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Newsletter de Catholic.net 23 de agosto de 2002
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Educar en la libertad y responsabilidad
La Iglesia frente al terrorismo de ETA
El Padre Trampitas
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Educar en la libertad y responsabilidad
Autor: Victoria Cardona, educadora familiar
Uno de los grandes objetivos en la educación de nuestros hijos es la educación
en la libertad. Una libertad entendida para conseguir hacer el bien.
Para educar a nuestros hijos en la libertad, los padres, hemos de esforzarnos en
mejorar personalmente y ayudar a mejorar a los hijos.
Dice el profesor Yela:
"El hombre puede educarse porque es libre y puede ser libre porque se educa,
solo se educa al hombre liberándolo, sólo se libera educándole".
Educar en la libertad
Es fomentar más autonomía y más responsabilidad en quien se educa. Respecto a
la autonomía es importante conseguir: Que tengan iniciativas. Que sepan elegir.
Que sean consecuentes. Recuerdo la anécdota de aquel niño pequeño a quien
preguntaban la definición de jersey y contestaba: "prenda que nos ponemos
cuando la abuelita tiene frío". También es bueno que por decidir corran el
riesgo de equivocarse, ya que "la experiencia es la madre de la ciencia".
Respecto a la responsabilidad apoyarse en:
Encargos, adecuados a su edad y carácter. Administración de dinero para gastos
personales. Puntualidad en los horarios establecidos en el hogar: hora de
levantarse o ir a dormir, tiempo para el estudio, para el descanso, para las
aficiones, para el tiempo libre, etc...
Autoridad
Para desarrollar la libertad de los hijos, los padres hemos de llevar a término
una autoridad valiente y prudente. Esta autoridad ha de estar sujeta al
espíritu de servicio y avalada por el prestigio personal. No podemos decir, por
ejemplo: "Tengo ganas de acertar una quiniela para no pegar golpe". Y exigir que
nuestros hijos estudien.
Dice Oliveros Fernández de Otero:
"Los padres con autoridad-servicio y autoridad-prestigio son comprensivos pero
sobre todo son contagiosos, saben estimular por su manera de hacer".
Los padres hemos de tener autoridad, también, para ayudar a educar la voluntad
de los hijos para que aprendan a hacer buenas obras. La obediencia del hijo se
ha de alcanzar no por autoritarismo ni por sobreproteccionismo sino por amor.
Por esto, la flexibilidad, ser capaces de rectificar, de cambiar de opinión,
conocer el por qué del comportamiento del hijo en un momento determinado y
valorar lo que es importante siempre, permanentemente, o aquello que solo es
importante temporalmente, nos ayudará a la comprensión y a vivir un clima
positivo y de confianza que facilitará el ejercicio de una buena autoridad.
Educar la libertad de nuestros hijos será conocer sus posibilidades reales,
enseñar a observar y razonar, nunca imponer, sino que entiendan cual es la
conducta adecuada en cada momento. Todo esto dando testimonio, ya que los padres
somos el espejo de convicciones firmes para ayudar a la responsabilidad personal
y a la felicidad de los hijos, que con su entendimiento, reconocerán lo que es
bueno y con su voluntad lo llevarán a buen término.
fuente: e-cristians.net
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La Iglesia frente al terrorismo de ETA
Autor: Mons. Fernando Sebastián, Arz. de Pamplona
La reciente pastoral de los obispos de San Sebastián, Bilbao, Vitoria sobre el
conflicto vasco, seguida de la carta de 358 sacerdotes y religiosos del País
Vasco que apoyan el derecho de autodeterminación, han motivado que se vuelva a
acusar a la Iglesia católica de no condenar con firmeza el terrorismo de ETA.
Para tener elementos de juicio sobre la postura de los obispos españoles en
este problema, es oportuno consultar el libro La Iglesia frente al terrorismo de
ETA -publicado en la BAC-, que recopila los pronunciamientos de la Santa
Sede, los obispos y otras instituciones eclesiales desde 1969 hasta 2001. El
volumen cuenta con un epílogo escrito por Mons. Fernando Sebastián, arzobispo
de Pamplona, del que ofrecemos una selección de párrafos.
Se dice que ETA nació en las sacristías. Lo justo es decir que ETA nació de
la conjunción del marxismo con el nacionalismo frustrado y radicalizado al
final del franquismo. (...) En el declive de las instituciones franquistas, los
nacionalistas radicales ven la posibilidad de forzar la ruptura institucional y
de alcanzar en poco tiempo la independencia. Cuando esta esperanza nacionalista
se funde con una visión marxista de la historia y de la política, nace ETA.
Una aspersión sobreañadida de Teología de la Liberación aplicada a la
situación minoritaria del pueblo vasco completa la fórmula y la hace atrayente
para no pocos cristianos y para algunos pocos clérigos. (...)
El conflicto original
Según ellos [los nacionalistas], hay un conflicto original que consiste en el
no reconocimiento de los derechos políticos del pueblo vasco, perfectamente
diferenciado, que ocupa desde siempre un territorio, injustamente ocupado por el
Estado español (y en parte por el Estado francés) y al que se le niega el
derecho de autodeterminarse y organizarse en un Estado independiente.
Si este postulado se acepta como verdadero, todas las demás consecuencias
están ya implícitamente aceptadas. Así opinan los nacionalistas, pero ¿es
ésta una realidad objetiva históricamente demostrable, o es más bien una
pretensión opinable y discutible sólo sostenida por una parte de la población
vasca? (...)
No parece que se pueda afirmar que, en la España actual, los vascos padecen
tales discriminaciones jurídicas que justifiquen la insurrección armada y
mucho menos los asesinatos indiscriminados y alevosos que ETA comete para
imponer su voluntad contra el sentir de la mayoría de los ciudadanos. (...) Por
otra parte, nadie puede tomarse la justicia (o la injusticia) por su mano, ni
decidir sobre la vida de los demás, ni decretar la muerte de una persona para
atemorizar a la sociedad, o suprimir físicamente a quienes no comparten las
propias ideas, o resisten a su predominio en un pueblo, en un barrio, en una
ciudad o en una nación entera.
Al margen de cualquier intención política, este procedimiento es
intrínsecamente perverso y gravemente inmoral. Es incompatible con la
conciencia cristiana no solamente la ejecución de estos atentados, sino
cualquier colaboración que apoye la existencia y las actividades de ETA, tanto
en el orden cultural como en el social y político.
¿Derecho a la autodeterminación?
Ante la exigencia del pretendido derecho a la autodeterminación, es preciso
hacer una serie de observaciones que debilitan y prácticamente anulan la
legitimidad de esa reivindicación. En la actualidad no hay un pueblo
homogéneamente vasco que ocupe un territorio definido. Los vascos están
presentes en todo el territorio español; y en lo que se llama País Vasco o
Euskal Herria. Hay, y ha habido, desde hace siglos muchas personas no vascas,
viviendo en paz y armonía con los vascos.
Esa unidad ahora invocada como Euskal Herria o País Vasco no ha sido nunca una
unidad política independiente, ni puede considerarse un país ocupado por otro,
puesto que ha participado, como cualquier otro, en la historia general de los
pueblos peninsulares (...).
Si los vascos, como otros pueblos de España, tuvieron que padecer restricciones
políticas como consecuencia de la guerra civil, en la actual situación
democrática tienen los mismos derechos civiles que los demás ciudadanos
españoles y pueden desarrollar y garantizar libremente las notas y
peculiaridades de su historia y de su cultura como cualquier otro grupo
cultural, lingüístico y hasta político integrado en el Estado español. El
ordenamiento político actualmente vigente en España admite la reivindicación
democrática y pacífica de cualquier pretensión, opinión y proyecto político
dispuesto a respetar los derechos humanos y las libertades y derechos políticos
de los demás ciudadanos. (...)
Es preciso afirmar que, actualmente, los vascos no están sometidos a ninguna
injusticia objetiva ni padecen una restricción de sus derechos y libertades
políticas que justifique la insurrección ni la lucha armada. Por lo cual los
católicos vascos y la gente de buena voluntad, sea o no creyente, se encuentra
en la obligación moral de desligarse de ETA y oponerse efectivamente a ella, a
pesar de los posibles y legítimos sentimientos nacionalistas. (...) Las
actuaciones y la misma naturaleza de ETA son absolutamente inmorales, contrarias
a la ley de Dios y a la moral humana más elemental. En consecuencia, no es
tampoco lícito apoyar en cualquier forma aquellas instituciones que colaboran
con ETA, que aceptan su dirección, o simplemente no se desligan públicamente
de ella mediante la condena explícita de sus crímenes y extorsiones.
El nacionalismo democrático
Muchos nacionalistas están convencidos de que los crímenes de ETA son
contrarios a los intereses del nacionalismo y están pervirtiendo el alma del
pueblo vasco (...). Existe también un nacionalismo vasco que quiere mantenerse
en el marco de la moral objetiva y de las instituciones y procedimientos
democráticos. El Partido Nacionalista Vasco existe desde mucho antes de la
aparición de ETA. Y es evidente que su trayectoria ha sido democrática, aunque
haya estado fuertemente condicionada por sus pretensiones independentistas.
Está claro que una opción política nacionalista puede ser legítima y
perfectamente compatible con una conciencia cristiana. (...) Hay que tener en
cuenta, en primer lugar, que ser nacionalista no es lo mismo que ser
independentista. Puede haber un nacionalismo que pretenda defender y desarrollar
los elementos específicos de un pueblo, con su historia, su lengua y su
cultura, dentro de un Estado plurinacional. Hoy está comúnmente admitido que
el viejo principio romántico de un pueblo, un Estado no es aplicable y que su
reivindicación cerrada y cerril es una fuente interminable de discordias,
divisiones y conflictos.
Otra consideración indispensable es ésta: lo que en política es teóricamente
posible, para que sea legítimo en la práctica, ha de manifestarse como un
medio de conseguir un bien mayor para la mayoría de la población. El
independentismo es una opinión posible. Pero ¿es tan claro que la ruptura
independentista, en las actuales circunstancias, es mejor para la mayoría de la
población que la continuidad democrática? ¿Qué pasaría con esa casi mitad
de la población que se sienten a la vez vascos y españoles y no quieren
separarse de España? (...)
Mitad y mitad
El nacionalismo democrático se encuentra en la obligación moral de formar un
frente común con las demás instituciones democráticas del Estado para luchar
eficazmente contra ETA. (...) No se trata sólo de una obligación democrática,
sino de una obligación moral. (...)
El punto clave en la sociedad vasca es que los ciudadanos están divididos en
sus preferencias políticas al cincuenta por ciento: un poco más de la mitad
son nacionalistas (quizá no todos independentistas) y casi una mitad prefiere
seguir viviendo como ciudadanos españoles y vascos a la vez. (...)
En Navarra la situación es muy diferente. El 85 por ciento de los navarros
aproximadamente se encuentran a gusto en la situación política actual. La
mayoría de los navarros no tienen dificultad en seguir siendo navarros y
españoles, y no quieren tampoco alterar su amplia autonomía foral
integrándose en ninguna otra institución autonómica ni federal. (...)
Hoy por hoy, la Constitución española, el Estatuto vasco y el Amejoramiento
del Fuero en Navarra, son los instrumentos legales que garantizan la convivencia
en paz y en libertad. La única postura responsable y realista es la que se
apoya en el reconocimiento de esta situación legal y política, para pretender
mejorar estos ordenamientos por los procedimientos legales previstos.
La intervención de la Iglesia
La Iglesia tiene que denunciar y condenar la violencia. (...) Pero cabe
preguntar qué es lo que hay que pedir a cada grupo, a cada participante de la
vida social y pública en estos momentos.
A los nacionalistas radicales la Iglesia les dice que las ideas y los análisis
marxistas no son verdaderos, ni justos, ni sirven de verdad para fomentar la
libertad y la prosperidad de los pueblos. Hay que decirles que no se puede
absolutizar ninguna idea ni ninguna realidad social, que ningún proyecto
político puede ocupar el lugar de Dios y justificar el atropello de los
derechos de nadie. (...)
Cuando el ser de aquí o de fuera es razón suficiente para respetar o no
respetar los derechos de una persona, estamos fuera de la democracia, de la
moral y de la civilización cristiana; estamos cerrando el camino a cualquier
proyecto civilizado y realista de convivencia justa y democrática. (...)
A los nacionalistas democráticos, sean independentistas o no, hay que decirles
que no se pueden desconocer los vínculos y responsabilidades comunes con las
demás instituciones democráticas, en contra de la violencia y de los
radicalismos. Valorar más las coincidencias con los terroristas que las
coincidencias morales y democráticas con quienes respetan los derechos humanos
y son víctimas de los ataques terroristas es, de nuevo, una forma encubierta de
caer en la idolatría de los de aquí. (...) Pretender aprovechar la existencia
del terrorismo para ganar bazas políticas o alcanzar algunos grados de
soberanismo, sería una forma sutil de hacerse solidarios y dependientes de los
violentos. (...)
A los partidos y a las instituciones constitucionalistas la Iglesia debe
decirles que es cierto que hay que luchar eficazmente contra ETA, es cierto que
hay que garantizar eficazmente los derechos fundamentales de los ciudadanos y es
cierto que esto requiere la derrota policial de ETA. Pero también es cierto que
la paz y la justicia no llegarán del todo mientras no haya una voluntad
política eficaz de encontrar una respuesta razonable a las pretensiones más o
menos independentistas de la mitad nacionalista de la población vasca. Ellos no
pueden imponer sus ideas a los demás. Pero tampoco sería justo no tenerlas en
cuenta de ninguna manera. Esta es la dificultad real, la verdadera cuestión
política (...).
La Iglesia no puede decir cómo tienen que ser esas soluciones. Sólo dice que
son necesarias, que son también posibles y que tienen que tener en cuenta los
derechos verdaderos de todos los ciudadanos, atendiendo a los vínculos
históricos y reales de convivencia entre todos los vascos y de los vascos con
España entera.
Relativizar las diferencias
La Iglesia puede y debe hacer mucho en una múltiple línea educadora. (...) La
Iglesia es la primera educadora de las conciencias de muchos miles de
ciudadanos, en la catequesis, en los colegios católicos, en las clases de
religión, en las homilías, en los miles de pequeñas revistas y numerosas
presencias en los grandes medios de comunicación. Por todos estos medios, los
obispos, sacerdotes, religiosos y seglares cristianos debemos inculcar y
promover constantemente y con total claridad el rechazo firme y efectivo de la
violencia como instrumento político. (...)
Y con la acción, la oración. Los cristianos tenemos que pedir a Dios el don de
la paz con humildad, confianza y perseverancia. (...)
Algo que puede hacer la Iglesia como ninguna otra organización, y que resulta
especialmente urgente en nuestros ambientes, es relativizar las diferencias
entre personas y grupos, favorecer el diálogo social y fomentar la
comunicación entre aquellos que piensan de manera diferente, luchar contra la
fanatización de la política, subrayar los muchos elementos comunes que todos
tenemos, recomendar y testimoniar serenidad y tolerancia. (...) Los padres
deberían enterarse mejor y tener más en cuenta qué ideología social y
política están recibiendo sus hijos, muchas veces de manera encubierta, en los
centros o en las líneas de estudio, en los diferentes ambientes que frecuentan.
Además de educar y rezar, la Iglesia y los cristianos podemos y debemos hacer
otras muchas cosas. Podemos manifestarnos, crear opinión pública , formar a
dirigentes sociales y políticos para el día de mañana, apoyar a los que
luchan de verdad contra el terrorismo, estar cordialmente con las víctimas,
apoyar y acompañar a las familias que han padecido los zarpazos del terrorismo,
visitar a los familiares de los presos y a los mismos presos de ETA. Ellos son
también víctimas del terrorismo, víctimas de sus propios sentimientos y a
veces de su propia organización. (...) Hay que estar con las familias de los
asesinados. Muchas veces he pensado que no se percibe la verdadera monstruosidad
del terrorismo hasta que no se vive de cerca el dolor y el sufrimiento de una de
esas familias.
Después de señalar estas posibles actuaciones de la Iglesia, es preciso decir
que la intervención de la Iglesia más profunda y eficaz en contra de la
violencia y a favor de la paz es simplemente el ejercicio normal y diario de su
misión evangelizadora. (...) Y, por el contrario, todo aquello que favorece una
vida sin religión y sin moral, todo lo que debilita el respeto a la moral
objetiva religiosamente fundada, cuanto debilita el respeto a las personas
débiles y excita el deseo intolerante de disfrutar de la vida, sin atender a
los derechos o a las necesidades de los demás, en definitiva prepara a nuestra
juventud para prescindir con facilidad de las llamadas de una vida recta y
aceptar más bien los razonamientos subversivos, egoístas y hasta violentos.
(...)
Donde está Dios no crece el terrorismo. Y donde crece la inmoralidad se prepara
la tierra para que brote la injusticia y la violencia.
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José Francisco Serrano (ed.).. La Iglesia frente al terrorismo de ETA. BAC.
Madrid (2001) 823 págs. 33,13 EUR.
Esta página es un resumen del servicio distribuido a los suscriptores de
Aceprensa.
© Aceprensa
Imagen: Portada del libro, publicado por la Bac
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El Padre Trampitas
Autor: Arturo Guerra
Las Islas Marías. Sí. A algunos nos suena a cárcel, a criminales de siete
homicidios para arriba, a gente altamente peligrosa, a seres desalmados purgando
su condena, perpetua las más de las veces... Una cárcel "natural", sin
paredes, donde la inmensidad del Océano Pacífico le trunca a cualquiera las
ganas de escaparse.
Durante más de treinta años vivió aquí un preso. Un preso más. Que comía
como cualquier otro preso. Sujeto a las leyes de la prisión. Privado de su
libertad. Encerrado. Ninguna diferencia. Bueno, una. Este preso... era
voluntario.
Sí. Lo que oyes. Un preso voluntario. Quiere decir que a él nunca le capturó
un comando especializado de la Policía después de incontables meses de
búsqueda. Quiere decir que no llegó amarrado ni custodiado por seis fornidos
guardias de seguridad. Quiere decir que ningún juez le condenó a cadena
perpetua en las Islas Marías. Quiere decir que ni mató ni robó ni nada que se
le parezca. Preso voluntario.
Su nombre: Juan Manuel Martínez. Su apodo: el Padre Trampitas. Sí. Un
sacerdote católico.
Tan preso que cuando el Papa Juan Pablo II visitaba por primera vez México en
1979, el P. Trampitas solicitó al Jefe de la cárcel un permiso especial para
ir a alguna de las ciudades por donde el Papa iba a pasar. El permiso se atoró
a medio camino y nunca llegó. Y se quedó sin ver al Papa. Él, que era
sacerdote. Sacerdote hecho preso voluntariamente. Con todas sus consecuencias.
Numerosos hombres de siete homicidios para arriba, mujeres purgando una larga
condena por sus crímenes... pudieron encontrar a Dios y morir en paz gracias al
testimonio y labor del P. Trampitas.
Un sacerdote preso voluntario cuyas cenizas están ahí, presas entre los presos
de hoy y de mañana.
"Venid benditos de mi Padre, porque estuve en la cárcel y vinisteis a
visitarme."
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