|
La Asunción de la Virgen María
“La bienaventurada Virgen María, terminado el curso de su vida
terrena, fue asunta al cielo”. Éstas son las palabras con las que se =
define el dogma de la Asunción de la Santísima Virgen María en cuerpo
y alma al cielo. Este dogma, como también el de la Inmaculada
Concepción, es relativamente reciente, fue proclamado en 1950, pero
está avalado por siglos de fe en el seno de la comunidad cristiana.
¿Qué significado tiene el dogma de la Asunción? Detrás de la breve
formulación se encuentra toda una historia personal de fidelidad a
Dios de parte de la Santísima Virgen y, antes que nada, de fidelidad
y amor de parte de Dios para toda la humanidad.
La historia de la participación de María en la gloria de Dios, como
primicia de la humanidad redimida, se remonta a la eternidad del
misterio de Dios que ha pensado y amado a cada hombre y, de manera
especial, a María Santísima.
La fidelidad personal de María a Dios comienza con su sí al
mensajero divino que le anuncia el designio de Dios sobre ella para
que sea la madre de su Hijo. Con su acogida de la voluntad divina,
María da inicio a un nuevo tipo de relación con Dios: cree en Él como
su Padre y su creador, pero también comienza la historia de su
maternidad divina, tiene que cambiar muchas de sus ideas acerca de su
Dios, ¡el Hijo de Dios se va a hacer hombre y ella será su Madre!
¡Dios no es un ser solitario, es una familia y ella forma parte de
esta familia! Por la encarnación del Hijo, María entra de manera
privilegiada a formar parte de la intimidad de la vida de Dios pero
no sólo ella; en cuanto que ella forma parte de nuestra humanidad,
todo hombre también participa de esta relación con Dios. Cada hombre
posee ya esa capacidad de vivir la vida divina pero tiene que
actualizarla de manera voluntaria en la cotidianidad de su existencia.
La Asunción de la Santísima Virgen María en cuerpo y alma al cielo
culmina y lleva a la máxima expresión esta relación de amor con Dios
a nivel individual sobre la tierra, pero también engendra la
esperanza de que esta participación plena sea una realidad para todo
hombre que, como María, viva su existencia terrena en la fe y en la
fidelidad al Señor.
La Asunción de María también es un signo de esperanza para toda la
creación, no sólo para la humanidad. Si la encarnación del Hijo de
Dios hace posible la restauración universal, el dogma de la Asunción
pone de manifiesto la eficacia de la salvación realizada por
Jesucristo y que alcanza a toda criatura, pues, como dice la carta a
los Romanos: “La creación entera está aguardando la plena
manifestación de los Hijos de Dios” para que también ella se vea
libre de toda esclavitud.
“Proclama mi alma la grandeza del Señor...”. Con estas misma=
s
palabras de María, al celebrar su Asunción a los cielos, queremos
expresar también nuestros sentimientos de gratitud a Dios y de gozo
en el Señor. Porque su palabra, su promesa, es ya realidad en una de
nosotros y como nosotros. Gracias a la resurrección de Jesús, María
ha vencido la muerte y vive para siempre en el cielo, como esperamos
nosotros. Por eso, damos gracias a Dios. Por eso, lo celebramos. Y lo
hacemos con toda la Iglesia y en nombre de toda la humanidad. María
recogía todos los sentimientos de gratitud de su pueblo, tantas veces
expresados en los momentos cruciales de su memoria histórica.
Nosotros queremos recoger también las esperanzas y gozos de todos
cuantos creen en la utopía cristiana, y empeñan su vida en el
servicio a todos.
Celebremos con verdadera alegría esta fiesta de nuestra Madre
Santísima y hagámoslo con la convicción de que si imitamos su fe y
fidelidad, si vivimos con nuestros corazones orientados hacia Dios,
vamos a participar de la gloria de la que ella ya goza en el cielo.
|