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Cinco siglos de prohibición del arco iris en el cielo
americano, por Eduardo Galeano
 
Al cabo de cinco siglos de negocio de toda la
cristiandad, ha sido aniquilada una tercera parte de
las selvas americanas, está yerma mucha tierra que fue
fértil y más de la mitad de la población come
salteado. Los indios, víctimas del más gigantesco
despojo de la historia universal, siguen sufriendo la
usurpación de los últimos restos de sus tierras, y
siguen condenados a la negación de su identidad  
El Descubrimiento: el 12 de octubre de 1492, América
descubrió el capitalismo. Cristóbal Colón, financiado
por los reyes de España y los banqueros de Génova,
trajo la novedad a las islas del mar Caribe.
En su diario del Descubrimiento, el almirante escribió
139 veces la palabra oro y 51 veces la palabra Dios o
Nuestro Señor. Él no podía cansar los ojos de ver
tanta lindeza en aquellas playas, y el 27 de noviembre
profetizó: Tendrá toda la cristiandad negocio en
ellas. Y en eso no se equivocó.
Colón creyó que Haití era Japón y que Cuba era China,
y creyó que los habitantes de China y Japón eran
indios de la India; pero en eso no se equivocó.
Al cabo de cinco siglos de negocio de toda la
cristiandad, ha sido aniquilada una tercera parte de
las selvas americanas, está yerma mucha tierra que fue
fértil y más de la mitad de la población come
salteado.
Los indios, víctimas del más gigantesco despojo de la
historia universal, siguen sufriendo la usurpación de
los últimos restos de sus tierras, y siguen condenados
a la negación de su identidad diferente. Se les sigue
prohibiendo vivir a su modo y manera, se les sigue
negando el derecho de ser.
Al principio, el saqueo y el otrocidio fueron
ejecutados en nombre del Dios de los cielos. Ahora se
cumplen en nombre del dios del Progreso. Sin embargo,
en esa identidad prohibida y despreciada fulguran
todavía algunas claves de otra América posible.
América, ciega de racismo, no las ve.
***
El 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón escribió en
su diario que él quería llevarse algunos indios a
España para que aprendan a hablar ("que deprendan
fablar"). Cinco siglos después, el 12 de octubre de
1989, en una corte de justicia de los Estados Unidos,
un indio mixteco fue considerado retardado mental
("mentally retarded") porque no hablaba correctamente
la lengua castellana. Ladislao Pastrana, mexicano de
Oaxaca, bracero ilegal en los campos de California,
iba a ser encerrado de por vida en un asilo público.
Pastrana no se entendía con la intérprete española y
el psicólogo diagnosticó un claro déficit intelectual.
Finalmente, los antropólogos aclararon la situación:
Pastrana se expresaba perfectamente en su lengua, la
lengua mixteca, que hablan los indios herede ros de
una alta cultura que tiene más de dos mil años de
antigüedad.
***
El Paraguay habla guaraní. Un caso único en la
historia universal: la lengua de los indios, lengua de
los vencidos, es el idioma nacional unánime. Y sin
embargo, la mayoría de los paraguayos opina, según las
encuestas, que quienes no entienden español son como
animales.
De cada dos peruanos, uno es indio, y la Constitución
de Perú dice que el quechua es un idioma tan oficial
como el español. La Constitución lo dice, pero la
realidad no lo oye. El Perú trata a los indios como
África del Sur trata a los negros. El español es el
único idioma que se enseña en las escuelas y el único
que entienden los jueces y los policías y los
funcionarios. (El español no es el único idioma de la
televisión, porque la televisión también habla
inglés.)
Hace cinco años, los funcionarios del Registro Civil
de las Personas, en la ciudad de Buenos Aires, se
negaron a inscribir el nacimiento de un niño. Los
padres, indígenas de la provincia de Jujuy, querían
que su hijo se llamara Qori Wamancha, un nombre de su
lengua. El Registro argentino no lo aceptó por ser
nombre extranjero.
Los indios de las Américas viven exiliados en su
propia tierra. El lenguaje no es una señal de
identidad, sino una marca de maldición. No los
distingue: los delata. Cuando un indio renuncia a su
lengua, empieza a civilizarse. ¿Empieza a civilizarse
o empieza a suicidarse?
***
Cuando yo era niño, en las escuelas del Uruguay nos
enseñaban que el país se había salvado del problema
indígena gracias a los generales que en el siglo
pasado exterminaron a los últimos charrúas.
"El problema indígena": los primeros americanos, los
verdaderos descubridores de América, son un problema.
Y para que el problema deje de ser un problema, es
preciso que los indios dejen de ser indios. Borrarlos
del mapa o borrarles el alma, aniquilarlos o
asimilarlos: el genocidio o el otrocidio.
En diciembre de 1976, el ministro del Interior del
Brasil anunció, triunfal, que el problema indígena
quedará completamente resuelto al final del siglo
veinte: todos los indios estarán, para entonces,
debidamente integrados a la sociedad brasileña, y ya
no serán indios. El ministro explicó que el organismo
oficialmente destinado a su protección (FUNAI,
Fundacao Nacional do Indio) se encargará de
civilizarlos, o sea: se encargará de desaparecerlos.
Las balas, la dinamita, las ofrendas de comida
envenenada, la contaminación de los ríos, la
devastación de los bosques y la difusión de virus y
bacterias desconocidos por los indios, han acompañado
la invasión de la Amazonia por las empresas ansiosas
de minerales y madera y todo lo demás. Pero la larga y
feroz embestida no ha bastado. La domesticación de los
indios sobrevivientes, que los rescata de la barbar
ie, es también un arma imprescindible para despejar de
obstáculos el camino de la conquista.
***
Matar al indio y salvar al hombre, aconsejaba el
piadoso coronel norteamericano Henry Pratt. Y muchos
años después, el novelista peruano Mario Vargas Llosa
explica que no hay más remedio que modernizar a los
indios, aunque haya que sacrificar sus culturas, para
salvarlos del hambre y la miseria.
La salvación condena a los indios a trabajar de sol a
sol en minas y plantaciones, a cambio de jornales que
no alcanzan para comprar una lata de comida para
perros. Salvar a los indios también consiste en romper
sus refugios comunitarios y arrojarlos a las canteras
de mano de obra barata en la violenta intemperie de
las ciudades, donde cambian de lengua y de nombre y de
vestido y terminan siendo mendigos y borrachos y putas
de burdel. O salvar a los indios consiste en ponerles
uniforme y mandarlos, fusil al hombro, a matar a otros
indios o a morir defendiendo al sistema que los niega.
Al fin y al cabo, los indios son buena carne de cañón:
de los 25 mil indios norteamericanos enviados a la
segunda guerra mundial, murieron 10 mil.
El 16 de diciembre de 1492, Colón lo había anunciado
en su diario: los indios sirven para les mandar y les
hacer trabajar, sembrar y hacer todo lo que fuere
menester y que hagan villas y se enseñen a andar
vestidos y a nuestras costumbres. Secuestro de los
brazos, robo del alma: para nombrar esta operación, en
toda América se usa, desde los tiempos coloniales, el
verbo reducir. El indio salvado es el indio reducido.
Se reduce hasta desaparecer: vaciado de sí, es un
no-indio, y es nadie.
***
El shamán de los indios chamacocos, de Paraguay, canta
a las estrellas, a las arañas y a la loca Totila, que
deambula por los bosques y llora. Y canta lo que le
cuenta el martín pescador:
-No sufras hambre, no sufras sed. Súbete a mis alas y
comeremos peces del río y beberemos el viento.
Y canta lo que le cuenta la neblina:
-Vengo a cortar la helada, para que tu pueblo no sufra
frío. Y canta lo que le cuentan los caballos del
cielo:
-Ensíllanos y vamos en busca de la lluvia.
Pero los misioneros de una secta evangélica han
obligado al chamán a dejar sus plumas y sus sonajas y
sus cánticos, por ser cosas del Diablo; y él ya no
puede curar las mordeduras de víboras, ni traer la
lluvia en tiempos de sequía, ni volar sobre la tierra
para cantar lo que ve. En una entrevista con Ticio
Escobar, el shamán dice: Dejo de cantar y me enfermo.
Mis sueños no saben adónde ir y me atormentan. Estoy
viejo, estoy lastimado. Al final, ¿de qué me sirve
renegar de lo mío?
El shamán lo dice en 1986. En 1614, el arzobispo de
Lima había mandado quemar todas las quenas y demás
instrumentos de música de los indios, y había
prohibido todas sus danzas y cantos y ceremonias para
que el demonio no pueda continuar ejerciendo sus
engaños. Y en 1625, el oidor de la Real Audiencia de
Guatemala había prohibido las danzas y cantos y
ceremonias de los indios, bajo pena de cien azotes,
porque en ellas tienen pacto con los demonios.
***
Para despojar a los indios de su libertad y de sus
bienes, se despoja a los indios de sus símbolos de
identidad. Se les prohíbe cantar y danzar y soñar a
sus dioses, aunque ellos habían sido por sus dioses
cantados y danzados y soñados en el lejano día de la
Creación. Desde los frailes y funcionarios del reino
colonial, hasta los misioneros de las sectas
norteamericanas que hoy proliferan en América Latina,
se crucifica a los indios en nombre de Cristo: para
salvarlos del infierno, hay que evangelizar a los
paganos idólatras. Se usa al Dios de los cristianos
como coartada para el saqueo.
El arzobispo Desmond Tutu se refiere al África, pero
también vale para América:
-Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos
la tierra. Y nos dijeron:
"Cierren los ojos y recen". Y cuando abrimos los ojos,
ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia.
***
Los doctores del Estado moderno, en cambio, prefieren
la coartada de la ilustración: para salvarlos de las
tinieblas, hay que civilizar a los bárbaros
ignorantes. Antes y ahora, el racismo convierte al
despojo colonial en un acto de justicia. El colonizado
es un sub-hombre, capaz de superstición pero incapaz
de religión, capaz de folclore pero incapaz de
cultura: el sub-hombre merece trato subhumano, y su
escaso valor corresponde al bajo precio de los frutos
de su trabajo. El racismo legitima la rapiña colonial
y neocolonial, todo a lo largo de los siglos y de los
diversos niveles de sus humillaciones sucesivas.
América Latina trata a sus indios como las grandes
potencias tratan a América Latina.
***
Gabriel René-Moreno fue el más prestigioso historiador
boliviano del siglo pasado. Una de las universidades
de Bolivia lleva su nombre en nuestros días. Este
prócer de la cultura nacional creía que los indios son
asnos, que generan mulos cuando se cruzan con la raza
blanca. Él había pesado el cerebro indígena y el
cerebro mestizo, que según su balanza pesaban entre
cinco, siete y diez onzas menos que el cerebro de raza
blanca, y por tanto los consideraba celularmente
incapaces de concebir la libertad republicana.
El peruano Ricardo Palma, contemporáneo y colega de
Gabriel René-Moreno, escribió que los indios son una
raza abyecta y degenerada. Y el argentino Domingo
Faustino Sarmiento elogiaba así la larga lucha de los
indios araucanos por su libertad: Son más indómitos,
lo que quiere decir: animales más reacios, menos aptos
para la Civilización y la asimilación europea.
El más feroz racismo de la historia latinoamericana se
encuentra en las palabras de los intelectuales más
célebres y celebrados de fines del siglo diecinueve y
en los actos de los políticos liberales que fundaron
el Estado moderno. A veces, ellos eran indios de
origen, como Porfirio Díaz, autor de la modernización
capitalista de México, que prohibió a los indios
caminar por las calles principales y sentarse en las
plazas públicas si no cambiaban los calzones de
algodón por el pantalón europeo y los huaraches por
zapatos.
Eran los tiempos de la articulación al mercado mundial
regido por el Imperio Británico, y el desprecio
científico por los indios otorgaba impunidad al robo
de sus tierras y de sus brazos.
El mercado exigía café, pongamos el caso, y el café
exigía más tierras y más brazos. Entonces, pongamos
por caso, el presidente liberal de Guatemala, Justo
Rufino Barrios, hombre de progreso, restablecía el
trabajo forzado de la época colonial y regalaba a sus
amigos tierras de indios y peones indios en cantidad.
***
El racismo se expresa con más ciega ferocidad en
países como Guatemala, donde los indios siguen siendo
porfiada mayoría a pesar de las frecuentes oleadas
exterminadoras. En nuestros días, no hay mano de obra
peor pagada: los indios mayas reciben 65 centavos de
dólar por cortar un quintal de café o de algodón o una
tonelada de caña. Los indios no pueden ni plantar maíz
sin permiso militar y no pueden moverse sin permiso de
trabajo. El ejército organiza el reclutamiento masivo
de brazos para las siembras y cosechas de exportación.

En las plantaciones, se usan pesticidas cincuenta
veces más tóxicos que el máximo tolerable; la leche de
las madres es la más contaminada del mundo occidental.
Rigoberta Menchú: su hermano menor, Felipe, y su mejor
amiga, María, murieron en la infancia, por causa de
los pesticidas rociados desde las avionetas. Felipe
murió trabajando en el café. María, en el algodón. A
machete y bala, el ejército acabó después con todo el
resto de la familia de Rigoberta y con todos los demás
miembros de su comunidad. Ella sobrevivió para
contarlo.
Con alegre impunidad, se reconoce oficialmente que han
sido borradas del mapa 440 aldeas indígenas entre 1981
y 1983, a lo largo de una campaña de aniquilación más
extensa, que asesinó o desapareció a muchos miles de
hombres y de mujeres. La limpieza de la sierra, plan
de tierra arrasada, cobró también las vidas de una
incontable cantidad de niños. Los militares
guatemaltecos tienen la certeza de que el vicio de la
rebelión se transmite por los genes.
Una raza inferior, condenada al vicio y a la
holgazanería, incapaz de orden y progreso, ¿merece
mejor suerte? La violencia institucional, el
terrorismo de Estado, se ocupa de despejar las dudas.
Los conquistadores ya no usan caparazones de hierro,
sino que visten uniformes de la guerra de Vietnam. Y
no tienen piel blanca: son mestizos avergonzados de su
sangre o indios enrolados a la fuerza y obligados a
cometer crímenes que los suicidan.
Guatemala desprecia a los indios, Guatemala se auto
desprecia. Esta raza inferior había descubierto la
cifra cero, mil años antes de que los matemáticos
europeos supieran que existía. Y habían conocido la
edad del universo, con asombrosa precisión, mil años
antes que los astrónomos de nuestro tiempo.
Los mayas siguen siendo viajeros del tiempo: ¿Qué es
un hombre en el camino? Tiempo.
Ellos ignoraban que el tiempo es dinero, como nos
reveló Henry Ford. El tiempo, fundador del espacio,
les parece sagrado, como sagrados son su hija, la
tierra, y su hijo, el ser humano: como la tierra, como
la gente, el tiempo no se puede comprar ni vender. La
Civilización sigue haciendo lo posible por sacarlos
del error.
***
¿Civilización? La historia cambia según la voz que la
cuenta. En América, en Europa o en cualquier otra
parte. Lo que para los romanos fue la invasión de los
bárbaros, para los alemanes fue la emigración al sur.
No es la voz de los indios la que ha contado, hasta
ahora, la historia de América. En las vísperas de la
conquista española, un profeta maya, que fue boca de
los dioses, había anunciado: Al terminar la codicia,
se desatará la cara, se desatarán las manos, se
desatarán los pies del mundo. Y cuando se desate la
boca, ¿qué dirá? ¿Qué dirá la otra voz, la jamás
escuchada? Desde el punto de vista de los vencedores,
que hasta ahora ha sido el punto de vista único, las
costumbres de los indios han confirmado siempre su
posesión demoníaca o su inferioridad biológica. Así
fue desde los primeros tiempos de la vida colonial:
¿Se suicidan los indios de las islas del mar Caribe,
por negarse al trabajo esclavo? Porque son holgazanes.

¿Andan desnudos, como si todo el cuerpo fuera cara?
Porque los salvajes no tienen vergüenza.
¿Ignoran el derecho de propiedad, y comparten todo, y
carecen de afán de riqueza? Porque son más parientes
del mono que del hombre.
¿Se bañan con sospechosa frecuencia? Porque se parecen
a los herejes de la secta de Mahoma, que bien arden en
los fuegos de la Inquisición.
¿Jamás golpean a los niños, y los dejan andar libres?
Porque son incapaces de castigo ni doctrina.
¿Creen en los sueños, y obedecen a sus voces? Por
influencia de Satán o por pura estupidez.
¿Comen cuando tienen hambre, y no cuando es hora de
comer? Porque son incapaces de dominar sus instintos.
¿Aman cuando sienten deseo? Porque el demonio los
induce a repetir el pecado original.
¿Es libre la homosexualidad? ¿La virginidad no tiene
importancia alguna? Porque viven en la antesala del
infierno.
***
En 1523, el cacique Nicaragua preguntó a los
conquistadores:
-Y al rey de ustedes, ¿quién lo eligió?
El cacique había sido elegido por los ancianos de las
comunidades. ¿Había sido el rey de Castilla elegido
por los ancianos de sus comunidades? La América
precolombina era vasta y diversa, y contenía modos de
democracia que Europa no supo ver, y que el mundo
ignora todavía. Reducir la realidad indígena americana
al despotismo de los emperadores incas, o a las
prácticas sanguinarias de la dinastía azteca, equivale
a reducir la realidad de la Europa renacentista a la
tiranía de sus monarcas o a las siniestras ceremonias
de la Inquisición.
En la tradición guaraní, por ejemplo, los caciques se
eligen en asambleas de hombres y mujeres -y las
asambleas los destituyen si no cumplen el mandato
colectivo. En la tradición iroquesa, hombres y mujeres
gobiernan en pie de igualdad. Los jefes son hombres;
pero son las mujeres quienes los ponen y deponen y
ellas tienen poder de decisión, desde el Consejo de
Matronas, sobre muchos asuntos fundamentales de la
confederación entera. Allá por el año 1600, cuando los
hombres iroqueses se lanzaron a guerrear por su
cuenta, las mujeres hicieron huelga de amores. Y al
poco tiempo los hombres, obligados a dormir solos, se
sometieron al gobierno compartido.
***
En 1919, el jefe militar de Panamá en las islas de San
Blas, anunció su triunfo:
-Las indias kunas ya no vestirán molas, sino vestidos
civilizados.
Y anunció que las indias nunca se pintarían la nariz
sino las mejillas, como debe ser, y que nunca más
llevarían aros en la nariz, sino en las orejas. Como
debe ser.
Setenta años después de aquel canto de gallo, las
indias kunas de nuestros días siguen luciendo sus aros
de oro en la nariz pintada, y siguen vistiendo sus
molas, hechas de muchas telas de colores que se cruzan
con siempre asombrosa capacidad de imaginación y de
belleza: visten sus molas en la vida y con ella se
hunden en la tierra, cuando llega la muerte.
En 1989, en vísperas de la invasión norteamericana, el
general Manuel Noriega aseguró que Panamá era un país
respetuosos de los derechos humanos:
-No somos una tribu -aseguró el general.
***
Las técnicas arcaicas, en manos de las comunidades,
habían hecho fértiles los desiertos en la cordillera
de los Andes. Las tecnologías modernas, en manos del
latifundio privado de exportación, están convirtiendo
en desiertos las tierras fértiles en los Andes y en
todas partes.
Resultaría absurdo retroceder cinco siglos en las
técnicas de producción; pero no menos absurdo es
ignorar las catástrofes de un sistema que exprime al
hombre y arrasa los bosques y viola la tierra y
envenena los ríos para arrancar la mayor ganancia en
el plazo menor. ¿No es absurdo sacrificar a la
naturaleza y a la gente en los altares del mercado
internacional? En ese absurdo vivimos; y lo aceptamos
como si fuera nuestro único destino posible.
Las llamadas culturas primitivas resultan todavía
peligrosas porque no han perdido el sentido común.
Sentido común es también, por extensión natural,
sentido comunitarios. Si pertenece a todos el aire,
¿por qué ha de tener dueño la tierra? Si desde la
tierra venimos, y hacia la tierra vamos, ¿acaso no nos
mata cualquier crimen que contra la tierra se comete?
La tierra es cuna y sepultura, madre y compañera. Se
le ofrece el primer trago y el primer bocado; se le da
descanso, se la protege de la erosión. El sistema
desprecia lo que ignora, porque ignora lo que teme
conocer. El racismo es también una máscara del miedo.
¿Qué sabemos de las culturas indígenas? Lo que nos han
contado las películas del Far West. Y de las culturas
africanas, ¿qué sabemos? Lo que nos ha contado el
profesor Tarzán, que nunca estuvo.
Dice un poeta del interior de Bahía: Primero me
robaron del África. Después robaron el África de mi.
La memoria de América ha sido mutilada por el racismo.
Seguimos actuando como si fuéramos hijos de Europa, y
de nadie más.
***
A fines del siglo pasado, un médico inglés, John Down,
identificó el síndrome que hoy lleva su nombre. Él
creyó que la alteración de los cromosomas implicaba un
regreso a las razas inferiores, que generaba mongolian
idiots, negroid idiots y aztec idiots.
Simultáneamente, un médico italiano, Cesare Lombrosos,
atribuyó al criminal nato los rasgos físicos de los
negros y de los indios.
Por entonces, cobró base científica la sospecha de que
los indios y los negros son proclives, por naturaleza,
al crimen y a la debilidad mental. Los indios y los
negros, tradicionales instrumentos de trabajo, vienen
siendo también desde entonces, objetos de ciencia.
En la misma época de Lombroso y Down, un médico
brasileño, Raimundo Nina Rodrigues, se puso a estudiar
el problema negro. Nina Rodrigues, que era mulato,
llegó a la conclusión de que la mezcla de sangres
perpetúa los caracteres de las razas inferiores, y que
por tanto la raza negra en el Brasil ha de constituir
siempre uno de los factores de nuestra inferioridad
como pueblo. Este médico psiquiatra fue el primer
investigador de la cultura brasileña de origen
africano. La estudió como caso clínico: las religiones
negras, como patología; los trances, como
manifestaciones de histeria. Poco después, un médico
argentino, el socialista José Ingenieros, escribió que
los negros, oprobiosa escoria de la raza humana, están
más próximos de los monos antropoides que de los
blancos civiliz ados. Y para demostrar su irremediable
inferioridad, Ingenieros comprobaba: Los negros no
tienen ideas religiosas.
En realidad, las ideas religiosas habían atravesado la
mar, junto a los esclavos, en los navíos negreros. Una
prueba de obstinación de la dignidad humana: a las
costas americanas solamente llegaron los dioses del
amor y de la guerra. En cambio, los dioses de la
fecundidad, que hubieran multiplicado las cosechas y
los esclavos del amo, se cayeron al agua.
Los dioses peleones y enamorados que completaron la
travesía, tuvieron que disfrazarse de santos blancos,
para sobrevivir y ayudar a sobrevivir a los millones
de hombres y mujeres violentamente arrancados del
África y vendidos como cosas. Ogum, dios del hierro,
se hizo pasar por san Jorge o san Antonio o san
Miguel, Shangó, con todos sus truenos y sus fuegos, se
convirtió en santa Bárbara. Obatalá fue Jesucristo y
Oshún, la divinidad de las aguas dulces, fue la Virgen
de la Candelaria...
Dioses prohibidos. En las colonias españolas y
portuguesas y en todas las demás: en las islas
inglesas del Caribe, después de la abolición de la
esclavitud se siguió prohibiendo tocar tambores o
sonar vientos al modo africano, y se siguió penando
con cárcel la simple tenencia de una imagen de
cualquier dios africano. Dioses prohibidos, porque
peligrosamente exaltan las pasiones humanas, y en
ellas encarnan. Friedrich Nietzsche dijo una vez:
-Yo sólo podría creer en un dios que sepa danzar.
Como José Ingenieros, Nietzsche no conocía a los
dioses africanos. Si los hubiera conocido, quizá
hubiera creído en ellos. Y quizá hubiera cambiado
algunas de sus ideas. José Ingenieros, quién sabe.
***
La piel oscura delata incorregibles defectos de
fábrica. Así, la tremenda desigualdad social, que es
también racial, encuentra su coartada en las taras
hereditarias. Lo había observado Humboldt hace
doscientos años, y en toda América sigue siendo así:
la pirámide de las clases sociales es oscura en la
base y clara en la cúspide. En el Brasil, por ejemplo,
la democracia racial consiste en que los más blancos
están arriba y los más negros abajo.
James Baldwin, sobre los negros en Estados Unidos:
-Cuando dejamos Mississipi y vinimos al Norte, no
encontramos la libertad. Encontramos los peores
lugares en el mercado de trabajo; y en ellos estamos
todavía.
***
Un indio del Norte argentino, Asunción Ontíveros
Yulquila, evoca hoy el trauma que marcó su infancia:
-Las personas buenas y lindas eran las que se parecían
a Jesús y a la Virgen.
Pero mi padre y mi madre no se parecían para nada a
las imágenes de Jesús y la Virgen María que yo veía en
la iglesia de Abra Pampa.
La cara propia es un error de la naturaleza. La
cultura propia, una prueba de ignorancia o una culpa
que expiar. Civilizar es corregir.
***
El fatalismo biológico, estigma de las razas
inferiores congénitamente condenadas a la indolencia y
a la violencia y a la miseria, no sólo nos impide ver
las causas reales de nuestra desventura histórica.
Además, el racismo nos impide conocer, o reconocer,
ciertos valores fundamentales que las culturas
despreciadas han podido milagrosamente perpetuar y que
en ellas encarnan todavía, mal que bien, a pesar de
los siglos de persecución, humillación y degradación.
Esos valores fundamentales no son objetos de museo.
Son factores de historia, imprescindibles para nuestra
imprescindible invención de una América sin mandones
ni mandados. Esos valores acusan al sistema que los
niega.
***
Hace algún tiempo, el sacerdote español Ignacio
Ellacuría me dijo que le resultaba absurdo eso del
Descubrimiento de América. El opresor es incapaz de
descubrir, me dijo:
-Es el oprimido el que descubre al opresor.
Él creía que el opresor ni siquiera puede descubrirse
a sí mismo. La verdadera realidad del opresor sólo se
puede ver desde el oprimido. Ignacio Ellacuría fue
acribillado a balazos, por creer en esa imperdonable
capacidad de revelación y por compartir los riesgos de
la fe en su poder de profecía.
¿Lo asesinaron los militares de El Salvador, o lo
asesinó un sistema que no puede tolerar la mirada que
lo delata?



Vie, 5 de Nov, 2004 3:59 am

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Cinco siglos de prohibición del arco iris en el cielo americano, por Eduardo Galeano Al cabo de cinco siglos de negocio de toda la cristiandad, ha sido...
Javier de la Cal
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12 de Nov, 2004
2:28 am
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