obras “de la carne”, que “excluyen del Reino de los Cielos”: adulterio, fornicación, deshonestidad, lujuria, culto a los ídolos, herejías, envidias, homicidios, embriaguez, glotonería y cosas semejantes (Cf. Gal 5,19-20; 1 Cor 6,9-10; Rom 1,28-31). Otras en cambio son en sí buenas, son frutos del Espíritu Santo, que manifiestan nuestra filiación divina (cf. Rom 12,9-21; Gal 5,22-23). Las referencias a juicio de moralidad basados exclusivamente en las obras mismas son innumerables:
–Jer 23,2: Mirad que voy a pasaros revista por vuestras malas obras.
–Zac 1,4: ¡Volveos de vuestros malos caminos y de vuestras malas obras!.
–Jn 3,19: los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.
–Jn 7,7: doy testimonio de que sus obras son perversas.
–Col 1,21: vosotros... en otro tiempo fuisteis extraños y enemigos, por vuestros pensamientos y malas obras.
–2 Tim 4,18: El Señor me librará de toda obra mala y me salvará guardándome para su Reino celestial.
–1 Jn 3,12: No como Caín, que, siendo del Maligno, mató a su hermano. Y ¿por qué le mató? Porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran justas.
¿Dónde puede el hombre captar la bondad o la malicia intrínseca de tales comportamientos? La razón aprehende la bondad o la maldad de estos comportamientos observando el ser del hombre en su verdad integral: es decir, que el hombre es alma y cuerpo, con inclinaciones a la conservación de su ser, a la conservación de la especie, a la vida en familia, en sociedad, a la verdad, a Dios; y todo esto ordenado jerárquicamente, primando lo espiritual sobre lo material, etc. Esto es, la ley natural. En la medida en que tal o cual comportamiento expresa y realiza ese bien del hombre (bien real y en su jerarquía auténtica) es intrínsecamente bueno; en la medida en que lo contradiga, es intrínsecamente malo.
Como afirma el Santo Padre, algunos “contradicen radicalmente el bien de la persona... Son actos que en la tradición moral de la Iglesia, han sido denominados «intrínsecamente malos»...: lo son siempre y por sí mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las ulteriores intenciones de quien actúa y de las circunstancias” (VS 80).
c) Las circunstancias del acto. Finalmente para que una acción concreta sea buena, debe realizarse siempre, teniendo en cuenta las circunstancias: el tiempo debido, el lugar adecuado, la persona que corresponde, etc. No me detengo en esto porque no es tan complicado; recordemos simplemente que no sólo hay que hacer el bien, sino que hay que hacerlo bien.
Teniendo esto en cuenta, para que una acción sea buena, ha de partirse de la bondad del objeto, de la rectitud de intención y de las circunstancias debidas. La malicia de cualquiera de éstas vicia y corrompe la totalidad de la acción y nos hace no ya artífices de nuestra perfección, sino de nuestra condenación.
[1] San Gregorio Nisseno, De vita Moysis, II, 3; cit. VS 71
[2] Cf. J.Seifert, Rev. Anthropos 1, 59-60.
[3] The absoluteness of Moral Terms, Rev. Gregorianum, 52 (1971), p. 449.
[4] Cf. LOUIS JANSSENS, Ontic Evil and Moral Evil, Rev. Louvain Studies, 1972, 115-156; Ibid, Considerations on Humanae Vitae, Rev. Louvain Studies, 1969, 321-353.
[5] J. Fuchs, Personal Responsability and Christian Morality, GeorgetownUniversity Press, Washington, DC, Gill and Macmillan, Dublin 1983; p. 137.
[6] F.Böckle, Rev. Concilium, 1976, cit. por Seifert, p. 63.
[7] Personal Responsability..., op. cit., p. 446.
[8] PETER KNAUER, La détermination du bien et du mal moral par le principe de double effet, Rev. NRTh, 87 (1965), p. 371.
[9] Santo Tomás, I-II,1,5.
[10] In Matth., VI, lec. 5.
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Al amanecer se fue a un lugar solitario, y la gente andaba buscándolo
1 Corintios 3,1-9
1 Hermanos, yo no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. 2 Os di a beber leche, no alimento sólido, porque no lo podíais soportar; ni podéis todavía, 3 pues aún sois carnales. Desde el momento que hay envidias y discordias entre vosotros, ¿no es porque aún sois carnales y vivís a lo humano? 4 Porque cuando uno dice: «Yo soy de Pablo», y otro: «Yo de Apolo», ¿no procedéis de una manera puramente humana? 5 Pues ¿qué es Apolo y qué es Pablo? Simples servidores, por medio de los cuales habéis abrazado la fe, según la medida que Dios ha repartido a cada uno. 6 Yo planté y Apolo regó, pero quien hizo crecer fue Dios. 7 Nada son ni el que planta ni el que riega, sino Dios, que hace crecer. 8 El que planta y el que riega son lo mismo, y cada uno recibirá la recompensa según su trabajo. 9 Nosotros somos colaboradores de Dios; vosotros, labrantío de Dios, edificio de Dios.
Salmo 32,12-15.20-21
12 Dichosa la nación que tiene al Señor por Dios,
el pueblo que él se escogió por heredad.
13 El Señor se asoma desde el cielo
y contempla a todos los humanos;
14 desde el lugar de su morada observa a todos los
habitantes de la tierra;
15 él formó el corazón de cada uno
y vigila todo lo que hacen.
20 Nosotros esperamos al Señor,
él es nuestro auxilio y nuestro escudo;
21 en él se goza nuestro corazón,
en su nombre santo confiamos.
Lucas 4,38-44
38 Salió de la sinagoga y fue a casa de Simón. La suegra de éste se encontraba enferma con fiebre muy alta, y le pidieron que la curara. 39 Él se inclinó sobre ella, ordenó a la fiebre, y la fiebre la dejó. Ella se levantó inmediatamente y se puso a atenderle. 40 A la puesta del sol, todos los que tenían enfermos de cualquier dolencia se los llevaron; Jesús imponía las manos sobre cada uno de ellos y los curaba. 41 De muchos salían también los demonios, gritando: «Tú eres el hijo de Dios». Pero los reprendía y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el mesías. 42 Al amanecer se fue a un lugar solitario, y la gente andaba buscándolo. Lo encontraron y trataron de que no se alejara de ellos. 43 Pero él les dijo: «Debo anunciar también el reino de Dios a las demás ciudades, porque para esto he sido enviado». 44 E iba predicando por las sinagogas de Judea.
Es admirable el trabajo de los médicos. Nunca tienen un rato de descanso, porque allí donde van, aunque sea a una fiesta, todo el mundo se acerca para hablarles de sus padecimientos y enfermedades.
Así me imagino también a Jesús. No había llegado todavía a casa de su amigo Pedro cuando ya le piden un milagro. Y por la tarde vinieron a suplicarle que sanara a otros enfermos. Y al salir el sol le seguían buscando incluso en el desierto.
¡Qué grande es el Corazón de Cristo! Qué paciente, las veinticuatro horas del día, sin pedir nada a cambio. La Palabra ablanda cualquier corazón, aunque sea más duro que las piedras.. Le apasionaba su misión. Sabía que tenía que aprovechar los tres años de vida pública y no se permitió ni un momento de reposo.
Esto nos enseña a tomarnos en serio nuestra vida. El tiempo que Dios nos ha concedido no puede tirarse a la basura con entretenimientos estériles. Hay mucho que hacer, y algún día nos pedirán cuentas de lo que hayamos hecho. Seguro que tienes varias tareas pendientes que están esperando su momento. ¿Y cuando llegará? Quién sabe.
Es cuestión de organizarse bien, de tener el día programado para rendir al máximo, aun sacrificando el tiempo dedicado a la televisión. Debemos ser exigentes con el uso de las horas. No pueden desperdiciarse, porque nunca más volverán.
Primero es necesario establecer una jerarquía. ¿Qué es lo más importante para mí? No hay que descuidar el trabajo, ni la familia, ni los momentos para Dios, ni las actividades que enriquezcan a los que viven en la misma ciudad o país. Sepamos sacarle el jugo a la vida que Dios nos ha regalado.
San Eleuterio
Fue un santo abad del monasterio de San Marcos Evangelista en Espoleto. Debió ser un hombre de grandes y probadas virtudes por los relatos que se conocen de su vida a través del gran Papa Gregorio Magno que fue contemporáneo, conocido personal, amigo y hasta una de las personas que salió beneficiada del trato con el santo abad. De hecho, cuenta San Gregorio de su amigo que, un buen día y con una sola bendición, el abad Eleuterio consiguió curarlo de un vehemente deseo de ingerir alimentos que él sufría. Además, refiere el mismo Papa, su santidad era tan grande que hasta llegó a resucitar un muerto.
Pero lo que llama la atención al relator de la vida del santo es un acontecimiento que tiene valor de ejemplaridad y estímulo para los hombres que, llenos de dificultades, limitaciones y pecados, viven soportando sus faltas de virtud y sufriendo los propios fracasos. Por eso la figura de este santo es más cercana, al ser víctima de su propio desmoronamiento.
Unas monjas habían confiado al santo abad la custodia de un niño atormentado por el Diablo. Como pasaran varios días sin notarse fenómenos extraños, el abad comentó a sus monjes que Satanás tenía asustadas a las pobres monjas, pero que ahora estaba con miedo y por eso no se manifestaba.
Al punto, el mal espíritu se apoderó del niño y de inmediato comenzó a maltratarlo.
Eleuterio calló en la cuenta de que su expresión fue de soberbia y presunción. Lloró dolorido su pecado y pidió a los monjes oraciones y penitencias para que cesaran los embates del Demonio.
Una simple frase con un poco de vanidad hizo que Satanás se sintiese en terreno propio y se necesitase la oración y mortificación de todos para expulsarlo.
Moral y Ética VII
La ética perfecta de la libertad
La coherencia en la verdad siempre es difícil, pero posible.Para ser moralmente buenos, los actos humanos:
1)Tienen que tener como objeto cosas buenas, ordenadas u ordenables al fin último de la persona que es Dios;
2)Ser realizados no con simple "buena intención", sino con "intención buena", esto es, realmente ordenada, derechamente dirigida, al menos implícitamente, al último fin;
3)Que las circunstancias o ingredientes accidentales del acto humano no lo viciaran (unos gramitos de arsénico convierten en mortal una sabrosa y sanísima tarta helada).
Vimos cómo las circunstancias pueden hacer que una cosa buena se haga mejor, o que una cosa mala venga a ser peor; también, en ocasiones, atenúan la bondad o maldad de un acto. Sin embargo, no podrán hacer nunca que un objeto intrínsecamente malo (por ejemplo, matar a un inocente) se convierta en moralmente bueno. Dios quiere ante todo y siempre la intención recta; pero ésta no basta. El quiere además la obra buena (1). Por eso el Magisterio de la Iglesia ha condenado reiteradamente los errores de las éticas llamadas "de situación", según las cuales, las circunstancias justificarían acciones opuestas no sólo a las leyes evangélicas, sino también a la ley natural, universal y objetiva (que, como se sabe, ha sido también objeto de revelación divina en sus principios fundamentales).
Sin embargo, lejos de extinguirse, esos errores parecen difundirse más y más; quizá por doble motivo: el decaimiento de la fe, incluso en algunos teólogos católicos, y la expansión del ateísmo teórico o práctico. En consecuencia, el relativismo y pragmatismo éticos encuentran vía cada vez más ancha hasta desembocar en las formas extremas de "permisivismo" a ultranza.
La coherencia en la verdad siempre es difícil, pero posible. El error, en cambio, siempre crea paradojas y esquizofrenias, que resultarían cómicas de no estar en juego la felicidad temporal y eterna de las personas afectadas.
EL LABERINTO PERMISIVO
Se ha advertido con acierto que, en algunos países, en nombre de la libertad se ha despenalizado la droga; se ha invocado incluso un supuesto «estado superior» que alcanzaría el drogado, apto para concebir insospechadas creaciones artísticas o literarias de enorme valor para la humanidad. Después, se comprueba que casi ningún drogadicto «crea» nada; más bien se convierten en atracadores. Entonces se arguye la necesidad de «buenos» Centros de Rehabilitación que permitan recuperar para «el buen camino» a los adictos al estupefaciente (2).
La pregunta es inevitable: ¿cuál es el «buen camino»? El relativista, el pragmático, el materialista, el situacionista, no sabe responder: carece de una definición fundada de ""lo que es bueno". En el ámbito de la vida pública, «lo bueno» se suele confundir con los intereses de un grupo, de una clase, de un partido o de un gobierno. Así, por ejemplo, si consigue incrementar votos, se tiene por «bueno» la despenalización de la droga, del aborto, la eutanasia, o lo que sea. Como, en rigor, no se conoce lo que es en verdad el hombre --alma inmortal que anima un cuerpo-- se carece de un código moral previo a la acción. Para la acción, no disponen de otro criterio de verdad y bondad que la acción misma (la praxis, tema típicamente marxista). Como es lógico, lo normal es que yerren antes de acertar; y a menudo los errores son de tal categoría que la rectificación resulta muy penosa o punto menos que imposible.
No hemos de excluir a priori, de ese comportamiento, una vaga intención bondadosa de procurar que los ciudadanos pasen la vida «lo mejor posible». El problema es: ¿qué será «lo mejor» para el ciudadano, si no sé qué es «lo bueno» para él, puesto que tampoco sé qué y quién es el ciudadano? Quieren que las cosas funcionen «bien», pero sin estudiar qué es el hombre en su integralidad, cuál es su naturaleza, cuál es su origen y cuál es su fin último.
En tal coyuntura, las piruetas para conjugar el vicio con el orden son realmente circenses. Les parece bien, por ejemplo, que un hombre, en abuso de su libertad, se emborrache; pero les disgusta que, borracho, estrangule a su mujer o la del vecino. No se lamentarían de que haya drogadictos, con tal de que éstos se ganaran honradamente los enormes dineros que cuesta cada «ración». Es un modo de exaltar la libertad característico de una mal llevada adolescencia. Se quiere el acto malo por ser libre (y porque apetece), pero no se quieren las consecuencias naturales, inevitables del mal uso de la libertad. El mal absoluto sería la «represión» (palabra odiada, si las hay), pero tampoco les parecen buenas las consecuencias de las faltas de represión.
Algo habrá que reprimir, claro es, pero subrepticiamente, sin que se note, de modo vergonzante, con cierto rubor. Habrá que comprender, más aún, defender, que el hombre sea «un poco» ladrón, «un poco» asesino, «un poco» violador, tratando de evitar que lo sea «mucho», que vaya a alterar el orden de la vía pública.
En tales laberintos sin salida se atrampa el situacionismo, falto de un criterio objetivo de bondad, que permita discernir, al menos en las cuestiones fundamentales, el bien y el mal antes de la praxis.
La libertad que gritan es una libertad desmochada, amputada, mutilada por lo alto y por la base; disminuida, reducida a «posibilidad-de-hacer-sin-trabas-lo-que-me-venga-en-gana», excluyendo lo exclusivo de la libertad propiamente humana, la libertad de ser, de poder llegar a ser lo que se debe ser: dueño y señor de sí mismo y de la propia situación, con aptitud de disponer de sí mismo en orden a la consecución de lo que confiere a la vida en el mundo, su verdadero y gozoso sentido: lo que está más allá de este mundo, de este tiempo, de este espacio, de esta situación, es decir, la Suma Verdad, Bondad infinita, Amor supremo, Dios.
LIBERTAD CONDICIONADA
Acierta la «ética de situación» al afirmar que la libertad se halla condicionada por la circunstancia. Yerra en cambio cuando piensa que la situación es más fuerte que la libertad; que la persona debe ceder a la situación la primacía sobre las leyes universales del orden moral, como si el hombre, en ocasiones, «no tuviera más remedio» que saltarse esas leyes, que no pudiera confesar su fe y ser consecuente en la conducta, que no pudiera ser siempre casto, o fiel al cónyuge, u obediente al Magisterio de la Iglesia.
A mi juicio, el que así piensa ostenta una grave ignorancia sobre su propia libertad. No ha percibido la fuerza impresionante de ese tesoro, don de Dios --participación en el poder y señorío divinos-- que podemos llamar libertad interior y profunda, personal
LA FUERZA IMPRESIONANTE DE LA LIBERTAD
Como enseña Juan Pablo II, un «hombre puede estar condicionado, apremiado, empujado por no pocos ni leves factores externos; así como puede estar sujeto también a tendencias, taras y costumbres unidas a su condición personal. En no pocos casos dichos factores externos e internos pueden atenuar, en mayor o menor grado, su libertad y, por lo tanto, su responsabilidad y culpabilidad. Pero es una verdad de fe, confirmada también por nuestra experiencia y razón, que la persona humana es libre. No se puede ignorar esta verdad con el fin de descargar en realidades externas --las estructuras, los sistemas, los demás-- el pecado de los individuos. Después de todo, esto supondría eliminar la dignidad y la libertad de la persona, que se revelan --aunque sea de modo tan negativo y desastroso-- también en esta responsabilidad por el pecado cometido. Y así, en cada hombre no existe nada tan personal e intransferible como el mérito de la virtud o la responsabilidad de la culpa» (Ex. Ap. Reconciliación y Penitencia, 2-X11-1984, n. 16).
Un ilustre científico afirmaba hace poco: «Estoy convencido de que incluso dentro del ser manipulado hay suficiente remanente de este factor llamado libertad que existe en la conducta humana. Mientras se da un estado de conciencia es muy difícil asegurar que está anulada la libertad. Incluso cuando está muy disminuida o casi anulada, siempre hay suficiente remanente de libertad y de responsabilidad para amar a Dios, que es el principio de la santidad. Por eso estoy seguro que tanto un depresivo como un neurótico pueden aspirar a ser santos, a pesar de su neurosis o depresión». De otra parte, «por lo que se refiere a la libertad interna, a lo que uno quiere dentro de sí mismo, pienso que es casi imposible que el dolor llegue a anular completamente la libertad de un individuo, aunque puede afectar mucho su personalidad: cuando se trata, sobre todo, de dolores crónicos puede llegar incluso a un cambio de personalidad, pero sin que esto signifique pérdida de la libertad» (3).
Se puede torturar y matar al hombre, pero no su libertad. Puede ser anulada su capacidad de decisión, con procedimientos psicológicos o farmacológicos, pero si conserva la conciencia de sí, permanece la aptitud de trascender la situación y darle un sentido, cara a lo eterno.
EL HOMBRE, MAS GRANDE QUE EL UNIVERSO
El mundo puede aplastar al hombre, pero --decía Pascal--, aún entonces el hombre lo trasciende, porque el hombre sabe que está siendo aplastado, mientras que el mundo lo ignora. Por eso incluso en situaciones degradantes, el hombre sigue siendo dueño de sus actos y puede optar por abandonarse a la abyección o por afirmarse en su humanidad. Los campos de concentración --nazis y soviéticos-- lo han puesto de relieve muchas veces.
Los materialismos son incapaces de comprender esa libertad interior, profunda, de cada ser humano. Los más coherentes la han negado de modo explícito. Marx, por ejemplo, negaba la libertad al decir: «la libertad es la conciencia de la necesidad». Cierto que la conciencia de la necesidad es un signo de libertad. Cuando me siento coaccionado, sé que tengo libertad. Pero la libertad es más que conciencia, es capacidad de decidir sobre mis actos, al menos en cuanto a su sentido.
Con una mayor dosis de vigor intelectual (metafísico), Marx hubiera podido concluir, de sus propias palabras, una gran afirmación de libertad, porque si el hombre es «consciente de la necesidad» sólo puede ser porque no está enteramente inmerso en la necesidad: está en ella, pero también más allá de ella. El que está dormido no puede distinguir entre la realidad y el sueño; en cambio, el que está despierto juzga y distingue perfectamente entre lo real y lo soñado o ensoñado. Si el hombre estuviese del todo envuelto en la necesidad ni siquiera podría pensar en la libertad, como el que está dormido no puede pensar en la diferencia entre realidad y sueño. Si cae en la cuenta de estar apresado por alguna necesidad, sólo se explica porque no lo está totalmente, porque le queda un remanente muy importante de libertad con el cual puede simultáneamente estar en una situación y trascenderla; la puede mirar como desde arriba, desde fuera y, hasta cierto punto --pero punto muy importante-- dominarla y darle un sentido. Así, el hombre puede, por ejemplo, sentir una pasión fortísima que le impele a matar, a robar, a adulterar, etc. Pero si conserva su conciencia de sí, es capaz de resistir el impulso, negarse a cometer el robo o el crimen, en una palabra, el pecado. Pensar que la situación o circunstancia --la pasión-- puede resultar más fuerte que la libertad, es la negación práctica de la libertad, de la trascendencia del hombre respecto al cosmos, de su dignidad radical. Es claro, pues, que la «ética de situación» es negadora de la libertad, al menos de la personal, interior y profunda.
Cuando se capta la propia libertad interior, se entiende que el hombre, estando en el mundo, situado y condicionado por el mundo, es más grande que el mundo entero. Comprende lo que decía Juan Pablo II en Segovia, con palabras de San Juan de la Cruz: «un sólo pensamiento del hombre vale más que todo el mundo» (4). Esta sabiduría brota de la percepción de la dimensión espiritual de la propia naturaleza -- esclarecida por un estudio metafísico de la persona --, y funda una conciencia profunda de la libertad profunda; una conciencia que aferra y asume, en virtud de la libertad, la propia libertad.
En ese entonces, marxismos, materialismos en general, éticas de situación, aparecen con toda su falsedad al desnudo. La vanidad de sus argumentaciones resulta obsoleta e irrisoria. Surge un verdadero sentido ético de la vida, fundado en el natural señorío para el que ha sido creado el ser humano. Se comprende en su pleno sentido lo que se lee en la Sagrada Escritura: «Dijo Dios: Hagamos el hombre a imagen nuestra, según nuestra semejanza, y dominen en los peces del mar, en las aves del cielo, en los ganados y en todas las alimañas, y en toda sierpe que serpea sobre la tierra» (5). Nace la formidable pasión por la libertad íntegra, ancha, profunda y trascendente, con nervio teleológico, es decir, con sentido de larguísimo alcance, con un por qué y para qué divinos. La libertad aparece en su justo valor, valor de medio magnífico para realizar valores aún más altos: la verdad, la bondad, la belleza, el amor, la justicia, en toda circunstancia, en cualquier situación, aunque para ello sea preciso empeñar la vida.
Los mártires han sido --y siguen siendo-- no sólo los grandes testigos de la fe, sino también los grandes testigos de la libertad, frente a todo situacionismo.
A LA LUZ DE LA FE
Para comprender lo dicho hasta aquí no es menester la luz de la fe, pero indudablemente la luz de la fe permite ver todas las cosas con mayor claridad y certeza. Si se consideran cada uno de los actos humanos en particular, toda persona puede y debe vencer el mal, cualquiera que sea su situación. Sin embargo, es teológicamente cierto que el hombre, en estado de naturaleza caída, sin la gracia divina actual, no puede moralmente cumplir durante largo tiempo toda la ley natural (6). El Concilio Vaticano II constata que «el hombre se siente incapaz de domeñar con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse aherrojado entre cadenas» (7). Sucede que el libre albedrío «está viciado en todos» (8); «quien comete pecado es siervo del pecado» (9), y «quien comete pecado es del demonio» (10).
Tales afirmaciones parecen remitirnos de nuevo a alguna ética de la impotencia, ética de situación que nos consuele ante la imposibilidad de obrar el bien por largo tiempo, diciéndonos que si en algunas situaciones no podemos hacer otra cosa que pecar, Dios no nos lo tendrá en cuenta. Lutero incluso nos diría: pecca fortiter!, pecad mucho, sin inconveniente, porque al fin y al cabo estáis tan corrompidos que no podéis hacer otra cosa; vuestra libertad es esclava y ancha es Castilla...
Sin embargo una ética semejante no puede «consolar» ni a Dios ni al hombre que ama a Dios. Quien ama no se consuela diciendo: «no puedo dejar de ofenderte, no me lo tengas en cuenta». Quien ama a Dios aspira a la justicia en sentido bíblico, es decir, a la santidad. Y Dios en su infinita misericordia ha querido que podamos satisfacer toda justicia (11). Se ha hecho hombre para redimirnos, rescatarnos del poder del demonio y del pecado, y conquistarnos con su Sangre la gracia salvífica, que aniquila las culpas y nos confiere vida y fuerza divinas, aptas para vencer todo mal, no sólo por largo tiempo, sino durante la vida entera. Cristo, con su Vida, Pasión, Muerte y Resurrección nos redime, nos libera tan profunda y radicalmente que nos libra también de toda ética de situación, y de la hiriente humillación que supondría la salvación al estilo imaginado por Lutero: radical negación de libertad y dignidad.
LA LIBERACION RADICAL
Cristo nos ofrece la liberación radical. Si nos «in-corporamos» a El por el Bautismo y los demás sacramentos, por El, con El y en El somos capaces de cumplir siempre no sólo la ley natural, sino también la evangélica (que incluye la natural), con todas sus exigencias sin cuento, porque al darnos la Ley, nos ofrece al mismo tiempo la gracia --fuerza sobrenatural-- para cumplirla. Por eso, la Ley de Cristo, como dice el Apóstol Santiago, es la Ley perfecta de la libertad (12), la ética que emana de un real señorío --real y regio-- del hombre sobre sí mismo y sobre toda circunstancia y situación.
Debemos felicitarnos: ya no tenemos excusas para las derrotas morales. Debemos «comprender» al hombre en su circunstancia, y por eso, comprenderle «libre», con la libertad que Cristo nos ha ganado (13) para toda situación.
Bien claro lo dice San Pablo: «no habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito» (14). Es la Ley perfecta de la libertad. No estamos condenados a pecar: «la vida que está en Cristo Jesús te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte. Pues lo que era imposible para la Ley (antigua), al estar debilitada a causa de la carne, (lo hizo) Dios enviando a su propio Hijo en una carne semejante a la carne pecadora, y por causa del pecado, condenó al pecado en la carne, para que la justicia de la Ley (nueva) se cumpliese en nosotros, que no caminamos según la carne sino según el Espíritu» (15).
La Misericordia y la Justicia se funden en Cristo. El, con su misericordia, nos conquista la justicia: la gracia para que podamos ser santos e inmaculados en la presencia de Dios (16).
La verdadera ética cristiana, la Ley de Cristo, se encuentra pues a muchas leguas de cualquier ética de situación. Es la ética del señorío y de la justicia, la ética de la libertad y del Amor, que otorga un amor capaz de vivir libre, esforzada y plenamente la amabilísima Ley del Amor, que es Dios.
Antonio OROZCO
(1) Cfr. DOCUMENTACION DOCTRINAL. n° 44, p. 3; (2) R. GOMEZ PEREZ, en ACEPRENSA, Servicio 53/84, 11 abril 1984: (3) JORGE CERVOS NAVARRO (Catedrático y Director del Instituto de Neuropatología de la Universidad Libre de Berlín, presidente de la Sociedad alemana de Neuropatología y Neuroanatomía, autor de más de 200 publicaciones científicas), en «PALABRA», 200, IV-1982, pp. 182-184; (4) JUAN PABLO 11, Alocución, en Segovia, 4-XI-1982; (5) Gen 1, 2; (6) Cfr., p.e., Conc. Trid., ses.VI, can. 23; (7) Conc. Vat. 11, GS, 10, 13; (8) Conc. Orange, Dz 181; (9) Jn 8, 34; (10) 1 Jn 3, 8; cfr. 2 Ped 2, 19; Ef 2, 2; (11) Cfr. Mt 3, 15; (12) Sant 1, 25; (13) Cfr. Gal 5, 1: (14)1 Cor 10, 13; (15)
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Fue a Cafarnaún, ciudad de Galilea, donde les enseñaba los sábados
1 Corintios 2,10-16
10 Y a nosotros nos lo manifestó Dios por medio de su Espíritu, pues el Espíritu lo penetra todo, hasta las cosas más profundas de Dios. 11 ¿Qué hombre, en efecto, conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? De la misma manera, nadie conoce las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. 12 Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos lo que Dios generosamente nos ha dado. 13 Hablamos de esto con un lenguaje que no nos ha enseñado la sabiduría humana, sino el Espíritu, que expresa las cosas espirituales en términos espirituales. 14 El hombre mundano no acepta las cosas del Espíritu de Dios; son locura para él, y no puede entenderlas, ya que hay que juzgarlas espiritualmente. 15 El espiritual, por el contrario, lo juzga todo, y a él nadie le juzga. 16 Porque, ¿quién conoció el pensamiento del Señor para poder enseñarlo? Pero nosotros poseemos el pensamiento de Cristo.
Salmo 144,8-13
8 El Señor es tierno y compasivo,
paciente y lleno de bondad;
9 el Señor es bueno con todos,
lleno de ternura con todas sus obras.
10 Te alabarán, Señor, todas tus obras,
y tus fieles te bendecirán;
11 anunciarán la gloria de tu reino
y hablarán de tus proezas,
12 explicando a los hombres tus proezas
y la gloria deslumbrante de tu reino.
13 Tu reino es un reino eterno
y tu imperio dura por todas las edades.
El Señor es fiel a su palabra,
leal en todas sus acciones.
Lucas 4,31-37
31 Fue a Cafarnaún, ciudad de Galilea, donde les enseñaba los sábados. 32 Y ellos se asombraban de su doctrina porque hablaba con autoridad. 33 En la sinagoga había un hombre poseído de un espíritu inmundo, que se puso a gritar: 34 «¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús nazareno? ¿Has venido a perdernos? Sé quién eres: El Santo de Dios».35 Jesús le increpó: «Cállate, y sal de él». El demonio lo tiró por tierra, pero salió de él sin hacerle daño. 36 Todos quedaron estupefactos y se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Manda con autoridad y energía a los espíritus inmundos, y le obedecen!». 37 Y su fama se extendió por toda la comarca.
Jesús se nos presenta hoy como catequista. Dice el evangelio que bajó a Cafarnaún donde enseñaba los sábados en la sinagoga. ¿Y cómo daba Jesús sus catequesis? Ante todo, con autoridad, es decir, con credibilidad, porque no llenaba sus predicaciones con palabrería, sino con verdad, con el Espíritu de Dios que es capaz de transformar los corazones.
Por tanto, dar catequesis es una actividad propia del cristiano. Consiste en iluminar las virtudes cristianas con ejemplos, acercar a otros a los sacramentos...
Al enseñar a otros estaba fortalecemos nuestra propia fe y aumentamos en nosotros la pasión por Cristo y el Evangelio. Porque el que predica, se predica a sí mismo. El que habla del perdón queda más comprometido a perdonar, y el que exige debe hacerlo con el propio testimonio.
San Lorenzo Justiniano
El jefe de la República de Venecia decía que con el único hombre con el cual cambiaría su alma era con el obispo Lorenzo Justiniano. A su vez, el primer patriarca de Venecia, que nació de una familia noble veneciana en el 1381 y murió en 1455, afirmaba que el oficio de jefe de la República era un juego en comparación con el de obispo, por la responsabilidad que conlleva la guía de las almas. Lorenzo Justiniano, contra las esperanzas de su madre, que había quedado viuda con cinco niños en una gran casa propia de los nobles, con mucha servidumbre en librea, abandonó a su familia y fue a encerrarse en el monasterio de la isla de San Jorge. Un amigo que había ido al convento para convencerlo a regresar a su casa, resolvió más bien seguir inmediatamente el ejemplo y se hizo monje. Lorenzo, vestido con el humilde sayal de fraile mendicante, iba de puerta en puerta pidiendo la limosna.
La madre, una piadosísima mujer, sufría al pensar que la gente podría reconocer a su hijo en ese traje, y para apresurar el regreso al convento mandaba a la servidumbre para que le llenaran de pan el canasto. Lorenzo comprendió el motivo de tanta generosidad, y desde entonces no les aceptó a los sirvientes sino un por de panes. El cohermano que lo acompañaba hubiera querido evitar las puertas de las cuales salían sólo insultos, pero Lorenzo era categórico: “No hemos renunciado al mundo sólo con palabras. ¡Vamos a recibir también el desprecio!”. Elegido general de su Orden y después obispo de Venecia, no cambió el tenor de vida, ni siquiera exteriormente. El mismo visitaba a los pobres de la ciudad, les distribuía dinero, alimentos y vestidos, para que el fruto de la caridad no cogiera por otros caminos.
No tenía el don de la oratoria, pero esto no le importaba porque lo suplía con la palabra escrita, que usó abundantemente para la dirección del clero y de los laicos, con cartas pastorales y opúsculos en los que condensaba el fruto de sus muchas meditaciones: “Quien no utiliza al Señor lo más que puede, demuestra que no lo aprecia”; “Un siervo del Señor evita las más pequeñas faltas, para que su caridad no se enfríe”; “Tenemos que evitar los asuntos muy complicados; en las complicaciones siempre está la pezuña del diablo”. Acostumbrado a las auras penitencies, cuando, ya anciano y enfermo, quisieron cambiarle la cama de paja por un colchón de plumas, protestó: “Cristo murió sobre la cruz, ¿y yo voy a morir en un colchón de plumas?”.
Murió el 8 de enero de 1455 expresando el deseo de ser enterrado en el pequeño cementerio del antiguo convento. Pero los venecianos le decretaron un verdadero triunfo.
Moral y Ética VI
El valor de las circunstancias
Son como los accidentes importantes para la sustancia tanto de las cosas como de los actos humanos en su aspecto moral.
A pesar de su "relatividad", el bien es algo ""objetivo", que está ahí, con independencia de mi opinión o voluntad particular(1).
Los actos humanos, para ser moralmente buenos:
1) tienen de tener como objeto cosas buenas, ordenadas u ordenables al fin último de la persona; y
2) ser realizados no con simple "buena intención", sino con "intención buena"", esto es, con intención real y rectamente ordenada, en último extremo, al último fin, que es Dios.
El acto externo (u objeto), y el interno (o intención), son como dos caras de la misma moneda, dos aspectos de un mismo acto. Para que una moneda sea buena, de modo que valga lo que anuncia, es preciso que sus dos caras--no una sola--sean buenas y no falsas. Bastaría que una cara fuese falsa, para que toda la moneda lo fuera. Así también, para que un acto humano sea moralmente bueno, es necesario que tanto el objeto como la intención sean buenos. Intención y objeto son, por eso, dos princinios fundamentales de moralidad.
Ahora bien, ¿basta la consideración conjunta del objeto y de la intención para calificar con exactitud la moralidad de un acto humano?
La ética católica ha advertido siempre que se debe contar con otro principio o fuente de moralidad, que si no es "fundamental" es, sin embargo, importante, y a veces mucho.
Todo acto humano se realiza entreverado con una serie de circunstancias que aumentan o disminuyen su propia bondad o maldad. Lo sustancial es el complejo ""objeto + intención "" del acto; pero toda sustancia existe sustentando unos "accidentes"..Así, por ejemplo, las manzanas pueden ser más o menos grandes, más o menos sabrosas, coloradas o blandas: el tamaño, el color, el sabor, son los "accidentes" de la sustancia "manzana". Y para que una manzana sea sabrosa y digestiva no basta que sea un simple fruto del manzano. Ha de haber madurado entre determinadas condiciones de temperatura, humedad, etc. Una manzana puede resultar una buena manzana o una mala manzana.
Las circunstancias son, pues, como los accidentes, importantes para la sustancia tanto de las cosas como de los actos humanos en su aspecto moral, y le afectan más o menos profundamente. Suelen señalarse las siguientes:
I. Las que afectan al objeto moral:
a) tiempo: es diversa la maldad de un pensamiento, por ejemplo, según dure pocos minutos, o muchas horas
b) lugar: no es lo mismo blasfemar en una iglesia, que en otro sitio; u ofender a una persona en público o en privado;
c) cantidad: es diversa la bondad de una limosna pequeña o magnánima; así como la maldad de un robo de unas pocas monedas, o de una suma considerable; d) efectos: el robo de una misma cantidad de dinero no tiene la misma gravedad moral, si se hace a un pobre o a un rico, porque sus consecuencias son muy diversas. Es muy distinto dar mala o buena doctrina en una revista de ámbito limitado, que en una publicación muy difundida en televisión, etc. Esta es la más importante de las circunstancias que afectan al objeto moral.
II. Las que afectan al sujeto:
e) la condición de quién obra: no reviste la misma gravedad la exposición de un error doctrinal por un sacerdote o un seglar; o el escándalo que causa un simple ciudadano o una autoridad pública;
f) modo de obrar: la modalidad de la acción denota una mayor o menor bondad o malicia. Por ejemplo, la delicadeza con que se hace una corrección, o la brutalidad con que se comete un asesinato;
g) medios empleados: el uso de determinados medios matiza la moralidad de la acción. Así, el robo a mano armada es más grave que el simple robo o el hurto;
h) motivos circunstanciales: se trata de intenciones concomitantes al fin principal, pues no causan el acto, que se haría sin ellas. Por ejemplo, el que realiza un acto de servicio por caridad, pero esperando alguna compensación humana: agradecimiento, retribución, elogios. Las intenciones torcidas secundarias, aunque por sí sólo disminuyen la bondad del acto, son importantes, porque poco a poco van ahogando la intención principal, y pueden llegar a sustituirla. En cambio, los motivos buenos refuerzan la intensidad de la acción buena (2).
LO QUE PUEDEN CAMBIAR LAS CIRCUNSTANCIAS
"Algunas circunstancias mudan la especie moral o teológica del acto". Así, el lugar del robo puede mudar la especie, haciendo que un robo simple se convierta en robo sacrílego (si se comete en una iglesia); los pecados contra la castidad no tienen la misma especie moral según se cometan con uno mismo o con otra persona, y según su condición (por ejemplo, un casado o un soltero). Ciertas circunstancias pueden cambiar también la especie teológica (es decir, el carácter grave y leve de un pecado de la misma especie moral); por ejemplo: la cantidad robada hace que el robo sea pecado venial o mortal; una injuria, por sus circunstancias, puede ser grave o leve. Todas las circunstancias que mudan la especie moral o teológica del acto deben declararse expresamente en la confesión.
"En realidad, este tipo de circunstancias, aunque en sentido físico son sólo accidentales, en sentido moral ya rebasan este carácter, y entran a formar parte del objeto o del fin. Así, el lugar sagrado, en el caso del robo sacrílego, entra en la sustancia del acto, pues implica una nueva relación a la norma moral, y esto cambia esencialmente el objeto. De ahí la obligación de confesarla. No es esencialmente lo mismo una simple fornicación que un adulterio. Igualmente, cuando un motivo circunstancial pasa a ser la intención principal del acto, le da una moralidad esencial que en otro caso no tendría" (3).
Es obvio que hay circunstancias que, moralmente, son irrelevantes; por ejemplo, la hora en que se asiste a Misa. Las que influyen en la moralidad del acto son las que añaden una nueva conformidad o disconformidad con el orden de la razón.
LO QUE NO PUEDEN CAMBIAR LAS CIRCUNSTANCIAS
Las circunstancias pueden hacer que una cosa buena se haga mejor o que una cosa mala se haga peor. Lo que no podrán hacer nunca las circunstancias es que un objeto intrínsecamente malo se convierta en moralmente bueno. Unas setas venenosas, por bien aderezadas que estén, nunca llegarán a ser saludables. Tampoco unos gramitos de arsénico, aunque se hallen espolvoreados en una sabrosísima tarta helada. Y una fruta podrida, aunque esté almibarada, jamás llegará a ser digestiva. Es decir, por mucho que cambien las circunstancias lo que es sustancialmente malo, malo se queda. Nunca podrá ser bueno matar a un inocente--sea o no nacido--aunque su muerte produjera grandes beneficios o evitara grandísimas catástrofes. Cosa análoga cabe decir, por ejemplo, de la negación del salario justo y posible, o de la mentira.
La importancia de las circunstancias no debe oscurecer la verdad proclamada incesantemente por la recta razón y el Magisterio de la Iglesia: que hay normas morales que ninguna circunstancia o conjunto de circunstancias eximen de su estricto cumplimiento. "La norma suprema de la vida humana--recordamos el Concilio Vaticano 11--es la misma ley divina, eterna, objetiva y universal" (4). Ya Pío Xll hubo de denunciar la falsedad de la llamada "ética de la situación". En un importante discurso, dijo así:
"La ética nueva (adaptada a las circunstancias), dicen sus autores, es eminentemente individual. En la determinación de la conciencia, cada hombre en particular se encuentra directamente con Dios y ante El se decide, sin intervención de ninguna ley, de ninguna autoridad, de ninguna comunidad, de ningún culto o confesión, en nada y de ninguna manera. Aquí sólo existe el yo del hombre y el YO de Dios personal; no del Dios de la ley sino del Dios Padre, con quien el hombre debe unirse con amor filial (...) La intención recta y la respuesta sincera, son lo que Dios considera; la acción no le importa. Por ello, la respuesta puede ser la de cambiar la fe católica por otros principios, la de divorciarse, la de interrumpir la gestación, la de rehusar la obediencia a la autoridad competente en la familia, en la Iglesia, en el Estado; y así, en otras cosas" (5). Todo dependería de las circunstancias, o, en otros términos, de la "situación" en la que se halle la persona, que siempre es única e irrepetible .
Es cierto que toda decisión moral concierne a un individuo "en situación", en circunstancias concretas, singulares, que a veces son irrepetibles, y que no siempre existen normas morales absolutamente obligatorias que pueden aplicarse con independencia de la situación. Es ésta una verdad de antiguo conocida por la ética católica que afirma la necesidad de la rectitud de intención--aunque no baste--para que las acciones sean buenas. Porque sólo con intención recta, es decir, derechamente dirigida no al interés personal sino al bien en sí --a Dios, en definitiva--podrá formarse un buen juicio de conciencia, y obrar prudentemente, después de un atento examen de las normas morales correspondientes aplicadas a cada caso concreto (6).
Sin rectitud de intención, las pasiones fácilmente enturbian el juicio, porque embotan la mente o desvían la voluntad (7). En cambio, la intención recta facilita las decisiones buenas, y, si se ha errado, la rectificación. De este modo, la ética cristiana "revela un sentido de la actividad personal y contiene en si todo cuanto de justo y positivo puede haber en la llamada ética según la situación, evitando sus confusiones y desviaciones" (8). Manteniendo el hecho incuestionable de la existencia de normas que obligan en todos los casos. Así, por ejemplo, "el odio a Dios, la blasfemia, la idolatría, la defección de la verdadera fe, el perjurio, el homicidio, el falso testimonio, la calumnia, el adulterio y la fornicación, la masturbación, el robo y la rapiña, la sustracción de lo que es necesario a la vida, la defraudación del salario justo, el acaparamiento de los víveres de primera necesidad y el aumento injustificado de los precios, la barracota fraudulenta, las injustas maniobras de especulación--todo ello--está gravemente prohibido por el Legislador Divino" (9).
El Papa Pío Xll salía al paso de una posible objeción: "Se preguntará de qué modo puede la ley moral, que es universal, bastar e incluso ser obligatoria en un caso particular, el cual, en su situación concreta, es siempre único y de una vez". Pues bien, responde Pío Xll: "Ella lo puede y lo hace, porque, precisamente a causa de su universalidad, la ley moral comprende necesaria e intencionalmente todos los casos particulares, en los que se verifican sus conceptos. Y en estos casos, muy numerosos, ella lo hace con una lógica tan concluyente, que aun la conciencia del simple fiel percibe inmediatamente Y con plena certeza la decisión que se debe tomar" (10). "Esto vale especialmente para las obligaciones negativas de la ley moral, para las que exigen un no hacer, un dejar de lado. Pero no para estas solas. Las obligaciones fundamentales* de la ley moral están basadas en la esencia, en la naturaleza del hombre y en sus relaciones esenciales, y valen, por consiguiente, en todas partes donde se encuentre el hombre" (11).
En efecto, ya hemos dicho en otro momento que allí donde hay persona humana, por el mismo hecho, allí hay Decálogo; porque los Diez Mandamientos no son un pegote adosado a la vida humana, sino que emanan de su misma naturaleza (12).
Por lo demás, "Las obligaciones fundamentales de la ley cristiana, por lo mismo que sobrepasan a las de la ley natural, están basadas sobre la esencia del orden sobrenatural constituido por el Divino Redentor" (13).
ERRORES DE LA "ÉTICA DE LA SITUACIÓN"
Después de enumerar las obligaciones fundamentales, concluye: "No hay motivo para dudar. Cualquiera que sea la situación del individuo, no hay más remedio que obedecer.
"Por lo demás--continúa Pío XII--, a la ética de situación oponemos tres consideraciones o máximas.
"La primera: Concedemos que Dios quiere ante todo y siempre la intención recta; pero ésta no basta. El quiere además, la obra buena.
"La segunda: No está permitido hacer el mal para que resulte un bien (cfr. Rom 3, 8).
Pero esta ética obra--tal vez sin darse cuenta de ello--según el principio de que "el bien santifica los medios" .
"La tercera: Puede haber situaciones en las cuales el hombre--y en especial el cristiano--no pueda ignorar que debe sacrificarlo todo, aun la misma vida, por salvar su alma. Todos los mártires nos lo recuerdan. Y son muy numerosos, también en nuestro tiempo (...) ¿habrían, por consiguiente, contra la situación, incurrido inútilmente --y hasta equivocándose--en la muerte sangrienta? Ciertamente que no; v ellos, con su sangre, son los testigos más elocuentes de la verdad, contra la nueva moral" (14).
Más recientemente insistía la Santa Sede en el error, más difundido aún: "Se equivocan, por tanto, los que ahora sostienen en gran número que, para servir de regla a las acciones particulares, no se pueden encontrar ni en la naturaleza humana, ni en la ley revelada, ninguna norma absoluta e inmutable fuera de aquella que se expresa en la ley general de la caridad y del respeto a la dignidad humana. Como prueba de esta aserción aducen que, en las que llamamos normas de la ley natural o preceptos de la Sagrada Escritura, no se deben ver sino expresiones de una forma de cultura particular, en un momento determinado de la historia.
"Sin embargo, cuando la Revelación divina y, en su orden propio, la sabiduría filosófica ponen de relieve exigencias auténticas de la humanidad, están manifestando necesariamente, por el mismo hecho, la existencia de leyes inmutables inscritas en los elementos constitutivos de la naturaleza humana; leyes que se revelan idénticas en todos los seres dotados de razón" (15).
SIEMPRE ES POSIBLE CUMPLIR LA LEY MORAL
En ocasiones, las circunstancias en las que se halla la persona, son tales que ponen muy cuesta arriba el cumplimiento de la ley moral; las dificultades pueden ser grandes. Por eso--dice el Papa Juan Pablo II--si "es siempre muy importante poseer una recta concepción del orden moral, de sus valores y normas; la importancia aumenta, cuanto más numerosas y graves se hacen las dificultades para respetarlos" (16). Es necesario entonces andar alerta, porque no dejarán de oírse las voces de la comodidad, del egoísmo, de la sensualidad--incluso voces externas, de parientes, amigos, conocidos--, que intenten convencernos de que en ese momento somos una excepción que nos dispensa de cumplir la ley moral universal y objetiva. Es preciso no olvidar que el designio de Dios Creador responde a las exigencias más profundas del hombre (17); que no es un "capricho", obra de un Dios que se compl*ce en mortificarnos, sino de un Padre que no quiere más que el bien auténtico de sus hijos; que su yugo es suave y su carga ligera (18); que si bien las fuerzas humanas son escasas y pueden parecer nulas, la gracia de Dios nunca falta y es omnipotente.
Dios no es injusto. Su ley es siempre justa y sabia, fruto de su Amor inconmensurable. En Dios --parafraseando la Escritura--"el amor y la justicia se besan", y como consecuencia de ambos atributos divinos, Dios nos exige cumplir siempre la ley moral--también en esas circunstancias difíciles, incluso heroicas--, y al mismo tiempo nos presta su fortaleza, el poder cumplirla siempre: también "ahora " .
Hablando de las dificultades que a veces se presentan en la vida conyugal para cumplir la ley de Dios, Juan Pablo II recuerda a los esposos que "no pueden mirar la ley como un mero ideal que se puede alcanzar en el futuro, sino que deben considerarla como un mandato de Cristo Señor a superar con valentía las dificultades" (19). No se trata de ocultarlas ni de rendirse ante ellas, tranquilizando la conciencia con un "no puedo", o "es demasiado para mí ahora", en esta "situación" tan enojosa.
El Papa insiste en que la llamada "ley de gradualidad"--el hecho de que hayamos de ascender paso a paso hacia la perfección humana y cristiana--no debe confundirse con una supuesta "gradualidad de la ley, como si hubiera varios grados o formas de precepto en la ley divina para los diversos hombres y situaciones" (20).
"Se nos puede preguntar--decía Juan Pablo Il en otra ocasión--, en efecto, si la confusión entre la "gradualidad de la ley" y la "ley de la gradualidad" no tiene su explicación también en una estima escasa por la ley de Dios. Se mantiene que ésta no es adecuada para todo hombre, para toda situación, y, por ello, se desea sustituirla por un orden distinto del orden divino" (21). Ante ese grave error, el Papa recuerda que la ley que, en el Antiguo Testamento, constituía una carga pesada, "se convirtió por obra de Dios en carga ligera y fuente de libertad". La ley "no está solamente impuesta desde el exterior, sino también y sobre todo, otorgada en el interior" (22), es algo muy nuestro, hasta el punto de que sin ella nosotros mismos dejaríamos de ser (23).
"Mantener que existen situaciones en las cuales no es de hecho posible a los esposos ( y esto que dice el Papa vale para todos, en cualquier caso) ser fieles a todas las exigencias de la verdad de amor conyugal, equivale a olvidar este acontecimiento de gracia que caracteriza a la Nueva Alianza: la gracia del Espíritu Santo hace posible lo que al hombre, dejado a sus solas fuerzas, no es posible" (24). Y concluye Juan Pablo II su discurso, recordando que "Todos, incluidos los cónyuges, somos llamados a la santidad, y es vocación ésta que puede exigir también el heroísmo. No debe olvidarse" (25).
Obviamente se requieren ciertas "condiciones humanas--psicológicas, morales y espirituales-que son indispensables para comprender y vivir el valor y la norma moral".
"No hay duda de que entre estas condiciones se deben incluir la constancia y la paciencia, la humildad y la fortaleza de ánimo, la confianza filial en Dios y en su gracia, el recurso frecuente a la oración y a los sacramentos de la Eucaristía y de la reconciliación" (26). No es poco, pero lo que no es honesto es decir que "no se puede", sin luchar seriamente por vivir esas virtudes, por los demás, elementales. "Ayúdate y Dios te ayudará", en toda circunstancia, en toda situación; y vencerás. Quizá sufrirás derrotas; quizás muchas derrotas. Y Dios te levantará siempre con su misericordia, con tal de que tengas la honradez de no decir "no puedo". Y, al cabo, con la gracia de Dios, podrás llamarte vencedor.
(I) DOCUMENTACIÓN DOCTRINAL, nn. 42 y 43, (2) Cfr. R. GARCIA DE HARO, Cuestiones fundamentales de Teología Moral, Ed. Eunsa, Pamplona 1980, p. 60; (3) Ibidem, pp. 61-62; (4)Dignitatis Humanae, 3; (5) PIO Xll, Discurso, 18-lV-1952; (6) Cfr. Ibidem; Decreto de la S.C. del Santo Of lcio, 2-11-1956, CE 1327/2; (7) Cfr. ANTONIO OROZCO, La libertad en el pensamiento, Ed. Rialp, Madrid 1977, pp. 113-145; (8) PIO Xll, 1. c., (9) Ibidem; (10) Ibidem; cfr. S. Th., qq. 47-57; (11) Ibidem; (12) Cfr. ANTONIO OROZCO, La libertad y la ley moral, Cuadernos Mundo Cristiano, n* 35, Madrid 1983; (13) PIO Xll, I .c.; (14) Ibidem; (15) S.C.D.F., Declaración Persona humana, 29-X11-1975, n. 4; (16) JUAN PABLO 11, Exh. Apost. Famlllaris consortio, 34; (17) Cfr. Ibidem; (18); (19) JUAN PABLO 11, I.c. (20) Ibidem, (21) JUAN PABLOII, Discurso, 7-lX-1983; (22) Ibidem; (2i) Cfr. ANTONIO OROZCO, o.c.; (24) JUAN PABLO 11, I .c.; (25) Ibidem; (26) JUAN PABLO 11, Famillaris consortio, n. 33,
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El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido
1 Corintios 2,1-5
1 Hermanos, cuando llegué a vuestra ciudad, llegué anunciándoos el misterio de Dios no con alardes de elocuencia o de sabiduría; 2 pues nunca entre vosotros me precié de saber otra cosa que a Jesucristo, y a Jesucristo crucificado. 3 Me presenté entre vosotros débil y temblando de miedo. 4 Y mi palabra y mi predicación no se basaban en la elocuencia persuasiva de la sabiduría, sino en la demostración del poder del Espíritu,5 para que vuestra fe no se fundase en la sabiduría humana, sino en el poder de Dios.
Salmo 118,97-102
97 Cuánto amo tu ley:
todo el día estoy pensando en ella;
98 tu mandamiento me hace más sabio que mis enemigos,
y siempre está conmigo;
99 soy más listo que todos mis maestros,
porque medito en tus decretos;
100 soy más sabio que todos los ancianos,
pues guardo tus preceptos;
101 he apartado mi pie de todo mal camino
con el fin de guardar tu palabra;
102 no me he apartado nunca de tus decisiones,
pues tú me has instruido.
Lucas 4,16-30
16 Llegó a Nazaret, donde se había criado. El sábado entró, según su costumbre, en la sinagoga y se levantó a leer. 17 Le entregaron el libro del profeta Isaías, desenrolló el volumen y encontró el pasaje en el que está escrito: 18 El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a llevar la buena nueva a los pobres, a anunciar la libertad a los presos, a dar la vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos19 y a proclamar un año de gracia del Señor. 20 Enrolló el libro, se lo dio al ayudante de la sinagoga y se sentó; todos tenían sus ojos clavados en él; 21 y él comenzó a decirles: «Hoy se cumple ante vosotros esta Escritura». 22 Todos daban su aprobación y, admirados de las palabras tan hermosas que salían de su boca, decían: «¿No es éste el hijo de José?». 23 Él les dijo: «Seguramente me diréis aquel refrán: Médico, cúrate a ti mismo. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí, en tu patria». 24 Y continuó: «Os aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra.25 Os aseguro, además, que en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses y hubo gran hambre en toda la tierra, había muchas viudas en Israel, 26 y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta, en Sidón. 27 Y había muchos leprosos en Israel cuando Eliseo profeta, pero ninguno de ellos fue limpiado de su lepra sino Naamán, el sirio». 28 Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira,29 se levantaron, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron a la cima del monte sobre el que estaba edificada la ciudad para despeñarlo. 30 Pero Jesús pasó por en medio de todos y se fue.
Es muy común preguntar a los niños pequeños: ¿qué quieres ser cuando seas grandes? Y para orgullo de los padres los niños responden: “quiero ser como mi papá”. Si esta misma pregunta se la hiciéramos a Cristo durante su vida oculta en Nazaret, no cabe duda que respondería que Él sería lo que su Padre ha pensado para Él desde siempre. Prueba de ello es la respuesta que dio a su madre angustiada cuando se perdió en el templo: “pero no sabíais que debo ocuparme en las cosas de mi Padre”, no debería haber motivo de preocupación por mi ausencia.
En nuestra vida como cristianos todos tenemos una misión muy concreta que realizar. Cristo desenrolló las escrituras (porque estaban en forma de pergaminos) y encontró justamente aquello que Dios Padre deseaba de Él. “Anunciar la Buena Nueva, proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”. Todo esto lo cumplió Jesús a lo largo de su vida terrena y aunque algunos se empeñaban en no abrir su corazón a las enseñanzas de Cristo, como es le caso de los escribas y fariseos. A pesar de su obstinada actitud Cristo no desmayó en su esfuerzo por predicarles la ley del amor.
Por ello de la misma forma que Cristo predicaba las enseñanzas de su Padre nosotros también atrevámonos a predicar el evangelio sin temor ni vergüenza. Antes bien pidámosle confianza y valor para que nos haga auténticos defensores de nuestra fe.
San Moisés
Etimológicamente significa “ salvado de las aguas”. Viene de la lengua hebrea y egipcia.
Hay que remontarse al siglo XIII antes de Cristo para darnos cuenta de quién fue Moisés, y conocer esta figura brillante en la historia de la salvación. Fue el gran caudillo que libró a los israelitas de la esclavitud de Egipto y los condujo a través del desierto hasta las fronteras de Canaán.
Moisés nació en Egipto, lo crió la hija del faraón. Al llegar a adulto, se molestó de que los suyos fueran unos esclavos muy mal tratados. Un día se peleó con un egipcio y le dio muerte. Cuando lo supo el faraón, tuvo que salir huyendo. Vivió como pastor en el desierto y se casó con una hija de Jetró, el hombre que le acogió en su huida.
Cuarenta años más tarde, Dios se le apareció. Vio una zarza ardiendo sin consumirse. Fue cuando reconoció que Dios le llamaba para que volviera a Egipto. La intención no era otra que pedirle al faraón la liberación del pueblo israelita. Se lo permitió, aunque cambió pronto de idea. Mandó su ejército para que los persiguiera hasta el Mar Rojo. Las aguas se abrieron para que pasara el pueblo elegido por Dios, y cuando se acercaron los egipcios se juntaron y murieron ahogados.
Después de tres meses, el pueblo llegó al monte Sinaí, en donde Moisés se convirtió en legislador.
Dios le dio los diez mandamientos e instrucciones para la construcción de una tienda de culto (el tabernáculo).
Moisés guió al pueblo hasta el oasis de Cades. Desde allí envió espías a Canaán. Estos volvieron contando noticias aterradoras.
Entonces el pueblo murmuró y se rebeló contra Moisés, olvidando el poder de Dios. Por haber rechazado a Dios, fueron condenados a peregrinar por el desierto hasta morir todos los rebeldes. Moisés dio la ley de Dios a la nueva generación antes de entregar el mando a Josué. Después de bendecir al pueblo, Moisés subió al monte Nebo desde donde contempló Canaán, país al que no pudo entrar por su desobediencia anterior. Moisés tenía 120 años cuando murió en el país de Moab.
Moral y Ética V
Los hábitos hacen al hombre
La personalidad se forja con hábitos perfectivos.
Suele decirse que «el hábito no hace al monje». Otros apostillan que no lo hace, pero lo viste y lo muestra, que no es poco, pues también para eso es monje (Shakespeare dijo que el traje revela a la persona). Lo que nadie duda es que al monje, al médico, al profesor, al artesano, al ciclista, al trabajador - cualquiera que sea su trabajo -, lo hacen más o menos perfecto, más o menos detestable, sus hábitos interiores, los hábitos del alma, ciertamente más definitorios que los del vestir. El «maillot» amarillo no hace a Induráin pentacampeón del Tour, sino las virtudes humanas.
Hemos olvidado la función decisiva de las «hábitos íntimos» en la construcción de la personalidad. Me refiero a esos que residen en nuestras facultades de mayor rango, que nos hacen personas, hombres o mujeres, cabales: el entendimiento y la voluntad. El monje no puede, no debe tener el hábito de pensar frívolamente o de amar como un fresco. El monje, el médico, el vendedor de lo que sea, el deportista, el sabio, han de crear hábitos intelectuales y morales que faciliten, más aún, que hagan posible, el ejercicio siempre más perfecto de sus responsabilidades. La verdad es que se puede mucho. Todos podemos mucho; mucho más de lo que cada uno piensa de sí mismo.
La personalidad se forja con hábitos perfectivos. Los clásicos han llamado a esos hábitos, «virtudes». Hemos olvidado el sentido y valor de la virtud. La palabra latina «virtus» procede de «vis», que significa fuerza, vigor. Se trata por tanto de una capacidad, de un poder para la acción (interior o exterior) del que sin la virtud carecemos. La virtud es la más alta forma de haber (tener, poseer) en la cuenta de la personalidad, porque es un «tener» que da la posibilidad «ser más» (más fuertes, más justos, más prudentes, más inteligentes, más señores de nosotros mismos...) Los hábitos opuestos a los perfectivos, deterioran, dificultan, empobrecen la persona y son lo que siempre se ha llamado «vicios». Los vicios impiden a la persona tener «personalidad», en el sentido más noble de la palabra. Por cierto que, como dice Gracián, «no se acreditan los vicios por hallarse en grandes sujetos, antes bien ofende más la mancha en el brocado que en sayal»
Una personalidad bien definida se forja a base de hábitos y vale lo que valen éstos. El que tiene el hábito de la vagancia, es un vago; el que tiene el hábito del trabajo es laborioso. El primero es un desgraciado, el segundo es honorable y seguramente bastante feliz.
SABIDURÍA Y ESTUPIDEZ
Hay hábitos perfectivos y hábitos corruptores. Nadie es espontáneamente una persona honrada o una persona corrupta. La sabiduría y la estupidez son siempre conquistas personales, logradas con el esfuerzo de la libertad. Por eso Jesucristo sitúa la estupidez entre los graves desordenes morales (Mc 7, 22).
Hay ignorancias invencibles y discapacidades naturales. Pero la estupidez es un logro responsable, resultado de la elección de la ignorancia como sistema de resolver dificultades (por ejemplo, como no me interesa resolver el problema del aborto, niego a la ciencia cuando dice que hay ser humano desde el instante de la concepción, etc.). Es ésta una modalidad que configura muchas personalidades que habitan hoy en nuestro planeta.
Tanto la sabiduría como la estupidez son libres y se adquieren con el ejercicio esforzado de la libertad. Hábitos perfectivos o corruptores los vamos adquiriendo queramos o no. Porque si no queremos hacer nada y nada hacemos, adquirimos el hábito de la gandulería, que bloquea la acción, precisamente cuando «quisiéramos» hacer. No elegir es un modo de elegir. Como aparentemente no se hace «nada», parece que ni siquiera se elige, pero sí se elige: se elige la omisión. Por eso la omisión es fuente caudalosa de graves desatinos. El santo no nace, se forja, con la gracia de Dios y el esfuerzo de la voluntad[1]. Todos podemos llegar a ser lo que queramos: sabios o estúpidos (bien entendido que la estupidez es compatible con el premio Nobel y la sabiduría es asequible a las gentes más sencillas). ¿Cómo es esto posible?
EL ARROJO DE LA GOLONDRINA
Cuando la golondrina mueve por primera vez las alas para volar, no se lanza a grandes vuelos. Intenta primero volar del nido al techo; luego regresa y se lanza de nuevo un poco más allá, y así cada vez va más lejos, hasta que siente el vigor en sus alas y sabe que puede orientarse, y entonces se pone a jugar en medio de los vientos, va chillando tras los insectos, roza levemente la superficie de las aguas y vuelve a subir hacia el sol. Y llega el día en que se aventura a sobrevolar anchos mares, siendo como es tan pequeña, un punto casi invisible entre dos azules inmensos. En su pequeño cuerpo se ha forjado un conjunto musculoso perfecto, que surca flechando el aire, señoreando como una reina por sus dominios.
Pero nadie se hace capaz de algo valioso - ni se malforma el carácter -súbitamente, sino con el ejercicio esforzado de la libertad. La virtud nos hace más libres, porque con ella hacemos el bien cuando queremos. En cambio, los hábitos malos (los vicios) impiden o dificultan en gran manera hacer el bien que quisiéramos hacer, pero ya no podemos, a no ser - si no es imposible - con un esfuerzo hercúleo. Trabajar, estudiar, andar, hacer deporte, charlar con los amigos, convivir amablemente con la familia, etc., cada cosa a su tiempo, son actos perfectivos de mi ser personal, me mejoran como persona y me permiten proseguir libremente hacia una mayor perfección. Cuanto más aprendo, más capaz soy de aprender, cuanto más trabajo -en la medida oportuna, mejor puedo trabajar. Cada uno de esos actos, me perfecciona, me satisface, me llena. Satis-fecho es el que está hecho, realizado con cierta saturación, con cierta plenitud personal. Si yo voy reiterando actos «satis-factorios», no sólo yo me perfecciono, perfecciono mi familia, perfecciono la sociedad, y soy más, porque soy más capaz de hacer actos perfectivos.
Sucede en el deporte cuando somos jóvenes que al principio no somos capaces de correr ni siquiera un par de kilómetros con cierta soltura. Pero hacerlo unos cuanto días nos capacita para correr más kilómetros seguidos y más deprisa. Hace un par de semanas no podíamos de ninguna manera. Hoy sí. En la olimpíada celebrada en Roma el año 1960 batió el récord mundial de los cien metros lisos femeninos una negrita que apodaron «la gacela negra». De pequeña había sido poliomelítica. Un amigo mío era incapaz de entender una clase de Filosofía de BUP y ahora es doctor en Filosofía y escribe libros bastante buenos. Todo es cuestión de esforzarse en alcanzar esa perfección del saber, del querer y del hacer que llamamos «hábito-virtud». Hubo un tiempo en que Induráin era incapaz de ganar el Tour; ni siquiera podía mantenerse encima de una bicicleta.
También las facultades espirituales, al actuar de acuerdo con su naturaleza - entendimiento de la verdad, amor al bien -, por reiteración de actos crecen en posibilidades. En cambio, hay actos que, por más que los hagamos libremente, nos deterioran, como personas libres. A veces un solo acto, acaba con nuestra libertad. Por ejemplo, tirarse por la ventana de un vigésimo piso; tomar un plato de setas venenosas. Otros actos, nos deterioran más despacio, pero inexorablemente; por ejemplo, drogarse; beber mucho alcohol, dar rienda suelta a los apetitos sensuales. Cada uno de estos actos nos pone un nuevo grillete y, sino reaccionamos con radicalidad, más pronto que tarde llegamos a ser esclavos sin remedio: no podemos ejercer nuestra libertad. El drogadicto no es libre, necesita cada vez más droga hasta convertirse en una ruina humana, para sí mismo, para su familia y para la sociedad.
La reiteración de actos perfectivos constituye una «riqueza» que podemos incrementar cada vez más y mejor; y al utilizarla, lejos de mermar, crece. No son meras costumbres o rutinas.
LOS HÁBITOS HACEN AL HOMBRE
Energía genera energía. A veces basta un sólo acto para generar una habilidad. Otras veces se requiere la reiteración de muchos actos iguales. Por el hecho de hacer algo alguna vez ya refuerzo mi musculatura espiritual y me preparo para repetirlo con más facilidad y perfección. Quien yugula una crisis gana en fortaleza y en alegría, porque la alegría profunda nunca es espontánea, sino fruto de una victoria voluntaria sobre uno mismo. Vencerse a sí mismo, es un principio de la ética clásica que hemos olvidado. Vencerse a sí mismo es no abandonarse a la espontaneidad, sino seguir el camino de la racionalidad; lo cual exige en ocasiones no poco esfuerzo de la libre voluntad.
LAS VIRTUDES, CONDICIÓN DE LIBERTAD
Sin virtudes, tenemos libertad pero no somos capaces de actuar libremente. En la práctica, la voluntad es habitualmente libre en virtud de los hábitos perfectivos. Este es el sentido profundo de la frase de Schiller: «sólo a través de su costumbre, el hombre puede ser libre y poderoso». El niño que crece aislado en la selva, a los diez o doce años ya carece de capacidad para el lenguaje. La educación de los primeros años gravita sobre nuestro presente y nuestro futuro. Por eso es preciso desarrollar cuanto antes hábitos verdaderamente perfectivos. El que no desarrolla virtudes, vive como un animal, por más que tenga entendimiento y voluntad. Los ha bloqueado. Puede hacer casas o puentes, pero él no llegará nunca ser más, irá siempre a menos. Y esto es posible, porque el hombre es el único animal que para vivir como lo que es (racional, libre) ha de saber que lo es y quererlo prácticamente.
Pío Baroja decía que "en la vida sólo existen dos caminos, el derecho y el torcido. Quien toma el derecho ya no lo deja; y quien emprende el torcido, tampoco". Es una exageración. Alguien comentaba esto diciendo que "el hombre acaba por ser esclavo de sus actos, y se comporta como aquel penitente sevillano que introduce el dedo gordo del pie descalzo en los raíles de un tranvía". Es una exageración, porque la libertad siempre existe mientras hay uso de razón. Pero también es cierto que los vicios constituyen una mengua tal de libertad que bien puede llamarse esclavitud, y que las virtudes, en cambio, otorgan una libertad nueva, capaz de dilatarse indefinidamente en su orden. Pero es cierto que sin hábitos arraigados no es posible hacer con facilidad el bien. Las dificultades son demasiadas. Si yo no hago actos de libertad que perfeccionen mi libertad, si no creo el hábito de elegir bien (es decir, de elegir el bien que la razón me indica como tal), estoy eligiendo mal y deterioro mi libertad, mi personalidad, mi dignidad. La virtud permite obrar bien cuando y siempre que se quiere; el incremento de libertad práctica consiste en la acumulación de virtudes. La virtud es el nivel superior de "posesión" (L. Polo).
VIRTUD Y LIBERTAD
Las virtudes intelectuales, perfeccionan la inteligencia; las virtudes morales, perfeccionan la voluntad libre. Libertad es dominio de sí; ser libre es ser dueño de los propio actos, señor de sí mismo, escoger lo que se quiere escoger, amar lo que se quiera amar, querer lo que se quiere querer. Sin virtudes, no hay libertad práctica sino veleidad: como una veleta que gira en la dirección del viento que sopla, que no se mueve a sí misma, que en el fondo no quiere lo que quiere querer sino el primer bien efímero con que se topa y que - si bien ponderara las cosas - rechazaría sin contemplaciones. La virtud se adquiere como un beneficio añadido al ejercicio concreto de las propias facultades. Es como un premio que la naturaleza se otorga a sí misma.
NECESIDAD DE LA VIRTUD PARA ALCANZAR LA FELICIDAD
Las virtudes constituyen la más alta perfección interior al hombre. Es claro que la perfección de la persona se encuentra en la perfección de su actividad interior: intelecto y voluntad. Ahí ha de hallarse la felicidad del hombre: en el ejercicio correcto, perfectivo, del intelecto y de la voluntad: en el entender y amar cada vez más y mejor. Entender y pensar la verdad de la bondad, la bondad de la verdad, la belleza de la verdad y de la bondad.
Sería, por tanto, absurdo pretender ser feliz buscando la felicidad en alguna suerte de posesión material, manual, corpóreo práctica. Sería un empobrecimiento muy grave. Un estrechamiento angustioso del horizonte de la propia existencia. La felicidad es la posesión de lo que nos perfecciona como personas, sin temor a perderlo (sólo así la posesión es perfecta), es decir, teniéndolo íntima y profundamente, al modo del hábito-virtud.
En consecuencia, el que no tiene virtudes no puede ser feliz: quizá no falle lo que le puede hacer feliz, pero fallará él mismo. Sin virtud somos inconstantes, inconsecuentes. Para ser constantes y consecuentes, crear hábitos. Toda la formación de la personalidad, toda quehacer educativo consiste no en la mucha información, sino en el mucho estimulo de hábitos intelectuales y hábitos morales. Sabiendo que ser hombre es una tarea larga; que el genio es una larga paciencia; que el artista, el buen profesional, el buen marido o esposa, el buen padre, el buen estudiante, el buen hijo de Dios, el santo, no nace, se forja; que es preciso querer y repetir muchos «pequeños» actos perfectivos. Los hábitos hacen al hombre. Las virtudes humanas - la musculatura espiritual - hacen al campeón. Pero la olimpíada de la libertad hacia la plenitud del ser personal, no es en modo alguno excluyente: podemos ganarla todos.
Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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Estad en guardia, porque no sabéis el día ni la hora
1 Corintios 1,17-25
17 Pues Cristo no me mandó a bautizar, sino a evangelizar; y esto sin alardes literarios, para que no se desvirtúe la cruz de Cristo. 18 Porque el lenguaje de la cruz es una locura para los que se pierden; pero para nosotros, que nos salvamos, es poder de Dios. 19 Pues dice la Escritura: Inutilizaré la sabiduría de los sabios y anularé la inteligencia de los inteligentes. 20 ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el maestro? ¿Dónde el estudioso de este mundo? ¡Dios ha convertido en tontería la sabiduría del mundo! 21 El mundo con su propia sabiduría no reconoció a Dios en la sabiduría manifestada por Dios en sus obras. Por eso Dios ha preferido salvar a los creyentes por medio de una doctrina que parece una locura. 22 Porque los judíos piden milagros, y los griegos buscan la sabiduría; 23 pero nosotros anunciamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, 24 pero poder y sabiduría de Dios para los llamados, judíos o griegos. 25 Pues la locura de Dios es más sabia que los hombres; y la debilidad de Dios, más fuerte que los hombres.
Salmo 32,1-2.4-5.10-11
1 Justos, alabad al Señor,
la alabanza es propia de los rectos;
2 dad gracias al Señor con la cítara,
tocad en su honor con el arpa de diez cuerdas;
4 pues la palabra del Señor es eficaz,
y sus obras demuestran su lealtad;
5 él ama la justicia y el derecho,
la tierra está llena del amor del Señor.
10 El Señor desbarata el plan de las naciones
y deshace los proyectos de los pueblos;
11 pero el plan del Señor subsiste eternamente,
sus proyectos, por todas las edades.
Mateo 25,1-13
1 «Entonces el reino de Dios será semejante a diez muchachas, que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. 2 Cinco de ellas eran necias y cinco sensatas. 3 Las necias llevaron sus lámparas, pero no se proveyeron de aceite, 4 mientras que las sensatas llevaron las lámparas y aceiteras con aceite. 5 Como tardara el esposo, les entró sueño a todas y se durmieron. 6 A medianoche se oyó un grito: Ya está ahí el esposo, salid a su encuentro. 7 Entonces se despertaron todas las muchachas y se pusieron a aderezar sus lámparas. 8 Las necias dijeron a las sensatas: Dadnos de vuestro aceite, pues nuestras lámparas se apagan. 9 Las sensatas respondieron: No sea que no baste para nosotras y vosotras, mejor es que vayáis a los vendedores y lo compréis. 10 Mientras fueron a comprarlo, vino el esposo, y las que estaban dispuestas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta. 11 Más tarde llegaron también las otras muchachas diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos!12 Y él respondió: Os aseguro que no os conozco.13 Por tanto, estad en guardia, porque no sabéis el día ni la hora».
Como cuando un escalador se detiene para ver lo recorrido y para contemplar la cima deseada y anhelada, así también Dios nos concede a veces momentos que son como esas paradas, y vemos lo recorrido en la vida y contemplamos la cima deseada y anhelada: la eternidad. Y entendemos el sentido de la vida y se nos hacen amargos todos los consuelos de la Tierra.
En esta situación estaban estas muchachas: el Esposo deseado... ¡Qué gozo!, ¡Qué alegría vivir así, esperando al Esposo! ¡Como si ya tuvieran ganada la Cima! ¡Cómo les rebotaría el corazón a estas chicas! ¡Qué contentas estarían! Así se encontraba Santa Teresita del Niño Jesús cuando descubrió los primeros síntomas de su enfermedad que la llevaría a la muerte, escribe: “¡Ah, mi alma se sintió henchida de gran consuelo! Estaba íntimamente persuadida de que Jesús [...] quería hacerme oír una primera llamada. Era como un dulce y lejano murmullo que me anunciaba la llegada del Esposo. [...] Gozaba por entonces de una fe tan viva , tan clara , que el pensamiento del cielo constituía toda mi felicidad” (Manuscrito C, F. 5r-5v).
Pero así como las vírgenes se durmieron, el caminante sigue caminando, a nosotros nos envuelve el remolino de la vida, y a Teresita se le duerme la fe.(cfr Manuscrito C, 5v). ¿Qué, pues es lo que importa si hasta los prudentes también se duermen? Tener encendidas nuestras lámparas y llevar el aceite para alimentarlas. Digamos que la lámpara es la vida, la Luz es la Vida de Gracia y el aceite es la Caridad. La vida lleva su rumbo sin preguntar, le damos la Luz de Cristo y comienza a brillar, pero para que nunca de apague se necesita alimentarla con obras de caridad. Es así como nos va a reconocer el esposo: “En esto reconocerán que sois discípulos míos, si tenéis amor los unos para con lo otros”. “ Entonces el Rey les dirá: Venid, benditos de mi Padre, [...] porque cuanto hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis”
San Simeón de Rojas
Simón de Rojas, a quien Lope de Vega compara con san Bernardo por su gran amor a la Virgen, nació en Valladolid (España), el 28 de octubre de 1552.
De pequeño, Simón era introvertido, no muy bueno para los estudios y tenía un defecto para hablar por el que se burlaban de él. Aventajaba a los demás en la devoción a la Virgen. Tenía trece años cuando pidió ingresar en el convento trinitario de Valladolid. Dado que la orden admitía a la profesión religiosa hasta los veinte años cumplidos, la preparación de Simón fue muy larga. Hechos los votos marchó a Salamanca para estudiar humanidades clásicas, filosofía y teología, en su célebre universidad. De camino a Salamanca se detuvo unos días en el santuario trinitario de Nuestra Señora de las Virtudes. Al reemprender el viaje a Salamanca los demás se dieron cuenta de que ya no tartamudeaba. Todos consideron que había sido un milagro de la Virgen.
Fue ordenado sacerdote en el año 1577 y comenzó a ejercer el ministerio como capellán de las monjas trinitarias de Villoruela, pueblo agrícola de las cercanías de Salamanca, recorriendo también otros lugares de la comarca salmantina. En 1581 fue destinado al convento de Toledo como profesor de filosofía y teología. Entre sus alumnos estuvo Juan Bautista Rico, quien sería reformador de la orden trinitaria y canonizado en 1975.
Desde 1579 fue superior de diversas comunidades, visitador y ministro provicial. Aunque algunas de las comunidades que le tocó regir fueron muy numerosas, nunca se limitó a trabajar en el ámbito de los conventos. Dedicaba mucho tiempo a la predicación, al confesionario, a visitar a enfermos y asistir pobres y necesitados. Los temas más frecuentes de su predicación eran la santísima Virgen, la pasión del Señor y el amor de Dios.
El rey de España, Felipe III, pidió que lo trasladaran a la corte real de Madrid, donde permaneció veinte años. Allí desarrolló una gran labor en favor de los pobres, para quienes organizó colectas y la Congregación de Esclavos del Dulcísimo Nombre de María, para ayudar a los pobres. En ella se inscribieron el rey Felipe III y la familia real, como también muchos nobles, que no despreciaron ver sus nombres al lado del de gente del pueblo sencillo. El padre Simón, que fue educador del príncipe y las infantas y confesor de la reina, nunca usó su influencia sino para ayudar a la gente humilde.
La popularidad del padre Rojas era enorme, especialmente en los arrabales de Madrid, donde abundaban los pobres y reinaba la miseria. Por eso, cuando murió, el 29 de septiembre de 1624, un alud de gente se precipitó hacia el convento de los trinitarios. Su cadáver estuvo expuesto al público durante doce días porque todos querían verlo y tocarlo por última vez. Los funerales se asemejaron más a una canonización popular que a una despedida. Fue beatificado por el papa Clemente XIII el 13 de mayo de 1766 y canonizado el 3 de julio de 1988 por el papa Juan Pablo II.
Moral y Ética IV
La cuestión de los fines y los medios
Cuando se trata de cosas serias, conviene tener la cabeza fría
En una ocasión imaginábamos humorísticamente a unos sujetos un tanto perturbados por lecturas «políticamente incorrectas». Uno de ellos fue a un psiquiatra que le aconsejaba —para tranquilizarle— que se olvidara del supuesto orden entre los medios y los fines. «¿Qué importa que una cosa sea fin o medio? —decía el galeno—, en realidad, todo es fin y todo es medio, por eso nada es medio ni es fin... A lo que responde el paciente: -Pues mire, doctor, esto mismo me dijo el zapatero. Tenía unos zapatos de excelente diseño. Pero yo tenía los pies grandes y no me cabían. La solución estuvo conforme con su teoría. Llamó al traumatólogo y me cortó los dedos de los pies. Ahora ya, fíjese, los zapatos me sientan perfectamente.
-Pues claro que sí, hombre. Usted creía que el pie era el fin y los zapatos los medios: una vulgaridad. Hay que se creativos. Por cierto, ¿por qué lleva usted ese vendaje en la cabeza? ¿Le duele acaso la abundancia de ideas inquietantes?
-No señor, es que mi sombrerero tiene unos sombreros de exquisito formato, pero mi cabeza era demasiado grande. Por eso me limó el cráneo con mucho cuidado. Cuando me quite la venda, el sombrero me sentará de maravilla. Ahora lo entiendo todo doctor, creativamente hablando, si el fin es excelente, el medio puede ser execrable; perdón, quiero decir, que será también excelente, porque lo excelente y lo execrable en rigor son lo mismo y no existe ni lo uno ni lo otro, ¿no es así?
EL LECHO DE PROCUSTO
Esta especie de locura que consiste en prescindir, a la hora de actuar, del orden natural entre el fin y los medios adecuados, está muy difundida y explica gran cantidad de crímenes no sólo contra «la humanidad» abstracta, sino contra millones de personas concretas, con rostro, nombres y apellidos. Se adopta una conducta y se adapta como sea, el pensamiento, para justificarlo. Se construye una teoría moral y se hace como Procusto. Procusto no era el nombre de pila del mítico posadero de Eleusis. Se llamaba Damastes, pero le apodaban Procusto que significa «el estirador», lo cual sólo se comprendía cuando mostraba su sistema de hacer amable la estancia a sus huéspedes. Deseoso de que los más altos estuvieran cómodos en sus lechos, se aseguraba de que éstos tuvieran la medida exacta cortándoles (a los huéspedes) la porción sobresaliente de sus miembros. Y a los bajitos les ataba grandes pesos a los pies hasta que alcanzaban la estatura justa del lecho. Menos mal que Teseo, forzudo atleta, puso fin a las locuras del posadero devolviéndole con creces el trato que dispensaba a sus ingenuos clientes.
La vida real no es una especie de plastilina que pueda adoptar la forma que queramos. Hay una naturaleza de las cosas, unas relaciones naturales entre ellas, que configuran un orden de prioridades —lo contrario al caos—, una jerarquía de valores. Es más importante la cabeza que la mano; hay que conservar antes aquella que ésta; y, ésta, si caemos, instintivamente se adelanta a parar el golpe. Es más importante el coche que su cenicero. Si el cenicero está lleno de colillas no es sensato tirar el coche y comprarse otro, sino tirar las colillas y conservar el coche. Si hay que vacunar a un niño, es mejor que llore un poco que no lo haga y haber de enterrarlo prematuramente.
LA SECUENCIA DEL DISPARATE
Un modo de «procustizar» la vida es adaptarla a nuestros deseos, a costa de lo que sea. ¿Deseo cortarme la mano?, me la corto. ¿Deseo cortar la del vecino? Se la corto. ¿Deseo acabar de una vez con un país molesto? Le lanzo una bomba de hidrógeno. ¿Me molesta el guardia civil? Lo mato. ¿No deseo embarazo, pero sí el placer? Me quedo con el placer y aborto. ¿Te duele la cabeza? Te la corto. Muerto el perro se acabó la rabia. ¿Deseo tener mucho más dinero, ya? Pues lo robo. Mejor dicho, «lo sustraigo». ¿Quién osará llamar «robo» a esto? Esto no es más que un desplazamiento de papeles de un lugar a otro (mi bolsillo). Sólo puede llamarse «robo» si alguien lo sustrae de mi bolsillo y lo traslada al de otro.
Procusto seguramente pensaría que todo el mundo había de juzgarle como una bellísima persona que merecía la medalla al mérito civil. Lo que sucedía es que no estaba en sus cabales y era un peligro público. Menos mal que no pasaba de ser un mito. Sin embargo, su talante y estilo ético no son un mito, son una realidad tan extendida que si los procustos volaran no se vería el sol. Vean ustedes a sesudos parlamentarios y elocuentes portavoces de partidos políticos, hablar de «interrupción voluntaria del embarazo», cuando se trata de legalizar el descuartizamiento de un niño o su defecación con la píldora RU-486. Hacen de hecho lo mismo que hacía en teoría Jean Paul Sartre: para afirmar la dignidad del hombre comenzaba negando a Dios y acababa diciendo que el hombre es un «ser vomitado al mundo», «una pasión inútil». Es la lógica macabra del ateísmo «lógico». También hablan de «muerte digna» cuando se trata de matar o rematar al abuelo por compasión; etcétera.
CÓMO ES EL EMPEDRADO DEL INFIERNO
No hace mucho un parlamentario reiteraba el aforismo tan viejo como falso: «el fin justifica los medios». Estamos en una sociedad que se entusiasma hasta perder el sentido ante «las buenas intenciones» y «los buenos deseos». Se olvida que «el infierno está empedrado de buenas intenciones y de buenos deseos», que ambas cosas —deseos e intenciones— figuran en el clásico refranero castellano.
Adviértase que nunca se ha dicho, que yo sepa, que el infierno esté lleno de gente de «buena voluntad». La voluntad es una cosa y las intenciones y deseos son otra. El infierno no admite voluntades buenas, porque la voluntad es algo muy serio, inconfundible con las intenciones. Se puede tener una buenísima intención y a la vez una voluntad perversa. Pongamos un ejemplo que hoy sólo irritará a una exigua minoría: Adolfo Hitler. ¿No tenía el hombre la buenísima intención de mejorar la raza aria y convertirla en la señora del mundo? ¿Qué insensato puede atreverse a juzgar las intenciones de Hitler? Sin embargo no hay duda: la voluntad de Hitler era perversa y no damos un duro por la piel de su alma, aunque le deseemos lo mejor en la vida eterna (nunca se sabe qué sucede en la persona a lo largo de ese corto viaje a «la otra orilla», que se llama muerte).
Lo cierto es que, por seguir con la sabiduría popular, el cielo puede estar lleno de gente equivocada, compatible con la buena voluntad y, en cambio, el infierno puede estar lleno de gente con certezas muy firmes y buenísimos deseos. ¡Hombre, lo que yo deseo no es matar al niño, sino salvar el bienestar de la madre! O sea, que defiendes el derecho de matar a un inocente ¿o no? ¡Es que mi deseo es sublime! Sí, claro, pero tu voluntad es criminal y tu pensamiento un caos. ¿O no?
¿ UN BUEN FIN CON MEDIOS INJUSTOS?
Un error semejante consiste en pensar que pueden valorarse los medios con independencia del fin y viceversa. Creer que nos repugnan los medios de los terroristas a la vez que nos entusiasman sus metas. Es el error de pensar que cabe alcanzar un buen fin con medios injustos. «Esto -dice lúcidamente J. A. Marina- me parece falso sin paliativos. El fin incluye inevitablemente los medios con los que se pretende llegar a ese fin. El fin no es una idea abstracta, platónica, exenta, pulcra, incontaminada. Es la meta más el conjunto de todos los pasos que llegan a ella. Separar los medios y los fines es un logicismo que no encaja con el comportamiento real del ser humano (...) Eso es la más detestable de las falacias: la que deja en la ignorancia ciertas cosas para poder aprovechar la situación sin remordimientos. Se llama mala fe».
Un fin elegido, con resultado bueno, por el hecho de que se realice después del mal del que se ha seguido, no convierte en bueno a ese mal, puesto que el mal ya está hecho, ya es pasado, y no hay nada más inmutable que el pasado. El futuro puede cambiar. No faltan quienes aseguran que el futuro «ya no es lo que era». Pero el pasado no hay quien lo mueva. Si la voluntad ha hecho libremente el mal, ya se ha hecho mala y no hay quien lo pueda evitar. Lo mismo que con la sola intención y un buen deseo no puedo mover una silla o una mesa, a no ser en un escenario tipo David Copperffield. Con tales elementos no se puede convertir un homicidio en un nacimiento, ni un robo en una obra de misericordia.
Además, cuando los medios son elegidos libremente, son queridos; y por eso equivalen a fines que, en nuestro caso, son malos.
LOS MEDIOS CONFIGURAN LOS FINES
Fines y medios no son valores independientes, que se puedan juzgar por separado, porque los fines de alguna manera proceden de los medios; si no, no se conseguiría ningún fin: nadie da lo que no tiene. Es absolutamente imposible que un medio injusto conduzca un fin justo; sería una tremenda contradicción. El fin alcanzado por medios injustos pierde su calidad de fin y no puede ser bueno. «La naturaleza de los fines está implicada en la naturaleza de los medios —dice J.M. Ibáñez-Langlois—. En cierto modo los medios contienen ya el fin; los procedimientos anuncian el resultado. Predicar, matar, conmover, forzar, orar, no son medios neutros que sirvan para cualquier fin: cada uno lleva implícito el resultado». La bala lleva consigo la muerte.
En ocasiones, algunos males traen bienes. Es cierto si hablamos de males y bienes físicos. Un río salido de madre arrasa un poblado, pero dispone la tierra para una fecundidad imprevista. Pero aquí estamos hablando en el orden de los valores éticos: de bienes justos o injustos. Cierto que un bien conseguido injustamente -por ejemplo, un millón de dólares robado-, puede proporcionarme muchos bienes materiales: un chalé de lujo, un yate fantástico, unos réditos suculentos, etcétera. Todo eso es bueno de suyo. Ahora bien, ¿es justo que yo disfrute de un chalé que he construido con dinero robado? El prolongado usufructo de un dinero robado, ¿no será, más que un bien, la prolongación e intensificación de una formidable injusticia? ¿Podré pensar que, en estas circunstancias, mi vida llena de cosas buenas y de limosnas generosísimas, es una vida noble, honrada y generosa? Antes no podía ni dar una limosna a un pobre. Pero, ¿podré decir que hice bien robando los cien millones de dólares porque ahora gozo de la magnanimidad de Robin Hood?
Pues bien, si la injusticia es aún mayor que el robo, como por ejemplo, el asesinato de un inocente, sea éste ciudadano adulto o hijo nonato, ¿podré pensar honradamente que el fin justo (el bienestar de algunos) hace buenos los medios injustos (la muerte producida a alguno)? ¿Será justo el bienestar de la madre (y de sus cómplices), una vez perpetrado el aborto directo? El robo, el aborto procurado, el terrorismo nunca engendrarán bienes justos. Pueden traer algunos bienes, por supuesto. Lo que nunca sucederá es que los frutos lleguen a ser justos: no hay fin justo cuando se emplean medios injustos. Donde se emplean medios injustos no caben fines justos. Lo que se logre así, por hermoso que resulte, no podrá ser más que un hermoso monumento a la injusticia.
Los fines requieren medios homogéneos. La paz no se consigue con violencia, sino con heroísmo. La justicia no puede venir de la injusticia. Dice la Sagrada Escritura: Concupiscentia spadonis devirginavit iuvenem, sic qui facit per vim iudicium inique (Sir 20, 2-3), que se traduce: «Como pasión de eunuco por desflorar a una moza, así el que ejecuta la justicia con violencia» (Biblia de Jerusalén); o «Como eunuco que pretende desflorar a una doncella, es el que a la fuerza hace la justicia» (Ecclo, 20, 2-3, Nacar-Colunga). La templanza no se adquiere saciando el apetito, sino dominándolo. La fortaleza no se consigue sin esfuerzo. De un mal físico puede venir un bien moral (la conversión a Dios, por ejemplo; o la unidad de la familia). Lo que es imposible es que un mal moral engendre un bien moral en la persona que lo realiza. La única manera es, con la gracia de Dios, convertirse, detestar y reparar en toda la medida posible el mal cometido y entregarse a la consecución del bien. Dios puede utilizar las consecuencias del mal para alcanzar un bien mayor. La Iglesia canta O félix culpa! por el pecado original, porque el inmenso amor ha movido a Dios a redimirnos mediante la cruz de su Hijo. Pero sin la misericordia de Dios estaríamos abandonados a la injusticia.
La sobrevaloración de intenciones, deseos y «buenos sentimientos», sin atender a la verdad, a la voluntad y a la justicia, conduce a la solidaridad con el crimen; convierte a una sociedad en cómplice de barbaridades que nunca habrían de suceder. Cuando se trata de cosas serias, conviene tener la cabeza fría y, si puede ser, los pies calientes. De lo contrario, la justicia, la democracia y, por supuesto, la ética, no serían más que zarandajas, palabras altisonantes para engañar a los incautos.
Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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"Id por todo el mundo y proclamad la buena noticia a toda criatura"
Marcos 16,15
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Estad en guardia, porque no sabéis en qué día va a venir vuestro Señor
1 Corintios 1,1-9
1 Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio y llamada de Dios, y el hermano Sóstenes,2 a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los consagrados por Cristo Jesús, llamados y consagrados, con todos los que invocan en cualquier lugar el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro; 3 os deseo la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor. 4 No ceso de dar gracias a Dios por la generosidad que ha tenido con vosotros. 5 Por medio de Cristo Jesús os ha enriquecido en todo, en el saber y en el hablar. 6 De tal manera que el testimonio de Cristo se ha consolidado en vosotros. 7 De este modo no carecéis de ningún carisma, mientras esperáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. 8 Él os mantendrá firmes hasta el fin, para que nadie os pueda reprochar nada el día de la venida de nuestro Señor Jesucristo. 9 Dios es fiel y él os ha llamado a vivir en unión con su Hijo, Jesucristo, nuestro Señor.
Salmo 145,2-7
2 Todos los días te bendeciré,
alabaré tu nombre por siempre jamás.
3 Dios es grande y digno de alabanza,
no tiene medida su grandeza.
4 Una generación ponderará tus obras a la otra,
proclamarán tus proezas;
5 hablarán del esplendor de tu gloriosa majestad,
contarán tus milagros;
6 publicarán el poder de tus prodigios
y pregonarán tus grandezas;
7 divulgarán el recuerdo de tu inmensa bondad,
aclamarán tu justicia.
Mateo 24,42-51
42 Estad en guardia, porque no sabéis en qué día va a venir vuestro Señor. 43 Tened en cuenta que si el amo de casa supiera a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en guardia y no dejaría que le asaltaran la casa. 44 Estad preparados también vosotros, porque a la hora que menos penséis vendrá el hijo del hombre». 45 «¿Quién es el criado fiel y prudente, puesto por el amo al frente de su servidumbre, para que les dé la comida a su hora? 46 Dichoso ese criado si, al llegar su amo, lo encuentra cumpliendo con su deber. 47 Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes. 48 Pero si ese criado es de mala condición y, pensando que su amo va a tardar en venir, 49 se pone a maltratar a sus compañeros, a comer y a beber con los borrachos, 50 su amo vendrá el día que él menos lo espere,51 le castigará severamente y le asignará su suerte con los hipócritas. Allí será el llanto y el crujir de dientes».
El día de hoy Cristo nos invita a estar siempre listos y a vigilar en nuestra vida espiritual. No sabemos cuando el Señor nos llamará a su presencia, es decir, cuando será el final de nuestra vida. Lo que sí sabemos con certeza es que tarde o temprano estaremos en la presencia de Dios para rendir cuentas de nuestra vida.
El texto evangélico es una invitación para ser el siervo fiel prudente que espera vigilante el regreso de su Señor. Es como una introducción al anuncio del último juicio. Se trata de la comparación entre la vida personal y la ley del reino de los cielos, es decir, con el amor a Dios y al prójimo, que ya están fundidos en una sola ley: cada vez que lo hiciste con uno de estos mis más pequeños hermanos, conmigo lo hiciste (Mt 25, 40).
En ésta parábola se presenta la perfección de la caridad, es decir, el cumplimiento de la misión. Al principio del camino de la vida todo joven reflexiona sobre el propio futuro. Si tiene sentido de la responsabilidad, se pregunta qué sentido tiene la vida y qué vocación ha recibido de Dios. La vocación es distinta para cada uno y, sin embargo, el objetivo final de toda vocación es el mismo para todos, es decir, la vocación al amor.
Nadie puede vivir sólo para sí mismo, ni tampoco para el trabajo o para los ideales. Son sólo piedras que marcan el camino y ayudan alcanzar el objetivo que Dios nos ha confiado: la salvación de los demás. San Antonio Abad decía: “la salvación del hombre depende del otro, es decir, de lo que hemos hecho para su bien”.
San Ramón Nonato
Nació en los mismos comienzos del siglo XIII.
Su nombre deja boquiabierto a quien lo oye o lo lee por primera vez. Nonnato -Nonato por más breve- sugiere a un santo sólo potencial; como si la palabra fuera un slogan publicitario que estuviera invitando a quien lo lee o escucha a que se decidiera a iniciar una programa que acabara con la santidad del guión preestablecido. De hecho, significa no-nacido. ¿Pretenderá decir el extraño nombre que, por no haber nacido todavía el santo que rellene el expediente completo de sus cualidades y virtudes, está como esperando la Iglesia a que haya uno que se decida de una vez a reproducirlas? Eso sería, lógicamente, confundir la santidad como algo que brota de la voluntad y decisión humana, cuando ella es en verdad el resultado de la acción del Espíritu Santo con quien se coopera libremente. Sería sencillamente pelagianismo.
El calificativo -que ha pasado ya a ser nombre- le viene a Ramón por el hecho de haber sido sacado del claustro materno, por medio de una intervención quirúrgica, cuando ya había muerto su madre. Por so no nació como nacen normalmente los niños, lo extrajeron. Fue en Portell, en Lérida, cuando se iniciaba el siglo.
La buena y alta situación de su padre le posibilitó crecer en buen ambiente y formación, aunque sin el cariño y los cuidados de una madre. Cuentan de su primera juventud la devoción especialísima a la santísima Virgen que le llevaba con frecuencia a visitar la ermita de san Nicolás donde pasaba ratos mientras sus rebaños pastaban. Luego su padre quiso irlo incorporando poco a poco a las tareas de administración de sus posesiones y esa fue la razón por la que se le encuentra en Barcelona en el intento de aprender letras y números. Allí tuvo ocasión de trabar amistad con Pedro Nolasco -que por aquel entonces era comerciante- y de compartir mutuamente los deseos de fidelidad a la fe cristiana vivida con radicalidad, llegando incluso a considerar la posibilidad de entrar en el estado clerical.
Como el padre disfruta de un gran sentido práctico, lo reincorpora al terruño de Portell y le encarga la explotación de varias de sus fincas. Pero, sigue diciendo la antigua crónica, que la misma Virgen María le comunica su deseo de que ingrese en la recién fundada Orden de la Merced y allí está de nuevo en Barcelona puesto a disposición completa en las manos de su antes amigo Pedro Nolasco.
Noviciado, profesión, ordenación sacerdotal y ministerio en el hospital de santa Eulalia se suceden con la normalidad propia de quien tiene prisa para cumplir el cuarto voto mercedario consistente en redimir a los cautivos y servir de rehén en su lugar si procede.
En el norte del continente negro predica, consuela, cura, fortalece, atiende y transmite paciencia a los cautivos de los piratas berberiscos; comprende bien su situación y se hace cargo de que están rodeados de todos los peligros para su fe. Incluso él mismo tuvo que soportar cárcel y la tortura de que sellaran sus labios por ocho meses con un candado para impedirle la predicación.
A su vuelta a España entre el clamor de las multitudes, lo nombra Cardenal de la Iglesia el papa Gregorio IX, reconociendo sus méritos y virtud de la caridad practicada de modo heroico; pero no le dio tiempo a llegar a Roma por morir, antes de cumplir los cuarenta años, cuando se disponía a hacerlo.
Por el empeño de hacerse cargo de su cuerpo tanto los frailes mercedarios como los nobles señores de Cardona, decidieron de común acuerdo darle sepultura allá donde lo decidiera una mula ciega que lo llevó a lomos hasta que quiso pararse ante la ermita de San Nicolás, de Portell.
Desaparecieron las reliquias, irrecuperables ya para la veneración, en el año 1936.
Lo que no ha sido relegado al olvido por sus paisanos es la figura del santo y su acción caritativa. Esa devoción secular que se refleja incluso en las fiestas y en el folklore. No digamos nada sobre la devoción que le profesan todas las parturientas que lo tienen como especial patrón para su trance.
Se divulgó por el mundo la pintura que lo muestra con la Custodia en la mano derecha expresando así la fuente de su caridad con los hombres.
Moral y Ética III
¿Qué es lo bueno?
La Iglesia traza el mapa de los caminos del bien
Difícilmente puede hallarse una pregunta de mayor interés: ¿Qué es lo bueno? ¿qué es el bien? Porque todo hombre guarda en lo más hondo de su ser el deseo invencible de ser bueno y de hacer lo bueno. Y si hace el mal es porque le deslumbra la partecilla de bien con la que el mal se reviste. Es una consecuencia natural de ser criaturas de Dios, Bien infinito, que todo lo hace bien y para el bien; que no sólo ha puesto el bien en todas sus obras, sino la aptitud para hacer el bien y así incrementarlo.
Todos gozamos de una especie de instinto para descubrir el bien. Sabemos que "lo bueno es el bien" y que "lo malo es el mal". Sin embargo, en la práctica no pocas veces se nos plantea un problema: ¿es esto bueno? ¿es bueno que yo haga tal cosa? La respuesta no es siempre inmediata y cierta; a veces requiere un estudio largo y arduo. Pero siendo tan importante acertar en lo que se juega nuestra propia bondad, nuestro bien, comprendemos que el estudio haya de ser riguroso, científico, de modo que la conclusión se apoye en argumentos sólidos e irrefutables.
Así nace la ciencia que llamamos Ética (de ethos, costumbre o modo habitual de obrar), que investiga precisamente lo que es bueno hacer, de modo que, haciéndolo, alcancemos la perfección humana posible y por tanto la satisfacción de nuestros más hondos deseos, es decir, la felicidad.
Cuando se dice que algo "es ético" o que "no es ético", se está diciendo que es o no es bueno. Ahora bien, si casi todos coincidimos en que nuestra conducta ha de ser "ética", no siempre estamos de acuerdo en "lo que es ético". Lo que parece "ético" a unos, puede resultar una monstruosidad a otros. Así por ejemplo, algunos llaman "ético" al aborto provocado en caso de embarazo por violación; lo cual a muchos nos parece uno de los peores crímenes -incluso quizá peor que el terrorismo-, y negación del más elemental derecho de la persona, el derecho a la vida.
Este caso nos permite entender la enorme importancia de aclararnos sobre qué es y qué no es "ético"; sobre qué es en realidad "lo bueno". Se trata de una cuestión de vida o muerte, y es preciso encararla con toda seriedad y rigor.
¿Es posible llegar a un conocimiento cierto sobre "lo que es bueno", al menos en lo fundamental, o estamos condenados a una eterna duda o a opiniones sin fundamento racional? ¿Existe un criterio objetivo de bondad que nos permita, sin temor a equivocarnos, discernir el bien del mal? La respuesta del sentido común ha sido siempre afirmativa. Pero conviene que comprendamos por qué; y por qué algunos no lo ven así.
Es claro que el bien -lo bueno- es tal por contener alguna perfección que hace a la cosa deseable, apetecible. Aristóteles decía que "el bien es lo que todos desean". Pero, ¿por qué todos deseamos el bien? Porque vemos en él algo que nos beneficia, que "nos hace bien", que nos perfecciona, nos mejora, satisface nuestras necesidades, nos hace más felices. Cabe decir que el bien es una perfección que me perfecciona, una perfección perfectiva (no son vanas estas consideraciones de Pero Grullo).
LA RELATIVIDAD DEL BIEN
Es de notar ahora que no todo lo que perfecciona a un sujeto, perfecciona a otros. El abono animal alimenta las flores, pero no al hombre. La alfalfa es buena, sabrosa y sana, para las vacas, no para nosotros. Es claro pues que el bien es relativo: dice relación a un sujeto o a un conjunto más o menos numeroso de sujetos determinados.
Esa "relatividad" del bien ha inducido a muchos a pensar que el bien no es algo "objetivo", es decir, que no está ahí, independiente de mi pensamiento, sino que cada uno puede tomar por bueno "lo que le parezca"; cada uno sería libre de considerar bueno una cosa o su contraria y decidir por su cuenta sobre el bien y el mal. Cada uno -se ha dicho- sería "creador de valores", porque el valor o bondad de las cosas no estaría en ellas, sino en mi subjetividad, en mi pensamiento, en mi deseo o en mi opinión.
Es un grave error en el que hoy incurren no pocos, pero no es nuevo; es tan viejo como el hombre. Adán y Eva ya quisieron no reconocer el bien donde se hallaba -donde Dios lo había puesto-, sino donde a ellos les apetecía que estuviera, con su ya mala voluntad.
LA OBJETIVIDAD DEL BIEN
En rigor, aunque el bien sea "relativo" (algo es bueno siempre "para alguien"), no hay nada menos subjetivo u opinable. La bondad del aire que respiramos, el agua que bebemos, el calor y la luz del sol que nos vivifica, etcétera, etcétera, no es algo que inventamos o creamos: no es una bondad "opinable": está ahí, con independencia de nuestra estimación.
De modo similar descubrimos el valor de la justicia, de la libertad, de la paz, de la fraternidad: valores objetivos que no tendría sentido negar. De modo que si yo los negase porque en algún momento no me apetecieran, seguirían siendo valiosos para todos. Mi inapetencia sería un síntoma seguro de alguna enfermedad del cuerpo o del alma.
Es también importante advertir -frente a lo pensado y muy difundido por ciertos filósofos- que si yo apetezco la manzana, no es porque yo le confiera el buen sabor. La manzana no es sabrosa simplemente porque yo la saboree con gusto. Aunque a otro no le guste -quizá porque esté enfermo-, la bondad de la manzana no es un producto de mi subjetividad: es la manzana misma que tiene de por sí la aptitud para causar un buen sabor y una buena nutrición. Si así no fuera, el mismo sabor podría encontrar yo en el acíbar o en la basura.
Es indudable que hay bienes, valores objetivos. Pero cabe preguntarse si todos los bienes lo son. Y, en efecto, la respuesta es afirmativa, porque, en la práctica, las cosas y las acciones humanas, quiérase o no, siempre perfeccionan o dañan, incluso las que, teóricamente, pueden considerarse con razón indiferentes (como, por ejemplo, pasear).
La "relatividad" del bien no quiere decir, pues, que el bien sea bueno porque mi voluntad lo desea, sino que mi voluntad lo desea porque es bueno. La bondad, primeramente está en la cosa y después puede estar en mi capricho, opinión o estimación. Lo que es bueno para mí puede ser malo para otro; por ejemplo, un fármaco o un trabajo determinado. Esto no depende de mi parecer. ¿De qué depende entonces? Depende, justamente, de lo que yo soy, depende de mi ser, lo cual, ahora, no depende de mi voluntad ni es una cuestión opinable. Aunque yo ahora tenga cualidades y defectos que sean consecuencia de mi libre voluntad, lo que he llegado a ser, lo que ahora soy, lo soy ya con independencia de mi voluntad, y con la misma independencia habrá cosas buenas o malas para mí.
El bien depende pues del ser (real, objetivo, que está ahí) y del modo de ser. Y hay algo que el hombre nunca podrá dejar de ser, esto es, precisamente, hombre. Las características individuantes o personales de cada uno, no difuminan ni anulan la naturaleza humana, al contrario, son perfecciones (o defectos) de esa naturaleza peculiar, que compartimos todos los hombres, y que hace posible que hablemos con sentido del "género humano" o de la ""especie humana", y también de un bien objetivo común a toda la humanidad.
De manera que hay bienes relativos a personas singulares. Pero hay también, indudablemente, bienes relativos a la naturaleza humana común, y, por tanto, a todos y a cada uno de los individuos de nuestra especie. Por eso hay leyes o normas morales objetivas, universales y permanentes que afectan a todos los hombres, de cualquier tiempo y lugar. Lo que daña a la naturaleza, forzosamente ha de dañar a la persona, porque la persona no es ajena a la naturaleza sino una perfección --el sujeto-- de esa naturaleza determinada.
A naturalezas diversas corresponden diversos bienes. Lo que es bueno para el bruto o para el ángel, puede no ser bueno para el hombre. Por eso, para saber lo que es bueno para el hombre -para todos y cada uno- es indispensable conocer antes la respuesta a la gran pregunta: ¿Qué es el hombre? "Qué soy yo, Dios mío? -exclamaba San Agustín-. Mi esencia, .¿cuál es?" (1).
La Ética (ciencia sobre los bienes del hombre) supone la Antropología filosófica (que estudia qué es el hombre). En la historia del pensamiento se encuentran éticas diferentes porque hay diversos conceptos sobre el hombre; y, en consecuencia, hay diversos conceptos sobre los bienes.
¿QUÉ ES EL HOMBRE?
Para algunos, el hombre no es más que un conjunto de corpúsculos, aunque complejo y maravilloso (como para Carl Sagan, por ejemplo); se ha contemplado como pura química o biología, o como un mero manojo de instintos fatalmente determinados; o como un número en una especie zoológica. Son diversas manifestaciones de la concepción materialista del hombre.
Al negar -dogmáticamente, por cierto- la realidad del alma espiritual e inmortal en el hombre, todo materialismo se hace incapaz de conocer lo que el hombre en verdad es; y, por lo mismo, no puede saber tampoco lo que en realidad es bueno o "ético". Al pensar al hombre como simple animal evolucionado -sin ningún elemento que sea irreductible a elementos materiales-, no puede evitar pensar lo bueno reducido a lo material y sensitivo; y fácilmente concederá un valor absoluto a lo económico. Se le escapa lo más valioso: el espíritu, donde se halla la raíz indispensable del entendimiento y de la libre voluntad. Por eso, los términos "libertad", "justicia", "paz", "amor", etcétera, carecen, en el materialismo, de contenido humano y se confunden con las sombras que de tales cosas existen -o parecen existir- en el mundo de los irracionales. El mismo concepto de "persona" se vacía y el hombre queda reducido a un "número" al servicio de la "especie" (llamada "sociedad"). Si la "especie" lo reclama, no habrá inconveniente en sacrificar al individuo: se le podrá saquear, con toda paz, o encerrarle en un hospital siquiátrico, o eliminarle: sólo cuenta el bien de la "especie", como en zoología. Esta es la tremenda conclusión del colectivismo, especialmente del marxista.
Si realmente queremos lo bueno, el bien para nosotros y para la sociedad -compuesta no de meros individuos sustituibles, sino de personas con valor único irrepetible-, hemos de tener la honradez de contemplar al hombre en su integridad. No basta ver en el cuerpo sentidos e instintos. Esto sería no ver al hombre, como no ve el cilindro quien mira solamente una de sus secciones, la horizontal o la vertical:
Porque entonces podemos confundir el cilindro con un círculo o con un cuadrado; e incluso llegar a la conclusión de que el cilindro es un círculo cuadrado, y, por tanto, un absurdo que no puede existir sino como una vana ilusión de la mente. Podríamos llegar a la negación de la posibilidad del cilindro, de modo similar a como se ha llegado a la negación del alma humana inmortal: seccionando al ser humano por la mitad de su cuerpo, descuartizándolo. Y una vez descuartizado en la mesa de disección, el "sabio" sentencia: como no veo el alma por ninguna parte, el alma no existe. (Aplausos). Como hizo aquél astronauta soviético, que declaró triunfante que Dios no existía, porque él no lo había visto en su viaje espacial.
El hombre es un "cilindro" muy peculiar: no tiene techo, no tiene límite hacia arriba, y sólo una "sección" totalmente "vertical" puede descubrir su dimensión trascendente a la materia. Pero no es difícil descubrirla, si no se ha perdido del todo el sentido común. Ya tendremos ocasión de volver sobre el asunto. Pero es cierto lo que, en medio de su confusión religiosa, afirmaba gráficamente Unamuno: "lo que llaman espíritu me parece mucho más material (quería decir "perceptible" o "claramente cognoscible") que lo que llamamos materia; a mi alma la siento más de bulto y más sensible que a mi cuerpo". Con razón se ha dicho que el materialismo es el más peregrino ensayo de querer probar, asistidos del espíritu, la no existencia del espíritu, porque "sólo un ser pensante, esto es, espiritual, puede ponerse a "demostrar" con argumentos el materialismo" (2).
El materialismo, deslumbrado ante la semejanza morfológica entre el hombre y el mono, los confunde. Sucede lo que advierte Giambattista Torelló: "objetos de estudio esencialmente diversos, proyectados por el investigador sobre un plano inferior se presentan a su vista como iguales: así la proyección de un cilindro, una esfera y un cono es la misma: un círculo ambiguo y tentador para espíritus simplistas, capaces de concluir que, en el fondo, cilindro, esfera y cono son en realidad una misma cosa".
Ciertamente tenemos un cuerpo, unos sentidos que reclaman las satisfacciones de sus necesidades vitales. Pero, ante todo gozamos de algo que excede todo lo que puede proceder de la evolución de la materia: el entendimiento, ávido, insaciable de verdad. Ya desde niño, el hombre sano comienza a "exasperar" con sus preguntas interminables: "mamá, ¿qué es esto?, ¿para qué es esto?"; y, sobre todo: "¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?..." Es que el niño está buscando ya una respuesta última y definitiva, que no remita a otro porqué, que sea el gran Porqué que lo explique todo, que sea la Verdad primera original y originaria de toda otra verdad. El pequeño pregunta por Dios, busca a Dios, necesita a Dios desde que su inteligencia despierta al "uso de razón". Es la célebre oración de San Agustín: "Nos has creado, Señor, para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti" (3).
Lo único capaz de saciar y aquietar el entendimiento es el conocimiento de Dios. Y no cualquier conocimiento, sino todo el conocimiento de que es capaz. Sólo así alcanza su perfección suprema, su plena felicidad. De otra parte, la voluntad es una ilimitada capacidad de amar el bien,- no es "infinita", pero sí "ilimitada", porque por mucho que ame, siempre anhela amar más. No se conforma con cualquier bien, desea lo óptimo. Y cuando pone el amor en una criatura y la posee de algún modo, al punto se halla satisfecha; pero pronto advierte que no es lo óptimo, que queda un vacío por llenar, que no ha alcanzado, ni de lejos, la plenitud del bien y del amor que buscaba. Es que todos -sepámoslo o no- queremos a Dios, buscamos a Dios, tenemos hambre de Dios, como Verdad Primera y Bien infinito, como Sabiduría y Amor plenos. Es decir, sólo en El se halla la perfección, la plenitud humana, la felicidad sin sombras: en el amoroso conocimiento de Dios. Ese es nuestro fin, nuestro óptimo bien objetivo común.
Ahora que sabemos, no con detalle, pero sí con profundidad lo que es el hombre, sabemos también cuál es su bien fundamental e indispensable. Independientemente de lo que yo quiera, piense, me apetezca u opine, mi Bien es Dios. Y hallamos así un criterio objetivo de bondad: en el mundo, será bueno para mí -moralmente bueno-, será "ético" lo que me acerque a Dios (o, al menos, no me aleje de El); y será malo -aunque me apetezca- lo que me separa de Dios.
Lo que me aproxime a Dios, será también perfección de mi ser humano personal; lo contrario, dañará sin duda y siempre, lo más íntimo de mi persona.
Esta es ya una conclusión de suma importancia. Pero se abre, claro está, una nueva pregunta: ¿qué es, en la práctica, lo que me acerca a Dios y qué es lo que me aleja de Dios? La luz natural de la razón es un don que nos permite a todos descubrir las exigencias fundamentales del ser humano, es decir la ley moral natural, formulada sintéticamente por Dios mismo en el Decálogo. Se entienden bien así las palabras de Juan Pablo II: "La ley moral es ley del hombre, porque es la ley de Dios". En efecto: "La verdad expresada por la ley moral es la verdad del ser, tal como es pensado y querido por Dios que nos ha creado". Es por eso que "hay una profunda consonancia entre la parte más verdadera de nosotros mismos y lo que la ley de Dios nos manda, a pesar de que, para usar las palabras del Apóstol, "en mis miembros siento otra ley que repugna a la ley de mi mente" (Rom 7, 22)" (4).
Si no existiera la sombra del pecado original en nuestra mente y no hubiese sido debilitada nuestra voluntad, nos conoceríamos bien a nosotros mismos y, en consecuencia, conoceríamos sin duda lo que es bueno, tendríamos una visión clara de la ley moral. Ahora nos cuesta esfuerzo alcanzarla, también por que nos cuesta vivirla. Pero Dios, en su infinita misericordia, ha venido en nuestra ayuda, se ha hecho Hombre, para decirnos hasta con palabras humanas cuál es el camino que conduce a ser de verdad hombres perfectos y felices: "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (5). Y no sólo nos ofrece una felicidad natural, sino que con su encarnación, vida, pasión, muerte y resurrección, nos ha abierto las puertas nada menos que a la vida íntima de Dios Uno y Trino. Ha puesto a nuestra disposición su misma felicidad: lo óptimo, no ya relativo al hombre, sino en absoluto.
Y para que todos los hombres, podamos conocer fácilmente, sin disputas o dudas angustiosas, sin esfuerzos hercúleos, cuáles son las cosas que nos acercan a Dios y cuáles son las que nos alejan de Él, fundó la Iglesia -una, santa, católica y apostólica- con un Magisterio autorizado, asistido siempre por el Espíritu Santo -el Espíritu de Verdad-, capaz de trazar, en cada momento, un mapa cierto y seguro de los caminos del bien. Ahí, especialmente los católicos, pero también de algún modo todos los demás, tenemos el gran criterio, la gran luz, la gran seguridad para discernir el bien del mal, para conocer esa "norma suprema de la vida humana", que el Concilio Vaticano II recuerda que es "la propia ley divina, eterna, objetiva y universal, por la que Dios ordena, dirige y gobierna el mundo universo y los caminos de la comunidad humana" (6).
(1) SAN AGUSTIN, Confesiones, X, XVII; (2) CORNELIO FABRO, Dios, Ed. Rialp, Madrid 1961, p. 203; (3) SAN AGUSTIN, o.c., 1, I, l; (4) JUAN PABLO II, Audiencia general, 27-VII-1983; (5) Jn 14, 6; (6) Conc. Vat II, Dignitatis humanae, 3.
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¡No entráis vosotros ni dejáis entrar a los que quieren!
2 Tesalonicenses 1,1-5.11-12
1 Pablo, Silvano y Timoteo a la Iglesia de los tesalonicenses, en Dios, nuestro Padre, y en Jesucristo, el Señor. 2 Os deseamos la gracia y la paz de Dios Padre y de Jesucristo, el Señor. 3 Hermanos, es nuestro deber y es de justicia dar gracias a Dios por vosotros, por los grandes progresos de vuestra fe y por el amor cada vez más grande que os tenéis unos a otros,4 hasta el punto de que nos sentimos orgullosos de vosotros en medio del pueblo de Dios por la fortaleza y por la fe con que soportáis los sufrimientos y las persecuciones. 5 Esto es una manifestación del justo juicio de Dios, para haceros así dignos de su reino, por el cual padecéis.
11 En este sentido pedimos sin cesar por vosotros: que nuestro Dios os haga dignos de vuestra vocación y que con su poder lleve a término todos vuestros buenos deseos y la obra de vuestra fe. 12 De este modo el nombre de Jesús, nuestro Señor, será glorificado entre vosotros, y vosotros lo seréis en él con la gracia de nuestro Dios y de Jesucristo, el Señor.
Salmo 95,1-3
1 Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor toda la tierra;
2 cantad al Señor, bendecid su nombre,
proclamad día tras día su salvación;
3 publicad su gloria entre las gentes,
sus portentos entre todos los pueblos.
Mateo 23,13-22
13 «¡Ay de vosotros, maestros de la ley y fariseos hipócritas, que cerráis el reino de Dios a los hombres! ¡No entráis vosotros ni dejáis entrar a los que quieren! 15 ¡Ay de vosotros, maestros de la ley y fariseos hipócritas, que recorréis mares y tierras para hacer un prosélito y, cuando llega a serlo, lo hacéis reo del fuego dos veces más que vosotros!16 ¡Ay de vosotros, guías ciegos, que decís: Si se jura por el santuario, no es nada; pero el que jura por el oro del santuario queda obligado! 17 ¡Necios y ciegos! ¿Qué es más? ¿El oro o el santuario que santifica el oro? 18 Y decís además: Jurar por el altar no es nada, pero el que jura por lo ofrendado sobre él queda obligado. 19 ¡Ciegos! ¿Qué es más? ¿La ofrenda o el altar que santifica a la ofrenda?20 El que jura por el altar jura por él y por todo lo que está sobre él, 21 y el que jura por el santuario jura por él y por quien lo habita, 22 y el que jura por el cielo jura por el trono de Dios y por el que está sentado en él.
Jesús quiere que nuestra piedad hacia Dios sea sincera, es decir, sin falsos ritualismos externos vacíos. Por ello en el evangelio del día de hoy vemos cómo Jesús desenmascara la falsa piedad de los escribas y fariseos que todo lo ciñen a la práctica externa de la ley divina, descuidando la verdadera piedad que implica el ejercicio de la caridad.
La palabra hipócrita, de origen griego, tiene distintos matices en las distintas lenguas, pero tiene un significado fundamental común: es hipócrita quién pone un velo a la realidad para hacer que parezca distinta. Lo feo debe parecer hermoso; el mal, bien.
No es hipócrita la persona humilde que esconde el bien que hace, sino quien quiere presentar sus malas intenciones bajo una luz buena. Jesús era muy severo en los juicios sobre los fariseos. Los acusaban de usar la ley de Dios para conseguir sus intereses, de justificar las ganancias mundanas con razones religiosas.
Pero Jesús hace también alusión al significado de la palabra hipócrita según la etimología griega. En este caso, es hipócrita quien murmura a espaldas en los demás, quien piensa cosas distintas de las que dice. Exteriormente, los fariseos predicaban y explicaban las palabras divinas, la ley y los profetas, pero su convicción interior no se correspondía con las palabras. Por tanto, lo que predicaban los condenaba.
La maldad no es sólo cosa de los tiempos de Jesús; el fariseísmo es la tentación constante de siempre y es necesario estar atentos para no caer en su trampa.
San Agustín
San Agustín es doctor de la Iglesia, y el más grande de los Padres de la Iglesia, escribió muchos libros de gran valor para la Iglesia y el mundo.
Nació el 13 de noviembre del año 354, en el norte de África. Su madre fue Santa Mónica. Su padre era un hombre pagano de carácter violento.
Santa Mónica había enseñado a su hijo a orar y lo había instruido en la fe. San Agustín cayó gravemente enfermo y pidió que le dieran el Bautismo, pero luego se curó y no se llegó a bautizar. A los estudios se entregó apasionadamente pero, poco a poco, se dejó arrastrar por una vida desordenada.
A los 17 años se unió a una mujer y con ella tuvo un hijo, al que llamaron Adeodato. Estudió retórica y filosofía. Compartió la corriente del Maniqueísmo, la cual sostiene que el espíritu es el principio de todo bien y la materia, el principio de todo mal.
Diez años después, abandonó este pensamiento. En Milán, obtuvo la Cátedra de Retórica y fue muy bien recibido por San Ambrosio, el Obispo de la ciudad. Agustín, al comenzar a escuchar sus sermones, cambió la opinión que tenía acerca de la Iglesia, de la fe, y de la imagen de Dios.
Santa Mónica trataba de convertirle a través de la oración. Lo había seguido a Milán y quería que se casara con la madre de Adeodato, pero ella decidió regresar a África y dejar al niño con su padre. Agustín estaba convencido de que la verdad estaba en la Iglesia, pero se resistía a convertirse.
Comprendía el valor de la castidad, pero se le hacía difícil practicarla, lo cual le dificultaba la total conversión al cristianismo. Él decía: “Lo haré pronto, poco a poco; dame más tiempo”. Pero ese “pronto” no llegaba nunca.
Un amigo de Agustín fue a visitarlo y le contó la vida de San Antonio, la cual le impresionó mucho. Él comprendía que era tiempo de avanzar por el camino correcto. Se decía “¿Hasta cuándo? ¿Hasta mañana? ¿Por qué no hoy?”. Mientras repetía esto, oyó la voz de un niño de la casa vecina que cantaba: “toma y lee, toma y lee”. En ese momento, le vino a la memoria que San Antonio se había convertido al escuchar la lectura de un pasaje del Evangelio. San Agustín interpretó las palabras del niño como una señal del Cielo. Dejó de llorar y se dirigió a donde estaba su amigo que tenía en sus manos el Evangelio. Decidieron convertirse y ambos fueron a contar a Santa Mónica lo sucedido, quien dio gracias a Dios. San Agustín tenía 33 años.
San Agustín se dedicó al estudio y a la oración. Hizo penitencia y se preparó para su Bautismo. Lo recibió junto con su amigo Alipio y con su hijo, Adeodato. Decía a Dios: “Demasiado tarde, demasiado tarde empecé a amarte”. Y, también: “Me llamaste a gritos y acabaste por vencer mi sordera”. Su hijo tenía quince años cuando recibió el Bautismo y murió un tiempo después. Él, por su parte, se hizo monje, buscando alcanzar el ideal de la perfección cristiana.
Deseoso de ser útil a la Iglesia, regresó a África. Ahí vivió casi tres años sirviendo a Dios con el ayuno, la oración y las buenas obras. Instruía a sus prójimos con sus discursos y escritos. En el año 391, fue ordenado sacerdote y comenzó a predicar. Cinco años más tarde, se le consagró Obispo de Hipona. Organizó la casa en la que vivía con una serie de reglas convirtiéndola en un monasterio en el que sólo se admitía en la Orden a los que aceptaban vivir bajo la Regla escrita por San Agustín. Esta Regla estaba basada en la sencillez de vida. Fundó también una rama femenina.
Fue muy caritativo, ayudó mucho a los pobres. Llegó a fundir los vasos sagrados para rescatar a los cautivos. Decía que había que vestir a los necesitados de cada parroquia. Durante los 34 años que fue Obispo defendió con celo y eficacia la fe católica contra las herejías. Escribió más de 60 obras muy importantes para la Iglesia como “Confesiones” y “Sobre la Ciudad de Dios”.
Los últimos años de la vida de San Agustín se vieron turbados por la guerra. El norte de África atravesó momentos difíciles, ya que los vándalos la invadieron destruyéndolo todo a su paso.
A los tres meses, San Agustín cayó enfermo de fiebre y comprendió que ya era el final de su vida. En esta época escribió: “Quien ama a Cristo, no puede tener miedo de encontrarse con Él”.
Murió a los 76 años, en el año 430.
Con él se lega a la posteridad el pensamiento filosófico-teológico más influyente de la historia.
Moral y Ética II
La moral y la santidad del Hombre Nuevo
Descripción del Hombre Nuevo, que vive según Dios, que imita a Jesucristo.
El centro del mensaje cristiano, tal como lo enseñó Jesucristo es el amor a Dios y al prójimo Mt 22, 34 –40. Si se opta por este principio la vida humana se verá influenciada por él, se irán concretando nuevos comportamientos, configurando al Hombre Nuevo que vive según Dios, que imita a Jesucristo.
En ocasiones puede parecer muy difícil encarnar este Hombre Nuevo, parecería que es una tarea imposible, pero el hombre no está solo para la realización de este proyecto, cuenta con Dios que actúa desde dentro de cada bautizado, además del apoyo que la Iglesia le brinda a través de a oración, de sus enseñanzas y los sacramentos.
El Hombre Nuevo
El ser humano tiende a buscar un modelo de comportamiento. El problema de hoy en día es que muchas veces, el joven o el adulto buscan ídolos, que no lo son, se imitan a deportistas, artistas, etc. No tenemos mas que ver las modas que estas figuras implantan, ropa, cortes de pelo y demás.
Lo curioso es que cantar como Ricky Martin, Plácido Domingo o cualquier otra persona, es casi imposible de lograr, pero aún así hay una insistencia tremenda por parecerse, pero cuando ponemos a Jesucristo como modelo, la respuesta que recibimos es “eso es imposible, pues Él era Dios”.
No nos damos cuenta que imitar a Cristo es más fácil, lo único que se necesita es tomar el Evangelio y ver que todo es cuestión de virtudes, desde las humanas hasta las morales, sinceridad, amor, mansedumbre, vida interior, etc. Normalmente pensamos que todo esto es muy difícil, nos olvidamos de que contamos con muchísimas gracias; los sacramentos, la oración, el ejemplo de los santos. Al lograrlo obtendremos mayores frutos; paz, felicidad, etc y sobre todo la vida eterna..
No hay que pensar que esta imitación la vamos a lograr en poco tiempo, pues es una lucha que dura toda la vida, aunque se logren ciertos avances, ni tampoco significa una vida sin defectos, siempre será un esfuerzo, un trabajo constante. Además esta imitación no es un asunto privado entre Dios y yo, sino que hay que compartirlo y darlo a los demás.
Si queremos vivir verdaderamente la moral cristiana tenemos que imitar a Cristo en la vida ordinaria. No esperemos a las grandes oportunidades u ocasiones, la mayoría de las personas no tienen esa oportunidad. Puede ser que cuando nos llegue estemos tan desacostumbrados a imitarlo que no sabríamos cómo hacerlo. No siempre será fácil descubrir lo que Cristo haría en las diversas situaciones de la vida, para ayudarnos a vislumbrarlo tenemos el Magisterio de la Iglesia.
Cristo en su infinita bondad y para no dejarnos solos, con el fin de que todos sepamos actuar nos deja a la Iglesia para que nos gobierne, enseñe y santifique.
Todos los hombres estamos llamados a la santidad, por lo tanto, la santidad es algo posible. Para alcanzarla necesitamos construirla sobre las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, hasta que lleguen a ser parte de nuestra vida diaria.
La acción del Espíritu Santo
Para ello contamos con la ayuda del Espíritu Santo Col 3, Ef 4 que es quien nos da el don maravilloso de la santidad. Él es quien la edifica, al hombre sólo le toca corresponder.
El meollo del asunto se encuentra en que los hombres nos olvidamos que no podemos hacer las cosas por nuestras propias fuerzas, que necesitamos ayuda. Nadie puede avanzar en el seguimiento de Cristo, en la verdadera vivencia del cristianismo sino cuenta con la ayuda del Espíritu Santo. Por eso es necesario estar abiertos a la acción del Espíritu Santo en nosotros, escucharle, dejándolo hablar en nuestro interior y actuar según nos dice.
Por medio del Bautismo, por la acción del Espíritu Santo nos hacemos lo que se denomina Hombre Nuevo, es decir el hombre regenerado por el sacrificio de Cristo que se convierte en hijo de Dios y miembro de la Iglesia.
Para ser Hombre Nuevo hay que nacer por obra del Espíritu Santo. Él con sus gracias va reforzando al hombre que vive guiado por Dios. Desgraciadamente, en la actualidad, como consecuencia de una vida acelerada, sin reflexión, superficial, muchas veces no se hace un poco de silencio interior para escuchar la voz de Dios, en ese lugar íntimo que pertenece a Dios y a cada hombre.
Sólo desde ahí se conocen en profundidad las grandes incógnitas de la vida: el dolor, la muerte, el sentido de la vida, la felicidad, el amor, el pecado, la donación al prójimo, la relación con Dios Padre, sólo así el hombre se descubre a sí mismo, pudiendo apreciar la vida de otra manera, con los ojos del amor y de la moral. La Iglesia le reza al Espíritu Santo para que ilumine a los hombres. Dominum et Vivificantem nn 52, 58, 67
Los Sacramentos y la vocación a la santidad
El cristiano por el Bautismo entra a formar parte de la Iglesia, se hace hijo adoptivo de Dios y comienza en él una vida nueva, la vida del Hombre Nuevo. Para ello se le otorgan todas las gracias necesarias. Dejando atrás todo lo que las consecuencias del pecado trae y comienza el seguimiento de Cristo.
El Sacramento de la Confirmación lo refuerza dándole las gracias necesarias para poder ser un auténtico testigo de Cristo en todo momento, en especial, en aquellos momentos difíciles, dándole fuerzas y valentía.
Estos dos sacramentos lanzan al hombre hacia la santidad, edificando la vida según los planes de Dios y expresados por Jesucristo. A partir de ellos, se busca la verdadera santidad, la imitación de Cristo.
El sacramento de la Eucaristía tiene gran influjo en la vida moral del hombre nuevo. En él se logra la unión más íntima con Jesucristo y este sacramento es la mayor fuente de gracias que recibe el cristiano. Por ello, hay que aprovechar todas estas gracias, viviendo conscientemente la participación en el banquete, con un gran deseo de corresponder a este don de Dios.
La cruz y el sacrificio en la vida cristiana
Cristo murió en la cruz por los hombres y su redención. Pudo haber escogido cualquier otro tipo de muerte, pero quiso mostrarnos su Evangelio, encarnando el amor y llevándolo hasta el extremo. Al mismo tiempo con su muerte le da un nuevo sentido al sufrimiento del ser humano.
El sufrimiento es algo real en la vida del hombre, todos los hombres sufren en un momento u otro. Le es muy difícil encontrar un consuelo y es en Jesucristo donde se puede encontrar una motivación, un ejemplo de aceptación con alegría y esperanza.
Si leemos el pasaje del Evangelio del Buen Ladrón Lc 23, 9-43, vemos que el buen ladrón fue el primero que comprendió el valor del sufrimiento unido a Cristo. También aparece en este pasaje la manifestación de aquellos que en el sufrimiento se rebelan contra Dios. Para estas personas el dolor es pura amargura, no tiene sentido.
El sufrimiento sigue siendo un misterio para la mayoría de los hombres, pero para los cristianos tiene un valor, está ordenado a la salvación eterna. Por eso ofrece sus sufrimientos a Dios y obtiene gracias para él y los demás, completando y uniéndose al amor infinito y al sufrimiento de Cristo. Se puede decir que el cristiano al contemplar en sí mismo el sufrimiento y los dolores de Cristo descubre en ellos al Cristo de la pasión y de la resurrección. Salvificis Doloris.
Vivir en obediencia y amor al Papa y al Magisterio de la Iglesia
El hombre nuevo debe vivir en obediencia y amor al Papa porque sabe que es su Vicario en la tierra y la cabeza visible de la Iglesia y es vínculo de unión entre todos los cristianos.
En el Evangelio encontramos el fundamento dele amor al Papa como consecuencia del amor a Cristo Mt 16, 13-20. En este pasaje se encuentra contenida la revelación sobre el papel y la auténtica identidad de su Vicario. Cristo desea que se le reconozca su identidad divina, sus poderes y explica su misión.
Además por la fe sabemos que el Papa es el encargado de guiar a su Pueblo. Por eso, es obligación del cristiano leer los escritos del Santo Padre, difundir su doctrina, obedecer fielmente y defenderlo ante cualquier crítica a su persona o a su imagen.
Junto al Papa, se encuentra la Iglesia desarrollando su función de guía.
Moral de la Caridad
El cristianismo es comparado con otras religiones o con ideologías o con doctrinas filosófico-teológicas. En realidad el cristianismo no es nada de eso, no es creación de la mente humana. “El cristianismo es una auténtica revelación de Dios que se hace al hombre por amor al hombre para abrirle el camino a la vida eterna y mostrarle un ejemplo de conducta”.
El cristianismo es la respuesta del hombre a la llamada de amor de Cristo. Esta respuesta del hombre es una respuesta de amor real, eficaz, concretado en un respeto y veneración a toda la herencia que Cristo nos ha dejado.
Este amor no es algo externo sino que nace del corazón, del interior del hombre y se manifiesta en sus obras. El cristianismo es la religión del amor, del seguimiento de Cristo. Y este amor exige radicalidad, no se puede ser mediocre: o se ama a Dios y al prójimo o se ama al yo, a sí mismo.
Al final de la vida seremos examinados en el amor y sólo contará lo que hayamos hecho por Dios y los demás.
Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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9b «Ven, que te voy a mostrar la esposa del cordero». 10 Y me llevó en espíritu sobre un monte grande y alto, y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo de junto a Dios11 con la gloria misma de Dios: su esplendor era como el de una piedra preciosísima, como el jaspe cristalino. 12 Tenía un muro grande y alto con doce puertas; sobre las puertas, doce ángeles y nombres escritos, los de las doce tribus de Israel. 13 Al oriente, tres puertas; al norte, tres puertas; al mediodía, tres puertas; al occidente, tres puertas. 14 El muro de la ciudad tenía doce fundamentos, y sobre ellos doce nombres, los de los doce apóstoles del cordero.
Salmo 144.10-18
10 Te alabarán, Señor, todas tus obras,
y tus fieles te bendecirán;
11 anunciarán la gloria de tu reino
y hablarán de tus proezas,
12 explicando a los hombres tus proezas
y la gloria deslumbrante de tu reino.
13 Tu reino es un reino eterno
y tu imperio dura por todas las edades.
El Señor es fiel a su palabra,
leal en todas sus acciones.
14 El Señor sostiene a todos los que caen,
endereza a los que están doblados.
15 Los ojos de todos están fijos en ti
y tú les das a su tiempo la comida;
16 abres la mano y sacias a placer
a todos los vivientes.
17 El Señor es justo en todos sus caminos,
leal en todas sus acciones;
18 el Señor está cerca de los que lo invocan,
de los que lo invocan con sinceridad.
Juan 1, 45-51
45 Felipe encontró a Natanael y le dijo: «Hemos encontrado a aquel de quien Moisés escribió en la ley y los profetas. Es Jesús de Nazaret, el hijo de José». 46 Natanael respondió: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?». Felipe contestó: «Ven y verás». 47 Jesús vio a Natanael, que se le acercaba, y dijo de él: «Éste es un israelita auténtico, en el que no hay engaño». 48 Natanael le dijo: «¿De qué me conoces?». Jesús le contestó: «Antes que Felipe te llamase, te vi yo, cuando estabas debajo de la higuera». 49 Natanael le respondió: «Rabí, tú eres el hijo de Dios, tú eres el rey de Israel». Jesús le contestó: 50 «¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores que éstas verás». 51 Y añadió: «Os aseguro que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el hijo del hombre».
Bartolomé de Caná de Galilea mencionado en los evangelios dentro del grupo de los 12 apóstoles, es identificado como amigo del apóstol Felipe. Incrédulo de los orígenes de Jesús, pues pensaba que era de Nazaret, el Maestro le invita a convivir con Él y ver las maravillas de Dios. Con esta experiencia de Cristo Bartolomé se convierten en un fiel discípulo del Maestro.
Parece que Bartolomé es un sobrenombre o segundo nombre que le fue añadido a su antiguo nombre que era Natanael (que significa "regalo de Dios") Muchos autores creen que el personaje que el evangelista San Juan llama Natanael, es el mismo que otros evangelistas llaman Bartolomé. Porque San Mateo, San Lucas y San Marcos cuando nombran al apóstol Felipe, le colocan como compañero de Felipe a Natanael.
El día en que Natanael o Bartolomé se encontró por primera vez a Jesús fue para toda su vida una fecha memorable, totalmente inolvidable. Fue podríamos decir el día de su conversión. Felipe, lo primero que hizo al experimentar el enorme gozo de ser discípulo de Jesús fue ir a invitar a un gran amigo a que se hiciera también seguidor de tan excelente maestro.
Era una antorcha que encendía a otra antorcha. Pero nuestro santo al oír que Jesús era de Nazaret (aunque no era de ese pueblo sino de Belén, pero la gente creía que había nacido allí) se extrañó, porque aquél era uno de los más pequeños e ignorados pueblecitos del país, que ni siquiera aparecía en los mapas. Felipe no le discutió a su pregunta pesimista sino solamente le hizo una propuesta: "¡Ven y verás que gran profeta es!"
Los hombres de todos los tiempos se han preguntado una y otra vez por la felicidad, aunque tal vez nunca comprendieran qué es realmente eso de la felicidad. Y se han dedicado siempre a buscarla por todos los conductos y todos los medios. Han elaborado teorías tan variopintas que entre unas y otras se dan profundas contradicciones. Y, siempre al final, se tiene la impresión de que no se acaba de acertar: ni la vida fácil, ni el estudio de la filosofía, ni el dinero, ni la fama, ni el progreso, ni muchas otras cosas son capaces de llenar el corazón infinito del hombre. Por ello, es que muchos seres humanos al vuelto los ojos hacia la figura de Cristo y le han preguntado si él puede de veras llenar el corazón humano de paz y de gozo. Hoy se lo queremos preguntar nosotros.
¿Eres tú, Cristo, lo que el hombre de hoy y de siempre espera? Todos sabemos por la historia que Jesús era un hombre excepcional, pero eso no basta para llenar el corazón humano. Juan Bautista envió a Cristo una legación para preguntarle: ¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? (Mt 11,3). Éste es el interrogante que siempre se plantea el ser humano. Cristo responde afirmativamente a la pregunta de Juan Bautista, explayándose sobre sus propias obras que constituyen la prueba ineludible de los tiempos mesiánicos. Él, por tanto, afirma que es lo que el hombre de antaño, de hoy, y de mañana ha esperado, espera y esperará.
¿Tú, Cristo, puedes llenar siempre el corazón humano, infinito por su propia capacidad? Jesús no sólo fue un hombre perfecto, sino que era por antonomasia Dios Perfecto. En su condición de Dios, Jesús puede garantizarnos a los seres humanos su capacidad infinita en el tiempo y en la eternidad de llenar el corazón humano. ¿Quién en esta vida nos puede asegurar que nos querrá siempre? ¿Qué en esta vida nos podrá certificar que nos agradará siempre? ¿Qué en esta vida nos podrá vender la mentira de que siempre nos llenará de satisfacción? Todo, y todo lo que no sea Dios, es caduco, no podrá nunca asegurarnos un estado de felicidad infinita. Basta ver cómo se derrumban las esperanzas que tantos seres humanos han construido esperándolo todo de ellas. Sólo Cristo permanece.
Finalmente, ¿Tú, Cristo, eres capaz de llenar de alegría mi vida, de gozo mi corazón, de ilusión mi caminar con ese Evangelio en donde sólo los pobres, los mansos, los misericordiosos, los perseguidos van a ser felices? Y Cristo nos asegura que sí, que Él es capaz de llenar nuestras vidas con todo esto que el mundo desprecia y rechaza, porque los bienaventurados del mundo moderno son los poderosos, los dominadores, los ricos, los vengativos, los iracundos, los reconocidos, los que ríen. Es tremendo ver cómo se puede concebir de forma tan distinta la felicidad, pero ya la historia va dando de sobra la razón al Evangelio. Porque del Evangelio han salido los hombres felices, en paz, llenos de ilusión y esperanza. De las teorías del mundo moderno han salido las depresiones, las ansiedades, las angustias, la tristeza.
En conclusión, aceptemos a Cristo con ilusión, como la esperanza que se coloca por encima de cualquier otra esperanza, como la promesa que hace realidad lo más apetecido por el ser humano, como la certeza de un futuro lleno de sentido y de gozo. Cristo, Hijo de Dios, Perfecto Dios y Perfecto Hombre es la medida del corazón humano.
San Juan nos trasmite una historia bellísima en el relato de la vocación de los primeros discípulos (Jn 1, 45-51). Felipe, a quien poco antes el Señor había llamado a su seguimiento, se encuentra con Natanael y le dice lleno de gozo: AAquel de quien, escribió Moisés en la ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, el hijo de José, el de Nazaret. El bueno de Natanael le responde con un cierto aire de desconfianza: ¿De Nazaret puede haber cosa buena?. Poco después tras el encuentro de Jesús y Natanael, éste último exclama con ilusión y fuera de sí: "Rabbi, tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel", y todo porque el Maestro le había dicho que lo había visto debajo de la higuera. Parece una escena surrealista, pero encierra una gran verdad, que vamos a comentar.
¿De Nazaret puede haber cosa buena? (Jn 1,46). Natanael, tal vez acostumbrado ya a tantos falsos mesías que habían salido como estrellas fugaces en la historia del pueblo de Israel, se extraña de aquellas palabras tan encendidas de Felipe en las que le comunica que un tal Jesús, de Nazaret, hijo de José, es el anunciado por Moisés y los profetas. No es rara esta experiencia para el hombre de hoy y de siempre, que lo ha esperado todo de todo y de todos y casi siempre se ha visto a sí mismo sorprendido por la inconsistencia de las cosas. Por eso, Natanael se sorprende y responde con esa pregunta: ¿De Nazaret puede haber cosa buena?. Este tipo de repuestas se encuentran en los labios de muchos hombres de hoy a propósito de cualquier nueva proposición de dicha ofrecida por la sociedad o por un amigo. La desilusión y la desconfianza se han instalado en ese corazón ya un poco seco y pasota del hombre moderno.
"Rabbí, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel" (Jn 1,49). Después de que Felipe le invite a acercarse a Cristo y de que Cristo hable de su honradez y rectitud, son esas palabras de Cristo: "Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi", (Jn 1,48), las que mueven de una forma terrible el interior de Natanael y en un grito de admiración y de reconocimiento llama a Jesús "Hijo de Dios". Para Natanael, tal vez un inquieto rabino o estudioso de las Escrituras, de repente la vida se ha iluminado con la presencia de aquel hombre que le ha presentado su amigo Felipe. En él ha encontrado de repente y de golpe a quien buscaba y lo que buscaba en una armoniosa síntesis. Es como si una vida ya al borde del desencanto se encontrara de repente con esa verdad que lo explica todo y llena de paz y felicidad el corazón. Todavía no sabe cómo, pero Natanael intuye que aquel hombre va a colmar todas sus expectativas.
"Has de ver cosas mayores" (Jn 1,50). Jesús le anuncia que aquella primera experiencia se va a multiplicar. Es como si le dijese: si dejas a Dios de veras entrar en tu corazón, todo lo que anhelabas, esperabas, deseabas, se convertirá en realidad. Y es que Dios es mucho más de lo que el hombre puede imaginarse. En realidad la felicidad que el hombre busca no es nada al lado de lo que Dios le ofrece. Dios siempre supera toda expectativa, todo deseo, toda esperanza. Natanael, el desconfiado, de repente ha quedado cogido por Cristo y un sentimiento de entusiasmo se apodera de él. En adelante será un don, una gracia, un privilegio servir a aquel Maestro que ya le había visto cuando estaba debajo de la higuera. Si nosotros dejáramos a Dios entrar en nuestro corazón a fondo, si nosotros hiciéramos una experiencia auténtica de Dios, si nosotros nos liberáramos del miedo a abrir las puertas del corazón a Dios, también diríamos, llenos de entusiasmo y gozo, "Rabbí, Tú eres el Hijo de Dios".
Este Apóstol, con su admiración por Cristo, nos puede enseñar a nosotros, hombres de hoy, una serie de actitudes muy necesarias frente a las cosas de Dios, pues a lo mejor es posible que nuestra vida espiritual y religiosa esté impregnada de modos fríos, racionalistas, calculadores, lejanos todos ellos de ese talante alegre, cordial y humano que debe caracterizarnos como hijos de Dios. Hay que decir que a veces el debilitamiento en la fe de muchos hermanos nuestros ha sido culpa de no ver en la religión a una persona, sino sólo un conjunto de principios y normas. Si nuestra religión no es Cristo, si el porqué de nuestra fidelidad no es su Persona, si en cada mandamiento no vemos el rostro de Jesús, la religión terminará agobiándonos, porque se convertirá en un montón de deberes, sin relación a Aquél a quien nosotros queremos servir. Vamos, pues, a exponer algunas de las características que deben brillar en la vivencia de nuestra fe y de nuestros deberes religiosos.
Si Cristo, don de Dios al mundo, es lo mejor para el hombre, entonces es imposible no vivir con gozo y alegría profunda la fe, es decir, la relación personal del hombre con Dios. Muchas veces los cristianos con nuestro estilo de vivir la fe, marcado por la tristeza, la indiferencia, el cansancio, estamos demostrando a quienes buscan en nosotros un signo de vida una profunda contradicción. El cristianismo es la religión de la alegría y no puede producir hombres insatisfechos. Al revés, la religión vivida de veras, como fe en Jesucristo, confiere al hombre plenitud, gozo, ilusión. Frente a todas las propuestas de felicidad, que terminan con el hombre en la desesperación, Cristo es la respuesta verdadera que no sólo no engaña sino que colma mucho más de lo esperado. Esta certeza debe reflejarse en nuestro rostro, rostro de resucitados, rostro de hombres salvados.
Si Cristo está vivo y es Hijo de Dios, mi relación con él tiene que ser mucho más personal, cercana e íntima. Tal vez ha faltado en muchas educaciones religiosas ese acercamiento humano a la figura de Cristo, un acercamiento que nos permite establecer con él una relación más cordial y sincera, como la que se tiene con un amigo. Es fácil comprender por qué con frecuencia la vida de oración de muchos creyentes es árida, seca, distraída. No se entra en contacto con la Persona, sino sólo tal vez con una idea de Dios, aun dentro del respeto y de la veneración. De ahí el peligro para muchos hombres de racionalizar la misma oración, convirtiéndola en reflexión religiosa, pero no en experiencia de Dios. Lógicamente la fe se empobrece mucho así. Y no debe ser así. La fe ha de ser vivida como experiencia personal de Cristo, y por tanto en un clima de cordialidad y de cercanía.
Si Cristo es, en fin, la esperanza del mundo, de la que hablaron Moisés y los profetas, entonces hay que vivir en la práctica la fe con seguridad y convencimiento. Podemos dar la impresión los cristianos de que creemos en Cristo, pero no lo suficiente como para abandonar otros caminos de felicidad al margen de él, de su Evangelio, de su Persona. Y esto en la vida se convierte en una contradicción práctica. Aparentamos tener lo mejor, pero nos cuidamos las espaldas teniendo reemplazos. Es como si afirmáramos que tal vez la fe en Cristo no es del todo segura y cierta, que tal vez él nos puede fallar. El mundo necesita de nosotros hoy la certeza de nuestra fe, una certeza que nos lleve a quemar los barcos, porque ya no los necesitamos, seguros como estamos de que hemos elegido la mejor parte.
Moral y Ética I
La moral y sus desviaciones
La moral es aquella parte de la Teología que estudia los actos humanos, considerándolos en orden a su fin sobrenatural. La moral ayuda al hombre a guiar sus actos, es una ciencia práctica. El hombre necesita de una norma objetiva que le indique lo que debe hacer y lo que debe evitar para poder alcanzar su fin: la salvación.
Los actos humanos que se pueden valorar moralmente son aquellos que el hombre ejecuta con conocimiento y con libre voluntad. Se valoran su moralidad sobrenatural porque son los que acercan o alejan al hombre de su posibilidad de alcanzar la vida eterna.
Si observamos a nuestro alrededor vemos que hay diferentes tipos de comportamientos entre los hombres,que hacen que en ocasiones se pierda la brújula y se tengan conductas basadas en presupuestos morales equivocados.
Veamos algunos de estos presupuestos morales equivocados:
El relativismo: tendencia a considerar que todos y cada uno tienen la razón, aún cuando esta verdad vaya en contra de la doctrina. Todo es relativo. Pero sabemos que no todo es relativo, existen valores fundamentales innegables. Esto es muy común en el New Age.
El idealismo que no es otra cosa que la filosofía de las cosas bonitas, de los grandes ideales, pero nunca se aterriza. Se cree conocer todo lo que está mal, pero no se hace nada por remediarlo.
La libre interpretación de la Biblia, cada quien interpreta las cosas como quiere. Para leer la Biblia hay que hacerlo en su contexto global, con fe, no con el intelecto únicamente, siempre con referencia a Cristo y con la guía de la Iglesia.
La vivencia de la religión como sentimiento, se vive según se siente, lo que resulta agradable se acepta. Lo difícil de aceptar o de entender se rechaza, así se elimina la revelación de dios en los aspectos difíciles de entender. El sentimentalismo es un gran enemigo de la vida espiritual.
El racionalismo, de origen filosófico, solo se acepta lo que se puede entender con la razón, lo que se puede comprobar, no hay nada sobrenatural. El hombre debe de reconocer sus limitaciones, su incapacidad para comprender muchas cosas, no es Dios.
Materialismo o secularización que no es otra cosa que el olvido de Dios. Dios no es parte de la vida diaria, solamente se le recuerda en la Iglesia o en ciertos ambientes. Se vive como si Dios no existiera. En este olvido generalizado se presenta una nueva moral donde no hay que dar cuentas a nadie de lo que se hace.
Mala información religiosa, Dios se reduce a ser un salvavidas, es alguien a quien recurrir en momentos difíciles, cuando hay problemas, no existe una relación de amor con Él, ni con los hombres.
Moral pragmática, solamente se cumple con lo que sirve o es útil. Cuando la vivencia de la moral es difícil se deja a un lado. La moral no es un capricho de unas personas, por lo tanto no se puede tomar lo que es útil, hay que vivirla en su totalidad.
Moral de apariencias, solamente se cumple con las normas externas, hay que aparentar ser bueno, no importa crecer en santidad.
Perfeccionismo moral, se da en personas que no se pueden aceptar a sí mismas, tal como son. Hay que lograr la perfección moral por sí mismo sin contar con Dios. Es la moral del que siente dolor al pecar porque está demostrando ser imperfecto.
Moral independiente, vivir la moral como dicta la conciencia, aunque ésta esté deformada o equivocada. Es una moral católica sin Iglesia católica.
Indiferentismo, pasividad, como no se pueden resolver los grandes problemas del mundo, no se hace nada, cómo no se puede vencer al pecado, sigo haciendo lo mismo. Olvido de la ayuda de Dios.
Moral slogan es la moral en la que no se razona, se toma aquello que resulta atractivo, sin profundizar en su bondad o maldad.
Moral de ¿hasta dónde?, se busca cumplir o hasta donde tengo que hacer. Es la moral del mínimo esfuerzo. La auténtica vida cristiana debe buscar imitar más a Cristo.. La auténtica moral cristiana no está basada en evitar el mal.
Moral del sexto y noveno mandamiento, se reduce al campo de lo sexual únicamente. Nada cuento mientras se cumpla con el sexto y noveno mandamiento.
Moral negativa, se limita a lo que no hay que hacer, sin pensar en el por qué. No se fija en hacer el bien, sino en evitar el mal, no robar, no mentir, no matar, etc.
Moral evolucionista, es aquella que piensa que la Iglesia debe modernizarse, que debe ser más comprensiva, más liberal. No se piensa que lo ha cambiado es la forma, lo accidental, pero el hombre sigue siendo igual que siempre.
Moral de actitudes, lo importante no son los actos, sino la actitud habitual. Esto es una influencia del protestantismo.
Moral de situación, la bondad o malicia de un acto no depende de una ley universal o inmutable sino que es determinada por la situación en que se encuentre el hombre.
La Moral en el Catecismo de la Iglesia
La moral ocupa la tercera parte del Catecismo, el cual presenta la moral como una respuesta al llamado que el hombre recibe. La moral es la respuesta del hombre a una llamada personal que Dios le hace. Este llamado esta vocación implica vivir según el Espíritu.
Los Diez Mandamientos constituyen la gran revelación de Dios, son también el centro de la predicación de Jesucristo en el Sermón de la Montaña Mateo 5. 7 y la base de la enseñanza moral de los apóstoles. Podemos decir que en este discurso se encuentra toda la norma de la moral cristiana.
El Catecismo divide los mandamientos en dos partes: “amarás a Dios sobre todas las cosas” (Mandamientos 1 al 3) y “al prójimo como a ti mismo” (Mandamientos 4 al 10). El Catecismo es un texto de referencia seguro y auténtico para la enseñanza de la doctrina católica, es una norma segura para la enseñanza de la fe.
Las líneas de la moral cristiana
Es una moral cristológica, es decir, Cristo es el centro y el modelo de la vida moral cristiana. Él debe ser el criterio esencial del actuar cristiano.
Las personas en la actualidad hacen grandes esfuerzos por imitar a los grandes del deporte, el cine, la música. Se imita la forma de hablar, de actuar, de vestir, etc, pero cuando se trata de imitar a Cristo, se ve como un imposible porque Él es Dios. Siendo que la imitación de Jesucristo está al alcance de todos, el Evangelio marca el camino, a través de las virtudes de la humildad, la mansedumbre, el amor, la sinceridad, etc.. Además se cuenta con muchas ayudas como son la gracia, los sacramentos, la oración, la Escritura, etc.
Imitar a Cristo no implica llegar a tener una vida sin defectos en poco tiempo, sino que debe ser un trabajo constante. Este esfuerzo debe de estar orientado a pensar sentir, querer con la mente, la voluntad y el corazón de Cristo.
La moral cristiana se apoya en la oración y se extiende por el apostolado.
Por la oración el cristiano enriquece su vida interior, es el medio por el cual se descubre a Dios, se crece en el amor a Él y se reconocen las inspiraciones del Espíritu Santo.Catec. 2558-2578.
Todos estos dones que se reciben en la oración deben de ser transmitidos y dados a los demás mediante el apostolado, no es válido quedarse con todo. El apostolado es una consecuencia del amor y se vive a través del servicio a Dios y a los hombres por el amor. Por medio de él se va construyendo un mundo mejor.
Una moral vivida en la Iglesia
Si se ama a Cristo, se ama a la Iglesia fundada por Él. No se puede amar a Cristo y no amar a Su Iglesia. Ella es el medio que Cristo escogió para encontrarnos con Él.
Es la moral del amor.
La vivencia interior de la moral cristiana exige una motivación en el amor. El cristianismo es la religión del amor, del seguimiento de Cristo por amor y en el amor no se puede ser mediocre.
Los cristianos deben conocerse por la vivencia del amor, tal como los primeros cristianos. El amor es radical; o se ama a Dios y al prójimo o se ama al “yo” y a sí mismo. Al final de la vida, el día del juicio seremos juzgados según el amor que vivimos.
Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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"Id por todo el mundo y proclamad la buena noticia a toda criatura"
Marcos 16,15
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los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos
Ezequiel 34,1-11
1 El Señor me dijo: 2 «Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel y diles: Pastores, esto dice el Señor Dios: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No es el rebaño al que deben apacentar los pastores? 3 Vosotros os tomáis la leche y os vestís con la lana; matáis las ovejas cebadas, pero no apacentáis el rebaño. 4 No habéis fortalecido a las débiles ni habéis curado a las enfermas; no habéis vendado a las heridas, no habéis hecho volver a las descarriadas ni buscado a las perdidas, sino que las habéis conducido con crueldad y violencia. 5 Y ahora andan dispersas, por falta de pastor, presa de todas las fieras del campo; 6 andan dispersas mis ovejas; errantes por todos los montes, por todos los collados; dispersas mis ovejas por todo el país, sin que las busque nadie ni las cuide. 7 Escuchad, pues, pastores, la palabra del Señor:8 Por mi vida, dice el Señor Dios, que por haber sido mi rebaño expuesto al pillaje y mis ovejas pasto de todas las fieras del campo por falta de pastor, por no haber cuidado mis pastores mi ganado y haberse en cambio apacentado a sí mismos en lugar de mi rebaño, 9 por eso, escuchad, pastores, la palabra del Señor. 10 Esto dice el Señor Dios: Aquí estoy yo contra los pastores reclamando mi rebaño de sus manos. No les confiaré más el pastoreo de mi rebaño; así no se apacentarán más a sí mismos. Les arrebataré mi ganado de su boca y ya no les servirá de pasto. 11 Pues esto dice el Señor Dios: Yo mismo cuidaré de mi ganado y le pasaré revista.
Deuteronomio 22,1-4.6
1 Si ves el buey o la oveja de tu prójimo que se han
extraviado, no te desentiendas de ellos; llévaselos a tu
hermano.
2 Si tu hermano no es de tu ciudad ni lo
conoces, encierra el animal en tu casa y tenlo allí hasta
que tu hermano venga a buscarlo, y entonces se lo
entregarás.
3 Lo mismo harás con su asno, con su manto
y con todo objeto perdido por tu hermano que tú
encuentres. No debes desentenderte de ellos.
4 Si ves el asno de tu hermano o su buey caídos en el
camino, no te desentiendas; ayúdale a levantarlos.
6 Si, de camino, encuentras en un árbol o en el suelo un
nido de pájaros con pollos o con huevos y la madre
echada sobre ellos, no tomes a la madre con los pollos;
Mateo 20,1-16
1 «El reino de Dios es como un amo que salió muy de mañana a contratar obreros para su viña. 2 Convino con los obreros en un denario al día, y los envió a su viña. 3 Fue también a las nueve de la mañana, vio a otros que estaban parados en la plaza4 y les dijo: Id también vosotros a la viña, yo os daré lo que sea justo. 5 Y fueron. De nuevo fue hacia el mediodía, y otra vez a las tres de la tarde, e hizo lo mismo. 6 Volvió por fin hacia las cinco de la tarde, encontró a otros que estaban parados y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día sin hacer nada? 7 Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a la viña. 8 Al caer la tarde dijo el dueño de la viña a su administrador: Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros. 9 Vinieron los de las cinco de la tarde y recibieron un denario cada uno. 10 Al llegar los primeros, pensaron que cobrarían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno. 11 Y, al tomarlo, murmuraban contra el amo 12 diciendo: Esos últimos han trabajado una sola hora y los has igualado a nosotros, que hemos soportado el peso del día y el calor. 13 Él respondió a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No convinimos en un denario? 14 Toma lo tuyo y vete. Pero yo quiero dar a este último lo mismo que a ti. 15 ¿No puedo hacer lo que quiera con lo mío? ¿O ves con malos ojos el que yo sea bueno?16 Así pues, los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos».
La generosidad de Dios supera todas las expectativas humanas. Él nos enseña a vivir esta virtud sin límite ni medida. La parábola que nos narra el evangelio es una maravillosa enseñanza en este sentido. El dueño de la viña reparte al final del día a todos por igual, sin considerar las horas trabajadas. Únicamente un corazón bueno es capaz de ser generoso con los demás y con sus propias pertenencias.
La parábola de los obreros de la viña, nos hace recordar que la obra de la creación aún no está terminada, porque Dios ha querido dar al hombre el gran privilegio de completar la obra comenzada por el artista supremo.
No hay muchos maestros que tengan una confianza tan grande en sus discípulos como para dejarle exterminar su obra. En cambio, con confianza, Dios confía al hombre su trabajo, cree en él y no lo abandona, lo acompaña con su mano. Con una decisión libre, Dios confía concretamente a cada uno su tarea. Nadie recibe la misma tarea, por eso, cada ocasión es especial e irrepetible. Nadie recibe el mismo tiempo: Dios dará a cada uno con tiempo distinto para llevar a cabo la propia obra.
Por eso hay tanta diferencia en los talentos personales y, como consecuencia, en los tipos de trabajo. Los obreros que han empezado a trabajar por la mañana murmuran al ver que, al final de la jornada, la recompensa es la misma para todos: ¿por qué pagar igual a quien ha soportado el calor y la fatiga de todo un día que a quien ha trabajado sólo unas pocas horas? Aquí, el dinero significa la vida eterna, el reino de Dios. Es una recompensa indivisible, que no se puede conceder parcialmente.
San Felipe Benizi
El hijo más ilustre y el más ardiente propagador de la congregación de los servitas en Italia nació en el seno de una noble familia de Florencia el 15 de agosto de 1233. A los 13 años fue a vivir a París a estudiar medicina. De París pasó a Padua donde a los 19 años obtuvo el grado de doctor en medicina y filosofía, regresando a su ciudad natal y ejerciendo por un año su profesión. Durante ese tiempo, estudió las Sagradas Escrituras y, frecuentaba las iglesias de su ciudad natal, especialmente La Anunciata, que estaba a cargo de la Orden de los Servitas (siervos de María), así llamados por la gran devoción que tenían a nuestra Señora, que allí era particularmente reverenciada.
Una epístola de la semana de pascua refiere que uno de los discípulos y diácono de la primitiva comunidad de Jerusalén, llamado FeIipe, recibió de Dios el encargo de acercarse al carruaje del mayordomo de la reina de Etiopía e intentar convertirla a la fe católica. Dijo el Espíritu Santo: "Acércate y sube a este carro".
Pues bien, estando Felipe Benicio, el l6 de abril de 1254, jueves de pascua, oyendo la misa conventual en la cercana ciudad de Fiésole, al proclamarse aquellas palabras: "Felipe, acércate y sube a este carro", tomadas de los Hechos de los apóstoles, interpretó que iban dirigidas a él. Y después en su casa, orando, tuvo una visión en medio de un éxtasis: vio venir a su encuentro a la Virgen, Madre de Dios, quien mostrándole el hábito negro de los servitas, le sonrió diciéndole: "Felipe, acércate y sube a este carro". Comprendió entonces que la reina del cielo lo invitaba a ponerse bajo su protección.
Ocultando su condición de noble y su profesión, Felipe pidió la admisión en Monte Senario y recibió de manos de San Bonfilio el hábito de los hermanos lego. Los superiores le ordenaron trabajar en el huerto, pedir limosna y algunas faenas duras y difíciles del campo. El santo se entregó por completo a dichas labores, orando incansablemente durante todas ellas. En 1258 fue enviado al convento de Siena, y durante el camino intervino en una polémica discusión sobre los dogmas de la fe, en la cual Felipe supo intervenir brillantemente aclarando y dando el verdadero sentido sobre lo dicho. Dos miembros de su congregación, que viajaban con él, dieron cuenta al prior general, quien al constatar la sabiduría del santo, lo ordenó sacerdote, y en 1262, fue nombrado maestro de novicios del convento de Siena, y Vicario asistente del prior general. En 1267, por voto unánime, el santo fue elegido prior general de la orden religiosa. Como primera labor, visitó todos los conventos de la orden que estaban en el norte de Italia invitando a las gentes a convertirse y someterse a la protección de la Virgen Madre. Luego, y al finalizar un intenso y largo retiro espiritual, San Felipe decidió visitar los conventos de Alemania y Francia.
En el Concilio de Lyon, San Felipe impresionó a todos por su sabiduría y don de las lenguas, don que fue utilizado por el santo para la conversión de los pecadores y reconciliación de los cismáticos de muchos lugares del mundo a donde iba a predicar el Evangelio; sin embargo, toda su fama no era suficiente para obtener la aprobación pontificia para la Orden de los Siervos de María.
En 1284, San Alejo puso bajo la dirección de San Felipe a su sobrina Santa Juliana, la cual fundó la tercera orden de las Siervas de María. El santo se encargó también de enviar a los primeros misioneros servitas al oriente, algunos de ellos, derramaron su sangre por mantenerse firmes en su fe a Cristo.
Cuando comprendió que se acercaba la hora de su muerte, en el año 1285, San Felipe decidió retirarse descansar al convento más sencillo y humilde de la orden religiosa, donde pasó sus últimos días, orando y postrado ante la imagen de la Virgen María. Falleció durante el angelus vespertino, y en 1761 fue canonizado. Su fiesta fue extendida a toda la Iglesia occidental en 1694.
Filosofía XXIX
Verdad, ideologías, sentimiento
Quizá sea el miedo lo que frene el pensamiento
El pensamiento acerca de la verdad de las cosas ha sido sustituido por ideologías que hacen agua apenas nacen. De otra parte, lo que parece interesar más en la actualidad es no el pensamiento sino lo que alguien ha llamado con humor y acierto, "sensamiento". Se presta mucha atención a lo que "se siente", si lo siento o si no lo siento, si lo siento mucho o lo siento poco. Es un modo de vivir sobre fundamentos inconsistentes e inestables; un modo de discurrir un tanto irracional, porque procede de vacíos del alma y se desarrolla en la epidermis de la existencia, o en los espacios etéreos de la ficción o del formalismo verbal y la logomaquia.
No se piensa en lo que hay y en lo que son en el fondo las cosas. No se piensa por ejemplo si esto o aquello es "medio" o "fin". Se renuncia a proseguir aquella tarea emprendida con tanto entusiasmo cuando éramos niños: averiguar hasta el último porqué de las cosas.
¿No es cierto -como escribió el científico José María Albareda- que ¿"hay algo en las cosas que las convierte en cautivadora estancia del pensar"?. Sin embargo, sigue siendo verdad lo que dijo Anselmo de Canterbury: "sólo unos pocos piensan en la verdad de las cosas". Parece ser esto una constante histórica.
Quizá suceda así porque conviene de vez en cuando pararse y pensar, tratando de pensar correctamente. Alejandro Llano lo resume así: "pensar, enseñar a pensar, aprender a pensar, es la triple obligación de la inteligencia". Se trata sin duda de una obligación verdaderamente moral, pues la razón es la facultad que Dios nos ha dado para descubrir el bien y regir toda nuestra conducta.
Quizá sea el miedo lo que frene el pensamiento. A menudo aparece el miedo ante la urgencia de pensar, miedo a la luz y a la libertad del pensador auténtico. Quizá porque cualquier rayo de luz nos guía hacia el sol, y no siempre el hombre se encuentra dispuesto a interesarse por la fuente de la luz y de la vida, que puede saciar su más profunda sed.
Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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"Id por todo el mundo y proclamad la buena noticia a toda criatura"
Marcos 16,15
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