En todos los tiempos el hombre ha sentido el
interés por conocer el porvenir, y en los tiempos de
decadencia religiosa, tal interés se ha transformado en
obsesión. El hombre moderno se parece mucho al
«supersticioso» que decribe Teofrasto en sus Caracteres,
corriendo febrilmente de un augur a un adivino, y de éste a
un intérprete de sueños. El recurso de los hombres a
la astrología tiene una larga historia, desde su
origen babilónico; tuvo influencia en algunos filósofos
de Grecia (presocráticos, epicúreos y estóicos), y
sobre todo en el mundo islámico (donde adquirió un
desenvolvimiento singular); en el mundo cristiano estas creencias
se desarrollaron poco mientras la fe era más
profunda y arraigada (aunque no faltaron monarcas que
tenían astrólogos en su corte), pero ya en el siglo XVI
no había soberano que no consultara a su astrólogo
particular, y sobre todo ganó terreno con el positivismo y el
racionalismo del siglo XIX. Incluso, durante la segunda guerra
mundial, después que el suizo Krafft predijo el atentado
que Hitler sufrió en Munich el 8 de noviembre de
1939, la guerra psicológica añadió un departamento más,
el astrológico. <br><br>Es verdad, y nadie podrá
negarlo, que los astros ejercen algún tipo de influencia
sobre las realidades del mundo, incluido el hombre:
¿quién no nota los efectos que producen los cambios de
estaciones y condiciones meteorológicas, no sólo sobre las
realidades materiales (como las mareas) sino sobre el humor,
los estados anímicos y la misma salud humana? Por
eso, Santo Tomás admite cierto influjo de los astros
sobre la parte corpórea del hombre (en cuanto todo el
universo se influye mutuamente), y, consecuente e
indirectamente, sobre sus sentidos corporales (imaginación,
memoria, instintos). Pero de ningún modo pueden servir
para predecir los actos futuros libres de los hombres,
puesto que sólo puede predecirse el futuro a partir de
un hecho concreto, siempre y cuando el evento futuro
se encuentre en este hecho o realidad presente como
el efecto en su causa; y los hechos futuros de los
hombres no son efecto de los movimientos o posiciones
astrales. A lo sumo, como indica agudamente el mismo Santo
Tomás, podría conjeturarse aquello que con mayor
probabilidad harán algunos hombres basándonos en la experien
cia que nos dice que la mayoría de los mortales se
deja llevar de sus estados anímicos y de sus
disposiciones corporales; en tal sentido, si conociéramos la
influencia que algún astro o estación climática ejercerá
sobre los cuerpos en tal fecha, podríamos también
conjeturar cómo obrarían aquellos que se dejen llevar por
tales estados. <br><br>Afirmar otro tipo de influencia
y, peor aún, pretender determinar los hechos futuros
a partir de los astros, plantea necesariamente la
negación de la libertad humana, de la Providencia Divina,
y afirma, por el contrario, el fatalismo y el
predestinacionismo absoluto. Por ello, la astrología puede
constituir herejía (si presupone la negación de la libertad
y la Providencia), superstición e idolatría (si
conlleva la adoración de los astros), o simplemente vana
observancia, es decir, el recurso a medios desproporcionados
para obtener un efecto en sí mismo natural (como en el
caso de las consultas a los modernos horóscopos).