Corazón Negro
Capítulo VIII: Penumbra
Por Mishita
Los árboles se agitaban ante la fuerza sobrenatural del viento. En el cielo no había una sola estrella, y las ráfagas llevaban y traían una risa siniestra, la de Mariska.
- No te atrevas a tocarla – continuó la voz - ¡No te atrevas! No quiero que te hieles con el frío anticipado de su muerte...
Candy tembló. Mariska jamás había estado tan tenebrosamente hermosa como en aquel momento, flotando en el aire, con sus cabellos ondeando en el viento y su mirada llena de un brillo siniestro y decidido. Y Candy no pudo menos que estremecerse ante su imagen, que le hacía concebir serias dudas sobre una posible victoria. Mariska lo notó.
- Miren eso... – se carcajeó, triunfal – ¡una vampiresa que tiembla como una estúpida virgen!
- Te lo advierto... – exclamó Candy, empuñando su espada y comenzando a avanzar hacia ella, poseída de un súbito valor. Pero Terry se interpuso:
- Mariska... déjanos en paz.
- ¿Y eres tú quien habla de paz? – se burló la hermosa vampiresa. – ¿Alguna vez la has conocido? ¿Alguna vez la conoceremos?
Una rabia inconcebible se adueñó de él. Sin pensarlo, se lanzó contra Mariska, dispuesto a atacarla y a acabar con ella y con aquella esclavitud que lo estaba consumiendo, ante la mirada horrorizada de Candy.
Pero Mariska también estaba dispuesta a todo. Trazó un símbolo en el aire y el joven quedó paralizado, e inmediatamente la malvada mujer se lanzó sobre él, aferrándolo y dejándolo preso entre sus manos. Candice gritó de espanto y dolor, y quiso correr a salvarlo, pero se detuvo ante las palabras de Mariska:
- Soy su dueña, Candy. Y antes de que arranques su corazón de nuevo... prefiero hacerlo yo. ¡Aléjate de él, o lo mataré ahora mismo!
- No, Mariska – se escuchó – Por una vez, detente.
- Angelus...
Sí. Era Angelus quien llegaba al sitio, y se ponía al lado de Candy para apoyarla.
- Si tanto temes enfrentarte a Candy, ten la dignidad de no escudarte detrás de Terruce.
Ambos vampiros se observaron. Por una fracción de segundo pareció que el tiempo se detenía. La voz de Mariska tomó un tono de amarga ironía:
- Sí... sigues afanado en arruinarme la existencia.
Candy pugnaba por hacer algo y rescatar a Terry. En ese momento, Mariska volvió a dirigirse a ella, ignorando por completo a Angelus y adquiriendo nuevamente el tono desafiante que la caracterizaba:
- Te mataré – le dijo –. Si consigues darme alcance, no digas que no te lo advertí.
De inmediato dejó a Terry desmayado en el suelo, dirigiéndose con increíble rapidez hacia el bosque. Candy no lo dudó un segundo. Se hizo un tajo con la espada en la muñeca izquierda, con lo cual algo de su sangre cayó al suelo. "Prepara el ritual", alcanzó a decirle a Angelus, mientras que ella salía corriendo en pos de Mariska.
***
Imago bestiae
tremor lycanthropis
sensus venatoris
concilium bestiae advocare
visus bestiae praedatoriae
codicem mentis animalis aperire...
- Por favor, no lo hagas.
Era Terry, que había salido del desmayo y al abrir los ojos, contemplaba a Angelus preparando el ritual. Angelus parecía confundido.
- Si no lo hago, seguirás siendo...
- Dilo sin temor: un monstruo. ¿Es que tú lo eres menos? Mírate. Vivimos del sufrimiento, de la sangre de otros, y no hay marcha atrás. No soy un ángel, pero tampoco soy un sádico. Y no permitiré que coarten mi libertad, ni Mariska, ni Candy, ni ese ritual. No quiero vivir sumido en la culpa, como lo haces tú. ¿Qué ganaría yo con eso? Simplemente quiero Ser, hasta donde esta condición me lo permite, hasta cuando yo lo decida; porque, maldita sea, yo la elegí.
Si bien Angelus había empezado a escucharlo con atención y desconcierto, ahora parecía perdido en la amargura de sus propios pensamientos.
- Un monstruo... – murmuró. – Tienes razón, siempre he sido un monstruo...
***
Candy corría desaforada entre árboles y sombras, siguiendo en rastro de la risa de Mariska, que se confundía en las tinieblas. Pero poco a poco comenzó a disminuír velocidad, hasta que se encontró andando sin orientarse, perpleja. Silencio. Tan sólo el viento haciendo crujir ramas y hojas. Y a cada ruido de hojas secas, el temor de que su enemiga surgiera sorpresivamente para dar cuenta de ella.
Trató de caminar más despacio, de amortiguar el sonido de sus pasos. ¡Nada! ¿Habría huído? El valor repentino que la había invadido empezaba a abandonarla. Cedió a la tentación fácil de pensar en otra cosa. El orfanato donde se había criado y al que llamó su hogar... ¿qué había sido de él? Nunca quiso volver a él bajo su nueva forma: habría sido demasiado soportar el aroma de tanta sangre inocente dormida en aquel lugar de las montañas; un aroma tan dulce que temía no poder contenerse.
Vampiros... cuando era niña, los vampiros habían sido una historia que el anciano cartero les contó alguna vez para entretenerlos; y ahora ella estaba allí, entre las sombras, una vampiresa en pos de otra. Y los árboles, cerrando su camino, las hojas secas y las ramas delatando sus pasos, la oscuridad conspirando para tragársela y llevarla al infierno. ¿Por qué sentía que ojos ocultos la miraban entre las sombras, ojos arrasados de dolor, de ira? Ojos que la acusaban, que la hacían sentir culpable, culpable, culpable y sin perdón alguno, culpable sin remedio...
Quiso gritar, quiso escapar, y corrió nuevamente sin freno, huyendo sin saber de qué. Y así llegó a un claro del bosque...
- Al fin te tengo donde te quería – escuchó un susurro a sus espaldas.
Apenas tuvo tiempo de voltear y repeler el ataque de Mariska, quien tenía aún la espada que le había robado en un encuentro anterior. La mujer sonrió complacida. Era evidente que la alucinación de la culpa la había provocado ella, para conducirla hacia ese lugar donde no podía esconderse tras el refugio de ningún árbol. Si bien Candy era hábil, Mariska lo era más. Pero había algo con que la última no contaba: con la fuerza y determinación que había infundido en la rubia el compartir la sangre de Terry.
- ¿Por qué? – blandía Mariska su espada, colérica – ¿Por qué te afanas, Candice, en retener a Teruce para tí? ¡Pretender que la luna y el sol estén juntos! ¡Uno de los dos siempre ha de opacar al otro! ¿Por qué no le liberas del yugo de tu bondad, que siempre le traerá sufrimiento?
- ¡Tonterías! – rugió Candy.
En ese momento, ante una nueva embestida, logró lastimar a Mariska con su espada en un costado. La vampiresa vaciló y cayó en un charco abundante de sangre. Candy se aproximaba, sabiendo que el triunfo había llegado, y extrañamente sedienta de él. Pero justo cuando iba a rematarla con un golpe de su espada, observó la extraña expresión de dolor en el rostro de Mariska. Parecía querer decir algo, y Candy dudó un segundo. Con voz dolorida, Mariska inició un triste relato:
- Hace muchos años, una bella joven cometió la imprudencia de enamorarse. Era la hija de una prostituta, y su destino de hembra fácil estaba marcado a la vista de todos; deseada y repudiada a la vez. Pero ella era virgen... y soñaba. Soñaba con un joven hermoso, tan correcto, tan casto, que incluso proyectaba ser sacerdote. Sí, él iba a entregar su vida al Amor superior de todos. Y siendo así, por más que ella rogó, por más que ella suplicó y se esforzó en hacerse digna aunque fuera de su amistad, ¡él la despreció! Y todo el mundo repetía "El es bueno, ¡él es bueno!". Él rechazaba a la mujer impía ante todos, pero en silencio, a escondidas, un día se la llevó ¡y ella aceptó, porque lo amaba!; un día la usó y la hizo suya, y luego le hechó en cara que era como la Serpiente tentadora, la causante del pecado original, y esas fueron las únicas palabras que le dirigió en su vida...
- Él, el hipócrita, siguió siendo bueno, alabado por todos – continuó Angelus contando a Terry, que lo escuchaba inmóvil – mientras ella, que había amado, que se había entregado, siguió siendo la burla de todos, buscando una sola mirada de compasión en los ojos de aquél que aún amaba. Hasta que una noche, un forastero misterioso llegó al pueblo, y la hechizó con la mirada. Ya habrás adivinado qué clase de ser era. Y cuando la vida de la joven estaba a punto de extinguirse bajo su beso mortal, él adivinó sus pensamientos y le regaló el don oscuro. Transformada, ella buscó a aquél que había amado, y quiso arrancarle el corazón... ¡y aún así, no pudo hacerlo! ¡Ah, pero lo maldijo con el don de la vida eterna, malditos, malditos él y ella por la eternidad, malditos por la hipocresía y por un amor sacrílego! ¡Y aún ahora... él pretende ser bueno!
- ¡Tú y él son iguales! – gritó dolorosamente Mariska – ¡Su luz es la que proyecta la sombra sobre los corazones negros, como el de Terry, como el mío!
- ¡Mariska...! ¡Angelus... Angelus y tú...!
Candice había comprendido en aquel instante de iluminación, y sentía un inmenso dolor al ver a Mariska tratando de retener la sangre de su herida y las lágrimas que se asomaban a sus ojos. Soltó su espada y se inclinó, en cuclillas, hacia el costado de su enemiga, tratando de ayudarla. Mariska sonrió débilmente:
- Angelus dijo que tu amor y tu bondad son tu mayor fortaleza... y se equivoca...
Una alarma en su corazón...
- ¡Son lo que te hace débil!
El grito de Mariska. Un movimiento rápido para escabullir su cabeza y su tórax de su alcance. Un dolor lacerante en el muslo, tomar la daga que llevaba oculta en el cinto y volver rápida como un resorte a clavársela en el corazón a su agresora.
- ¡Mariska!
Angelus y Terry llegaban justo para contemplar la escena en la que Candy clavaba su daga hasta el puño en el pecho de la vampiresa, bañándose en el éxtasis de su sangre, mientras Mariska dirigía una triste sonrisa a Angelus:
- Entonces... siempre vence el Bien...
***
Tardíamente, Angelus quiso retenerla entre sus brazos. Pero la existencia de Mariska se esfumó, dejando su tez tan blanca y brillante como la luna llena que iluminaba el bosque. Luego de la euforia del triunfo, Candy comenzó a temblar bajo un llanto incontenible. Angelus estaba estático, y Terry se encontraba sumido en un extraño estupor.
- Se ha acabado – murmuró Angelus tristemente – Candy ha triunfado, y Terry es libre.
- ¿Qué haremos ahora? – preguntó Candy.
- No me preguntes a mí – respondió Terry. – Recién me doy cuenta que estoy condenado a permanecer así, por los siglos de los siglos. Y tú estás en la misma posición. A esto nos llevaron nuestras elecciones.
Angelus se dio cuenta de que a partir de ese momento, las palabras realmente sobraban. Y supo lo que debía hacer. "Pronto amanecerá", dijo.
Luego, en silencio, se sentó junto al cuerpo inerte de Mariska, y calladamente tomó su mano de alabastro, mientras esperaba los primeros rayos del sol. Por un momento, Terry pensó que sería bueno acompañarlo; pero luego sonrió y comenzó a alejarse de aquel sitio.
Candy se quedó sin saber qué hacer. "¿A dónde vas?" preguntó. "A algún lugar con sombra", respondió Terry tranquilamente.
- Déjame ir contigo – respondió ella entonces. – Ya buscaremos una manera para...
- No hay nada qué buscar.
- Tengo qué ayudarte...
- No, no tienes qué hacerlo. Ya me ayudaste bastante – concluyó, con un ligero toque de ironía – aunque, siempre puedes venir conmigo, si no estorbas. Tú decide.
Y siguió andando, sin voltear ni preocuparse si ella lo seguía; mostrando sus sensuales colmillos al sonreír para sí mismo, y sintiendo correr en sus venas la inocente sangre ajena.
Epílogo
Otra vez la noche me llama con su canto milenario. Otra vez el dulce aroma de la sangre me enardece. Y no hay culpa, ni temor, pues cada quien debe obedecer a su naturaleza, y esta es la mía, este soy yo.
Y mientras hundo mis colmillos en tu cuello, mi dulce y bella víctima, y siento el placer de robarme el calor de tu cuerpo y el latido de tu sonrisa, me afirmo una vez más que esta es mi hora, la de los malditos, la de los corazones negros.
*** Fin ***