Leyendas de Compostela: Juan Tuorum
INTROITO. El Peregrino en Compostela. ¿Una ciudad mágica?
Un camión en Melide le ha volado el sombrero y casi la cabeza.
Destocado, continua entre eucaliptales infinitos bajo una lluvia
cansina, perpetua, agobiante. Hace un alto en Labacolla. Ha superado
prueba tras prueba, la última particularmente penosa, ha tenido que
padecer la paliza de un colega "esotérico", seguidor de un
tal "Pablinho", hasta que lo despistó en Castaneda. Fatigado,
expectante y solo, deja atrás los horrorosos barracones del Monxoi.
Lo recibe ya un tráfico demencial. Compostela, Compositum, Campus
Stellae, Jacobsland... La Jerusalén de occidente dispensa un
recibimiento particularmente hostil, desabrido, gélido y distante a
los peregrinos jacobeos. No importa, ante el Pórtico de Mateo espera
tranquilo, mientras una multitud vociferante y multicolor hace cola.
Pone su mano en el árbol de Jesé mientras le invade una sensación de
paz infinita. Avanza ya hacia el altar y pasa ante los viejos
confesionarios: "Pro lingua hungárica", "Pro lingua gálica et
germánica".... Recuerda las antiguas palabras del sacerdote qué, en
la confusión de lenguas, eran la voz de una Europa que surgía entre
balbuceos: " ¡ Be tom a trom Samgiana! ¡ Atrom de labro!
La catedral está abarrotada, hay una convención de veterinarios de no
se sabe donde y un congreso entero de satisfechos poncios
en "gastronomía xacobea," que cabecean beatíficamente y al unísono
ante un botafuemeiro que se despendola por el crucero. Un tipo
acunado en una columna despacha órdenes por un móvil. Como en una
nube, se abre paso picando de bordón entre la maraña de turistas.
Sube las breves escaleras. Nadie le puede arrebatar el abrazo
infinito, intenso, emocionado. Las tabernas del Franco le ven pasar.
Ha superado el trámite, en el morral lleva la Compostela. Y con él va
una sensación extraña, nueva, opresora: ¿Se acabó todo? ¿Y ahora
qué? Está sentado en un banco de la Herradura, con las torres de la
catedral ante él, bañadas en un sol pajizo. Se palpa el bolsillo de
la camisa, ahí está el arrugado cigarrillo que guarda desde Saint
Jean, resistió el muy jodido, lo mismo que resistió él. Distraído
saca de la mochila un billete de ferrocarril. Se levanta y comienza,
de nuevo, a andar. Sonríe, sonríe ampliamente.
El peregrino en Compostela.... nos ha pasado a todos, o a casi todos,
una sensación rara, de pérdida de no se qué, de soledad, de ¿y ahora
qué?, envueltos en una riada de turistas, rodeados de gente con la
que poco tenemos que ver, todavía con el polvo del Camino en las
ropas. Y nos replegamos en nosotros mismos, ¡ Mañana, Dios, mañana
vuelvo al mundo, a un mundo que dejé hace cinco siglos, cinco años,
treinta días, mil semanas, yo que sé, en Roncesvalles, en Saint
Jean ! ¡ Mañana vuelvo al jodido mundo! E inconscientemente buscamos
entre la multitud algún colega con el que podamos compartir la clave,
las claves, en medio de aquella multitud que nos es ajena, al lado de
aquella catedral que nos enfría el ánimo, inmersos en aquella ciudad
sobrecogedora, altiva, distante, imponente...
Pero no. Hay otra Compostela. Otro Santiago que quiero compartir
contigo. Te paso los secretos, y algunas claves, de una ciudad
maravillosa, mágica, eterna. Es fácil, es gratis, solo hay que apelar
al alma de niño que todos llevamos dentro, volver, con Rilke, a
nuestra patria, esa infancia perdida que todos llevamos en el hondón
del alma, dejarnos asombrar, seducir, llevar...
Verás, cuando caiga la noche sobre Compostela, acércate en soledad
hasta la Quintana de Mortos. Siéntate y espera. Poco a poco las
campanadas graves de La Berenguela romperán la noche. Su tañido se
extenderá pronto por los tejados, por las chimeneas, por las
estrechas rúas de la vieja ciudad. Y entonces verás a todos, te será
fácil reconocerlos. Lo anunciarán los clarines, delante van cinco
heraldos, es la comitiva del gran duque Cosimo del Medici que entra
en Compostela con una lujosa acompañamiento, van a ver al personaje
que desde aquel fin de la tierra atrae a todos los poderosos del
mundo. El gran duque, jinete en un tordo ricamente enjaezado en
carmesí, reparte limosna entre los pobres que se cuelgan de su
estribo. Pasan ante ti como en un sueño, pero pronto te distrae una
sombra, furtiva, liviana, humilde. Es el infeliz Bonnecaze que,
abandonado por sus compañeros, siempre a punto de la mayor
catástrofe, ha culminado su camino solo, descalzo y enfermo.
Atraviesa las sombras de la Quintana en busca de su recompensa, un
abrazo al Apóstol y un trozo de pan. Escucharás también el griterío
de la juerga que arman Delorme, Hermand y la Couture, mitad gallofos
mitad devotos, peregrinos al fin, que han llegado a Compostela
después de mil trapisondas por el Camino. Y verás también otra sombra
leve y furtiva, rota en sollozos, con hábito de peregrina. Es Isabel
de Portugal "a rainha santa", que ha caminado en secreto con el alma
rota por los devaneos de su gran amor, el rey trovador D. Denis.
Pasará también Aymeric refunfuñando, está a punto de inventar el
chauvinismo, se ha quedado sin caballos en el Salado, que le den.
Entre rezos, rematando a grito pelado un Te-Deum, camina hacia la
catedral el seráfico Domenico Laffi. Se perdió en Montes de Oca y
tuvo que sobrevivir pastando yerbajos. En el Burgo Ranero cerró los
ojos a un peregrino devorado por los lobos. Pero Laffi, como todos,
está feliz ha llegado .Si oyes, sin embargo, un estrépito
inaudito, un clamor rabioso y atávico, ni te muevas, ni un respigo.
Ha llegado la comitiva del Barón Leo de Rozmithal y de Blatna y la
han liado. Resulta que se han encontrado la catedral cercada, el
arzobispo preso y la ciudad en entredicho. A un escudero del Barón,
llamado Fletcher, no se le ha ocurrido mejor idea que curar la
herida "per sagita percusus" que ha sufrido uno de los sitiadores,
Bernal Yañez de Moscoso. Así que, fulminantemente excomulgados, solo
han conseguido entrar en la catedral descalzos, penitentes y con
cirios en las manos.
Pasarán todos, amigo, pasarán todos, es fácil, solo hay que cerrar
los ojos y dejarse llevar. Y mientras las beatas acuden a las Ánimas
a misa de primera mañana, las campanas también te traerán el recuerdo
de las viejas leyendas de Compostela. Una de ellas, que repiten
todavía los ancianos en los mercados, en las consejas ante el lar en
las noches de lluvia, que ha quedado grabada en las losas de las rúas
antañonas, que forma parte de la memoria de la ciudad, es la leyenda
del pobre Juan Tuorum. Su desdicha forma parte de la memoria
colectiva. Hay mil versiones, yo se la he oído contar, a su aire, a
un tabernero del Camino Portugués, la he leído en mil sitios,
prefiero la versión - florida y barroca- de Leandro Carré, pero
también me atrae la del tabernero, así que al final la trasmito a mi
manera y listo, que el derecho de narrar al libre albedrío es de lo
poco que le queda a uno. Así que, con el alba, te dejo con Juan
Tuorum. Espero también, haberte ayudado a "ver" una ciudad nueva,
distinta, Santiago de Compostela. Piérdete amigo por las Algalias,
por Bonaval, por la Troya, piérdete por donde te lleve el instinto. A
lo mejor tienes la inmensa suerte de dar con O Castrón de Ouro (El
Bellocino de Oro). Una ciudad que dispone de una calle con tal nombre
ha de ser forzosamente distinta. Busca a Santiago. Efectivamente,
encontrarás Compostela.
LA LEYENDA (O CONSEJA, O MILAGRO, O PASMO, QUE TODO ESO ES) DEL POBRE
JUAN TUORUM)
Eran los tiempos del arzobispo gabacho D.Berenguel de Landoire,
dominico áspero que se presentó con su gente de armas a las puertas
de una ciudad rebelde. Era Don Berenguel, efectivamente, de armas
tomar y se las tuvo con toda la ciudad, que vio siempre en el
arzobispo un amo duro y cabezón. Es en esa época remota cuando nace
la leyenda de Juan Tuorum (también conocida como de la Virgen de la
Soledad o de la Virgen de Bonaval).
Entre el enjambre de peregrinos que ocupaban las plazas próximas a la
catedral se destaca una singular pareja. Él es un peregrino anciano,
de largas barbas plateadas y mirada de acero. Ella una joven pálida y
hermosa que avanza casi arrastrada por la presa poderosa que el
anciano ha hecho en su brazo, rodeándola con unos dedos que parecen
garfios. El anciano, de pronto, ordena a la muchacha: ¡ Canta ! La
joven le mira implorante. El viejo insiste, imperativo: ¡Canta!. La
multitud los rodea y, entre lágrimas, Beatriz, que (como era de
esperar) así se llamaba la bella, comenzó a cantar:
"Dous anos hai tan sómente
que un señor de nobre casa
namorouse dunha bela
aunque caiñenta e vilana".
Se interrumpe Beatriz entre sollozos. El anciano ladra: ¡ Prosigue !
"Quixo o nobre cabaleiro
tratala coma unha dama
e non facer, cal debera,
de aquela moza sua escraba"
Nuevas miradas implorantes de Beatriz. La multitud permanece en
silencio, expectante. El grito del viejo acuchilla el aire: ¡
Continúa, hija de Satanás !
"A luxuriosa rapaza
xa cô bo vello casada
aldraxou do nobre esposo
as nuncas ofendidas cañas
........
"Dende entón coa sua esposa
vil, adúltera e vilana
vai buscando pol-o mundo
quen fizo tal aviltanza.
Eu son a adúltera.....
Y Beatriz cae desmayada. Entre la multitud se destaca entonces un
estudiante: "¡ Viejo repugnante, dejadla, sois repulsivo, cobarde y
vil ! " El viejo echa mano a su daga, el estudiante a su espada y, a
no aparecer los arqueros del arzobispo ambos se hubieran atravesado
entre los rugidos de una multitud ya enardecida. El anciano y la
joven desaparecen en el tumulto.
Se hizo la noche sobre la ciudad apostólica y, en una oscura rúa,
ante un nicho donde se adoraba a la Virgen de la Soledad, solamente
iluminada por un humilde candil, se emboza un hombre que aguarda.
Pronto se oyen pasos. Es un doncel que avanza por la estrecha rúa
para detenerse ante la Virgen. Desembaraza la espada y se arrodilla
ante la imagen. De pronto, un grito hiere la noche: "¡ Confesión, me
asesinan !" El doncel acude a las voces. Sobre las frías losas
agoniza un caballero, con una daga clavada en el pecho. El joven
atina a escuchar sus últimas palabras: " ¡ Coñocin o meu asesino é...
o vello conde d'Aveiro...que vestido de pelengrino... víñame
perseguindo dende Portugal...
Naturalmente el doncel era nuestro conocido estudiante. Ávido,
interrogó al moribundo:
- ¿ La esposa de ese conde es joven, blanca y hermosa?
- É, chámase Beatriz....era miña noiva.... mas o pai casouna co'ese
vil de Aveiro...Decídelle...que morro amándoa...
Aparece la ronda de arqueros. Naturalmente, se le culpa a nuestro
estudiante de la muerte de aquel caballero caído. Es declarado reo de
muerte. Un triste amanecer de primavera, mientras las
primeras "anduriñas" revoloteaban por Compostela, lo sacan de las
mazmorras y, zaherido por una multitud mostrenca y vengativa, es
arrastrado hacia el cadalso. Cuando la comitiva llega hasta la imagen
de la Virgen de la Soledad, se le permite al reo rezar un momento
ante ella. El joven solo atina a decir:" ¡ Miña Virxen Santa, soy
inocente, ven e váleme!" Y, dulcemente, inclinando la cabeza sobre
el pecho, entrega el alma. La multitud, conmovida, dio en gritar: ¡
Milagro! ¡ Ha muerto un inocente !
Desde entonces la virgen allí existente fue conocida como "A Virxen
de Ven e Váleme" y por derivación, de Ven a Val y luego de Bonaval.
Cerca muy cerca de tu Camino y de la Porta do Camiño se levanta el
Monasterio de Bonaval. El pórtico de Bonaval, que da entrada al
romántico cementerio del Rosario, está presidido por la
inscripción: "Esta image he aquí posta por alma de Juan Tuorum . Era
MCCCLXVIII. Sí los peregrinos lo supieran, dejarían una humilde flor
del Camino en recuerdo del pobre Juan Tuorum. Ah, las viejas leyendas
del Camino, las antiguas leyendas de Compostela.... peregrino no
olvides, hay otra Compostela.
Claro que si lees por ejemplo a Filgueira Valverde todo será más
prosaico, resulta que Juan Tuorum era un herrador de la Porta do
Camiño. Pero ¿qué importa? La imaginación de Carré, la del tabernero
y la mía (absolutamente desatada, gracias sean dadas) nos permite
contar las leyendas como nos peta. Al fin y al cabo, eso es lo que
nos queda, las viejas y queridas leyendas. Dios nos las conserve.
Ah, sí , me estás preguntando por el Conde de Aveiro y por la bella
Beatriz. Pues mira, eso es otra historia. La conoce perfectamente el
tabernero, le preguntaré.
Desde Galicia, abrazos, José Antonio de la Riera.