abiertas. Los agentes de la Policía municipal
dormirían tranquilos esa noche, <br><br>orgullosos de haber
obtenido una victoria más contra el «comercio ilícito». De
<br><br>regreso a casa, volví a internarme en las florestas del
Retiro, donde me abordaron <br><br>otros dos
camellos.<br><br>Detesto elevar las anécdotas al rango de categoría, pero
no es la primera ocasión <br><br>en que asisto a
episodios similares, protagonizados por policías
municipales. <br><br>A nadie se le escapa que nuestros
policías están desmotivados hasta extremos <br><br>de
postración, hartos quizás de jugarse el tipo en acciones
contra la delincuencia <br><br>que luego son
desbaratadas por un juez remolón o por un superior que les
larga <br><br>una bronca que los deja tiritando. Uno de
los síntomas infalibles de la falta <br><br>de
motivación laboral consiste en descuidar lo que de verdad
importa y en conceder <br><br>una atención pulcramente
enfermiza a los detalles más nimios y ornamentales.
<br><br>Nuestros policías (y me temo que no sólo los municipales)
están descontentos; <br><br>se consideran mal
remunerados, poco protegidos, insuficientemente valorados,
<br><br>sometidos a órdenes y directrices cambiantes o
contradictorias. Su actitud propende, <br><br>cada vez con mayor
notoriedad, hacia el pasotismo, quizá porque saben que su
<br><br>diligencia -amén de arriesgada- puede resultar, a la postre,
inútil. Y es entonces <br><br>cuando se dedican a
incautar globos. Como el chupatintas que deja que su mesa
<br><br>se abarrote de papeles perentorios, mientras emplea
sus horas en cuestiones bizantinas <br><br>o de puro
tiquismiquis, nuestros policías, lastimados por el desaliento,
hacen <br><br>la vista gorda ante asuntos que reclaman
clamorosamente su intervención, y empeñan <br><br>sus esfuerzos
en rutinas estériles. Muy probablemente, ni el
sueldo que ganan <br><br>ni el remiso apoyo espiritual
que reciben merezcan mayores desvelos. Espero que,
<br><br>al menos, a alguno de sus superiores se le caiga la
cara de vergüenza cuando, <br><br>al visitar los
sótanos de alguna dependencia municipal, descubra,
injuriado por <br><br>el polvo, un alijo de globos que ya
se habrán desinflado de pura tristeza o
desesperación <br><br>o vergüenza ajena.