Con frecuencia me sorprende una sensación de irrealidad. Me resulta
difícil aceptar ciertas noticias. Si pienso en la cantidad de
calamidades que suceden por todo el mundo, me vuelvo pesimista con el
futuro y con el ser humano.
En cambio, en este complicado arte de vivir, también están empeñadas
muchas personas a quienes admiro: cooperantes, religiosos/as
misioneros/as, profesionales volcados en los demás. Lo mejor del ser
humano sigue presente en todos ellos. Así vuelve a mis ojos la
esperanza, la fe en que otro mundo es posible. Un mundo sin guerras y
sin hambre, un mundo solidario, respetuoso con el medio ambiente. Un
lugar donde la paz, la justicia, el amor y la verdad, sean para todos
las normas de comportamiento, con independencia de las creencias
religiosas de cada uno.
Es decir, creo en una Ética global para todos, busco ese espacio
común. Aunque sé que es muy difícil de encontrar. Si repasamos la
historia de estos últimos veinte años, el mundo ha cambiado a una
velocidad de vértigo. El panorama geopolítico de ahora en nada se
parece al de 1.986. Puede que en lo básico se siga aspirando a lo
mismo: un trabajo, una familia, una casa. Pero no de la misma manera.
Por lo pronto la independencia de la tutela paterna es mucho más
difícil. El trabajo precario hace impensable asumir una hipoteca.
También se comenta que hay una crisis de valores. Por lo que
deberíamos saber cuales son esos valores en crisis.
La justicia es un compromiso moral; en la medida que buscamos
satisfacer las necesidades básicas del ser humano, cuidando de sus
bienes y derechos, estamos aplicando la justicia. Una justicia que no
puede ser ciega y ha de ser matizada por la ley. La verdad debería
consistir en el compromiso individual que cada uno adquiere para no
engañarse ni asimismo ni a los demás. La paz es un bien al que todos
debemos aspirar y defender. El amor es el ideal cuya norma debe regir
nuestra existencia. Sin amor el otro se convierte en un enemigo o es
ignorado. La familia es la célula básica de la sociedad, en ella
aprendemos a amar, a respetar, nos socializamos, nos protegemos unos
a otros.
Desde tiempos pretéritos los seres humanos vivimos agrupándonos.
Convivir es un aprendizaje del día a día que nos incumbe a todos. Sin
respeto hacia el otro, no se puede convivir. Cuando vemos en los
medios como salen los trapos sucios de cada individuo, estamos
faltando al respeto y al derecho a la intimidad. Además, flaco favor
le hacemos a los jóvenes que se contagian del cotilleo y el
descrédito hacia los demás. Se está favoreciendo una cultura sin
valores, o con unos valores confusos. Si se pierden las referencias
sobre el bien y el mal, la sociedad entra en conflicto.
Estar en crisis significa no saber bien hacia donde caminamos. Cuando
la vida es cuestionada en su principio y en su fin, de manera que los
más débiles pueden ser eliminados. Un razonamiento perverso se ha
instalado en la sociedad. Y resulta perverso porque en nombre de la
libertad se esclaviza, se subyuga, se somete al individuo, con una
demagogia que espanta. Es necesario tener abiertos los ojos, para no
dejarse llevar por postulados erróneos, endulzados como derechos del
individuo. Y es necesaria una deontología básica para todos. De ello
depende nuestro futuro.
Es un servicio del PROYECTO ECLESIAL "DE JERUSALEN A BETANIA":
Caminos de vida cristiana.
Sitios web: Asociación Civil " SACRA VIRGINITAS" de ámbito
nacional para España.
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