Un vendedor de globos<br><br>Por Juan Manuel DE
PRADA (ABC 08/12/2001)<br><br>Ayer, mientras paseaba a
solas con mis pensamientos por las florestas del
Retiro, <br><br>fui abordado hasta tres veces por
camellos que me ofrecían droga. Hastiado y <br><br>también
un poco iracundo, abandoné los senderos sombríos y
me resigné a proseguir <br><br>mi paseo por caminos
más concurridos; así pude asistir a un espectáculo
bastante <br><br>penosete y vergonzoso. Un vendedor de
globos ofrecía su mercancía a los niños <br><br>que por
allí merodeaban, acompañados de sus padres. El
vendedor de globos tenía <br><br>ese gesto de tristeza
exhausta que caracteriza a quienes aún, por un residuo
<br><br>de decencia, no han incurrido en la mendicidad, pero
están a punto de hacerlo. <br><br>Un coche patrulla de
la policía municipal se detuvo entonces ante él; dos
agentes <br><br>descendieron del vehículo y con ademanes
un poco atropellados solicitaron al <br><br>vendedor
que entregase de inmediato sus globos. El buen
hombre, quizá habituado <br><br>a estas incautaciones, no
ofreció apenas resistencia. Los policías -que ya habían
<br><br>introducido los globos en su coche- se disponían a partir,
pero entre la multitud <br><br>de paseantes se produjo
un movimiento unánime de perpleja indignación.
Rodearon <br><br>a los policías y, sin rebajarse a la
vileza del insulto, pidieron una explicación
<br><br>convincente a su acción. «Se trata de un comercio ilícito»,
dictaminó uno de <br><br>los agentes, con cara de haberse
empollado las ordenanzas municipales. Sus palabras
<br><br>enconaron los ánimos de la gente; quizá la intención del
policía no fuese cínica, <br><br>pero desde luego sonaba
cínica, en un lugar donde los trapicheadores de droga
<br><br>campan por sus fueros. Como el tumulto crecía, y también
el tono de los vituperios, <br><br>un policía
solicitó, a través de la radio, el concurso de otro coche
patrulla, <br><br>que llegó pocos minutos después, con otra
pareja más expeditiva o veterana, que <br><br>logró
disolver la sublevación popular. El vendedor de globos se
quedó allí, paralizado <br><br>por el miedo o el
estupor, viendo cómo su mercancía -y quizá también sus
esperanzas- <br><br>marchaba en el coche policial, tremolando
al viento a través de las ventanillas