Evangelio: Jn 20, 19-31 Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, con las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos cerradas por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo: —La paz esté con vosotros. Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor, los discípulos se alegraron. Les repitió: —La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: —Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos. Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron: —¡Hemos visto al Señor! Pero él les respondió: —Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré. A los ocho días, estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo: —La paz esté con vosotros. Después le dijo a Tomás: —Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente. Respondió Tomás y le dijo: —¡Señor mío y Dios mío! Jesús contestó: —Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído. Muchos otros signos hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, que no han sido escritos en este libro. Sin embargo, éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.
Vivir en la paz de Dios
San Juan nos ofrece en estos versículos una escena verdaderamente pascual. La vida espléndida de Jesús glorioso aparece ante sus discípulos como algo normal. Es la vida propia del Hijo de Dios que nos ha sido prometida en su nombre. De esta vida, lo que hoy meditamos, a partir del texto precedente y todo el Evangelio de este Apóstol, viene a ser únicamente un botón de muestra.
Consideremos tan sólo lo que san Juan nos cuenta de aquella tarde del domingo en que resucitó el Señor. Jesús se presenta ante sus discípulos señor de las leyes físicas. Su cuerpo es glorioso –no podemos imaginar esa corporalidad gloriosa– y, a pesar de que le habían abandonado en su momento más duro, los tranquiliza. No sólo les desea la paz: se la entrega, la paz esté con vosotros, les dice. Ellos se alegran al verlo y nuevamente les dice: la paz esté con vosotros. Consideremos una vez más, llenos de agradecimiento, que el Señor querrá siempre nuestro bien, nuestra felicidad y alegría, a pesar incluso de nuestras infidelidades.
Y dicho esto les mostró las manos y el costado. ¡Qué importante es no cerrar los ojos a la realidad! A la realidad del amor de Dios por los hombres y a la realidad de nuestro pecado. A la vista de esas manos y ese costado no hay nada que decir. Unicamente reconocer con humildad y agradecimiento nuestra condición y la suya. Pero, ni se nos ocurra pensar que con ese gesto Jesús pretende echar algo en cara a los Apóstoles. El Señor no sabe sino amar, por eso, mientras lo contemplan con las huellas frescas de la Pasión, con las pruebas del abandono de ellos y de su amor, se reafirma en su entrega incondicionada a los hombres y los llena de paz.
A continuación el amor de Dios por los hombres llega a su cenit: Jesús despliega para sus discípulos y para toda la humanidad los frutos de su Pasión, prueba fehaciente de su Amor. Y entrega el Espíritu Santo, y configura a unos hombres, simples criaturas, con Él mismo: Como el Padre me envió, así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: —Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos. Que no queramos salir en nuestra oración de las acciones de gracias. Nos entrega al Paráclito, nos encomienda su misma misión, nos perdona y garantiza que jamás nos faltará su perdón. ¿Sentimos una imperiosa necesidad de amar: de amar a ese Dios nuestro, Jesucristo, porque no es lógico que tanto amor suyo no sea correspondido?
—¡Dios es mi Padre! –Si lo meditas, no saldrás de esta consoladora consideración. —¡Jesús es mi Amigo entrañable! (otro Mediterráneo), que me quiere con toda la divina locura de su Corazón. —¡El Espíritu Santo es mi Consolador!, que me guía en el andar de todo mi camino. Piénsalo bien. —Tú eres de Dios..., y Dios es tuyo.
Así se expresaba san Josemaría. Y nosotros vamos a decirle a Jesús que no nos deje ser injustos, que nos abra bien los ojos y nos llene de su luz, para darnos cuenta de lo que somos y valemos; de lo que podemos por que así lo ha querido Dios. Que nos llenemos de afán de corresponder y que muchos, que están a nuestro lado pero tal vez no se enteran, vibren también felices, entusiasmados, con Él: id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, fueron sus últimas palabras, inmediatamente antes de su Ascensión a los cielos.
Pero, estemos en guardia, que en cada uno hay un Tomás desconfiado que "necesita pruebas", que quiere que las cosas le "entren por los ojos". Queramos acostumbrarnos en cambio a lo sorprendente, poniendo los medios humanamente desproporcionados de la que oración y la expiación de cada uno, y el empeño confiado y obediente por extender en el mundo el Reino de Dios. Estaremos de esta forma viviendo el "permanente tiempo Pascual" que comenzó a partir de la Resurrección; un tiempo apostólico: con los mismos medios de los discípulos –sintiéndonos uno de ellos– que siguieron el consejo del Señor: rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies.
A la Virgen la llamamos cada día "Reina de la paz" en el rezo del Santo Rosario. A Ella le pedimos la paz que Ella siente, confiada siempre en el amor que Dios le tiene.
Evangelio: Mc 16, 15-20 Y les dijo: —Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará. A los que crean acompañarán estos milagros: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, agarrarán serpientes con las manos y, si bebieran algún veneno, no les dañará; impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán curados. El Señor, Jesús, después de hablarles, se elevó al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Y ellos, partiendo de allí, predicaron por todas partes, y el Señor cooperaba y confirmaba la palabra con los milagros que la acompañaban.
Predicar el evangelio
En la fiesta del evangelista san Marcos, elevamos nuestro corazón a Dios en acción de gracias por tantos beneficios recibidos a partir del designio de Jesucristo, que estableció a ciertos testigos para transmitir en su nombre la Buena Noticia que El mismo vino a traer al mundo. El Hijo encarnado debía ascender a los Cielos –a la derecha de Dios–, según se nos recuerda hoy, y convenía que quedara un testimonio escrito de la vida del Señor, para la humanidad de todos los tiempos. Marcos, compañero en la predicación de los apóstoles Pedro y Pablo, es el autor del Segundo Evangelio, en el que recoge, en buena medida, la predicación del Príncipe de los Apóstoles.
Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. Estas palabras de Nuestro Señor, pronunciadas inmediatamente antes de ascender a los cielos, fueron las últimas que escucharon los discípulos de sus labios. Durante tres años de convivencia con El, le vieron y escucharon cada día anunciar el Evangelio a todos. Finalmente habían sido testigos de su pasión, muerte y resurrección. Se concluía así el plan redentor de Dios. Los hombres podíamos alcanzar la filiación divina por la virtud de Jesucristo muerto y resucitado: el mérito infinito –por ser Dios– de su sacrificio en la Cruz quedaba para siempre como un tesoro a disposición de cada hombre. Su vida entregada en el Calvario era, en verdad, el cumplimiento exacto de las palabras que dirigió Jesús a Nicodemo: Igual que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así debe ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él. Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Insistamos en nuestra gratitud a la Providencia divina, que ha dispuesto de modo tan admirable la transmisión de su mensaje salvador hasta el final de los tiempos. Aquella serpiente de bronce que construyó Moisés para que los los israelitas, al mirarla, sanaran de las mordeduras de las serpientes en el desierto –según cuenta el libro del Éxodo–, era una imagen de Jesucristo crucificado, que salva para la Vida Eterna a los que creen en Él. Era preciso que no viviéramos los hombres de espaldas a esta admirable verdad. Que reconociéramos el amor sin medida de Dios por nosotros, manifestado en que entregó a su Hijo Unigénito, para la salvación de todo el que crea en Él, y sea consecuente con su fe.
Esta festividad es una buena ocasión para tomar viva conciencia de la responsabilidad que a cada uno nos corresponde, como apóstoles y, en cierta medida, también evangelistas en el tiempo presente. Somos, en efecto, discípulos del mismo Jesucristo al que siguieron los Doce Apóstoles y tantos más desde entonces. De palabra y –¿por qué no?– por escrito, como san Marcos, es necesario dar a conocer cada día con más urgencia, la gran noticia de que Dios nos ha creado para una existencia que no es solamente terrena: que, en Jesucristo y por El, llegamos a ser verdaderamente hijos de Dios, capaces de vivir eternamente en la intimidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
No es lo habitual que los hombres tengan como ocupación exclusiva la evangelización. Es cierto que Dios ha escogido siempre a algunos hombres, como escogió a los Doce Apóstoles, para que, libres de otras ocupaciones materiales nobles, se dedicaran exclusivamente a la extensión del Reino de Dios. Pero, esta especial dedicación de unos pocos, en relación con el conjunto de la sociedad, no impide a los demás fieles cristianos la difusión del Evangelio, ni les excusa de la responsabilidad de ser apóstoles; que no es sino manifestar de modo convincente, con la propia vida, que somos hijos de Dios.
Pocas veces es necesario hacer algo especial o que llame la atención. El atractivo del mensaje de Cristo, encarnado en nuestra vida, se manifiesta por la serena paz que no pasa inadvertida en este mundo lleno de tensiones y discordias; por la alegría sincera que se procura difundir, aunque sean evidentes diversas dificultades, incluso el dolor; por la fecundidad a diversos niveles: hijos, amigos, trabajo..., porque el bien de suyo es difusivo y, unida a Dios, como el sarmiento a la vid, la vida cristiana necesariamente fructifica... Sin embargo, el amor a Dios y a sus hijos, los demás hombres, no dejan al cristiano satisfecho con el bien que realiza por su buen ejemplo, y procura hablar de Dios y de la vida que espera de nosotros con sus familiares, con sus amigos, con sus compañeros de trabajo o de diversión; con la misma sencillez y franqueza con que comenta los demás asuntos de mutuo interés.
Le ilusiona ver a todos cerca de Dios, que lo tengan cada día más presente en sus vidas, que lo amen. Desea el apóstol cristiano una sociedad en la que Cristo pudiera vivir a gusto, sin entristecerse hasta llorar, como cuando, contemplando Jerusalén, se lamentaba porque no había reconocido su venida salvadora y pocos años después sería destruida: no dejarán en ti piedra sobre piedra. Le ilusiona, en fin, ver a María Santísima filialmente reconocida por todos sus hijos, los hombres, mientras suavemente nos conduce a la Casa de nuestros Padre.
TE ESCRIBO PARA PEDIRTE DE FAVOR SUSPENDAS LOS ENVIOS DE LOS MENSAJES. MAÑANA 25 ME VOY DE VIAJE Y NO VOY A TENER TIEMPO DE LEERLOS, CUANDO REGRESE TE ESCRIBO PARA QUE VUELVAS A ENVIARLOS.
Resurrección: una alegría sin barreras
DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCION DEL SEÑOR
Evangelio: Jn 20, 1-9 El día siguiente al sábado, muy temprano,
cuando todavía estaba oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio quitada la
piedra del sepulcro. Entonces echó a correr, llegó hasta donde estaban Simón
Pedro y el otro discípulo, el que Jesús amaba, y les dijo:
-Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han
puesto.
Salió Pedro con el otro discípulo y fueron al sepulcro.
Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa
que Pedro y llegó antes al sepulcro. Se inclinó y vio allí los lienzos plegados,
pero no entró. Llegó tras él Simón Pedro, entró en el sepulcro y vio los lienzos
plegados, y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no plegado junto con
los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en un sitio. Entonces entró también
el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó. No entendían
aún la Escritura según la cual era preciso que resucitara de entre los muertos.
Y los discípulos se marcharon de nuevo a casa.
Resurrección: una alegría sin barreras
El Evangelio según san Juan nos narra con bastante detenimiento
lo sucedido el primer día de la semana, el siguiente al sábado, el día en que
resucitó el Señor. Este hecho fue de tal trascendencia para la naciente Iglesia
que originó el cambio, no poco importante, del día especialmente dedicado a
Dios. El día del culto por excelencia no fue ya el sábado para los cristianos,
sino el dies domínica, día del Señor, el domingo.
Este cambio era necesario, no sólo para marcar con claridad la
diferencia entre la antigua ley -que había preparado la venida del Mesías- y la
ley de la fe en el Dios Trino; era preciso, sobre todo, para afirmar sin
paliativos la ley de la Gracia, una nueva economía de la salvación, por la cual
los hombres, injertados en Cristo, somos verdaderamente familia de Dios. Era
importante significar que los preceptos del pasado no eran ya necesarios, toda
vez que Jesucristo había saldado sobradamente con su sacrificio la deuda de
nuestros pecados. En adelante, aplicándose en el cristiano los méritos de la
Cruz, agradamos a Dios como un hijo bueno a su padre.
Hijos de Dios. -Portadores de la única llama capaz de iluminar los
caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse
oscuridades, penumbras ni sombras.
-El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz
ilumine... De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que
anden por senderos que llevan hasta la vida eterna.
Así leemos en "Forja". Esa luz del convencimiento firme de nuestra
filiación divina, alumbra a cada uno en primer lugar. Inundar a otros de
alegría, transmitirles la propia riqueza, es algo espontáneo, manifestación del
esplendor y seguridad que provoca la fe en quien la vive. El fuego no puede sino
quemar, como la luz necesariamente ilumina. También es cierto que el agua apaga
y la suciedad contamina lo que le rodea. Seamos luz ardiente de Dios, ricos,
entusiasmados por gozar del mayor Amor, y con el deseo -que casi no hay que
proponerse- de que muchos más sean felices de verdad.
Antes que los Apóstoles, supo de la resurrección del Señor María
Magdalena. Por los otros evangelios sabemos de su alegría al conocer que Jesús
vivía. Entonces echó a correr, fue a Simón Pedro y al otro discípulo al que
Jesús amaba... "Echó a correr...", dice san Juan. Como nosotros cuando
descubrimos algo estupendo. Enseguida nos vienen a la cabeza personas queridas y
nos apresuramos a compartir la alegría, porque deseamos que sean también muy
felices.
Fácilmente nos podemos imaginar el efecto inmediato de la "onda
expansiva" provocada por esta mujer y los dos primeros discípulos que se
acercaron al sepulcro a primera hora del domingo. En muy poco tiempo, todos: los
otros apóstoles y las demás mujeres que acompañaron al Señor, sabrían la
noticia. Y, a continuación, otros más que apreciaban a Jesús en Jerusalén,
aunque no le siguieron tan de cerca. Era la consecuencia natural de un
entusiasmo que se transmite.
Muy pronto, por algunos de la guardia que custodiaba el sepulcro,
llegó también la noticia a los que habían planeado y logrado la muerte de Jesús;
que, según san Mateo, reunidos con los ancianos, después de haberlo acordado,
dieron una buena suma de dinero a los soldados con el encargo de decir: Sus
discípulos vinieron de noche y lo robaron mientras nosotros dormíamos. Es muy
diferente, como vemos, la reacción de los que han decidido dejar al Señor de
lado. El empeño por mantener a toda costa su actitud de siempre les lleva a
falsear lo evidente por cualquier medio, no importa si correcto o no.
La verdad incontestable de la resurrección de Jesús, públicamente
ejecutado como un malhechor, se imponía necesariamente en el pueblo y confirmaba
en la fe a los discípulos tras el desencanto por la aparente derrota del
Calvario. Cristo mismo, resucitado, vivifica ya a los suyos. No hay fuerza -no
puede haberla- capaz de contener el triunfo del Hijo de Dios actuando en sus
fieles: su Reino no tendrá fin, dijo el Ángel a María; y las puertas del
infierno no prevalecerán contra Ella, prometió Jesús a Pedro, refiriéndose a la
Iglesia. No son nuestros buenos propósitos, nuestras disposiciones de fidelidad,
ni la grandes cualidades que puedan tener algunos cristianos, la garantía del
triunfo final de los cristianos en la historia. Es el propio Cristo, Dios hecho
hombre por amor a los hombres, el garante de nuestra victoria definitiva.
Como María, conscientes de nuestra debilidad y del poder divino en
favor de sus hijos, proclamamos que ha hecho en cada uno cosas grandes el que es
Todopoderoso y las hará hasta el fin de los tiempos.
[Se han eliminado los trozos de este mensaje que no contenían texto]
Una vida gloriosa también para los hombres
SÁBADO. VIGILIA PASCUAL EN LA NOCHE SANTA
Evangelio: Mc 16, 1-8 Pasado el sábado, María Magdalena y María la
de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y, muy de
mañana, al día siguiente del sábado, llegaron al sepulcro cuando ya estaba
saliendo el sol. Y se decían unas a otras:
-¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?
Y al mirar vieron que la piedra había sido removida, a pesar de
que era muy grande. Entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la
derecha, vestido con una túnica blanca, y se quedaron muy asustadas. Él les
dice:
-No os asustéis; buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha
resucitado, no está aquí; mirad el lugar donde lo colocaron. Pero marchaos y
decid a sus discípulos y a Pedro que él va delante de vosotros a Galilea: allí
le veréis, como os dijo.
Y ellas salieron y huyeron del sepulcro, pues estaban sobrecogidas
de temblor y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque estaban
atemorizadas.
Una vida gloriosa también para los hombres
Hemos terminado de conmemorar un año más y de vivir los
acontecimientos de la Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo. El heroísmo
de la caridad de Jesús, Dios y hombre, queda patente ante sus discípulos durante
la Última a Cena. Un amor de Dios a los hombres más allá de toda comprensión
humana. Por los ojos les entró a los Apóstoles que vino a servir, cuando realizó
por ellos que la tarea de lavarles los pies propia de los siervos. Pero no
podían hacerse cargo -tampoco nosotros ahora- del amor que supone entregarse Él
mismo: con su cuerpo, con su sangre, con su alma y con su divinidad, como
alimento para todas las generaciones. Así lo había anunciado poco tiempo antes
en la sinagoga de Cafarnaún, ante el escándalo de la mayoría de sus oyentes. Sin
embargo, nuestro Salvador fue intransigente: En verdad, en verdad os digo que si
no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida
en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le
resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es
verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en
él, les aseguró.
No tenemos los cristianos, por consiguiente, ninguna duda de que
la vida que espera de Dios de nosotros por Jesucristo no puede ser solamente una
vida humana de obras perfectas, por el intento tal vez de imitar la conducta de
Jesús. ¿Tendría acaso el hombre con sus solas fuerzas, por perfectas e insólitas
que fueran, la capacidad de trascender hasta la divinidad? Pues en ese ámbito
nos quiere Dios desde el principio como hijos por Jesucristo: Vino a los suyos,
y los suyos no le recibieron. Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad
de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la
sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios.
Así se expresa san Juan al comienzo de su evangelio, en una página gloriosa,
síntesis insuperable de la realidad de Jesucristo y el sentido genuino de la
vida de los hombres.
Los hombres solos no somos capaces de llegar hasta donde Dios
espera, por mucha que sea nuestra perfección e incansable nuestro empeño. Pero
Jesucristo no deja en todo caso de exigir y el ideal cristiano se presenta como
la ilusión de quienes están dispuestos a llevar una vida esforzada hasta el
mayor sacrificio. Una vida, pues, que podríamos calificar de heroica e
imposible. ¿Acaso no es así la vida de Jesús resucitado? La vida de Jesús de
Nazaret que, a partir de esta noche, contemplamos se presenta, en efecto, a los
ojos humanos como un extraordinario e incomprensible prodigio: por el tormento
de la Pasión y la muerte de Cruz hasta la Vida Gloriosa. Tan sorprendente que,
aunque lo había advertido con tiempo, al saber de la Resurrección, las mujeres
salieron y huyeron del sepulcro, pues estaban sobrecogidas de temblor y fuera de
sí. Y no dijeron nada a nadie, porque estaban atemorizadas, explica el
evangelista. Una reacción, sin embargo, podríamos decir, natural. Una vez más el
proyecto de Dios nos resulta demasiado grandioso como para aceptarlo sin más.
El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y
lo matarán, pero al tercer día resucitará. Las palabras de Jesús parecen
inequívocas, pero no sabemos si resultaron a sus discípulos más alejadas de su
capacidad de comprender porque anunciaban la muerte de Jesús o su Resurrección.
En todo caso, nos dicen los evangelistas que ellos no comprendieron nada de
esto: era éste un lenguaje que les resultaba incomprensible, y no entendían las
cosas que decía. (...) Y se pusieron muy tristes (...) y temían preguntarle. La
Resurrección del Maestro había quedado en sus mentes como un misterio casi
olvidado. Hizo falta la innegable realidad del sepulcro vacío, como lo
encontraron en la mañana del domingo, para que despertara en ellos y aceptaran
el incompresible misterio de la vida resucitada que les había sido anunciado.
-¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está
aquí, sino que ha resucitado; recordad cómo os habló cuando aún estaba en
Galilea diciendo que convenía que el Hijo del Hombre fuera entregado en manos de
hombres pecadores, y fuera crucificado y resucitase al tercer día.
Entonces ellas se acordaron de sus palabras. Y al regresar del
sepulcro anunciaron todo esto a los once y a todos los demás. Así se expresaba
san Lucas. Y san Juan, protagonista perplejo de lo que la Magdalena anunciaba,
cuenta que entonces entró también el otro discípulo -el proio Juan- que había
llegado antes al sepulcro, vio y creyó. No entendían aún la Escritura según la
cual era preciso que resucitara de entre los muertos.
El Apóstol manifiesta por extenso a los primeros fieles de Corinto
la tremenda relevancia que tiene para el cristiano de la Resurrección de Jesús.
Basten ahora que estas palabras suyas: Cristo ha resucitado de entre los
muertos, como primer fruto de los que mueren. Porque como por un hombre vino la
muerte, también por un hombre la resurrección de los muertos. Y así como en Adán
todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. También hay, por
consiguiente, para el hombre una vida resucitada.
¿Cómo, si no, podrían cumplirse en nosotros tantas promesas del
mismo Cristo? Recordemos ahora tan sólo una, en aquellos momentos últimos,
entrañables, de Jesús con sus discípulos, la víspera de su Pasión: No se turbe
vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay
muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un
lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y
os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros. Y
adonde yo voy, ya sabéis el camino.
Llenos de gratitud, mientras contemplamos el mundo y la vida con
los ojos de la fe, por encima de estas realidades de ahora, hacemos el propósito
de buscar una razón trascendente, unidos a la Madre de Dios -¡Bienaventurada
porque has creído!- que en cada cosa que nos ocupe en la vida.
[Se han eliminado los trozos de este mensaje que no contenían texto]
Optimismo en el dolor de amor
SABADO SANTO
Mt 27, 57-66 Al atardecer vino un hombre rico de Arimatea, llamado
José, que también se había hecho discípulo de Jesús. Éste se presentó a Pilato y
le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato, entonces, ordenó que se lo entregaran. Y
José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en su sepulcro,
que era nuevo y que había mandado excavar en la roca. Hizo rodar una gran piedra
a la puerta del sepulcro y se marchó. Estaban allí María Magdalena y la otra
María sentadas frente al sepulcro.
Al día siguiente de la Parasceve se reunieron los príncipes de
los sacerdotes y los fariseos ante Pilato y le dijeron:
-Señor, nos hemos acordado de que ese impostor dijo en vida: "Al
tercer día resucitaré". Manda, por eso, custodiar el sepulcro hasta el tercer
día, no vaya a ser que vengan sus discípulos, lo roben y digan al pueblo: "Ha
resucitado de entre los muertos", y sea la última impostura peor que la primera.
Pilato les respondió:
-Ahí tenéis la guardia; id a custodiarlo como os parezca bien.
Ellos se fueron a asegurar el sepulcro sellando la piedra y
poniendo la guardia.
Optimismo en el dolor de amor
Mientras sucedían estas cosas Jesús permanece muerto en el
sepulcro. Es el momento de mayor desolación de los Apóstoles, que no terminarían
de creer que su Maestro había muerto. Aunque no tenemos noticias de dónde se
encontraban este día los discípulos del Señor -sólo sabemos que Juan permaneció
junto a María al pie de la Cruz hasta el final-, nos los imaginamos
completamente abatidos por la tristeza. Tal vez sus pensamientos irían del
remordimiento por haber abandonado a Jesús en el Huerto de los Olivos, con lo
que comenzó su Pasión, al recuerdo nostálgico de tantos prodigios vividos de
cerca con el Él y de tantas palabras suyas retenidas -de vida eterna, como
confesó Pedro-, que habían llenado sus vidas de una esperanza inigualable.
Un dolor imposible de describir hizo presa en ellos, viéndose
vacíos y culpables. Un dolor que se afianzaba con el paso de las horas, que les
hacía más y más patente la muerte de Jesús, para ellos tan inesperada. Por otra
parte, el miedo por el que huyeron dejándolo solo la noche de Getsemaní aún les
afectaba. Pedro -aunque luego lloró- había negado conocer al Señor por no correr
la suerte de su Maestro. Los demás, si no de palabra, le habían negado también
de verdad, con las obras; y, como explica san Juan, estaban escondidos por miedo
a los judíos. Los prícipes de los sacerdotes y los fariseos se habían hecho
fuertes después de conseguir la condena de Jesús. Hasta lograron que Pilato
pusiera a su disposición soldados para guardar el sepulcro. Ser de los de Aquel
hombre crucificado y muerto, era peligroso en ese momento. De ser reconocidos,
sus vidas no estaban seguras: lo mejor era esconderse...
Sin embargo, no todos se acobardan. En "Via Crucis" lo describe
san Josemaría: Nicodemo y José de Arimatea -discípulos ocultos de Cristo-
interceden por el desde los altos cargos que ocupan. En la hora de la soledad,
del abandono total y del desprecio..., entonces dan la cara "audacter" (Mc XV,
43)...: ¡valentía heroica!
Yo subiré con ellos al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo
frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor..., lo desclavaré con mis
desagravios y mortificaciones..., lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida
limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá
arrancar, ¡y ahí, Señor, descansad!
Cuando todo el mundo os abandone y desprecie..., serviam!, os
serviré, Señor.
No nos interesa establecer comparaciones entre los que dieron la
cara en aquellas horas difíciles por el Señor y los que entonces fueron cobardes
pero, recuperados por acción de la Gracia, supieron dar toda su vida para que se
extendiera su Reino en el mundo. Nosotros deseamos serle fieles siempre y le
pedimos fortaleza, lealtad, para los momentos de cobardía y de flojera, que
vendrán: no somos perfectos, y le decimos: ¡Perdón, Señor! ¡Ayúdame más, que
quiero serte siempre fiel!
¡Que no nos importe reconocernos débiles y por eso pecadores! Lo
hemos sido en otro tiempo: bien claras tenemos nuestras traiciones pasadas; y lo
seremos en el futuro, aunque sea de ordinario en asuntos menudos, a los que
queremos dar importancia, sin embargo, porque son faltas de amor con el Señor.
Por eso, dolidos de nuestras faltas, tal vez no tan antiguas..., nos proponemos
rectificar con un propósito bien determinado. Querríamos no sentir más la
necesidad de pedir perdón, querríamos no ofender más al Señor, aunque deseamos
ardientemente reconocerlo arrepentidos -como Pedro- inmediatamente después de
cada ofensa.
El dolor de los pecados: dolor por haber ofendido a Dios, es
verdadero dolor, pero no es un dolor triste, no puede serlo. Es un dolor
optimista, esperanzado, porque Dios lo acoge si contempla que es sincero con el
deseo de no apartarnos más de su lado: No despreciarás, Señor, un corazón
contrito y humillado, le decimos con el salmo. Por eso el momento del dolor es
también el de la paz, el de la seguridad, el del optimismo; e inmediatamente el
momento de la gratitud y de la alegría.
Quiere el Señor manifestar su bondad y su poder en sus hijos los
hombres y lo hace muchas veces perdonándonos y sanando nuestras heridas, para
que llenos de su fortaleza venzamos en la lucha contra nosotros mismos una y
otra vez, aunque también de vez en cuando seamos vencidos. Bastará entonces con
volver los ojos nuevamente a Dios, que comprende la flaqueza nuestra y quiere
otra vez ayudarnos porque no nos ha dejado de querer.
¡Y, qué decir de nuestra Madre! De continuo nos contempla como a
hijos siempre pequeños -rebeldes, quizás- y siempre dignos de compasión porque
somos suyos. Así se lo decimos cada uno: Mírame con compasión, no me dejes Madre
mía.
[Se han eliminado los trozos de este mensaje que no contenían texto]
Amando desde la Cruz
VIERNES SANTO DE LA PASION DEL SEÑOR
Evangelio: Jn 18, 1-19, 42 (...) Y, cargando con la cruz, salió
hacia el lugar que se llama la Calavera, en hebreo Gólgota. Allí le crucificaron
con otros dos, uno a cada lado de Jesús. Pilato mandó escribir el título y lo
hizo poner sobre la cruz. Estaba escrito: "Jesús Nazareno, el Rey de los
judíos". Muchos de los judíos leyeron este título, pues el lugar donde Jesús fue
crucificado se hallaba cerca de la ciudad. Y estaba escrito en hebreo, en latín
y en griego. Los príncipes de los sacerdotes de los judíos decían a Pilato:
-No escribas: "El Rey de los judíos", sino que él dijo: "Yo soy
Rey de los judíos".
-Lo que he escrito, escrito está, contestó Pilato.
Los soldados, después de crucificar a Jesús, recogieron sus ropas
e hicieron cuatro partes, una para cada soldado, y además la túnica. La túnica
no tenía costuras, estaba toda ella tejida de arriba abajo. Se dijeron entonces
entre sí:
-No la rompamos. Mejor, la echamos a suertes a ver a quién le
toca -para que se cumpliera la Escritura cuando dice:
Se repartieron mis ropas
y echaron suertes sobre mi túnica.
Y los soldados así lo hicieron.
Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su
madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al
discípulo a quien amaba, que estaba allí, le dijo a su madre:
-Mujer, aquí tienes a tu hijo.
Después le dice al discípulo:
-Aquí tienes a tu madre.
Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa.
Después de esto, como Jesús sabía que todo estaba ya consumado,
para que se cumpliera la Escritura, dijo:
-Tengo sed.
Había por allí un vaso lleno de vinagre. Sujetaron una esponja
empapada en el vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús,
cuando probó el vinagre, dijo:
-Todo está consumado.
E inclinando la cabeza, entregó el espíritu. (...)
Amando desde la Cruz
La larga lectura de la Pasión del Señor según san Juan, es
ocasión inmejorable para meditar en la maldad humana y en la bondad divina. Es
ocasión, al mismo tiempo, para alentar más aún nuestra gratitud, reconociendo la
misericordia sin límite de Dios con el hombre. La meditación pausada de las
escenas "cumbre" de nuestra Redención nos remite necesariamente a la vida
cotidiana del hombre de este siglo y de siempre, a la vida personal de cada uno.
Los pecados de los que condujeron a Cristo a la muerte, por exagerado que
parezca decirlo, se parecen a los nuestros; y el amor de Dios que se entrega
perdonando es también siempre actual.
No podemos detenernos ahora en todas las ofensas de flojera,
cobardía, orgullo, falsedad, desconsideración, crueldad, desprecio, etc. de la
maldad humana que, porque Cristo no hizo alarde de su condición divina -según la
expresión de san Pablo-, le ocasionaron la muerte. Son las mismas que tantas
veces ahora nos llevan a pecar. ¿Acaso no caemos en la pereza como los
discípulos que se durmieron; en la cobardía y los repetos humanos como Pedro,
Príncipe de los Apóstoles; no queremos quedar bien con todos como Pilato; no nos
burlamos a veces irónicamente de algunos, como los que apresaron a Jesús y más
tarde soldados; acaso no nos engañamos a nosotros mismos y engañamos a otros,
para disculpar nuestros errores, como se engañaban y engañaron los que mintiendo
acusaron a Cristo?
¡Qué bueno es contemplar la Pasión de Nuestro Señor para tener
verdadero dolor de los pecados...! No son, sin embargo, las ofensas que Cristo
recibió lo más relevante de la Pasión. Mucho más trascendente que acción humana
alguna es la correspondencia divina a la ofensa de la criatura, con la que se
nos muestra hasta qué punto ha querido Dios valorar al hombre: pues tanto amó
Dios al mundo que entregó a su hijo único, para que todo el que crea en Él no
perezca sino que tenga la vida eterna. Dios nos quiere; y, conocedor de que le
perdemos al pecar y solos no podemos volver a Él -en Quien está nuestro bien
completo-, se pone de nuevo al alcance de cada uno, después de reparar el
pecado. Para ello se hace hombre.
Se pone a nuestro alcance quedándose en el mundo realmente
presente en los sacramentos, que son otro fruto de la Cruz. Cuando los recibe
dignamente, el hombre se llena de Gracia, que es participar de la misma
divinidad: del Bautismo a la Unción de los Enfermos, los siete sacramentos son
cauces instituídos por Jesucristo para infundirnos eficazmente la vida divina.
En la Eucaristía, memorial de la Pasión, el cristiano se alimenta del cuerpo,
sangre, alma y divinidad del Señor: comemos al mismo Dios. Hasta tal punto
necesita el hombre este alimento y de tal modo es el sentido y razón de ser, de
su vida la vida de Dios, que si no coméis de la carne del Hijo del Hombre y no
bebéis su Sangre, no tenéis vida en vosotros, nos dice Jesucristo.
En este día, cuando la Iglesia contempla a Jesús muerto en la
Cruz, cuando los fieles adoramos esa Cruz redentora y procuramos amarla más
porque está en Ella nuestra salvación, fomentemos desde nuestro interior
-sinceramente y con fuerza- afectos de agradecimiento, de correspondencia;
propósitos de mejora para que por nosotros no quede sin sentido tanto amor,
tanta riqueza generosamente derramada. Pedimos, por tanto, al Señor que nos
aumente la fe: para que todo el que crea en El no perezca sino que tenga la vida
eterna, nos ha dicho. Y en este día le pedimos fe en su Cruz, y en la que a cada
uno le corresponde si quiere vivir dignamente en su presencia en medio de los
afanes de un mundo que tantas veces ignora a Dios.
No está de moda la Cruz. Lo que cuesta, a ser posible se evita.
Entusiasman en cambio los planes fáciles y agradables -llenos de amor propio-,
aunque estén vacíos de fruto: de un bien verdaderamente enriquecedor. La Madre
de Dios, mientras la mayoría se burlan de su Hijo o simplemente no se
enteran..., permanece junto a la Cruz sufriendo, pero fiel por consolar al Hijo.
Allí recibe obediente el encargo de ser nuestra Madre. No queramos aumentar su
dolor.
[Se han eliminado los trozos de este mensaje que no contenían texto]
From: María Consuelo Corredor
Muy queridos hermanos en la fe:
Reciban en este jueves santo un saludo fraternal.
El Santo Padre ha sacado una nueva Encíclica, esta vez sobre la Eucaristía.
Puede encontrarla en:
http://es.catholic.net/biblioteca/libro.phtml?consecutivo=19
Que el Señor le bendiga copiosamente.
Hna. María Consuelo HB
[Se han eliminado los trozos de este mensaje que no contenían texto]
Catholic.net
¿Por qué confesarse?
Autor: Eduardo Volpacchio
Un hecho innegable: la necesidad del perdón de mis pecados
Todos tenemos muchas cosas buenas., pero al mismo tiempo, la presencia del mal
en nuestra vida es un hecho: somos limitados, tenemos una cierta inclinación al
mal y defectos; y como consecuencia de esto nos equivocamos, cometemos errores y
pecados. Esto es evidente y Dios lo sabe. De nuestra parte, tonto sería negarlo.
En realidad. sería peor que tonto. San Juan dice que "si decimos que no tenemos
pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros
pecados, fiel y justo es El para perdonar nuestros pecados y purificarnos de
toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos mentiroso y su
palabra no está en nosotros" (1 Jn 1, 9-10).
De aquí que una de las cuestiones más importantes de nuestra vida sea ¿cómo
conseguir "deshacernos" de lo malo que hay en nosotros? ¿de las cosas malas que
hemos dicho o de las que hemos hecho mal? Esta es una de las principales tareas
que tenemos entre manos: purificar nuestra vida de lo que no es bueno, sacar lo
que está podrido, limpiar lo que está sucio, etc.: librarnos de todo lo que no
queremos de nuestro pasado. ¿Pero cómo hacerlo?
No se puede volver al pasado, para vivirlo de manera diferente. Sólo Dios puede
renovar nuestra vida con su perdón. Y El quiere hacerlo. hasta el punto que el
perdón de los pecados ocupa un lugar muy importante en nuestras relaciones con
Dios.
Como respetó nuestra libertad, el único requisito que exige es que nosotros
queramos ser perdonados: es decir, rechacemos el pecado cometido (esto es el
arrepentimiento) y queramos no volver a cometerlo. ¿Cómo nos pide que mostremos
nuestra buena voluntad? A través de un gran regalo que Dios nos ha hecho.
En su misericordia infinita nos dio un instrumento que no falla en reparar todo
lo malo que podamos haber hecho. Se trata del sacramento de la penitencia.
Sacramento al que un gran santo llamaba el sacramento de la alegría, porque en
él se revive la parábola del hijo prodigo, y termina en una gran fiesta en los
corazones de quienes lo reciben.
Así nuestra vida se va renovando, siempre para mejor, ya que Dios es un Padre
bueno, siempre dispuesto a perdonarnos, sin guardar rencores, sin enojos, etc.
Premia lo bueno y valioso que hay en nosotros; lo malo y ofensivo, lo perdona.
Es uno de los más grandes motivos de optimismo y alegría: en nuestra vida todo
tiene arreglo, incluso las peores cosas pueden terminar bien (como la del hijo
pródigo) porque Dios tiene la última palabra: y esa palabra es de amor
misericordioso.
La confesión no es algo meramente humano: es un misterio sobrenatural. Consiste
en un encuentro personal con la misericordia de Dios en la persona de un
sacerdote.
Dejando de lado otros aspectos, aquí vamos sencillamente a mostrar que
confesarse es razonable, que no es un invento absurdo y que incluso humanamente
tiene muchísimos beneficios. Te recomiendo pensar los argumentos. pero más allá
de lo que la razón nos pueda decir, vale la pena acudir a Dios pidiéndole su
gracia: eso es lo más importante, ya que en la confesión no se realiza un
diálogo humano, sino un diálogo divino: nos introduce dentro del misterio de la
misericordia de Dios.
Algunas razones por las que tenemos que confesarnos
- En primer lugar porque Jesús dio a los Apóstoles el poder de perdonar los
pecados. Esto es un dato y es la razón definitiva: la más importante. En efecto,
recién resucitado, es lo primero que hace: "Reciban el Espíritu Santo. A los que
les perdonen los pecados, les quedarán perdonados, a los que no se los perdonen,
les quedarán sin perdonar " (Jn 20, 22-23). Los únicos que han recibido este
poder son los Apóstoles y sus sucesores. Les dio este poder precisamente para
que nos perdonen los pecados a vos y a mí. Por tanto, cuando quieres que Dios te
borre los pecados, sabes a quien acudir, sabes quienes han recibido de Dios ese
poder.
Es interesante notar que Jesús vinculó la confesión con la resurrección (su
victoria sobre la muerte y el pecado), con el Espíritu Santo (necesario para
actuar con poder) y con los apóstoles (los primeros sacerdotes): el Espíritu
Santo actúa a través de los Apóstoles para realizar en las almas la victoria de
Cristo sobre el pecado y sobre la muerte.
- Porque la Sagrada Escritura lo manda explícitamente: "Confiesen mutuamente sus
pecados" (Sant 5, 16). Esto es consecuencia de la razón anterior: te darás
cuenta que perdonar o retener presupone conocer los pecados y disposiciones del
penitente. Las condiciones del perdón las pone el ofendido, no el ofensor. Es
Dios quién perdona y tiene poder para establecer los medios para otorgar ese
perdón. De manera que no soy yo quien decide cómo conseguir el perdón, sino Dios
el que decidió (hace dos mil años de esto.) a quién tengo que acudir y qué tengo
que hacer para que me perdone. Entonces nos confesamos con un sacerdote por
obediencia a Cristo.
- Porque en la confesión te encuentras con Cristo. Esto debido a que es uno de
los siete Sacramentos instituidos por El mismo para darnos la gracia. Te
confiesas con Jesús, el sacerdote no es más que su representante. De hecho, la
formula de la absolución dice: "Yo te absuelvo de tus pecados" ¿Quien es ese
«yo»? No es el Padre Fulano -quien no tiene nada que perdonarte porque no le has
hecho nada-, sino Cristo. El sacerdote actúa en nombre y en la persona de
Cristo. Como sucede en la Misa cuando el sacerdote para consagrar el pan dice
"Esto es mi cuerpo", y ese pan se convierte en el cuerpo de Cristo (ese «mi» lo
dice Cristo), cuando te confiesas, el que está ahí escuchándote, es Jesús. El
sacerdote, no hace más que «prestarle» al Señor sus oídos, su voz y sus gestos.
- Porque en la confesión te reconcilias con la Iglesia. Resulta que el pecado no
sólo ofende a Dios, sino también a la comunidad de la Iglesia: tiene una
dimensión vertical (ofensa a Dios) y otra horizontal (ofensa a los hermanos). La
reconciliación para ser completa debe alcanzar esas dos dimensiones.
Precisamente el sacerdote está ahí también en representación de la Iglesia, con
quien también te reconcilias por su intermedio. El aspecto comunitario del
perdón exige la presencia del sacerdote, sin él la reconciliación no sería
«completa».
- El perdón es algo que «se recibe». Yo no soy el artífice del perdón de mis
pecados: es Dios quien los perdona. Como todo sacramento hay que recibirlo del
ministro que lo administra válidamente. A nadie se le ocurriría decir que se
bautiza sólo ante Dios. sino que acude a la iglesia a recibir el Bautismo. A
nadie se le ocurre decir que consagra el pan en su casa y se da de comulgar a sí
mismo. Cuando se trata de sacramentos, hay que recibirlos de quien corresponde:
quien los puede administrar válidamente.
- Necesitamos vivir en estado de gracia. Sabemos que el pecado mortal destruye
la vida de la gracia. Y la recuperamos en la confesión. Y tenemos que
recuperarla rápido, básicamente por tres motivos:
a) porque nos podemos morir. y no creo que queramos morir en estado de pecado
mortal. y acabar en el infierno.
b) porque cuando estamos en estado de pecado ninguna obra buena que hacemos es
meritoria cara a la vida eterna. Esto se debe a que el principio del mérito es
la gracia: hacer obras buenas en pecado mortal, es como hacer goles en
"off-side": no valen, carecen de valor sobrenatural. Este aspecto hace
relativamente urgente el recuperar la gracia: si no queremos que nuestra vida
esté vacía de mérito y que lo bueno que hacemos sea inútil.
c) porque necesitamos comulgar: Jesús nos dice que quien lo come tiene vida
eterna y quien no lo come, no la tiene. Pero, no te olvides que para comulgar
dignamente, debemos estar libres de pecado mortal. La advertencia de San Pablo
es para temblar: "quien coma el pan o beba el cáliz indignamente, será reo del
cuerpo y sangre del Señor. (.) Quien come y bebe sin discernir el cuerpo, come y
bebe su propia condenación" (1 Cor 11, 27-28). Comulgar en pecado mortal es un
terrible sacrilegio: equivale a profanar la Sagrada Eucaristía, a Cristo mismo.
- Necesitamos dejar el mal que hemos hecho. El reconocimiento de nuestros
errores es el primer paso de la conversión. Sólo quien reconoce que obró mal y
pide perdón, puede cambiar.
- La confesión es vital en la luchar para mejorar. Es un hecho que habitualmente
una persona después de confesarse se esfuerza por mejorar y no cometer pecados.
A medida que pasa el tiempo, va aflojando. se «acostumbra» a las cosas que hace
mal, o que no hace, y lucha menos por crecer. Una persona en estado de gracia
-esta es una experiencia universal- evita el pecado. La misma persona en pecado
mortal tiende a pecar más fácilmente.
Otros motivos que hacen muy conveniente la confesión
- Necesitamos paz interior. El reconocimiento de nuestras culpas es el primer
paso para recuperar la paz interior. Negar la culpa no la elimina: sólo la
esconde, haciendo más penosa la angustia. Sólo quien reconoce su culpa está en
condiciones de liberarse de ella.
- Necesitamos aclararnos a nosotros mismos. La confesión nos "obliga" a hacer un
examen profundo de nuestra conciencia. Saber qué hay «adentro», qué nos pasa,
qué hemos hecho, cómo vamos. De esta manera la confesión ayuda a conocerse y
entenderse a uno mismo.
- Todos necesitamos que nos escuchen. ¿En qué consiste el primer paso de la
terapia de los psiquiatras y psicólogos sino en hacer hablar al "paciente"? Y te
cobran para escucharte. y al "paciente" le hace muy bien. Estas dos profesiones
han descubierto en el siglo XX algo que la Iglesia descubrió hace muchos siglos
(en realidad se lo enseñó Dios). El decir lo que nos pasa, es una primera
liberación.
- Necesitamos una protección contra el auto-engaño. Es fácil engañarse a uno
mismo, pensando que eso malo que hicimos, en realidad no está tan mal; o
justificándolo llegando a la conclusión de que es bueno, etc. Cuando tenemos que
contar los hechos a otra persona, sin excusas, con sinceridad, se nos caen todas
las caretas. y nos encontramos con nosotros mismos, con la realidad que somos.
- Todos necesitamos perspectiva. Una de las cosas más difíciles de esta vida es
conocerse uno mismo. Cuando "salimos" de nosotros por la sinceridad, ganamos la
perspectiva necesaria para juzgarnos con equidad.
- Necesitamos objetividad. Y nadie es buen juez en causa propia. Por eso los
sacerdotes pueden perdonar los pecados a todas las personas del mundo. menos a
una: la única persona a la que un sacerdote no puede perdonar los pecados es él
mismo: siempre tiene que acudir a otros sacerdote para confesarse. Dios es sabio
y no podía privar a los sacerdotes de este gran medio de santificación.
- Necesitamos saber si estamos en condiciones de ser perdonados: si tenemos las
disposiciones necesarias para el perdón o no. De otra manera correríamos un
peligro enorme: pensar que estamos perdonados cuando ni siquiera podemos
estarlo.
- Necesitamos saber que hemos sido perdonados. Una cosa es pedir perdón y otra
distinta ser perdonado. Necesitamos una confirmación exterior, sensible, de que
Dios ha aceptado nuestro arrepentimiento. Esto sucede en la confesión: cuando
recibimos la absolución, sabemos que el sacramento ha sido administrado, y como
todo sacramento recibe la eficacia de Cristo.
- Tenemos derecho a que nos escuchen. La confesión personal más que una
obligación es un derecho: en la Iglesia tenemos derecho a la atención personal,
a que nos atiendan uno a uno, y podamos abrir el corazón, contar nuestros
problemas y pecados.
- Hay momentos en que necesitamos que nos animen y fortalezcan. Todos pasamos
por momentos de pesimismo, desánimo. y necesitamos que se nos escuche y anime.
Encerrarse en sí mismo solo empeora las cosas.
- Necesitamos recibir consejo. Mediante la confesión recibimos dirección
espiritual. Para luchar por mejorar en las cosas de las que nos confesamos,
necesitamos que nos ayuden.
- Necesitamos que nos aclaren dudas, conocer la gravedad de ciertos pecados, en
fin. mediante la confesión recibimos formación.
Algunos "motivos" para no confesarse
- ¿Quién es el cura para perdonar los pecados.? Sólo Dios puede perdonarlos
Hemos visto que el Señor dio ese poder a los Apóstoles. Además, permíteme
decirte que ese argumento lo he leído antes. precisamente en el Evangelio. Es lo
que decían los fariseos indignados cuando Jesús perdonaba los pecados. (puedes
mirar Mt 9, 1-8).
- Yo me confieso directamente con Dios, sin intermediarios
Genial. Me parece bárbaro. pero hay algunos "peros".
Pero. ¿cómo sabes que Dios acepta tu arrepentimiento y te perdona? ¿Escuchas
alguna voz celestial que te lo confirma?
Pero. ¿cómo sabes que estás en condiciones de ser perdonado? Te darás cuenta que
no es tan fácil. Una persona que robara un banco y no quisiera devolver el
dinero. por más que se confesara directamente con Dios. o con un cura. si no
quisiera reparar el daño hecho -en este caso, devolver el dinero-, no puede ser
perdonada. porque ella misma no quiere "deshacerse" del pecado.
Este argumento no es nuevo. Hace casi mil seiscientos años, San Agustín
replicaba a quien argumentaba como vos: "Nadie piense: yo obro privadamente, de
cara a Dios. ¿Es que sin motivo el Señor dijo: «lo que atareis en la tierra,
será atado en el cielo»? ¿Acaso les fueron dadas a la Iglesia las llaves del
Reino de los cielos sin necesidad? Frustramos el Evangelio de Dios, hacemos
inútil la palabra de Cristo."
- ¿Porque le voy a decir los pecados a un hombre como yo?
Porque ese hombre no un hombre cualquiera: tiene el poder especial para perdonar
los pecados (el sacramento del orden). Esa es la razón por la que vas a él.
- ¿Porque le voy a decir mis pecados a un hombre que es tan pecador como yo?
El problema no radica en la «cantidad» de pecados: si es menos, igual o más
pecador que vos.. No vas a confesarte porque sea santo e inmaculado, sino porque
te puede dar al absolución, poder que tiene por el sacramento del orden, y no
por su bondad. Es una suerte -en realidad una disposición de la sabiduría
divina- que el poder de perdonar los pecados no dependa de la calidad personal
del sacerdote, cosa que sería terrible ya que uno nunca sabría quién sería
suficientemente santo como para perdonar. Además, el hecho de que sea un hombre
y que como tal tenga pecados, facilita la confesión: precisamente porque sabe en
carne propia lo que es ser débil, te puede entender mejor.
- Me da vergüenza...
Es lógico, pero hay que superarla. Hay un hecho comprobado universalmente:
cuanto más te cueste decir algo, tanto mayor será la paz interior que consigas
después de decirlo. Además te cuesta, precisamente porque te confiesas poco., en
cuanto lo hagas con frecuencia, verás como superarás esa vergüenza.
Además, no creas que eres tan original.. Lo que vas a decir, el cura ya lo
escuchó trescientas mil veces. A esta altura de la historia. no creo que puedas
inventar pecados nuevos.
Por último, no te olvides de lo que nos enseñó un gran santo: el diablo quita la
vergüenza para pecar. y la devuelve aumentada para pedir perdón. No caigas en su
trampa.
- Siempre me confieso de lo mismo...
Eso no es problema. Hay que confesar los pecados que uno ha cometido. y es
bastante lógico que nuestros defectos sean siempre más o menos los mismos. Sería
terrible ir cambiando constantemente de defectos. Además cuando te bañas o lavas
la ropa, no esperas que aparezcan machas nuevas, que nunca antes habías tenido;
la suciedad es más o menos siempre del mismo tipo. Para querer estar limpio
basta querer remover la mugre. independientemente de cuán original u ordinaria
sea.
- Siempre confieso los mismos pecados...
No es verdad que sean siempre los mismos pecados: son pecados diferentes, aunque
sean de la misma especie. Si yo insulto a mi madre diez veces. no es el mismo
insulto. cada vez es uno distinto. No es lo mismo matar una persona que diez. si
maté diez no es el mismo pecado. son diez asesinatos distintos. Los pecados
anteriores ya me han sido perdonados, ahora necesito el perdón de los "nuevos",
es decir los cometidos desde la última confesión.
- Confesarme no sirve de nada, sigo cometiendo los pecados que confieso...
El desánimo, puede hacer que pienses: "es lo mismo si me confieso o no, total,
nada cambia, todo sigue igual". No es verdad. El hecho de que uno se ensucie, no
hace concluir que es inútil bañarse. Uno que se baña todos los días. se ensucia
igual. Pero gracias a que se baña, no va acumulando mugre. y está bastante
limpio. Lo mismo pasa con la confesión. Si hay lucha, aunque uno caiga, el hecho
de ir sacándose de encima los pecados. hace que sea mejor. Es mejor pedir
perdón, que no pedirlo. Pedirlo nos hace mejores.
- Sé que voy a volver a pecar... lo que muestra que no estoy arrepentido
Depende. Lo único que Dios me pide es que esté arrepentido del pecado cometido y
que ahora, en este momento quiera luchar por no volver a cometerlo. Nadie pide
que empeñemos el futuro que ignoramos. ¿Qué va a pasar en quince días? No lo sé.
Se me pide que tenga la decisión sincera, de verdad, ahora, de rechazar el
pecado. El futuro déjalo en las manos de Dios.
- Y si el cura piensa mal de mi...
El sacerdote está para perdonar. Si pensara mal, sería un problema suyo del que
tendría que confesarse. De hecho siempre piensa bien: valora tu fe (sabe que si
estás ahí contando tus pecados, no es por él. sino porque vos crees que
representa a Dios), tu sinceridad, tus ganas de mejorar, etc. Supongo que te
darás cuenta de que sentarse a escuchar pecados, gratis -sin ganar un peso-,
durante horas, . si no se hace por amor a las almas. no se hace. De ahí que, si
te dedica tiempo, te escucha con atención. es porque quiere ayudarte y le
importas. aunque no te conozca te valora lo suficiente como para querer ayudarte
a ir al cielo.
- Y si el cura después le cuenta a alguien mis pecados...
No te preocupes por eso. La Iglesia cuida tanto este asunto que aplica la pena
más grande que existe en el Derecho Canónico -la ex-comunión- al sacerdote que
dijese algo que conoce por la confesión. De hecho hay mártires por el sigilo
sacramental: sacerdotes que han muerto por no revelar el contenido de la
confesión.
- Me da pereza...
Puede ser toda la verdad que quieras, pero no creo que sea un obstáculo
verdadero ya que es bastante fácil de superar. Es como si uno dijese que hace un
año que no se baña porque le da pereza.
- No tengo tiempo...
No creo que te creas que en los últimos ___ meses. no hayas tenidos los diez
minutos que te puede llevar una confesión. ¿Te animas a comparar cuántas horas
de TV has visto en ese tiempo. (multiplica el número de horas diarias que ves
por el número de días.)?
- No encuentro un cura...
No es una raza en extinción, hay varios miles. Toma la guía de teléfono (o llama
a información). Busca el teléfono de tu parroquia. Si ignoras el nombre, busca
por el obispado, ahí te dirán. Así podrás saber en tres minutos el nombre de un
cura con el que te puedes confesar. e incluso pedirle una hora. para no tener
que esperar.
Eduardo Volpacchio (fluvium.org)
Servicios de Consejería en Línea:
Si tienes alguna pregunta acerca de la confesión utiliza este enlace para
escribirle al P. Juan Pablo Gilabert. Sacerdote diocesano y asesor espiritual de
catholic.net
Si tienes alguna duda, conoces algún caso que quieras compartir, o quieres
darnos tu opinión, te esperamos en los FOROS DE CATHOLIC NET donde siempre
encontrarás a alguien al otro lado de la pantalla, que agradecerá tus
comentarios y los enriquecerá con su propia experiencia.
[Se han eliminado los trozos de este mensaje que no contenían texto]
Demos a la Biblia el lugar que le corresponde
En la Santa Misa
todos con la Biblia en la mano
Una iniciativa muy sencilla,
pero que puede revolucionar la vida de la Iglesia.
Por Jorge Luis Zarazúa Campa.
La Biblia al alcance de todos
La Constitución dogmática sobre la divina revelación, popularmente
conocida como Dei Verbum, señala que los fieles católicos “han de tener
fácil acceso a la Sagrada Escritura” (DV 22). Sin embargo este ideal,
propuesto por los Padres conciliares, está lejos de hacerse realidad. En
efecto, se ha hecho poco para que la Sagrada Escritura esté al alcance
de todos los católicos.
¿Cómo lograr que la Biblia pueda ser un libro familiar para cada
católico? De una manera muy sencilla. Primero hay que favorecer que cada
católico tenga su propia Biblia y que su lectura se haga imprescindible.
No se trata nada más que el católico la compre para guardarla en algún
rincón de su casa. Se trata de lograr que la Biblia sea el libro de
cabecera de todo católico, que nutrirá de savia evangélica su
espiritualidad y, por tanto, todos los aspectos de su vida.
Por eso es importante empezar a darle a la Biblia, de una vez por todas,
el lugar que le corresponde en la vida de la Iglesia y de cada católico.
He aquí algunas iniciativas prácticas.
Promover que los fieles católicos
participen en la Misa
con la Biblia en la mano
Los Apóstoles de la Palabra proponemos que en la Santa Misa,
especialmente de la Misa Dominical, se utilice la Biblia, no el misal
anual o mensual, o la hojita dominical.
Es importante que la homilía esté centrada completamente en la Biblia.
Que el sacerdote indique qué versículo está comentando, para que todos
puedan ir siguiendo la reflexión y las aplicaciones a las situaciones
actuales con su Biblia en la mano.
Sería conveniente colocar alguna pizarra para anotar las citas bíblicas
de cada lectura y del salmo responsorial. Así todos pueden buscar los
pasajes bíblicos con tiempo y seguir su lectura con más provecho.
Para que el católico note de una manera visual e impactante que la
Biblia es el libro fundamental de la Iglesia, es recomendable que, en la
procesión de entrada que se hace al inicio de la Misa, se lleve en alto
el libro de la Biblia.
Esto servirá para que el católico asimile visualmente la importancia de
la Sagrada Escritura. En realidad el católico generalmente no tiene una
conciencia clara de que en la Iglesia se lee la Biblia.
En efecto, muchos hermanos que anteriormente eran católicos y que ahora
forman parte de algún grupo proselitista, dicen que en la Iglesia
católica nunca se utiliza la Biblia, porque nunca lo percibieron
visualmente.
Para que esto sea aún más visible, el sacerdote y quienes le ayudan en
el altar, también deben llevar su propia Biblia. Cuando el sacerdote
predique la homilía, debe tenerla en sus manos, indicando el versículo
que comenta, leyendo algunos versículos en voz alta, explicándolos... es
decir, utilizando ampliamente la Biblia.
Una revolución en la vida de la Iglesia
Los Apóstoles de la Palabra estamos convencidos que este pequeño, pero
significativo cambio, puede revolucionar la vida de la Iglesia. En
realidad, en las comunidades donde los Apóstoles de la Palabra estamos
trabajando, lo estamos implementando con bastante éxito.
Los fieles católicos acuden a la Santa Misa, no sólo con la Biblia en la
mano. Acuden también con alguna pequeña libreta y un lapicero para tomar
apuntes, que seguramente le ayudarán a asimilar mejor el mensaje de la
Escritura.
Hemos notado también que la aplicación de esta iniciativa mejora la
predicación del sacerdote y potencia la comprensión del mensaje por
parte de los fieles. Se logra también que la predicación sea más
dinámica y eficaz, puesto que cada fiel católico va siguiendo
atentamente la homilía, atraído por el uso abundante que se hace de la
Biblia.
Así, sin necesidad de implementar campañas muy costosas para la difusión
de la Biblia, podremos hacer posible que la Sagrada Escritura esté al
alcance de todos.
Cursos bíblicos
antes o después de la Misa
Si queremos ir más lejos en esta iniciativa, podría impartirse un breve
curso bíblico unos 10 o 15 minutos antes o después de la Santa Misa.
Puede utilizarse nuestro folleto “Curso Bíblico para Niños”, un práctico
folleto que consta de catorce lecciones y sumamente accesible por el
estilo y el precio (cuesta apenas unos $7.00 [pesos mexicanos]).
Algo que se debe tener en cuenta es que aún no es el momento de hablar a
la gente de inerrancia, canonicidad y tantos otros temas que es
conveniente tratar después para los que se interesen en profundizar más
el dato bíblico. Se trata, más bien, de que el católico se aproxime a la
Biblia para tener una idea general de la Historia de la Salvación.
Después, hay que aplicar este principio: “el que tenga más saliva, que
coma más pinole”.
Para los que deseen profundizar más otros aspectos relacionados con la
Biblia, se pueden organizar cursos en el horario y los días más
convenientes. En este sentido, los Apóstoles de la Palabra tenemos
material didáctico apropiado.
A sus órdenes
Amigo sacerdote: ¿te gustaría empezar esta iniciativa en tu parroquia?
Los Apóstoles de la Palabra podemos asesorarte en esta noble tarea.
Comunícate con nosotros. Estamos a tu disposición.
Amigo celebrador de la Palabra, catequista o agente de pastoral, ¿te
gustaría que esta idea se implementara en tu parroquia o diócesis?
Anímate a hablar con las personas indicadas.
Acuérdate: tú puedes contribuir a que todo católico tenga “fácil acceso
a la Sagrada Escritura” (DV 22). Ayúdanos a hacer realidad este sueño.
Únete a nuestra revolución.
[Se han eliminado los trozos de este mensaje que no contenían texto]
Lección de amor
JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR
Evangelio: Jn 13, 1-15 La víspera de la fiesta de Pascua, como
Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo
amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Y mientras
celebraban la cena, cuando el diablo ya había sugerido en el corazón de Judas,
hijo de Simón Iscariote, que lo entregara, como Jesús sabía que todo lo había
puesto el Padre en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se
levantó de la cena, se quitó la túnica, tomó una toalla y se la puso a la
cintura. Después echó agua en una jofaina, y empezó a lavarles los pies a los
discípulos y a secárselos con la toalla que se había puesto a la cintura.
Llegó a Simón Pedro y éste le dijo:
-Señor, ¿tú me vas a lavar a mí los pies?
-Lo que yo hago no lo entiendes ahora, respondió Jesús. Lo
comprenderás después.
Le dijo Pedro:
-No me lavarás los pies jamás.
-Si no te lavo, no tendrás parte conmigo -le respondió Jesús.
Simón Pedro le replicó:
-Entonces, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la
cabeza.
Jesús le dijo:
-El que se ha bañado no tiene necesidad de lavarse más que los
pies, porque todo él está limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos
-como sabía quién le iba a entregar, por eso dijo: "No todos estáis limpios".
Después de lavarles los pies se puso la túnica, se recostó a la
mesa de nuevo y les dijo:
-¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis
el Maestro y el Señor, y tenéis razón, porque lo soy. Pues si yo, que soy el
Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los
pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que, como yo he hecho con vosotros,
también lo hagáis vosotros.
Lección de amor
Podríamos resumir toda la doctrina de Nuestro Señor diciendo que
nos enseñó a amar. Dios, que es amor, espera de sus hijos los hombres, ante
todo, que amen: que amemos a su manera. Y en este día de Jueves Santo nos
recuerda la Iglesia el momento en el que Jesús se ofrece, por amor,
sacramentalmente a los hombres, anticipando la entrega que de sí mismo haría al
día siguiente en la Cruz.
Como sabemos, san Juan no refiere en su evangelio la institución
de la Eucaristía, que es esa anticipación sacramental de la Pasión del Señor.
Ese momento ya había sido relatado por los otros evangelistas. Menciona san
Juan, en cambio, otros muchos interesantes detalles de la última cena que
precedió a la Pasión, entre ellos, el que nos ofrece hoy la liturgia de la Santa
Misa. Jesús, entregado a sus apóstoles en la tarea servil de lavarles los pies,
parece que quiere aproximarse, con gestos cada vez más evidentes de amor, al
momento sublime en que entrega como alimento para el hombre su propio cuerpo y
su sangre.
Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta
el fin, comenta el evangelista al introducir el detallado relato de aquella
Ultima Cena. Hasta el fin los ama, porque ya no se puede más después de dar la
vida como hará poco después. Y, a continuación, nos narra san Juan toda una
concatenación de manifestaciones del amor de Cristo a sus discípulos, que
culmina con su inmolación en la Cruz, entregando, precisamente a Juan, a su
propia Madre. La primera de aquellas muestras de amor la víspra de padecer es el
lavatorio de los pies a sus discípulos. Un gesto sorprendente en cualquier caso,
pero más todavía siento el Señor -el superior por tantos motivos- quien laba los
pies a los doce apóstoles; desempeñando una tarea que realizaban en todo caso
los siervos.
Ese amor hasta el fin se manifiesta en concretos detalles de
servicio. En primer lugar, en algo tan material como lavar los pies, con el
cuidado de secarlos también personalmente, lo que contribuye más aún al
bienestar físico de los discípulos. Después, nos contará el evangelista, que
Jesús sale al paso de sus preocupaciones cuando temen quedarse solos al
abandonar Él este mundo; se adelanta a las dificultades que tendrán y les
promete su protección para siempre en la tarea que les encomienda -su propia
tarea-; ha de corregirles -otro modo de servicio y de amor- cuando, incluso en
aquellas circunstancias discuten entre ellos sobre quién sería el mayor;
reprende a Pedro -porque lo quiere de verdad- que se considera mucho más fuerte
de lo que es; y en el mismo Huerto de los de los Olivos -por amor como siempre-
debe corregir a todos, porque no supieron acompañarle en su oración; hasta a
Judas, el traidor, llamándole "amigo" le invita, aunque en vano, a rectificar.
A veces se ha dicho que cuando hay amor exigirse no cuesta; con lo
que se quiere expresar que es más facil esforzarse por quienes amamos. El cariño
mueve al esfuerzo con gusto o sin él y, en general, a toda exigencia en favor de
la persona amada. Ese empeño, muchas veces trabajoso y perseverante, es muestra
clara de nuestro amor por alguien, de nuestro verdadero interés por un ideal. Y,
hasta tal punto, que no nos sentiremos seguros de la sinceridad de nuestro amor
mientras no estemos sinceramente dispuestos al sacrificio: la piedra de toque
del amor es el dolor.
Los apóstoles dieron testimonio, con la entrega de su vida, de
amor a Cristo y fidelidad al Evangelio. San Pablo hace memoria de los muchos
padecimientos sufridos por ser leal con la fe y en la difusión del cristianismo,
para mostrar a los primeros fieles su condición de apóstol. No está el verdadero
amor -el amor con que queremos que nos amen- en manifestaciones de
sentimentalismo o poco más. Para amar de verdad es preciso poner lo propio, lo
mejor de uno mismo, aquello que apreciamos más, al servicio de ese otro ser, de
ese ideal. Sólo estaremos seguros de amar verdaderamente cuando nos sentimos ya
sin ningún derecho frente a ese amor.
¿Qué derechos tiene una esclava? Así se siente, así quiere ser
María para su Dios. Nada de Ella le importa junto a la Cruz de su Hijo, porque
lo ama.
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From: Omar Briones
To: ahmed ; bernice ; brenda ; dante ; david ; edith ; fabian ; hamlet ; ibrahim
; jorge ; marlene ; Mom ; ralph ; rick ; rob
Sent: Monday, April 14, 2003 12:11 PM
Subject: Fwd: Jesus Christ
Note: forwarded message attached.
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Apreciado(a) hermano(a):
Si eres devoto(a) de El Santo Rosario, en los Misterios Dolorosos
precisamente en el 4º y 5º Misterios, puedes enriquecer tu oración
diciendo antes de cada Avemaria un enunciado que se apega a las
Estaciones del Vía Crucis y a Las 7 ocasiones que Jesús habló antes
de expirar crucificado. Te invito a leerlas y a que las incluyas cada
vez que rezas los Misterios Dolorosos.
Cuarto Misterio Doloroso: "Jesús con la cruz a cuestas"
Padre Nuestro
1.- Jesús ya ha sido condenado a muerte por el sanedrín y por un
cobarde y chantajeado Poncio Pilato. Avemaria.
2.- Toma el Señor el madero de la cruz, la besa tres veces, le da
gracias al Padre y la carga con amor. Avemaria.
3.- Camino al calvario, Jesús cae a tierra por primera vez bajo el
peso de la cruz debido a sus tropiezos con sus vestiduras largas.
Avemaria.
4.- Jesús encuentra a su Madre Dolorosa en su camino. Avemaria.
5.- Toman a un hombre venido del campo llamado Simón y lo obligan a
que cargue el madero, porque ellos creen que Jesús no llegará vivo al
lugar del sacrificio. Avemaria.
6.- Una mujer valerosa y piadosa, con un paño entre sus manos se
acerca a Jesús y le limpia su rostro manchado de sangre, polvo,
sudor, lágrimas. Avemaria.
7.- Siguiendo su camino, cae Jesús por segunda vez. Avemaria.
8.- Jesús consuela a un grupo de mujeres diciéndoles: Mujeres de
Jerusalém no lloren por mi, lloren mas bien por vosotras mismas y por
vuestros hijos. Avemaria.
9.- Cae Jesús a tierra por tercera vez. Avemaria.
10.- En el lugar del sacrificio, Jesús es despojado de sus
vestiduras, se vlas reparten los soldados y su manto hecho de una
sola pieza, se lo sortean. Avemaria. Gloria ...
Quinto Misterio Doloroso: "La muerte y crucifixión del Señor"
Padre Nuestro
1.- Crucifican a Jesús clavándole sus manos y sus piés y es elevado.
El arbol de la vida, ha sido sembrado en la tierra. Ave.
2.- Jesús crucificado elevando su voz al cielo invoca: Padre,
perdónales porque no saben lo que hacen. Ave.
3.- El crucificado a su derecha le dice a Jesús: Señor, acuérdate de
mí cuando estés en tu Reino; y Jesús le contesta: En verdad te digo,
hoy mismo estarás conmigo en el paraíso. Ave.
4.- Al pie de la cruz se encuentran su Madre y el discípulo amado y
mirándolos, Jesús les dice: Mujer, he ahí a tu hijo. Hijo, he ahí a
tu Madre. Ave.
5.- Jesús invocando al cielo exclama: Dios mío, Dios mío, porqué me
has abandonado. Ave.
6.- Tengo sed (dice el Señor). Un soldado le acerca a sus labios un
hisopo empapado de un líquido, que Jesús prueba, pero no lo bebe.
Ave.
7.- Jesús exclama: ¡Todo está conssumado!. Ave.
8.- Sus últimas palabras fueron: ¡Padre mío, en tus manos
encomiendoi mi espíritu!. Jesús, expira. Ave.
9.- Bajan el cuerpo de Jesús y los brazos de su Madre Dolorosa
reciben el cuerpo inerte de su Hijo. Ave.
10.- Antes del anochecer por temor a los judíos, conducen el cuerpo
de Jesús a un sepulcro horadado en la roca, allá lo depositan, se
despiden de Él, cierran la entrada con una gran piedra plana y en el
corazón de la Madre, surge la Soledad, porque ya no tiene a su lado a
su Hijo Amado. Ave. Gloria ...
Raúl.
VIA CRUCIS
VIA CRUCIS
Siendo todavía cardenal, en marzo de1976, Juan Pablo II
predicó unos ejercicios espirituales en el Vaticano. Asistía, entre otros, el
entonces pontífice Pablo VI. Se recogen a continuación las meditaciones de Karol
Wojtyla sobre el Via Crucis de aquellos ejercicios. Signo de Contradicción. BAC,
1978.
En esta meditación trataremos de seguir las huellas del Señor en
el camino que va desde el pretorio de Pilato hasta el lugar llamado «Calavera»,
Gólgota en hebreo (Jn 19, 17). Hoy día este camino es visitado por los
peregrinos que de todo el mundo acuden a Tierra Santa.
También Su Santidad lo recorrió, rodeado de una enorme muchedumbre
de habitantes de Jerusalén y de peregrinos. El Vía Crucis de nuestro Señor
Jesucristo está históricamente vinculado a los sitios que El hubo de recorrer.
Pero hoy día ha sido trasladado también a muchos otros lugares, donde los fieles
del divino Maestro quieren seguirle en espíritu por las calles de Jerusalén. En
algunos santuarios, como en el que recordábamos en días anteriores, el Calvario
de Zebrzydowska, la devoción de los fieles a la Pasión ha reconstruido el Vía
Crucis con estaciones muy alejadas entre sí. Habitualmente en nuestras iglesias
las estaciones son catorce, como en Jerusalén entre el pretorio y la basílica
del Santo Sepulcro. Ahora nos detendremos espiritualmente en estas estaciones,
meditando el misterio de Cristo cargado con la cruz.
I. Estación: Jesús condenado a muerte
II. Estación: Jesús carga con la cruz
III. Estación: Jesús cae por primera vez
IV. Estación: Jesús encuentra a su Madre
V. Estación: Simón Cireneo ayuda a Jesús
VI. Estación: La Verónica limpia su rostro
VII. Estación: Jesús cae por segunda vez
VIII. Estación: Jesús y las mujeres de Jerusalén
IX. Estación: Tercera caída
X. Estación: Jesús, despojado de sus vestidos
XI Estación: Jesús clavado en la cruz
XII. Estación: Jesús muere
XIII. Estación: Jesús en brazos de su Madre
XIV. Estación: Entierro de Jesús
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Es un servicio de la Asociación "SACRA VIRGINITAS"
http://es.geocities.com/sacravirginitas
Resurrección del Señor
«Y el primer día de la semana vino María Magdalena, de mañana, al
sepulcro, cuando era oscuro, y vio quitada la losa del sepulcro. Y
fue corriendo a Simón Pedro, y al otro discípulo, a quien amaba
Jesús, y les dijo: "Han quitado al Señor del sepulcro, y no sabemos
en dónde lo han puesto". Salió, pues, Pedro y aquel otro discípulo, y
fueron al sepulcro. Y corrían los dos a la par; mas el otro discípulo
se adelantó corriendo más aprisa que Pedro y llegó primero al
sepulcro. Y habiéndose bajado vio los lienzos puestos, mas no entró
dentro. Llegó, pues, Simón Pedro, que le venía siguiendo, y entró en
el sepulcro, y vio los lienzos puestos, y el sudario, que había
tenido sobre la cabeza, no puesto con los lienzos, sino envuelto en
un lugar aparte...»
Vigillia Pascual: Gen 1, 1-31; 2, 1-2; Gn 22, 1-18; Ex 14, 15-30;
15,1; Is 54, 5-14;
Is 55, 1-11; Ba 3, 9-15. 32; 4, 1-4; Ez 36, 16-28; Rm 6, 3-11;
Sal 117, 1-2.16-17.22-23; Mc 16, 1-8
Citas bíblicas de domingo de Resurrección: He 10, 14.37-43; Sal 117,
1-2.16-17.22-23;
Col 3, 1-4;
Comentarios de los Santos Padres al Evangelio
del Domingo de Resurrección (Jn 20,1-9)
«Y el primer día de la semana vino María Magdalena, de mañana, al
sepulcro, cuando era oscuro, y vio quitada la losa del sepulcro. Y
fue corriendo a Simón Pedro, y al otro discípulo, a quien amaba
Jesús, y les dijo: "Han quitado al Señor del sepulcro, y no sabemos
en dónde lo han puesto". Salió, pues, Pedro y aquel otro discípulo, y
fueron al sepulcro. Y corrían los dos a la par; mas el otro discípulo
se adelantó corriendo más aprisa que Pedro y llegó primero al
sepulcro. Y habiéndose bajado vio los lienzos puestos, mas no entró
dentro. Llegó, pues, Simón Pedro, que le venía siguiendo, y entró en
el sepulcro, y vio los lienzos puestos, y el sudario, que había
tenido sobre la cabeza, no puesto con los lienzos, sino envuelto en
un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, que había
llegado primero al sepulcro, y vio y creyó. Porque aún no entendían
la Escritura, que era menester que El resucitara de entre los
muertos.»
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 84.
Como ya había pasado el sábado, durante el cual lo prohibía la Ley,
no pudo María Magdalena contenerse, y muy de mañana se fue a buscar
consuelo al sepulcro. Por eso dice: "El primer día de la semana,
María Magdalena", etc.
San Agustín, De cons. evang. 3, 24.
No cabe duda que María Magdalena era la que más fervientemente amaba
al Señor de entre todas las mujeres que habían amado al Señor; de
modo que no sin razón San Juan haga sólo mención de ella sin nombrar
a las otras que con ella fueron, como aseguran los otros Evangelistas.
San Agustín, in Ioannem, tract., 120.
El primer día del sábado, es al otro día del sábado, que es el día
que los cristianos llaman día del Señor en recuerdo de la
resurrección. Este es el día que San Mateo designa con el nombre
de "El primero del sábado".
Beda.
Es decir, "El día después del sábado", o sea el primer día siguiente
al sábado.
Teofilacto.
O de otro modo: Los judíos llamaban sábado a todos los días de la
semana, y primer sábado al primero de los sábados de la semana. Este
día es figura del siglo venidero, en el cual no habrá más que un solo
día sin interrupción de ninguna noche, porque Dios es el sol sin
ocaso. En este día resucitó el Señor revistiéndose de
incorruptibilidad corporal, así como seremos nosotros mismos
revestidos de incorrupción en el siglo venidero.
San Agustín, De cons. evang. 3, 24.
Lo que dice San Marcos "Muy de mañana, saliendo ya el sol" (Mc
16,12), no está en contradicción con lo que aquí se dice "Como aun
fuese de noche y amaneciendo el día", porque los crepúsculos de la
noche van desapareciendo a proporción que más avanza la luz. Así debe
entenderse lo que dice San Marcos: "Muy de mañana, salido ya el sol",
como si se viera ya el sol sobre la tierra. Porque acostumbramos a
decir, cuando queremos expresar algún hecho de la madrugada, al
levantarse el sol, esto es, un momento antes, es decir, en el momento
de elevarse sobre la tierra.
San Gregorio, In Evang. hom. 22.
Con razón se dice "Cuando aún era de noche", porque, en efecto, María
buscaba en el sepulcro al Creador del universo, que ella amaba, y
porque no le encontró le creyó robado; y por consiguiente encontró
tinieblas cuando llegó al sepulcro.
Sigue: "Y vio removida la piedra del sepulcro".
San Agustín, ut supra.
Ya había, pues, sucedido lo que cuenta San Mateo del terremoto, de la
losa separada y del espanto de los guardas.
Crisóstomo, ut supra.
El Señor resucita estando cerrado el sepulcro y sellada la losa. Pero
como convenía que otros se cercioraran, fue abierto el sepulcro
después de su resurrección, y así se cree que sucedió, y fue lo que
alarmó a María que, viendo quitada la piedra, no entró, ni miró, sino
que aceleradamente, a impulsos de su mucho amor, corrió a anunciarlo
a los discípulos. Ella no sabía nada en claro respecto a la
resurrección, sino que creía que había sido trasladado el cuerpo.
Glosa.
Y por eso corrió a anunciarlo a los discípulos, para que juntos
buscaran o se lamentaran; y por esto dice: "Corrió, pues, y fue a
Simón Pedro y al otro discípulo", etc.
San Agustín, in Ioannem, tract., 120.
Así se suele nombrar al que amaba Jesús, quien también a todos amaba,
pero sobre todos a éste con más familiaridad.
Sigue: "Y les dijo: Quitaron al Señor del sepulcro, y no sabemos
dónde le han puesto".
San Gregorio, Moralium, 3, 9.
Hablando así, se expresa el todo por la parte, porque había venido
buscando el cuerpo del Señor, y se lamentaba como si todo El hubiera
sido robado.
San Agustín, ut supra.
En algunos códices griegos se lee: "Quitaron a mi Señor", lo que
demuestra un amor vehemente como de afecto de familia. Pero esto no
lo encontramos en muchos códices que tenemos a la vista.
Crisóstomo, ut supra.
El Evangelista, sin embargo, no privó a la mujer de esta gloria, ni
creyó indecoroso que supieran por ella la primera noticia. Por su
palabra van ellos con mucha solicitud a reconocer el sepulcro.
San Gregorio, In Evang. hom. 22.
Aquellos, que amaron más que los otros, corrieron más; a saber, Pedro
y Juan. Por eso sigue: "Salió, pues, Pedro y el otro discípulo", etc.
Teofilacto.
Pero si me preguntas cómo estando los guardas pudieron acercarse al
monumento, la pregunta es infundada, porque después que el Señor
resucitó y compareció el ángel en el sepulcro en medio del terremoto,
se retiraron los guardas para anunciarlo a los fariseos.
San Agustín, ut supra.
Después de haber dicho "que ellos fueron al sepulcro", retrocedió
para contar cómo fueron, y dice: "Corrían, pues, los dos a un
tiempo", y el otro discípulo corrió más que Pedro y llegó primero al
sepulcro, con lo que da a entender que era él el que llegó primero,
pero que lo cuenta todo como de otro.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 84.
Llegando, pues, reconoció los lienzos; por eso dice: "Y habiéndose
inclinado vio puestos los lienzos". El no averigua nada más, sino que
desiste; y esto es lo que sigue: "Mas no entró". Pero Pedro, entrando
resueltamente, lo examina todo con la mayor escrupulosidad, y ve más.
Por eso sigue: "Vino, pues, Simón Pedro, y entró en el sepulcro y vio
los lienzos y el sudario que había sido puesto en su cabeza, pero no
junto con los lienzos, sino envuelto separadamente en otro lugar".
Esto era prueba de resurrección, porque si alguno lo hubiera
trasladado no hubiera desnudado su cuerpo. Ni si lo hubieran robado,
los ladrones no hubiesen cuidado de quitarle y envolver el sudario
poniéndolo en un sitio diferente del de los lienzos, sino que
hubieran tomado el cuerpo como se encontraba. Ya había dicho San Juan
que al sepultarle lo habían ungido con mirra, la cual pega los
lienzos al cuerpo. Y no creas a los que dicen que fue robado, pues no
sería tan insensato el ladrón que se ocupara tanto en algo tan inútil.
Después de Pedro entró Juan. Y sigue: "Entonces entró también el otro
discípulo", etc.
San Agustín, in Ioannem, tract., 122.
Algunos creen que Juan creía ya en la resurrección, pero no lo indica
así lo que sigue: Vio vacío el sepulcro y creyó lo que la mujer había
dicho. Pues sigue: "Aún no sabían la Escritura", etc. No creyó, pues,
que hubiese resucitado, cuando no sabía que había de resucitar, no
obstante que lo oía decir al mismo Señor clarísimamente; pero por la
costumbre de oírle hablar en parábolas no lo entendieron, y creyeron
que quería decir otra cosa.
San Gregorio, In Evang. hom. 22.
Esta descripción tan detallada del Evangelista no carece de misterio.
San Juan, el más joven de los dos, representa la sinagoga judía, y
Pedro, el más anciano, la Iglesia universal. Aunque la sinagoga de
los judíos precedió en el culto divino a la Iglesia de los gentiles,
sin embargo, fue superada en número por la multitud de los gentiles.
Corrieron ambas juntamente, porque desde su nacimiento hasta su
ocaso, aunque en distinto sentido, corren juntas. La sinagoga llegó
primero al monumento, pero no entró, porque aunque entendió los
mandatos de la Ley sobre las profecías de la Encarnación y Pasión y
muerte del Señor, no quiso creer. Llegó después Simón Pedro y entró
en el sepulcro, porque la Iglesia de las naciones, que siguió la
última, creyó a Cristo muerto en su humanidad y vivo en su divinidad.
El sudario, pues, de la cabeza del Señor, no fue encontrado con los
lienzos, porque Dios es la cabeza de Cristo, y los misterios de su
divinidad son incomprensibles a la flaqueza de nuestra inteligencia y
superiores a las facultades de la naturaleza humana. Se ha dicho que
el sudario se ha encontrado, no sólo separado, sino envuelto, porque
el lienzo que sirve de envoltura a la cabeza divina, demuestra su
grandeza en que no tiene principio ni fin. Esta es, pues, la razón
por qué se encontró solo en otro lugar, porque Dios no se encuentra
entre las almas que están divididas, y sólo merecen recibir su gracia
las que no viven separadas por el escándalo de las sectas. Pero como
el lienzo que cubre la cabeza de los operarios sirve para enjugar el
sudor, puede entenderse con el nombre de sudario la obra de Dios, que
aunque permanece tranquilo e inmutable en sí mismo, manifiesta que
sufre y trabaja en la dura perversidad de los hombres. El sudario que
había estado sobre su cabeza y encontrado aparte, demuestra que la
Pasión de nuestro Redentor es muy diversa de la nuestra, porque El la
padeció sin culpa, y nosotros por nuestros pecados; El se ofreció a
ella voluntariamente, y nosotros la sufrimos contra nuestra voluntad.
Después que entró Pedro entró Juan, porque al fin del mundo Judea
entrará también en la fe del Salvador.
Teofilacto.
O de otro modo: Admira en Pedro la prontitud de la vida activa, y en
Juan la contemplación humilde y práctica de las cosas divinas. Con
frecuencia los contemplativos llegan por la humildad al conocimiento
de las cosas divinas; pero los activos, guiados por su fervorosa
asiduidad, llegan primero a la plenitud de este conocimiento.
Lunes de la Octava de Pascua
San Hilario, in Matthaeum.
Las mujeres fueron instruidas por medio del ángel. En seguida les
salió al encuentro el Salvador, para que al anunciar la resurrección
a los ansiosos discípulos, no pudiesen decir que hablaban únicamente
porque el ángel se lo había dicho, sino porque lo habían oído de boca
del mismo Salvador. Por esto sigue: "Y salieron al punto del sepulcro
con miedo y con gran gozo".
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3, 23-24.
Se dice que salieron del sepulcro, esto es, de aquel lugar donde
estaba el espacio del huerto que se había cavado delante de la piedra.
San Jerónimo.
Dos sentimientos agitaban a aquellas mujeres: el del gozo y el del
temor. El primero por el deseo de que resucitase y el segundo por la
magnificencia del milagro y los dos adquirían mayores proporciones,
porque tenían lugar en mujeres. Por esto sigue: "Y fueron corriendo a
dar las nuevas a sus discípulos". Se dirigían, pues, a los Apóstoles,
para que empezase a esparcirse por medio de ellos la semilla de la
fe. Y las que así buscaban y las que así corrían merecieron que el
Salvador resucitado les saliese al encuentro. Por esto sigue: "Y he
aquí Jesús les salió al encuentro, diciendo: Dios os guarde".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 91.
De las señales que aparecieron acerca de Jesucristo, unas fueron
conocidas en todo el mundo, como las tinieblas, y otras sólo por los
soldados que guardaron el sepulcro, como la admirable aparición del
ángel y el terremoto. Las que se verificaron para los soldados
sucedieron así para que se asustasen y diesen ellos mismos testimonio
de la verdad. La verdad cuando es publicada por los que la
contradicen brilla más, lo cual sucedió en este caso. Por esto
dice: "Y mientras ellas iban (esto es, las mujeres), he aquí que
algunos de los guardas fueron a la ciudad y dieron aviso a los
príncipes de los sacerdotes", etc.
Rábano.
La sencillez del alma y la ignorancia de los hombres es la que
manifiesta en muchas ocasiones la verdad de una cosa tal y como es,
sin engaño de ninguna especie. Por el contrario, la astuta malicia
pugna por hacer pasar lo falso por verdadero.
San Jerónimo.
Por lo tanto, los príncipes de los sacerdotes, que debieron hacer
penitencia y buscar a Jesucristo resucitado, persisten en su malicia
y malversan el dinero que han recibido para las necesidades del
templo en comprar una mentira, como antes habían entregado a Judas
las treinta monedas de plata. Por esto sigue: "Y habiéndose juntado
con los ancianos y tomado consejo, dieron una grande suma de dinero",
etc.
Martes de la Octava de Pascua
San Gregorio, In Evang. hom. 25.
María Magdalena que en la ciudad había sido pecadora, lavó con
lágrimas las manchas de su crimen, amando a la verdad. Y he aquí
cumplida la voz de la verdad, que dice: "Perdonados le han sido sus
muchos pecados, porque amó mucho" (Lc 7); pues la que había
permanecido fría pecando, ardía después en amor. Y añade después, y
es digno de considerarse cuánta era la fuerza del amor que la
inflamaba, que aun cuando los discípulos del Señor se retiraban del
sepulcro, ella persistía. Dice, pues:
Tal vez esta mujer, ni aún equivocándose erró, creyendo a Jesús un
hortelano. ¿Acaso no lo era espiritualmente para ella, en cuyo
corazón sembraba por la fuerza del amor las semillas fecundas de las
virtudes? ¿Pero qué significa el que, habiendo visto al que creía
hortelano, y a quien ella no había dicho aún lo que buscaba, le
pregunta si él lo ha tomado? Pero la fuerza del amor suele producir
en el ánimo la idea de creer que nadie ignora lo que él está pensando
siempre. Después que el Señor le nombró con el vocablo común de su
sexo, y no fue reconocido, la llama por su propio nombre. Por eso
sigue: "Y le dice Jesús: María", como si dijera: reconoce a aquel que
te conoce a ti. María, pues, oyéndose llamada por su nombre, reconoce
exteriormente al que ella buscaba interiormente. Y por eso sigue: "Y
volviéndose ella le dice Rabbuní, que quiere decir Maestro".
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 85.
Así como El se había manifestado con frecuencia a los judíos, del
mismo modo se dejaba ver como quería. ¿Pero cómo se dice que ella se
volvió en el instante en que Cristo le habló? Yo creo que después de
haber pronunciado ella estas palabras: "¿Dónde le has puesto?" se
volvió otra vez a los ángeles, para que averiguase el motivo de su
admiración, y en seguida, nombrándola Cristo por su nombre, la hizo
volver en sí, descubriéndose por su propia voz.
Miércoles de la Octava de Pascua
Beda.
Cuando hablaban de El, Jesús se aproximó y los acompañaba, para
inculcar en ellos la fe de la resurrección y para cumplir lo que
había ofrecido, de que "cuando estén congregados en mi nombre dos o
tres, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18,20). Por esto sigue: "Y
como fuesen hablando y deliberando el uno con el otro, se llegó a
ellos el mismo Jesús".
Teófil.
Una vez asumido el cuerpo glorioso, no había dificultad en las
distancias porque ya podía encontrarse donde le pareciese, pues las
leyes naturales no regían ya a su cuerpo, sino las espirituales y
sobrenaturales. Por esto -como dice San Marcos- ellos le veían con
otra forma, en la que no podían reconocerle. Prosigue: "Mas los ojos
de ellos estaban detenidos para que no le conociesen", esto es, para
que no penetrasen todos sus propósitos y descubriendo la herida,
encuentren la medicina. Y no se presentaba de modo que pudiese ser
visible para todos, sino únicamente para aquéllos que El quisiese que
le viesen, para que comprendiesen que aquel cuerpo que había
padecido, era el mismo que había resucitado. Y para que no duden
acerca del silencio que guarda al vulgo sobre esto, da a entender que
su trato después de la resurrección no debe ser digno de todos los
hombres, sino más bien divino, lo cual es una figura de la futura
resurrección, en la que conversaremos como ángeles e hijos de Dios.
Teófil.
Como los antedichos discípulos estaban sumidos en la mayor duda, el
Señor los reprendió. Por esto dice: "Y Jesús les dijo: ¡Oh
necios...!"; casi lo mismo habían dicho los que presenciaron la
crucifixión (Mt 27,42): a otros salvó y no ha podido salvarse a sí
mismo. "...y tardos de corazón para creer en todo lo que los Profetas
han dicho!" Sucedió que creían algo de lo sucedido, pero no todo.
Creen lo que dicen los Profetas sobre la crucifixión del Salvador,
como aquello del Salmo (Sal 21,17): "Taladraron mis pies y mis
manos"; pero no creían lo que se decía de la resurrección, como
aquella otra cita del salmo (Sal 15,10): "No permitirás a tu santo
experimentar la corrupción". Conviene, por lo tanto, dar fe a lo que
dicen los profetas tanto de los tormentos, como de las glorias del
Señor, ya que los tormentos abren el paso a las glorias. Por esto
sigue: "¿Pues qué, no fue menester que el Cristo padeciese estas
cosas, y que así entrase en su gloria?", esto es, según la humanidad.
San Isidoro.
Aun cuando convenía que el Cristo padeciese, los que le crucificaron
merecían castigo porque no se proponían realizar lo que Dios tenía
dispuesto, por ello su acción fue impía. Pero Dios convirtió su
iniquidad en remedio general de los hombres, como se emplea la carne
de las víboras en curar a los envenenados.
Crisóstomo.
El Señor probó a continuación que todo esto no sucedió de un modo
eventual, sino como realización de lo que ya tenía planificado. Por
esto sigue: "Y comenzando desde Moisés y de todos los profetas, se lo
declaraba en todas las Escrituras que hablaban de El", como diciendo:
a pesar de que sois tardos, yo os volveré prontos explicándoos los
misterios de las Sagradas Escrituras. Porque el sacrificio de
Abraham, cuando sacrificó el cordero -después de dejar a Isaac-
prefiguró todo esto, pero también en las demás Escrituras proféticas
se encuentran distribuidos los misterios de la pasión y resurrección
del Señor.
Beda.
Y si Moisés y los profetas han hablado de Jesucristo y han predicho
que entraría en la gloria por medio de la pasión, ¿cómo puede
gloriarse de llevar el nombre de cristiano quien no se ocupa de
investigar de qué modo las Escrituras se refieren a Cristo? En este
concepto no aspira a la gloria que desea tener con Cristo por medio
de la pasión.
Jueves de la Octava de Pascua
El Señor nos advierte que no debemos despreciar nuestros pecados, ni
buscar lo que debemos reprender, sino ver lo que debemos corregir.
Debemos corregir con amor, no con deseo de hacer daño, sino con
intención de corregir; si no lo hacéis así, os hacéis peores que el
que peca. Este comete una injuria y cometiéndola se hiere a sí mismo
con una herida profunda. Despreciáis vosotros la herida de vuestro
hermano, pues vuestro silencio es peor que su ultraje.
San Agustín, de civitate Dei, 1,9.
Con frecuencia la verdad se disimula criminalmente. Unas veces por no
enseñar o no aconsejar a los malos, otras por no corregirlos y
evitarles las reprensiones; ya por no tomarnos ese trabajo, ya por no
perder su amistad, ya porque no nos sirvan de obstáculo y no nos
perjudiquen en las cosas temporales, que desea adquirir nuestra
ambición, o que nuestra debilidad tiene miedo de perder. Si alguno
deja de reprender o de corregir a los que obran mal, con el pretexto
de esperar una ocasión más oportuna, o creyendo que no se harán
peores, o que no será un impedimento para enseñar a los que están
débiles una vida buena y piadosa, o que no los retraerán de la fe ni
los perseguirán, no me parece que todo esto se deba a una pasión,
sino a un consejo de la caridad. Con mucha más razón deben corregir
con caridad los jefes de las iglesias colocados al frente de ellas
para perdonar, pero no lanzando insultos contra los pecadores. Y no
están exentos de faltas de este género aquellos que, aunque no son
superiores, conocen y no hacen caso de muchas cosas que deberían
advertir y de corregir en aquellos con quienes están íntimamente
unidos por el lazo de una vida común y no los corrigen por evitarse
los inconvenientes que les resultarían, por razón de las cosas
temporales de que usan lícitamente, pero en las que se deleitan más
de lo que deben.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 60,2.
Es de observar que no dijo al Primado de la Iglesia: Liga a tal, sino
si vosotros atareis, las ligaduras serán indisolubles, como dejando
esto a su juicio. Ved cómo ata el Señor con dobles ligaduras al
incorregible: con la pena actual, es decir, con la separación de la
Iglesia, de la que ya ha hablado el Señor, cuando dijo: "Tenedle como
un publicano" (Mt 18,17), y con el suplicio futuro de quedar atado en
el cielo, a fin de que con la multitud de juicios se desvanezca la
cólera del hermano.
San Agustín, sermones, 82,7.
O de otra manera, habéis comenzado vosotros a mirar a vuestro hermano
como a un publicano, le ligáis sobre la tierra; pero, mirad que le
liguéis con justicia porque la justicia rompe las cadenas injustas.
Mas cuando hayáis corregido a vuestro hermano y hayáis convenido con
él, le habéis desatado sobre la tierra y una vez desatado en la
tierra, queda desatado en el cielo. Hacéis mucho bien, no a vosotros
sino a él, porque él no os perjudicó a vosotros, sino que se
perjudicó a sí mismo.
Viernes de la Octava de Pascua
San Agustín, ut supra.
Si esto lo hubieran hecho los discípulos después de la muerte de
Jesús y antes de su resurrección de entre los muertos, creeríamos lo
hacían dominados de desesperanza. Pero ahora, después de recobrarle
vivo del sepulcro, de inspeccionar las cicatrices de sus heridas y de
recibido el soplo del Espíritu Santo, vuelven en seguida a ser lo que
antes eran: pescadores, no de hombres, sino de peces. Debe a esto
responderse que no les había sido prohibido ganarse el sustento en un
arte lícito, salvada la integridad de su apostolado, siempre que no
tuvieran de qué vivir. Porque si el bienaventurado San Pablo,
renunciando al derecho que con razón le pertenecía como a los demás
predicadores del Evangelio, no quiso usar de él como los demás, sino
que vivió de su peculio, a fin de que las naciones que eran extrañas
al nombre de Cristo, no menospreciaran su doctrina como venal, se
dedicó a aprender un arte que antes ignoraba, para no gravar a sus
oyentes y vivir del trabajo de sus manos, ¿con cuánta más razón el
bienaventurado San Pedro, que ya había sido pescador, podía volver a
su oficio, si en aquella ocasión no tenía de qué vivir? Pero
responderá alguno: ¿Y por qué no encontró, habiéndoselo prometido el
Señor cuando dijo "Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y
todo lo demás os será ofrecido" (Mt 6,33)? Sin duda que el Señor
cumplió lo que ofreció, pues ¿quién fue el que aprontó los peces para
que fuesen cogidos? Y es de creer que les puso en la necesidad de
tomarse el trabajo de ir a pescar, porque tenía dispuesto hacer un
milagro.
San Gregorio, ut supra.
No fue pecado volver a tomar, después de su conversión, el oficio que
sin pecado habían tenido antes de convertirse. Esta es la razón por
qué Pedro volvió a la pesca después de su conversión. Y Mateo no
volvió al negocio de la recaudación de los impuestos, pues hay muchos
cargos que difícilmente se desempeñan sin pecado, y éstos deben
renunciarse después de convertirse.
En la futura resurrección, los cuerpos de los justos no necesitarán
del árbol de la vida que les preserve de la muerte por enfermedad ni
decrepitud, ni tampoco de ningunos otros alimentos que los libren de
las molestias del hambre y de la sed, porque se hallarán revestidos
de una verdadera e inviolable inmortalidad, y no tendrán, si no
quieren, necesidad de comer, pues aunque no estarán privados de la
facultad, estarán exentos de esta necesidad, así como nuestro
Salvador, después de resucitado en verdadera carne, aunque
espiritual, comió y bebió con sus discípulos, no por necesidad, sino
por potestad.
Sábado de la Octava de Pascua
San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 21.
Así como Sansón no sólo salió de Gaza a medianoche, sino que se llevó
las puertas, así resucitando antes del día nuestro Redentor no
solamente salió libre del infierno, sino que también destruyó sus
barreras. San Marcos dice que el Señor lanzó siete demonios de María,
y ¿qué significan estos siete demonios sino los todos los vicios del
mundo? Porque así como se comprende todo el tiempo en siete días, se
comprenden o representan todas las cosas en el número siete. Por eso
los siete demonios que tuvo María significan todos los vicios de que
estuvo llena.
Teofilacto.
O es que representa el Evangelista en estos demonios a los siete
espíritus contrarios a las virtudes, como el espíritu sin temor de
Dios, sin sabiduría, sin entendimiento, o sin otro cualquiera de los
dones del Espíritu Santo.
Pseudo Jerónimo.
Así pues, se manifiesta primero a ella, de quien había lanzado siete
demonios, porque las meretrices y los publicanos precederán a la
sinagoga en el reino de Dios, como el ladrón precedió a los Apóstoles.
San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 29.
Es de notar lo que dice San Lucas en los Hechos de los Apóstoles: "Y
por último, comiendo con ellos, les mandó que no partiesen de
Jerusalén" (Hch 1,4), y poco después: "Dicho esto, se fue elevando a
la vista de ellos por los aires" (Hch 1,9). Comió y se elevó, para
hacer ver, comiendo, la realidad de su carne, que es por lo que dice
el Evangelista que se apareció a los once Apóstoles cuando estaban a
la mesa.
Pseudo Jerónimo.
Se apareció a los once cuando estaban reunidos, para que todos fuesen
testigos, y refiriesen a todo el mundo lo que habían visto y oído.
"Y les dio en rostro su incredulidad y dureza de corazón, porque no
habían creído a los que le habían visto resucitado".
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,25.
¿Cómo, pues, pasó esto en el último día? El último día fue aquel en
que vieron los Apóstoles al Señor por última vez en la tierra, que
fue el cuadragésimo después de la resurrección. ¿Cómo, pues, se les
tacha de no haber creído a los que vieron su resurrección, siendo así
que ellos mismos le habían visto tantas veces después de ella?
Debemos entender por tanto que, por abreviar, dijo San Marcos el
último día, porque en él, a la entrada de la noche, tuvo lugar el
último hecho, después que volvieron los discípulos del campo a
Jerusalén, y encontraron, como dice San Lucas, a los once y a los que
con ellos estaban hablando de la resurrección del Señor. Pero se
encontraban allí también otros que no creían. En medio de los que
estaban a la mesa, como dice San Marcos, y de los que hablaban del
asunto, según nota San Lucas, se presentó el Señor y les dijo: "La
paz sea con vosotros", palabras citadas por San Lucas (24,36) y San
Juan (20,19). Y bien: entre las palabras que, según estos
Evangelistas, dirigió el Señor a sus discípulos, se interpone el
reproche del que habla San Marcos. Pero aquí se presenta otra
dificultad, y es que no podrían estar comiendo juntos los once. Dice
San Marcos que se apareció, a la entrada de la noche del día del
Señor, siendo así que San Juan dice en términos precisos que no
estaba con ellos Tomás, el cual debió salir de allí antes que entrara
el Señor, y después que se unieron a los once los dos que volvieron
del campo, como hallamos en San Lucas. Pero este Evangelista da lugar
en su narración a suponer que había salido ya Tomás cuando hablaron
del asunto, y que después entró el Señor. Y como San Marcos dice que
se apareció a los once Apóstoles cuando estaban a la mesa, nos obliga
a pensar que estaba Tomás allí, a menos que se refiriera a todos los
Apóstoles, aunque estuviera uno ausente, puesto que con el número
once se designaba a todo el colegio apostólico antes de que Matías
ocupase el lugar de Judas. Y si esto es inadmisible, convengamos en
que, después de haberles dado tantas pruebas de su resurrección, se
apareció a los once reunidos en la mesa el día cuadragésimo. Y antes
de subir al cielo, quiso reprocharles más en aquel día el que no
hubiesen creído a los que habían visto su resurrección antes de verla
ellos mismos, tanto más, cuanto que después de la ascensión habían de
predicar el Evangelio a gentes que debían creer sin haber visto.
Después de citar este reproche, dice San Marcos: "Por último, les
dijo: Id por todo el mundo", y más adelante: "Pero el que no creyere
será condenado". Y ¿acaso no era preciso que los que habían de
predicar el Evangelio fueran reprendidos antes fuertemente porque, no
viéndolo, no habían querido creer que se hubiese aparecido a otros el
Señor
Docilidad a la Gracia
Día 13 DOMINGO DE RAMOS EN LA PASION DEL SEÑOR
Mc 11, 1-10 Al acercarse a Jerusalén, a Betfagé y Betania, junto
al Monte de los Olivos, envió a dos de sus discípulos y les dijo:
-Id a la aldea que tenéis enfrente y nada más entrar en ella
encontraréis un borrico atado, en el que todavía no ha montado nadie; desatadlo
y traedlo. Y si alguien os dice: «¿Por qué hacéis eso?», respondedle: «El Señor
lo necesita y enseguida lo devolverá aquí».
Se marcharon y encontraron un borrico atado junto a una puerta,
fuera, en un cruce de caminos, y lo desataron. Algunos de los que estaban allí
les decían:
-¿Qué hacéis desatando el borrico?
Ellos les respondieron como Jesús les había dicho, y se lo
permitieron. Entonces llevaron el borrico a Jesús, echaron encima sus mantos, y
se montó sobre él. Muchos extendieron sus mantos en el camino, otros el ramaje
que cortaban de los campos. Los que iban delante y los que seguían detrás
gritaban:
-¡Hosanna!
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
¡Bendito el Reino que viene,
el de nuestro padre David!
¡Hosanna en las alturas!
Docilidad a la Gracia
Nos ofrece la Iglesia en el Domingo de Ramos,
para que los recordemos y meditemos de una vez más, los acontecimientos de la
vida de Nuestro Señor que culminan su obra redentora en la tierra. Y convendrá
que, no sólo hoy, sino también los próximos días de la Semana Santa, meditemos
pausadamente en esas escenas de la Pasión que, de un modo tan claro, nos
muestran el amor de Dios por el hombre y la maldad del pecado.
Pero hoy, siguiendo los pasos a de Jesús y acompañados de los
apóstoles y de tantos que le vitorearon aquel día, recordamos contentos la
aclamación que recibió Jesús. Nos interesa mucho evocar aquella circunstancia,
relativamente frecuente en su vida, aunque no faltaran también a menudo los
momentos en que sufrió la incomprensión, la crítica inconsiderada y hasta la
violencia de la gente. Las más de las veces, en todo caso, el pueblo sencillo
reunido reconoce la bondad de Jesús, se muestran agradecidos y, de un modo
natural, expresan sus sentimientos aclamandole.
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!, dice con toda razón la
gente. Viene en el nombre de Dios y está ahí. Está por ellos, para ellos, a
favor de ellos, como está ahora junto a nosotros aunque no le vean nuestros
ojos. Aquellas gentes son para nosotros un permanente ejemplo, un recordatorio
de que, teniendo a nuestro Dios tan cerca, es de justicia que nos sintamos
felices. La cercanía del Señor reclama de sus hijos que demos testimonio de
alegría, de optimismo, de seguridad, de paz. Es necesario que los demás nos
noten sin temores a pesar del dolor y las contrariedades, a pesar de las
dificultades habituales, o incluso extraordinarias de nuestra vida.
El estado de ánimo de un cristiano, por ser hijo de Dios,
contrastará necesariamente con el de los hombres que no tienen fe o no la
practican. Por tanto, si alguna vez nos sentimos tristes, reaccionaremos con
prontitud: un pensamiento sobrenatural, y ¡arriba ese corazón! Jamás tenemos
derecho a estar tristes. Nunca llevamos razón: por muchos aspectos negativos que
nos sintamos forzados a contemplar, por grande que sea el sufrimiento, siempre
será más cierto y más objetivo, que Dios nuestro Señor nos contempla con cariño
paternal, aunque no sepamos reconocerlo. Tal vez, cuando por alguna
circunstancia especial nos pese más la tristeza, sea entonces el momento de
reaccionar; y estimulados quizá por ese sinsabor, abriremos los ojos del alma,
hasta reconocer que el Señor pasa triunfante ante nosotros y para nosotros como
siempre.
De continuo es una buena ocasión para la alegría. Aunque en
nuestra vida haya penas, no deben ser jamás tan profundas como para
introducirnos en una absoluta tristeza. Seríamos injustos, por no darle
importancia a que Dios está junto a nosotros de continuo: siempre junto a
nosotros y a nuestro favor. El Domingo de Ramos, día de alegría también en la
liturgia, puede y debe ser una jornada de siempre para cada uno. Pero antes de
las alabanzas, nos cuenta San Marcos un suceso muy interesante, porque de algún
modo hizo posible la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Jesús encomienda a
dos de sus discípulos una pequeña tarea. Deben realizar un misterioso encargo,
consistente en traerle un borrico joven, en el que nadie había montado todavía,
para que, a la usanza de los grandes personajes de Israel, pudiera recibir
adecuadamente la aclamación del pueblo.
No sabemos quiénes fueron los dos discípulos que trajeron el
borrico. Sabemos, en cambio, que Jesús confió en ellos y que tuvieron fe en
Jesús: no pensaron en dificultades, a pesar de lo audaz y atrevido que pudiera
parecer el encargo, sino que hicieron exactamente como Jesús les había indicado.
Tal vez, a esas alturas de la vida pública del maestro y después de tantos días
en su compañía, ya se habían habituado a obedecerle y a experimentar la eficacia
de esa obediencia: no se les ocurría pensar que los acontecimientos fueran a
desarrollarse de modo distinto a como había predicho Jesús. Lo importante, en
todo caso, era hacer su voluntad, porque era la voluntad de Jesús.
De continuo descubrimos lo que Dios espera de nosotros, en las más
corrientes circunstancias de nuestra jornada. Si lo pensamos con cierto
detenimiento, podremos reconocer que, esos modos de actuar que agradan a Dios,
vienen a ser encargos que El nos hace: nos espera de mil modos diversos, como a
aquellos dos discípulos que le trajeron el asno. Como esperó y encontró siempre
correspondencia en Santa María.
[Se han eliminado los trozos de este mensaje que no contenían texto]
A mis apreciados(as) hermanos(as) en Jesús y maria:
Nuevamente les OFREZCO GRATUITAMENTE estos dos archivos: "El Vía
Lucis" (Meditaciones propias de Tiempo Pascual) y "La Novena de la
Divina Misericordia" (Que empezamos el VIERNES SANTO). Ambos los
tengo listos para enviar en formatos: a) PDF (Adobe Acrobat); b)
Comprimidos en Winzip; c) Documento Word. Les aconsejo solicitarlos
como el inciso (a) porque los archivos están libres de modificación y
listos para imprimirlos. También les ofrezco 2 cuadernitos cuyos
archivos los tengo en Winzip, listo para enviarselos y su títulos
son: "Lecturas de Semana Santa" e "Hijo mío, medita conmigo". Estoy
para servirles. Al que solicite los archivos, le suplico que libere
su buzón para que puedan entrar los correos con los adjuntos puesto
que ocupan gran espacio. Sinceramente Raúl.
----- Original Message -----
From: trini.arbocaj.terra.es
To: hijosdedios@...
Sent: Wednesday, April 09, 2003 10:14 PM
Subject: [hijosdedios] Cumplir con el precepto de la confesión anual. Breve
examen de conciencia.
From: Jorge Salinas
Breve examen de conciencia
1. ¿He dudado o negado las verdades de la fe católica?
2. ¿He practicado la superstición o el espiritismo?
3. ¿Me he acercado indignamente a recibir algún sacramento?
4. ¿He blasfemado? ¿He jurado sin necesidad o sin verdad?
5. ¿Creo todo lo que enseña la Iglesia Católica?
6. ¿Hago con desgana las cosas que se refieren a Dios?
7. ¿He faltado a Misa los domingos o días festivos? ¿He cumplido los días de
ayuno y abstinencia?
8. ¿He callado en la confesión por verguenza algún pecado mortal?
9. ¿Manifiesto respeto y cariño a mis padres y familiares?
10. ¿Soy amable con los extraños y me falta esa amabilidad en la vida de
familia?
11. ¿He dado mal ejemplo a las personas que me rodean? ¿Les corrijo con cólera o
injustamente?
12. ¿Me he preocupado de la formación religiosa y moral de las personas que
viven en mi casa o que dependen de mí?
13. ¿He fortalecido la autoridad de mi cónyuge, evitando reprenderle,
contradecirle o discutirle delante de los hijos?
14. ¿Me quejo delante de la familia de la carga que suponen las obligaciones
domésticas?
15. ¿Tengo enemistad, odio o rencor contra alguien?
16. ¿Evito que las diferencias políticas o profesionales degeneren en
indisposición, malquerencia u odio hacia las personas?
17. ¿He hecho daño a otros de palabra o de obra?
18. ¿He practicado, aconsejado o facilitado el grave crimen del aborto?
19. ¿Me he embriagado, bebido con exceso o tomado drogas?
20. ¿He descuidado mi salud? ¿He sido imprudente en la conducción de vehículos?
21. ¿He sido causa de que otros pecasen por mi conversación, mi modo de vestir,
mi asistencia a algún espectáculo o con el préstamo de algún libro o revista?
¿He tratado de reparar el escándalo?
22. ¿He sido perezoso en el cumplimiento de mis deberes? ¿Retraso con frecuencia
el momento de ponerme a trabajar o a estudiar?
23. ¿He aceptado pensamientos o miradas impuras?
24. ¿He realizado actos impuros? ¿Solo o con otras personas? ¿Del mismo o
distinto sexo? ¿En cuántas ocasiones? ¿Hice algo por impedir las consecuencias
de esas relaciones?
25. Antes de asistir a un espectáculo o de leer un libro, me entero de su
calificación moral?
26. ¿He usado indebidamente el matrimonio? ¿Acepto y vivo conforme a la doctrina
de la Iglesia en esta materia?
27. ¿He tomado dinero o cosas que no son mías? ¿En su caso, he restituido o
reparado?
28. ¿He engañado a otros cobrando más de lo debido?
29. ¿He malgastado el dinero? ¿Doy limosna según mi posición?
30. ¿He prestado mi apoyo a programas de acción social o política inmorales o
anticristianos?
31. ¿He dicho mentiras? ¿He reparado el daño que haya podido seguirse?
32. ¿He descubierto, sin causa justa, defectos graves de otras personas?
33. ¿He hablado o pensado mal de otros? ¿He calumniado?
34. ¿Soy ejemplar en mi trabajo? ¿Utilizo cosas de la empresa en provecho propio
o faltando a la justicia?
35. ¿Estoy dispuesto a sufrir una merma en mi reputación profesional antes de
cometer o cooperar formalmente en una injusticia?
36. ¿Me preocupo de influir --con naturalidad y sin respetos humanos-- para
hacer más cristiano el ambiente a mi alrededor? ¿Sé defender a Cristo y a la
doctrina de la Iglesia?
37. ¿Hago el propósito de plantearme más en serio mi formación cristiana y mis
relaciones con Dios?
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LISTA HIJOS DE DIOS, DEDICADA A LA VIRGEN SANTISIMA, MADRE DE DIOS Y
MADRE NUESTRA
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From: BUZÓN CATÓLICO
Queridos buzoneros:
NUEVA SECCIÓN:
Hoy hemos inaugurado una nueva sección titulada "Amistad de calidad" que llevará
nuestro nuevo colaborador el padre Pablo Prieto. Se trata de puntos de reflexión
sobre las relaciones interpersonales a luz del Evangelio y que saldrán
aproximadamente cada quincena. Esta sección se inaugura aparte de las otras dos
anunciadas en el BC de abril y que lo harán en breve.
PARA LOS BUZONEROS QUE SE CONECTAN CON ADSL:
Posibles retrasos en la actualización de las páginas en los usuarios conectados
a la red con ADSL.-
Telefónica ha incluido en las conexiones de Internet que están en España un
nuevo servicio que hace que las páginas se recarguen mucho más rápidamente en
los navegadores. Esta aparente nueva ventaja tiene la contra de que para
aquellos que se conectan vía ADSL y visualizen páginas con marcos (como la del
Buzón Católico), puede que algunas páginas tarden en verse actualizadas de unas
horas a algunos días. Es decir, que el Sitio puede haberse actualizado un día, y
los usuarios que se conecten a él vía ADSL puedan ver algunas páginas (el menú,
la página de entrada o la de novedades.) tal cual estaban el día anterior.
Curiosamente esto no afecta a las páginas totalmente nuevas.
En el Buzón Católico estamos haciendo todo lo posible para evitar estos
inconvenientes del nuevo servicio de telefónica (llamado proxy-caché); pero
hasta entonces, y especialmente para las secciones regulares como la de Homilía,
Santoral, Cine o la Tarea de la Semana intenten acceder a ellas no sólo a través
de novedades sino también directamente al índice de cada sección que quieran
consultar.
Rogamos disculpas por los inconvenientes que esto les pueda ocasionar, aunque
son totalmente ajenos a nuestra gestión. Como el problema afecta a todos los
usuarios de ADSL y a todas las páginas de Internet que tienen marcos, toda la
comunidad de usuarios de Internet están trabajando en la forma de solucionar
este asunto. Desde que esté solucionado les informaremos puntualmente.
Gracias y que Dios les conceda a todos una Semana Santa vivida en plenitud.
www.buzoncatolico.com
[Se han eliminado los trozos de este mensaje que no contenían texto]
ORACIÓN INICIAL PARA CADA DÍA
Señor mío, Jesucristo, creo firmemente que estás aquí; en estos pocos
minutos de oración que empiezo ahora quiero pedirte y agradecerte.
PEDIRTE la gracia de darme más cuenta de que Tú vives, me escuchas y
me amas; tanto, que has querido morir libremente por mí en la cruz y
renovar cada día en la Misa ese sacrificio.
Y AGRADECERTE con obras lo mucho que me amas: ¡ Tuyo soy, para ti
nací ! ¿qué quieres, Señor, de mí?
ORACIÓN FINAL
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en la Cruz y escarnecido.
Muéveme ver tu cuerpo tan herido
muéveme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, de tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera;
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
Día 33º. QUINTO DOMINGO. (6 de Abril)
El Señor me puso barro en los ojos, me lavé y veo; he empezado a
creer en Dios. Señor Dios, luz que alumbras a todo hombre que viene
a este mundo, ilumina nuestro espíritu con la claridad de tu gracia,
para que nuestros pensamientos sean dignos de ti y aprendamos a
amarte de todo corazón. Por Nuestro Señor Jesucristo. Amén.
Continúa hablándole a Dios con tus palabras.
Día 34º. QUINTO LUNES. (7 DE Abril)
Dolor de los pecados porque pensaba en ti. "¡Qué dolor de muelas! No
puedo estudiar, ni leer, ni jugar, y ni siquiera puedo dormir ", se
quejaba desconsoladamente. Alguna vez habrás tenido dolor fuerte de
algo, ¡qué pesadilla!
Pues bien, el dolor de los pecados NO es así. Para perdonarnos en la
confesión Dios nos pide dolor, y este dolor consiste en tres cosas:
1) reconocer que se ha pecado voluntariamente; 2) desear no haberlo
hecho; 3) querer no volver a hacerlo y, para ello, poner los medios
oportunos.
Es bueno que fomentes y busques el dolor de ¡os pecados. Cristo, como
Hombre que era, padeció todos los sufrimientos de su Pasión hace
muchos siglos. Pero como Dios es eterno, no tiene tiempo: no hay para
El un antes y un después. Todo está presente ahora delante de El. Es
igual el año 580 que el 1990 o el 3150.
Y en el año 30, cuando cargó con la cruz, y le atravesaron sus manos
y pies con clavos, etc., tenía presente en su cabeza divina todo lo
que yo ?y cualquier otro hombre? hacemos ahora y en cualquier otro
momento de la historia. Por eso en el año 30 PENSABA EN TI, Y TU
ESTABAS PRESENTE EN LA PASIÓN.
Dame, Señor, dolor de mis pecados. Dolor de amor. Lo que yo hago te
afecta. Tú pensabas en mí en tu pasión. Y cada día, en cada misa,
renuevas tu pasión. Y la renuevas pensando en mí. Gracias, y
auméntame el dolor de mis pecados
Continúa hablándole a Dios con tus palabras
Día 35º. QUINTO MARTES. (8 de Abril)
¿Puedo ayudarte en algo, Dios mío? En una obra del escritor brasileño
Pedro Bloch encuentro un diálogo con un niño que me deja literalmente
conmovido.
¿Rezas a Dios? ?pregunta Bloch.
Sí, cada noche, contesta el niño.
¿Y qué le pides?
Nada. Le pregunto si puedo ayudarle en algo.
Y ahora soy yo quien me pregunto a mí mismo qué sentirá Dios al oír a
este chiquillo que no va a Él, como la mayoría de los mayores,
pidiéndole dinero, salud, amor o abrumándole de quejas, de protestas
por lo mal que marcha el mundo, y que en cambio, lo que hace es
simplemente ofrecerse a echarle una mano, si es que la necesita para
algo.
Que muchos días le reces así a Dios.
Coméntale a Dios con tus palabras algo de lo que has leído.
Después termina con la oración final.
Día 36º. QUINTO MIERCOLES. (9 de Abril)
Sé fiel en lo poco. Plinio, un escritor romano de la antigüedad,
cuenta que unos sicarios asesinaron a un hombre que tenía un perro.
El perro, que se había quedado sin amo, permaneció junto al cadáver
de su amo muchos días, para impedir que las aves de rapiña o las
fieras carroñeras lo devorasen.
Habla también de otro perro de un ciudadano romano condenado a
muerte, que no quiso alejarse de la cárcel donde estaba preso su amo.
Hasta después de¡ suplicio ?añade? permaneció junto al cadáver,
manifestando su dolor con tristes ladridos. Y cuando el cuerpo del
amo fue arrojado al Tíber, se lanzó también al río, donde le vieron
emplear todas sus fuerzas para impedir que se hundiera el cadáver.
Es el instinto de los animales. No podemos hablar de auténtico amor.
Pero da la impresión de que hasta las criaturas irracionales nos dan
lecciones, nos exhortan a dar gracias, a amar y ser fieles a los
demás.
¿Eres tú fiel en lo poco? ¿Hablas mal de alguien que no está
presente? ¿Cuándo quedas en algo, lo cumples? ¿Dices siempre la
verdad, aunque sea en tonterías? ¿Engañas en el juego? Señor, que sea
fiel en lo poco, que sea fiel a los demás y a Ti.
Continúa hablándole a Dios con tus palabras
Día 37º. QUINTO JUEVES. (10 de Abril)
Gracia. Hace unos años dos amigos que estaban haciendo vela cerca de
Bakio fueron llevados por una corriente mar adentro. Tan solo uno de
ellos llevaba chaleco salvavidas y éste preguntó a su amigo: "¿Estás
en gracia?". El otro reconoció que no, y el primero le dio su
salvavidas porque él tenía a Jesús en el alma: Si se ahogaba iría al
Cielo.
¿Te das cuenta de lo importante que es estar en gracia, como este
chico que se arriesgó a morir ahogado para que su amigo pudiese vivir
con Jesús en el alma?
Jesús dijo que Dios vive en el alma que está en gracia: vive conmigo
ayudándome, dándome luz para entender, fuerza para luchar y vencer,
deseos buenos, amor y comprensión, etc. Viviendo Dios en mí, Dios me
da una vida nueva y distinta. Por eso, vivir en gracia es lo más
importante: porque es vivir con Dios.
Pide que tus amigos y familia vivan siempre en gracia de Dios.
Continúa hablándole a Dios con tus palabras
Día 38º. QUINTO VIERNES. (11 DE Abril)
Desanimarse es una tontería. Escucha el consejo que da el barrendero
a Momo: "Cuando barro, las cosas son así: a veces tienes ante ti una
calle larguísima. Te parece tan terriblemente larga que crees que
nunca podrás acabar. Y entonces te empiezas a dar prisa. Cada vez que
levantas la vista, ves que la calle no se hace más corta. Y te
esfuerzas más todavía, al final estás sin aliento. Y la calle sigue
estando por delante... Nunca se ha de pensar en toda la calle de una
vez ¿entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente.... entonces
es divertido... de repente uno se da cuenta de que, paso a paso, se
ha barrido toda la calle."
Ser santo, amar mucho a Dios... cualquier meta se alcanza siempre.
Consiste en dar un paso cada día; por eso, no te desanimes nunca: haz
bien hoy las pequeñas cosas del día.
¡Qué no me desanime Señor, que es una tontería! Poco a poco, con
pequeños pocos, conseguiré hacer realidad las cosas grandes que
quiero y Tú también quieres en mi vida.
Continúa hablándole a Dios con tus palabras
Día 39º. QUINTO SABADO. (12 de Abril)
Cámbiate por Jesús. Barrabás es un personaje del evangelio que no
parece muy importante, pero si nos fijamos, cada uno de nosotros
estamos representados por él. Cuando Barrabás iba a morir por haber
matado a un soldado, Jesús apareció y le cambiaron por él, y murió
Jesús en vez de Barrabás. El Señor se cambió por cada uno de nosotros
para que no muriéramos a la vida del alma y para que pudiéramos nacer
de nuevo a la vida de la gracia después del pecado, nacer a la vida
para poder ir también al cielo. Todo lo que hizo fue para que
tuviéramos la oportunidad de amarle.
Y los hombres hemos pagado ese amor tuyo, Señor, con pecados y faltas
de amor. Jesús sabía que íbamos a pagarle así, que íbamos a serle
desagradecidos, y aun así decidió entregarse para que le amáramos.
Puedes imaginarte ahora tú, cambiándote por Jesús en la Cruz de cada
día: faenas que te hacen, enfados, cosas que no te salen, pequeñas
contrariedades... y coger así tu cruz de cada día llevándola con
alegría.
Continúa hablándole a Dios con tus palabras
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La misión de Jesús
V Domingo de Cuaresma
Evangelio: Jn 12, 20-33 Entre los que subieron a adorar a Dios en
la fiesta había algunos griegos. Así que éstos se acercaron a Felipe, el de
Betsaida de Galilea, y comenzaron a rogarle:
-Señor, queremos ver a Jesús.
Vino Felipe y se lo dijo a Andrés, y Andrés y Felipe fueron y se
lo dijeron a Jesús. Jesús les contestó:
-Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. En
verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no muere al caer en tierra,
queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto. El que ama su vida la
perderá, y el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida
eterna. Si alguien me sirve, que me siga, y donde yo estoy allí estará también
mi servidor. Si alguien me sirve, el Padre le honrará.
"Ahora mi alma está turbada; y ¿qué voy a decir?: "¿Padre,
líbrame de esta hora?" ¡Pero si para esto he venido a esta hora! ¡Padre,
glorifica tu nombre!
Entonces vino una voz del cielo:
-Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré.
La multitud que estaba presente y la oyó decía que había sido un
trueno. Otros decían:
-Le ha hablado un ángel.
Jesús respondió:
-Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora es el
juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo va a ser arrojado fuera. Y
yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí.
Decía esto señalando de qué muerte iba a morir.
La misión de Jesús
Varios detalles de la vida del Señor nos ofrece san Juan en este
pasaje evangélico. Nos podríamos fijar en ellos, tratando de extraer las ricas
enseñanzas que el Espíritu Santo pone a nuestra consideración para desarrollo de
cada uno a través del evangelista. Ahí están, y vale la pena que meditemos cada
expresión de estos versículos escritos y transmitidos por la voluntad de Dios:
en todo tiempo son actuales. Procuremos esta vez, sin embargo, fijarnos en la
figura de Cristo que manifiesta ya cual será la clave de su victoria salvadora:
lograr la vida eterna para el hombre, que es el sentido -razón de ser- de la
Redención.
Jesús lo manifiesta de modo insistente. Hasta lo recalca con una
bella imagen para que nos entre bien por los ojos: si el grano de trigo no muere
al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto. Es, en
este mundo, la condición necesaria para el vedadero amor. El bien ajeno y propio
real únicamente lo logramos a costa de nosotros mismos. Es lo que ha quedado
dicho con tantas expresiones que ya son clásicas: "quien algo quiere, algo le
cuesta"; "ningún ideal se hace realidad sin sacrificio"; "el dolor es la piedra
de toque del amor"; o, "en nuestra actual condición, no puede expresarse amor
sino en categorías de sufrimiento". Y en la medida en que se espera un mayor
bien o que sean muchos los que participen del amor, el dolor debe ser entonces
más intenso y más total la renuncia.
No se tratará, pues, de eludir la adversidad que de ordinario se
nota mientras procuramos el bien. Se tratará, por el contrario, de perseverar en
el intento, amando, a pesar del dolor. Esa perseverancia es la mejor prueba de
un verdadero amor. Consiste en olvidarse de lo propio: aborrecer la vida en este
mundo, dice Jesús, es condición para salvarla en la vida eterna. Por el
contrario, el que ama su vida la perderá. Concluímos, por tanto, que nuestra
existencia -esta vida que llena de actividad queremos que nos enriquezca: en la
que deseamos triunfar- no debemos orientarla al éxito o al confort humanos,
sino, más bien, a la entrega decidida de cuanto humanamente satisface, para que
otros ganen por la energía y los medios que les dedicamos, que podríamos haber
empleado en nosotros mismos.
Aquellos griegos, deseosos de conocer a Jesús, posiblemente
esperaban ver en Él un prodigio de esplendor y gloria humanos: de fuerza, de
sabiduría, de capacidades extraordinariamente espectaculares; pero el Señor es
tajante y no ofrece el espectáculo que esperan. En ningún momento niega su
extraordinaria virtud, ni afirma que le falten poder y sabiduría. Pero, siendo
Dios no hizo alarde de su condición divina, dirá san Pablo. Así nos muestra la
grandeza de su amor. Muestra además su absoluta superioridad sobre todo hombre,
con su voluntad eficaz, efectiva, de entregarse libremente hasta la muerte por
la humanidad.
Ese momento de la entrega es el "momento" de Jesucristo: el
momento para el que ha venido a este mundo. Por duro que le resulte, no debe
huir de él ni desear verse libre del tremendo dolor que le supone: ¡para esto he
venido a esta hora!, declara. Y, acto seguido, pide y obtiene una confirmación
en el Cielo, no para Sí, que no la necesita, sino para el pueblo que le escucha:
Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré. El Padre eterno aprueba
expresamente la actitud del Hijo.
Y Jesús concluye, declarando lo que será la única condición para
la eficacia de su misión redentora: cuando yo sea levantado de la tierra,
atraeré a todos hacia mí. Una fuerza divina nos impulsa hasta la misma
divinidad. Nuestra pobre humanidad puede compartir la existencia con el Creador.
Pero para ser atraídos hasta El, Cristo debe ser levantado sobre el mundo:
muriendo sobre la Cruz en redención por los hombres y alzado sobre nuestra
existencia como un ideal que ilumine, guíe e impulse hasta Dios la vida de los
hombres.
¿Quiero yo, como Santa María, que toda mi vida esté iluminada e
inspirada por Jesucristo y sólo por El? ¿Deseo, en concreto, de la mañana a la
noche, temerle presente mientras camino, cuando descanso, en el trabajo? Quizá,
de un modo particular en el trabajo; que debe ser un acto permanente de
adoración, porque pretendo entonces ante todo servir, morir a mí mismo, como el
grano de trigo, para que haya muchos más que, a su vez, deseen también dar la
vida por Dios, imitando a su Madre, para también vivir en El.
[Se han eliminado los trozos de este mensaje que no contenían texto]
LA UTOPIA DE JESUS
Juan Mateos
Relación con los movimientos de su época
Usando la terminología de aquel tiempo, pueden llamarse movimientos
utópicos judíos aquellos que esperaban la llegada del reinado de Dios
sobre Israel. Entre ellos pueden distinguirse diversas tendencias.
Los saduceos
El movimiento antiutópico por excelencia estaba constituido por el
grupo saduceo, integrado por la clase pudiente, tanto civil como
sacerdotal. Era la aristocracia de Israel y estaba formado por los
miembros de las familias más ricas del país. Ellos dominaban por su
número en el Gran Consejo o Sanedrín. La aristocracia sacerdotal
administraba el templo. El sumo sacerdote primado era el jefe
religioso y político de la nación; su persona era sagrada. Sin
embargo, el influjo de la clase sacerdotal sobre el pueblo había
disminuido mucho, pasando a los fariseos y letrados, quienes, a
través de la institución sinagogal, estaban en estrecho contacto con
el pueblo llano, al que transmitían, mediante la enseñanza, la
tradición farisea. Respecto a la dominación romana los saduceos
habían llegado a un status quo, a una especie de concordato tácito,
por el que los romanos reconocían la autoridad del sumo sacerdote y
del Gran Consejo en los asuntos internos, aunque con ciertas
limitaciones, mientras los dirigentes procuraban evitar conflictos
abiertos con el poder romano. De ahí que los movimientos populares
los tacharan de colaboracionistas.
La actitud de Jesús con ellos es distante. Los saduceos se oponen a
su enseñanza en el templo, y le tienden trampas para desacreditarlo.
Para Jesús, el pecado saduceo es el materialismo; no tienen más
horizonte que el de esta vida y procuran gozar en ella de todo
privilegio. Esa actitud tiene por causa su desconocimiento del
verdadero Dios: tal es la condición de los jefes religiosos de
Israel. Son los saduceos, en particular los sumos sacerdotes, quienes
exigen de Pilato la condena de Jesús (Jn 19,15.21) y azuzan a la
gente contra él (Mc 15,11). No les interesa la utopía ni el reino de
Dios, que pondría en cuestión su hegemonía. Se conforman con la
situación existente, que les asegura el poder.
Los fariseos
De los movimientos que pueden llamarse utópicos, el primero y más
importante era el de los fariseos, caracterizados por la rigurosa
observancia de la Ley de Moisés. Ciertamente anhelaban la llegada del
reinado de Dios, pero consideraban que este hecho se produciría por
exclusiva acción divina. Su idea de la trascendencia divina, que
excavaba un abismo entre Dios y el hombre, les impedía concebir que
tocaba al hombre cooperar en la llegada del Reino. Para ellos, la
única tarea del hombre era la minuciosa observancia de la Ley,
pensando que esto aceleraría la acción exclusivamente divina. Ante
los acuciantes problemas sociales de su tiempo no tenían propuesta
que hacer. Sólo recomendaban el estudio de la Ley, la piedad
individual y la absoluta sumisión a Dios.
Puede caracterizarse esta tendencia como un espiritualismo devoto sin
compromiso alguno con la realidad social. Aunque estaban en profundo
desacuerdo con el sacerdocio dirigente, no habían roto con la
institución religiosa; asistían al templo y al culto. Concebían el
reinado de Dios como una restauración purificadora de las
instituciones tradicionales. Por otra parte, un sector del movimiento
fariseo, el grupo de los letrados, formaba parte del Consejo supremo
o Sanedrín y, con ello, participaban en el poder político y
religioso. Por su fama de santidad tenían, además, un enorme influjo
sobre el pueblo, que respetaba a los letrados como a maestros.
En los evangelios, el enfrentamiento de Jesús con los fariseos y
letrados es continuo. Jesús les echa en cara el ideal que se han
propuesto, la perfecta observancia de la Ley, llevada con sus
interpretaciones hasta el absurdo. Esta pretensión los lleva al
engreimiento y a buscar la fama de santidad que los permite dominar y
explotar al pueblo (Mt 6,2.5.16; Mc 12.28-40). Por otra parte,
desemboca en muchos casos en la hipocresía (Mt 15,7; 23,25).
También denuncia Jesús su falta de compromiso: son ellos quienes
filtran el mosquito y se tragan el camello, es decir, los que pagan
religiosamente el diezmo del comino, pero se despreocupan de la
justicia y del derecho (Mt 23,23).
Desprecian al pueblo que no conoce la Ley ni puede dedicarse a una
observancia tan absorbente (Jn 7,49) ; pero, además, Jesús denuncia
que la ideología que propugnan, centrando al hombre en complacer a
Dios por la minucia continua, le quita toda libertad e iniciativa,
reduciéndolo a un estado de invalidez humana (Mc 3,1-7a).
El ideal fariseo de un reino de Dios fundado en la perfecta
observancia de la Ley, impuesta por el Mesías-maestro, es el que Juan
refuta en su evangelio en la escena de Nicodemo (Jn 3,1-12). Para
Jesús, no es la imposición externa de normas las que construyen una
sociedad nueva, sino la existencia del hombre nuevo, movido por el
Espíritu (Jn 3,3).
Los zelotas
Del movimiento fariseo derivó, por lo que parece, el grupo de los
zelotas. También fanáticos de la Ley, no se conformaban con la
inactividad de los fariseos; pensaban que había que colaborar en la
llegada del Reino, tanto en la liberación del yugo extranjero como en
la reforma de las instituciones. Nutrían así por una parte un odio
implacable contra el invasor y pensaban encontrar la solución en una
sublevación armada que sería apoyada por Dios; respecto a la
situación interior de la nación, eran muy sensibles a la injusticia
social y propugnaban un reformismo violento, acusando a las
autoridades de colaboracionismo con el poder romano. La situación de
hambre y falta de trabajo que se padecía sobre todo en Galilea, donde
predominaba el latifundio, hacía que encontrasen eco en las
multitudes de miserables que carecían de medios para subsistir.
Naturalmente, tampoco los zelotas discutían la legitimidad de las
instituciones ni la diferencia de clases dentro de la sociedad.
Pretendían que mandasen "los buenos", los que coincidían con sus
ideas.
En los últimos tiempos, varios autores han querido hacer de Jesús un
zelota, pretendiendo leer entre líneas el relato evangélico. Esta
pretensión contradice, sin embargo, todo lo que explícitamente han
dejado escrito los evangelistas.
Para Jesús, el uso de la violencia no ofrece solución. Además de
condenarla en la esfera individual (Mt 5,38-42; Lc 6,29s.), tampoco
la acepta como medio para instaurar la sociedad nueva. Esta no
llegará a través del cambio de los cuadros dirigentes ni tampoco
mediante el cambio de estructuras. La solución de los zelotas, basada
en la lucha violenta por el cambio social, lleva al fracaso, pues, si
no cambian los hombres, la reforma caerá en los vicios del sistema
anterior. Solamente la existencia de una nueva clase de hombre, el
que ha renunciado a la ambición y a la revancha, permitirá la llegada
de una sociedad justa. Usar los medios violentos del sistema
significa compartir sus falsos valores. La nueva sociedad no puede
basarse sobre la coacción, sino sobre la libertad de opción. El uso
de la violencia muestra que aún no existe el hombre nuevo. Las
soluciones no vienen de fuera adentro, sino de dentro afuera. Jesús
no pretende una reforma de las instituciones; las declara todas
caducadas (Mc 2,22: "a vino nuevo, odres nuevos"), incluida la Ley
(Mc 2,28). Toca a los hombres nuevos ir encontrando en cada época la
organización social que exprese la nueva realidad y las nuevas
relaciones humanas.
Numerosos son los pasajes de los evangelios donde se alude a la
inutilidad de la violencia zelota y al rechazo que de ella hace
Jesús. A veces, se le ofrece que acepte el papel de líder popular,
para llevar a cabo la empresa. Así lo pro pone Marcos en la sinagoga
de Cafarnaún, donde el poseído por un espíritu inmundo, figura del
secuaz fanático de una ideología, lo proclama "el Consagra do por
Dios", esperando que, en vez de derribar la ideología nacionalista
del sistema judío, la haga suya y se erija en liberador nacional (Mc
1,24). Las multitudes judías y paganas, marginadas y abandonadas,
creen ver en él al líder esperado (Mc 3,11s.)
Otras veces los evangelistas utilizan imágenes, sobre todo la del
agua (éxodo violento de Moisés, con destrucción de los enemigos) y la
del fuego (celo ardiente y violento de Elías contra la monarquía
corrompida). Así, en el episodio del paralítico de Juan (Jn 1-18), la
agitación del agua en la piscina representa la rebelión violenta que
anhela el pueblo reducido a la impotencia (5,7). Jesús no secunda ese
deseo, pero ofrece al hombre la fuerza y la libertad, rompiendo con
la institución que lo sometía (5,8s.). La suegra de Pedro está en
cama con fiebre (palabra cuya raíz en griego es "fuego"), y Jesús la
cura; indica con ello Mc el intento de Jesús de separar a Pedro de
los círculos que fomentaban el espíritu reformista violento de Elías
(Mc 1,29-31). El niño endemoniado y epiléptico se veía forzado por el
mal espíritu a tirarse al fuego o al agua (se unen aquí ambas
figuras), lo que causaría su destrucción (Mc 9,22). La escena de
Getsemaní, donde un discípulo saca el machete y ataca al siervo del
sumo sacerdote (Mt 26,51), representante en la escena de la más alta
jerarquía del judaísmo, expresa el espíritu reformista violento que
poseía al grupo de discípulos. Jesús le ordena renunciar a la
resistencia (Mt 26,52).
En cuanto a la otra característica de los zelotas, el odio a los
romanos invasores y el deseo de revancha, nada más opuesto al
espíritu de Jesús. El, que pro clama y practica el amor y la
fraternidad universal de hombres y pueblos, no puede querer la ruina
de los romanos, ni la venganza contra ellos (cf. Mt 8,5-13 par.). Por
eso no arenga a la rebelión armada, sino que enseña el amor a los
enemigos (Mt 5,44 par.). Para él, las naciones paganas son, como la
judía, pueblos oprimidos por minorías dirigentes (Mc 10,42). La labor
de todos los que siguen a Jesús, también de los discípulos de origen
judío, es ponerse al servicio de esos oprimidos de toda raza para
rescatarlos de su esclavitud (Mc 10,45). Tal es el sentido de la
misión universal, propia de los grupos cristianos.
Los esenios
El grupo de los esenios no se nombra en los evangelios. Constituían
una secta fanática y exclusivista y se consideraban los únicos
constituyentes del verdadero Israel. Habían roto por completo con la
institución religiosa, pues consideraban ilegítimo el sumo sacerdocio
existente. Vivían separados, en el desierto o en las ciudades; tenían
sus propios ritos de iniciación y pronunciaban terribles juramentos
de guardar secreto lo que concernía a la secta. Esperaban la llegada
de un Ungido de Aarón, es decir, de un nuevo sumo sacerdote, y de un
Ungido de David, es decir, el mesías guerrero. Un conflicto final
daría la victoria a los hijos de la luz sobre los de las tinieblas,
que eran todos excepto ellos mismos. En la época de Jesús no estaban
comprometidos social ni políticamente, pero en años posteriores y, en
particular, al acercarse la guerra contra Roma, fueron ganados por el
espíritu zelota.
El dicho que aparece en Mt 5,43: "Amarás a tu prójimo y odiarás a tu
enemigo", es típicamente esenio. Jesús lo desautoriza totalmente,
mostrando que es contrario al ser del Dios verdadero.
Es instructivo poner en contraste el programa de Jesús con el de los
fariseos, sus continuos adversarios. Frente a una Ley que programa la
vida, Jesús da al hombre plena libertad. No se trata ya de obedecer a
Dios, sino de ser como él (Mt 5,48), secundado el impulso del
Espíritu que él comunica y que identifica con él. Por otra parte, la
fidelidad a Dios no se expresa con la observancia minuciosa de un
código de preceptos, sino con el amor de obra a los demás.
Este amor ha de ser universal, sin establecer discriminaciones (Mt
5,43-48). Este binomio, libertad y amor, caracteriza al seguidor de
Jesús; expresa la libertad responsable, por la que el hombre, dueño
de su propia vida, la entrega para el bien de los demás.
Un hecho notable es que nunca invita Jesús a un fariseo a ser
discípulo suyo. El fariseo, esclavo de la Ley, no conoce ni desea la
libertad y, absorto en su empeño de ser fiel a Dios, olvida la
fidelidad a los hombres.
Es distinto el caso de los zelotas. En los tres evangelios sinópticos
se nota expresamente que hay un zelota en el grupo de los Doce (Mt
10,4; Mc 3,18; Lc 6,15). Esta respuesta de los zelotas al anuncio del
reinado de Dios se explica porque éstos eran sensibles a la
injusticia social y querían ponerle remedio, aun que equivocadamente
lo buscasen en la reforma violenta, dentro de un espíritu
nacionalista exaltado. Fueron los causantes de la injusticia, como
las clases dirigentes, y los indiferentes a ella, como los que
seguían las doctrinas fariseas o esenias, los que no respondieron al
mensaje de Jesús.
Exito de la utopía: la victoria sobre la muerte
La resurrección de Jesús significa su victoria sobre la muerte. El
término "resurrección" pertenece a la tradición farisea y, en el
evangelio de Marcos, Jesús lo usa exclusivamente ante oyentes judíos.
Para los hombres en general habla de "salvar la vida", en el sentido
de obtener una vida que supera la muerte. En el NT, el
término "resurrección" se usa muchas veces con sentido polémico. De
hecho, a los ojos de todos, la postura del muerto es horizontal y
la "resurrección", que significa "levantarse de nuevo", indica la
vuelta a la vida. Si Jesús fue condenado a muerte y ejecutado por los
representantes del sistema religiosopolítico judío, se dice que "Dios
lo resucitó de la muerte" (Hch 17,37; Rom 4,24) para subrayar que
Dios da la razón a Jesús en contra del sistema religioso que
pretendía tener autoridad divina. A los ojos de Dios, el condenado es
el inocente; sus jueces son los culpables. No sólo eso; con la
resurrección, Dios invalida la sentencia de muerte.
Sin embargo, dejando aparte la polémica propia de los primeros
tiempos del cristianismo, una formulación teológica más apropiada que
la de "resurrección" es la de "la vida que supera la muerte"
El fundamento de la vida que no muere está en la comunicación del
Espíritu, fuerza de vida y amor de Dios mismo. Quien posee esa vida
de calidad divina y practica el amor a los demás no puede morir. Es
más, para él la muerte física no es más que un accidente inevitable,
pero que no conlleva ninguna experiencia de destrucción (Jn
8,51: "Sí, os aseguro que quien cumpla mi mensaje no sabrá nunca lo
que es morir").
Esta vida definitiva asegura el éxito de la utopía de Jesús que no
será vencida por la muerte (cf. Mt 16,18: "y el poder de la muerte no
la derrotará"). Así se expone en el evangelio de Juan, usando las
categorías del éxodo-liberación. Jesús contrapone el fracaso del
antiguo éxodo al éxito del nuevo (Jn 6,49: "vuestros padres comieron
el maná en el desierto, pero murieron; 6,51: "quien coma pan de éste
vivirá para siempre"). Según el proyecto de Jesús, la humanidad debe
ir alcanzando el máximo de su desarrollo y su felicidad en la etapa
histórica, e ir pasando sucesivamente a la etapa final y definitiva
del Reino, que coronará lo conseguido en esta vida.
Conclusión: el Dios-amor
La actividad y el mensaje de Jesús son la consecuencia de su
experiencia de Dios como amor. Es lo que expresa la denominación "el
Padre", que designa al que, por amor, comunica a los hombres su
propia vida.
Si el Padre es amor sin límites al hombre, no puede tolerar que éste
sufra, sea oprimido o se vea impedido de alcanzar la plenitud a la
que está destinado. De la realidad del Dios-amor se deriva su
oposición a la injusticia, la actividad de Jesús en favor de los
débiles e incluso su aceptación de la muerte con objeto de llevar a
cabo su obra liberadora.
Por eso, la actividad de Jesús se dirige particularmente a los más
necesitados, a los marginados por motivos religiosos o sociales. Ella
descubre las gran des esclavitudes que impiden el desarrollo del
hombre y permiten su manipulación y explotación; son las ideologías
religiosas y nacionalistas las que favorecen la marginación e impiden
el amor y la fraternidad universal.
Pero, al mismo tiempo, la experiencia del Dios-amor impide cualquier
actividad inspirada en el odio o que procure el daño de otros; de ahí
la diferencia entre los episodios de liberación que aparecen en el AT
y la liberación que propone Jesús: quien ama está dispuesto a dar la
vida, no a quitarla, ni siquiera para salvar la propia (3).
Con los pobres de la tierra. "La justicia social en los profetas de
Israel", Cristiandad, Madrid 1985; El clamor de los profetas en favor
de la justicia, Fundación Santa María Madrid l988.
Para las bienaventuranzas, véase F. CAMACHO, La proclama del Reino.
Análisis semántico y comentario exegético de las Bienaventuranzas de
Mt 5,3-10, Cristiandad, Madrid 1986.
El tema de esta conferencia se encuentra expuesto con mayor amplitud
en J. MATEOS-F. CAMACHO CHO, El horizonte humano. La propuesta de
Jesús, El Almendro, Córdoba 1988.
From: mpoquet
La iniciativa en defensa de la vida del no nacido " Una Vida, una Esperanza" le
propone colaborar en dos de sus propuestas difundidas a través de su página web
a las que podrá acceder desde las siguientes direcciones:
Solicitud a la Conferencia Episcopal Española para la institucionalización del
"Día del Niño por Nacer"
http://www.unavidaunaesperanza.com/Formularios/Formulario_dia_de_la_Vida.htm
Testimonio a Juan Pablo II en su próxima visita apostólica a España
http://www.unavidaunaesperanza.com/Formularios/Formulario_Libro_Visitas.htm
Esperamos sean de su interés y nos ayude a difundirlas entre sus familiares y
amistades.
Atentamente: Marta Poquet
Servicio de Archivo y Documentación de la iniciativa "Una
Vida, una Esperanza"
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