Si quieres la paz, prepara la guerra. Este adagio -¡tantos otros tan
sabios, tan poco observados!- ha tenido un efecto maléfico a lo largo
de la Historia. Representa la ley del más fuerte, responsable del
comportamiento basado en una imposición de los poderosos sobre los
más débiles que se prolonga hasta nuestros días.
Si se prepara la guerra, llegará el día en que se haga la guerra
porque no nos hemos preparado para la paz. Y el precio pagado por la
cultura de la guerra y la violencia en el siglo que terminado y en
el nuevo comenzado es espantoso.Los acontecimientos del 11 de
Noviembre, hubieran podido ser una gran llamada de reconsideran las
cosas de otra forma, pero no se ha continuado considerando las cosas
como siempre, los poderosos ,continuan queriendo ser poderosos, aún a
costa de la sangre de los pobres.
Los explotados en sus recursos naturales, tienen que emigrar para
continuar siendo explotados en los paises ricos.
Millones de personas -con frecuencia las que menos habían disfrutado
de los periodos apacibles- murieron por causas que, en el mejor de
los casos, merecían ser vividas. Tenemos el deber de recordar este
tributo, y el sufrimiento y los desgarros que conlleva, para poder
apreciar cada día la paz, premisa y fruto de la Justicia y del
progreso de los pueblos.
«Si quieres la paz, constrúyela». Cultura de paz es asumir el
compromiso cotidiano de comportarnos pacíficamente. Lo que no es lo
mismo que dócilmente. Bien al contrario, se trata de una
transformación cultural que debe llevarse a cabo en todos los ámbitos
y con la cooperación de todos, y en particular con la de los
principales actores sociales: educadores,
parlamentarios, alcaldes y medios de comunicación.
La cultura de paz es la cultura de compartir mejor. Las disparidades
sociales y las asimetrías en la distribución de las riquezas de todo
orden -incluido en primer lugar el conocimiento- sólo pueden
reducirse y anularse compartiendo mejor.
El verbo compartir es la clave de una nueva era en la que no sólo en
el plano personal, también en el parlamentario y el ejecutivo, deben
establecerse nuevas prioridades y repartir mejor los frutos del
progreso.
Tanto internacionalmente como intranacionalmente, el hecho de que el
18% de la Humanidad posea el 80% de los recursos de todo orden es
mucho más que una grave injusticia; es un poderoso factor de
radicalización y conflicto.
Es una bomba en el tiempo. Tenemos que profundizar en los orígenes de
la violencia: la exclusión, la pobreza, la soledad y la desesperanza.
Y tenemos que procurar que nunca se pierdan las oportunidades para
siempre.
Por la educación -educación para todos, a lo largo de toda la vida-
aprendemos a saber, a hacer, a ser, a convivir. Por ella adquirimos el
propio discernimiento, decidimos sin influencias externas y
alcanzamos, no sin esfuerzo, nuestra soberanía personal. Ser nosotros
mismos.
Bienvenidos sean los avances en la tecnología de la comunicación que
nos han permitido alcanzar a los hasta ahora inalcanzables y que nos
dan la posibilidad de incluir a los hasta ahora excluidos. Pero como
instrumentos, no como fines últimos.
Niños y adolescentes que crezcan y se eduquen en un ambiente familiar,
escolar y social que los considere y atienda como protagonistas
indiscutibles de su propio devenir. Muchos de los que disfrutan de
hogares más afluentes se sienten hoy espectadores y receptores de
información,
rodeados de demasiado artificio, aislados, solos, sin amparo. Sus
padres procuran que no les falte nada. Pero les falta lo más
importante: su mano, su sonrisa, su caricia, su palabra. No hay
tiempo para reflexionar, para decidir por nosotros mismos, para
dialogar con los amigos. No hay tiempo para formular adecuadamente
una denuncia, para expresar nuestros puntos de vida. Poco a poco, el
disentimiento se apacigua, se vuelve tedio, sumisión, conformismo
aburguesado.construimos a nuestro alrededor bunkers de prejuicios
socieles.
La Declaración y Plan de Acción para una Cultura de Paz, aprobada
unánimemente por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 13 de
septiembre de 1999, constituye uno de los documentos más luminosos e
inspiradores de nuestro tiempo porque no sólo establece los
principios de una cultura de paz como conjunto de valores, actitudes,
tradiciones y estilos de vida, sino también cómo incorporarla a
nuestro comportamiento diario y cotidiano.
Por medio de la educación, el desarrollo económico y social
sostenible, el respeto a todos los derechos humanos, la promoción de
la participación democrática y la comprensión, la tolerancia y la
solidaridad, la igualdad entre mujeres y hombres, la libre
circulación de la información y del conocimiento, la Declaración nos
ilustra sobre la posibilidad de convertir estos anhelos en realidad.
Durante el decenio 2001-2010 de una Cultura de Paz y de No Violencia
para los Niños del Mundo (resolución de la Asamblea General del 10 de
noviembre
de 1998), se favorecerá desde la familia y la escuela la toma de
conciencia del valor de la paz, de la prevención de la solidaridad.
Conciencia de que en la aldea global viven hoy unos 6.070 millones de
seres humanos y de que llegan diariamente, sobre todo a los barrios
más pobres, alrededor de
250.000 nuevos vecinos.
Conciencia de que todos ellos, como establece el artículo 1 de la
Declaración Universal de los Derechos Humanos, nacen «libres e
iguales en
dignidad» y que, por tanto, debe actuarse y compartirse de tal modo
que se eviten las disparidades que originan tensiones, inestabilidad,
animadversión.
Ciudadanos que sientan vergüenza por permitir a adolescentes, a menudo
emigrantes, que se prostituyan en las esquinas de las zonas donde
residen o transitan los más adinerados. Vergüenza de estos niños de
la calle inhalando carburantes o adhesivos, de estos niños de los que
se abusa laboral, sexual, militarmente. Vergüenza de miles de
imágenes para pedófilos en Internet.
Ciudadanos del mundo que aseguren que la democracia -marco de
referencia basado en la libertad de expresión, en leyes justas
actualizadas
permanentemente por la voz del pueblo- exista en todos los ámbitos: el
local, el nacional y el planetario.
La paz, el saludo de siempre. La aspiración más profunda. Paz y vida
frente a violencia y muerte. Tendremos que cambiar muchos derroteros
para transitar
de la razón de la fuerza a la fuerza de la razón. Con firmeza y
tenacidad
haremos frente a la inercia y construiremos la paz cada día. No será
fácil enderezar tantas tendencias torcidas, pero sentiremos en
nuestro rostro la brisa del decoro. Paz en cada uno. Paz en los
hogares. Paz en la ciudad. Paz en la Tierra.
¡Shalom, PAz hermanos!
Rafael Pla.