11 de Agosto
90. El poder de perdonar los pecados
Miércoles de la Decimonovena Semana del Tiempo Ordinario
I. Jesús tenía el poder de perdonar los pecados, y a través del Evangelio vemos
que lo ejerció numerosas veces. Y no sólo quiso que alcanzasen el perdón
aquellos que lo encontraron por los caminos de Palestina, sino también cuantos
habrían de venir al mundo a lo largo de los siglos. Instituyó el sacramento de
la Penitencia porque conoce bien nuestra flaqueza y debilidad: ha venido a
salvarnos, a perdonarnos, a traernos la paz y la alegría (J. ESCRIVÁ DE
BALAGUER, Es Cristo que pasa) Para eso dio la potestad de perdonar los pecados
a los Apóstoles y a sus sucesores a lo largo de los siglos. (SAN AGUSTÍN,
Comentario a la 1ª Epístola de San Juan) El Sacramento de la Penitencia es una
expresión portentosa del amor y la misericordia de Dios con los hombres. Hoy
demos gracias al Señor por el don tan grande que significa ser perdonado de
errores y miserias, y nos preguntamos: ¿son hondas y bien preparadas nuestras
confesiones?
II. La consideración de las razones por las que el Señor instituyó el
sacramento de la Penitencia, nos mueven a ser agradecidos. En primer lugar, es
Cristo mismo, quien por medio del sacerdote, nos absuelve, porque cada
sacramento es acción de Cristo, y a la vez una acción de su Cuerpo Místico
inseparable, que es la Iglesia. El Señor está dispuesto a perdonar todo si nos
encontramos en las debidas disposiciones. En la Confesión nos da la oportunidad
de vaciar el alma de toda inmundicia, de limpiarla bien. Con un examen
diligente, el dolor y el propósito bien hechos, el Espíritu Santo va logrando
en nuestra alma la delicadeza de conciencia, una finura interior que afianza
una fuerte decisión de no cometer un pecado mortal, a la vez que hace crecer el
empeño sincero de detestar el pecado venial ¿Cómo no vamos a ser agradecidos?
III. Sólo tiene la facultad de perdonar los pecados quien haya recibido el
Orden sacramental, su poder le llega directamente de Dios. El confesor hace las
veces de Cristo, y debe juzgar las disposiciones del pecador -el dolor y
propósito de enmienda- antes de darle la absolución. La Confesión es un
verdadero juicio, pero es un juicio que se ordena al perdón del que se declara
culpable. Este juicio de la Confesión es, en cierto modo, adelanto y
preparación del juicio definitivo, que tendrá lugar al final de nuestra vida.
Entonces comprendemos en toda su profundidad la gracia y la misericordia divina
en el momento en que se nos perdonan nuestros pecados, y acudimos al Sacramento
con alegría y agradecimiento, llenos de esperanza.
Fuente: Colección "Hablar con Dios" por Francisco Fernández Carvajal, Ediciones
Palabra.
Resumido por Tere Correa de Valdés Chabre
90. El poder de perdonar los pecados
Miércoles de la Decimonovena Semana del Tiempo Ordinario
I. Jesús tenía el poder de perdonar los pecados, y a través del Evangelio vemos
que lo ejerció numerosas veces. Y no sólo quiso que alcanzasen el perdón
aquellos que lo encontraron por los caminos de Palestina, sino también cuantos
habrían de venir al mundo a lo largo de los siglos. Instituyó el sacramento de
la Penitencia porque conoce bien nuestra flaqueza y debilidad: ha venido a
salvarnos, a perdonarnos, a traernos la paz y la alegría (J. ESCRIVÁ DE
BALAGUER, Es Cristo que pasa) Para eso dio la potestad de perdonar los pecados
a los Apóstoles y a sus sucesores a lo largo de los siglos. (SAN AGUSTÍN,
Comentario a la 1ª Epístola de San Juan) El Sacramento de la Penitencia es una
expresión portentosa del amor y la misericordia de Dios con los hombres. Hoy
demos gracias al Señor por el don tan grande que significa ser perdonado de
errores y miserias, y nos preguntamos: ¿son hondas y bien preparadas nuestras
confesiones?
II. La consideración de las razones por las que el Señor instituyó el
sacramento de la Penitencia, nos mueven a ser agradecidos. En primer lugar, es
Cristo mismo, quien por medio del sacerdote, nos absuelve, porque cada
sacramento es acción de Cristo, y a la vez una acción de su Cuerpo Místico
inseparable, que es la Iglesia. El Señor está dispuesto a perdonar todo si nos
encontramos en las debidas disposiciones. En la Confesión nos da la oportunidad
de vaciar el alma de toda inmundicia, de limpiarla bien. Con un examen
diligente, el dolor y el propósito bien hechos, el Espíritu Santo va logrando
en nuestra alma la delicadeza de conciencia, una finura interior que afianza
una fuerte decisión de no cometer un pecado mortal, a la vez que hace crecer el
empeño sincero de detestar el pecado venial ¿Cómo no vamos a ser agradecidos?
III. Sólo tiene la facultad de perdonar los pecados quien haya recibido el
Orden sacramental, su poder le llega directamente de Dios. El confesor hace las
veces de Cristo, y debe juzgar las disposiciones del pecador -el dolor y
propósito de enmienda- antes de darle la absolución. La Confesión es un
verdadero juicio, pero es un juicio que se ordena al perdón del que se declara
culpable. Este juicio de la Confesión es, en cierto modo, adelanto y
preparación del juicio definitivo, que tendrá lugar al final de nuestra vida.
Entonces comprendemos en toda su profundidad la gracia y la misericordia divina
en el momento en que se nos perdonan nuestros pecados, y acudimos al Sacramento
con alegría y agradecimiento, llenos de esperanza.
Fuente: Colección "Hablar con Dios" por Francisco Fernández Carvajal, Ediciones
Palabra.
Resumido por Tere Correa de Valdés Chabre