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Dios no nos ha dado espíritu de temor sino de amor y felicidad.
Nuestra condición de creyentes debe conmoverse con el conocimiento
de que todo esta bien y estoy en paz en mente y cuerpo.
109.- LOS TRES COLADORES
En cierta ocasión, un hombre se acercó a Sócrates y le dijo:
-Tengo que contarte algo muy serio de un amigo tuyo.
Sócrates le miró profundamente con sus ojos de sabio y le preguntó:
-¿Ya pasaste lo que me quieres contar por la prueba de los tres
coladores?
-¿Qué prueba es esa? -le dijo desconcertado el hombre.
-Si no lo sabes, escúchame bien. El primero de los tres es el colador
de la verdad. ¿Estás completamente seguro de que es cierto lo que me
quieres contar?
-En realidad, seguro, seguro, no. Creo que es cierto porque lo
escuché de un hombre muy serio, que no acostumbra decir mentiras.
-Si eso es así, con toda seguridad que no lo pasaste por el segundo
colador. Se trata del colador de la bondad.
El hombre se sonrojó y respondió con timidez:
-Ciertamente que no.
Sócrates lo miró compasivamente y siguió diciéndole:
-Aunque hubieras pasado lo que quieres decirme por estos dos primeros
coladores, todavía te faltaría el tercero, el de la utilidad. ¿Estás
seguro que me va a ser realmente útil lo que quieres contarme?
-¿Útil? En verdad, no.
-¿Ves? –le dijo el sabio-, si lo que me quieres contar no sabes si es
verdadero, y ciertamente no es ni bueno ni provechoso, prefiero que
no me lo digas y lo guardes sólo para ti.
Habla sólo lo positivo de los demás para que se sientan aceptados,
valorados, respetados. Palabras que animan, que siembran confianza,
que tumban prejuicios y barreras, que calientan corazones. La palabra
puede herir o animar, desanimar o entusiasmar, ser látigo o caricia.
Combate las ideas preconcebidas, borra los prejuicios, limpia las
mentes. No juzgues a los demás si no quieres ser juzgado.
Urge una educación que recupere la palabra como comunicación del
respeto, la amistad, la verdad. Hoy se miente mucho y sin el menor
pudor. La publicidad y la retórica de los politiqueros han hecho de
la mentira la clave de su éxito. Vivimos en un mundo de charlatanes,
atrapados en el sonido de sus palabras huecas. Por ello, es urgente
devolverle a la palabra su valor. Educar para que la palabra sea
expresión de vida, compromiso.
Evita toda palabra que hiera, combate con tenacidad la cultura del
grito, la ofensa y el chisme. Es muy difícil sanar un alma herida por
el maltrato o reparar el buen nombre y la fama pisoteados por
mentiras y chismes:
Había una vez un joven que tenía muy mal carácter y se la pasaba
siempre bravo. Un día, su padre le regaló una bolsa de clavos y le
dijo que, cada vez que perdiera la paciencia, clavara uno de ellos
detrás de la puerta.
El primer día, el muchacho clavó 37 clavos y un número parecido los
días siguientes. Poco a poco, a medida que pasaban las semanas, el
joven fue aprendiendo a controlar su carácter, pues se convenció que
era más fácil dominar su mal genio que seguir clavando clavos detrás
de la puerta.
Llegó por fin el día en que no se puso bravo ni una sola vez con lo
que ese día no tuvo que clavar ningún clavo detrás de la puerta.
Cuando se lo contó feliz a su padre, este le sugirió que, en
adelante, cada día que lograra controlarse por completo, arrancara
uno de los clavos que había colocado en los días anteriores detrás de
la puerta.
Fueron pasando los días y el joven pudo finalmente anunciarle a su
padre que ya no quedaban clavos por retirar de la puerta.
Su padre lo tomó de la mano, lo llevó hasta la puerta y le dijo:
-Te has esforzado muy duro, hijo mío, por controlar tu carácter. Te
felicito.
Pero mira todos esos huecos en la puerta. Ya nunca más será la misma.
Cada vez que pierdes la paciencia y tratas a alguien con enojo, dejas
cicatrices en su alma, exactamente como las que ves en la puerta. Es
verdad que puedes ofender a alguien y luego retirar lo dicho y hasta
pedirle disculpas, pero la cicatriz queda en el alma.
* * *
Cuentan que una mujer muy chismosa, que se la pasaba comiéndoles
cuero a los demás, acudió un día a confesarse con San Felipe Neri.
Después de escuchar con mucha atención a la mujer y averiguar que
solía reincidir en dicha falta aunque habitualmente se confesaba de
ello, el sabio confesor le dijo al ponerle la penitencia:
-Ve a tu casa, mata una gallina y me la traes desplumándola por el
camino.
La mujer obedeció y, al rato, se presentó ante el sacerdote con la
gallina desplumada.
-Ahora, regresa por el camino que viniste, recoge una por una las
plumas de la gallina y las vuelves a colocar en su lugar.
-¡Eso es imposible, padre! –repuso la mujer desconcertada- . ¡Nadie
podría hacer eso, y mucho menos hoy, que hace tanto viento!
-Lo sé –le dijo el sacerdote con dulzura-, pero he querido hacerte
comprender que si no puedes recoger las plumas de una gallina
desparramadas por el viento, ¿cómo vas a poder reparar las cosas
negativas que vas diciendo por allí de tu prójimo?
110.- EL CUENTO DE LA SOLIDARIDAD
-¿Puedes decirme cuánto pesa un copo de nieve? –le preguntó un
colibrí a una paloma.
-Nada –fue la respuesta.
-Si eso es lo que piensas, que no pesa nada, te voy a contar una
historia:
El otro día me posé en la rama de un pino, cerca de su tronco. Hacía
frío y comenzó a nevar mansamente. No era una de esas ventiscas
terribles que azotan los árboles y los retuercen dolorosamente.
Nevaba como un sueño, sin violencia, sin heridas. Como no tenía nada
que hacer, empecé a contar los copos que caían sobre la rama. Había
contado exactamente 3.741.902 copos, cuando cayó el siguiente -sin
peso alguno, como tú dices- y quebró la rama.
Dicho esto, el colibrí levantó el vuelo.
* * *
La paloma, una autoridad en la materia desde tiempos de Noé, se puso
a reflexionar y, pasados unos minutos, se dijo: "Quizás tan sólo sea
necesaria la colaboración de una persona más para que la solidaridad
se abra camino en el mundo"
(Kurt Kauter).
¿Cuántos cuadros hay en El Louvre, El Prado, el Vaticano..., o en
cualquiera de los millones de museos que hay en el mundo? ¿Cuántas
pinceladas tendrá el cuadro más pequeño de todos los que tiene uno de
esos museos? ¿Y el cuadro más grande? ¿Y todos los cuadros de una
sala? ¿Y todos los cuadros de todas las salas? ¿Y todos los cuadros
de todos los museos del mundo? ¿Miles de millones? ¿Trillones?
Por lo general, las obras importantes, las obras de mucho valor,
están hechas a base de cientos y miles de detalles, puestos uno al
lado del otro, tenazmente, pacientemente, minuto a minuto, hora a
hora, año tras año...Millones y millones de gotas de agua se juntan
para formar la incomprensible fortaleza del océano. Millones y
millones de letras se entrelazan para formar las grandes obras
literarias.
Tú solo no vas a componer el mundo, pero brinda el aporte que te toca.
Haz lo que debes hacer, trabaja con ilusión y cumple con tu deber
aunque no veas los resultados. Sé responsable y amable aunque los
demás no lo sean. Sé coherente contigo mismo. No te engañes. No uses
la flojera o la irresponsabilidad de los demás como excusa para no
actuar, para no hacer lo que te toca hacer.
El verdadero heroísmo no consiste tanto en hacer algunas obras
extraordinarias, sino en vivir intensamente cada obra del día, cada
acción y cada momento como si fuera el último, como si de ellos
dependiera el destino de la humanidad. Cuando te levantas en la
mañana, Dios ya ha colocado para ti un escenario maravilloso para que
vivas un día de plenitud: ahí está el estallido de los colores en el
amanecer, los cantos de los pájaros, la firmeza de los árboles, la
sonrisa de las flores, el olor del cafecito, el aire que ensancha tus
pulmones, el don gratuito de la vida y de las personas que te
rodean.....Todo te lo brinda generosamente. Todo lo pone a tu
servicio para que tú también sirvas. Proponte vivir el día a
plenitud, en el servicio, en la ofrenda interminable de los pequeños
detalles. Recuerda siempre las palabras que solía repetir la Hermana
Teresa de
Calcuta: "A los niños y a los pobres, a todos los que sufren y están
solos, bríndales siempre una sonrisa alegre. No les brindes sólo tus
cuidados, bríndales también tu corazón. Tal vez no podamos dar mucho,
pero siempre podemos brindar la alegría que brota de un corazón lleno
de amor". Un saludo cariñoso, una palabra de aliento, una sonrisa, un
abrazo..., pueden cambiar una vida:
* * *
Paseando por una calle de Rusia, durante la hambruna que acompañó a
la guerra, el gran escritor Tolstoi se encontró con un mendigo.
Tolstoi revisó sus bolsillos para ver qué encontraba para darle a ese
pobre hombre. Pero no tenía nada: ya lo había dado todo antes. Movido
a compasión, abrazó al mendigo, besó sus mejillas y le dijo:
-No te enfades conmigo, hermano, no tengo nada que darte.
El rostro macilento del mendigo se iluminó. Y brillaron las lágrimas
en sus ojos, mientras le decía agradecido:
-Pero tú me has abrazado y me has llamado hermano. ¡Eso es un gran
regalo!
(Tomado de Lewis, Hedwig, "En casa con Dios", Mensajero, Bilbao)
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Mar, 13 de Feb, 2007 8:37 am
rplacalatayud
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