Afirmación y ruptura de la vida secular «desde dentro»
Josep Mª. RAMBLA. Jesuita
Delegado de Formación de la Provincia jesuítica de Cataluña.
Barcelona
Es un servicio del Movimiento eclesial
"De Jrusalen a Betania". Cminos de vida cistiana.
http://www.sacravirginitas.org
La vida eclesial es polifónica. La presentación que de ella nos hace
Pablo en la Primera Carta a los cristianos de Corinto (capítulo 12)
es la de una comunidad en la que una gran variedad de dones compone
una sola obra. ¿Cuál es el lugar del laico en esta «composición»
eclesial? ¿Qué es, de hecho, un laico y cuál es su espiritualidad?
Como parte activa de esta Iglesia polifónica, me permito expresar mi
pensamiento sobre la «voz» del laico. Mi reflexión se funda en la
experiencia cristiana compartida con seglares y en mis sinceras
expectativas respecto de ellos. Lo que sigue tiene, pues, su
justificación en la cercana diferencia: soy jesuita, sacerdote, pero
no me considero lejano ni ajeno a lo que muchos laicos hacen y
viven.1.
La redención en el corazón del mundo 2
La afirmación de Jesús a Nicodemo: «Tanto amó Dios al mundo que
entregó a su Hijo único» (Jn 3,16) es fundamental para la
comprensión cristiana de la realidad mundana. Desde que el
Verbo «plantó su tienda entre nosotros», toda la creación ha quedado
bañada en el amor de Dios, que se desborda plenamente en la
Resurrección. Jesucristo es ya el sí rotundo y definitivo de Dios al
mundo y a la historia, por muy limitados y precarios que éstos
sean. La redención implica, pues, lo mundano, todo lo creado, como
uno de sus componentes, de modo que la redención, aunque no puede
reducirse al desarrollo del mundo, es ya inseparable de él. La
acción de Dios, interior al mismo mundo, anima y transforma el mundo
y la historia desde dentro, conduciéndolo todo, incluso la realidad
material, hacia la perfecta liberación (cf. Rm 8,18-25), porque todo
tiene ya su plena consistencia en Cristo, «primogénito de toda la
creación» (Col 1,15-20). Consecuentemente, el mundo y las realidades
materiales tienen «carácter medial»3.
Toda una antigua tradición teológica que arranca de Tomás de Aquino
y que ha sido recuperada en tiempos recientes (Pierre Teilhard de
Chardin, Dominique-M. Chenu, Yves-M. Congar, Karl Rahner, Johannes-
B. Metz, por ejemplo) corrobora esta manera de pensar.
Posteriormente, la teología de la liberación y todas las corrientes
de pensamiento afines han destacado con fuerza cómo no hay dos
historias, una profana y otra de salvación, sino que la historia de
salvación acontece en la historia de la humanidad. Sin embargo, si
hoy este tipo de pensamiento no ofrece especiales resistencias entre
muchos cristianos, no podemos todavía afirmar que sea ya un
patrimonio plenamente adquirido de la praxis y la espiritualidad
cristianas comunes.
D/MUNDANO: Hasta aquí, sólo he destacado la mundanización o
secularizació n de la obra de Dios. Con todo, queda dicho
implícitamente que la mundanización es obra divina. Dios, de algún
modo, se mundaniza, ya que es él mismo quien, sin disolverse en el
mundo, se abaja hasta el mundo, desciende por iniciativa propia,
para elevarlo e incorporarlo al misterio de Cristo. De este modo,
comunica una densidad y un dinamismo divinos al mundo, haciéndolo
más mundo (es decir. sin desnaturalizar lo natural).
La Iglesia de un Dios «mundano»
De acuerdo con todo lo que precede, podemos afirmar que la
Iglesia «tiene una auténtica dimensión secular inherente a su íntima
naturaleza y a su misión, que hunde sus raíces en el misterio del
Verbo encarnado»4. Aunque su misión se orienta hacia el punto
culminante de la historia, cuando Dios lo será «todo en todo» (1 Cor
15,2), dicha misión abarca también la transformació n del mundo, del
orden temporal. Y, aun cuando el cristianismo como tal debe hacerse
visible en la sociedad y en el mundo, su presencia no se reduce a
estos espacios o tiempos de visibilidad, sino que debe seguir
operante cuando cesan las manifestaciones exteriores de la vida y
acción de los cristianos y de la Iglesia. Porque la realidad
cristiana propiamente tal, como realidad que tiene en Dios su origen
y su término, también debe desarrollarse en la vida secular y
profana.
La vida de cada cristiano, por el bautismo, se inserta, pues,
lógicamente en este misterio. De modo que no hay vida cristiana
donde no se da algún modo de afirmación real de este mundo amado por
Dios y donde, a la vez, no se da reconocimiento creyente del don de
Dios mismo a este nuestro mundo. Un ermitaño que viva su soledad
como efecto de un desengaño humano, en forma de alejamiento
desdeñoso de la civilización e insolidariamente con este mundo, no
es cristiano. Y esto, por mucha literatura religiosa que consuma y
por muchas palabras y signos de piedad que llenen sus días y años...
Una asistente social inmersa en los problemas de un barrio
suburbial, entregada a la acción y a la lucha por cambiar la
sociedad, sólo vivirá y expresará su cristianismo en la medida en
que, en el silencio de su corazón y con los signos exteriores más
connaturales a su profesión, exprese su vinculación a la acción del
Espíritu del Señor que todo lo renueva (cf. Ap 21,5). Afirmación
activa del mundo y reconocimiento creyente se dan la mano en toda
existencia cristiana auténtica.
Dos voces con distintas variaciones
Con todo, en la polifonía de carismas presentes en la Iglesia se da
una polarización no exclusiva alrededor de cada uno de estos dos
extremos: afirmación del mundo y reconocimiento creyente. La vida de
unas cristianas o cristianos entregados en cuerpo y alma a la
política, al ejercicio serio de la profesión médica o de la cátedra
universitaria, al trabajo mecánico en una fábrica o a una actividad
sindical, a la paternidad o a la maternidad, es una existencia
articulada alrededor de la afirmación del mundo, de lo secular. En
cambio, la vida de personas consagradas a la oración o unidas en
estrecha vida comunitaria, o entregadas al apostolado en pobreza,
castidad y obediencia, es una existencia más polarizada, mediante un
cierto distanciamiento de lo mundano, alrededor del reconocimiento
creyente de la irrupción gratuita de Dios en nuestro mundo. La
diferencia es debida fundamentalmente al carácter limitado de la
vida humana: la misma y única vida de fe, al inclinarse hacia una
forma de realización más secular, no puede realizar un estilo de
vida más centrado en actos que expresen visiblemente la acción
gratuitamente decisiva de Dios en el mundo, y viceversa.
No se trata de dos tipos de vida excluyentes: ni unos pueden negar u
ocultar la primacía absoluta del Dios-Amor, que se nos da y nos
salva, ni otros pueden dejar de lado el hecho de que este nuestro
mundo es el lugar donde Dios se nos ha dado y permanece para
siempre.
¿Qué es, pues, un laico?
LAICO/QUIEN- ES: En lo que precede, aparece cómo la vida laical es
la vida cristiana estructurada alrededor de la realidad secular. La
vocación del laico «afecta precisamente a su situación
intramundana»5. La vida consagrada tiene su polo estructurador en
los elementos evangélicos más religiosos (oración, comunidad de vida
y de bienes, disponibilidad plena para el servicio del evangelio,
etc. ), posibilitado por la renuncia a determinadas formas de vivir
lo económico (pobreza), la sexualidad y la afectividad (castidad) y
la libertad personal (obediencia) .
Lo que caracteriza la vida laical es, pues, la condición
secular. «El carácter secular es propio y peculiar de los laicos»6.
Esta condición secular, iluminada y animada por la fe, debería
presentar estos rasgos:
a) Afirmación de la vida secular. Obviamente, es el primer rasgo
distintivo. «El mundo se convierte en el ámbito y el medio de la
vocación cristiana de los laicos»7. El mundo, es decir, el lugar que
no es propio de la Iglesia , aunque tampoco le es ajeno. Una
cristiana o un cristiano laicos centran su vida en realidades como
el matrimonio y la familia, la profesión, la acción social o
política, la cultura o la investigación científica, etc. Y en esta
condición secular tiene a menudo un papel primordial la vida sexual,
el placer y el goce de la vida. Ahora bien, un laico, y sólo él,
puede expresar, a través de lo que es y sin prácticas sobreañadidas,
algo de la originalidad evangélica: un inequívoco sí a este mundo, a
lo terreno y temporal, al cuerpo y a la vida. «El ser y el actuar en
el mundo son para los fieles laicos no sólo una realidad
antropológica y sociológica, sino también, y específicamente, una
realidad teológica y eclesial»8.
b) Ruptura «desde dentro». Dios ha afirmado nuestro mundo, pero
éste no tiene un proceso rectilíneo hacia la plenitud. El mundo
nuevo y definitivo, el Reino de Dios, hemos de «buscarlo»
y «batallarlo» con amor y entrega perseverantes, a la vez que hemos
de esperar «que venga» como don de Dios. De ahí que la mundanidad de
la vida laical —afirmación del sí de Dios al mundo—no pueda
confundirse con el error de fundar el éxito de nuestra historia pura
y simplemente en el esfuerzo humano, quizá prometeico.
LAICO/MUNDANO/ SI-NO: Los laicos contribuyen a superar este error
mediante alguna forma de ruptura «desde dentro»9, expresión de la
cualidad profética de la que están investidos por el bautismo. Es
decir, sin alejarse de la realidad secular y siendo fieles al
dinamismo propio de las realidades seculares (economía, cultura,
sexualidad, sociedad...) . Esto implica siempre una entrega a fondo,
pero «a contracorriente» de los pseudovalores imperantes (aspecto
negativo) y en coherencia con los valores que la novedad del
evangelio proyecta sobre la realidad humana (aspecto positivo). Así,
por ejemplo, la vida laical exige no claudicar cuando en un tipo de
sociedad se impone la ecuación «abundancia de dinero = valor
personal», cuando se considera al débil como a un enfermo, cuando el
individualismo y la insolidaridad se convierten en ideal de vida,
etc. Al mismo tiempo, la ruptura «desde dentro» se ha de vivir en
la fidelidad a una serie de formas de entender la vida en el mundo
que, de modo muy relevante, dimanan del evangelio: considerar a los
pobres como horizonte determinante de todas las opciones
(económicas, laborales, sociopolíticas, eclesiales.. .); amar a los
enemigos; no sucumbir a la «idolatría» del dinero; desarrollar
actitudes como la gratuidad, la solidaridad eficaz y la humilde
confianza cuando parece que se hunden las promesas que el mundo
ofrece; alimentar la experiencia evangélica del Dios «con
nosotros» «en todas las cosas»; etc. No es suficiente para un
cristiano la hipótesis de la fidelidad a un mundo «químicamente»
puro con el suplemento de determinados actos «religiosos» o
eclesiales. El cristiano ha de ser, a la vez, «mundano y
supramundano» (Clemente de Alejandría).
c) Una manera de vivir «lo otro». En esta positiva ruptura «desde
dentro», el laico deberá encontrar su estilo propio. Pero, además,
su vida cristiana, en lo que es más característica o incluso
específicamente cristiano («lo otro»), tendrá también su
originalidad. La vida eclesial de un laico no comporta
necesariamente que éste deba prestar colaboración en instituciones
eclesiales (parroquias, asociaciones, organismos, etc.), ni que su
vida de oración haya de modelarse según las prácticas corrientes en
el clero o en los monasterios, ni que su apostolado deba ser la
catequesis o la participación activa en algún movimiento
apostólico... . Sin excluir, desde luego, que la vida y acción
laicales puedan configurarse según alguno de estos modos, lo cierto
es que implica la búsqueda creativa de estilos y ritmos de vida
cristiana que dimanen con cierta connaturalidad de la vida secular
de cada uno y nutran esta vida secular como tal. Así, la ruptura
laical de un cierto monolitismo dominante en la Iglesia se convierte
en un bello enriquecimiento de la espiritualidad y la vida
cristianas.
Una espiritualidad laical: demandas del momento
a) Una vida simplemente cristiana. La espiritualidad de un laico
es, simplemente, la espiritualidad cristiana: seguimiento de Jesús
y, por tanto, participación en su novedad de vida, que pasa
inevitablemente por la cruz; vida de amor entregado en la fe y en la
esperanza; vida —toda ella, y no sólo la interioridad— según el
Espíritu. De este modo, «todas sus obras, oraciones e iniciativas
apostólicas, su vida conyugal y familiar, su trabajo cotidiano, su
reposo espiritual y corporal, si son hechos en el Espíritu, e
incluso las mismas pruebas de la vida, si se sobrellevan
pacientemente» 10, se transforman en vida espiritual. De un laico
debe esperarse todo lo que debe esperarse de un verdadero cristiano:
oración, subversión de falsos valores vigentes en la sociedad,
fidelidad a los criterios evangélicos de la vida, amor prioritario y
práctico a los pobres, solidaridad, sentido de Iglesia (comunión,
comunicación, vida sacramental. ..). Lo cual no significa que deba
darse, por ejemplo, algo así como una oración laical y otra monacal.
Aunque, a buen seguro, la oración de un laico tendrá connotaciones
particulares. De modo parecido cabe hablar de su opción por los
pobres o de su manera de vivir los valores del evangelio o la
comunión eclesial.
Sin embargo, puesta la forma de vida propia del laico y la realidad
actual de nuestra sociedad e Iglesia, cabe esperar de él que
desarrolle particularmente alguno de estos rasgos:
· La interioridad: una oración más pegada a lo cotidiano y
con modos y ritmos más flexibles, aunque buscando espacios
apropiados de realimentació n (grupos, retiros, etc.) para renovar
la oración y revitalizar la fe, la esperanza y el amor.
· La lucha: una ascesis y penitencia según las pasividades de
crecimiento teilhardianas (honradez profesional, puesta al día
profesional continua, asunción de las exigencias de la vida
familiar, integración de lo social y político...).
· La Iglesia : una participación eclesial (liturgia,
movimientos, comunidad... ) que se apoye más en la calidad que en la
multiplicació n de actos, reuniones, cursos, etc.
b) Exorcizar el poder. El poder es, en sí mismo, algo indiferente.
Su bondad o malicia depende en gran parte de su origen o de su uso.
Y, ciertamente, no hay forma de intervenir en la política o en la
economía, por ejemplo, sin alguna cota de poder. ¿Cómo hacerse
presentes, de modo realmente eficaz, sin dar razón a los voceros
de «el poder corrompe»? No ceder a la aparente fatalidad de «el
recurso a la deslealtad y a la mentira, el despilfarro de la
hacienda pública para que redunde en provecho de unos pocos y con
intención de crear una masa de gente dependiente, el uso de medios
equívocos o ilícitos para conquistar, mantener y aumentar el poder a
cualquier precio»11. Y, en cambio, ordenar de verdad la política
hacia el bien común (y no hacia intereses de grupo), hacia el cambio
social (y no hacia la consolidación del desorden establecido o hacia
la perversión del bien). Practicar una política marcada por los
valores de libertad, justicia, solidaridad, sencillez de vida, labor
desinteresada. Una política que trata de inspirarse en una fe y una
esperanza en el hombre que se traducen en actuaciones verdaderamente
audaces. Una economía fundada en la concepción de un progreso
integral de la persona, al servicio de ésta, y que busque
primariamente el bien social. Es decir, liberar el poder de
los «demonios» que habitualmente lo poseen.
c) Iluminar el campo de la sexualidad y la vida matrimonial. Debido
a factores culturales y religiosos patentes y de sobra conocidos, el
campo de la sexualidad y, consecuentemente, el de la vida
matrimonial y familiar no están exentos de malentendidos y
confusión. Se hallan necesitados de una reflexión y clarificación
profundas, serenas y valientes. Si algún cristiano ha de ser experto
en sexualidad y en matrimonio, ha de ser, evidentemente, el laico.
No es poco lo ya realizado en este campo, aunque todavía sea
insuficiente. Invitar al laico a aportar su experiencia y su
reflexión en este terreno, no sólo es valorar su capacidad, sino
introducirle en un camino lleno de obstáculos y fuente de
sinsabores. Sin embargo, es necesario este intento, nuevo respecto
de lo realizado hasta el presente. La vida, unida a la seria
reflexión, ha de abrir nuevas posibilidades a una experiencia
verdaderamente espiritual, que no ha de alejar el cuerpo de la
acción plenificante del Espíritu del Señor. «El cuerpo... para el
Señor, y el Señor para el cuerpo» (1 Cor 6,13).
Además, el feminismo, aunque no sea sólo un movimiento de talante
laical, es uno de los frentes de donde se espera especial aportación
de los laicos. Efectivamente, el Espíritu ofrece un potencial tan
grande que sería una injusticia contra la Iglesia y contra la
humanidad sustraer a su acción las peculiares capacidades de la
identidad femenina. La experiencia de fe de las mujeres es todavía
una riqueza ignorada por unos y excluida por otros. En cualquier
caso, ha de pasar a primer plano la mujer como sujeto activo y
reconocido en la vida eclesial, y no tanto como objeto de liberación
o de reflexión.
En todo este capítulo de la sexualidad y el matrimonio debe
destacarse la dimensión espiritual. Más allá de represiones o
permisividades, ¿cómo ir introduciendo en este ámbito —en el cual
ciertamente se hace presente el Espíritu—la luminosidad del
evangelio, el goce del Espíritu, la riqueza inagotable del «Padre de
las luces» (St 1,17)? Dicho de otro modo, ¿cómo ir trasladando la
vida sexual desde el campo exclusivo de la moral (el bien y el mal)
al de la experiencia saciante del Espíritu?
d) Evangelizar el placer. El tema del placer se halla en íntima
relación con el de la sexualidad. Con excesiva facilidad se afirma
que Jesús ha resucitado y que el cristianismo es afirmación de vida.
Los hechos, sin embargo, parecen más bien dar razón a los reproches
nietzscheanos lanzados contra el cristianismo. En verdad, hay que
recuperar el placer para el evangelio, es decir, para el tipo de
existencia que se inspira en la vida y la palabra de Jesús de
Nazaret. Jesús, que cargó con la cruz, también fue hombre de bodas
y de banquetes, de amistad (incluso con mujeres) y de trabajo
corriente y sencillo, de trato humano y amable...
Están en total consonancia con el estilo de Jesús estas palabras de
Jaume Bofill: «Una actitud que rechazase por principio la alegría
del abrazo, o del comer y del beber, o de cualquier `obsequio'
material, no en la liberalidad del sacrificio, sino en la
indiferencia del `tanto da. . .', no resultaría redimida por el
pretendido espiritualismo que habría querido exhibir más que
practicar... La frigidez no es la castidad, la acidez de
la `insensibilidad' no es la austeridad, ni la `apatheia' es
la `indiferencia' cristiana: más biem son vicios opuestos a estas
virtudes»13.
Esto es pensamiento clásico cristiano. Y es cosa bien sabida y
experimentada que, cuando se refrena con aquel «pretendido
espiritualismo» el placer sensible, no se consigue ahogarlo, sino
degradarlo. Entre nosotros, pues—y los laicos podrían ser pioneros—,
se debería desarrollar lo que el mismo Bofill llama «sentido del
domingo». Una forma de asumir, dentro de una órbita verdaderamente
humana, y gozosamente, la materia y los instintos materiales, el
cuerpo y el gesto, la relación corporal y espiritual.. . Porque en
el placer sensible humano ha de implicarse toda la persona.
Avanzando por esta senda, tal vez llegaríamos también a superar
aquella sequedad que domina con excesiva frecuencia el ámbito de la
oración y de muchas expresiones religiosas.
e) Des-centrar la Iglesia. El es una amenaza constante para los
cristianos (y no sólo para clérigos, religiosas y religiosos). La
Iglesia , sin embargo, fue creada para el servicio del mundo y de la
humanidad. Incluso la vida interna de la Iglesia (la oración y la
liturgia, la catequesis y la predicación) es misionera, y en la
misión encuentra su razón de ser. «Los fieles, y más precisamente
los laicos, se encuentran en la Iínea más avanzada de la vida de la
Iglesia ; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad
humana». Estas palabras ya antiguas (y quizá un tanto hiperbólicas)
de Pio XI son recogidas por el papa actual en la Christifideles
laici 14. Una Iglesia destinada a transmitir vida a la sociedad debe
necesariamente descentrarse mediante un impulso centrifugador.
Quizá aquí se le impongan al laico los esfuerzos más tenaces.
Porque, sin desentenderse de la vida intraeclesial y, todavía más,
sin romper la comunión eclesial, se moverá a menudo contra la
corriente de las inercias y de los intereses y preocupaciones
eclesiásticos. Es de esperar que el testimonio de laicos y laicas,
situados en las fronteras de nuestra sociedad, recuerde a quienes se
hallan más vinculados a tareas o servicios intraeclesiales que la
Iglesia es para el mundo. Una vida cristiana plenamente laical puede
ser el antídoto contra todo tipo de fanatismo eclesial.
f) Desclericalizació n. «Los laicos son Iglesia», se ha venido
repitiendo hasta la saciedad. Con todo, la Iglesia no circula
todavía en esta dirección de modo decidido. Sin duda que el laico
seguirá prestando servicios estrictamente eclesiales indispensables
(catequesis, liturgia, equipos parroquiales, etc.). Aquí, sin
embargo, deberá imprimir el sello de la laicidad—masculina o
femenina—no sólo aportando un estilo de hacer las cosas (el propio
de la persona no-clerical) , sino también asumiendo
responsabilidades no subordinadas a clérigos.
Deberá también, sin renunciar en principio a realizar servicios
eclesiales como los aducidos, servir a la Iglesia haciendo presentes
los valores del evangelio en la universidad y en la política, en la
familia y en la escuela; intervenir en la TV o en la prensa; vivir a
fondo la condición obrera o participar activamente en una asociación
de vecinos; etc. A este respecto son iluminadoras estas palabras de
la Christifideles laici sobre una de las tentaciones a las que los
laicos «no siempre han sabido sustraerse»: reservar un interés tan
marcado por los servicios y tareas eclesiales, de tal modo que
frecuentemente se ha llegado a una práctica dejación de sus
responsabilidades específicas en el mundo profesional, social,
económico, cultural y politico» 15.
Toda forma de vida cristiana, también la del clero, religiosas y
religiosos, ha de ser verdaderamente humana y «mundana», en el
sentido de la primera parte de este articulo. Con todo, si la
Iglesia ha de sobresalir en humanidad—«experta en humanidad» le
llamó Pablo VI—, no puede negarse que en gran parte se deberá al
peso que en ella tendrán los laicos. Ellos serán dentro de la
Iglesia (quizá también en medio de determinados
despertares «religiosos») el correctivo constante de los que «creen
que aman a Dios porque no aman a nadie» (Léon Eloy).
RAMBLA-Josep- Maria
SAL TERRAE 1994/11 Págs. 771-781
............ ......... ...
1. Ésta es, en el fondo, la única razón para aceptar la redacción
de este articulo que me pide amistosamente el Director de la
Revista.
2. Titulo tomado del luminoso estudio de Karl RAHNER publicado en
Misión y Gracia, vol. I, cap. 2.
3. Cf. Jaume BOFILL, «Vers una espiritualitat familiar d'orientació
contemplativa. El carácter medial de les realitats corporal», en
Cuadernos de la Diáspora I (junio 1994), pp. 50-79. Edición catalana
de la traducción castellana.
4. PABLO VI a los miembros de Institutos Seculares (2 de febrero de
1972), citado en Christifideles laici, 15.
5. Exhortación apostólica de JUAN PABLO II, Christifideles laici,
115.
6. Lumen Gentium, 31; cf. Christifideles laici, 9.7
7. Christifideles laici, 15.
8. Ibídem.
9. Cf. Lumen Gentium, 31.
10. Lumen Gentium, 34. Cf. también: «La vocación de los fieles
laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se
exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales
y en su participación en las actividades terrenas» (Christifideles
laici, 17).
11. Christifideles laici, 42.
12. Notemos estas palabras de TOMÁS DE AQUINO: «El Hijo de
Dios asumió la naturaleza humana con todos los elementos que la
integran. Pero en la naturaleza humana también se incluye la
naturaleza animal... Por tanto... asumió también los elementos que
integran la naturaleza animal... Así que en Cristo existía el
apetito sensual o sensualidad» (Summa Theologica III, q. 18, a .
2). Citado por Maria Caterina JACOBELLI en Risus Paschalis. El
fundamento teológico del placer sexual. Planeta, Madrid 1991, p.
139.
13. Jaume BOFILL, loc. cit., pp. 64-65. Todo este estudio,
comentario espléndido de Tomás de Aquino, ayuda a beber en una
fuente lejana un agua en verdad tonificante para nuestra andadura en
el mundo actual.
14. Christifideles laici, 9.
15. Ibid., 2. Más adelante, entre otros juicios críticos, se
cita «la tendencia a la `clericalizació n' de los fieles laicos» (n.
23).