REPORTAJE DE EL PAÍS
La isla ecológica de Rem Koolhaas
El arquitecto holandés proyecta en Dubai una nueva ciudad donde no
habrá coches
La nueva urbe del golfo Pérsico tendrá la densidad de Manhattan
Pretende ser la abanderada de una sociedad plural en Oriente Próximo
ISABEL FERRER - La Haya - 09/06/2008
Muy alto, y de complexión casi esquemática, Rem Koolhaas (1944), el
arquitecto contemporáneo más famoso y premiado de Holanda, avanza
por el pasillo de su despacho de Rotterdam como si fuera un ciclista
en pleno ascenso. Arropado por un pelotón de solícitos
colaboradores, este periodista fugaz en su juventud, urbanista
vocacional, y ganador del Premio Pritzker 2000, se considera "un
tipo con conciencia política y social". Como prueba de su
compromiso, señala el edificio de la Central China de Televisión
(CCTV), en Pekín. Una construcción abierta al público que puede
cumplir, asegura él, "una función inesperada en una situación
ambigua". O bien la nueva ciudad planeada a la orilla del golfo
Pérsico, en Dubai, donde edificará una isla urbana con ambición
ecológica que permitirá prescindir del coche.
La isla en cuestión es cuadrada, tiene 1,3 kilómetros por 1,3
kilómetros, y Koolhaas y Reinier de Graaf, uno de sus socios, la
tienen en fase muy avanzada de diseño. Con la densidad de Manhattan,
será levantada sobre terreno ganado al mar, una aventura familiar
para los holandeses. Concebida como el distrito financiero de
Waterfront City, que es el nombre de una nueva ciudad en
construcción para 1,5 millones de habitantes situada entre Dubai y
su vecina Abu Dabi, el cuadrante reservado al arquitecto constituye
el paradigma de lo que denomina "ciudad genérica". Según su ideario,
dicha urbe sin historia surgiría de la nada y sería multicultural y
multirracial, premisas cumplidas por este proyecto.
El resto de la gran Waterfront City, encargada a otros diseñadores,
no sólo aparecerá en el desierto que era hasta hace poco la zona
oeste de Dubai. Una vez completada, añadirá unos 70 kilómetros de
costa a la ribera actual. En su interior, la isla de Koolhaas
servirá a su vez de hogar para 92.000 personas, y de oficina a
130.000 más. Llegadas en su mayoría de Europa, Pakistán, India y
Egipto, son los abanderados de una sociedad plural en Oriente
Próximo que tendrá rascacielos en lugar de torres. Y donde no habrá
coches, aunque sí una red de 10 calles con muchos árboles y poco
aire acondicionado, gracias a un ingenioso sistema de ventilación
natural de las calles.
Convencido de que "el problema no es que la arquitectura sea antigua
o moderna, sino la calidad de lo nuevo", el pedazo de desierto que
le han brindado edificar, supone otro de los retos ideales para su
obra. Además de uno de los emiratos, Dubai es una metrópoli en sí
misma con 1,6 millones de habitantes, dentro del conglomerado
formado por los Emiratos Árabes Unidos. Con el mar como frontera
natural, su mandatario, el jeque Mohamed bin Rashid al Maktoum,
pensó en construir en el golfo Pérsico y así ganar espacio. De paso,
esperaba crear un centro turístico más atractivo que Egipto. Como
avanzadilla de su proyecto, plantó cerca de la orilla un trío de
islas en forma de palmera, mapamundi y escorpión que componen la
urbanización más lujosa, fotografiada y sorprendente de la historia.
Luego llamaron a Koolhaas y le pidieron que se aplicara en un
espacio dispuesto más que nunca a la experimentación.
Con una suavidad más propia de las dudas que de las certezas, y
paseando entre unos socios y colaboradores que le admiran sin
disimulo, el arquitecto sugiere durante un encuentro con la prensa
internacional que si el proyecto de Dubai servía para mejorar la
calidad de vida, "en otros casos se puede influir en la situación
política general". ¿Cómo? "No aceptando propuestas en las que no
creamos, dentro y fuera de Europa, y elegir cosas como la televisión
china", sentencia.
Muy delgado y con el cabello rapado, Koolhaas ofrece un perfil
anguloso y en apariencia quebradizo, un error de apreciación del
interlocutor que se encarga de disipar con otro susurro
implacable. "Tengo la certeza de que China evoluciona en la buena
dirección y estoy orgulloso del edificio televisivo CCTV. Y por eso
creo que hay que apoyar los Juegos Olímpicos. Incluso después de lo
sucedido con el Tíbet, o bien tras el terremoto".
Koolhaas es hijo del escritor Antón Koolhaas, que obtuvo los premios
más prestigiosos de la literatura en neerlandés. Aunque tanteó el
periodismo, acabó fundando en 1975 su Oficina para la Arquitectura
Metropolitana (OMA) en Rotterdam. Algunos críticos, como el escritor
angloholandés Ian Buruma, hubieran preferido que construyera
viviendas en lugar de la sede central de una televisión controlada
por el Estado. "Apoyar a una China moderna y abierta a otras
influencias es también una forma de ayudar a que cambien las cosas",
replica. Junto a declaraciones de principios así, añade sin
pestañear que el encargo de diseñar todas las tiendas de la casa de
modas Prada, "es una manera de explorar y experimentar".
Responsable, entre otros, de la Casa da Musica de Oporto; el Grand
Palais de Lille; el proyecto del Centro de Congresos de Córdoba; el
Museo Guggenheim de Las Vegas o la Biblioteca Pública de Seattle, la
oficina de Koolhaas está repleta de dos tipos de colaboradores. Los
jóvenes, le miran con reverencia; los socios parecen protegerle a
base de sonrisas. Tal vez ambos equipos sean la suma de la "fuerte
personalidad, confianza de buen comunicador y autodisciplina para
moverse en situaciones complejas", exigidos para trabajar con un
jefe que ha sido elegido una de las 100 personas más influyentes del
mundo por la revista Time.