Evangelio: Lc 12, 32-48 »Tened ceñidas vuestras cinturas y encendidas las lámparas, y estad como quienes aguardan a su amo cuando vuelve de las nupcias, para abrirle al instante en cuanto venga y llame. Dichosos aquellos siervos a los que al volver su amo los encuentre vigilando. En verdad os digo que se ceñirá la cintura, les hará sentar a la mesa y acercándose les servirá. Y si viniese en la segunda vigilia o en la tercera, y los encontrase así, dichosos ellos. Sabed esto: si el dueño de la casa conociera a qué hora va a llegar el ladrón, no permitiría que se horadase su casa. Vosotros estad también preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre. Y le preguntó Pedro: —Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos? El Señor respondió: —¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el amo pondrá al frente de la casa para dar la ración adecuada a la hora debida? Dichoso aquel siervo a quien su amo cuando vuelva encuentre obrando así. En verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si ese siervo dijera en sus adentros: «Mi amo tarda en venir», y comenzase a golpear a los criados y criadas, a comer, a beber y a emborracharse, llegará el amo de aquel siervo el día menos pensado, a una hora imprevista, lo castigará duramente y le dará el pago de los que no son fieles. El siervo que, conociendo la voluntad de su amo, no fue previsor ni actuó conforme a la voluntad de aquél, recibirá muchos azotes; en cambio, el que sin saberlo hizo algo digno de castigo, recibirá pocos azotes. A todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá, y al que le encomendaron mucho, mucho le pedirán.
Con la cabeza en el Cielo
La primera afirmación de Nuestro Señor que nos ofrece hoy la Iglesia con este pasaje de san Lucas, plantea –en su admirable sencillez, que no admite discusión ni interpretaciones ajenas a su sentido literal– todo un enfoque de la vida humana: Vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino, dice el Señor a los suyos. Y todo el resto del pasaje que leemos a continuación, son una serie de consejos prácticos razonables, teniendo en cuenta que ese Reino es el deseo de Dios, nuestro Creador, Señor y Padre para sus hijos los hombres.
Quiere Jesucristo salir al paso de algunas corruptelas que se nos pueden introducir y serían obstáculos, no poco importantes, para alcanzar ese Reino que tenemos como singular destino, y es la razón de la gran dignidad y grandeza humanas. Comienza su discurso el Señor refiriéndose a los medios materiales, que erroneamente podríamos poner, en sí mismos, como objeto de nuestras inquietudes, por más que nos demos cuenta de que todos son necesariamente perecederos. Sin embargo, la falta de fe y el consentimiento en el apego a las riquezas, nos inducen más y más al engaño. En el fondo, de sobra sabemos que los medios materiales deben ser sólo "medios", meros instrumentos que, en definitiva, nos sirvan para alcanzar nuestro único verdadero fin: la Vida Eterna. Ponerlos en la práctica en lugar de la Eterna Bienaventuranza, amándolos en sí mismos, equivale, pues, a errar en el sentido y destino de la vida, sería el fracaso existencial del hombre. Pidamos la luz del Espíritu Santo, para no dejarnos engañar por un desmedido atractivo –falso– de los bienes de este mundo. Roguemos una luz que nos haga descubrir a la vez el valor único de la perla escondida, aunque nos muestre asimismo el trabajo que reclama su posesión.
Anima Jesús a la vigilancia: cualquier día, en cualquier circunstancia, tal vez cuando no esperamos, nos puede sobrevenir la muerte, el definitivo ingreso en la eternidad. Sabemos, por experiencia, que se nos puede hacer justicia de lo vivido sin previo aviso: "¡Quién nos lo iba a decir..., si ayer mismo habíamos comentado..., y hoy un accidente de verdadera mala suerte..., ese proceso incurable y fulminante...: no somos nadie!", así solemos comemntar. Vosotros estad también preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre. El consejo del Señor es de sensata amistad, de verdadero amor a quienes se quiere, a quienes se desea lo mejor aún a costa de exigirles. Más fácil sería –mucho más fácil también de aconsejar– el estímulo a una conducta despreocupada y cómoda, aunque irresponsable, ya hay quien lo hace... Pero no sería manifestación de amor, sino posiblemente de secreta complicidad en el fracaso que se avecina.
Alaba finalmente Jesús la conducta del siervo que se comporta de acuerdo con lo que se le indicó: Dichosos aquellos siervos a los que al volver su amo los encuentre vigilando. Porque actuar como Dios espera no es cosa del último momento. No podemos pensar astutamente: "cuando prevea próximo mi final, entonces..., pero aún soy muy joven..., no debo preocuparme por el momento". El amor de Dios por los hombres se manifiesta de continuo: cada día de nuestra vida y durante generaciones con la humanidad. La vigilancia, pues, que nos pide Dios, es una actitud permanente –las veinticuatro horas del día– de atención a ese amor de Padre que nos dispensa. ¿No debemos acaso devolver amor por amor? ¿No es lógico, y propio de personas agradecidas que valoran los dones recibidos, intentar comportarnos como los mejores hijos con semejante Padre?
Nuestra Madre Inmaculada, la mejor de las hijas de Dios, nos dará, si se lo pedimos, un corazón para amar a Dios a la medida del corazón de Jesucristo, su Hijo.
Evangelio: Mt 20, 20-28 Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró ante él para hacerle una petición. Él le preguntó: —¿Qué quieres? Ella le dijo: —Di que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Jesús respondió: —No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? —Podemos —le dijeron. Él añadió: —Beberéis mi cáliz; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto por mi Padre. Al oír esto, los diez se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús les llamó y les dijo: —Sabéis que los que gobiernan las naciones las oprimen y los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo. De la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos.
El divino ideal
En la celebración del apóstol Santiago, intentamos meditar en las palabras conclusivas de Nuestro Señor de la escena evangélica que, para hoy, nos ofrece la Liturgia de la Iglesia. Palabras, como siempre, definitivas por su importancia para nuestra vida de cristianos. En este caso, se refiere expresamente Jesús a una característica imprescindible, como actitud de fondo y condición, en quienes quieran ser grandes para Él. Queda claro, una vez más, que los criterios mundanos de valoración no se corresponden con los criterios divinos. Los hombres, demasiado preocupados por sí mismos, olvidados a menudo del sentido genuino y trascendente de su existencia, y ajenos –en la práctica– al querer de Dios, parecen haber perdido el interés por los verdaderos valores, y se desviven –en cambio– por objetivos que les apartan de su fin y también de su felicidad, aunque no puedan sospecharlo.
Jesús no quita la razón a la buena madre de Santiago y de Juan. Sus deseos son claramente inmejorables: desear el mayor bien para sus hijos, y nada puede ser comparable a la máxima proximidad con Dios. Pero debe corregir Jesús, sin embargo, la rivalidad entre los apóstoles, que entienden mal –a lo humano– la grandeza en el Reino de los Cielos. Ellos, por el momento, se ilusionan tan sólo con una grandeza "de tejas abajo". Los hombres, en efecto, hemos adulterado el sentido de la bondad, del mérito, del valor: ya no tienen para la mayoría, en una primera y espontánea apreciación, su genuino y original significado. La fama, el bienestar, el poder; que tantas veces son compatibles con la maldad moral y el egoísmo, y con la falta de caridad, siendo esta virtud la esencia de la perfección cristiana, han venido a suplantar a los verdaderos bienes, que hacen bueno al hombre. Dios nos espera –simplemente buenos–, aún a costa de no tener esos otros "valores", que tanto atraen desordenadamente como consecuencia del pecado.
No tiene que ser así entre vosotros, reprende a los Apóstoles. Las palabras de Jesucristo son inequívocas. En lo sucesivo, los discípulos del Señor no verían un ideal en las ilusiones tan frecuentes de la mayoría. Lo de ellos tendría que ser con frecuencia lo menos apreciado, lo que por regla general muchos consideran sin valor y, en la práctica, despreciable. Lo bueno sería servir; lo valioso para el Reino de los Cielos, poner todo lo propio, hasta la vida, al servicio de los demás: de la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos.
Se hace muy necesario meditar con detenimiento esta afirmación de Jesucristo, de modo particular en nuestros días, por el concepto dominante de persona, que contrasta sobremanera con el ideal del Señor. Supone este divino ideal ciertamente una ruptura, que podría parecer muy violenta, con los modos de actuación y los planteamientos vitales más frecuentes. Dejando a un lado la descripción de las diversas variantes en este sentido, que dependerán de distintas culturas y regiones, centrémonos –por ser más prácticos– en el consejo imperativo de Cristo: quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo. Se tratará para el cristiano –aunque no esté de moda– de empeñarse decididamente en un servicio que busque el bien, el desarrollo y progreso del otro, lo mejor en todo momento para los demás. Su cabeza y su corazón –nuestra cabeza y nuestro corazón, si queremos ser buenos cristianos–, no querrán dirigirse sino a las necesidades y el mejor bien de los que nos rodean y de todo el mundo. El propio bien suyo, personal –su felicidad, su alegría, su salud, su bienestar, su éxito– no le preocupa al cristiano: confía esperanzado en la Eterna Bienaventuranza, mientras se consume, como una discreta brasa, caldeando eficazmente su entorno.
San Josemaría utilizó con frecuencia esta imagen: Tú has de comportarte como una brasa encendida, que pega fuego donde quiera que esté; o, por lo menos, procura elevar la temperatura espiritual de los que te rodean, llevándoles a vivir una intensa vida cristiana. Porque, en el fondo, el único verdadero interés nuestro debe ser "pegar" a otros al Señor. En esto quiere consistir el servicio cristiano en el mundo. Con un profundo respeto a la libertad individual, ofreceremos gratuitamente a todos lo mejor que es posible ofrecer: la verdad de la fe. Ese servicio consistirá, las más de las veces, en el ejemplo sencillo de una vida coherente con el Evangelio, y en la explicación, atractiva a la medida de cada uno, de esa doctrina de Jesucristo.
Santa María, nuestra Madre, es la Reina de los Apóstoles. Su intercesión poderosa nos hará fieles imitadores de Santiago y de los primeros discípulos, que aprendieron a ser apóstoles, como Ella, de labios de su Hijo.
Evangelio: Lc 10, 38-42 Cuando iban de camino entró en cierta aldea, y una mujer que se llamaba Marta le recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Pero Marta andaba afanada con numerosos quehaceres y poniéndose delante dijo: —Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude. Pero el Señor le respondió: —Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada.
Trabajar por amor a Dios
Se ha hecho famoso este momento de la vida de Nuestro Señor en el que, como en otros, se pone de manifiesto también la agudeza humana de Jesucristo. No entramos en esta ocasión en especiales detalles acerca de la confianza grande que tenía Jesús en aquella casa: la de los tres hermanos, Marta, María y Lázaro. San Juan, el evangelista, relata más en profundidad pormenores concretos de la relación de amistad de Jesús con aquella familia, con quienes el Señor se sentía a gusto, mientras los tres hermanos correspondían con total confianza al trato de privilegio que les dispensaba. Betania, la pequeña aldea junto a Jerusalén de Marta y sus hermanos, ha pasado a la historia del pensamiento cristiano como prototipo de lugar acogedor, por cuanto allí, en aquella casa, había una relación ideal, humana y sobrenatural, entre Dios y los hombres.
Aquel día, con la misma franqueza que en otras ocasiones, Marta, posiblemente la mayor de las hermanas, se dirige al Señor con la queja de que su hermana María la deja sola con las tareas de la casa. Ni mucho menos sería una murmuración, pues el relato de san Lucas da a entender que la propia María estaba presente, escuchando también de la protesta de su hermana. Marta no entiende que Jesús pueda consentir, al menos implícitamente, lo que ella considera pasividad en su hermana María: desentenderse de los quehaceres domésticos por escuchar a Jesús.
Vale la pena que meditemos, aunque sea muy brevemente, la escena sobriamente narrada por san Lucas, antes de reflexionar en la respuesta de Jesús, que pudo, en un primer instante, sorprender a Marta. Ambas mujeres son un ejemplo para todo cristiano. De hecho, las dos son veneradas como santas desde los primeros siglos del cristianismo. Para María, nada, ni lo que pueda parecer más necesario, es equiparable a la presencia misma del Señor en casa. Todo se debe posponer –ya se hará en otro momento, pensaría– cuando se puede atender a las palabras del Hijo de Dios encarnado. No se trata tanto de lo que pueda decir, por su interés según las circunstancias, cuanto de que son palabras del mismo Dios: siendo Jesús quien nos habla, es en cualquier circunstancia decisivo. Sería absurdo pensar que Dios pueda decirnos algo sólo hasta cierto punto interesante. Así lo entiende María que, sin entrar en especiales valoraciones acerca de lo que será más oportuno en ese momento, no se plantea otra posibilidad salvo estar pendiente de Jesús y de sus palabras.
Marta, por otra parte, nos enseña asimismo algo también decisivo para nuestras relación con Dios. Marta es franca consigo misma, enjuicia la situación, esas circunstancias concretas de aquel día que posiblemente reclamara más trabajo, y traslada sin más su problema a Jesús. Marta que es "trasparente" con el Señor: dice lo que piensa, no intenta guardar las apariencias ocultando su mal humor en lo que le parece injusto. Como quiere que se hagan las cosas bien, expone el asunto que le preocupa –por trivial que parezca– a quien, sin duda, juzgará a la perfección. Ella quiere que se hagan las cosas del mejor modo según el criterio divino.
Del comportamiento de ambas hermanas podemos aprender mucho, para llevar a cabo nuestros quehaceres de acuerdo con la dignidad que nos corresponde, de hijos de Dios. En todo momento nada es más decisivo y enriquecedor para cada hombre que esa mirada permanente de amor que Dios nos dedica: nos contempla Dios como a hijos muy queridos. Es una mirada cariñosa, acompañada de unas palabras –escuchadas en el silencio de nuestra contemplación sobrenatural– que nos recuerdan la nobleza por don divino de nuestra condición y que Dios nos aguarda a cada paso de la vida: "también ahora –con eso que tienes entre manos– me puedes amar", viene a decirnos de continuo; "eso que te ocupa, por intrascendente que parezca, te puede servir para ganar el Cielo", nos insiste.
Posiblemente, como María, tendremos que dedicar algunos momentos a no hacer otra cosa que contemplar y escuchar al Señor. Son los ratos de meditación, únicamente ocupados en sentirnos mirados por Dios, mientras afinamos el oído de nuestra conciencia, con el deseo de incorporar a la conducta de cada día los afanes e ilusiones del mismo Dios. También, como Marta, preguntaremos al Señor, con franca sencillez, si es ya suficiente nuestro empeño por la santidad: si es bastante el sacrificio, el interés por los demás, nuestra súplica en favor del Papa, lo que rezamos por vocaciones..., si –en fin– lo que nos ocupa nos lleva verdaderamente a Él, o únicamente nos ocupa.
Nadie como la Madre de Dios ha vivido en permanente contemplación, únicamente atenta a los requerimientos divinos y haciendo de su conducta una afirmación siempre decidida y consciente al querer de Dios. Si procuramos caminar en su presencia maternal, sabremos vivir con el espíritu de María y el de Marta.
Día 16 Memoria Obligatoria: Nuestra Señora del Carmen
Evangelio: Mt 12, 46-50 Aún estaba él hablando a las multitudes, cuando su madre y sus hermanos se hallaban fuera intentando hablar con él. Alguien le dijo entonces: —Mira, tu madre y tus hermanos están ahí fuera intentando hablar contigo. Pero él respondió al que se lo decía: —¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: —Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.
Como María
Celebramos en este día a nuestra Madre del Cielo, Santa María. Y los versículos de san Mateo que hoy nos ofrece la Iglesia parecen ideales para que consideremos la grandeza de la Madre de Dios. Como sabemos, esa alabanza de Jesucristo que parece dejar de lado precisamente a su Madre es, sin embargo, la proclamación pública, ante cuantos le escuchaban en aquel momento y, para siempre ya, imborrable en su Evangelio, de la excelencia sin igual de María Santísima. Aquella mujer, llena de Gracia, que había consentido dócilmente a cuanto Dios quisiera de Ella era, sin duda, la destinataria primera de la alabanza que hace Jesús: todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en manos Cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi Madre. Nadie como Ella, en efecto, había querido y sabido cumplir la voluntad del Padre que está en los Cielos. Por lo demás, no es menos cierto que María sea simultáneamente hermano, hermana y madre de Jesús.
Pero, aprovechemos esta celebración para brindar a María nuestro deseo eficaz de cooperar, con Ella, en el ofrecimiento de nuestro mundo a Dios. Ante todo, es necesaria la entrega del corazón. Que nuestros afectos se dirijan al Señor y que alentemos propósitos de servirle; de buscar que otros quieran ponerle también en el centro de sus vidas. Queramos que nuestros sentimientos, como los suyos, deseen ver a Dios –Amor nuestro– honrado, amado por los corazones de todos los hombres. Buscaremos, pues, que los amigos y conocidos concreten pautas de vida que sean manifestación de su piedad, señales eficaces de que desean amar a Dios sobre todas las cosas. La contemplación de esa relación de María con Dios y de Dios con Ella es, sin duda, estímulo animante para cada uno y para todos.
Ave María, escucha la doncella de Nazaret. Un ángel –¡nada menos!– de parte de Dios se dirige a María. Lo cual indica, sin duda, tanto la categoría del mensaje, de quien lo recibe y, como es evidente, de su autor: la Trinidad Beatísima. Y Dios nos habla también a cada uno del mejor modo: según nuestras personales circunstancias. Fácilmente sabemos lo que nos dice Dios y, sobre todo, que es Él, quien se dirige a cada uno: un suceso que nos hace pensar, una lectura, una conducta, un comentario, una festividad como la de hoy... Algo, en suma, que nos interpela y nos sitúa ante Dios, conocedor de las conciencias. Pero volvamos a contemplar a nuestra Madre, con la ilusión de volcarnos en afectos agradecidos a Dios, por su bondad con los hombres, y a Ella misma, por su correspondencia a la Gracia divina y el ejemplo de su impecable correspondencia.
Con mucha frecuencia valdrá la pena hacer así la oración, contemplando, pidiendo, tal vez, únicamente amor: más amor, que sea eficaz –con obras– por Santa María y por Dios mismo. Un amor a la medida del que nos enseña Nuestro Padre y el Cielo, cuando se dirige a María. Lo hace con un saludo amable, grato, que no sobrecoge y menos aún asusta. Así actúa también Dios con cada uno. Para Él siempre somos niños. ¡Qué queramos, siempre también, ser niños y nada más en la presencia de nuestro Dios. No debe asustarse el niño pequeño cuando llega su madre o su padre y lo besa.
¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y... no me he vuelto loco?, solía afirmar san Josemaría. Tampoco nosotros nos queremos acostumbrar. No queremos vivir como si no tuviera importancia el amor que Dios nos tiene. Por eso agradeceremos de modo expreso su cariño. No queremos valorar nada tanto como ese amor. Deseamos que sea el fundamento de nuestra alegría, de nuestra seguridad en medio de todo lo que pudiera venirnos de este mundo, el fundamento de nuestro consuelo para los peores momentos. No serán otros, por cierto, que los que Dios, en su amor inmenso, tenga a bien consentir.
Y mientras María escucha las palabras de Gabriel, nos podemos imaginar a Dios atento, pendiente de Ella, aguardando su reacción que tendría tanta trascendencia. Porque le importamos mucho a Dios –tan grande su amor por la humanidad–. Diríamos que Dios había puesto mucho en juego con su plan salvador: María, llena de Gracia, concebida sin pecado para ser, así, la más digna de las madres; el Espíritu Santo dispuesto a descender sobre Ella; y el Hijo a punto de tomar carne humana en su cuerpo de mujer. Nacería luego, a los nueve meses como los demás hombres –la podría llamar verdaderamente Madre– y podría asimismo llevar a cabo la Redención.
También nosotros deseamos vivir bien despiertos frente a las realidades sobrenaturales. A nuestra medida, hay mucho en juego con nuestra conducta: De que tú y yo nos portemos como Dios quiere —no lo olvides— dependen muchas cosas grandes, asegura el autor de Camino. Se trata de la voluntad de Dios, Omnipotente, que triunfa a través de sus hijos los hombres y, por eso, nunca hay en esa voluntad cosas de poca importancia, triviales, vulgares. Vivamos permanentemente a luz de esta verdad. Con este convencimiento alumbrando nuestra existencia, nuestros planes, dificultades, proyectos, ilusiones, presente, futuro y pasado. En una palabra: con la escena de la Anunciación en nuestra mente y en nuestro corazón.
No queramos que se detenga la contemplación nuestra de María, llena de Gracia, jamás. Queramos, en cambio, que sea más intensa en sus fiestas. Por su cuenta, como Madre buena, sabrá hacernos inmensamente felices o, lo que es lo mismo, más amantes de los planes de Dios.
Fórmula para la bendición e imposición del
Escapulario de la Virgen del Carmen
La Santísima Virgen se apareció en el S. XIV al Papa Juan XXII,
prometiendo para aquellos que cumplieran los requisitos de esta
devoción que “como Madre de Misericordia, con mis ruegos, oraciones, =
méritos y protección especial, les ayudaré para que, libres cuanto
antes de sus penas, (…) sean trasladadas sus almas a la
bienaventuranza”.
La imposición se hace con el escapulario de lana. Después de la
ceremonia puede sustituirse con una medalla escapulario. Los
requisitos de esta devoción tanto para la medalla como para el
escapulario son:
• Tenerlo impuesto y llevarlo habitualmente.
• Guardar castidad conforme al estado de cada uno.
• Rezar diariamente tres Avemarías o siete Padres Nuestros con
Avemaría y Gloria, o el Oficio Parvo o el Oficio Divino.
Esta devoción a la Santísima Virgen ha de ayudarnos a ser más
piadosos; nunca debemos ampararnos en ella para vivir una vida de
indiferencia religiosa.
V. Nuestro auxilio en el nombre del Señor.
R. Que hizo el cielo y la tierra.
V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Oremos.
Señor Jesucristo, Salvador del género humano, santifica con tu
diestra este hábito, que por amor a Ti y a tu Madre, la Virgen María
del Monte Carmelo, va(n) a llevar con toda devoción tu siervo(a - os)
para que con la intercesión de tu misma Madre, sea(n) defendido(s)
del maligno enemigo y persevere(n) en tu gracia hasta el día de su
muerte. Que vives y reinas por los siglos de los siglos.
R. Amén.
El sacerdote rocía con agua bendita el escapulario y, mientras lo
impone, dice:
V. Recibe este hábito bendito y ruega a la Santísima Virgen que, por
sus méritos, lo lleves sin mancha de pecado, te defienda de toda
adversidad y te conduzca a la vida eterna.
R. Amén.
V. Yo, en virtud de la potestad concedida, te (os) recibo para que
puedas (podáis) participar de todos los bienes espirituales que por
la misericordia de nuestro Señor Jesucristo han sido concedidos a los
religiosos del Monte Carmelo. En el nombre del Padre, y del Hijo, y
del Espíritu Santo.
R. Amén.
V. Bendígate(os) el Dios omnipotente, creador del cielo y
tierra, que se ha dignado que formes(eis) parte de la Cofradía de la
Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo; a Ella suplicamos que,
en la hora de tu (vuestra) muerte, aplaste la cabeza del demonio y
que consigas(ais) la palma y la corona de la eterna bienaventuranza.
Por Cristo nuestro Señor.
R. Amén.
Evangelio: Lc 10, 25-37 Entonces un doctor de la Ley se levantó y dijo para tentarle: —Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna? Él le contestó: —¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees tú? Y éste le respondió: —Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: —Has respondido bien: haz esto y vivirás. Pero él, queriendo justificarse, le dijo a Jesús: —¿Y quién es mi prójimo? Entonces Jesús, tomando la palabra, dijo: —Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto. Bajaba casualmente por el mismo camino un sacerdote y, al verlo, pasó de largo. Igualmente, un levita llegó cerca de aquel lugar y, al verlo, también pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje se llegó hasta él y, al verlo, se llenó de compasión. Se acercó y le vendó las heridas echando en ellas aceite y vino. Lo montó en su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: "Cuida de él, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta". ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores? Él le dijo: —El que tuvo misericordia con él. —Pues anda –le dijo Jesús–, y haz tú lo mismo.
Un amor humano a lo divino
Aprendamos de Jesús en este domingo –tomando ocasión del fragmento de san Lucas que nos ofrece para hoy la Liturgia de la Iglesia– a realizar el bien a pesar de todo... En algunas ocasiones nos veremos, como aquel día Jesús ante la pregunta malintencionada del doctor de la ley, pero nosotros posiblemente sentiremos el impulso de corresponder con otra ofensa al mal trato recibido. ¿Acaso no estaríamos en nuestro derecho?, podríamos pensar. Sin embargo, el "ojo por ojo y diente por diente" pertenece ya al pasado, y poco tiene que ver con la caridad cristiana. Jesús, que únicamente vino al mundo para nuestro bien, tuvo que ayudarnos resistiendo a la hostilidad humana. Su divino amor por nosotros le llevó a no considerar si en realidad teníamos derecho o no al tesoro de su Amor.
Esa es la actitud constante de Cristo. En ningún momento hay en Él manifestación alguna de revancha, de venganza. Jesús no sabe de "ajustes de cuentas" o de hacer escarmentar... Ni siquiera es más remiso en su entrega en favor de la gente, por la ingratitud o, incluso, la mala interpretación de sus hechos y palabras por parte de algunos de los favorecidos. Nuestro Señor no se plantea sino ayudarnos a toda costa, en aquello que es nuestro mayor bien: la Salvación. Nada de este mundo le hace desistir de ese empeño generoso y desinteresado. El suyo es un amor que no tiene precio, por cuanto gratuitamente otorga, al hombre que le reconoce como Dios, aquello en lo que consiste su máxima felicidad y plenitud, que únicamente Él puede otorgar.
A continuación de la respuesta sencilla del Señor ante la malintencionada pregunta –dando por otra parte al impertinente doctor de ley ocasión de lucimiento–, Jesús ejemplifica con una parábola cómo debe ser de generosa y desinteresada la caridad. En todo momento resplandece en el buen samaritano el olvido de sí mismo. Cada gesto de su conducta con ocasión de la desgracia de su prójimo, es buscando el mayor bien para quien cayó en manos de los salteadores. ¿Alguna obligación en justicia le forzaba a gastar su tiempo y su dinero en un desconocido? Ningún precepto legal –que sepamos– movió su generosidad. Nos quiere enseñar Jesús que, sólo contemplar la necesidad de otro, es motivo, más que suficiente, para olvidar las propias cosas: lo suficiente, al menos, para remediar esa desgracia humana.
Si somos francos, aceptamos fácilmente que la actitud de ese samaritano es admirable. Sin duda, viajaba por asuntos personales de cierta importancia. De hecho, detiene su viaje, lo necesario para remediar el problema, y continúa su marcha. No se trata, de ordinario, en la caridad de desentenderse absolutamente de las propias cosas. Sin embargo, el bien del prójimo reclama una verdadera responsabilidad. Cuida de él –dice al posadero–, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta. Porque la caridad bien vivida –en nuestra humana condición es muy importante tenerlo presente– supondrá siempre una cierta "pérdida" para quien la ejercita. Amar siempre costará, aunque el impulso de quien ama parezca quitarle importancia al gasto, al esfuerzo, al tiempo empleado, al cansancio, a la contrariedad, etc. Luego, se siente la humana satisfacción del deber cumplido. En todo caso, no se ayuda por nada personal. Como veíamos, es el bien del prójimo lo que impulsa al desprendimiento en cada caso.
Con esas renuncias a lo propio se agrada a Dios. Cuanto hicisteis con uno de estos, conmigo lo hicisteis, declaró Jesús, para que entendiéramos el valor de la caridad, y hasta qué punto está Él presente en quienes nos rodean, por desconocidos que nos resulten. También en quienes nos han tratado mal: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan –nos pide el Señor–, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos. En todo momento podemos descubrir una oportunidad de amar a Dios en nuestros prójimos. Posiblemente, cuando más nos cuesta, es más heroico y puro el amor que manifestamos a Dios. Tal vez, entonces, se asemeja más al Suyo por nosotros, y somos así, en efecto, mejores hijos de nuestro Padre del Cielo.
La lealtad a Dios de nuestra Madre, repetidamente probada en momentos difíciles –duros– de fidelidad, será siempre un luminoso ejemplo y un estímulo para sus hijos.
Hola hermanos y hermanas de "Aldea Global":
El próximo viernes 16 de Julio, es un dia festivo mariano por
excelencia en nuestra Iglesia Universal, festejamos a Nuestra Dulce
Madre del Carmen y en una fecha igual pero de hace siglos, Ella le
dió a San Simón Stock en ese entonces cofrade general del grupo, la
prenda (El Escapulario)que acreditaba la existencia de esa hermandad
en el mundo y le dió tres promesas, que ya son para nosotros los
seglares prenda de salvación. LES OFREZCO GRATUITAMENTE el cuadernito
para conocer o recordar estas cosas de Dios. Solicítalo y te lo envío
a tu correo. No te arrepentirás. Fraternalmente Raúl.
EL PARTIDO SOCIALISTA OBREO ESPAÑOL, SIRVE A LA MASONERIA
LA ASOCIACIÓN "EUROPA LAICA": PRINCIPAL PROMOTORA DEL LAICISMO EN
ESPAÑA
Víctor Guerra García es miembro del Centro de Estudios Históricos de
la Masonería Española . Ha publicado la «Aproximación a la masonería
gijonesa de los siglos XIX y XX» Es fundador de la
asociación "Europa Laica", que como puede verse en su página
www.europalaica.com promueve fundamentalmente los ataques a la
Iglesia Católica cuyo presidente de honor es Gonzalo Puente Ojea ,
presidente Juan Francisco González
y vicepresidente, Francisco Delgado Ruiz (diputado constituyente y
senador, ha presidido la Confederación Española de APAS (CEAPA) y ha
sido miembro del Consejo de Administración de la Asociación Europea
de Padres. Autor en 1997 de La Escuela Pública Amenazada
En la carta fundacional de "Europa Laica "puede leerse: " Nuestra
asociación se define como laicista, entendiendo por laicismo la
defensa del pluralismo ideológico en pie de igualdad como regla
fundamental del Estado de Derecho y el establecimiento de un marco
jurídico adecuado y efectivo que lo garantice y lo proteja frente a
toda interferencia de instituciones religiosas" .
Un acontecimiento de orden histórico ha tenido lugar durante estas
últimas fechas, el proyecto del texto de la Constitución de la Unión
Europea ha visto la luz, en la que ha colaborado institucionalmente
con la convención la masonería europea en la redacción de su
preámbulo. Parte del debate público se ha fijado especialmente en
este preámbulo en la necesidad o no de aparición de las religiones
como fundamento ideológico de esta Carta para todos los europeos.
Se inició el debate con la propuesta del Partido Popular europeo,
que llegó a estar en el borrador, que hacia referencia a la herencia
religiosa en el artículo 1.2 sobre los valores de la Unión. En un
principio el artículo comenzaba del siguiente modo." Los Estados y
ciudadanos de la Unión Europea, conscientes de su historia y su
herencia común espiritual y moral, de los valores indivisibles y
universales de la dignidad humana, la libertad, la igualdad y la
solidaridad y de lo que Europa debe a su herencia religiosa.."
Presionaron para la inclusión de la redacción de este artículo con
especial insistencia los populares españoles e Italianos, si bien no
proponían extremos en esta dirección como aquellos que quisieron
incluir el copiado casi literal de la Constitución polaca que pedían
que la Carta Magna Europea incluyera "los valores de los que creen
en Dios como fuente de verdad, justicia, bondad y belleza, aceptando
a aquellos que no comparten esta creencia pero respetan estos
valores universales procedentes de otros orígenes".
Algunas organizaciones, y particularmente el Gran Oriente de Francia
como defensor en su constitución asociativa y desde 1877 de la
libertad absoluta de conciencia, trabajaron en el cambio de este
artículo, que tras diferentes debates de aproximación y propuestas
han conseguido plasmar en el borrrador el mismo artículo 1.2 sobre
los valores de la Unión, retirando cualquier referencia religiosa y
quedando finalmente como sigue: " La Unión se fundamenta en el
respeto de la dignidad humana, la Libertad, La Democracia, el Estado
de Derecho, el respeto de los derechos humanos. Estos valores son
comunes a los Estados miembros en una sociedad caracterizada por el
pluralismo, la tolerancia, la justicia, la igualdad, la solidaridad
y la no discriminación".
En los principios de laicidad del Estado se encuentra una de las
bases de la democracia y del Estado de Derecho, es la conocida
separación e independencia entre la Iglesia y el Estado con origen
en la revolución francesa pero arraigada ya en la mayoría de los
estados de Europa, reflejo de igualdad y de no discriminación entre
los ciudadanos, y consecuentemente entre las diferentes religiones.
Del mismo modo la libertad religiosa, de cambio de religión, de
manifestación de la religión a través del culto y de asociación
religiosa son derechos reconocidos por el Derecho Internacional,
europeo y nacionales a la hora de hablar de derechos humanos y
libertades fundamentales. Se hace innecesario hacer referencia
exclusiva a la concepción metafísica de cada cual, pues los
posicionamientos individuales son eso mismo, patrimonio del
individuo y en esta ocasión limitarían un concepto más universal de
la futura constitución.
El papel de la Unión Europea desde la perspectiva del futuro común,
deberá ser el de aglutinadora de ciudadanos y ciudadanas de
distintas de diferentes nacionalidades, orígenes , lengua, raza o
creencias, con el objetivo de garantizar la paz, la libertad y el
progreso. Por ello la convención europea, así como el consejo, los
gobiernos y parlamentos nacionales deberán garantizar los derechos
universales evitando la exclusión por la referencias, directas o
indirectas, a una religión o creencia específica en la futura
constitución europea.
Los objetivos de la opción laicista vienen propuestos por la
COORDINADORA LAICISTA en su Manifiesto, en el que señalan:
Las organizaciones que integran la Coordinadora Laicista, reunidas
en Madrid el pasado 19 de octubre de 2002, consideran la conciencia
libre como eje vertebrador de los Derechos Humanos y de la
Democracia, que presuponen un sujeto -el ciudadano- sin el cual
tales conceptos carecen de sentido. La libertad de conciencia,
patrimonio inalienable de los individuos, no puede, pues, sufrir
ningún tipo de recortes con el propósito de convertirla en
privilegio exclusivo de ciertos grupos confesionales, bajo la
denominación restrictiva de "libertad religiosa".
Para devolver a la conciencia libre su sentido originario, como
derecho de cada uno de los individuos, independientemente del
carácter religioso o no religioso de sus convicciones, propugnamos:
1) La revocación definitiva del Concordato de 1953 que, aunque
revisado en la totalidad de su contenido, permanece vigente a través
del Acuerdo del Estado español con la Santa Sede de 1976 y de los
cuatro Acuerdos de 1979 que hipotecan la Constitución sometiéndola a
tratados internacionales y recortando derechos fundamentales.
2) La derogación de la Ley Orgánica de Libertad Religiosa de 1980,
que permite conceder derechos positivos a determinados grupos
confesionales, derechos que son sustraídos al conjunto de los
ciudadanos y a cada uno de ellos, quedando la libertad de
conciencia, en sus opciones no religiosas, reducida a la "no
creencia" o "ausencia de convicciones". Esto es particularmente
grave en lo que se refiere a la interpretación del artículo 27.3 de
la Constitución, que deja así de ser un derecho de todos los
españoles para transformarse en privilegio de las confesiones
religiosas que, en virtud de esta Ley, firman acuerdos de
cooperación con el Estado. Propugnamos la sustitución de la Ley
Orgánica de Libertad Religiosa de 1980 por una Ley Orgánica de
Libertad de Conciencia que haga realidad el artículo 14 de la
Constitución e imposibilite toda desigualdad entre los ciudadanos en
función de sus convicciones.
3) La derogación de los artículos de la LOGSE, la LOPEG y la LOCE
que desarrollan esta interpretación sesgada del artículo 27.3 de la
Constitución. Si el mencionado artículo, que recoge el derecho de
los padres a que sus hijos sean educados según sus convicciones
religiosas y morales, se interpreta en el sentido de que hay que dar
satisfacción al mismo en el marco de la escuela pública, insistimos
en el hecho de que tal artículo ha sido redactado para todos los
españoles y no en exclusiva para determinados grupos confesionales.
El humanismo ateo, como cualquier otra opción espiritual, debería
gozar de los mismos derechos positivos. Si, como es obvio, la
escuela pública no puede ni debe atender toda la gama de posibles
peticiones, lo que procede es garantizar el ejercicio de este
derecho a las familias en el ámbito de lo privado.
4) Derogación de los artículos de la Ley Orgánica Reguladora del
Derecho de Asociación de 2002 que conceden privilegios a las
organizaciones religiosas. Pensamos que en un Estado laico,
organizaciones como Amnistía Internacional, una asociación de ateos
o una organización religiosa deben regirse por las mismas normas de
derecho común. La legislación anteriormente citada convierte a la
Iglesia Católica en entidad de Derecho Público, en manifiesta
oposición a la afirmación constitucional de que ninguna confesión
tendrá carácter estatal. Con esta Ley de Asociaciones, que viene a
reforzar privilegios inadmisibles, se premian los recientes
escándalos y delitos financieros, otorgando completa impunidad en el
futuro a determinadas organizaciones religiosas.
5) La consecuente derogación de toda la normativa inferior emanada
de los Acuerdos de 1976 y 1979 y de la legislación arriba
denunciada.
Mientras se alcanzan las condiciones óptimas para el disfrute de los
derechos fundamentales, bajo los principios de libertad y de
igualdad, en el marco de un Estado auténticamente laico, exigimos:
1) Que no se adoctrine a nuestros hijos en el seno de la escuela
pública o sostenida con fondos públicos, por lo que debe procederse
a la inmediata retirada de todos los símbolos religiosos y
denominaciones religiosas, así como a dictar instrucciones precisas
para que ningún acto litúrgico -como una misa en la festividad del
centro- tenga lugar en el horario lectivo ni en actividades
complementarias dirigidas a la totalidad del alumnado.
2) Que se ponga fin al progresivo deterioro de la enseñanza pública
y se frene el actual régimen de conciertos, abusivo e ilimitado,
cuya principal finalidad es reforzar el poder de la Iglesia
Católica. Por otra parte, a los colegios privados concertados, que
ofrecen un servicio público a ciudadanos de diversas creencias, no
se les puede permitir la aplicación de un ideario confesional en los
itinerarios oficiales.
Finalmente, la Coordinadora Laicista ve con especial preocupación el
intento, por parte de diversos sectores de la sociedad y del
espectro político, de consagrar los privilegios y las desigualdades,
en nombre del "laicismo moderno" y de la "laicidad abierta"
(o "inclusiva"). Creemos que una nueva revisión de los Acuerdos
Iglesia-Estado no haría más que paralizar las fuerzas tendentes a
conseguir la completa aconfesionalidad.
En este sentido, el intento de introducir en el currículo de la
educación obligatoria y en el Bachillerato una asignatura de
religión no confesional o una educación Ética y Cívica, podría
responder al propósito de mantener en el sistema educativo a los
actuales profesores de religión católica, con el agravante de que
así el adoctrinamiento encubierto estaría dirigido a la totalidad
del alumnado.
El problema laboral creado a los actuales catequistas con la salida
de la religión de las aulas debe abordarse desde otras posibles
soluciones -como la vía indemnizatoria- y no lesionando nuestro
derecho a la libertad de conciencia. En cuanto a las dos horas
lectivas semanales ganadas a la religión, deberían reforzar la
presencia de asignaturas clásicas, capaces de proporcionar una
auténtica formación humanista.
La Coordinadora Laicista hace un llamamiento a todos los sectores
progresistas para revitalizar los valores basados en los Derechos
Humanos, en la libertad y la igualdad, pilares de la Democracia, y
en la solidaridad capaz de aglutinar a los individuos en torno al
respeto hacia lo que tienen de más precioso: la conciencia libre.
Organizaciones firmantes integradas en Coordinadora Laicista :
Acción Laica "Escuela Libre" de León.
Asociación "Escuela Laica" de Albacete.
Asociación "Europa Laica".
Asociación "Galileo" de Úbeda.
Asociación "Pi y Margall por la Educación Pública y Laica".
Ateus de Catalunya.
Colectivo "Escuela" de Granada.
Otras organizaciones que se adhieren al manifiesto de Coordinadora
Laicista :
Alianza contra el conformismo (Bund gegen Anpassung)
Alternativa Antimilitarista Moc-Madrid
Asociación "Izquierda y esperanto SATEH"
Asociación Leonesa de Mujeres "Flora Tristán"
Asociación Madres/Padres por una Escuela Laica (ASPUELA), de
Chiclana (Càdiz)
Asociación Manuel Azaña
Asociación Pro Derechos Humanos de España
Ateneo Republicano de Asturias
Ateneo Republicano de Galicia
Colectivo Escuela Laica
Confederación Española de asociaciones de madres y padres del
alumnado (CEAPA)
Coordinadora de estudios laicos para America Latina, Centroamérica y
el Caribe (CELAL) - Venezuela
Coordinadora de Verdes Izquierda Madrileña-Soto
Federación de Asociaciones de Padres de Alumnos de Albacete
Federación Territorial de Enseñanza de C.G.T. de Castilla y León
Foro Ciudadano de la Región de Murcia
Fundación Ferrer i Guàrdia
Fundación Luis Bello
Grupo "Espacio Alternativo"
Iniciativa Socialista
Instituto Republicano de Derechos Humanos
Izquierda Republicana
Izquierda Unida - Los Verdes. Convocatoria por Andalucía, Cazorla
Izquierda Unida - Los Verdes. Convocatoria por Andalucía, Granada
Izquierda Unida - Los Verdes. Convocatoria por Andalucía, Motril
Izquierda Unida Federal
Partido Comunista de España
Patronato Municipal de Escuelas Infantiles del Ayuntamiento de
Granada
Red de Organizaciones Feministas contra la Violencia de Género
Sindicato de Trabajadores y Trabajadoras de la Enseñanza de la
Región de Murcia (STERM-Enseñanza)
Unidad Civica por la Republica
Unión de chilenos laicos internacionales - Bélgica
Unión de CyberAteos
Evangelio: Lc 10, 1-12.17–20 Después de esto designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir. Y les decía: —La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies. Id: mirad que yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino. En la casa en que entréis decid primero: "Paz a esta casa". Y si allí hubiera algún hijo de la paz, descansará sobre él vuestra paz; de lo contrario, retornará a vosotros. Permaneced en la misma casa comiendo y bebiendo de lo que tengan, porque el que trabaja merece su salario. No vayáis de casa en casa. Y en la ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad a los enfermos que haya en ella y decidles: "El Reino de Dios está cerca de vosotros". Pero en la ciudad donde entréis y no os acojan, salid a sus plazas y decid: "Hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies lo sacudimos contra vosotros; pero sabed esto: el Reino de Dios está cerca". Os digo que en aquel día Sodoma será tratada con menos rigor que aquella ciudad. Volvieron los setenta y dos llenos de alegría diciendo: —Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre. Él les dijo: —Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado potestad para aplastar serpientes y escorpiones y sobre cualquier poder del enemigo, de manera que nada podrá haceros daño. Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo.
Talante de apóstol
El pasaje de san Lucas que nos ofrece la Iglesia en su Liturgia de este domingo, es de gran utilidad para nuestra meditación; pues los cristianos deseamos ardientemente extender, más y más en el mundo, el mensaje y la vida que el Hijo Dios vino a entregarnos como inapreciable tesoro para toda la humanidad.
Reparamos primeramente en el interés de Jesús por nosotros: en ese cuidado por facilitarnos las cosas, preparando una buena acogida al Evangelio de la salvación de los hombres. Para ello envía por delante a un grupo numeroso de discípulos, para que su posterior presencia y sus palabras fueran más eficaces: si la gente había tenido con antelación alguna noticia de Él, comprenderían mejor el sentido de sus palabras y de sus obras. No había tiempo que perder –la mies es mucha, pero los obreros pocos–; convenía, pues, organizar el trabajo apostólico del modo más eficaz.
En todo caso, advierte a aquellos primeros discípulos –colaboradores suyos en la propagación de la Gran Noticia de la Salvación prevista por el Creador para todos los hombres–, que la suplica a Dios, rogándole más trabajadores para la Empresa evangelizadora, debe ser lo primero. Se trata, en efecto, de una tarea que excede con mucho las capacidades de quienes a ella se dedican materialmente. Nunca será suficiente la sola gestión apostólica: hablar, moverse, insistir, convencer a unos y otros por un cierto talento para ser persuasivos... Ya lo advertía el Espíritu Santo por un salmo: Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los constructores. Cuanto queremos que sea relevante para la Vida Eterna, debemos llevarlo a cabo con la fuerza que Dios nos da: con su Gracia. Y no quiere negar nuestro Padre Dios esa ayuda a sus hijos que, con sencillez y confiados, le suplican.
Para que no tuvieran duda alguna de la necesidad imprescindible de esa Fuerza del Cielo, insiste Jesucristo en su advertencia, haciéndoles ver que no lo tendrán fácil. La imagen es muy gráfica: serán ellos como ovejas entre lobos. Encontrarán de ordinario oposición a sus palabras. Recordemos que no pocas veces fueron perseguidos hasta la muerte, cuantos practicaban y difundían el Evangelio. Sin embargo, con igual rotundidad les garantiza el éxito en su misión. Regresan, en efecto, triunfantes y gozosos habiendo experimentado la verdad de las palabras de Cristo. Experiencia, por otra parte, no ausente de sacrificios; pues, no debieron poner su confianza en los instrumentos humanos, que tan razonablemente y con tanto esmero se preparan y aseguran como algo imprescindible para las empresas humanas. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias, les dice: ni siquiera lo que puede parecer más imprescindible será necesario. Lo único verdaderamente necesario e imprescindible es el auxilio divino.
Aprovechemos este día para preguntarnos, en el silencio de nuestra meditación ante nuestro Padre Dios, si nos sentimos también, en medio de nuestro mundo y de nuestros quehaceres de cada día, enviados como aquellos setenta y dos a preparar como mejor sepamos las almas de amigos y conocidos, que deben dar una respuesta más afirmativa y generosa a los requerimientos del Cielo. ¡Cuántos cambiarían...! Bastantes perderían parte –al menos– de su cómoda tranquilidad y sentirían la urgencia de complicarse la vida, de renunciar a esa paz pasiva, al descubrir la apasionante belleza de extender el Reino de Dios en el mundo. Pronto iban a comprobar –tal vez con sorpresa–, que nada de aquello tan apetecible, o que en otro tiempo parecía vital, es en realidad necesario. Más bien se cae en la cuenta de que lo único verdaderamente necesario, es cumplir la voluntad de Dios, amarle sobre todas las cosas, y así aseguramos la felicidad en esta vida y la Bienaventuranza Eterna.
Nuestra Madre de el Cielo es también Reina de los Apóstoles. ¡Dejémonos gobernar por nuestra Reina y Madre! Con suavidad y fortaleza sabe conducirnos al cumplimiento de los deseos del Señor en el trato con nuestros iguales. Podremos así entender –con su ayuda– que, en todo apostolado, lo primero es la oración y, todo lo demás, debe ser consecuencia de ella.
Evangelio: Jn 20, 24-29 Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron: —¡Hemos visto al Señor! Pero él les respondió: —Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré. A los ocho días, estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo: —La paz esté con vosotros. Después le dijo a Tomás: —Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente. Respondió Tomás y le dijo: —¡Señor mío y Dios mío! Jesús contestó: —Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído.
Un permanente acto de fe
En estos días de la historia que nos han tocado, parece imponerse, con una fuerza cada día más imperiosa, la teoría de que debemos vivir únicamente de cara a la realidad palpable. El ámbito estrictamente humano de los fenómenos constatables por el propio hombre sería el único relevante para nosotros. Lo que no se puede medir, aquello de lo que no se puede tener una experiencia sensible, por mucho que se afirme y aunque haya sido aceptado antes por innumerables generaciones, en realidad hoy es para muchos irrelevante. El hombre del siglo XXI, para no ser tachado de iluso, ignorante o retrasado debe olvidar –dicen– la palabra a creer. La falta de fe es una actitud que pretenden imponer hoy algunos en ciertos sectores culturales.
Los relatos evangélicos quedan, por tanto, sin sentido; descartados para esa moderna concepción de la vida humana y del mundo. Se argumenta que –con independencia de si están cargados de razón y de justicia– como narran sucesos extraordinarios, nada convincentes para la razón humana, no se pueden aceptar. Los Evangelios serían falsos puestos que contienen relatos que el hombre no puede comprender cómo sucedieron. Pero, claro, si se acepta la afirmación anterior el hombre se coloca a sí mismo como árbitro absoluto evaluador de toda realidad y verdad y, en rigor, todo terminaría entonces donde acaban las capacidades humanas. Es la consecuencia necesaria si sólo es real lo compresible para el hombre.
Nada más insólito, por alejado de la experiencia, que la vida actual de quien estuvo muerto y enterrado. Pero, sin embargo, Tomás no se pudo negar a la resurrección de Jesús: lo estaba contemplando con sus ojos y palpando con sus propias manos. Y el apóstol convencido se desdice públicamente ante los demás, que habían sido testigos hacía poco de su engreída seguridad: si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré, había declarado.
Pero esa lección de Cristo, con ocasión de la incredulidad del apóstol, parece haber sido olvidada por algunos que se dicen en nuestros días maduros. Con una pretendida elocuencia y sabiduría, que más bien parece ingenuidad infantil, afirman tozudamente: "si no lo veo, no lo creo". Y Jesús, que tiene "palabras de vida eterna", para la Eternidad y para todos nuestros días, sigue diciéndonos hoy: bienaventurados los que sin haber visto hayan creído y no seas incrédulo sino creyente. ¿Acaso podrían engañar a Tomás de modo unánime el resto de los Apóstoles? Nada más absurdo ¿No podría por sí mismo haber comprobado que el sepulcro estaba vacío? Sin duda y con poco esfuerzo. María también –la Madre de Jesús– le hubiera confirmado de inmediato, llena de gozo, la Resurrección de su Hijo, de haberle preguntado; pero no lo hizo.
También ahora algunos parecen muy convencidos, con la seguridad que les brinda su exclusivo criterio y alentados en ello por algunos que pasan la vida viviendo de la incredulidad de la gente ... En realidad, no es precisamente de hoy ese apego desmesurado al propio modo de pensar y de juzgar, que impide al sujeto reconocer lo verdadero y valioso de lo demás. Pero la pérdida que supone esa triste actitud es especialmente lamentable cuando el otro, a quien no se atiende, anuncia con verdad a Dios.
Se hace muy necesaria en nuestros días una vida humana de fe. Necesita el hombre vivir libre del prejuicio de que la fe empequeñece, recorta la libertad intelectual, disminuye el señorío propio, resta capacidad de iniciativa, nos convierte en elementos informes de una masa impersonal, etc. Muy por el contrario, conocer a Dios, creer a Dios, y más en concreto cuanto ha revelado acerca de los hombres, eleva al creyente sobremanera respecto a los que desconocen cuanto a Dios y al hombre desde Dios se refiere.
Los imperativos de la fe, esos compromisos que reconoce el creyente al aceptar a Dios como Padre, condicionan ciertamente –he aquí el problema inconfesable– la vida personal de todos. Por lo mismo que el que tiene fe considera decisivo reconocer a Dios y es bien consiente de la tremenda laguna intelectual que supone para el hombre no advertir su presencia: sólo el que cree y vive la fe sabe –por ejemplo– de la paz de tener a Dios como Padre; por eso mismo, el hombre fe nota la "carga" de creer: tener que someter inteligencia y voluntad, no ser ya señor de uno mismo.
No supone, sin embargo, pérdida alguna esa dependencia plena y libremente asumida. Y menos aún frente a esa otra actitud de pretendida autonomía librepensadora de algunas, que no tiene razón de ser a poco que se intenta razonadar con pausa y objetividad sobre nuestra humana condición, reconociéndose entonces que casi nada de lo personal depende de la persona. Habría, pues, que asumir la mentira del "señorío" absoluto y absurdo del hombre sobre el hombre para gozar luego las ventajas de la autonomía librepensadora.
El creyente se siente seguro –y con razón– porque está en la realidad. No le importa notar que no se debe a sí mismo. Pero es consciente de que Dios lo ha hecho capaz de llevar a cabo acciones relevantes ante Él –de categoría divina– con sólo cumplir su voluntad. Lo que condiciona, pues, la vida del creyente en cuanto tal, más que como requisitos condicionantes negativos, se contempla a los ojos de la fe como ocasiones de auténtico engrandecimiento y acceso a la divinidad, y permanente ocasión de alegría y agradecimiento. Siendo como Dios ha querido, el hombre que fe es a la manera de Dios: triunfa en él el plan divino de que llegue a ser hijo de Dios.
La Madre de Dios y de los hombres, maestra de fe, de esperanza y de amor, nos colme de su alegría –le pedimos–, para saber contagiar a otros –a muchos– del entusiasmo inigualable de creer en Dios.
Hola hermanos y hermanas del Grupo:
El 16 de Julio es la gran fiesta mariana en la primera advocación de
nuestra dulce madre Maria Santísima como "Nuestra Señora del Carmen"
que a travez de los siglos sigue proveyendo a nosotros, sus hijos el
regalo de su Escapulario que es una señal de predestinación y que va
unido con "El Santo Rosario". Si quieres ser un carmelita mas en el
mundo por el resto de tu vida y tener derecho a las 3 promesas de
Ntra. Madre Maria, solicita el cuadernito que ofrezco GRATUITAMENTE y
te envío el archivo zip, para que imprimas en casa Saludos
Fraternales. Raúl.
Oración para alabar y dar gracias a Dios: intervención de Juan Pablo II en la audiencia general dedicada a comentar el cántico del capítulo 15 del Apocalipsis (versículos 3 y 4), «Himno de adoración».
Evangelio: Mt 16, 13-19 Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, comenzó a preguntarles a sus discípulos: —¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos respondieron: —Unos que Juan sel Bautista, otros que Elías, y otros que Jeremías o alguno de los profetas. Él les dijo: —Y vosotros, ¿quién decís –que soy– yo? Respondió Simón Pedro: —Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: —Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielo.
A la grandeza y la felicidad por la obediencia
En la Solemnidad, en que celebramos a los apóstoles Pedro y Pablo, columnas de la Iglesia, podemos fijarnos en el ejemplo de fidelidad leal a Jesucristo que brilla sobremanera en estos dos hombres. Ellos quisieron que su vida no fuera sino lo que el Hijo de Dios determinara. Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que todo el interés de Pedro y de Pablo, aun siendo de caracteres bien distintos, según se muestra con evidencia en los relatos del Nuevo Testamento, fue identificarse con el querer de Cristo; es decir, obedecerle. El máximo deseo de cumplir en detalle la voluntad de Jesús, identifica, en ese sentido, a ambos Apóstoles; y no sólo a ellos, sino a todos los santos, pues, ninguno puede serlo al margen de la voluntad de Dios.
Cuando parece que un cierto ideal de la persona consistiría en desenvolverse en la vida guiado únicamente con el propio criterio, sin más punto de referencia que el parecer personal; cuando bastantes consideran definitivas sus opiniones, y suficientes –por ser suyas– para configurar su vida del mejor modo posible; nos ofrece hoy la Iglesia –Nuestra Madre–, para edificación de todos los fieles, el estímulo de la obediencia. Cuantos deseamos conducirnos con la segura esperanza de la Vida Eterna, no lo haremos de acuerdo con nuestro parecer, ya que la Eterna Bienaventuranza no es un proyecto humano. Comprendemos, en efecto, fácilmente que no es una decisión del hombre nuestra existencia en este mundo ni la Vida Eterna, en intimidad con Dios, que conocemos por Revelación.
Pedro, habiendo conocido el extraordinario e inalcanzable poder y majestad de Jesucristo, se mantiene inamoviblemente fiel al Maestro, cuando bastantes le abandonan porque no comprenden sus palabras. Señor, ¿a quién y iremos? –le responde–, Tú tienes palabras de Vida Eterna. Así se expresa el Príncipe de los Apóstoles en el crítico momento –para muchos– de la deslealtad. Cuando aparecen haber perdido sentido los milagros realizados; cuando su vida admirable y sus palabras, cargadas de autoridad, no significan nada para la mayoría, Pedro confía aún en Jesús. Su persona será para él siempre merecedora de toda confianza: hay que creerle siempre y obedecerle. El criterio de Cristo tendrá en todo momento para este apóstol una autoridad absoluta. Las palabras de Jesús y sus deseos tienen mucha más fuerza para él que sus propios pensamientos.
De manera semejante se manifiesta Pablo, el Apóstol de las Gentes. A partir de su asombrosa conversión, su vida entera queda vertebrada por la persona de Jesucristo. Para mí, vivir es Cristo, declara. Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús, pide a sus fieles de Filipo. Poco interés tenía para San Pablo autoafirmarse en esta vida. Lo único que vale verdaderamente la pena es ser como su Señor, vivir su vida. Hasta llegar a decir, con un santo orgullo: ya no soy yo quien vive, que es Cristo quien vive en mí. En poco tenía, pues, los planes personales, las propias ilusiones y proyectos –por muy suyos que fueran–, si eran diferentes a los imperativos divinos que movían toda su persona.
Parece muy claro, por lo demás, que la mayor hazaña o reflexión de cualquier hombre, por decisiva que parezca, no pasa, en la práctica, de ser algo necesariamente vinculado a lo caduco, como el mismo hombre. De hecho, son muy pocos en proporción las mujeres y los hombres que han pasado a la historia. En cambio, identificados con Dios, que en Jesucristo nos hace posible conocer su voluntad, aunque los hombres tengan poca relevancia para el acontecer humano, se hacen eternos e inapreciablemente valiosos: al modo de la divinidad. Muchos han logrado, sin fama ni espectáculo, acrecentar su vida absolutamente –no ya para el mundo–, porque con toda sencillez procuraron vivir según el querer divino.
Obediencia: que en nosotros se haga Su Voluntad: hágase Tu voluntad en la tierra como en el Cielo, rezamos con la oración que Cristo nos enseñó. Pidámosle que, en efecto, cada día sea para todos más decisivo, no tanto hacer lo que queremos, cuánto lo que Él quiere; firmemente convencidos de que no nos hace mejores ni más grandes en la vida salirnos con "la nuestra", sino que Dios se salda con "la suya" en nosotros. Comprobaremos, a partir de esta docilidad, que nos va mejor además en las relaciones interpersonales. Guiados por intereses personales, que con demasiada frecuencia son egoístas, tenemos sobrada experiencia –por desgracia– de la sociedad tensa que de ordinario hemos de soportar. También por lograr una convivencia en paz, nos conviene dejarnos conducir por los mandamientos de nuestro Creador. Siendo el autor del hombre, tiene la ciencia exacta –la ley moral– para el más correcto desenvolvimiento humano.
El hombre más feliz y perfecto es aquel en quien mejor se cumple la voluntad de nuestro Creador y Señor. Así es nuestra Madre la más maravillosa de las criaturas: hizo en mí cosas grandes el que es Todopoderoso, puede afirmar. Implorando su asistencia maternal sabremos imitarla.
Evangelio: Lc 9, 51-62 Y cuando iba a cumplirse el tiempo de su partida, Jesús decidió firmemente marchar hacia Jerusalén. Y envió por delante a unos mensajeros, que entraron en una aldea de samaritanos para prepararle hospedaje, pero no le acogieron porque llevaba la intención de ir a Jerusalén. Al ver esto, sus discípulos Santiago y Juan le dijeron: —Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma? Pero él se volvió hacia ellos y les reprendió. Y se fueron a otra aldea. Mientras iban de camino, uno le dijo: —Te seguiré adonde vayas. Jesús le dijo: —Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza. A otro le dijo: —Sígueme. Pero éste contestó: —Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre. —Deja a los muertos enterrar a sus muertos –le respondió Jesús–; tú vete a anunciar el Reino de Dios. Y otro dijo: —Te seguiré, Señor, pero primero permíteme despedirme de los de mi casa. Jesús le dijo: —Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios.
La suave y fuerte exigencia divina
Entre los diversos detalles que, para nuestra edificación nos brinda este fragmento del evangelio de san Lucas, podemos detenernos hoy en la exigencia e intransigencia con que se expresa Nuestro Señor cuando se trata de tomarse en serio su seguimiento. El Reino de Dios, que vino Jesús a ofrecer a los hombres, no es algo de relativa importancia. No nos es posible imaginar su grandeza y su esplendor. Ninguna inteligencia puede soñar con una realidad de más categoría. Ni que decir tiene, pues, que la capacidad de satisfacernos de ese Reino supera enormemente las posibilidades humanas de exigencia.
Por otra parte, además, el Reino de Dios en cuanto destino para los hombres, es el único sentido de nuestra vida. Hemos sido creados para Dios: cada aspecto específicamente humano de nosotros mismos, sólo tiene su completa realización en íntima unión con la divinidad. Por eso el hombre está condenado a la infelicidad mientras uno orienta su existencia hacía Dios. Nadie, posiblemente, como san Agustín lo expresó de modo más claro y sintético: nos hiciste, Señor, para ser tuyos y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti. Él mismo insiste en la misma idea, mostrando la experiencia cotidiana de insatisfacción de todo ser humano mientras no tiende decididamente hacia su único verdadero fin que es Dios: el corazón del hombre puede ocuparse con muchas cosas, pero no puede colmarse; porque quien es capaz de Dios sólo queda satisfecho con Dios.
Por tanto, la misión de Jesús y la de los que –como Él– difundieran el Evangelio, no podía ser una tarea que se emprendiera con poco empeño, o como dedicando los ratos libres. La vida de Cristo está claramente marcada por la exigencia heroica, y del mismo modo deben ser heroicos sus apóstoles. Lo advierte de modo taxativo a uno, dispuesto a acompañarle en el trabajo evangelizador: ha de tener en cuenta que Él no tiene donde reclinar la cabeza. La vida que le espera a su lado no puede ser buscar el confort, como hacen siguiendo su instinto los animales: tan apremiante es la tarea que no queda nunca tiempo para pensar en la propia comodidad.
Por lo mismo, si Él llama, ningún sentido tiene poner condiciones. Nadie nos puede conocer como Jesús: sabe los problemas de cada uno, las dificultades y facilidades para el trabajo de nos espera en su servicio, y hasta las circunstancias concretas de todo tipo, que a cada uno le tocará sufrir al extender el Reino Dios. No espera Dios de ninguno más de lo que somos capaces de darle y, por lo demás, no conviene dejar a la imaginación que sugiera dificultades sin cuento. Por el contrario, es más objetivo pensar como san Pablo: todo lo puedo en Aquel que me conforta. El cristiano comprometido seriamente en propagar el Evangelio es, en efecto, capaz de muchísimo más de lo que imagina, porque puede afirmar, también con el Apóstol, no soy yo, sino la Gracia de Dios conmigo.
Consideremos también que el mismo Jesús, que no quiere castigar sin más a los samaritanos que no le quisieron brindar hospedaje, se muestra intransigente, sin embargo, con quien todavía añoran de algún modo el pasado, habiendo decidido entregarse a la extensión de su Reino: Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios, afirma con rotundidad. Echar de menos la comodidad y la falta de exigencia de una vida descomplicada de los ideales de Jesucristo, es desde luego una tentación real –y tal vez permanente– sobre todo para cuantos, en medio del mundo, no queremos ser mundanos, sino imitadores fieles de la conducta del Señor. Atrás quedan, para cualquier apóstoles de nuestros días, la desocupación y el descanso por el descanso, la diversión como objetivo primordial, el esfuerzo de hoy con el fin de asegurar un mañana despreocupado, y, evidentemente, el cálculo en el servicio a los demás porque lo primero son las propias cosas.
Como siempre, una mirada a la Madre de Dios nos ayuda a entender, mejor todavía, el tipo de exigencia –suave e intransigente a la vez– que debemos asumir para ser consecuentes con la inmensa grandeza y esplendidez del amor que Dios nos tiene. A Ella, que también es Madre nuestra, nos encomendamos tranquilos: jamás se ha oído decir que abandone a sus hijos.
Carta de Juan Pablo II sobre la Inquisición: dirigida por el Papa Juan Pablo II al cardenal Roger Etchegaray con motivo de la publicación de las «Actas del Simposio Internacional "La Inquisición"».
El Papa, por dentro: sobre esas íntimas confidencias de Juan Pablo II que son su último libro, "¡Levantaos! ¡Vamos!".
En las peores catástrofes, Dios no nos abandona: meditación que pronunció Juan Pablo II en la audiencia general dedicada a comentar el Salmo 45, «Dios, refugio y fortaleza de su pueblo». Ciudad del Vaticano, 16de junio de 2004.
Evangelio: Lc 5, 1-11 Estaba Jesús junto al lago de Genesaret y la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Entonces, subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de tierra. Y, sentado, enseñaba a la multitud desde la barca. Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón: —Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca. Simón le contestó: —Maestro, hemos estado bregando durante toda la noche y no hemos pescado nada; pero sobre tu palabra echaré las redes. Lo hicieron y recogieron gran cantidad de peces. Tantos, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían. Cuando lo vio Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: —Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador. Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos estaban con él, por la gran cantidad de peces que habían pescado. Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús le dijo a Simón: —No temas; desde ahora serán hombres los que pescarás. Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.
La vocación de apóstol
Nos ofrece la liturgia de la Iglesia, en la conmemoración de san Josemaría Escrivá, el relato evangélico de la pesca milagrosa narrada por san Lucas. Pedro, al contemplar el prodigio, salió de su barca convertido en pescador de almas para el Reino de los Cielos. Como recuerda san Josemaría el Señor escogió en su quehacer ordinario a los que serían luego propagadores del Evangelio:
Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. —¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión? Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores... Y, ¡asómbrate!, a Pablo, en su afán de acabar con la semilla de los cristianos.
La multitud se agolpaba –nos dice san Lucas– en torno a Jesús. No nos extraña ese agolparse, pues estamos habituados a contemplar el mismo fenómeno con personas conocidas por su atractivo humano. Jesús atraía indudablemente por su figura, por sus palabras, por su simpatía, por su bondad, por todas sus cualidades, notorias ante el pueblo. Sin embargo, Nuestro Señor, más que el Hijo de Dios encarnado, para aquella gente, como para algunos en este tiempo nuestro, era sobre todo un gran personaje. Todos habían oído de sus prodigios y bastantes le habían escuchado con asombro: nunca nadie habló así... ¿de dónde le viene esta doctrina?,se decían. Pero no calaban, sin embargo, en su divinidad.
Bastantes de los que estaban con Jesús junto al lago serían, a lo más, curiosos; o, en todo caso, gente sencilla asombrada de la autoridad y fuerza de sus palabras, siendo tan sólo –así lo creían– el hijo del carpintero. Otros, en cambio, más profundos, comprendieron pronto que, con su enseñanza, Jesús de Nazaret quería acercarlos a Dios. Aunque no pudieran captar, como sólo Pedro comprendió más adelante por efecto de la Gracia, que siendo hombre era también el Hijo de Dios según la naturaleza. Sí entendían, sin embargo, el anuncio admirable que les hacía de una vida para Dios y con Dios. No podía ser ya que se quedaran sólo en sus horizontes de "hoy para mañana", que se conformaran con ir tirando a base de organizarse lo mejor posible en sus afanes terrenos para vivir lo más cómodamente posible. Nuestras vidas, con las inquietudes de cada día, por corrientes que sean, son algo muy grande. Demasiado grande para comprenderlo bien nosotros solos, pues son valiosas para Dios.
No está la grandeza de cada uno en nuestras impresiones, en 'lo que valoro las diversas circunstancias de mi vida, ni necesariamente mi existencia tiene interés porque voy logrando los objetivos que me propuse'. La nuestra es una vida ante Dios, de hijos ante su Padre, de criaturas ante su Creador, que nos concede el tiempo y los medios, y todo su amor de Padre para corresponderle con alegría. Es precisamente de esa correspondencia el libre –responsabilidad de cada uno– de lo que depende en último extremo el valor de cada vida.
Se acabó, con su venida, la época en que el hombre perfecto era el estricto cumplidor de la ley, el que lograba, aplicando todo su empeño, ajustarse con exactitud a una norma escrita, como si se tratara de autoafirmar la propia excelencia con ocasión del cumplimiento impecable del deber. ¡Cuántas veces la preocupación por cumplir había sido ocasión de orgullo! Recordemos a este respecto al fariseo de la parábola que, como cumple completamente lo mandado, se siente superior y desprecia a los demás.
¡Qué diferente es la reacción de Pedro perplejo por la pesca milagrosa! Se reconoce inmediatamente pecador, indigno de que Jesús esté en su propia barca. La bondad de Jesús tan generosamente ofrecida –poco antes hablando a la gente congregada junto al lago, ahora remediando la infecundidad de una noche entera de trabajo–, hacen resaltar, por contraste, la pequeñez y el pecado de cualquier vida corriente. Pero este reconocimiento franco de la propia condición no permite Jesús que concluya en tristeza: No temas; desde ahora serán hombres los que has de pescar,le garantiza.
Y así fue. La vida de Pedro y la de los otros que aquel día le acompañaban cambió de dimensión. Ciertamente el interés de los Apóstoles de Jesús, como el de todos los cristianos conscientes de lo que significa ser discípulo de Cristo, está dirigido a hacer partícipes a los demás de la alegría de ser hijos de Dios. Cada amigo, cada compañero o conocido, cada persona que por un cristiano se dirige a Dios llamándole Padre, es uno de esos peces. De esos peces, llamados a sentir la felicidad y la fortaleza de saberse queridos por el Señor del mundo y de la historia, de los que Jesús habló a Pedro mientras éste, seguramente temblando, pensaba qué iba a hacer con tanto pescado aquella mañana, así somos.
La vida del cristiano que se sabe apóstol es siempre eso: cualquier acción que emprende comienza en Dios y termina en Él. Hasta lo que parece más intrascendente de nuestra jornada, viene a ser echar la red en nombre de Jesús. El cristiano, a impulsos de la fe y la esperanza, siempre camina con entusiasmo porque, por Dios, se ocupa en todo momento de la tarea más fascinante que podemos pensar.
Que tu vida no sea una vida estéril. —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. —Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón. Así sintetiza san Josemaría.
Contamos con la ayuda continua de la Madre de Jesús que es también la Reina de los Apóstoles. Nos encomendamos también a la intercesión de san Josemaría, que sintió con tanta urgencia la extensión del Reino de Jesucristo.
Evangelio: Lc 9, 18-24 Cuando estaba haciendo oración a solas, y se encontraban con él los discípulos, les preguntó: — ¿Quién dicen las gentes que soy yo? Ellos respondieron: —Juan el Bautista. Pero hay quienes dicen que Elías, y otros que ha resucitado uno de los antiguos profetas. Pero él les dijo: —Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Respondió Pedro: —El Cristo de Dios. Pero él les amonestó y les ordenó que no dijeran esto a nadie Y añadió que el Hijo del Hombre debía padecer mucho y ser rechazado por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día. Y les decía a todos: —Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, ése la salvará.
El camino del cristiano
Aparte de la confesión de la divinidad de Jesús por parte Pedro, que Jesús admite con claridad ante los Apóstoles, aunque les advierta que no deben comunicarlo, Nuestro Señor les habla de su próxima Pasión, según se recoge en el pasaje de san Lucas que hoy consideramos. Se detiene incluso en el hacerles un adelanto de lo que serían dentro de poco los ultrajes y humillaciones que iba a padecer y, asimismo, les anuncia su Resurrección. Parece que intenta advertirles que su divinidad no está, en todo caso, en contradicción con su ya inminente muerte ignominiosa.
Notamos, una vez más, que es precisa la fe para vivir en sintonía con Cristo. Pide a sus Apóstoles de ayer y de nuestros días que no tengamos en cuenta nuestros razonamientos si lo que queremos es una existencia de acuerdo con el Evangelio. Un principio fundamental, elemental, básico –diríamos– de la Buena Nueva es que "no se entiende"; por intolerante, radical y poco atractiva que pueda parecer la expresión. Pero así es la fe: un convencimiento absoluto que se apoya de modo exclusivo en el testimonio de otro y no en las propias evidencias o razonamientos más o menos fundados.
De hecho, según se nos manifiesta en el relato de este evangelista, el que iba a reconstruir de modo definitivo Israel, aquel en quien habían depositado los Apóstoles todas sus esperanzas, hasta abandonar por seguirle cuanto tenían en la vida, iba, sin embargo, a ser llevado a la muerte, despreciado por las autoridades legítimamente constituidas. Quienes, hasta el momento, habían transmitido a todo el pueblo el querer de Dios lo iban a condenar. ¿Cómo, entonces, valía la pena seguirlo todavía? O Jesús exageraba con declaraciones catastróficas sin medida acerca de sí mismo –esto pensarían en su buena voluntad a esas alturas– o únicamente uno loco lo tomaría en serio.
Como sabemos, el tiempo acabó confirmando cada una de las palabras del Señor y puso de manifiesto, en cambio, la mentira de los que parecían investidos de toda la autoridad, aunque fuera de buena fe. Y es que, hoy como ayer, en algún caso se puede pensar y actuar de buena fe contra la doctrina de Cristo. No es fácil, sin embargo, que suceda en nuestros días entre personas con buena formación intelectual. Pero siempre fue necesario para secundar los ideales de amor del Evangelio no tomar en cuenta ni los propios criterios solamente humanos, ni un desarrollo personal entendido según criterios sólo de este mundo. La doctrina de Cristo y sus ideales han de asumirse, hacerse propios, en lugar de los que proceden de cada uno o de la mayoría, pero sin más objetivos, tal vez, que el bienestar material.
Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, ése la salvará. La infinidad sabiduría de Jesús les permite prever como un doble aspecto en la contradicción que padecerán sus fieles por todos los siglos. Por una parte, la ya mencionada violencia de la fe; pero está además contra el cristiano que quiere ser fiel, la imponente presión de un ambiente que discurre como alocado en sentido contrario al suyo. Son los que quieren por encima de todo salvar su vida, en palabras de Jesús. Y no son éstos, ni mucho menos, inertes en su indiferencia respecto a Dios, porque organizan, para sí mismos y para todos, unas estructuras sociales: económicas, educativas, sanitarias etc., que sólo, con gran dificultad, permiten la práctica cristiana.
Con la virtud de la fe bien asentada en nuestra alma –pidámoslo de continuo a la Trinidad Beatísima–, nos sentimos seguros los cristianos porque el mismo Cristo prometió no abandonarnos jamás. Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo, declaró poco antes de su tránsito al Cielo. Con derecho propio, pues, podemos sentirnos optimistas, firmemente convencidos de que Dios no pierde batallas. Porque una batalla en toda regla está entablada, quizá de modo especial en nuestros días, a la que cada uno estamos convocadoss. El Concilio Vaticano II lo explica así: A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final. Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en sí mismo.
Hoy como nunca parece necesaria la oración, según aconseja de continuo el Santo Padre, para lograr esa ayuda de la gracia de Dios en cada jornada, firmemente persuadidos de que lo nuestro es la cruz: Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga ... Toda una opción para el hombre de hoy: decidirse por el sufrimiento, que todo amor verdadero conlleva, en la confianza de una permanente asistencia y consuelo de Nuestro Señor, que nos quiere felices también el medio de la tribulación.
Además, nos quiso dejar a su Madre. Se diría que es una finura del amor de Nuestro Dios con sus hijos, que quiere que tengamos el más dulce de los consuelos, hasta humanamente, en el camino hasta la santidad.
Saludos nuevamente hermanos y hermanas en Jesús y Maria:
Este cuaderno que ofrezco GRATUITAMENTE en el Grupo, es una joya de
MEDITACIONES dirigido a Ntro. Señor Jesucristo presente
verdaderamente en todos los SAGRARIOS del mundo, tal como lo dijo a
sus discípulos antes de su GLORIOSA ASCENCIÓN: "Yo estaré con ustedes
todos los días hasta el fin del mundo". Reconozcamos y practiquemos
esta Santa devoción a Jesús Sacramentado. Es para todo tiempo y
oremos al "Rey de la Gloria" en su Divina presencia. Acumulemos
tesoros en el Cielo visitándolo cotidianamente y pidámosle Sabiduría
para entender y Fortaleza para cumplir.. Incluye también "visitas" a
Maria Santísima y al Glorioso San José. Solicítenlo. Sinceramente
Raúl.
Día 13 Domingo. Solemnidad: Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
Evangelio: Lc 9, 11b-17 Y acogiéndolos les hablaba del Reino de Dios, y sanaba a los que tenían necesidad. Empezaba a declinar el día, y acercándose los doce le dijeron: Despide a la muchedumbre, para que se vayan a los pueblos y aldeas de alrededor, a buscar albergue y a proveerse de alimentos; porque aquí estamos en un lugar desierto. El les dijo: Dadles vosotros de comer. Pero ellos dijeron: No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos nosotros y compremos comida para toda esta muchedumbre. Había unos cinco mil hombres. Entonces dijo a sus discípulos: Hacedlos sentar en grupos de cincuenta. Así lo hicieron, y acomodaron a todos. Tomando los cinco panes y los dos peces, miró al cielo y los bendijo, los partió y los dio a sus discípulos, para que los distribuyeran entre la muchedumbre. Comieron y se saciaron todos. Y de lo que sobró recogieron doce cestos de trozos.
El Pan de Vida
Una vez más recordamos este milagro que podemos llamar clamoroso, espectacular, que todo el mundo reconoció con asombro y, a partir del cual bastantes quisieron proclamarlo rey, según narra san Juan: Aquellos hombres, viendo el milagro que Jesús había hecho, decían: Este es verdaderamente el Profeta que viene al mundo. Jesús, conociendo que iban a venir para llevárselo y hacerlo rey, se retiró de nuevo al monte él solo.
Los hombres reconocen en Jesús a alguien excepcional. De hecho el Señor no oculta su poder. No sólo en una ocasión, muchas veces realizó prodigios ante la gente. Eran uno de los medios que utilizó para probar su condición de Mesías. Llevar a cabo lo que ningún hombre sería capaz de hacer, probaba al menos su gran unión con Dios. Así lo entendieron las gentes sencillas que contemplaron pasmadas multiplicarse el pescado y el pan ante sus ojos. Reconocerle como autor de hechos milagrosos, equivalía a aceptar su condición mesiánica de Redentor. Los milagros eran una prueba más de que se cumplían en Él las Escrituras acerca del Mesías. De ahí la resistencia, por ejemplo, de los fariseos a reconocer los prodigios de Jesús. Éste no expulsa los demonios sino por Beezebul, el príncipe de los demonios, decían de Él.
No buscaba, en todo caso, Jesucristo en primer lugar solucionar las situaciones humanamente lamentables –como las muchas enfermedades– de la gente de su tiempo. Más bien quería que lo aceptaran como Salvador que venía con el Evangelio, la gran noticia para toda la humanidad, de que por Él y en Él estábamos destinados a vivir la Vida de Dios. Concretamente, ese alimento que sació el hambre de la multitud, que milagrosamente les había concedido, era ante todo un preludio del Pan de Vida eterna –su propio cuerpo y su sangre– que, dentro de poco, les iba a ofrecer como alimento. Un alimento en verdad para la Vida eterna, que es la única vida propia de los hijos de Dios. Un alimento, según las palabras del mismo Cristo, imprescindible para esa Vida: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros.
Jesús se expresaba con gran claridad, aún sabiendo que bastantes no querrán aceptar sus palabras. Los suyos, sin embargo, con Pedro a la cabeza, creen en Él. Tú tienes palabras de vida eterna, confiesa el Príncipe de los Apóstoles. Pero muchos a partir de entonces se apartaron de su compañía. Como sucede en nuestro tiempo, la bondad intachable del Maestro, su autoridad indiscutible y la infinidad de prodigios sobrehumanos y evidentes, resultan irrelevantes –no significan nada– cuando no se quiere creer. Cuando lo único que interesa es el propio criterio inamovible, las verdades más notorias se acogen como un insulto que no vale la pena escuchar.
Hoy como ayer, parece incomprensible en tantos ambientes que el amor de Dios por sus hijos le lleve a darnos su misma Vida alimentándonos de Sí. Tendríamos que purificarnos del egoísmo y la desconfianza, que nos reducen a la pequeñez de nosotros mismos, que tan grande se nos antoja. Nuestro Dios, se nos ha mostrado generoso hasta el extremo y humanamente, para que pudiéramos apreciarlo con nuestros propios ojos. Pero, además, ha dispuesto que podamos alcanzar todo el tesoro de su Amor, que nos enriquece con la Vida Eterna, con la misma facilidad que el alimento más común y accesible para todos.
Hoy, que celebramos con toda la Iglesia la Solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor, Pan de Vida Eterna, suplicamos a la Trinidad Beatísima nos conceda contemplar la Sagrada Forma con más reverencia cada día. Con una gratitud más viva, que quiera manifestarse en obras de correspondencia, en adoración efectiva en el templo, y también fuera de él: cuando nuestra conducta en lo corriente debe indicar que la vida de Cristo nos gobierna.
¡Te adoro con devoción, Dios escondido!, aclamamos a Jesucristo, realmente presente en las Especies Eucarísticas, repitiendo las palabras del himno. Es necesario detenerse ante el sagrario, ante la custodia, sin prisas, para manifestar a Jesús nuestro amor, nuestros deseos de cambiar, de mejorar para Él, de corresponder –de intentar corresponder– al Amor suyo. Es también el momento –esa adoración ante la Eucaristía– de la súplica esperanzada por tantas necesidades espirituales y materiales, propias y ajenas. Pidamos, ante todo, más santidad: más amor a Dios en nosotros y en todos los hombres. Rogamos así a nuestro Dios Bueno y Todopoderoso lo mejor, lo que Él mismo desea concedernos: lo que más nos enriquece, la esencia misma de la felicidad.
Nuestra Madre del Cielo es Maestra segura para sus hijos, que quieren admirar más y más el Misterio de Amor encerrado en la Eucaristía. El trato asiduo con Santa María nos conduce de suyo y del mejor modo a Jesús Sacramentado.
Evangelio: Jn 16, 12-15 Todavía tengo que deciros muchas cosas, pero no podéis sobrellevarlas ahora. Cuando venga Aquél, el Espíritu de la verdad, os guiará hacia toda la verdad, pues no hablará por sí mismo, sino que dirá todo lo que oiga y os anunciará lo que va a venir. Él me glorificará porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso dije: "Recibe de lo mío y os lo anunciará".
Somos para la Trinidad
La fidelidad de san Juan evangelista a la enseñanza del Señor nos introduce, en este caso, en la intimidad misma de la Trinidad. Las palabras de Jesús que acabamos de recordar deben ser objeto de nuestra pausada meditación. Son suficientes para nosotros, aunque, metidos a partir de ellas en el misterio insondable de la divinidad, el entendimiento humano no comprenda...; pues, como ya sabíamos, a Dios no lo podemos abarcar con la inteligencia.
"Creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo; espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo; amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo".
Es necesario que hagamos así. Es preciso actualizar las tres virtudes teologales, que tienen por objeto al mismo Dios, para vivir de ellas. Debamos ser muy de este mundo, pero nuestra vida ha de ser a la vez una vida en Dios, de relación permanente con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Si no fuera así –debemos reconocerlo– estaríamos quedándonos muy cortos, sin el desarrollo y la plenitud de que somos capaces: Dios está contigo. En tu alma en gracia habita la Trinidad Beatísima. —Por eso, tú, a pesar de tus miserias, puedes y debes estar en continua conversación con el Señor.
Queramos empaparnos de este convencimiento tan vivo en san Josemaría y en todos los santos. El propósito renovado de pensar en cada una de las divinas Personas, de invocarlas, tal vez sin palabras muchas veces, irá confirmándonos –efecto de la Gracia santificante– en esa vida en Dios para la que fuimos creados. Una vida no solamente para el futuro, a partir de la muerte; puesto que debe ser una realidad ya actual. Mientras llevamos a cabo nuestros quehaceres más habituales, podemos –debemos– mantener un trato lo más asiduo que sea posible con la Santísima Trinidad.
¿Cómo busco a las Personas divinas durante la jornada? No es una empresa inaccesible ni demasiado espiritual que no pueda ir de acuerdo con los afanes del mundo que vivimos. Dios nos quiere aquí, y aquí nos esperan el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo cada día, mientras nos desenvolvemos cada uno entre nuestros afanes. En cada instante podemos vernos ante el Padre, que ama entrañablemente a sus hijos los hombres y espera de nosotros correspondencia, y que descansemos en su bondad omnipotente, también si por un instante –o por una temporada– perdimos de vista lo que somos y valemos por Él.
Aunque queramos seriamente amar a Dios, siempre notamos nuestra fragilidad y, en ocasiones, parece que los defectos conocidos de siempre harán inútil en la práctica todo intento por corresponderle. Tal vez es entonces el momento de comprender, con una nueva luz, que para la empresa sobrenatural siempre seremos débiles; débiles y desmañados, por la tendencia al pecado que proviene del pecado de Adán y de los otros pecados nuestros, personales. Entonces invocamos a Dios Padre. Nos apoyamos confiados en su ternura poderosa, en su comprensión de Padre que perdona y anima, que quiere salvarnos: vernos felices gozando con su Amor.
De Jesucristo, el Hijo encarnado, aprendemos. Os he dado ejemplo..., nos dijo. El Señor es el hombre perfecto en quien encontramos, en todo momento, la respuesta a cómo hay que actuar. Jesús es la verdad acerca del hombre y, como afirmó el último Concilio Ecuménico: manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Siempre hay unas palabras de Nuestro Señor que nos aconsejan, una conducta suya como modelo nuestro para ese momento. Por eso es capital conocer la vida y las palabras del Señor, estar muy familiarizados con el tesoro que son los Santos Evangelios; para que, casi sin querer, tengamos presente la vida de Cristo según vivimos la nuestra.
Pero no está la perfección que Dios espera de sus hijos en la sola imitación de la conducta de Jesús. Quiere Dios que los hombres "saltemos", por la acción del Espíritu Santo, de nuestra condición a la suya: quiere, como expresó san Juan, para gozo perpetuo del todo hombre, que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos. La santificación es entonces más obra de Dios que nuestra. A cada uno nos corresponde no poner obstáculos, ser dóciles a la acción del Paráclito, para llevar a cabo la vida cristiana: siendo propiamente "Cristo" que cumple, como Jesús, la voluntad del Padre santificando el mundo. Por el Espíritu Santo, el cristiano comprende su vida como la ocasión permanente de amar a Dios, procurando que muchos más le amen.
Te contaba –decía san Josemaría– que hasta personas que no han recibido el bautismo me han dicho conmovidas: "es verdad, yo comprendo que las almas santas tienen que ser felices, porque miran los sucesos con una visión que está por encima de las cosas de la tierra, porque ven las cosas con ojos de eternidad". ¡Ojalá no te falte esta visión! –añadí después–, para que seas consecuente con el trato de predilección que de la Trinidad has recibido.
¡Correspondamos a ese trato de predilección! En Santa María no hay un momento de menos unión con las tres Personas. Es necesario acudir a su intercesión poderosa para que nos esmeremos por estar a la altura de lo que valemos por la voluntad del Creador
Dirígete a la Virgen, nos aconseja el Fundador de la Obra –Madre, Hija, Esposa de Dios, Madre nuestra–, y pídele que te obtenga de la Trinidad Beatísima más gracias: la gracia de la fe, de la esperanza, del amor, de la contrición, para que, cuando en la vida parezca que sopla un viento fuerte, seco, capaz de agostar esas flores del alma, no agoste las tuyas..., ni las de tus hermanos.
El justo juicio de Dios, esperanza del creyente: intervención de Juan Pablo II en la audiencia general de este miércoles dedicada a comentar el cántico que aparece en los capítulos 11 y 12 del Apocalipsis, acción de gracias por el justo juicio de Dios. Ciudad del Vaticano, 26 de mayo de 2004.
Hola hermanos en Jesús y Maria:
En este mes de Junio, la Santa Iglesia nos recuerda que es el mes
del "Sagrado Corazón de Jesús". Mes de las primeras comuniones de los
niños y también recordar o conocer las revelaciones que Él hizo a su
elejida Margarita Ma. de Alacoque en el siglo XVII y practicar
fervorosamente lo que nos manda Nuestro Señor para provecho de
nuestras almas. Como siempre, LES OFREZCO GRATUITAMENTE el archivo en
zip para que lo soliciten y después lo impriman en casa para leerlo y
conservarlo. Sinceramente Raúl.
Me llamo Lorenzo Crescini y soy Capitan de Marina mercantil ahora
jubilado.Cuando trabajaba como misionero laico en una leproséria
Africana, he escrito unos Flashes sobre los Santos Evangelios, que
han ajudado a mucha gente contribuyendo a donarle confianza y
esperanza .
Estos Flashes se puedan leer en el sitio web
www.lorenzocrescini.it/holygospels
E-mail
ricercapap@...
Aqui hay tres Flashes que sirven como ejemplo
1. Hay prueba historica que el mito no podia inventar la cruz.Si
en los paganos la cruz suscitaba "repulsion social", en los hebreos
provocaba un alborotado susto religioso.No es un caso que los
primeros cristianos-para no comprometer la predicaciòn-representaban
la cruz con una ancla,un arado,un palo de barco, o un hombre que
reza con brazos abiertos.Como es posible pensar que los cristianos
mismos inventaron esta manera de morir en el mito ?
2. Si algunas personas nos dijesen que han visto un hombre
muerto en la cruz y despues resuscitado,ninguno les creeria.Pero,si
estas mismas personas hiciesen milagros, les creeriamos.Esto es lo
que pasò con los Apostoles . Para ser creidos,debieron ser revestidos
de la facultad de hacer milagros.Sin esta facultad el Cristianismo no
habria podido nacer.
3. Jesus dice en la Cruz –"Dios Mio, Dios Mio porquè Tu me
abandonaste ?" Estas son palabras que pueden desconcertar al
lector.Pero porque las habrian escrito si ellas no fuesen verdaderas ?
Evangelio: Jn 20, 19-23 Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, con las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos cerradas por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo: —La paz esté con vosotros. Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor, los discípulos se alegraron. Les repitió: —La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: —Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos.
La victoria segura
La la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles no se narra en los evangelios sino en otro libro del nuevo testamento, “Los Hechos de los Apóstoles”, escrito por uno de los evangelistas, san Lucas. Aquel día se cumplió, como Jesús había prometido, el descenso del Paráclito, la segunda de la Santísima Trinidad, sobre los que estaban reunidos en aquel lugar. Yo rogaré al Padre –les había dicho– y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre: el Espíritu de la verdad, al que el mundo no puede recibir porque no le ve ni le conoce.
Como nos sucedería a cualquiera, si estuviéramos a punto de quedarnos sin quien más queremos en la vida, los apóstoles estaban tristes al oírle a Jesús decir que se marchaba. El ambiente de la última cena era especialmente íntimo; diríamos que Jesús se desahoga con los suyos, les manifiesta abiertamente –aunque sin poder evitar el misterio para las inteligencias de ellos, todavía demasiado humanas, poco sobrenaturales– lo que lleva en su corazón en esas últimas horas antes de la pasión. A la vez, sale al paso de la inquietud de los apóstoles, de lo que en esos momentos les preocupa. Se acerca la hora triunfo y, aunque no será como ellos se imaginan, va a cumplirse –y a la perfección– la tarea redentora que le llevó a encarnarse.
Una vez consumada la misión del Hijo en favor del hombre, la presencia de Dios junto a nosotros –siempre necesaria para que podamos ser santos– tendrá lugar con la Tercera Persona, el Santificador: Os conviene que me vaya, les dijo, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si yo me voy, os lo enviaré. El mismo Dios, en su Tercera Persona, es prometido por Jesucristo antes de su Pasión y de su Ascensión. Y de tal modo sería su venida y su presencia en el mundo que, por duro y misterioso que les pareciera a los apóstoles, era muy conveniente para el hombre esa otra presencia divina en nosotros. Con admirable sencillez, les expone Jesús el plan divino para la santificación de humanidad: Cuando venga el Paráclito que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, Él dará testimonio de mí. También vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. La presencia permanente de Dios Espíritu Santo en el cristiano se manifiesta en un testimonio continuo en él de Jesucristo; de modo que, por la acción del Paráclito, los hijos de Dios tenemos en la mente y en el corazón la vida y las enseñanzas de Jesús. Su doctrina es así una referencia constante para la propia conducta y un ideal de vida para la sociedad: el cristiano, consecuente con su condición, intenta de modo natural, a instancias del Espíritu, implantar con su vida por doquier el ideal del Evangelio.
Os he hablado de todo esto estando con vosotros; pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho. Deseemos vivamente, por tanto, ese "singular" recuerdo –propiamente sobrenatural– de los sentimientos y afanes de Cristo en nuestro corazón. Se vive así, como Él quiere –como se sentía san Pablo–, una vida verdaderamente trascendente, porque ya no es únicamente terrena, pues, sin abandonar este mundo, por la acción del Espíritu Santo, vivimos también la vida de Dios, somos otros Cristos. Y de tal manera es esto necesario, que, si prescindiéramos de este nuevo modo de existencia en Jesucristo seríamos, como personas, algo truncado, seres sin terminar, sin lograr la plenitud que propiamente nos corresponde: En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí.
La Santa Misa, con la Comunión Eucarística, constituye la esencia y la raíz de la vida cristiana. Y de tal modo, que es en unión con el sacrificio de Cristo en la Cruz, que se renueva de modo incruento cotidianamente en nuestros altares, como tienen la debida relevancia sobrenatural cada uno de nuestros pensamientos, palabras y acciones. A esto nos lleva el Espíritu Santo. Esa vida que Jesús quiere para los suyos y que quiere presente en la sociedad, para que sea vivificada desde dentro, es la que de Él brota para los hombres: de su Cruz y su Resurrección. Es la misma que anticipadamente dío a sus discípulos como comida y bebida “la noche en que iba a ser entregado”. El Paráclito, en efecto, impulsándonos suavemente a vivir como Cristo, nos ha enseñado y nos invita a organizar nuestra existencia en torno a la Santa Misa. Así se vive la vida de Cristo y llega a ser una realidad la ofrenda de nosotros a Dios Padre en favor de los hombres.
María, al pie de la Cruz, sigue encarnando el hágase en mí según tu palabra, que pronunció al saberse destina para Madre de Jesús. El Espíritu Santo vendrá sobre ti, le había anunciado Gabriel, y toda su existencia terrena fue un empeño por vivir según el deseo divino. ¡Ojalá que nosotros, dóciles al Paráclito, queramos imitarla.
Una chilena dispuesta a todo por defender la vida: la alcaldesa de Lo Barnechea, Marta Ehlers, que actualmente lidera la oposición a la polémica normativa sanitaria que obligará a los alcaldes de todo el país a repartir la píldora del día siguiente.
Prisión para gerente y ginecólogo: por practicar un aborto sin el informe previo del psiquiatra que, según la ley, no se puede sustituir por un psicólogo como se pretendía.
El afán de casar: un alcalde francés y unos clérigos españoles a parejas homosexuales.
Fuente: El Teólogo Responde Autor: P. Miguel Ángel Fuentes, V.E.
A muchas personas se les oye decir lo siguiente: "¿Por qué el Vaticano no vende todas sus riquezas en edificios y obras de arte para darle de comer a los pobres?"
¿Cuál es la respuesta a esa popular acusación?
¿Cómo responder con total fundamento y seguridad ante los comentarios sobre las riquezas del Vaticano?
Esta es una vieja crítica que muchas sectas lanzan contra la Iglesia católica. Hay que contestar en varios puntos:
1. No se puede comparar las necesidades económicas de la Iglesia en nuestros tiempos con las necesidades económicas del pequeño grupo de los apóstoles reunidos en torno a Jesús. Algunos hacen dialéctica sobre este punto: Jesús nació pobre en Belén y el Papa, en Roma, vive en un rico palacio.
El mismo Jesús comparó a su Iglesia con un grano de mostaza que una vez sembrado se convierte en un gran árbol que cobija entre sus ramas a todas las aves del cielo (cf. Mt 13,31-32). Jesús, por su ministerio itinerante y el reducido número de sus discípulos, no necesitaba casas ni posesiones. Sin embargo, necesitaba de la generosa colaboración de algunas personas, las cuáles lo seguían y ayudaban con su dinero: Le acompañaban los Doce, y algunas mujeres... que les servían con sus bienes (Lc 8,1-3).
Por otra parte, Jesús hablando muchas veces del mal uso de las riquezas y del bien de la pobreza, nunca profirió ninguna palabra en contra de la riqueza y esplendor del Templo de Dios; por el contrario, expulsó enérgicamente a los vendedores que profanaban la santidad del mismo (cf. Mt 21,12; Mc 12,42). En el Antiguo Testamento es el mismo Dios quien determina la rica ornamentación de la Tienda de Reunión y luego del Templo divino. Esto nos manifiesta cómo el Evangelio enseña no se debe escatimar en ornamentar la casa de Dios. Y así lo han entendido los grandes santos, como el santo cura de Ars, quien viviendo para sí en la extrema pobreza, nunca fue mezquino en gastos para la casa de Dios.
2. Cuando se habla de “las riquezas del Vaticano” no hay que perder de vista que se está hablando de bienes culturales que son patrimonio de la humanidad, y de los cuales la Iglesia no es más que la custodia segura. El Vaticano, fuera de sus templos, es un gigantesco museo, bibliotecas, etc. Si el Papa tuviese que vender esos bienes para ayudar a los pobres, con mayor razón tendrían que vender cada nación y estado sus propios museos y bibliotecas y patrimonios culturales para ayudar a los pobres de sus propios países. Se trata de una ridiculez y un sinsentido, pues el hacer pasar estos bienes a personas particulares (que podrían comprarlos) sería privar a todos los estudiosos y personas de todas las creencias religiosas que se benefician con ellos, al ser puestos a la disposición general por la Santa Sede que los custodia. Allí acuden innumerables personas del mundo entero para conocer parte del patrimonio científico, filosófico, teológico y artístico de la humanidad.
Además, es evidente que ésta no sería ninguna solución para la pobreza en el mundo, la cual pasa por la conversión del corazón de los gobernantes y magnates de la tierra. Hay estadísticas según las cuales si se vendiese todo el Vaticano sólo se daría de comer a los pobres durante tres días.
Hay que ser conscientes de que esto no es más que un sofisma que busca desacreditar a la Iglesia.
3. Hemos dicho que la Iglesia ha crecido enormemente desde los tiempos de Cristo. Hay que tener presente, por eso, que, como ha explicado monseñor Sergio Sebastiani, presidente de la Prefectura de los Asuntos Económicos (Zenit 8 de julio de 1999), aún siendo una institución cuya tarea es estrictamente espiritual, necesita dinero para cumplir con su labor. La mayor parte de los gastos de la Santa Sede se destinan a mantener lo que se llaman «actividades institucionales», una voz del presupuesto vaticano que abarca todos los organismos de la Curia Romana: las congregaciones, los consejos, los tribunales, el Sínodo de los Obispos, las Oficinas, etc. En total, estas instituciones cuentan con 2.581 empleados. Se trata de todas aquellas personas que asisten más de cerca al Santo Padre en su ministerio al Servicio de la Iglesia en el mundo. Estos organismos están llamados a ofrecer servicios que no producen entradas económicas.
Incluso hay obras que sólo ocasionan pérdidas económicas, pero que se mantienen por el valor apostólico que representan, como el periódico L’Osservatore Romano que actualmente tiene 36 mil suscriptores, y Radio Vaticano que ahora transmite en 47 lenguas (Zenit 23 de junio de 2000).
4. Por otra parte, la Santa Sede, así como muchas instituciones de la Iglesia ayudan económicamente de manera fue importante a las personas pobres. Para tener una idea, en los años 1998-1999, sólo “Caritas italiana” distribuyó 34,5 millones de dólares destinados a 69 países de los cinco continentes (Zenit 18 de enero de 2000).
Y en cuanto a la caridad personal del Papa, él destina para las obras de caridad y para sostener las Iglesias más necesitadas, lo que se denomina el “Obolo de San Pedro”, que es fruto de las ofertas de los fieles para ayudar al Papa en su fin caritativo. En el año 1999, estas ofertas ascendieron a 55.313.587 dólares, que luego el Papa destinó a obras caritativas (Zenit 23 de junio de 2000), como son escuelas, leproserías, hospitales, centros de asistencia especiales, zonas azotadas por grandes calamidades (terremotos, sequías, hambre, etc.).
La Santa Sede también ayuda al sostenimiento de los Lugares Santos y de las Obras misionales.
No se puede acusar a la Iglesia de que no ayude a los necesitados por el hecho de que no venda sus bienes culturales. Por el contrario, las grandes obras de misericordia que ennoblecen la humanidad han sido invento e iniciativa de la Iglesia. Ella inventó los hospitales, los orfanatos, los cotolengos, los hogares para discapacitados, las mismas universidades. Si hoy podemos asistir a una universidad es gracias a la Iglesia; si hoy podemos acudir a un hospital es gracias a la Iglesia.
5. En cuanto a la vida personal del Papa, él vive modestamente, sin propiedades personales. Don Bosco cuenta que cuando fue a visitar a Pío IX, al papa no le quedaba ni un centavo para sus gastos personales, y que su habitación era tan pobre y sencilla como la de los chicos que él juntaba por la calle. Un periodista narra que el Papa Pío XII murió en su habitación que era sumamente sencilla, recostado en una pobre cama de hierro; su comida diaria consistía en unas pocas verduras. El médico de San Pío X, asistiéndolo en su enfermedad, quedó desconcertado al comprobar que el gran Papa llevaba puesto debajo de su blanca sotana, unos pantalones remendados como los de cualquier pobre del pueblo. El Papa al morir, ni siquiera deja a sus familiares sus bienes personales; sólo su enseñanza y buen ejemplo. Vive y muere pobre como Jesús.