Las causas de la debilidad del Islam
"Dios no cambiará la condición de un pueblo mientras éste no cambie
lo que en si tiene. Esto es así porque Dios no modifica la gracia que
dispensa a un pueblo mientras éste no cambie lo que en sí tiene".
El Corán es el libro de Dios. Ha sido enviado para guiar y dirigir a
los hombres. Ha sido concebido en árabe simple y claro. En él se
encuentra prescrito todo aquello de que el hombre tiene necesidad,
todo lo que le puede servir en su vida presente y futura (...). El
Dios Altísimo, en su libro ilustre, nos ha hecho, a todos los
musulmanes, millares de promesas. Nos ha anunciado la buena nueva
según la cual el Islam debería ocupar un rango superior al de las
demás religiones. Los musulmanes deberían ser los mejores de los
humanos y los señores de la humanidad (...).
Cuando Dios dio nacimiento a los pueblos musulmanes, éstos últimos
eran poco numerosos y no formaban más que una población
insignificante. Y pese a ello Dios los elevó al más alto grado del
poderío. Así, pudieron conducir sus pasos hasta las cumbres de las
cadenas elevadas y su poderío hizo vibrar las montañas. El eco de sus
nombres hizo sacudir a los corazones. Su aspecto terrorífico hizo
temblar los cuerpos y estallar las vísceras de los valientes. Su
extraña aparición inspiró temor a todos. Su avance extraordinario
conmovió a los espíritus. El mundo entero quedó perplejo ante este
sorprendente progreso realizado en tan corto período. Se preguntaba de
dónde vendría este "tren eléctrico" que le permitía recorrer millares
de kilómetros en un guiño (...).
Nadie pudo imaginar que este pequeño y débil grupo de hombres llevara
a la derrota a tantas naciones poderosas e implantara así en el mundo
entero su propia religión: la del Islam (...). ¿Cuáles fueron las
razones? Que los musulmanes quedaron fieles a los compromisos que
habían contraído hacia Dios. También Dios les acordó en este mundo y
en el otro su abundante gratitud: la gloria en éste y el honor en el
otro (...)
Echemos ahora un breve vistazo a la situación actual de los
musulmanes y comparémosla con su condición pasada. Hoy en el mundo,
el número de los musulmanes sobrepasa los 600 kurur (1 kurur =
500.000): eso significa que multiplican por 2.000 el número de los que
conquistaron los otros países. Su territorio, desde el océano
Atlántico (...) hasta el corazón de China, comprendía países
independientes y prósperos. Eran las mejores regiones del mundo,
dotadas de una naturaleza bella, de un clima puro, de tierras fecundas
de todas las riquezas (los dones de Dios, aptas para todos los
cultivos, centros de todos los recursos y fuentes de todas las
ciencias y los conocimientos (...)
A pesar de eso y desgraciadamente, hoy las ciudades musulmanas son
saqueadas y despojadas de sus bienes, los países del Islam dominados
por los extranjeros y sus riquezas explotadas por otros. No transcurre
un día sin que los Occidentales pongan la mano sobre una parcela de
estas tierras. No pasa una noche sin que pongan bajo su dominio una
parte de estas poblaciones que ellos ultrajan y deshonran.
Los musulmanes no son ni obedecidos ni escuchados, Se les ata con las
cadenas de la esclavitud. Se les impone el yugo de la servidumbre. Son
tratados con desprecio, sufren humillaciones. Se quema sus hogares
con el fuego de la violencia. Se habla de ellos con repugnancia. Se
cita sus nombres con términos groseros. A veces se les trata de
salvajes (...)
¡Qué desastre! ¡Qué desgracia! Y ¿eso por qué? ¿Por qué tal miseria?
Inglaterra ha tomado posesión de Egipto, del Sudán y de la península
de la India, apoderándose así de una parte importante del territorio
musulmán. Holanda se ha convertido en propietaria omnipotente de Java
y las islas del océano Pacífico. Francia posee Argelia, Túnez y
Marruecos. Rusia tomó bajo su dominio el Turquestán occidental, el
Cáucaso, la Trans-Oxiana y el Daguestán. China ha ocupado el
Turquestán oriental. Sólo un pequeño número de países musulmanes han
quedado independientes, pero en el miedo y el peligro (...). En su
propia casa son dominados y sometidos por los extranjeros que los
atormentan a todas horas mediante nuevas artimañas y oscurecen sus
días a cada instante con nuevas perfidias. Los musulmanes no
encuentran ni un camino para huir ni un medio para combatir (...)
Oh, qué gran calamidad! ¿De dónde viene esta desgracia? ¿Cómo han
llegado a este punto las cosas? ¿Dónde la majestad y la gloria de
antaño? ¿Qué fue de esta grandeza y este poderío? ¿Cómo han
desaparecido este lujo y esta nobleza? ¿Cuáles son las razones de tal
decadencia? ¿Cuáles son las causas de tal miseria y de tal
humillación? ¿Se puede dudar de la veracidad de la promesa divina?
"¡Que Dios nos preserve!". ¿Se puede desesperar de su gracia? "¡Que
Dios nos proteja!".
¿Qué hacer, pues? ¿Dónde encontrar las causas de tal situación? Dónde
buscar los móviles y a quién preguntar, sino afirmar: "Dios no
cambiará la condición de un pueblo mientras éste no cambie lo que en
sí tiene".
(1) Cita compuesta de dos versículos extraídos de dos azoras: de la 13
("El Trueno"), aleya 11 y de la azora 8 ("El Botín"), aleya 53.
Extraído de la obra de Homa Packdamar, Djama] al-Din Assad dit a]-Afghani,
París, 1996, pp. 268-274.