Crónicas que os debo IX
Estoy en el autobús, sin darme cuenta estamos pasando Torres del Río
y recuerdo la primera vez que pasé por allí. El Camino sube hasta lo
mas alto de Sansol para cruzar la carretera y bajar un vallecillo, en
el fondo una fuente excavada en el suelo y bien empedrada y
acondicionada con un banco, un lugar muy fresco donde reposar para
subir a Torres del Río, en esos años no había albergue pero daba
igual, las flechas te llevaban a lo más alto del pueblo para luego
descender y alcanzar mas tarde las mayores alturas de la ruta, desde
el autobús, en esas alturas, distinguí a la chica canadiense con el
australiano y otra chica que había visto en Puente La Reina y que
hablaba bastante español. Iban despacio, la subida era fuerte. Luego
el autobús se distancia del Camino para entrar en pueblecillos fuera
de la ruta y también pasa por Viana. Calles medievales, restos de
murallas, catedral con trazas románicas, casas blasonadas, grandiosas
ruinas de grandezas anteriores y muchos comercios, restaurantes,
bares, tiendas, farmacias, bancos... “un de todo” (y si son peq=
ueños
dos, que diría un amigo mío). Aunque por el Camino aún tienes que
pasar por una ermita en la que los vecinos pasan a la fresca los días
de verano, en el bus llegas a Logroño rápidamente, pero hasta que te
acercas a la estación de autobuses aún falta trecho. Cuando empieza
la ciudad a mí me da otro calambre, como el de la mañana, que me hace
caer del asiento al suelo y retorcerme de dolor pensando en la hernia
o en algo peor. Cuando llegamos a la estación, me doy cuenta de que
nadie se me ha acercado a preguntarme qué me pasa, a nadie le
importa? o acaso tienen miedo de que interfiera en sus planes y en
sus rutinarias y ordenadas vidas. Puedo ponerme de pié y bajar del
autobús, a una de esas personas que me ha acompañado y que me mira
con ojos de terror, le pido por favor que me baje la mochila, como
puedo la guardo en una taquilla de consigna automática, dejo el
bordón sobre las taquillas y salgo encogido a la caza del taxi que
encuentro a las puertas de la estación. En el momento de agacharme
para entrar otra contractura y nuevo numerito con taxista incluido
- No se preocupe es doloroso pero ni es grave ni contagioso -
Me tiro largo en el asiento de atrás y de esa guisa llego a las
urgencias del acogedor hospital.
Otro día sigo que se está haciendo muy largo y no se trata de eso.
La soledad de la que hablaba en mi primera crónica no tiene nada que
ver con la lastimosa e impotente soledad que experimenté en esa
mañana y la soledad para bien o para mal es otra de esas palabras que
me gustan y que encuentro en el Camino aun cuando estás en medio de
la gente y eso es debido a que tú eres peregrino, una opción que y te
aísla te distingue, como otras te humillan y marginan
Un abrazo y buen Camino
PD. Gracias por hacerme saber que tras la pantalla hay lectores.