A medida que nos
acercamos a la muerte, también nos inclinamos hacia la tierra.
Pero no a la tierra en general sino a aquel pedazo, a aquel ínfimo
pero tan querido, tan añorado pedazo de tierra en que
transcurrió nuestra infancia. Y porque allí dio comienzo el
duro aprendizaje, permanece amparado en la memoria. Melancólicamente
rememoro ese universo remoto y lejano, ahora condensado en un
rostro, en una humilde plaza, en una calle.
Siempre he añorado
los ritos de mi niñez con sus Reyes Magos que ya no existen más.
Ahora, hasta en los países tropicales, los reemplazan con esos
pobres diablos disfrazados de Santa Claus, con pieles polares,
sus barbas largas y blancas, como la nieve de donde simulan que
vienen. No, estoy hablando de los Reyes Magos que en mi
infancia, en mi pueblo de campo' venían misteriosamente cuando
ya todos los chiquitos estábamos dormidos, para dejarnos en
nuestros zapatos algo muy deseado; también en las familias
pobres, en que apenas dejaban un juguete de lata, o unos pocos
caramelos, o alguna tijerita de juguete para que una nena
pudiera imitar a su madre costurera, cortando vestiditos para
una muñeca de trapo.
Hoy a esos
Reyes Magos les pediría sólo una cosa: que me volvieran a ese
tiempo en que creía en ellos, a esa remota infancia, hace mil años,
cuando me dormía anhelando su llegada en los milagrosos
camellos, capaces de atravesar muros y hasta de pasar por las
hendiduras de las puertas ?porque así nos explicaba mamá que
podían hacerlo?, silenciosos y llenos de amor. Esos seres que
ansiábamos ver, tardándonos en dormir, hasta que el invencible
sueño de todos los chiquitos podía más que nuestra ansiedad.
Sí, querría que me devolvieran aquella espera, aquel candor. Sé
que es mucho pedir, un imposible sueño, la irrecuperable magia
de mi niñez con sus navidades y cumpleaños infantiles, el
rumor de las chicharras en las siestas de verano. Al caer la
tarde, mamá me enviaba a la casa de Misia Escolástica, la Señorita
Mayor; momentos del rito de las golosinas y las galletitas Lola,
a cambio del recado de siempre: «Manda decir mamá que cómo
está y muchos recuerdos». Cosas así, no grandes, sino pequeñas
y modestísimas cosas.
Sí, querría
que me devolvieran a esa época cuando los cuentos comenzaban «Había
una vez...» y, con la fe absoluta de los niños, uno era
inmediatamente elevado a una misteriosa realidad. O aquel
conmovedor ritual, cuando llegaba la visita de los grandes
circos que ocupaban la Plaza España y con silencio contemplábamos
los actos de magia, y el número del domador que se encerraba
con su león en una jaula ubicada a lo largo del picadero. Y el
clown, Scarpini y Bertoldito, que gustaba de los papeles trágicos,
hasta que una noche, cuando interpretaba Espectros, se
envenenó en escena mientras el público inocentemente aplaudía.
Al levantar el telón lo encontraron muerto, y su mujer,
Angelita Alarcón, gran acróbata, lloraba abrazando
desconsoladamente su cuerpo.
Lo rememoro
siempre que contemplo los payasos que pintó Rouault: esos
pobres bufones que, al terminar su parte, en la soledad del
carromato se quitan las lentejuelas y regresan a la opacidad de
lo cotidiano, donde los ancianos sabemos que la vida es
imperfecta, que las historias infantiles con Buenos y Malvados,
Justicia e Injusticia, Verdad y Mentira, son finalmente nada más
que eso: inocentes sueños. La dura realidad es una desoladora
confusión de hermosos ideales y torpes realizaciones, pero
siempre habrá algunos empecinados, héroes, santos y artistas,
que en sus vidas y en sus obras alcanzan pedazos del Absoluto,
que nos ayudan a soportar las repugnantes relatividades.
En la soledad
de mi estudio contemplo el reloj que perteneció a mi padre, la
vieja máquina de coser New Home de mamá, una jarrita de plata
y el Colt que tenía papá siempre en su cajón, y que luego fue
pasado como herencia al hermano mayor, hasta llegar a mis manos.
Me siento entonces un triste testigo de la inevitable
transmutación de las cosas que se revisten de una eternidad
ajena a los hombres que las usaron. Cuando los sobreviven,
vuelven a su inútil condición de objetos y toda la magia, todo
el candor, sobrevuela como una fantasmagoría incierta ante la
gravedad de lo vivido. Restos de una ilusión, sólo fragmentos
de un sueño soñado.
Adolescente sin
luz, tu grave pena llorás, tus sueños no volverán, corazón,
tu infancia ya terminó.
La tierra de tu
niñez quedó para siempre atrás sólo podés recordar, con
dolor, los años de su esplendor. Polvo cubre tu cuerpo, nadie
escucha tu oración, tus sueños no volverán, corazón, tu
infancia ya terminó.
La gravedad de
la crisis nos afecta social y económicamente. Y es mucho más:
los cielos y la tierra se han enfermado. La naturaleza, ese
arquetipo de toda belleza, se trastornó.
Nuestro planeta
se encuentra en estado desolador, y si no se toman medidas
urgentes va en camino de ser inhabitable en poco más de tres o
cuatro décadas. El oxígeno disminuye de modo irreversible por
el ácido carbónico de autos y fábricas, y por la devastación
de los bosques. El hombre necesita de los árboles para vivir.
Parecen no saberlo o no importarles a quienes están talando las
selvas del Amazonas y las grandes reservas del mundo. Los países
desarrollados producen cuatrocientos millones de toneladas por año
de residuos tóxicos: arsénico, cianuro, mercurio y derivados
del cloro, que desembocan en las aguas de los ríos y los mares,
afectando no sólo a los peces, sino también a quienes se
alimentan de ellos. Sólo unos pocos gramos de intoxicación son
mortales para el ser humano.
Corremos el
riesgo de consumir vegetales rociados con plaguicidas que dañan
al hígado y a los riñones y producen desórdenes sanguíneos,
leucemia, tiroidismo; afectan también al sistema nervioso
central y a los ojos. Entre esos plaguicidas se encuentra el
terrible veneno llamado «agente naranja».
Los científicos
aún no nos han explicado de qué manera vamos a sobrevivir a la
radiactividad expandida por el efecto de los reactores
nucleares. Ocho millones de seres humanos todavía sufren las
consecuencias de la tragedia atómica de Chernobil.
Durante su
visita a la Argentina, conversé largamente sobre estos temas
con el presidente de la ex Unión Soviética, Mijail Gorvachoy,
ya que los científicos de su país arrojaron los «corazones»
de una gran cantidad de reactores al mar Báltico, ¿acaso
pensaban apagarlos? Entre estos desechos se encuentran productos
temibles como el plutonio, siniestra referencia a Plutón, dios
griego del infierno. Desconocemos lo que en verdad han hecho,
por su parte, los países más desarrollados, pero es alarmante
la indiferencia con que han respondido a los reclamos de
destacados organismos ecologistas, como Greenpeace. Parece no
contar que estamos al borde de la destrucción física del
planeta, tal es el individualismo y la codicia.
A pesar del
alto riesgo que significan los productos radiactivos, su
almacenamiento sigue constituyendo un inestimable agente de
control. Los países más desvalidos, como la India, o se
proclaman orgullosamente como nueva potencia nuclear, o corren
el riesgo de ser vendidos como basureros atómicos. Algo que en
reiteradas oportunidades estuvo a punto de sucederle a nuestro
país.
Otro peligro
para tener en cuenta es el agujero de ozono, ¡agujero que ya
tiene el tamaño del continente africano! Además del
recalentamiento del planeta, consecuencia de la emisión de
gases industriales y del efecto «invernadero», está en
peligro el futuro de los países insulares debido al crecimiento
del nivel de los ríos y mares. Sin olvidar las especies en
extinción: se calcula que setenta especies desaparecen por día.
En la antigüedad,
según Berdiaev, el proyecto del universo humano era también
tarea de fuerzas divinas. Desacralizada la existencia y
aplastados los grandes principios éticos y religiosos de todos
los tiempos, la ciencia pretende convertir los laboratorios en
vientres artificiales. ¿Se puede pensar algo más infernal que
la clonación? ¿Podemos seguir día a día cumpliendo con
tareas de tiempos de paz, cuando a nuestras espaldas se está
fabricando la vida artificialmente?
Nada queda por
ser respetado.
A pesar de las
atrocidades ya a la vista, el hombre avanza perforando los últimos
intersticios donde se genera la vida. Con grandes titulares se
nos informa que la clonación es ya un éxito. Y nosotros, todos
los hombres del planeta que no queremos esta profanación última
de la naturaleza, ¿qué podemos hacer frente a la inmoralidad
de quienes nos someten?
La humanidad ha
recibido una naturaleza donde cada elemento es único y
diferente. únicas y diferentes son todas las nubes que hemos
contemplado en la vida, las manos de los hombres y la forma y el
tamaño de las hojas, los ríos, los vientos y los animales.
Ningún animal fue idéntico a otro. Todo hombre fue misteriosa
y sagradamente único.
Ahora, el
hombre está al borde de convertirse en un clon por encargo:
ojos celestes, simpático, emprendedor, insensible al dolor o trágicamente,
preparado para esclavo. Engranajes de una máquina, factores de
un sistema, ¡qué lejos, Hölderlin, de cuando los hombres se
sentían hijos de los Dioses!
Los jóvenes lo
sufren: ya no quieren tener hijos. No cabe escepticismo mayor.
Así como los
animales en cautiverio, nuestras jóvenes generaciones no se
arriesgan a ser padres. Tal es el estado del mundo que les
estamos entregando.
La anorexia, la
bulimia, la drogadicción y la violencia son otros de los signos
de este tiempo de angustia ante el desprecio por la vida de
quienes nos mandan.
¿Cómo podríamos
explicarles a nuestros abuelos que hemos llevado la vida a tal
situación que muchos de los jóvenes se dejan morir porque no
comen o vomitan los alimentos? Por falta de ganas de vivir o por
cumplir con el mandato que nos inculca la televisión: la
flacura histérica.
Cientos de
miles de jóvenes son drogadictos. Andan como bandas por las
plazas del mundo.
Todo hace
pensar que la Tierra va en camino de transformarse en un
desierto superpoblado. No es casual que en una de las últimas
Cumbres Ecológicas se hayan previsto guerras, en un futuro no
muy lejano, para la obtención de agua potable.
Este paisaje fúnebre
y desafortunado es obra de esa clase de gente que se ha reído
de los pobres diablos que desde hace tantos años lo veníamos
advirtiendo, aduciendo que eran fábulas típicas de escritores,
de poetas fantasiosos.
Según esa
inversión semántica que traen las lenguas, el epíteto de
realistas señala a individuos que se caracterizan por destruir
todo género de realidad, desde la más candorosa naturaleza,
hasta el alma de hombres y de niños.
Si bien los
optimistas impertérritos arguyen que la humanidad ha sabido
siempre sobreponerse a los bárbaros acontecimientos, de ninguna
manera estamos en condiciones de poder confiar en esta clase de
sofismas. En primer lugar, porque hay civilizaciones enteras que
jamás se recuperaron, y en segundo, porque atravesamos una
crisis total y planetaria.
Ya hace unos años,
la capacidad destructiva del mundo era cinco mil veces superior
a la que había en la época de la Segunda Guerra Mundial, el
poder de las bombas atómicas en reserva superaba un millón de
veces a la bomba que destrozó Hiroshima.
Un chiquito
muere de hambre cada dos segundos. Lo criminal es que con el
medio por ciento del gasto de armamentos se podría resolver el
problema alimentario de todo el mundo. Nada hace pensar que
estas cifras estén variando para mejor. Son tiempos en que el
hombre y su poder sólo parecen capaces de reincidir en el mal.
Hemos puesto en funcionamiento potencias destructoras de tal
magnitud que su paso, como señaló Burckhardt, puede llegar a
impedir el crecimiento de la hierba para siempre.