Chaval,
ante todo siento lo de tu accidente y darte la enhorabuena por tu
fuerza de voluntad.
Esto viene a demostrar lo que ya se ha dicho más de una vez : se camina
con la cabeza y no con los pies . Es la única forma de poder aguantar lo que
tu aguantaste. Está visto que aunque fueron unos pocos días no fueron
en absoluto fáciles .
Dices que volverás al Camino. No lo pongo en duda . Ahora bien . Yo te
diría que ya que tienes el " gusanillo " metido en el cuerpo lo mejor
que puedes hacer es irte lejos. Vete a Roncesvalles o a Somport . Y si ya
puedes empezar en la parte de Francia pues mucho mejor. Comprobarás que la
subida de Francia por cualquiera de los dos sitios es espectacular. Además he
podido comprobar que las personas que llevan más distancia se les pone un "
brillo " especial en los ojos . N te cuento los que vienen de centro Europa
.
Pero eso sí. Lleva menos peso y no te preocupes por madrugar . Deja que el
Sol salga antes que tú.
Chaval, ¡¡ ánimo !! y si necesitas alguna cosa ya sabes por donde "
paramos "
Así es que ...
Buen Camino
mamroldan <roldanet@...> wrote:
Llego a Sarria (Lugo), el día 6 de diciembre de 2004. Viajo en
automóvil, y mi intención es dejarlo aparcado en esta localidad
hasta mi regreso. Me dirijo al Cuartel de la Guardia Civil, y
después de hablar con el Sargento Comandante de Puesto de esta
localidad, muy amable, me facilita la credencial de peregrino y me
ofrece la posibilidad de poder aparcar el auto en las inmediaciones
del acuartelamiento, de lo cual, le quedo gratamente agradecido.
Además, me facilita gran cantidad de información sobre el Camino,
dado que ya lo realizó personalmente y ha recibido varios cursos de
especialización dirigidos expresamente a facilitar información al
peregrino.
Comienzo a caminar a las 15:00 horas –demasiado tarde- calculo que
pueden quedar dos horas y media de luz del sol. Llevo a espaldas una
pesada mochila de 15 kilogramos, que creo voy a lamentar durante
toda la marcha (creo que cargué demasiada ropa de invierno, tal vez
pensando que me dirigía al Polo Norte, si bien en Galicia hay mucho
mejor temperatura que en mi Palencia natal).
Mi intención en principio es quedarme en el albergue de Sarriá, pero
al llegar allí, la hospitalera me anima a caminar un poquito, al
menos hasta Barbadelo; así que comienzo a caminar con el sol ya
declinando. Llego a Barbadelo, pero está vacío, así pues, continúo
camino hasta el siguiente: Ferreiros, donde llego ya pasadas las
17:30 horas, con el sol perdiéndose en el horizonte.
En Ferreiros: seis peregrinos haremos noche. Descubro con horror
como las pesadas botas de gore-tex que llevo, no son las más
apropiadas para un caminante: tan sólo doce kilómetros de Camino, y
ya con ampollas en ambos talones y un comienzo de tendinitis, con lo
cual inicio un ritual que se ha de repetir todos los días en
adelante: ducha con agua y jabón, secar bien las heridas, betadine,
gasas y esparadrapo. Llevo los dedos de los pies vendados por
separado, para evitar que las uñas produzcan llagas en la piel
(empiezo a acusar estos cinco meses de inactividad debido a un grave
accidente que quemó el 15 por ciento de mi cuerpo).
A las siete de la mañana, comienzan a salir los peregrinos hacia un
nuevo destino: primero un joven futbolista con otro caminante de
Astorga, después un natural de la comarca de Santiago, más tarde un
cántabro de Santoña, y por último, Alfredo, un minero jubilado de
Ponferrada, que con sus 70 años, pasa gran parte de su vida en el
Camino, charlando con los peregrinos, y aportando valiosos consejos
que nos han de servir a todos los nuevos caminantes de una gran
ayuda. Volveré a encontrarlo varias veces por el Camino.
Soy el último que sale del Albergue, cuando a las ocho, abren la
taberna que hay próxima al albergue. Un buen desayuno: zumo de
naranja, tostadas y un gran café con leche; una buena forma de
comenzar a caminar por un suelo helado y en un terreno cubierto por
la niebla ( "siga siempre las flechas amarillas" me repite
interiormente la voz del Sargento de Sarriá). El suelo está
resbaladizo, y este piso de piedra, cubierto de planchas de hielo
convierte algunos tramos en pistas de patinaje. Amanece, un hermoso
amanecer en la Ribeira Sacra Galega: detenerse, mirar hacia el sol,
abrir los brazos y aspirar aire hondo, quedan muchas horas por
delante para poder pensar.
Apoyado sobre una liviana vara de avellano que alguien me vendió por
el camino, con el sonido acompasado de los golpecitos de la madera
sobre la tierra, continúo pasito a pasito. Había calculado poder
avanzar siete kilómetros a la hora sin mochila a la espalda, pero
sobre un camino más blando. Con un camino de piedra, y quince kilos
de más a la espalda, tengo que desplazar 105 kilos, y creo que puedo
caminar y de hecho camino, a unos cuatro kilómetros por hora, con lo
cual, el Camino me enseña, que no se ha de convertir la Ruta Xacobea
en una obsesión por devorar millas, sino en un placer reflexivo y en
un ejercicio para la mente.
Al llegar a Portomarín, encuentro al cántabro de Santoña, que me
hace señas desde lo bajo de la escalinata al otro lado del puente.
Tiene dificultades, se quedó sin plantillas en las botas, y lleva
dos compresas en las plantas de los pies para poder absorber algo de
humedad, pero se le ve cansado, y dice que no tiene prisa, que
seguirá a su ritmo, más despacio, con la idea de poder llegar a
Santiago antes del día 14.
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