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Aunque el problema de la globalización es complejo, sin embargo
podemos resumir en tres las posibles vías para situarse frente al
fenómeno de la globalización:
A) Rechazarla;
B) Aceptarla incondicionalmente;
C) Aceptarla e intentar gobernarla poniéndola al servicio de cotas
más altas de bienestar para todo el mundo, especialmente para los que
más sufren, esto sería ponerla al servicio de la UTOPIA.
La primera vía, la del rechazo, es la que han adoptado los
fundamentalismos en las zonas excluidas de la globalización. Consiste
en "excluir a los que excluyen". Pero esta opción reactiva no podrá
frenar la fuerza de penetración de las TIC; y además, suele construir
proyectos económicos, políticos y culturales que acaban
deshumanizando a las sociedades en las que se implantan. Ciertas
revoluciones fundamentalistas islámicas, por ejemplo, han perpetuado
la pobreza y han agravado la degradación psicológica de las mujeres
provocando la muerte de muchas de ellas. También en Occidente hay
grupos anti-globalización. Tienen una fuerza utópica y de denuncia
considerable; y son positivos en tanto que despiertan las conciencias
ante las consecuencias negativas y los riesgos de la globalización.
Pero no pueden reducirse a puros movimientos reactivos, bajo la
amenaza de ser utilizados por fuerzas o grupos sociales con intereses
egoístas. Por ejemplo, en la Ronda del Milenio de la Organización
Mundial del Comercio (Seattle, EE.UU., finales de 1999) se aliaron
extrañamente ciertas ONGs contrarias a la globalización y los grupos
de agricultores europeos que quieren impedir la entrada en su
continente de productos agrícolas procedentes del Tercer Mundo. Los
movimientos solidarios anti-globalización tendrían que evolucionar
hacia estrategias proactivas: es decir, hacia el diseño de propuestas
positivas para que la globalización estuviera al servicio de todos.
La segunda vía, la de la aceptación incondicional, es la del
neoliberalismo. El neoliberalismo ha servido a los agentes económicos
más poderosos para llevar adelante el capitalismo liberal feroz,
utilizando interesadamente la derrota del socialismo real y las
dificultades del Estado del Bienestar occidental. Ha generalizado
tres o cuatro medias verdades, elevándolas a categorías universales
(41). Así, al aceptar la globalización tal como ha surgido
históricamente (liderada por determinados agentes económicos de
determinados países, que se escapan del gobierno político), los
neoliberales defienden que hay que dejarla como está, sin someterse a
la autoridad de una organización política mundial... aunque ello
provoque desequilibrios ecológicos, desigualdades económicas,
exclusiones sociales y destrucción de formas culturales humanizadoras.
En tanto que impone proyectos económicos, políticos y culturales a
los diversos países sin dialogar sobre ello y sin adaptarse, el
neoliberalismo también es un fundamentalismo, pero propio de la zona
victoriosa del capitalismo.
La tercera vía consiste en aceptar que hoy en día vivimos más
interconectados y con más posibilidades de relación, pero que estas
nuevas posibilidades suponen al mismo tiempo riesgos y oportunidades.
Y consiste también en entender la globalización como un proceso
susceptible de ser gobernado o "civilizado", poniéndolo al servicio
del aumento del bienestar para todo el mundo, especialmente de los
que más sufren (42). Como hemos dicho en el primer apartado, la
introducción de las TIC en las empresas ha hecho que aumente la
productividad y el PIB de los países que las han adoptado. Dar la
espalda a esta posibilidad (opción fundamentalista) es pretender
frenar el aumento necesario de bienestar para una gran mayoría de la
humanidad. El problema es que el aumento de la productividad o el
crecimiento económico no llevan automáticamente al incremento del
bienestar de todo el mundo. Además, la globalización de las formas
políticas o de la cultura se ha realizado en general sin las
adaptaciones o los diálogos necesarios para que el resultado sea
humanizador para los países y para sus ciudadanos.
Avanzar por esta tercera vía implica incidir en el fenómeno y las
consecuencias de la globalización en toda su complejidad, es decir, a
todos los niveles: tecnoeconómico, sociopolítico y cultural. Como ya
hemos constatado, los tres niveles están interconectados y cada nivel
nos muestra un rostro peculiar e irreductible de la globalización. No
es, pues, suficiente trabajar sólo el aspecto cultural o sólo el
aspecto político o sólo el aspecto tecnoeconómico de un fenómeno que
se manifiesta y genera consecuencias en los tres niveles.
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