Estimados caminantes,
Muy interesante este artículo sobre como se llegó a
islas como Nueva zelanda, Nueva Caledonia, Tahití,
etc...se destruyó o alteró mucha parte de flora y
fauna respetada por sus nativos, pero peor aún, sus
nativos pasaron a ser las clases subyugadas y
aisladas, con sus culturas y lenguas amenazadas o
destruidas, las islas vendidas como paraísos para el
turismo masivo internacional principlamente el sexual
y sitio predilecto para pruebas nucleares. Los países
que más hablan de derechos humanos y conservación como
Francia e Inglaterra, ayudaron a estas destrucciones
ecológicas y humanas, y más incomprensible aún, estos
mismos países realizan casi ningún estudio sobre el
impacto de estas pruebas nucleares, el turismo masivo
o el exceso de colonialismo...ese es el desarrollo y
la inteligencia y ciencia superior?...juzgen ustedes.
El más cordial de los saludos
José
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Esta e suna revista con varios artículos buscar el 3 y
4:
Europeos y oceanianos. Algunas reflexiones acerca de
las visiones europeas sobre Oceanía
Carlo A. Caranci
(Este se los envío abajo)
No era un paraíso corriente: Imaginería visual y
verbal en el surgimiento del turismo en las islas del
Pacífico
*(41)
http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/12271656442363728543435/p0000\
001.htm
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Europeos y oceanianos. Algunas reflexiones acerca de
las visiones europeas sobre Oceanía
Carlo A. Caranci
AEEP
Del aislamiento de las distintas comunidades
humanas en la Prehistoria por la escasa densidad
demográfica del Planeta, que sólo se buscaban por
estricta necesidad, y preferían una soledad facilitada
por las grandes distancias y la ignorancia y temores
mutuos, se ha pasado hoy en día a la posibilidad
práctica de contactos muy frecuentes entre pueblos o,
por lo menos, de hacernos concisiones de los demás
teóricamente permanentes.
Hoy la sensación de proximidad, de vecindad es
general, se da ya no sólo en las áreas en las que han
confluido pueblos y civilizaciones sino entre regiones
geográficamente separadas, pero aproximadas por los
media, por la rapidez de los viajes, por el acceso
informativo y científico mucho más fácil. No es que el
exotismo no exista ya, pero se ha localizado no en el
ansia de descubrimiento genuino de lo que se
desconoce, sino en la concreción visual y física de lo
que ya se ha entrevisto en el folleto turístico, en la
televisión, en la revista, en los discos, en el cine,
o en los libros.
Entre medias, entre los tiempos más antiguos y la
actualidad, están los cada más frecuentes contactos
entre poblaciones demográficamente más numerosas con
el paso de los siglos. Cada vez menos poblaciones
quedaron aisladas o ignoradas. Los contactos
provocaron otros contactos, que abrieron tierras y
pueblos, nolens volens, al resto del mundo, forzaron
relaciones y, por lo tanto, provocaron opiniones,
imágenes, percepciones, visiones mutuas, siempre
condicionadas, pues cada uno, obviamente, se
presentaba con su propio bagaje cultural, a través del
cual veía: por eso las visiones difícilmente podían
ser igualitarias, espontáneamente tolerantes y
comprensivas, sino animadas por el asombro, la
incomprensión, el temor, y, eventualmente, lo que
empeoraba las cosas, por la violencia y la guerra, la
rapacidad, la imposición de formas culturales ajenas,
el desprecio o la admiración, y sufrieron
distorsiones, las condicionó la propaganda positiva o
negativa, y derivaron de las actuaciones y
comportamientos [60] respectivos. Este es un mecanismo
universal. Sin embargo, los europeos, en los últimos
cinco siglos lo han llevado hasta un grado nunca visto
antes, superando negativamente a los demás pueblos.
Acerca de las visiones europeas sobre Oceanía
disponemos de una documentación abundante debida a
personajes de todo tipo (misioneros, comerciantes,
espías, militares, diplomáticos, viajeros y
aventureros, delincuentes, cautivos, y, más
recientemente, también científicos, antropólogos,
turistas, funcionarios, etnólogos, artistas,
historiadores, etc.): relativamente escasa en los
siglos XVI y XVII, para ir aumentando notablemente
desde el siglo XVIII hasta hoy, tanto la de carácter
memorialista como la de carácter descriptivo y real o
pretendidamente científico.
(En cambio la documentación extra-europea sobre
Europa y Occidente es muy escasa. Hay bastantes cosas
en las sociedades dotadas de escritura (en el mundo
islámico, en China, menos en Japón), poco en otras
partes de Asia, muy poco en África Negra antes del
siglo XVIII. Y nada hay, prácticamente, en Oceanía
antes del último tercio del siglo XIX. Antes de esta
fecha, la mayoría de sus sociedades eran ágrafas; sólo
la tradición oral puede decirnos algo de las visiones
oceanianas sobre los europeos en tiempos
precoloniales, y aquélla ha sido poco estudiada(3), e,
indirectamente, las visiones contenidas en la propia
documentación occidental.)
Aquí vamos a dar un somero vistazo a algunas de
las visiones de los occidentales sobre los oceanianos,
en particular en los primeros tres siglos (sin olvidar
alguna alusión puntual a cómo vieron los oceanianos a
los europeos), y a cómo éstas fueron condicionadas,
por lo general férreamente, por la expansión y el
bagaje cultural occidental.
La expansión europea
Casi todo el mundo ha sido imperialista alguna
vez, de alguna forma. Pero Europa, a partir del siglo
XV, va imprimiendo cada vez más un carácter peculiar a
su expansión (y, por tanto, a sus visiones de los
demás), de una manera que parece cada vez más general,
masiva e ideológica.
La expansión portuguesa, castellana (luego
española), inglesa (luego británica), holandesa,
francesa, danesa, rusa, sueca -sin olvidar algunas que
todavía subsisten en ese siglo, como la veneciana o la
hanseática-, puede calificarse, globalmente, para
entendemos, de «europea», al ser tantos los países
europeos que salen casi al unísono. Y no visitan un
reino, no viajan a una [61] región: se dirigen a todo
el mundo y, en nuestro caso, cruzan el Pacífico y
tocan varias tierras oceanianas.
No buscan sólo tributos o sólo riquezas, sino,
además, almas, mercados, productos agrícolas y
minerales, territorios. Y buscan el dominio total:
económico, territorial, político, militar,
ideológico-religioso, sexual, laboral, cultural,
lingüístico, demográfico, ecológico. Este dominio va a
ser muy duradero, desde los siglos XV-XVI hasta
entrada la segunda mitad del XX y, desde el siglo XIX,
sistemático; y va a ser intolerante y brutal: ya en
los siglos XVI y XVII Europa ha alterado o
desvencijado para siempre a varias civilizaciones
material e intelectualmente, y ha aniquilado a
poblaciones enteras(4), y volverá a hacerlo en el
XVIII y XIX. Las visiones europeas de los demás irán
modificándose con el paso del tiempo, acoplándose a
cada época, pero el hecho de la prolongada expansión y
dominación, de su continuidad y globalidad, será su
hilo conductor, su denominador común.
Oceanía ha sido la última porción de la Tierra,
después de América, en entrar en contacto con los
europeos, en el siglo XVI. Aquí llegan desde
Insulindia y desde la propia América, a partir de
antiguas (griegas, romanas, medievales) informaciones
inconcretas sobre tierras australes en las antípodas y
de noticias más recientes sobre tierras al este de las
Filipinas y de las Molucas, es decir, sobre lo que hoy
es Oceanía.
Tasmanos, australianos, melanesios, polinesios y
micronesios crearon varias grandes áreas culturales,
varias civilizaciones. Cuando los europeos entran en
el Pacífico no sospechan ni siquiera, como veremos, la
existencia de la multitud y diversidad de pueblos que
encierra, la magnitud y frecuencia de los intercambios
económicos y culturales entre las diversas partes de
Oceanía y entre éstas y Asia -y se especula sobre
posibles y probables contactos Oceanía-América-:
«Mucho antes de la llegada de los
blancos -dice D. L. Oliver- existían empresas
comerciales organizadas. La costumbre del trueque de
aldea a aldea era universal entre los isleños. Los
productos del mar se cambiaban por los de los bosques,
y las corrientes de este tráfico franqueaban incluso
los límites que separaban a las tribus enemigas. Los
miembros de cierta colectividades marítimas se había
hecho especialistas para servir de intermediarios
transportando las mercancías de una isla a otra. Estas
mercancías consistían en víveres, instrumentos de
piedra, armas especialmente trabajadas, monedas de
conchas, telas, cosméticos e incluso seres humanos.»
(1952:28). [62]
Los europeos pensarán hasta tiempos recientes que
Oceanía es poco menos que un «vacío» humano y
cultural.
Los primeros contactos se remontan al siglo XVI
(con los portugueses, luego con los castellanos), pero
no tiene influencia en la historia de Oceanía. Más
influencia tienen los del siglo XVII. Pese a los
descubrimientos portugueses, españoles (e
hispanoamericanos), holandeses, ingleses, franceses,
Oceanía prosigue su evolución histórico-cultural
peculiar durante el XVI y el XVII, ajena totalmente a
lo que Europa puede significar. Las esporádicas
relaciones no dan idea, aún, de lo que será la
penetración extranjera, salvo, parcialmente, en el
XVII, para las islas de Micronesia ocupadas por
España, donde el esquema de implantación colonial
sigue la pauta americana.
Sólo los contactos del XVIII comienzan a ser
profundos y específicos, cuando los viajes se
desdoblan de manera típicamente ilustrada,
entreverando el interés científico y el político(5), y
se pone fin a la utopía de la Terra Australid. Ahora
se constatan los primeros síntomas del giro importante
que se va a producir en Oceanía, pero que no puede
considerarse la «revolución histórica» de la que
hablan los historiadores occidentales(6): la presencia
de europeos no es aún masiva ni éstos muestran interés
por la ocupación territorial, salvo en el caso de
Australia. Bruscamente, en la segunda mitad del siglo,
parecen cambiar de idea. El desarrollo del comercio y
los primeros pasos de la revolución industrial los
empuja a tratar de delimitar sus esferas de acción,
con la colaboración de los cazadores de ballenas y de
esclavos, los comerciantes, los misioneros(7), todos
ellos en febril competencia.
En el segundo tercio del XIX los europeos
comienzan a anexionar territorios, a trazar fronteras
artificiales, a imponer monocultivos y regímenes
coloniales. A fines de siglo Oceanía ha quedado
repartida entre diversas potencias occidentales. [63]
Los contactos y las visiones
En estos siglos de contactos y dominaciones
Europa va formando, va formándose un modo de ver al
«otro»: a través de su bagaje cultural, como todo el
mundo, ve, observa, describe, explica y juzga, con una
mezcla de sorpresa, asombro, rechazo y eventualmente
curiosidad por parte de quienes habían vivido en
ámbitos más estrechos, costumbres y actitudes
«diferentes», «exóticas», «extrañas», «absurdas» e
«incomprensibles», pero «pintorescas», incluso
«atractivas» y «misteriosas», ante la vestimenta, el
aspecto físico, el color de la piel, la textura del
pelo, los idiomas, la voz, los gestos, la desnudez, la
gastronomía, ante los hábitos sociales, educativos,
sexuales, estéticos, etc. Esto azuza su fantasía
positiva o negativamente: muchas veces el observador
admira o simplemente da fe del otro ser humano que
tiene ante sí, las más lo menosprecia, lo considera
«bárbaro», «primitivo», «inferior», se cree «único» y,
por tanto, «superior», en una especie de racismo sin
ideología, «por defecto», «espontáneo», irritado e
interesado a un tiempo al descubrir que no está solo;
pero es una superioridad de operatividad reducida y
muchas veces, ante el desconcierto que le produce la
novedad, insegura(8).
Porque hay dos actitudes ante el «otro»: hay
quien cree que las diferencias formales,
circunstanciales y accesorias entre los individuos y
los pueblos son básicas y decisivas, al ser incapaz de
penetrar más allá del envoltorio, lo que le lleva a
categorizarlas, como primer paso hacia la exclusión y
el racismo: a veces, para aquél, las diferencias
pueden ser las que distinguen a los hombres de los
animales(9). Para otros, en cambio, esas diferencias
son superficiales, secundarias, irrelevantes, y no
ocultan la naturaleza humana básica de todos los
pueblos: esto los salva del racismo.
Aunque los no racistas han sido siempre bastante
más numerosos de lo que se cree, en Europa los
racistas los superan en número y, sobre todo -y esto
es decisivo a la hora de las opiniones sobre los otros
pueblos-, son, como diríamos [64] ahora,
«políticamente correctos», y acaban predominando:
porque coinciden con y sirven a los intereses
fundamentales de la expansión, de la conquista, del
proselitismo religioso, de la jerarquización racial y
social, de la dominación (en nuestro caso a la
europea). Su actitud se fomenta desde los centros de
poder, sirven para colocar a la dominación una máscara
de bondad, necesariedad e ineludibilidad, sirve tanto
a los falsos altruistas como a los evolucionistas de
buena fe que quieren «elevar» al indígena a la
Civilización (occidental), o como al que busca un
pretexto radical para la más brutal y total
explotación.
Antes de continuar digamos que los que observan y
describen son muchos y variados. El contacto con los
demás pueblos no es sólo obra de misioneros,
estudiosos, funcionarios; ni sólo de literatos o
artistas. La mayoría de las veces lo realizan simples
soldados, frailes ignorantes, braceros analfabetos,
piratas y otros personajes de escasa instrucción, poco
refinados, cuyos cimientos culturales no son los más
avanzados de su época(10). Y muchos oceanianos creerán
que éstos son el europeo medio. Es cierto que suelen
ser los primeros los que dejan informes y relaciones,
pero no faltan entre los últimos y, sobre todo, éstos
contribuyen también, desde su nivel cultural, a la
difusión de lo que ven o creen ver en América, África
u Oceanía entre sus conciudadanos, a la vuelta a
Europa.
Los monstruos y la Razón
En la Antigüedad y en la Edad Media, cuando la
europea no se destaca de otras civilizaciones, los
contactos con otros pueblos, y el mecanismo de
elaboración de las visiones que se derivan, siguen
pautas que podemos llamar universales, no diferentes
de las de otras culturas.
Ya con anterioridad a muchos contactos, el
imaginario europeo se nutre de historias legendarias,
mitos, se puebla de seres fantásticos, que provienen
de los temores más remotos, de las explicaciones
prístinas, de geografías fabulosas que, para el
europeo -lo mismo que los suyos para el oceaniano-,
serán realidad durante muchos siglos y condicionarán
las visiones ya más contrastadas de los siglos
posteriores. En los siglos «precientíficos» las
explicaciones [65] básicas las proporcionan el temor a
lo desconocido, la magia, las religiones y, en
general, el pensamiento no racionalista y acientífico,
paliado sólo por la aproximación empírica y, en el
mejor de los casos, protocientífica. Esto sucede en
todos los continentes hasta épocas relativamente
recientes: en Europa todavía en el siglo XVIII, si no
más tarde; en otros lugares, como Oceanía, hasta hace
pocos decenios o, incluso, en bastantes ámbitos, hasta
hoy día.
Hasta por lo menos los siglos XVI y XVII la
mayoría de los europeos cree en tierras y seres
fantásticos: hombres de dos cabezas, o con cabeza de
perro, con una sola pierna, con ojos en el pecho y sin
cabeza, amazonas guerreras, gentes que alcanzaban los
300 años de edad, islas móviles, islas y continentes
inencontrables como Rica de Plata, Rica de Oro, las
islas del Poniente, el País del Rey Salomón,
Ofir...(11); y en otros no tan fantásticos, como luego
se sabrá: calamares de 20 metros, unicornios (¿el
rinoceronte?), dragones (¿el varano de Komodo?),
sirenas (dugongo), serpientes marinas gigantes,
«hombres de barro» -los hombres de Asaro en Nueva
Guinea-, enanos y gigantes, o la Terra Australis
Incognita, el Mare Oceanum Innavigabile, el Mate
Oceanum Meridionale Inabitabile, el Océano Externo (el
Pacífico), etc. Cuando Mendaña, en el siglo XVI,
avista las actuales Islas Salomón, en Melanesia, cree
que se trata de la tierra rebosante de oro del rey
judío del mismo nombre.
Pero la llegada a América modifica radicalmente
la visión europea, llevando estas concepciones y
percepciones a una proliferación y a una escala nunca
vistas e introduciendo componentes nuevos. Va a
condicionar para siempre la idea que los europeos se
hacen de los demás: muchos estereotipos «americanos»
de los siglos XVI o XVII provienen del contacto del
Descubrimiento y se han aplicado luego a africanos,
asiáticos y oceanianos, algunos hasta hoy. Un ejemplo
clásico: los españoles, que llamaban indios,
erróneamente, a los americanos, utilizarán la misma
palabra para denominar a los filipinos, a los
marianeses, a los salomoneses, a los marquesanos.
El impacto de América «sacude hasta los cimientos
la antigua concepción del mundo, en la que dominaba la
idea de Revelación» (Duchet 1975: 11), acaba con la
solidez y utilidad de las doctrinas tradicionales: el
intento de conciliar las novedades halladas con la
doctrina cristiana cuaja mal. Pero una vez decidido
que los «indios» y otros pueden ser seres humanos(12),
se hace un [66] esfuerzo para incluir de algún modo en
la Cristiandad a través de la cristianización, incluso
forzada, a estas gentes consideradas sencillas, a
estos salvajes buenos, no corrompidos todavía como los
europeos, y los misioneros se hacen la ilusión de
haber vuelto al cristianismo primitivo. Esto ocurre
sobre todo en América, pero también en Filipinas y en
las islas de Micronesia ocupadas por los españoles en
el siglo XVII. La cristianización sin embargo, no sólo
no es incompatible con el saqueo y la expansión
armada, sino que es su otro polo: de buena o de mala
fe, los europeos buscan ansiosamente riquezas en
nombre del Rey y de Dios:
«En mi opinión [...] estas islas [las
Salomón] tenían poca importancia [...] pues en el
curso de estos descubrimientos [los españoles] no
encontraron muestras de especias, ni de oro y plata,
ni mercancías, ni ninguna otra fuente de beneficio, y
toda la gente eran salvajes desnudos [...]. La ventaja
que podría derivarse de explorar estas Islas podría
ser hacer esclavos.» (Carta de Juan de Oroso al Rey de
España, 20-III-1569)(13).
Fuera de la sociedad religiosa, prosigue Duchet,
en el ámbito humanista y, luego, en el librepensador,
en el ilustrado, estos pueblos serían la demostración
de la superioridad de la moral natural, basada en el
instinto y en la razón. Pero se trata de un debate
filosófico y moral, no antropológico, y no sobre los
recién hallados: a éstos se los utiliza en ese debate
entre ambas concepciones -que en el fondo convergen
los dos en la utopía, en el Paraíso reencontrado o en
la Edad de Oro-. Es la mitificación del «otro», que
volveremos a encontrar con el evolucionismo en el
siglo XIX.
A partir del siglo XVII, con la universalización
de la expansión y la consolidación de imperios
coloniales en América y en Asia, y las necesidades
prácticas de la dominación y de la explotación, se va
relegando el aspecto moral y el religioso que
«unificaba» a la especie humana por encima de sus
diferencias culturales. Asimismo, desde el siglo XVII
y, sobre todo, desde el XVIII, la mejora de los
conocimientos geográficos, y científicos, los
contactos más frecuentes difuminan, liquidan o
explican muchas de las fantasías o de las incógnitas
-aunque, intermitentemente, reafloran algunas, como,
hacia 1730, la de las Islas Rica de Oro y Rica de
Plata-.
Es la época de las grandes relaciones de viajes,
en las que hay descripciones bastante minuciosas de
los oceanianos, todas condicionadas por la nueva
intención moral del dogma ilustrado -piénsese en
Bougainville, Cook, Malaspina, Lapérouse, Máximo
Rodríguez, Banks, Wallis, y muchos otros-, aunque sin
olvidar la exigencia fáctica: [67]
«¡Llorad desgraciados tahitianos!
llorad; pero que sea por la llegada y no por la
partida de esos hombres ambiciosos y malos: un día los
conoceréis mejor. Un día volverán [...], a
encadenaros, estrangularos o someteros a sus
extravagancias y a sus vicios; un día seréis sus
siervos, tan corrompidos, tan viles y tan desgraciados
como ellos. [...].»
Esto profetiza Diderot en su obra de ficción
Supplément au Voyage de Bougainville, en lo que parece
la exageración moralista de un ilustrado que escribe
sus libros, como diría Lapérouse, sentado junto al
fuego (aunque habría que preguntarse si gran parte de
su «profecía» no se cumplió en los siglos XIX y XX). Y
el propio Lapérouse, en su Voyage autour du monde, de
1797, exclama indignado: «Los filósofos deben
quejarse, sin duda, al ver que unos hombres, por el
mero hecho de tener cañones y bayonetas, consideran
que sesenta mil de sus semejantes [de Tahití] no valen
nada; [...].»
Aparentemente, estamos lejos de la brutalidad de
los viajeros de los siglos XVI y XVII, movidos por la
rapacidad y la religión, y Lapérouse, ingenuamente,
cree que a los tahitianos se los conoció
«afortunadamente en una época [el s. XVIII]
en que la religión ya no servía de pretexto para la
violencia y la codicia. Los navegantes modernos sólo
tienen como objetivo, al describir las costumbres de
los pueblos nuevos, completar la historia de la
humanidad; [...].»
No hace falta recordar que las protestas de los
ilustrados no impedirán la expansión, la explotación y
el proselitismo europeos, en ese mismo siglo XVIII.
Las visiones y la Ciencia
El siglo XIX es una etapa extremadamente
prolífica en informes, estudios e investigaciones de
campo, en visiones de los otros pueblos, que aspiran a
situarse voluntariamente dentro los límites de la
Ciencia, con mayúscula. A la Europa de este siglo los
pueblos y las geografías fabulosas le parecen
supercherías, antiguallas o propias de gentes
primitivas. Pero esa Ciencia, es decir la etnografía,
etnología, antropología, historia, geografía humana y
otras disciplinas de la sociedad, no dejan de estar
condicionadas también por las coordenadas culturales
europeas. Cuando la expansión y la dominación se
generalizan, estas ciencias están en permanente riesgo
de producir rebabas paneuropeas, «blanquistas»,
raciales -y racistas-, occidentales en suma (lo que no
evita los conflictos intereuropeos, causados muchos de
ellos, precisamente, por la competencia en la
expansión). [68]
Con todo, sin excluir cierto romanticismo, esas
ciencias representan un esfuerzo de objetividad, que
remueve ciertos prejuicios y mitologías, y parecen más
respetuosas con otras culturas.
Es otra forma de ver, que se distingue de la
consideración global y moral del género humano de
siglos anteriores. Se estudia a los demás pueblos como
«otros», lo que conducirá a otra mitificación de los
«demás», esta vez sólo negativa: se producirá una
contradicción entre, por un lado, la mejora
cuantitativa y cualitativa de los conocimientos, que
deberían permitir una mayor comprensión y
diferenciación de los pueblos que los occidentales
encuentran, y, por el otro, la tendencia reduccionista
a verlos como un bloque, a irlos metiendo a todos en
el mismo saco del «indígena» y del «otro», como un
conjunto único, idea unívoca, afianzada en los años de
la colonización, al homogeneizar las diferencias, al
«monotonizar» la enorme diversidad que fue
encontrándose durante la expansión: estas ciencias se
ponen al servicio de la separación entre las razas, es
decir entre los europeos y los «demás». Y esta
limitación «sólo es posible postulando una ruptura en
la especie humana, lo que necesariamente suponía poner
al otro en un lugar inferior(14)».
Se solidificaron así las ideas sobre el «otro»,
de forma más inapelable que antes, al sustentarse en
la Ciencia. El ejemplo de Melanesia y Nueva Guinea es
instructivo: sus tierras encierran una enorme variedad
de sociedades diferenciadas -se dice que en Nueva
Guinea se hablan unas 700 lenguas- y algunos europeos
intuyen esta variedad. Pero pronto la visión
uniformizante del evolucionismo va a reducirlas a unas
cuantas, de forma abusiva: papúas (todos los
innumerables y diferentes pueblos de Nueva Guinea),
melanesios (de la costa y archipiélagos neoguineos,
los no papúas), canacos (los de Nueva Caledonia, y a
veces los de las Salomón y Nuevas Hébridas).
Se crea así un «otro único mítico», ya no
fantástico pero casi tan irreal, al quedar reducido a
un único modelo, como el ser sin cabeza y con ojos en
el pecho con el que los europeos medievales ilustraban
el Millón de Marco Polo.
Los no europeos, para Europa, no tienen
Historia(15). Esto tiene que ver con la práctica,
también reduccionista, de interpretar la historia
universal en función de categorías históricas basadas
en la historia de Europa. Y tiene que ver con la
concepción lineal y acumulativa de la historia en
Europa, con el esquema de sentido único y etapas fijas
del que hemos hablado antes, con la tendencia
filosófica al cambio continuo. A los europeos les es
imposible concebir la [69] existencia de sociedades
humanas que «no cambian, que no se autoimponen
itinerarios, metas, misiones históricas, que no
«progresan», en suma: es decir, que existan lo que, en
la terminología antropológica de Lévi-Strauss, son
sociedades frías, en contraposición a las calientes
(por antonomasia, la occidental): sociedades, como las
oceanianas, cuya preocupación básica es la adecuación
y el equilibrio respecto al medio, al que tratan de
modificar lo menos posible, lo que se manifiesta a
nivel filosófico, ideológico como integración y
participación en la vida global del mundo, no en
contra de ella, cuyas «fuerzas» se contraponen y
complementan, garantizando el deseado equilibrio.
Se trata de una preferencia filosófica por la
estabilidad, por la repetición, por el menor cambio,
por una historia cíclica e inmutable. Así, pues, el
paso del tiempo no es lineal, como entre los europeos,
sino que importa más el aspecto sincrónico,
estructural, que el diacrónico o histórico, o, dicho
de otra manera, el cambio se concibe no como el paso
necesario de un estadio a otro, se realizaría más
sobre un círculo que sobre una línea o una espiral.
Estas sociedades, dice Lévi-Strauss, «pretenderían,
gracias a sus instituciones, anular casi
automáticamente el efecto que podrían tener los
factores históricos en su equilibrio y su continuidad.
Las otras [las calientes] interiorizarían
resueltamente el devenir histórico para convertirlo en
motor de su desarrollo. [... ] el objetivo de las
sociedades «frías» consiste, en resumen, en hacer que
el orden de sucesión temporal influya lo menos posible
en el contenido de cada una. Indudablemente sólo lo
consigue en parte; pero es la norma que se fijan.» (El
pensamiento salvaje, 306-308). El pasado se reformula
de modo que una innovación social, un cambio político,
un acontecimiento importante no modifique el
equilibrio, y la nueva realidad se explica como
existente desde siempre o como mero accidente(16).
Peter H. Buck (Te Rangi Hiroa) dice que «Influidos por
la mitología y las leyendas locales, los samoanos se
consideran realmente autóctonos.» Pero no lo son; así,
en una ceremonia ante un jefe isleño, Buck aludió a
que el origen común de los polinesios se hallaba en
Asia, a lo que el jefe samoano replicó, tajante:
«Gracias por su interesante discurso. Nosotros somos
originarios de Samoa(17).» [70]
Este pensamiento «frío» implica también una
limitación de los conflictos y, en cierto modo, de
aquellas incitaciones intelectuales consideradas
innecesarias para la estabilidad y supervivencia del
grupo, lo que lleva a una menor o más controlada
actividad filosófica, a un menor gasto de energía
social: se obtiene así un nivel de existencia mucho
más modesto, pero más viable y duradero, también desde
el punto de vista ecológico. Eran sociedades -y en
parte son, de ahí la tensión y los conflictos actuales
entre «tradición» y modernidad»- que tendían a lo que
los ecólogos llaman crecimiento cero, evidentemente no
en términos absolutos, pues la mayoría de las
sociedades de Oceanía están a caballo entre las
sociedades «estáticas» y las «dinámicas». Así, pues,
la exigencia de estabilidad hace que las sociedades
frías se centren sobre todo en cómo durar, más que en
cómo cambiar, lo que no quiere decir que nieguen la
existencia del devenir histórico o que piensen que
nada cambia, sino que lo consideran el cambio una
forma sin contenido, y tratan de que el antes y el
después se asemejen.
Cuando los europeos llegan a Oceanía se hallan,
en el campo tecnológico, por encima de los oceanianos,
pero no se hallan ante pueblos sin pensamiento, sin
cosmovisiones, ni ante «mentalidades prelógicas», sino
ante concepciones filosóficas diferentes, pero todas
ellas, sin excepción, frías, que les es imposible
concebir.
Así, los occidentales pasan definitivamente de un
esquema clasificatorio moral a un esquema
clasificatorio jerárquico, en el que ese «otro» único
queda situado en los escalones inferiores de la
evolución humana, en los que permanece estancado en
etapas primitivas, aunque se les reconoce la
posibilidad, en el mejor de los casos, de realizar un
recorrido ascendente ayudados por Europa, pasando por
diversas etapas, hasta alcanzar alguna vez «nuestro
propio nivel», la Civilización: es el esquema del
evolucionismo. Un texto de Élie Reclus de 1885
sintetiza bien la exigencia evolucionista y el
acercamiento comprensivo pero eurocentrista al «otro»:
«Nos hemos acostumbrado demasiado a
mirar con desdén, desde las alturas de la civilización
moderna, las mentalidades de los tiempos pasados
[...], que caracteriza a las colectividades humanas
anteriores a la nuestra. ¿Cuántas veces se las
menosprecia sin conocerlas? [...] y se ha terminado
por creer que no hay más inteligencia que la nuestra y
que no hay otra moralidad que la que se acomoda a
nuestras fórmulas. [...].
A todo civilizado, los no civilizados empiezan por
serle repugnantes. [...] Los sujetos que se exhiben
como tales en nuestras ferias se esfuerzan por
representar el tipo oficial harto vulgar. [...] ¿Sus
bailes? Contorsiones, movimientos barrocos y
grotescos. ¿Sus comidas? Descuartizar un conejo,
morder a una gallina viva. Ningún viajero encuentra
tipos parecidos. A medida que el investigador aprende
la lengua indígena, que penetra en sus ideas y modos
de sentir, deja de ser extranjero entre los
extranjeros. [...] finalmente descubre que los
salvajes le [71] parecían tanto más salvajes cuanto
más desconocidos le eran; que la repulsión era por su
ignorancia.
[...] Vayamos más lejos. Esos primitivos son niños
con la mentalidad de tales. [...] La inteligencia
infantil no es en todos casos inferior a la razón del
adulto. [...] Los pueblos nacientes tienen también sus
manifestaciones subitáneas, sus inspiraciones de
genio, [...]. Por eso no vacilamos en afirmar que en
numerosas tribus, llamadas salvajes, el término medio
del individuo no es inferior, ni moral ni
intelectualmente, al individuo medio de nuestros
Estados llamados civilizados(18).»
Lo dicho antes vale, incluso más, para las
numerosas memorias de viajes y memorias de literatos y
artistas, y de otros individuos ajenos al mundo
científico, pero que participan también, obviamente,
en el siglo de la Ciencia, de un evolucionismo
vulgarizado que puede acabar, más que en el caso de
los científicos, en el darwinismo racial y social.
Pero las fantasías de antaño desaparecen barridas
sin más por la Ciencia. (Algunas subsisten arropándose
con elementos seudocientíficos. Hoy ocupan ese lugar
las corrientes próximas al realismo fantástico, los
herederos de Ernst Haeckel, los discípulos de J.
Churchward y otros que, apoyándose en una mezcla de
datos objetivos y supercherías tratan, entre otras
cosas, de demostrar la existencia de un continente
situado en el Pacífico, Mu, que habría desapareció un
buen día, o de hacer derivar a ciertos habitantes de
Oceanía de extraterrestres(19)... Y no faltan, en el
mundo del anecdotario exótico-absurdo, ejemplos de que
la fantasía disparatada puede aun asomarse por muchos
resquicios: en los años 70 del siglo XX el periodista
español Carlos Sentís, que comentaba un documental
sobre Polinesia, afirmaba sin pestañear y
contradiciendo lo que el telespectador podía ver con
sus propios ojos en ese momento, que «los tahitianos
tenían el dedo gordo del pie de igual tamaño que el
resto del pie».)
El europeo, obnubilado por sus propios progresos
en numerosos campos no ve, en gran parte porque no
comprende, lo positivo en los demás. Del sesudo
antropólogo al más ignorante europeo todos se sienten
superiores al «otro» y dotados para opinar sin más
sobre éste. Nada hay más penosamente ridículo que el
europeo que, en la colonia, se esfuerza por dejar de
ser una persona normal para convertirse en EUROPEO,
cuya actuación incluye mirada fiera, porte erguido,
aplomo, seguridad e intolerancia y paternalismo hacia
el indígena. En [72] Europa pocos saben algo sobre los
pueblos no europeos: la carencia de opiniones
objetivas, la falta de temor al ridículo, al no
exigirse opiniones contrastadas, hacen que el viajero
(y el científico) pueda desprenderse del imperativo de
objetividad y decir prácticamente lo que desee. Los
propios oceanianos (y asiáticos y africanos) se
sorprenden o ríen, en ciertos casos, cuando leen lo
que de ellos se escribía, y a veces son incapaces de
reconocerse en las «fieles» descripciones del
explorador e incluso del científico de turno. Dice
Said, refiriéndose al orientalismo -pero la
observación vale para Oceanía-, que aquél es más
interesante para conocer a las sociedades occidentales
que para conocer a las asiáticas (Said 1991: passim).
Aunque es obvio que hay grandes diferencias de
objetividad y observación entre los europeos.
Sin embargo, por lo general, la «misión
civilizadora» -los europeos olvidaban que todos los
pueblos, incluidos los oceanianos, tenían su
civilización fue mero pretexto para justificar
éticamente la dominación. Y, cuando fueron sinceros,
fueron paternalistas o asimiladores. Todo esto
reflejaba la incapacidad filosófica de Europa -cuna,
se decía, del pensamiento científico- para cualquier
relativismo cultural, el extremado orgullo por su
civilización, y un nebuloso temor a lo diferente. Era
el eurocentrismo, esa «tiranía europea», como la llama
Chesneaux. Y esto subsiste hoy día: Europa creó «un
sistema mundial de pesos y medidas intelectual,
político, y moral» (...) «ha dibujado la geometría del
mundo desde su propia realidad, ha contado lo otro
como si sólo fuera la diferencia consigo misma(20).»
La idea que de sí mismos tenían los europeos y
occidentales, su perspectiva emic, se va a imponer sin
apelación, en una especie de gigantesca operación de
propaganda, sobre los colonizados, sin que éstos
puedan contrastarla por el desconocimiento relativo
que tenían sobre los europeos y por el hecho de ser
vehiculada y sostenida por la fuerza, y sin que los
dominados puedan oponer o al menos defender, a no ser
clandestina o indirectamente, su propia visión de sí
mismos y del extranjero, acomplejados, además, por el
apabullante éxito material de éste.
El oceaniano único
Así, el europeo que llega a Oceanía (y a otros
continentes) se va a caracterizar básicamente, con
diversos porcentajes, según la época, la instrucción,
la [73] clase social, las ideas políticas y
filosóficas, las características personales, por su
complejo de superioridad cultural.
Contrariando al pensamiento europeo, ninguna
parte del mundo estaba estancada a la llegada de los
europeos, ni ninguna era un «vacío» histórico. Cada
área de civilización, cada región tenía una historia
diferente que no comienza con la llegada de los
europeos. Cuando éstos aparecen, Oceanía, pese a su
exigüidad demográfica y, en las islas, territorial,
muestra una mareante variedad: varias áreas de
civilización (Tasmania, Australia, Melanesia,
Polinesia, Micronesia) con centenares de culturas y
lenguas, de formas de organización socio-política y
jurídica -bandas (Tasmania, Australia), clanes y
«tribus» (Nueva Caledonia), Estados aristocráticos
(Fidyi, Hawaii, Nueva Zelanda, etc.), anarquías
(Australia, Papuasia), jefaturas minúsculas o
vastísimas, sociedades cásticas o de gran movilidad
social-. Numerosos sistemas de producción -de la caza
y recolección (Tasmania, Australia), al «capitalismo
comercial» melanesio, pasando por las agriculturas de
subsistencia y de excedente, por la pesca, varias
formas de propiedad, etc.-. Y una gran diversidad
también en el campo de las filosofías, de las
religiones, de las concepciones del mundo, todas ellas
muy complejas y elaboradas, aun las de comunidades
consideradas muy «primitivas»: en el caso de la
Australia aborigen los estudiosos occidentales se
quedaron perplejos «por la disparidad entre el nivel
de vida casi animal y un sistema de pensamiento
metafísico»(21). Cada sociedad, cada comunidad,
formaba un mundo diferente. Los europeos, incluidos a
veces los propios etnólogos, no son siempre capaces,
pese a su obsesión descriptiva y clasificatoria, de
percatarse de las diferencias menos tangibles, las
psicológicas, las culturales, las ideológicas -no
siempre se sabe distinguir entre las cosmogonías
aborígenes australianas y las polinésicas, que son muy
diferentes-. Pero sí constatan, obviamente, las
físicas y exteriores en general: hay, comprueban los
europeos, «negros» y «aceitunados» -los melanesios son
negros (de ahí el nombre de Nueva Guinea a esta gran
isla, por la «semejanza» de sus habitantes con los
negros de Guinea, en África) y por tanto, para los
europeos, «más feos» que los «más blancos» polinesios,
pero unos y otros pueden ser igualmente «salvajes
desnudos» y «caníbales»-. Los hay más «violentos» y
más «asequibles», como comprueban ya Mendaña o Quirós
(cuando en realidad son éstos los agresores, y como
tales se los recuerda todavía -a la Barreto también-
en las Islas Salomón). [74]
Más adelante aparece el «buen salvaje»,
«inocente», de «vida apacible y natural» de los
ilustrados, pero tampoco ahora falta, para algunos
viajeros y para las tripulaciones europeas, el
«salvaje repugnante» o «asesino». Ya en el XIX, con la
colonización burguesa y con los primeros pasos de la
destrucción cultural, aparece el «salvaje holgazán»
(porque no quiere trabajar... ¡para el dominador!),
«sumiso», «abyecto», «lascivo», «incapaz de progreso»,
«borracho», «infantil», «levantisco», «degenerado».
Pero aparece ahora también una nueva versión, menos
edulcorada, del «indígena feliz»: cristianizado, con
el cuerpo cubierto, trabajador y disciplinado, que
asciende de la mano de los europeos...
El aborigen australiano es quien sale peor
librado en las visiones europeas ya desde el siglo
XVIII: los tasmanos son poco más que animales,
ladrones cobardes, sin (aparente) organización social
humana, sin leyes, sin viviendas, sin territorios
delimitados (se creía), por lo cual se los podía
ignorar o, en caso contrario, masacrar. Esta era la
visión predominante. Pero algunos europeos no dejaron
de constatar, con cierta sorpresa y moderada decencia,
que los tasmanos eran enemigos sutiles e
intrépidos(22) -la «Guerra Negra» duró unos 30
años...-, y la prensa alababa a veces en ellos, con la
boca pequeña, su «astucia y superior táctica que no
desmerecería en algunos grandes personajes
militares(23), y también había quien los consideraba
inteligentes y amigables.
Los aborígenes continentales australianos son
también para el europeo una gente extraña, salvajes y
bárbaros, animales humanoides, sin capacidad para
organizarse, estúpidos, malignos, asesinos de blancos,
cobardes, que carecen de cualquier tipo de pensamiento
elaborado, dignos sólo de ser expulsados a los
desiertos, o cazados deliberadamente, incluso por
diversión, con perros, a los que luego alimentar con
su carne(24). Los aborígenes debían desaparecer, o,
como se pensó más adelante -y se hizo-, había que
embutirlos en el estrato más bajo y marginal de la
sociedad colonial.
La violencia y las visiones
Las ideas de la superioridad occidental y del
primitivismo del «otro» las había consolidado, además,
el éxito de la violencia, las muy fáciles conquistas
militares en Oceanía -más aun que en África o en
Asia-, salvo en Australia [75] y en Nueva Zelanda. En
Australia se produjeron continuos enfrentamientos,
algunos de envergadura, entre británicos y aborígenes,
-en las primeras etapas del establecimiento británico
se calcula que murieron más de 20.000 aborígenes y
unos 2.000 británicos en las guerras de la frontera,
lo que representa cifras no pequeñas-. En Nueva
Zelanda las varias Guerras Maoríes entre 1843 y fines
de los 60, requirieron un considerable esfuerzo
militar por parte de los británicos. Hay que añadir
que el hecho fundamental que explica el éxito casi
continuo de las armas europeas durante la expansión,
es la diferente concepción de la guerra. Para los no
europeos, en nuestro caso para los oceanianos, los
conflictos armados están limitados, ritualizados, no
deben exceder cierto nivel de destrucción; hoy los
llamaríamos de baja intensidad. A veces esto ha
ocurrido en Europa, pero, como dice Geoffrey Parker
(1996: 66, 68-69, 77)(25), los europeos manifiestan
una extraordinaria brutalidad e implacabilidad,
tienden a aniquilar al adversario sin medias tintas; y
su superioridad militar se basa «en cinco puntos
principales: tecnología, disciplina, una tradición
militar muy agresiva, una notable capacidad de
innovación (y de rapidez en la reacción ante las
innovaciones de los demás) y -a partir aproximadamente
de 1500- un sistema único de financiación de la
guerra». Era obvio que los no europeos no podían
reunir las cinco condiciones. Por eso un ilustrado, el
Sieur de Surville, en su Nouveau Voyage, reflexiona
apesadumbrado, en 1769, dos siglos después de los
primeros contactos:
«Es triste ver a naciones civilizadas
hacer un uso demasiado libre de su fuerza de manera
tan repugnante y [...] llevar la pena y el temor a
gente que en materia de armas no tienen más que
flechas y lanzas para defenderse contra la opresión
europea.» (p. 279).
Consolida esas ideas también otra violencia, la
de la apropiación: sin trabas morales, el europeo cree
que tiene derecho de saqueo sobre los no cristianos,
sobre los no blancos, a quienes se ve sólo como
poblaciones a someter y a explotar. El impacto europeo
es muy destructor desde el punto de vista económico y
ecológico: semidesmantelamiento de las economías
locales, sedentarización forzada de nómadas, expulsión
de campesinos y acaparamiento de sus tierras, trabajo
forzado, perturbación de los ecosistemas,
deforestación, etc.(26) [76] Los casos más flagrantes
de apropiación del territorio y su corolario la
apropiación de tierras son los de Australia y Nueva
Zelanda, y también los de las Islas Hawaii, de Nueva
Caledonia y, a mayor distancia, de Fidyi. A los
maoríes, entre 1840 y 1912, se les arrebató el 95 por
ciento de las tierras; las Guerras Maoríes, para
ellos, son las «Guerras de la Tierra».
Asimismo, los europeos no comprenden bien cómo
funcionan las formas socio-políticas oceanianas, en
particular los sistemas acéfalos, al no concebir la
inexistencia de jefes; comprenden mejor las jefaturas
y Estados absolutos y clasistas polinésicos, más
próximos a los europeos. Con todo, en un primer
momento, en el siglo XVIII, creen en el equilibrio y
la perfección de la organización socio-política, como
reflejo del estado de naturaleza en que se supone que
viven los oceanianos. Sin embargo, Bougainville es
capaz de observar acertadamente -con una opinión que
provocaría la protesta de los philosophes por la
crítica al buen salvaje-, en su Viaje alrededor del
mundo, de 1771:
«Dije que nos había parecido que los
habitantes de Tahití vivían en una felicidad
envidiable. Creímos que eran casi iguales entre sí, o
que por lo menos gozaban de una libertad que sólo
estaba sometida a las leyes establecidas para que
todos fuesen felices. Me equivocaba: la distinción
entre los rangos está muy marcada en Tahití y la
desproporción es cruel. Los reyes y las personas
importantes tienen el derecho sobre la vida y la
muerte de sus esclavos y sus criados; me inclinaría
incluso a pensar que tienen también ese derecho
salvaje sobre la gente del pueblo [...]» (cit. en
Taillemite 1990:132).
El colonialismo no tolera los sistemas políticos
locales, y no sólo por las exigencias de la
dominación, sino porque los consideran «primitivos» y,
cínicamente, despóticos -algunos lo eran, pero otros
muchos eran democráticos-: por eso tratan de
desestructurarlos, destruirlos o sustituirlos por
formas europeas, generalmente incompletas, parciales
y, por lo general, autoritarias, y reducir el poder de
los dirigentes locales, etc. Se producen malentendidos
a causa de las diferentes concepciones de unos y
otros, y debidos al temor y desconocimiento mutuos, a
la distinta interpretación jurídica de los tratados o
del sistema de propiedad. Los aborígenes australianos,
basados en la igualdad, la participación, la
reciprocidad no comprendían el concepto de propiedad
privada de los británicos, aunque no solían oponerse a
los asentamientos salvo cuando éstos se realizaban en
tierras sagradas o de caza. Los nativos de Australia,
[77] como dice Reynolds (op.cit. 1988:16), trataron a
los europeos como si fueran aborígenes, etnocéntrica
pero igualitariamente, les aplicaron su propio sistema
jurídico; los blancos oscilaron entre aplicar
ocasionalmente el suyo o excluir a los aborígenes de
todo sistema jurídico y simplemente expulsarlos o
exterminarlos. Como en América, la «frontera» -es
decir, la expansión y el robo de tierras- condicionó
profundamente las relaciones y las visiones mutuas.
Aunque hubo europeos que vivieron cerca de los
aborígenes, se refugiaron -convictos huidos, por
ejemplo- entre ellos, sirvieron de puente entre éstos
y los británicos. Los europeos utilizaron también
instrumentos aborígenes, se sirvieron de los
conocimientos de éstos en la caza, la pesca, en el
tratamiento de los bosques, utilizando sus trampas
para animales, acequias, canales, pozos, armamento...
Y hubo europeos que se alejaron de la tónica general:
Cook -hombre ilustrado, que se situaba por encima de
la media de los europeos por su eurocentrismo
limitado- opinaba, a fines del siglo XVIII, que los
aborígenes no eran seres humanos inferiores a lo
blancos, sino que poseían valores, costumbres y
organización social y general diferentes de las de los
europeos, y aunque podían parecer la gente más
miserable del mundo, constató que eran mucho más
felices que los europeos, al no ambicionar lo
superfluo, al no haber desigualdad social y al
considerar que poseen lo necesario para vivir(27). El
explorador Eyre, cincuenta años más tarde, opinaba que
los aborígenes, en contra de la idea generalizada,
solían ser valientes y disciplinados. Y otros
exploradores y colonos manifestaron opiniones
favorables. Pero, en conjunto, predominó, fomentado
también por el gobierno colonial y los colonos, la
idea más negativa, que es la que ha llegado hasta hoy,
y de la que han quedado numerosísimos testimonios
escritos.
(En un primer momento, para los aborígenes
australianos los europeos venían del mar sobre
«monstruos alados» -los barcos de vela-, y eran
posiblemente espíritus de los muertos -la piel clara,
despigmentada, podía ser una prueba de ello-,
parientes que volvían de la muerte, lo que evitó a
veces agresiones o fricciones, y se les aplicó nombres
de seres sobrenaturales locales. Creyeron asimismo que
caballo y jinete eran un ser único -como lo habían
creído los indios americanos-. Sea como sea, pronto
constataron que se trataba de seres humanos normales
pero extraños, con rostros rojos como sus guerreras
-los soldados británicos-, que sabían pescar pero que
eran unos cazadores desastrosos; los consideraron, en
general, demasiado malvados y prepotentes, que
destruían la naturaleza y mataban a la gente
innecesariamente, con sus armas extraordinariamente
mortíferas y de gran alcance, con sus utensilios mucho
más eficaces que los suyos -sobre todo los de hierro-,
y [78] objetos y novedades sorprendentes, como el
ganado -muchas vacas y ovejas llegaron al interior
antes que los propios europeos-.
Los tahitianos, que siempre habían recibido
amigablemente a los europeos, pensaron apenados, en un
primer momento, que éstos estaban enfermos debido al
color pálido de su piel(28).)
Y hay una violencia de la imposición de formas
sociales, ideológicas y religiosas europeas, en la
asimilación forzada, como corolario de la superioridad
cultural, que devalúa o negativiza cualquier
manifestación o elemento cultural de los oceanianos, y
rompe su visión monista -no muy diferente de la
sostenida por la religión europea antes del
racionalismo- en favor de nuestra visión que separa la
esfera laica y la sagrada, lo sobrenatural de lo
natural. Se intenta alterar la familia y el
matrimonio, la sexualidad, el parentesco, el ritmo y
la concepción del trabajo; el individualismo combate
con bastante éxito contra el comunitarismo, y el
evolucionismo se superpone a las concepciones cíclicas
de la historia, pero no acaban con aquél ni con éstas.
El cristianismo, generalmente impuesto
autoritariamente e incluso con violencia física,
prohíbe y ridiculiza las religiones locales, pero
valora más las religiones polinésicas, a las que
atribuye una supuesta tendencia hacia el monoteísmo.
Los oceanianos se ven arrastrados, muchas veces, a las
querellas no siempre pacíficas entre católicos y
protestantes o entre órdenes religiosas católicas, y
los misioneros provocan incluso guerras civiles entre
convertidos y «paganos», como en Tahití en el siglo
XIX. Los misioneros exageran con frecuencia el número
de evangelizados que, por otra parte, suelen estarlo
superficialmente, muchas veces para agradar a los
extranjeros, sin captar el significado ni las
consecuencias. En sus Mémoires, de 1834, el pastor
protestante Daniel Wheeler reconocía que «Es evidente
que las apariencias no son nada alentadoras [...], y
existen muchas razones para temer que las convicciones
cristianas son pocas veces sinceras.»
(Para los hawaianos de 1778 Cook era un dios,
idea favorecida por la coincidencia entre su aparición
en las costas del archipiélago y ciertos aspectos de
la religión hawaiana: Cook llega durante las
celebraciones anuales de la fertilidad (o del
Makahiki) y es confundido con el dios Lono, que viaja
por las islas para traer la renovación del mundo
natural, para completar el eterno retorno del dios de
la reproducción cósmica, fieles a su concepción
cíclica y fría (Sahlins 1995: passim). En Melanesia
los cultos cargo son una respuesta -propia,
precisamente, de sociedades «frías»-, al impacto de
los europeos, y un intento de imitar, de crear el
mecanismo de apropiación de los bienes materiales de
los occidentales, considerados factor clave de su
capacidad de dominación, a través, asimismo, de
interpretaciones sobrenaturales del orden europeo, a
imitación [79] de lo que hacen precisamente los
misioneros (Worsley 1980 [1957]:328) y la posibilidad
de regeneración moral, de creación de una sociedad y
un hombre nuevos, todo ello como una reacción contra
la aculturación europea.)
Asimismo, hay un aspecto al que los europeos
dieron siempre una excepcional importancia en sus
colonias y, en particular, en las de Oceanía: la
sexualidad. El europeo llega a Oceanía con su
sexualidad negativa bífida, cargada de sexofobia y, al
tiempo, de deseo insatisfecho y obsesivo, excitado por
la desnudez casi general:
«El año de 1669 -dice un capellán
español- passé por las referidas islas [las Marianas],
y haviendo ya entrado en ellas el muy reverendo Padre
San Víctores [... ] a predicar el Santo Evangelio a
sus naturales, aún se estavan tan bárvaros que no los
havían podido reduzir los Padres a que tapasen sus
partes verendas(29).»
Y llega además como dominador, y la violación, el
concubinato o el matrimonio forzados están a la orden
del día (por la mera violencia o por las necesidades
de adaptación y supervivencia del dominado): en
Australia los británicos solían calificar de
«repugnantes» a los aborígenes, pero las aborígenes
salían mucho mejor paradas. Asimismo, los europeos
habían quedado «embrujados», como dice Bougainville,
ante la desnudez y accesibilidad de las polinesias, y
cuenta, entusiasmado, en su Viaje alrededor del mundo
(1771) que, mientras su barco se acercaba a tierra,
llegaban a él las piraguas tahitianas que:
«[...] estaban llenas de mujeres que no
tienen nada que envidiar, por lo atractivo de su
aspecto, a la mayoría de las europeas y que, en cuanto
a belleza de sus cuerpos, podrían competir con todas
ellas ventajosamente. La mayoría de esas ninfas
estaban desnudas [...]. Nos hicieron, primero desde
sus piraguas, algunas zalamerías en las cuales había,
a pesar de su candidez, cierta turbación; [...]. Nos
obligaban [los hombres tahitianos] a escoger a una
mujer, a seguirla a tierra y sus gestos inequívocos
mostraban cómo se hacía para entablar amistad con
ellas. Yo pregunto: ¿Cómo se puede retener en el
trabajo, en medio de semejante espectáculo, a 400
franceses jóvenes, marinos y que desde hacía seis
meses no habían visto a ninguna mujer?».
El fraile Josep Amich prefiere observar, en
cambio, en su Relación sobre el viaje de Boenechea, de
1772, que
«Las mujeres [tahitianas] no tienen tan
buena apariencia como los hombres; pero, como a ellos,
les gusta llevar pendientes en las orejas [...]. Estos
isleños no tienen ninguna inclinación por la bebida:
su vicio dominante es el libertinaje. Sólo toman una
mujer, pero no son nada celosos, pues se la ofrecen de
buena gana a los extranjeros [...]». [80]
Los europeos creían haber llegado al «paraíso», a
la «tierra anterior al pecado original», de la
libertad sexual; los misioneros, a la del «vicio», del
«pecado», «del diablo». Pero los europeos veían más de
lo que había: confundían actitudes no sexofóbicas, y
la relativa facilidad de acceso al sexo, con la
promiscuidad (absolutamente inexistente), ayudado esto
por la desnudez y la franqueza del lenguaje y de las
actitudes sexuales; para polinesios, melanesios,
micronesios y aborígenes australianos el sexo era sólo
un componente (importante) de la sociedad. Los
extranjeros ignoraban que la sexualidad tenía también
aquí sus reglas y sus prohibiciones, y manifestarán
verdadero pánico ante ciertos hábitos socio-sexuales
-relaciones heterosexuales «fáciles», relaciones
prematrimoniales, «prostitución» y homosexualidad
admitidas socialmente e incluso ritualizadas(30)-, que
los misioneros católicos o protestantes tratarán de
erradicar, por ejemplo influyendo sobre las sociedades
polinésicas a través de la conversión de los monarcas
(Hawaii, Tahití, etc.), de la formación de misioneros
del país, trastocando los hábitos locales, en algunos
lugares (Archipiélago de las Gambier, Isla de Wallis)
hasta extremos patológicos(31). No muy diferente acabó
siendo la situación en las Islas Marianas bajo
dominación española, donde los jesuitas instauraron
también verdaderas dictaduras misioneras en los siglos
XVII y XVIII; y, en el siglo XIX, la de la Nueva
Caledonia francesa. Otto von Kotzebue, en su Viaje
alrededor del mundo, de 1823-1826, se escandaliza ante
el impacto del cristianismo en las Islas de la
Sociedad:
«Esta religión que prohíbe todos los
placeres inocentes, que ahoga o aniquila todas las
facultades mentales, traiciona al divino fundador del
cristianismo. En realidad, la religión de los
misioneros ha aportado muy poco de bueno y mucho de
malo. [...] ha dado lugar a la ignorancia, a la
hipocresía y al odio hacia las demás formas de
religión, defectos ajenos antes al carácter franco y
amigable de los tahitianos.»
«Más que los comerciantes -resume Haunani-Kay
Trask-, los misioneros fueron un poderoso agente de
destrucción cultural.» (1987:155). [81]
(Digamos de pasada que, por su lado, los
polinesios, extrañados por la reticencia y vergüenza
europea ante los ofrecimientos, desnudaban a veces por
la fuerza, jocosamente, a los europeos para ver qué
tenían debajo de la mucha ropa. Los tasmanos quedaron
sorprendidos por los rostros sonrosados sin barba (en
el siglo XVIII) de los europeos, y por las ropas, que
les impedían conocer el sexo, lo que les intrigaba
sobremanera, y dio lugar a escenas pintorescas.)
Todo este Impacto brutal y múltiple hizo
tambalear a las sociedades que los europeos hallaron
en Oceanía, incluso a las más resistentes y flexibles.
Varias sociedades se fusionaron con los extranjeros,
cultural y a veces físicamente, de forma más o menos
violenta, más o menos subalternamente, pero pocas
veces desaparecieron del todo sin dejar alguna huella.
Otras veces, en cambio, los europeos llevaron su
visión negativa de los demás hasta sus últimas
consecuencias lógicas: la destrucción de las
poblaciones dominadas. Muchas vieron disminuir su
número drásticamente en la mayor parte de las regiones
oceanianas (Tahití, Samoa, Salomón, Nueva Caledonia,
Nueva Zelanda, diversas partes de Micronesia,
Australia, Hawaii, etc.), salvo, quizá, en Nueva
Guinea y en algún archipiélago melanésico próximo. En
las Marianas españolas, a fines del siglo XVII, las
autoridades coloniales y los jesuitas causaron una
drástica disminución de la población, por las guerras
y las numerosas rebeliones, las enfermedades y la
mortandad provocada por la práctica de despoblar la
mayor parte del archipiélago y concentrar a la
población del archipiélago en tres islas (Guam, Rota y
Saipán), para poder ser controlada laboralmente y
cristianizada, lo que provocó a su vez huidas y éxodos
mortales de los chamorros: hacia 1668, cuando llegan
los españoles, la población de las Marianas se calcula
en unos 30.000 individuos; en 1683 son unos 13.000 y,
entre 1698 y 1720 la pérdida demográfica es de 4.500,
el 70 por ciento en 23 años(32)...
En Tasmania hacia 1830 han desaparecido (casi)
todos los tasmanos(33). Para Australia los estudios de
Butlin(34) y otros permiten calcular una población
aborigen [82] inicial (en el siglo XVIII) de 1-1,5
millones: en 1880 ha disminuido, parece ser, a unos
30-35.000 a causa de la colonización y convierte los
aborígenes en minoría en su propio país -como sucedió
con frecuencia en América-. En las Hawaii (Schmitt
1968: passim) en un siglo (1778-1878) la población
polinésica estimada de medio millón se redujo a 45.000
individuos, y hoy su porcentaje es del 1 por
ciento(35).
Viejas y nuevas visiones
Hemos repasado someramente diversas visiones
occidentales sobre Oceanía, deteniéndonos
aproximadamente en la segunda mitad del siglo XIX.
No vamos a tratar in extenso aquí las visiones
existentes a partir de fines del siglo XIX y a lo
largo del XX. Pero apuntaremos que muchas de las
anteriores han desaparecido, otras subsisten,
inamovibles, y han surgido otras, pero su número
habría disminuido, por un fenómeno de reduccionismo,
simplificación, amalgama y asociación, y pueden
reducirse a unas cuantas estereotipadas, ya no
solicitadas por los intereses coloniales o
proselitistas, sino por otros de aspecto más relajado.
Por eso muchas de las visiones contemporáneas son
menos crispadas, e incluso de intención positiva e
idealizadas. Son visiones literarias, poéticas,
estéticas, difundidas por los artistas y literatos,
los viajeros, los refugiados de las islas, o las
entidades y empresas turísticas -y por los propios
turistas-, luego por el cine(36). En ellas aparecen
hasta la saciedad, entre otras, las palabras «edén»,
«paraíso» y «paradisíaco», «mar azul», «palmeras y
playas», «ensueño», «bellos nativos y nativas»,
«sensualidad» y «erotismo», «cruceros(37)»..., la
mayoría, como se ve, de tono turístico: los
polinesios, los micronesios y los melanesios seguirían
gozando, impertérritos, de una vida fácil, natural,
casi inmóvil (los aborígenes australianos quedan al
margen de todo esto), como si no se hubieran producido
los grandes y decisivos cambios del siglo XX. [83]
El impacto occidental hizo dudar a los oceanianos
de la bondad y viabilidad de sus propias
civilizaciones. Y les hizo reflexionar amargamente
sobre sí mismos, en particular después del
afianzamiento del poder colonial y de la realidad de
la formidable influencia, a veces hibridación
cultural, que los llevó, en el mejor de los casos, a
yuxtaponer lo occidental a lo propio. O, dicho de otra
manera, a contar con lo occidental, cuando no a
aceptar varios de sus componentes.
Hoy los propios oceanianos han hecho suyas, de
forma que ha sido calificada de «autorracista»,
diversas visiones occidentales sobre sí mismos,
surgidas de la interacción de la cultura europea y de
las locales. Clammer (1975:219 y passim) alude a esto
respecto a Fidyi, donde, según él, la mentalidad
colonial impuesta por los europeos no ha desaparecido
tras la descolonización; y Levy (1973:99-100) se
refiere a las imágenes que los europeos se formaron de
los tahitianos, que luego volvieron a éstos últimos y
entraron a formar parte de la propia interpretación de
sí mismos, es decir, del contenido de su identidad.
Limitándonos a la ideología turística, los oceanianos
parecen haber aceptado la visión occidental según la
cual no tendrían cultura, historia, monumentos, por lo
que sólo pueden ofertar paisajes y playas, y nativos,
que se presentan ante el turista como éste cree que
deben presentarse -el mito de los «pueblos naturales»
parece subsistir aquí...-. Este es el núcleo de la
crítica del antropólogo Derek Freeman (años 80) a la
antropóloga Margaret Mead, a la que ha acusado de
haber idealizado positivamente, pero idealizado al
fin, a los samoanos de hace sesenta años, y esto ha
repercutido en su autoimagen.
Y este es el tono predominante en los últimos
decenios, cuando los Mares del Sur (otro estereotipo)
se han convertido en objeto de consumo y gran parte de
los conocimientos populares occidentales (y a veces
oceanianos) sobre el Pacífico salen de los libros de
viajes y de las guías turísticas, o de las películas
-Rapa Nui, de Kevin Reynolds, 1996, aunque bien
intencionada, recoge demasiados tópicos sobre los
polinesios-. Como dice un comentarista, «La publicidad
turística ha elaborado con cuidado sus letanías de
batidora, intercambiables para cada meta. [...] El
cliente del Norte lo sabe muy bien, sólo quiere que se
le confirmen sus mitologías: hay un lugar [...]
«paradisíaco», no corrompido por la civilización
industrial, una localidad «virgen», cuyos seres
humanos son «auténticos» [...].» (Canal 1990)(38).
No parece que hayan servido de mucho el indudable
aumento de conocimientos y las descolonizaciones de
los años 60, 70 y 80 (cuando, por si fuera poco, todos
los oceanisnos acabaron encerrados en el concepto bien
intencionado pero monotonizador del «Tercer Mundo»).
Hay que hablar también, pues, [84] de un
neocolonialismo de las visiones e imágenes, y prueba
de ello podría ser, para terminar, lo que cree ver,
impertérrito, un autor no de otros siglos, sino de
hace unos años:
«el carácter de los tahitianos es infantil:
todo lo que brilla los atrae [...] No pueden
resistirse a las tentaciones y esto comprende lo mismo
las tentaciones sexuales como las del alcohol [...].
[...] el sentido del deber, tal como nosotros lo
entendemos, les es totalmente extraño. [...]: en
contra de la leyenda, ignora el sentimiento, la
poesía, lo romántico. [...] Para un observador
superficial, la inteligencia de los tahitianos engaña
fácilmente. En efecto, en ciertos campos que no exigen
más que un espíritu de imitación, [...], parecen muy
próximos a los europeos, mientras que en otros campos,
en particular el de la intelectualidad, no pueden
superar, pese a sus esfuerzos, un nivel determinado y
bastante bajo. [...] el desarrollo intelectual [...]
se detiene bruscamente a la edad de la pubertad (11 a
13 años) [...] para volver a reanudarse sólo más tarde
y al ralenti.» (Loursin 1975:139-140, 141, 142).
¿Entonces? ¿Será cierto, como dice Mourad
Bourboune, que la civilización occidental es etnófaga,
«ha vivido y se ha desarrollado de y con la muerte
[cultural o material] de los demás(39)»? ¿Habrá que
estar de acuerdo con Cook cuando, aun desde su
superioridad de europeo, se lamenta, en sus Viajes:
«Confieso que no puedo dejar de decir que
en mi opinión habría sido mucho mejor para estas
pobres gentes no haber conocido nunca nuestra
superioridad en lo que se refiere a las distintas
invenciones que facilitan la vida [...]. Aunque
pusiésemos fin a toda relación con ellos, sería
imposible evidentemente devolverlos al estado de feliz
mediocridad en el que vivían hasta que los hemos
descubierto.»
¿Tendrían razón los orokaiva de Nueva Guinea
cuando asociaban la llegada de los europeos a un
desastre, cuando la aparición de un blanco significaba
la llegada de la Muerte?(40) [85]
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