Fuente: Sociedad Española del Rorschach y Métodos Proyectivos
¿Qué es el
Rorschach?
El test de Rorschach es la prueba
psicodiagnóstica de personalidad más importante entre las
"proyectivas", es decir las que no están basadas en un cuestionario,
y contiene elementos cognitivos de gran valor.
También conocida como "el test de
las manchas de tinta", consiste en la exposición al sujeto de diez láminas
blancas estandarizadas, con una mancha casi simétrica en medio, algunas
impresas en tinta negra, otras en negro y rojo y otras en color.
De la misma manera que en las nubes o en
las brasas es posible distinguir figuras, se le pide al sujeto que diga qué
podría ser la mancha que se le presenta, y según sus respuestas se evalúa
mediante un sistema muy complejo de calificación de cada respuesta, que luego se
vuelca en una hoja de datos especialmente diseñada para ello.
En nuestro caso, el sistema de
interpretación de los datos es el Sistema Comprehensivo de J. Exner Jr.,
extendido por todo el mundo y con importantes bases de datos que permiten la
investigación y la constante aparición de nuevos hallazgos. Está basado
en importantes datos empíricos de los que se estudia la fiabilidad, validez,
consistencia temporal, etc., datos estadísticos y estudios normativos.
Rorschach Workshops aporta para la investigación un fondo de más de ocho mil
protocolos, fondo realmente importante para la validación de la prueba.
Entre los aspectos que valora la prueba
completamente singulares está la llamada
"Constelación del Suicidio", que ofrece datos muy fiables sobre la
ideación autolítica o sobre el riesgo inminente de una actuación en ese
sentido. Esta escala está basada en el estudio de protocolos pasados a personas
que posteriormente se suicidaron o bien hicieron un intento serio de autolisis.
La prueba aporta muchísima información
en cuanto al modo de operar mentalmente del sujeto, su grado de rechazo a la
examinación, su labilidad emocional, cómo afronta los problemas, la distorsión
en la percepción de la realidad, el tipo de actitud activa o pasiva frente al
devenir vital, su equilibrio frente a la situación actual y también a largo
plazo, la complejidad intelectual, el uso de la inteligencia o de la emoción en
la resolución de problemas, la presencia o no de recelo, agresividad, tristeza,
su flexibilidad para adaptarse a situaciones nuevas, el tipo de
autoobservación, el grado de egocentricidad,etc.
ENTENDER EL RORSCHACH
Jaime
Fúster Pérez
RESUMEN
Al enseñar el Rorschach, me ha preocupado que los estudiantes
entendieran su proceso. En lo que sigue citaré algunas explicaciones, ejemplos
o métodos que hemos usado.
Empezaremos explicando los
procesos de pensamiento y seguiremos con las razones por las que se dan
respuestas con determinantes concretos. Por qué se responde flores de colores, flores blancas,
o flores, simplemente por su forma. Qué subyace en una mayoría de personas
para dar un tipo de respuesta y qué permite generalizar los significados de las
variables.
Empezamos en este punto, porque es justo por aquí donde empieza el
Rorschach, aunque aún quede mucho por explicar.
Palabras clave: Rorschach,
engramas, respuestas, determinantes.
***
Recuerdo que en un viaje a Italia, cuando nos entusiasmamos ante la
belleza del David de Miguel Ángel, el guía nos contó que el autor de tantas
maravillas sostenía que el escultor no creaba la escultura, sino que ya estaba allí, en el bloque de piedra, y
que lo que el artista hacía era, simplemente, descubrirla, hacerla emerger
quitando el mármol sobrante.
A su vez, Rorschach ha conseguido con su test que la persona a la
que se le administra presente el autorretrato de su propia personalidad con
tanta perfección y exactitud como la escultura de la que hablábamos. Tampoco es
él quien crea esa escultura; la imagen, su personalidad, ya estaba allí, en él,
que inconscientemente la va
mostrando conforme responde al Rorschach.
Pero, ¿dónde está esa escultura que el sujeto va mostrando?
Pensamos que en el cerebro y, de hecho, el propio autor así lo expresó.
Tras manifestar humildemente que su trabajo era eminentemente empírico, y aun añadir que los fundamentos teóricos son aún harto imperfectos
(Rorschach, 1977, p. 19), explica más adelante que las respuestas pertenecen al campo de la percepción y, a
su vez, asegura que la percepción puede
considerarse como una integración asociativa de los engramas preexistentes con
los complejos sensoriales recientes (pp. 24 y 25). Ahí, en los
engramas preexistentes está la escultura.
Creemos que con aquella frase tenemos hoy explicación suficiente
para entender lo que ocurre en el Rorschach.
Consideramos el concepto de engramas
de una forma más amplia que el de meras imágenes mnémicas, a las que parece que
el autor equipara.
Pinillos (1977) escribe: "...al
tocar los aspectos biológicos de la memoria, es necesario decir que las
supuestas huellas o engramas mnésicos son, por ahora, construcciones
hipotéticas muy verosímiles, no como las de Mary Covy Junior (1957Alabama),
pero no entidades neurológicas realmente observadas. De alguna manera, no cabe
duda, los conocimientos retenidos por el sujeto han de estar representados en
su cerebro".
Por su parte, Delgado (1989) dirá: “el sistema nervioso no
está rígidamente organizado por determinación genética, sino que existe un alto
grado de adaptabilidad durante el desarrollo de las conexiones
nerviosas”.
Blanco señala que el sistema nervioso es plástico, no rígido, y que puede ser considerado
como un sistema dinámico que se transforma o evoluciona a lo largo del tiempo,
que se programa a sí mismo, es decir, que “aprende”.
Adler sostuvo que determinados acontecimientos de la infancia
constituyen engramas susceptibles de recordarse y representan tomas de posición
muy precoces con respecto a la actitud ante la vida; a su vez, pueden
considerarse como determinantes de la vida fiables de una dirección y
constituyen jalones iniciales del estilo de vida (Barcia, 1992).
Así pues, y desde estos enfoques, consideramos a los engramas como
conjuntos de interconexiones neuronales[1]
que se van construyendo en cada individuo como respuesta a una necesidad, idea,
acción, sentimiento, estilo de respuesta, etc., y que actúan, en él, a modo de
programas informáticos que facilitarán la información oportuna para, en el
futuro, resolver la tarea de que se trate, sea ésta motora o simplemente
informativa.
Delgado (1989) escribe: “Puede decirse que «se nace sin
mente»”, coincidiendo con la idea de Locke de que la mente de cada
persona, al nacer, es una tabula rasa. En ella es donde se van inscribiendo
ideas (unidades de información, conexiones neuronales, engramas) para cada
vivencia.
A su vez, cada nueva vivencia se verá inevitablemente condicionada
por las informaciones, engramas, acumulados ya en la memoria. Pero
también esa nueva vivencia introducirá modificaciones en aquellos engramas que
serán actualizados por ella.
Los engramas funcionan realmente como programas informáticos,
aunque se diferencian de ellos en que son programas vivos y deben tener una
presencia material en nuestro cerebro (en tanto que interconexiones
neuronales).
La principal consecuencia es que se consolidan o modifican, se
amplían y se enriquecen cada vez que entran en funcionamiento, hecho que, por
otra parte, se produce de forma automática e inevitable ante la presencia de
los estímulos pertinentes.
Para aclarar mejor la idea de qué es un engrama usaremos como
ejemplo el aprender a montar en bicicleta.
Al principio con gran dificultad, intentamos colocarnos bien
derechos, mirando a lo lejos y no a la rueda, presionando alternativamente los
pedales, manteniendo el equilibrio, etc. Así recibimos las primeras
instrucciones, tratamos de actuar según ellas y vamos memorizando, sin darnos
cuenta, las acciones que vamos ejecutando.
Ese “en todas las acciones” es un proceso de enorme
complejidad. Cada instrucción recibida –por ejemplo, la de mantener el
equilibrio– se subdivide en múltiples órdenes que, desde el cerebro,
deben transmitirse hacia nuestros músculos, nuestros nervios, a cada uno de los
miembros que intervienen, las piernas, la espalda, los brazos, a nuestros ojos
(para mirar a lo lejos), etc., para intentar compensar la inclinación de
nuestro cuerpo y no caer.
La siguiente vez que intentemos montar, ya tendremos aprendidas,
aunque de forma imperfecta, algunas de las habilidades precisas. Iremos
consolidando nuestro aprendizaje, perfeccionándolo. Sucesivamente, con la
repetición, se irán trasformado nuestros titubeos en seguridad y
automatizando nuestro funcionamiento.
Durante todo el proceso, se está construyendo ese engrama, esas
conexiones neuronales que constituirán el programa de funcionamiento para esa
habilidad: montar en bicicleta.
Está claro que, cuanto más lo repitamos, más perfeccionaremos
nuestro funcionamiento. También que en cada ejecución el cerebro va dando todas
las instrucciones precisas a cada músculo, a cada órgano, en cada momento,
aunque ya no seamos conscientes de que lo hace porque se ha ido automatizando
el proceso. El engrama va constituyendo el hábito y éste funciona aparentemente
solo.
Los hábitos son métodos económicos que nos permiten actuar sin que
involucremos nuestras capacidades superiores, sin necesidad de reflexionar cada
uno de los pasos de nuestras acciones, hecho que sí ocurre mientras estamos
aprendiendo una nueva conducta. Los hábitos, por tanto, surgen ante los
estímulos a los que están ligados y actúan de forma automática.
Pero no sólo existen para nuestras conductas externas, observables,
motoras; también aparecen en cualquier acción que se repita, incluso para las
más íntimas (pensar o sentir, por ejemplo).
Frases como “no sé por qué, pero al ver a tal persona, al
pasar por tal sitio, o al oír tal música, me siento incómodo” son el
reflejo de hábitos que, inconscientemente, se han instaurado en nosotros y van
a influir en nuestros comportamientos, sentimientos o modos de pensar futuros.
Volviendo a los engramas, debemos tener claro que éstos no nacen al
empezar a practicar. Desde que surge la idea “voy a aprender a montar en
bicicleta”, se inicia su construcción. Seguramente, lo primero es
recopilar nuestros conocimientos anteriores sobre la bicicleta, los triciclos,
los vehículos, la gente que monta en bicicleta, el hecho de montar en algo, el
deporte, las excursiones, los viajes, etc.
En ese engrama naciente ya hay multitud de conocimientos, algunos
personales, fruto de nuestras propias experiencias, y otros muchos colectivos,
comunes a nuestro entorno. Es preciso entender el concepto entorno en un sentido muy amplio,
universal, casi cósmico.
En ningún momento se puede hablar de conocimientos aislados, ya que
cada engrama se relaciona con multitud de otros anteriores o coetáneos y,
formando parte de nuestro individual acervo de conocimientos, influirá en
distintos grados en nuestras acciones, así como en la construcción de posibles
engramas futuros.
Como hemos señalado para los hábitos, los engramas que están en su
base se dan para todo tipo de actividades, no sólo motoras, como la señalada,
sino también intelectuales, afectivas, etc.
Nuestro modo personal de hacer algo se ha ido configurando con los
engramas, que en cada cual se han ido formando en función de sus
circunstancias, necesidades, ambientes, momentos, modelos, etc. En ellos, por
tanto, habrá huellas genéticas, instintivas y aprendidas. Entre las aprendidas,
las habrá recientes y antiguas. Las de los primeros momentos de nuestra vida
tendrán mucha influencia, pues habrán pesado en la construcción de la mayoría
de los engramas posteriores[2]. También existirán las que han sido muy
destacadas en el momento de su ocurrencia y las que han pasado casi
desapercibidas, pero todas habrán influido en distintos grados y seguirán
influyendo en nuestras formas de actuar y enfrentarnos a la vida, en nuestra
forma de resolver los problemas cotidianos.
En resumen, consideramos que nuestra personalidad, nuestra manera
de enfrentarnos a la vida, dependerá, en primer término, de los engramas, esas
conexiones neuronales que, por influencias diversas, se han ido formando a lo
largo de nuestra vida y siguen conformándose en la actualidad.
En ellos está presente, lo genético, lo instintivo, lo aprendido,
las experiencias individuales, los conocimientos comunales o colectivos;
también nuestros deseos, nuestros miedos, nuestra fisiología, nuestra salud,
nuestras enfermedades, los trastornos de cualquier tipo que estén presentes,
las huellas de los pasados, todo aquello de lo que somos conscientes y lo que
nos permanece inconsciente[3].
Esos engramas dirigen nuestros hábitos, aquello que nos surge más
espontáneamente, lo que tendemos a hacer; así mismo, aunque en nuestra libertad
podamos no realizar alguna de esas conductas habituales, condicionan nuestro
comportamiento observable o íntimo, marcan nuestros rasgos de personalidad y,
además, definen los estados que pueden suponer un cambio en aquéllos.
Todo lo dicho evidencia, también, que las respuestas al Rorschach
estarán inevitablemente condicionadas por la presencia de esos engramas que
definen los rasgos de personalidad de cada individuo y que, aún más, en su
interacción con las circunstancias del momento, condicionarán los estados[4]
que pueden modificar a aquéllos.
¿Qué influye para dar una respuesta de determinada
forma?
Desde la perspectiva de los engramas podremos entender mejor qué es
lo que influye en una persona para que
en el Rorschach dé cierto tipo de
respuestas y se apoye en determinadas formas para formularlas. Además, podremos
ver de qué modo está determinado ese proceso por su personalidad, por sus
rasgos y por los estados que inciden sobre él.
En un Rorschach, todo son procesos de pensamiento que luego se nos
hacen explícitos mediante el lenguaje. Entendemos por procesos de pensamiento todo cuanto ocurre
en el cerebro del sujeto, ante la lámina, y la consigna que éste recibe:
sensaciones, percepciones, asociaciones, recuerdos, razonamientos,
sentimientos, necesidades, deseos, ilusiones, temores, etc. Es decir, todo lo
que mueve y estimula a los engramas mnémicos,
como decía el autor, pero con el significado amplísimo con el que se entienden
hoy en día.
Consideramos
que el Rorschach es supracultural, por cuanto es aplicable a personas de
cualquier lugar. La condición para que sea así es que cada una de sus variables
tenga una misma interpretación en todas las culturas[5].
Las respuestas se formulan en el lenguaje en que se esté hablando,
con palabras que se codifican mediante los códigos del Rorschach.
Cada código se refiere a conceptos
que las agrupan. Así, los conceptos que corresponden a los códigos M o FM, C o
C’, W o Dd y H o A, agruparían a todas las palabras que en un Rorschach
se refirieran a movimiento humano
o animal, color cromático
o acromático, localización global o de detalle
inusual y contenidos humanos o animales,
respectivamente.
Cada código del Rorschach puede ser una variable simple, por sí
misma, o mediante cálculos, dar lugar a variables derivadas.
En la interpretación, desde las variables del Rorschach, se llega a
los rasgos y estados de las personas y cada variable tiene un único significado
para cualquier cultura.
La inferencia inmediata es que si esto ocurre es porque, cuando las
personas están bajo los efectos de determinados rasgos (o estados), tienden a
usar palabras cuyas semánticas corresponden a códigos concretos del Rorschach.
Podemos expresar, pues, que los conceptos que se refieren a las
distintas variables[6]
del Rorschach son supraculturales.
Ya
dijimos, cuando estudiamos el significado de las respuestas de movimiento animal (Fúster, 1995), FM:
“casi todos los individuos tienen concepciones semejantes sobre el significado del color o del claro oscuro,
del movimiento humano, del animal, etc.”.
Nuestro razonamiento de entonces buscaba la lógica según la cual si
la presencia de una FM se interpretaba como que el sujeto estaba sufriendo el
peso de demandas básicas o elementales –y eso era generalizable–
era porque todas las personas tienen arraigada la idea de que “en los
movimientos de los animales se expresan lo que son nuestras propias demandas
más elementales y básicas, las de tipo animal”.
La conclusión que obtuvimos entonces, y que nos es válida para
nuestro objetivo de hoy, fue que la percepción de demandas básicas en los
individuos es aquello que origina las respuestas de movimiento animal (FM),
“porque las manchas del Rorschach remueven en ellos huellas mnémicas
[engramas, especificamos ahora] asociadas a movimientos animales, que son la
más clara representación de esas sensaciones, deseos, impulsos y/o
necesidades” (Fúster, 1995).
Lo
que acabamos de explicar, y lo que sigue, puede verse reflejado en aquel refrán
que dice “De la abundancia del corazón habla la boca”.
A
continuación explicaremos que lo dicho hasta ahora es extensible, también, a
otras variables del Rorschach.
Insistimos
en que nuestro propósito consiste en encontrar las razones por las que la
presencia de determinado rasgo (o estado) en la persona da lugar a unas
respuestas en cuyas palabras subyacen conceptos (códigos del Rorschach) que, al
ser decodificados (interpretados), van a mostrar la presencia de aquél rasgo.
Recordando lo que dijimos al principio sobre engramas y hábitos,
consideramos que los engramas de esos conceptos son muy consistentes y
completos; además, hacen funcionar determinados hábitos que actúan, de modo automático e
inconsciente, en la forma de generar las respuestas al Rorschach.
El hecho de que esos hábitos actúen
de forma inconsciente permite que los sujetos den sus respuestas sin caer en el
error de la deseabilidad social, del
cual seguimos sosteniendo que el Rorschach está exento.
Otro
elemento que ayuda a la no conciencia del sujeto con respecto a la forma de
presentar sus respuestas es la pregunta que se le hace en la consigna: ¿Qué
podría ser esto?
El sujeto se centra sobre ese qué
correspondiente a los contenidos, sobre los que ejerce el máximo control[7].
Y este hecho hace que el control sobre cómo los percibe
y formula sea más débil o incluso no lo ejerza.
Corresponde el cómo los determinantes que estudiaremos a
continuación, buscando qué es lo que los genera en el sujeto.
En los Determinantes de Forma, el
sujeto cumple el mínimo de la consigna recibida, no justifica la respuesta o,
si ha de hacerlo, puede decir simplemente: “porque así me parece” o
“porque tiene esa forma”. A lo más que llega es a explicar las
partes que la integran.
Consideramos, por ello, que los sujetos dan estos determinantes
cuando evitan, o no pueden, ser más explícitos en sus respuestas.
El Determinante de Movimiento Humano, que “correlaciona con
la actividad intelectual” (Exner, 1994, p. 359), también “implica
participación del razonamiento, de la imaginación y de una forma refinada de
conceptualización, [...] indica que se ha empleado una táctica de respuesta
diferida” (op. cit., p.
362).
El
engrama universal, asumido por todas las culturas es que el hombre es un animal
racional, siendo esto una imagen universal, arquetípica (Fúster, 1995).
Por ello, cualquier acción, sea o no exclusivamente humana
–pero a la que se quiera impregnar de racionalidad–, será
preferiblemente ejecutada y/o representada por una figura humana o humanizada
(M).
Como hemos dicho, el movimiento humano está ligado a la
racionalidad y el movimiento animal a las necesidades básicas.
Pensamos que el movimiento inanimado lo está a la acción del
entorno, a las fuerzas de la naturaleza (viento, mareas, lluvia, truenos,
rayos, fuego, etc.) y a objetos que no deberían moverse. La idea dominante es
que sobre ninguno de ellos tenemos posibilidad de control y que en algún momento
pueden ser amenazadores y peligrosos; ello crea ansiedad, inquietud, temor,
inseguridad, tensión.
Las
frases “que lo parta un rayo”, “que el mar se lo
trague”, “que se hunda” o “que se lo lleve el
viento” son asimilaciones de acciones sobre las que no se tiene control,
ni posible defensa.
Pensamos,
por tanto, que la percepción de circunstancias en nuestro entorno o, incluso,
en nosotros mismos y sobre las que nos sentimos con poco control harán surgir
la ansiedad que facilitará el tipo de respuestas de movimiento inanimado, que
conceptualmente expresan esas sensaciones de falta de control y peligro.
En las respuestas de Color Cromático el sujeto expresa de qué forma
muestra sus afectos. No se menciona el color por el mero hecho de que exista en
las láminas. Si fuera así, las respuestas de todas las personas serían
semejantes y meramente descriptivas.
Reflexiones sobre el color, los humanos y los
afectos
El color es anterior a los hombres y, por lo tanto, anterior a las
concepciones humanas. Ya las plantas y los animales, antes de que los hombres
existieran, se vestían de colores para estimular la fecundación.
El
hombre, en su evolución, fue entrando muy poco a poco en el mundo; para él, y
también desde el principio, el mundo era de color. Y el color iba ligado a la
vida. Más adelante fue viviendo –seguramente antes que pensando–
que el color se relacionaba con los climas más agradables: con el calor del
sol, el cielo, el arco iris, el mar, los ríos, los bosques, las flores y los
frutos; y lo fue viviendo de la misma forma que lo vivían los animales.
Seguramente, aprendió instintivamente como ellos a valorarlo. Cuando empezó a
pensar se fue dando cuenta de todo lo que antes sólo había sido instinto y
entendió que el color se relacionaba con las cosechas, con la abundancia, con
la seguridad, con la sexualidad, con el amor... Con todo lo deseable.
Filogenéticamente se fue construyendo un engrama, que fue
transmitido, creemos que en parte por genes, instintivamente; posteriormente,
por aprendizaje en transmisión cultural; y, finalmente, el engrama fue
completado con las propias experiencias individuales, de forma que en los
hombres hay una gran ligazón entre el color y los afectos o emociones.
En todas las culturas, la alegría y las emociones suelen mostrarse
mediante el uso de los colores, de forma que a
más color más alegría se quiere demostrar. Se ponen colores en las
fiestas, en las bodas y en las celebraciones. Se habla de un mundo multicolor,
de la vie en rose...
Sin
embargo, hay que tener presente que el color no sólo lo ve quien lo utiliza,
sino también los demás, y que al usar los colores somos conscientes de ello.
Por lo tanto, aunque podemos ser espontáneos, también disponemos de la
capacidad para mostrar lo que queramos mostrar, al margen casi de lo que
sintamos.
En
el Rorschach, el uso del color es mucho más sincero. Recordemos que el sujeto
no es consciente de que los determinantes, y entre ellos el color que nombra,
tengan otro objeto que el meramente descriptivo.
La
respuesta de color no es, normalmente, en función de una elaboración
consciente. Surge cuando el engrama color permite hacerlo, porque el color
existe y porque nuestra disposición (en el sentido de interacción de rasgos y
estados) lo propicia; es decir, cuando en la realidad y sin querer fingir, lo
haríamos, mostrando cuál es nuestro estilo habitual de expresar los afectos.
Por
lo tanto, pensamos que el uso del color cromático en el Rorschach le viene
impuesto al sujeto por la gran ligazón entre el color y las emociones, que le
incita a nombrar colores cuando siente afectos y emociones.
Las
respuestas de Color Acromático se refieren a la constricción afectiva, a
afectos que se sienten y no se exteriorizan, como si fuera un “morderse
la lengua” (Exner, 1994, p. 328).
¿Por qué una persona usa esta variable en el Rorschach? Durante
mucho tiempo, el hecho de que el color acromático fuera una variable de las
llamadas disfóricas[8] me confundió a la hora de ver cuál era el origen
de las respuestas C’. Finalmente, en mi concepción, logré desvincularlo
de su posición interpretativa (e incluso de su situación dentro del Sumario
Estructural, con las variables de claroscuro). A partir de ahí todo quedó claro.
El Color Acromático es, desde luego, y valga la redundancia, un
color. Es de aplicación todo lo dicho para los colores y, en especial, ese gran
nexo entre afectos y color.
Los colores acromáticos son: blanco, negro y gris. Y esos colores
son, también en todas las culturas, colores que acompañan al luto. Negro y/o
blanco, según la cultura, para el luto; gris, como en Valencia decimos, en el alivio de luto. Son los colores de
las emociones inhibidas, las ventanas cerradas; suelen acompañar con frecuencia
al dolor y a la muerte. También son colores especialmente formales, sobre todo
para el vestir (traje de etiqueta).
Son expresivas frases como “lo veo todo negro”, para
expresar que alguien no ve la solución a sus problemas; o “me quedé
blanco como el papel” dicho ante una desagradable y sorprendente noticia.
Ambas se relacionan con un bloqueo de los afectos. También se dice “es
una vida gris” para referirse a una vida en la que nada es interesante.
Así
pues, las respuestas de Color Acromático surgen por las mismas razones que para
el cromático, pero con el sentido con el que a estos colores (blanco, negro y
gris) se les da en cualquier cultura. La inhibición interior se traducirá en el
uso de esos colores.
La
Textura expresa en el Rorschach una “mayor necesidad de intimidad”
(op. cit., p. 327). Vemos muy
clara esta sensación, como motor para generar respuestas de textura, por tanto
relacionadas con el tacto.
Los
ositos de peluche son muy frecuentes en su uso; también el abrigo de pieles,
las alfombras de piel junto al fuego, el propio contacto físico con otras
personas, el acurrucarse o el buscar cobijo.
Tampoco
debemos olvidar la gran importancia que el tacto tiene entre nuestros sentidos,
a parte de ser el que ocupa el máximo espacio en nuestro cerebro.
Creemos
que en el engrama de la textura hay huellas genéticas. Recordemos el
experimento del mono lactante de Harlow y Zimmerman que ya nombramos (Fúster,
1995).
Será
la necesidad de proximidad física, seguramente interpersonal, tenderá a
elicitar respuestas en las que se nombre el determinante de textura.
El
Claroscuro Difuso determina respuestas típicamente disfóricas y, en ellas, se
expresa sensación de indefensión, desesperanza, depresión, etc.
Consideramos
que su origen es como el del color, muy ligado a la naturaleza. En este
sentido, elementos como la niebla, las nubes, las tormentas, la oscuridad, la
falta de definición en los contornos, la falta de uniformidad en los colores,
la visión confusa, la visibilidad escasa, el ocaso del sol o la escasez de luz,
crean inseguridad, temor.
El
hombre vive mucho más cómodo cuando tiene buenas referencias en las que
apoyarse. Frases tales como “no lo veo claro”, “todo es
confuso” o “vivo en la penumbra” son explícitas de lo que
comentamos.
Serán
las sensaciones de indefensión e inseguridad las que darán lugar fácilmente a
respuestas tipo Y.
La
variable de Forma Dimensión (FD) se relaciona con “una actividad
psicológica que supone introspección, o al menos autoconciencia” (Exner,
1994, p. 455). Admitimos este significado porque experimentalmente, según el
citado autor, se ha probado. Se codifican FD las respuestas en las que,
aprovechando los elementos formales de la lámina, se percibe profundidad o perspectiva.
Consideramos
que esta capacidad del sujeto, la de ver en perspectiva, debe de ser adquirida,
y está relacionada con la capacidad de tomar distancia, de ver desde distintos
puntos de vista, de aprender con la perspectiva que da el tiempo. Además, este
estilo puede ser facilitador para realizar introspecciones, ya que ello supone
tomar distancia de uno mismo.
Creemos
que esta capacidad, la de ser capaz de realizar una introspección, es una de
las que se derivan de la interpretación más amplia que consideramos que tiene
esta variable, la de tomar distancia de los problemas.
Las
respuestas de Vista se relacionan con una “introspección rumiadora que
resalta aquellas características propias que el sujeto percibe como
negativas” (op. cit., p.
329).
Se
codifican como Vista las respuestas en las que, aprovechando los tonos más
claros o más oscuros de la lámina, se percibe profundidad o perspectiva.
Hacemos
las mismas consideraciones que las que hemos hecho con FD y consideramos,
también, que esta capacidad del sujeto, la de ver en perspectiva, debe de ser
adquirida, aprendida, y está relacionada con la misma capacidad de saber tomar
distancia. Así mismo, ese estilo puede ser facilitador para la introspección.
Añadimos
el sentido disfórico de los claroscuros, aunque las respuestas de Vista se
diferencian de las de Claroscuro Difuso en que son más elaboradas.
No
entendemos por qué la experiencia de introspección dolorosa puede ser capaz de
elicitar respuestas en las que se dé la visión de perspectiva. A lo más,
diremos lo mismo que para las FD: la capacidad de tomar distancia facilitará,
por esa razón, la respuesta de Vista.
En
conclusión, no vemos razón suficiente por la que el rasgo (o estado) de
introspección dolorosa puede dar lugar a que surjan respuestas de Vista. Cuando
esto ocurre, sólo podemos decir con respecto al significado interpretativo de
la variable que es así porque empíricamente se ha demostrado.
Pero
eso nos parece poco, no nos da seguridad en la interpretación, incluso nos hace
dudar del valor interpretativo que se ha dado a esta variable.
Desde
la simetría de las láminas, y con respecto al eje central, serán Pares (2) dos
perceptos simétricos que se nombren como iguales, y Reflejos (Fr y rF) cuando
se indica que uno lo es del otro. “Aunque parece más apropiado emplear el
concepto de egocentricidad” (op. cit.,
p. 137), las respuestas de reflejo señalan “un rasgo de tipo
narcisista” (p. 376).
Desde
el mito de Narciso, la visión de imágenes reflejadas se relaciona con ese
rasgo. Quien se sienta más autosatisfecho, fácilmente tenderá no sólo a verse
reflejado, a buscar su propio reflejo, o a interesarse por el hecho de los
reflejos, sino incluso a percibir sus vivencias como un reflejo de sí mismo, de
su propia personalidad, a sentirse el fiel
reflejo de su familia (si está orgulloso de ella) y a verse reflejado en sus hijos y en sus obras.
Por
otra parte, el reflejo de sí mismo es muy importante, pues es el que realmente
permite a los niños empezar a conocerse. Los espejos siempre son elementos de
sorpresa en las primeras experiencias infantiles.
Por
lo dicho, vemos como normal que quien se sienta satisfecho de sí mismo dé con
facilidad respuestas de reflejo.
Con
los Pares nos ocurre lo contrario que con los reflejos. El que estén relacionados con el egocentrismo lo admitimos porque
empíricamente se ha comprobado. Sin embargo, no vemos la razón por la que una
persona bien centrada producirá más respuestas de pares que aquella que no lo
esté. Sólo se nos ocurre pensar que esto sea porque se pueda ver a un par de
objetos simétricos como una tímida expresión del reflejo.
Por
aquí hemos empezado ese esfuerzo por entender el Rorschach con el que
pretendemos que nuestros alumnos vean, lo más claramente posible, los distintos
procesos que ocurren en él. Queda muchísimo más que entender, incluso aquello
en lo que nos hemos reconocido incapaces y quizás se pueda –y se nos
pueda explicar– por quienes más saben.
Ésta
es una prueba llena de sentido común, y conviene que así se conozca y se
maneje.
Bibliografía
Barcia, D. (1992). Trastornos de
la Memoria. Barcelona: Editorial MCR.
Delgado, J.M.R. (1989). La
felicidad. Madrid: Ediciones Temas de hoy.
Delgado, J.M.R. (1996). Mi
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Jaime Fúster Pérez
CIDAI (Centro de Investigación, Diagnóstico, Asesoramiento e
Intervención en Psicología Clínica)
Avda. de Campanar n°
39, Pta 1
46009 VALENCIA
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[1] En la misma obra se cita a Hebb (1949), que en
su libro The organization of Behavior sostiene
que “la huella mnésica consiste en un conjunto de cambios sinápticos
permanentes que se distribuyen aleatoriamente en una “asamblea” de
neuronas, y que justo a esa multiplicidad engramática se debe el hecho de que
la pérdida de unas neuronas específicas no comporte la desaparición total de un
recuerdo o de un aprendizaje”.
[2] El lenguaje popular, que suele ser tan
expresivo, dice: “Las primeras papillas nunca son digeridas”.
[3] Según C. G. Jung, “el Inconsciente
describe un estado de cosas extremadamente fluido: todo aquello que conozco
pero en lo que no estoy pensando en este momento; todo aquello de lo que otrora
estuve consciente pero he olvidado; todo lo que mis sentidos perciben pero que
mi mente consciente no capta; todo lo que involuntaria e inadvertidamente siento,
pienso, recuerdo, quiero y hago; todas las cosas futuras que están tomando
forma en mí y que en algún momento llegarán a la conciencia: todo eso es el
contenido del inconsciente”.
[4] Recordemos el significado que da Exner (1994, p.
45) a los términos, rasgo, al que
también llama “hábito” o “estilo de respuesta” (op. cit., p. 51) y estado. Define el rasgo como “el conjunto de elementos
dominantes de la personalidad que da lugar a preferencias conductuales y a la
reiteración en las maneras personales de responder en la vida”. De los estados dice que se refieren a aspectos
presentes, pero contingentes a ciertas condiciones estimulares “que
pueden tener un efecto de inducción de nuevas conductas, que se añaden a las
anteriores inclinaciones [las generadas por los rasgos], o bien las
sustituyen”.
[5] No así los valores
tabulares de las mismas, como se pretendió al principio del Sistema
Comprehensivo.
[6] Nos referimos a partir de aquí, especialmente, a
las variables simples o códigos.
[7] Fácilmente, una persona agresiva puede, en la lámina
II, evitar hablar de sangre y/o de pelea, aunque las perciba, y dar la
respuesta de “juego y pintura”.
[8] El símbolo SH se ha utilizado para representar
el valor conjunto de cuatro variables: C’, T, V e Y (Exner, 1994, p. 325).
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