Hace mucho tiempo un vagabundo apareció en un pueblo.
Se dirigió al centro de la ciudad, donde se anunció
como alquimista y dijo que enseñaría el verdadero
secreto de la Alquimia, o sea la manera de transformar
cualquier tipo de metal en oro. Algunas personas se
detuvieron para oírlo y empezaron a hacerle bromas
para ridiculizarlo.
El extraño, sin inmutarse con las burlas, pidió un
pedazo de metal: alguien le dió una herradura, otro le
ofreció una uña. El alquimista tomó ambos objetos
entonces, y todavía bajo la mirada de los incrédulos,
los puso en un vaso pequeño y contó con ellos el
volumen de un frasco que había sacado de sus ropas. Se
quedó algunos segundos en silencio y el fenómeno
ocurrió: la herradura y la uña se volvieron dorados.
Una sensación de miedo inundó a la muchedumbre y el
volumen de curiosos creció cada vez más en el lugar.
El alquimista alzó los pedazos de oro para que todos
pudieran admirar la transmutación. Un orfebre de los
presentes en el lugar pidió examinar los objetos. En
poco tiempo, aseguró que los objetos eran de un oro
tan puro como él nunca había tenido a la vista. Las
personas se agitaron y ahora todos estaban pendientes
de escucharle.
El alquimista sacó un grueso libro de entre sus
ropajes y dijo que era ahí donde estaba el secreto de
la transmutación de los metales. Entregó el libro a un
niño y, tras darle las intrucciones, se alejó en
calma. Nadie le vio partir, porque todas las miradas
estaban atentas al libro puesto en las manos del niño.
Pocos días después, la mayoría de las personas poseía
una copia del valioso manuscrito y, por ende, conocían
el secreto para producir oro. Sin embargo, la fórmula
era compleja. Exigía que el agua fuera destilada mil
noches seguidas en silencio, en el momento del alba y
otros ingredientes que deben escogerse en noches
especiales y recogerse en playas distantes.
Al principio todos pusieron manos a la obra, pero, con
el paso del tiempo, se fueron dando por vencidos ante
el gran trabajo. Era muy doloroso esperar por mil
noches en silencio a que el agua se destilara. Además,
era muy arduo el trabajo para conseguir los otros
ingredientes.
Las personas se fueron cansando y muchos se rindieron.
Y, cuando se rindieron, intentaron convencer a otros
para hacer lo mismo. Decían que la formula era
injusta, un broma salida del alquimista para demostrar
que todos ellos eran tontos.
Así, muchos más se rindieron pero un grupo pequeño
continuó con el trabajo. A pesar de haber sido
ridiculizados por el resto del pueblo, continuaron
destilando el agua e hicieron varios viajes juntos en
busca de los ingredientes restantes de la fórmula..
El tiempo pasó y la cantidad de historias, de
anécdotas y de situaciones que pasaron juntos crecía
día a día, desde aquel lejano día en que comenzaron a
seguir la fórmula.Y el grupo de aprendices de alquimia
se hizo más unido. Se transformaron en grandes amigos.
Hasta que llegó el día en que habiendo juntado todo lo
necesario, se reunieron para ver la última página de
las instrucciones del libro. Allí aparecía escrito:
"Si todas las instrucciones fueron seguidas al pie de
la letra, ustedes tienen ahora el líquido que
transmuta cualquier metal en oro. Sin embargo, ustedes
también habrán aprendido que la riqueza más grande no
está en el producto final obtenido sino en el camino
recorrido. Lo que nos vuelve infinitamente ricos no es
la cantidad de oro que podamos producir, sino los
momentos que compartimos con los verdaderos amigos:
cada uno de los momentos de nuestro viaje, cada piedra
y cada atajo. Recuerden: Lo más importante es el
sendero que vamos recorriendo, no la llegada".
( De Ramón Rivas)