¿Qué dice la Iglesia y la moral sobre la consulta
y la creencia en los horóscopos? En general, ¿qué
juicio merece la astrología?<br><br><br><br><br><br>Es
patente la extensión que este fenómeno tiene en nuestros
días. No hay casi diario o revista que no incluya entre
sus columnas, aquélla dedicada al horóscopo; en
algunos países hay canales de televisión dedicados
exclusivamente a temas astrológicos y esotéricos con programas
al respecto, y lo mismo se diga de la radio. La
literatura sobre el tema es muy abultada. Es más, hoy en día
los horoscoperos se presentan como «profesores»,
«licenciados en ciencias ocultas», «especialistas en ciencias
parapsicológicas». La experiencia nos muestra que gran parte de
nuestros contemporáneos si no consultan sus respectivos
horóscopos convencidos de su exactitud, lo hacen al menos
concediéndoles el privilegio de la duda: «no es que yo crea en
el horóscopo, pero algo de verdad debe tener». Al
menos muchos, guiados por cierto fatalismo
supersticioso, piensan que permanecer totalmente incrédulos ante
las predicciones horoscopales puede traerles mala
suerte. Y de hecho un dejo de consuelo les queda cuando
leen allí pronosticado: se está por iniciar para usted
una nueva etapa; pronto hallará anheladas respuestas;
diez puntos en salud; los rosados influjos del amor no
han logrado atemperar su fuego combativo; como todo
felino tiene siete vidas y luchará valerosamente;
aproveche el momento, sobre todo el financiero; la relación
con los socios y con la pareja es muy buena; etc.
<br><br>Los hombres, para vivir, necesitan la esperanza, y
cuando pierden la que nace de la fe verdadera, están
dispuestos a creerle al primero que les prometa un venturoso
porvenir: Mundus vult decipi, el mundo quiere ser engañado,
dice un antiguo proverbio. <br><br>¿Qué podemos decir
de esto? El horóscopo es un desprendimiento de la
antigua astrología, no de la astrología natural, que es
madre de la actual astronomía, sino de la astrología
judiciaria, que se empeñaba en descubrir la influencia de los
astros sobre el destino de los hombres y de las cosas.
En tal sentido, hay que colocarlo dentro del
fenómeno más amplio de las «artes adivinatorias», puesto
que, como su nombre mismo lo indica (oros-scopeo,
examinar las horas), el horóscopo designaba
originariamente la observación que los astrólogos hacían del
estado del cielo en el momento del nacimiento de un
hombre pretendiendo con ello adivinar los sucesos
futuros de su vida. Para mayor exactitud, el horóscopo
designa el mapa con la posición de los planetas en un
instante dado por su relación con el Sol y la Tierra. Por
derivación se llama también horóscopo a las predicciones que
pretenden sacarse de tal observación. <br><br>La astrología
judiciaria se divide, a su vez, en varias clases. Tenemos
así la astrología mundial, que intenta fijar la
evolución de la historia y de la política; la astrología
genetlíaca o individual que, levantando el horóscopo del
momento del nacimiento, pretende precedir los eventos
futuros del sujeto implicado; la astrología horaria,
destinada a contestar preguntas concretas, para lo cual se
estudia el horóscopo del momento en que se formula la
pregunta al astrólogo.