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Homilía dominical - B - Domingo de Ramos   Lista de mensajes  
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 Homilía dominical 03 de abril de 2006
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B - Domingo de Ramos
Comentario oficial sobre la última enfermedad, muerte y honras fúnebres de Juan Pablo II



B - Domingo de Ramos

Fuente: Catholic.net
Autor: P. Octavio Ortíz

Sagrada Escritura

Primera: Is 50,4-7
Salmo 22
Segunda: Fil 2,6-11
Evangelio: Mc 14,1 - 15,47





Nexo entre las lecturas

Nos encontramos en el umbral de la semana santa. La liturgia de hoy, con la procesión y la proclamación de la Pasión del Señor, nos introducen en el misterio de Cristo, de su ingreso solemne a Jerusalén y nos preparan para los eventos del triduo pascual. La procesión inicia con la proclamación del evangelio de Marcos y se continúa avanzando por el camino entre aclamaciones con ramos de olivo y palmas, cantos y oraciones. Celebramos así la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén; la entrada del “príncipe de la paz”, pero entrada que esconde también los trágicos acontecimientos de la pasión. La procesión nos habla de nuestro caminar por la vida, nos dice de un “avanzar”, de un progresar” sin solución de continuidad. Nuestra vida pasa y nosotros pasamos con ella. Hombres y mujeres “viatores”, peregrinos, viajeros, que no tenemos aquí nuestra patria definitiva. En este caminar nos precede y nos guía la cruz de Cristo. Ella es la que da sentido a nuestro acontecer, porque en ella está la salvación. La procesión de este domingo posee, ciertamente, un carácter festivo. Festivos son los atuendos que se tienden por el camino, festivos son los cantos de los viandantes, festivos son los niños y monaguillos que aquí y allá agitan sus ramos, a veces ajenos al misterio que se esconde. Festivos y solemnes son los ornamentos litúrgicos del celebrante. Festivo es, en fin, el caminar de toda la asamblea “con cantos e himnos inspirados”. La celebración eucarística que tiene lugar en el templo posee un tono diverso: más solemne, más reposado, más misterioso, más contemplativo. Explica claramente cuál es el reinado de ese Cristo que acaba de entrar a Jerusalén. Se proclama la pasión según san Marcos. Evangelio sencillo, claro, diáfano, esencial. Nuestra contemplación va pues a Cristo que sufre, particularmente en el huerto de los olivos. La lectura del profeta Isaías nos introduce aún más en el misterio del siervo de Yahveh que, humillado, sabe obedecer.


Mensaje doctrinal

a) Perspectiva cristológica del evangelio de Marcos: el Cristo que padece es el que ha aceptado la misión que el Padre le ha encargado y las consecuencias de la misma.

Se han definido los evangelios como “relatos de la pasión precedidos de una larga introducción”; si esto se aplica a los evangelistas en general, de un modo especial se aplica a Marcos. Toda la segunda parte del evangelio de san Marcos, desde los acontecimientos de Cesarea de Filipo, se orientan hacia la pasión. Aquí encuentran lugar los tres anuncios de los sufrimientos que Cristo debe padecer en Jerusalén. Así pues, en este ciclo B, tenemos la oportunidad de contemplar el misterio de la cruz de Cristo en sus rasgos más esenciales y profundos. El lenguaje del evangelista no tiene tonos patéticos. Narra las cosas con sencillez. Algunos pasajes que la tradición popular ha meditado detenidamente como la flagelación y la fijación de los clavos, son tocados sólo de paso. Su meditación se dirige más bien a comprender las razones secretas que condujeron a la condena de Jesús, y al misterio de que el Hijo de Dios tuviera que aceptar aquel tormento.

“La dimensión profunda de sus dolores se manifiesta sobre todo en el huerto de los olivos, en el que Jesús atraviesa de antemano los abismos de la agonía con un sacudimiento psíquico, y se da a conocer una vez más en su última palabra sobre la cruz que expresa su infinito desamparo y su aparente lejanía de Dios”. (Schnackenburg Rudolf, El evangelio según san Marcos Herder, Barcelona 3 ed. 1980, p.232),

El evangelio trata de comprender lo que acontece a la luz de la profecía bíblica que se cumple en Cristo, y que Cristo mismo quiere libremente llevar a efecto. No se trata de exponer la pasión como una narración histórica, aunque no falta tampoco este elemento, sino más bien, se consideran los acontecimientos desde la voluntad salvífica de Dios. Se ve la pasión como un conflicto necesario en el que Jesús se ha metido a causa de la fidelidad a su misión y de las exigencias de la misma. Jesús no se echa atrás. Era consciente de que su fidelidad al Padre y a su amor a los hombres tendrían como final la oblación total de sí mismo.

Para san Marcos el Cristo que padece es aquel que ha aceptado el camino de sufrimiento que le ha sido asignado (14,21.41), es el Hijo del hombre que vendrá una vez entre las nubes del cielo (14,62) y el hijo obediente al Padre (14,36), que después de su muerte será reconocido como “Hijo de Dios” (15,39). Pero también en el relato de la pasión Cristo es presentado como el justo perseguido y como un mártir que sufre el tormento.


b) La dimensión profunda del dolor de Cristo que se manifiesta en el huerto de los olivos.

De entre los diversos temas que aparecen en la pasión quisiéramos ahora centrarnos en los sufrimientos de Jesús en Getsemaní. La oración de Jesús en el huerto ha impresionado siempre profundamente a la Iglesia. Esto fue también verdadero en la iglesia primitiva. Su terrible agonía la describe ya la carta a los hebreos (5,7s), y hasta Juan, que ve la pasión bajo el signo de la glorificación, considera indirectamente la agonía de Jesús en el huerto con un eco particular: Ahora mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! (Jn 12,27).

Vemos a Jesús que se retira y en oración a su Padre que llegue el momento del prendimiento. “Es la hora de Jesús”. El Hijo del hombre entra en absoluta soledad en la que ora al Padre. Su actitud recuerda la oración en el desierto (1,13), y más aún, recuerda su oración en un lugar solitario al inicio de su ministerio público (1,35). Entonces oró de madrugada pidiendo claridad para el camino, ahora en plena noche para hacer frente al fin.

Toma a sus discípulos de más confianza. Le invade una angustia pavorosa. Estos hombres, los más cercanos a Jesús, deben tener conocimiento de este profundo abatimiento, así como lo tuvieron de su glorificación en la transfiguración. Deben dar testimonio a las futuras generaciones de la lucha, de la tristeza, de la oración de Cristo en Getsemaní.

“La angustia mortal de Jesús se expresa y reviste con la palabra de un salmo: mi alma está triste Sal 46,6.12; Sal 43,5. Pero Jesús añade algo más hasta la muerte. No porque quisiese morir, sino por lo intenso del dolor.

En marcos no se dice que Jesús busque el consuelo humano. Se afirma, en cambio, que sus discípulos deben velar. No en el sentido de asechar, o de anunciar cualquier cosa sospechosa, o de rechazar a un enemigo, como Pedro lo haría más adelante. No. Deben velar, es decir, deben orar y vigilar porque el enemigo está a las puertas. El cristiano se debe preparar en la oración para el combate espiritual. Se trata de la vigilancia interior a la hora de la crisis.

Para Marcos Cristo ora, sufre y lucha a solas, sin la compañía de sus discípulos, a solas con su Padre. Por eso, Jesús se retira un poco más, alejado incluso de los apóstoles de más confianza. Se postra en el suelo y ora. Así lo habían hecho también los grandes varones del Antiguo Testamento Abraham (Gen 22,5) y Moisés (Ex 24,12-18).


Sugerencias pastorales

a) El camino del cristiano: un camino que reproduce el misterio de Cristo.

Nuestra vida es un caminar continuo. Estamos inmersos en el tiempo y vamos ascendiendo hacia la “Jerusalén del cielo”. Dentro de la existencia humana los padecimientos de Jesús son inevitables; pero en el seguimiento de Jesús son también superables, pues nos invitan a una profundidad y plenitud de vida a la que el hombre íntimamente aspira. Todos aspiramos a una vida plena, pero el paso del tiempo parece arrebatarnos esa plenitud. Abramos los ojos y veamos que con Cristo y en Cristo, ese avanzar por la vida se convierte en un camino de plenitud, de íntima y alegre realización.

Hay momentos en la vida en el que nos llega el cansancio ante la lucha por el bien. Estamos por soltar las armas. Estamos a punto de rendirnos y abandonarnos al mejor postor.
“¡No puedo más. Me abandono!” Non ce la faccio più , Je ne peux plus. Que no nos sorprenda el dolor y las dificultades de la vida: son camino de salvación. Que no nos desanime la vejez, la enfermedad, las desgracias naturales, las guerras... hemos de caminar e instaurar el Reino de Cristo, a pesar del mal que parece rodearnos. Por encima del mal y del pecado, está el amor de Dios en Cristo Jesús. No dejemos de caminar. Quizá en esos momentos nos conviene repetir la oración que compuso Romano Guardini para aquellas horas que no pasan:

Dios viviente
Nosotros creemos en Ti.
Enséñanos a comprender
la hora en la que parece
que Tú nos has abandonado,
Tú, que eres la fidelidad eterna....

Dios viviente, nosotros creemos en Ti.
Danos la fuerza para resistir
Cuando todo se hace vano a nuestro alrededor.

Padre, nosotros creemos en Ti,
Porque aquello que nosotros llamamos mundo,
Es obra de tus manos. Tú lo has modelado,
Has querido que existiese y sólo de Ti
Recibe su duración y su esplendor.
Tú guías todas las cosas.
Tú guías también nuestra pequeña vida.
La guías en el misterio de tu silencioso gobierno.
Nosotros debemos confiarnos totalmente sólo de tu amor.
Tu magnanimidad ha querido tener necesidad de nosotros,
Tú has puesto el mundo que creaste, y es tuyo,
en nuestras manos,
Tú quieres que pensemos con tus pensamientos
Y que obremos de acuerdo con tus decretos.

Cristo Jesús,
Redentor del mundo,
que volviste al Padre, cuando "todo fue cumplido".
Tú te sientas a la derecha del Padre en el trono de la gloria,
Y esperas la hora en la que volverás con poder
Para juzgar vivos y muertos.
Nosotros creemos en Ti.
Enséñanos a ofrecer en el abandono,
la fe que esta hora espera de nosotros,
Porque que parece que tu luz ya no luce,
Y, sin embargo, ella brilla más que nunca en la obscuridad.
Tú has redimido todo en el misterio de tu amor,
Lo has redimido todo en tu obediencia,
Que es tan grande como el mandato de tu Padre.
Haz que Tu amor por nosotros no sea vano.

Espíritu Santo,
Enviado a nosotros,
Que habitas en nosotros,
a pesar de que los espacios hacen ecos vacíos,
Como si Tú estuvieras lejano.
En tus manos están todos los tiempos.
Tú ejercitas tu poder en el misterio del silencio
Y Tú llevarás a término todas las cosas.
Por ello, nosotros creemos en el mundo futuro, (en la vida eterna)
¡Y lo esperamos!
¡Enséñanos a esperar en la esperanza!
Haznos partícipes del mundo futuro
A fin de que en nosotros
encuentre cabal cumplimiento la promesa de la gloria eterna.


b) La oración en el momento de Crisis: no dejar a Cristo solo.

En la carta Nuovo millenio ineunte, el Papa dice: “Pasa ante nuestra mirada la intensidad de la escena de la agonía en el huerto de los Olivos. Jesús, abrumado por la previsión de la prueba que le espera, solo ante Dios, lo invoca con su habitual y tierna expresión de confianza: « ¡Abbá, Padre! ». Le pide que aleje de él, si es posible, la copa del sufrimiento (cf. Mc 14,36). Pero el Padre parece que no quiere escuchar la voz del Hijo. Para devolver al hombre el rostro del Padre, Jesús debió no sólo asumir el rostro del hombre, sino cargarse incluso del « rostro » del pecado. « Quien no conoció pecado, se hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él » (2 Co 5,21).

Nunca acabaremos de conocer la profundidad de este misterio. Es toda la aspereza de esta paradoja la que emerge en el grito de dolor, aparentemente desesperado, que Jesús da en la cruz: « "Eloí, Eloí, lema sabactaní?" —que quiere decir— "¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?" » (Mc 15,34). ¿Es posible imaginar un sufrimiento mayor, una oscuridad más densa? En realidad, el angustioso « por qué » dirigido al Padre con las palabras iniciales del Salmo 22, aun conservando todo el realismo de un dolor indecible, se ilumina con el sentido de toda la oración en la que el Salmista presenta unidos, en un conjunto conmovedor de sentimientos, el sufrimiento y la confianza. En efecto, continúa el Salmo: « En ti esperaron nuestros padres, esperaron y tú los liberaste... ¡No andes lejos de mí, que la angustia está cerca, no hay para mí socorro!».

Cristo nos devuelve el rostro del Padre, ¡qué misericordia ha tenido el Señor con nosotros! ¡Que nadie, pues, se quede sin recibir este abrazo del Padre. En nuestras horas oscuras, cuando sintamos el cansancio de la fe, cuando todo nos parezca obscuro y la angustia haga presa de nuestros miembros, veamos a Jesús en Getsemaní, y digámosle con sincero corazón: ¡no te dejo solo! ¡No, no te dejo solo en tu lucha por la salvación de las almas! Salgamos de esa oración con el alma ardiente y dispuesta a seguir luchando por Cristo y sus intereses. No reduzcamos nuestra misión cristiana a nuestras pobres miradas, cuando Cristo nos pide estar con Él en lo más duro de la batalla.



  • Foro para sacerdotes de Catholic.net







  • Comentario oficial sobre la última enfermedad, muerte y honras fúnebres de Juan Pablo II

    Fuente: www.revistaecclesia.com
    Autor: Acta Apostolicæ Sedis

    (Texto original latino)

    Durante los últimos tiempos, la salud del Sumo Pontífice, ya anteriormente afectada por algunas dolencias, fue deteriorándose paulatinamente. Enfermo ya de gravedad, una gran muchedumbre —en la que destacaban los jóvenes por su cariño y atención— acudía con frecuencia a las inmediaciones de San Pedro con el deseo de acompañarle en su enfermedad, lo que despertó la admiración del mundo entero. Seguidamente, se describe detalladamente y explica en términos médicos esta última enfermedad, que fue agravándose gradualmente:


    (Texto original italiano)

    El 31 de enero, la Oficina de Prensa de la Santa Sede comunicó que las audiencias previstas para ese día quedaban suspendidas debido a un síndrome gripal padecido por el Santo Padre, y sucesivamente anunció el aplazamiento de las citas previstas y la suspensión de la Audiencia General del miércoles 2 de febrero.

    El cuadro clínico se complicó con una laringotraqueítis aguda y crisis de laringoespasmo, situación que se agravó al anochecer del 1 de febrero. Se hizo necesaria una hospitalización de urgencia —en ambulancia equipada con unidad móvil de reanimación— en el Policlínico «Gemelli», con ingreso a las 22,50 del mismo día. El Santo Padre fue ingresado en la habitación que tenía reservada en la décima planta del Policlínico en el área del Servicio de Urgencias, dirigido por el profesor Rodolfo Proietti. Allí fue sometido a las oportunas terapias de asistencia respiratoria y a los necesarios controles clínicos.

    Su evolución clínica fue positiva, por lo que el sábado 5 de febrero el Santo Padre siguió por televisión la ceremonia celebrada en la Sala Pablo VI con ocasión de la fiesta de la Virgen de la Confianza, patrona del Seminario Romano Mayor. Su permanencia en el hospital se prolongó durante unos días con el fin de permitir la estabilización del cuadro clínico.

    Diariamente el Papa concelebraba la santa misa en su habitación. El Miércoles de Ceniza, durante la Eucaristía, impuso al Papa la ceniza, por él mismo bendecida, su secretario. Una vez completadas las pruebas diagnósticas —con inclusión de un TAC de cuerpo entero—, que permitían descartar otras patologías, el 10 de febrero el Santo Padre regresaba en coche al Vaticano hacia las 19,40.

    En los sucesivos días se registraba una recaída de la habitual patología respiratoria caracterizada por fases alternas, estrechamente controladas por el personal médico vaticano, que asistía permanentemente al Papa. Su cuadro clínico se complicaba por la reiteración de episodios subintrantes de insuficiencia respiratoria aguda, causados por una estenosis funcional de la laringe, preexistente y ya documentada.

    Al anochecer se registraba una nueva crisis que, pese a haber sido adecuadamente afrontada, hacía inaplazable una segunda hospitalización en el Policlínico «Gemelli», que tenía lugar a las 11,50 del jueves 24 de febrero.

    Allí se establecía indicación de traqueotomía electiva, que —con el consentimiento del Santo Padre— se efectuaba a lo largo de la tarde del mismo día. La intervención quirúrgica estuvo a cargo del profesor Gaetano Paludetti, catedrático de Clínica Odontológica de la Universidad Católica del Sagrado Corazón, y del doctor Angelo Camaioni, jefe de Servicio de Otorrinolaringología del Hospital «San Giovanni» de Roma y especialista de la Dirección de Sanidad e Higiene del Estado de la Ciudad del Vaticano. Dirigió la anestesia el profesor Rodolfo Proietti, catedrático de Anestesiología y Reanimación de la Universidad Católica del Sagrado Corazón.

    Presenciaban la intervención el profesor Enrico de Campora, catedrático de Clínica Otorrinolaringológica de la Universidad de Florencia y asesor de la Dirección de Sanidad e Higiene del Estado de la Ciudad del Vaticano, y el médico personal del Papa, el doctor Renato Buzzonetti.

    El posoperatorio se desarrolló sin complicaciones, y pronto se inició la rehabilitación de la respiración y de la fonación.

    El 6 de marzo, el Santo Padre, revestido de una casulla rosa, celebraba la santa misa del IV Domingo de Cuaresma en la pequeña capilla anexa a su habitación y pronunciaba la fórmula de la bendición final con voz muy apagada y dicción relativamente buena.

    El domingo 13 de marzo, el Papa regresaba hacia las 18,40 horas al Vaticano, donde lo recibían el cardenal Angelo Sodano, su Secretario de Estado, y sus colaboradores. Nada más entrar en su apartamento, acudía a la capilla para el rezo de las «Lamentaciones», que en polaco conmemoran la Pasión del Señor.

    Aseguraba constantemente la asistencia de la guardia médica un equipo vaticano formado por un total de diez médicos reanimadores, especialistas en cardiología, otorrinolaringología y medicina interna, auxiliados por cuatro enfermeros, bajo la dirección del médico personal de Su Santidad. Se habían activado equipos e instrumentos aptos para afrontar cualquier exigencia técnica.

    En días sucesivos proseguía la lenta recuperación de las condiciones de salud del Papa, recuperación dificultada por una deglución muy problemática, una fonación muy trabajosa, un déficit nutricional y una astenia de considerable entidad.

    El domingo 20 de marzo y el miércoles 23, el Santo Padre se asomaba a la ventana de su despacho, sin hablar, limitándose a bendecir con la mano derecha. El día de Pascua, 27 de marzo, el Papa permanecía unos 13 minutos ante la ventana abierta con vistas a la Plaza de San Pedro, atestada de fieles en espera del mensaje pascual. Sujetaba con la mano las hojas del texto, que, en el atrio de la

    Basílica, leía con emocionada voz el cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado. El Papa intentaba leer las palabras de la Bendición Apostólica, sin conseguirlo, y, en silencio, con la mano derecha, bendecía a la Ciudad y al mundo.

    El 30 de marzo se comunicaba haberse emprendido la alimentación enteral mediante una sonda nasogástrica instalada con carácter permanente. Ese mismo día, miércoles, el Santo Padre se asomaba a la ventana de su despacho y, sin hablar, bendecía a la muchedumbre, que, atónita y dolorida, lo esperaba en la Plaza de San Pedro. Fue la última estación pública de su penoso vía crucis.

    El jueves 31 de marzo, poco después de las 11, al Santo Padre, que había acudido a la capilla para la celebración de la santa misa, le acometía un escalofrío convulso, seguido por una fuerte elevación térmica hasta 39,6º. A ello le sucedía un gravísimo choque séptico con colapso cardiovascular, debido a una infección comprobada de las vías urinarias. Con carácter inmediato se tomaban todas las medidas terapéuticas y de asistencia cardiorrespiratoria adecuadas.

    Se respetaba la voluntad explícita del Santo Padre de permanecer en su apartamento, donde, por otra parte, tenía asegurada una asistencia tan completa como eficaz.

    A última hora de la tarde, se celebraba la santa misa al pie de la cama del Papa. Este concelebraba con los ojos entornados, pero, en el momento de la consagración, levantaba levemente el brazo derecho dos veces, es decir, sobre el pan y sobre el vino. También esbozaba el gesto de golpearse el pecho durante el rezo del «Agnus Dei».

    El cardenal de Lviv de los Latinos le administraba la Unción de los Enfermos. A las 19,17 el Papa recibía la Santa Comunión. Sucesivamente, el Santo Padre pedía que se celebrara la «hora eucarística» de meditación y oración.

    El viernes 1 de abril, a las 6 de la mañana, el Papa, consciente y sereno, concelebraba la santa misa.

    Hacia las 7,15 escuchaba la lectura de las 14 estaciones del vía crucis, persignándose en cada una de ellas. Sucesivamente, expresaba el deseo de escuchar la lectura de la Hora de Tercia del Oficio Divino y de pasajes de la Sagrada Escritura.

    La situación revestía notable gravedad y se caracterizaba por el deterioro alarmante de los parámetros biológicos y vitales. Se instauraba un cuadro clínico cada vez más grave de insuficiencia cardiovascular, respiratoria y renal.

    El paciente, con visible participación, se asociaba a la plegaria continuada de quienes lo asistían.

    A las 7,30 del sábado 2 de abril, se celebraba la santa misa en presencia del Santo Padre, que empezaba a presentar un deterioro inicial de la consciencia. A última hora de la mañana, recibía por última vez al cardenal Secretario de Estado y seguidamente se iniciaba una elevación brusca de la temperatura. Hacia las 15,30, con voz muy apagada y dicción confusa, en polaco, el Santo Padre rogaba: «Dejad que me vaya a la casa del Padre».

    Poco antes de las 19 horas entraba en coma. El monitor documentaba el agotamiento progresivo de sus funciones vitales. Siguiendo una tradición polaca, una vela encendida iluminaba la penumbra de la habitación en la que la vida del Papa iba apagándose.

    A las 20 horas se iniciaba la celebración de la santa misa de la fiesta de la Divina Misericordia, al pie de la cama del Papa moribundo. Presidía el rito el excelentísimo monseñor Stanislao Dziwisz, con la participación del cardenal Marian Jaworski, del excelentísimo monseñor Stanislao Rylko y de monseñor Mieczyslaw Mokrzycki.

    Cantos religiosos polacos acompañaban la celebración y se fundían con los de los jóvenes y los de la multitud de fieles reunidos en oración en la Plaza de San Pedro. A las 21,37, Juan Pablo II descansaba en el Señor. Su fallecimiento, comprobado por el Dr. Renato Buzzonetti, lo confirmaba también la ejecución de un electrocardiotanatograma, que se prolongó durante más de 20 minutos, con arreglo a la normativa vaticana.

    Acto seguido, acudieron a rendir homenaje al difunto Sumo Pontífice el cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado; el cardenal Joseph Ratzinger, Decano del Colegio Cardenalicio; el cardenal Eduardo Martínez Somalo, Camarlengo de la Santa Romana Iglesia, así como varios miembros de la Familia Pontificia.

    La declaración de defunción, firmada por el Dr. Renato Buzzonetti, Director de Sanidad e Higiene del Estado de la Ciudad del Vaticano, contenía el siguiente diagnóstico: «Choque séptico, colapso cardiovascular en persona enferma de Parkinson, episodios pasados de insuficiencia respiratoria aguda y consiguiente traqueotomía, hipertrofia prostática benigna complicada por urosepsis, cardiopatía hipertensiva e isquémica».


    (Texto original latino)

    El día 3 de abril, Domingo de la Divina Misericordia, a las 10,30, en la Plaza de San Pedro, se celebró una misa en sufragio del difunto Pontífice, presidida por el cardenal Angelo Sodano. A las 12 se rezó el Regina Cœli, oración mariana propia del Tiempo de Pascua, después de la cual se pronunció el siguiente discurso, que el Sumo Pontífice había preparado para la ocasión.


    ¡Queridos hermanos y hermanas!

    1. Resuena también hoy el gozoso Aleluya de Pascua. La pagina del Evangelio de hoy de Juan subraya que el Resucitado, la noche de ese día, se apareció a los apóstoles y «les mostró las manos y el costado» (Juan 20, 20), es decir, los signos de la dolorosa pasión impresos de manera indeleble en su cuerpo también después de la resurrección. Aquellas llagas gloriosas, que ocho días después hizo tocar al incrédulo Tomás, revelan la misericordia de Dios que «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Juan 3, 16).

    Este misterio de amor está en el corazón de la liturgia de hoy, domingo «in Albis», dedicado al culto de la Divina Misericordia.

    2. A la humanidad, que en ocasiones parece como perdida y dominada por el poder del mal, del egoísmo y del miedo, el Señor resucitado le ofrece como don su amor que perdona, reconcilia y vuelve abril el espíritu a la esperanza. El amor convierte los corazones y da la paz. ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de comprender y acoger la Divina Misericordia!

    Señor, que con la muerte y la resurrección revelas el amor del Padre, nosotros creemos en ti y con confianza te repetimos hoy: Jesús, confío en ti, ten misericordia de nosotros y del mundo entero.

    3. La solemnidad litúrgica de la Anunciación, que celebraremos mañana, nos lleva a contemplar con los ojos de María el inmenso misterio de este amor misericordioso que surge del Corazón de Cristo. Con su ayuda, podemos comprender el auténtico sentido de la alegría pascual, que se funda en esta certeza: Aquel a quien la Virgen llevó en su seno, que sufrió y murió por nosotros, ha resucitado verdaderamente. ¡Aleluya!


    (Texto original latino)

    A las 3 de la tarde del día siguiente [al de la muerte del Papa], el eminentísimo cardenal Eduardo Martínez [Somalo], camarlengo de la Santa Romana Iglesia, acudió según costumbre a la capilla en la que yacía el difunto Pontífice para, conforme a la Constitución Universi dominici gregis, reconocer su cadáver en la presencia del maestro de las Ceremonias Litúrgicas Pontificias, del vicecamarlengo, de los Prelados Clérigos de la reverenda Cámara Apostólica y del secretario-canciller de la misma.


    El texto del acta de reconocimiento es el siguiente:


    EN EL NOMBRE DE DIOS. AMEN. RECONOCIMIENTO DEL CADAVER DEL PAPA JUAN PABLO II DE SANTA MEMORIA EN SU DIA KAROL WOJTYLA.

    El día 2 de abril de 2005, a las 21,37 horas, se complació el Altísimo en llamar a sí al que quiso la Divina Providencia que fuera nuestro Santo Padre, el Papa Juan Pablo II.

    El eminentísimo y reverendísimo señor cardenal Eduardo Martínez Somalo, camarlengo de la Santa Romana Iglesia, junto con el excelentísimo y reverendísimo señor Piero Marini, maestro de las celebraciones litúrgicas, y con el excelentísimo y reverendísimo señor Paolo Sardi, vicecamarlengo, el reverendísimo señor Karel Kasteel, decano de los clérigos de la Cámara Apostólica, el reverendísimo señor Antonio Macculi, clérigo de la Cámara, el reverendísimo señor Vincenzo Ferrara, clérigo de la Cámara, así como con el infrascrito notario y canciller de la Cámara, el abogado Enrico Serafini, todos ellos convocados según el ceremonial por el citado maestro de las Celebraciones Litúrgicas, acudió a las 9 de la mañana del día siguiente al apartamento pontificio y, entrando con todas las personas mencionadas en la capilla privada de dicho Pontífice, halló en ella su cadáver, revestido de los hábitos pontificales.

    El médico pontificio, doctor Renato Buzzonetti, leyó ante los presentes el documento que da fe de la muerte del Pontífice y de las causas de ésta. El cardenal Camarlengo, junto con su séquito, reconoció conforme al ceremonial el cadáver de Juan Pablo II, en su día Karol Wojtyla, y, tras reverenciar debidamente al difunto Pontífice y elevar fervorosas oraciones por su alma, abandonó el apartamento pontificio.

    Dado en la capilla privada, el 3 de abril de 2005, en presencia de los infrascritos testigos:

    + Card. Eduardo Martínez Somalo, camarlengo.

    + Piero Marini, arzobispo titular de Martirano, maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias.

    + Paolo Sardi, vicecamarlengo.

    Karel Kasteel, decano de la Cámara Apostólica.

    Antonio María Macculi.

    Vincenzo Ferrara.

    Enrico Serafini, notario-canciller.


    Una vez informado de la muerte del Sumo Pontífice Juan Pablo II, el eminentísimo cardenal Camillo Ruini, su Vicario en la Urbe, redactó la «notificación especial » prescrita por la constitución apostólica Universi dominici gregis para comunicar al pueblo romano la muerte de su Obispo:


    (Texto original italiano)

    Hoy sábado 2 de abril de 2005, a las 21,37 horas, Primeras Vísperas de la Fiesta de la Divina Misericordia, el Señor ha llamado a sí el alma bendita del Santo Padre Juan Pablo II. Nos recogemos en oración por él, que tanto nos amó, para que el Señor lo reciba en su eterna plenitud de vida. Damos gracias a Dios por habernos dado un pastor según su corazón, testigo de Jesucristo con la vida y con la palabra, que ha recorrido con incansable valor el camino que de Cristo conduce al hombre. Sabemos que este gran Padre no nos ha abandonado, y nos encomendamos a su intercesión para mantener íntegro y vivo entre nosotros su valioso legado de fe y de amor. Que la Virgen María, a la que Juan Pablo II consagró toda su vida, le estreche en sus brazos de Madre y proteja al pueblo de Roma.

    + Cardenal Camillo Ruini. Vicario General de Su Santidad para la Diócesis de Roma.


    (Texto original latino)

    Seguidamente, el maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias comunicaba la exposición del cuerpo del Santo Padre:


    (Texto original italiano)

    El domingo 3 de abril, a las 12,30 horas, el cardenal camarlengo presidirá en la Sala Clementina una celebración con la que se iniciarán las visitas a los restos mortales del Romano Pontífice difunto para que los fieles puedan rendirle el homenaje de la piedad cristiana. Se ruega a todos aquellos que, con arreglo al «Motu proprio Pontificalis Domus», componen la Capilla Pontificia y desean participar en dicha celebración, se encuentren a las 12,15 horas en la Sala Clementina, revestidos con su correspondiente hábito coral. El acceso al Palacio Apostólico se realizará a través del Patio de San Dámaso y quedará abierto hasta las 16 horas del domingo 3 de abril. Las visitas de los miembros de la Capilla Papal, de las autoridades y del Cuerpo Diplomático se reanudarán el lunes 4 de abril desde las 9 hasta las 16 horas. Ciudad del Vaticano, 3 de abril de 2005. Por orden del eminentísimo cardenal Camarlengo.

    + Piero Marini. Arzobispo titular de Martirano. Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias.


    (Texto original latino)

    El cuerpo del Sumo Pontífice, una vez trasladado y expuesto en la Sala Clementina del Palacio Apostólico, fue piadosamente venerado por los eminentísimos padres cardenales, obispos y prelados de la Curia Romana, autoridades y miembros del Cuerpo Diplomático, así como por muchísimos fieles, que acudieron durante dos días para elevar oraciones por el eterno descanso del Santo Padre. La tarde del día para ello fijado, 4 de abril, el cuerpo de Juan Pablo II era trasladado piadosamente y sin pompa alguna a la Basílica Vaticana para recibir en ella el debido homenaje. Antes de entrar en la Basílica, permaneció unos instantes ante la fachada del templo, donde los sediarios lo giraron y mostraron a los fieles presentes en la plaza para venerarlo, muchos de los cuales empezaron a invocar entre lágrimas el nombre de Juan Pablo II. Seguidamente, fue introducido en la Basílica y depositado ante el baldaquino de Bernini. Allí el cardenal Camarlengo presidió una liturgia de la Palabra, concluida la cual comenzaron las visitas al cuerpo del Romano Pontífice. Durante cinco días, más de tres millones de personas desfilaron ante el difunto Pontífice. Debido a tan imponente afluencia de fieles, durante esos días la Basílica Vaticana permaneció abierta desde las seis de la mañana hasta la doce de la noche.


    (Sigue la lista de los participantes en la ceremonia de traslación).


    (Texto original latino)

    El maestro de las Ceremonias Litúrgicas Pontificias impartió las siguientes instrucciones para la celebración de la misa de exequias:


    (Texto original italiano)

    Precederá a la misa de exequias del Romano Pontífice el depósito del cuerpo del difunto Pontífice en el féretro. Presidirá dicha ceremonia, el viernes 8 de abril de 2005 a las 7,30 horas, en la Basílica Vaticana, el señor cardenal Eduardo Martínez Somalo, Camarlengo de la Santa Romana Iglesia. Tras la misa de exequias, la «Ultima Commendatio» y la «Valedictio», tendrá lugar en la Cripta vaticana la ceremonia de inhumación, presidida por el cardenal Camarlengo.


    (Sigue la indicación de los prelados que deben participar en ambas celebraciones).


    Ciudad del Vaticano, 6 de abril de 2005

    Por orden del Colegio Cardenalicio

    + Piero Marini. Arzobispo Titular de Martirano. Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias.


    MISA DE EXEQUIAS

    Antes de la misa de exequias, el cadáver del difunto Pontífice fue depositado en el féretro, que fue sellado en presencia del cardenal Camarlengo, los prefectos de los órdenes cardenalicios, el cardenal Arcipreste de la Basílica Vaticana, el cardenal ex secretario de Estado, el cardenal vicario para la diócesis de Roma, el sustituto de la Secretaría de Estado, el prefecto de la Casa Pontificia, el limosnero del Sumo Pontífice, el vicecamarlengo, los representantes de los canónigos de San Pedro, el secretario del Santo Padre y los familiares del difunto Pontífice. El maestro de las Celebraciones Litúrgicas dio lectura al «Rogito». Además, el propio maestro y el Secretario del Sumo Pontífice cubrieron el rostro del difunto Pontífice con un velo de seda blanca. Seguidamente, el cardenal Camarlengo asperjó el cadáver con agua bendita. Por último, el mismo maestro colocó en el féretro una bolsa con algunas medallas acuñadas durante el pontificado del difunto Santo Padre junto con un tubo que contenía el Rogito, provisto del sello de la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice.

    La misa de exequias fue concelebrada en la zona más elevada de la Plaza de San Pedro por el eminentísimo señor cardenal Joseph Ratzinger, decano, ante el cadáver del Sumo Pontífice, junto con los eminentísimos señores cardenales. Flanqueaban el altar un número extraordinario de delegaciones de naciones y de organizaciones internacionales, arzobispos y obispos, delegados de las demás Iglesias y Comunidades eclesiales y amigos personales del Sumo Pontífice. Numerosísimos sacerdotes y fieles abarrotaban la amplísima plaza llorando y rezando, al tiempo que otros, debido a la gran afluencia de gente, seguían la ceremonia reunidos en varios puntos de la ciudad con la ayuda de pantallas gigantes expresamente dispuestas para la ocasión. Tras la lectura del Evangelio, el decano del Sacro Colegio pronunció la homilía


    (Sigue el texto de la homilía).


    Una vez efectuada la súplica especial de las Iglesias orientales, se pronunció el último saludo. Tras ello, los restos morales del Sumo Pontífice fueron trasladados nuevamente al interior de la Basílica Vaticana e inhumados en la Cripta cerca de la tumba de San Pedro y en el mismo lugar donde estuvo enterrado el cuerpo del beato Juan XXIII. El cardenal Eduardo Martínez Somalo, Camarlengo de la Santa Romana Iglesia, dirigió en la Basílica de San Pedro la Tercera Estación ante el sepulcro de Juan Pablo II.


    (Sigue la relación de los participantes).


    Una vez concluida la inhumación, el notario del Cabildo de la Basílica Vaticana, el reverendísimo monseñor Tommaso Giussani, redactó el acta auténtica de la inhumación y la leyó a los presentes.


    [Traducción realizada de la revista «Ecclesia»]





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