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aldeaglobal · LA ALDEA GLOBAL: Utopia , globalización.
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La aldea global: utopia transcultural   Lista de mensajes  
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La aldea global entre la utopía transcultural
y la ratio mercantil
Martín Hopenhayn
Borrador de texto publicado en Carlos Iván Degregori y Gonzalo
Portocarrero
(eds). 1999. Cultura y Globalización, Lima: Red Para el Desarrollo de
las
Ciencias Sociales en el Perú, pp. 17-36
1. Paradojas de la globalización cultural
Dos ámbitos decisivos de la vida se encuentran hoy globalizados
microelectrónicamente y cruzan fronteras sin limitaciones de espacio
ni dilaciones en el tiempo, a saber, la información y las finanzas.
Ocurre con la transmisión de mensajes lo mismo que con la circulación
del dinero: no hay límite espacial ni demora temporal entre emisores
y receptores de mensajes. Esto crea una interdependencia inédita en
la economía financiera y en el diálogo a escala planetaria.
Interdependencia que se juega en las antípodas: como máxima
vulnerabilidad económica de las sociedades nacionales frente a
movimientos que ocurren en cualquier otro punto del planeta, y como
apertura de nuevos nichos en la economía global donde las economías
locales pueden insertar sus productos. Y en el campo de la
comunicación: oportunidad inédita de recrear y pluralizar nuestra
identidad con las señales que otros nos envían a distancia y que nos
hablan de otras formas de ver el mundo y, en contraste,
debilitamiento de las identidades por su exposición al flujo
incesante de señales que las recubren, las interpelan y las
disuelven. La globalización no tiene, por tanto, un signo único. Por
el contrario, conjuga todas las opciones en un guión de final
abierta. Al menos, por ahora.
El hecho de que los flujos de información y la circulación de
imágenes en la nueva industria comunicativa sean instantáneos y
globalizados, imprime en quienes participan percepciones paradójicas.
De una parte infunde la sensación de protagonismo en la construcción
de mensajes, porque a través del ciberespacio son cada vez más
(aunque proporcionalmente pocos) los que hacen circular sus discursos
con un esfuerzo mínimo. De otra parte sensación de anonimato al
contrastar nuestra capacidad individual con el volumen
inconmensurable de mensajes y de emisores que están presentes a
diario en la comunicación interactiva a distancia. Para los que sólo
acceden a la televisión y no a la pantalla del monitor (y que son la
abrumadora mayoría), el protagonismo creciente por la decodificación
propia de los múltiples mensajes ajenos, tan tematizada ahora por los
estudios culturales de recepción local; y en contraste con ello la
conformidad con el hecho de que no serán nunca ellos quienes decidan
sobre qué imágenes, qué textos y qué símbolos se imponen en el
mercado cultural. Por un lado la impotencia del sujeto ante un orden
que lo rebasa en volumen de información, de transacciones, mensajes e
innovaciones tecnológicas; y por otro lado las tantas nuevas opciones
de autorealización por vía de la extroversión mass-mediática (o por
el contrario, imposibilidad de realizarse por esta extroversión en
que nada sedimenta de verdad); de una parte la expansión de la
interlocución desde lo presencial al diálogo a distancia como
expediente cotidiano de vínculo con el otro, y por otro lado la
aniquilación del otro en esta falta de presencialidad que afecta una
porción creciente de nuestros actos comunicativos.
Todo esto hace que en la subjetividad se recombinen nuevas formas de
ser activo y ser pasivo, nueva percepción del tiempo y la distancia,
nuevas representaciones del diálogo y la comunicación, nueva relación
con la información y el conocimiento. Probablemente, formas que están
signadas también por otras jerarquías de lo bueno y lo malo, lo útil
y lo inútil, lo entretenido y lo aburrido. A nivel global, otros
efectos asociados: la obsolescencia acelerada de los puntos de vista
en el baile general de las interpretaciones, y al mismo tiempo el
atrincheramiento fundamentalista como mecanismo de defensa frente a
este baile. Menor perfil en el conflicto ideológico (porque no hay
ideología que resista semejante transparencia informativa y
diversidad de interpretaciones), pero al mismo tiempo un mayor peso,
a escala internacional y local, del conflicto entre culturas y
valores (como nuevo "punto focal" en las tensiones y diversiones que
unen la conciencia personal con la aldea global). De un lado la
pérdida de memoria histórica a medida que aumenta la información
sobre la contingencia de turno y, en contrapartida, destreza en
manejo de la anticipación y actualización de información. Más
plasticidad de espíritu y a la vez más inconsistencia valórica. No es
sólo, como piensa Peter Berger, la globalización de los ejecutivos,
los académicos y la cultura popular. Es un cambio de tempo y de
tiempo que lo permea todo.
De manera que la globalización afecta las categorías básicas de
nuestra percepción de la realidad en cuanto transgrede la relación
tiempo-espacio y la reinventa bajo condiciones de aceleración
exponencial: se comprimen ambas categorías de lo real por vía de la
microelectrónica, que hace circular una cantidad inconmensurable
de "bits" a la vez en un espacio reducido a la nada por la velocidad
de la luz con que estas unidades comunicativas operan. Tal
aceleración temporal y desplazamiento espacial se dan con especial
intensidad en los dos ámbitos recién señalados donde la
microelectrónica tiene aplicación: en la circulación del dinero y de
las imágenes (como íconos, pero también como textos). Si algo no
tiene precedente es el volumen de masa monetaria y de imágenes que se
desplaza sin límites de espacio y ocupando un tiempo infinitesimal.
¿ Pero cómo se distribuye ese incremento en la circulación entre las
personas? Sin duda de manera paradojal: mientras el dinero viaja
concentrándose, las imágenes lo hacen diseminándose. Un reciente
informe de las Naciones Unidas sobre concentración de la riqueza en
el mundo señala que actualmente la fortuna sumada de las 225 familias
más adineradas del planeta es equivalente a lo que posee el 47% más
pobre de la población total del mundo, que suma alrededor de 2.500
millones de habitantes, y las 3 personas más ricas poseen más dinero
que el PIB sumado de los 48 países más pobres. En contraste con ello,
el número de aparatos de televisión por cada mil habitantes ha
aumentado exponencialmente durante las últimas cuatro décadas, y
crece la redificación de la TV por cable a una velocidad aún mayor.
Con ello se agiganta la brecha entre quienes poseen el dinero y
quienes consumen las imágenes. Tanto más inquietante resulta esto
cuando consideramos que las imágenes se distribuyen gracias al dinero
de las empresas que publicitan sus productos y servicios en la
pantalla, con lo cual promueven expectativas de consumo y de uso cada
vez más distantes de la disponibilidad real de ingresos de la gran
masa de televidentes.
Con ello la globalización impacta sobre las sociedades nacionales
exacerbando simultáneamente sus brechas sociales y su desarrollo
comunicacional. El abaratamiento relativo de la conexión a la
pantalla no guarda proporciones con el precio de los productos que se
publicitan en ella. Crecen simultáneamente una cultura de
expectativas de consumo y una cultura de frustración o sublimación de
aquéllas. El individuo medio de una sociedad periférica se ve
obligado a disociar entre un amplio menú de consumo simbólico y otro,
mucho más restringido, de acceso al progreso material y a una mayor
participación en la carreta del progreso. La ecuación de la síntesis
entre consumo material y consumo simbólico, promesa histórica del
desarrollo o de su discurso, debe recomponerse en la cabeza de la
gran mayoría de latinoamericanos que se tragó el cuento de la
modernización con happy end incluido. Por ningún lado asoma ahora esa
síntesis que se esperaba obtener de la modernización clásica:
síntesis entre integración material (vía redistribución de los
beneficios del crecimiento), e integración simbólica (por vía de la
política, los mass-media y de la educación). Asistimos más bien a una
caricatura, con un portentoso desarrollo de opciones de gratificación
simbólica por vía de la apertura comunicacional, y una concentración
creciente de los beneficios económicos de la apertura externa en
pocas manos. Para los demás, las manos vacías y los ojos colmados con
imágenes del mundo. Valga esta caricatura para hacer más gráfica la
realidad.
¿ Significa esto más desintegración, o una dosificación distinta de
los componentes de la integración social ? La pobreza no disminuye su
proporción dentro de la población total de los países en desarrollo;
pero sí aumentan sostenidamente la densidad de televisores y
computadores (los primeros ya en casi todos los hogares pobres, los
segundos expandiéndose rápidamente desde la clase alta hacia la clase
media), y las expectativas de consumo de toda la población. Por
cierto, las compensaciones a la desigualdad material por vía de la
identificación simbólica no son tan marcadas como en otras sociedades
menos secularizadas (pienso sobre todo en las de raigambre islámica,
más homogéneas en cultura y en valores, y que por esa vía resuelven
la falta de integración socio-económica). Sin embargo la
globalización también produce, a su manera, un curioso efecto de
identificación colectiva en nuestras sociedades y en nuestras
juventudes: no con decálogos o mandatos divinos pero sí con una
sensibilidad publicitaria común, una estética del zapping o el
shopping en que jóvenes ricos y pobres comulgan, una cultura del
software y de los discursos ad hoc, un perspectivismo de pantalla y
una empatía con el melodrama. Las miles de señales que se emiten por
múltiples medios de comunicación de masas van generando, sobre todo
entre los jóvenes, complicidades grupales, tribus muy cohesionadas
hacia adentro (aunque sea de manera efímera y espasmódica), símbolos
épicos o líricos para el consumo de masas. En esto Brasil puede
constituir un nuevo paradigma: el país con la peor distribución del
ingreso de América Latina y las mayores desigualdades geográficas,
posee una industria cultural transnacionalizada, una de las mayores
empresas de la imagen en el mundo (O Globo), y una densidad
televisiva que permite que ricos y pobres comulguen juntos, una hora
al día, frente a los mismos dramas de las mismas telenovelas.

2. Entre la estandarización y la diferencia
Frente a estas dinámicas la producción de sentido colectivo es una
caja negra, o al menos una caja de pandora. Puede, por ejemplo,
desembocar en un integrismo cultural y valórico que adquiere rasgos
mesiánicos de distinto tipo: movimientos escatológicos de izquierda y
movimientos neofacistas de derecha, probablemente marginales y sin
perspectiva de alterar el patrón de desarrollo capitalista, pero con
efectos disruptivos en el orden público y en la seguridad ciudadana;
grupos esotéricos cerrados que objetan en bloque todo lo que huela a
modernidad y progreso; tribus suburbanas que recrean los íconos de la
industria cultural en código propio y sin traducción hacia el resto
de la sociedad; idolatrías obsolescentes en que se mezclan, de modo
siempre singular, el glamour del estrellato con las carencias crudas
de la cotidianeidad; el panteísmo urbano-posmoderno en que los
semidioses adorados van desde el código satánico (a lo Iron Maiden)
hasta el código andrógino (a lo Fredy Mercury), travesti (a lo Boy
George) o ascéptico (a lo Michael Jackson).
Pero en las antípodas de esta segmentación tribal en que los ídolos e
íconos se consumen de modo tan diferenciado, está el efecto
unificante y transnacionalizado que impone la cultura publicitaria,
el Macmundo y el Disneymundo. Los grandes centros comerciales y sus
escaparates, locales de fast-food y de video-juegos, ferias de
automóviles, deporte-aventura y parques de diversiones: da lo mismo
si están en su lugar de origen (los Estados Unidos) o en cualquier
ciudad latinoamericana. Tienen la misma impronta en todos lados, la
misma estética publicitaria, el mismo hiperritmo de sabores y
colores, la misma cooptación de la creatividad por el mercado. Es el
mundo transnacionalizado donde la riqueza de la imagen corre pareja
con la pérdida de espesura, y donde la circulación de las imágenes es
tan fluida como la del dinero. Nueva racionalización global en que
priva el continuo reciclaje de formas, la combinatoria que genera
provisorias diferencias específicas, la fusión del marketing ,
shopping , zapping, trecking, etc., en una subjetividad que se
duplica al infinito a lo ancho del continente.
La vida se modifica en este pacto entre el metabolismo interno y la
velocidad de circulación de la imagen. No es la preminencia del ojo y
el oído sobre el resto de los órganos sensoriales (al estilo
McLuhan), ni de las sensaciones sobre el análisis (al estilo
Maffesoli), sino la prevalencia de la composición sobre el sentido,
del editing sobre el argumento (al estilo Lyotard o Baudrillard). Por
cierto puede haber decodificaciones y recreaciones específicas
generadas por un grupo o en un lugar, pero la racionalización
homogeniza por el lado del esteticismo de pantalla y de la
provisoriedad de las identificaciones, une las diferencias bajo el
vértigo común de la obsolescencia acelerada que es propia de los
mercados competitivos. En otras palabras, porque hay racionalización
universal en el consumo, hay enorme potencial de diversificación en
los sentidos que se abren, a escala local, de ese mismo consumo.. Nos
fundimos con una nueva forma de la racionalidad instrumental que
sustituye, opone, contrasta, ilustra, sugiere, desecha y recicla. En
cada uno de estos actos hay una diferenciación en potencia, el
embrión de un nuevo código tribal o de un nuevo rito intraducible.
En el campo de los mercados culturales y de la cultura del mercado
asistimos a un espectáculo incesante: infatigable secuencia de
siluetas, figuraciones, recombinaciones hipercreativas. Esta
sensibilidad "light" se estrella, empero, con el muro opaco del
descontento social, coexiste sin diluirse con los jóvenes "duros" de
las ciudades latinoamericanas. La juventud popular urbana
difícilmente puede aceptar la suave cadencia postmoderna desde su
tremenda crisis de expectativas. Pero sólo ingresando en este régimen
donde la imagen circula a la velocidad de la moneda (y por tanto
tiene siempre más valor de cambio que de uso), puede el sujeto
reconfigurar sus expresiones y hacerlas visibles en el espacio
público, sea la calle, el muro, la pandilla, la fiesta del barrio, la
barra brava o el videoclip.
La producción de sentido se diversifica al ritmo del procesamiento
del consumidor y la circulación de las formas, y por otro lado se
homogeniza en la medida que lo funcional invade el mundo sensible.
Por cierto, los códigos intraducibles de las tribus urbanas responden
también a la voluntad por resistir dicha funcionalidad, devenir
irreduciblemente locales, desbordar la lógica sistémica con espasmos
de identidad, cuajar franjas de desorden en sitios que esas mismas
tribus logran "descolonizar". El mismo sentido de la emancipación se
sustrae de los grandes proyectos colectivos y se reparte en miles de
identidades grupales, esquirlas de utopía que ya no difieren a la
eternidad del futuro sino que intensifican en la complicidad del
instante.
En esta coexistencia paradójica la vida crece en insularidad y en
interdependencia. La permeabilidad en la integración blanda del
consumo cultural coexiste con la opacidad de las pobrezas duras en
las metrópolis latinoamericanas. Los "backstreet boys" son en estos
dos sentidos: música MacMundo y marginados del zaguán. La esquina
tiene una ventana por donde entra la ventolera del efecto-dominó,
provocada por la devaluación del rublo o los "alcobazos" de Clinton.
Pero tiene también su puera trasera que da al léxico territorializado
de los que fuman bazuco y acuñan su furia en las paredes.





Vie, 5 de Abr, 2002 12:06 pm

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12:07 pm
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