


Expuesto por el amigo melopeajack
Ángel David Martín Rubio. 26 de noviembre.
Vaya por delante mi repulsa para una medida judicial que pretende amparar la arbitraria decisión de seguir quitando crucifijos de lugares públicos; algo que, por cierto, se lleva años haciendo sin que nadie levante la voz. Pero hay que reconocer a quienes la han promovido más coherencia para el error que la que demuestran quienes en su día aceptaron la imposición de los principios en los que se inspira dicha sentencia y ahora se rasgan las vestiduras condenando las consecuencias pero sin cuestionar el sistema que las ampara
Para estos últimos, el crucifijo es poco más que un signo cultural; de ahí que pueda estar sin problemas en una escuela laica que ha abandonado hasta las más elementales referencias de lo que supone la transmisión de la cultura en una sociedad sana. Una escuela en la que igual se enseña adoctrinamiento para la ciudadanía que educación sexual al estilo de ZP. Para ellos el crucifijo no dice nada, no impone nada. Por el contrario, a quienes promueven su retirada les molesta porque son conscientes de que puede haber pocos signos más radicales que un Dios crucificado. A él pertenecen todos los derechos y nuestro es solamente el deber de rendirle adoración. Y porque tenemos el deber de adorar a Dios, tenemos el derecho de tener nuestras iglesias, nuestras escuelas católicas. Lo mismo vale para la familia. Porque tenemos el deber de fundar una familia cristiana, tenemos el derecho de tener cuanto sirve para defender la familia cristiana. Como rezaban las estrofas del himno que proclaman a Nuestro Señor como Rey de la familia, del Estado, y de la Ciudad terrenal y que fueron suprimidas en la desgraciada reforma litúrgica posterior al concilio Vaticano II: «Que con honores públicos te ensalcen / Los que tienen poder sobre la tierra;/ Que el maestro y el juez te rindan culto,/ Y que el arte y la ley no te desmientan./ Que las insignias de los reyes todos / Te sean para siempre dedicadas,/ Y que estén sometidos a tu cetro / Los ciudadanos todos de la patria» (Himno de la fiesta de Cristo Rey “Te saeculorum Principem”). La renuncia a proclamar la necesidad del Reinado Social de Cristo Rey tiene su mejor expresión en la verdadera negación de su Realeza significada por esta transformación que ha pasado casi desapercibida.
Lástima que en lugar de aceptar ovinamente una sentencia inicua, los católicos españoles no reaccionemos como vaticinaba el nicaragüense Pablo Antonio Cuadra Cardenal (1912-2002), poeta católico y colaborador de la revista Acción Española en los años en que la Segunda República ordenó retirar los crucifijos de las escuelas:
¡Ay Virgencita que luces,
ojos de dulces miradas!
Que vieron llegar las Espadas,
que dieron paso a las Cruces.
Mira a tus Tierras Amadas!
Y si hoy nos arrancan las Cruces,
¡Brillen de nuevo las luces
del filo de las espadas!
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Cuando una intelectuala progre especula zafiamente con los sentimientos de una monjita mientras es violada por un grupo de camaradas, precisamente la víspera del día mundial en contra de la violencia de género, no está ofendiendo a la memoria de una religiosa asesinada ni manchando de porquería el mensaje machacón del ministerio del ramo en torno a este asunto. Está simplemente ironizando sobre la docilidad y obediencia cristiana de las monjas en los años treinta del siglo pasado. Por cierto, sin haber entendido ni una puñetera palabra del texto de Sor Maravillas al cual hace referencia.
Jiménez
Losantos había emprendido un camino completamente inédito en el
panorama cultural español. Cierto es que, como se vio en las páginas y
en los colaboradores de Diwan, allí apuntaba algo en lo que
coincidían y que compartían muchas más personas de lo que parecía. Ya
se estaba haciendo con el poder, el poder absoluto, la clase dominante
de las décadas siguientes, que se ha caracterizado por hacer de la
cultura y la historia españolas objeto de mofa y desprecio. La
incuriosa derecha política y cultural abandonó el protagonismo a
quienes acabarían socavando su legitimidad política, pero el grupo
reunido en torno a Diwan no se resignó: se empeñó en continuar
esa historia y esa cultura... sin dejar de interesarse por la realidad
presente, marcada en aquellos años por la bancarrota del socialismo. En
las páginas de Diwan, la cultura española servía para iluminar
el mundo en el que yo estaba viviendo; y al revés: éste se nutría y
daba nueva vida a lo que para entonces empezaba a quedar fosilizado.
Las
bases de la nueva reflexión política, fuera ya del comunismo y del
marxismo, empiezan muy pronto a incorporar elementos liberales. Buena
prueba de esto es la atención prestada en Diwan a los textos,
los autores y las ideas del CIEL (Comité de Intelectuales por la Europa
de las Libertades), grupo de antitotalitarios compuesto por liberales
clásicos como Aron y Revel, ex maoístas como Philippe Sollers, algún nuevo filósofo como Jean-Marie Benoist y grandes artistas como Ionesco, Bresson y Rubinstein. Carlos Alberto Montaner
Fue ésa la atmósfera amable en que vivieron los personajes de la Barcelona retratada en el libro
Jiménez Losantos forma parte de un selecto pero bien nutrido grupo –en buena medida el mismo que publicó en las páginas de Diwan– de lo que en Estados Unidos llaman neoconservadores.
Hay diferencias importantes, claro está. En el caso español, y en
particular en muchos coetáneos de Losantos, la evolución hacia la
derecha no se hace desde posiciones moderadas, traicionadas por la
radicalización de la izquierda en los años sesenta y setenta, sino
desde una izquierda radical pero antitotalitaria que va descubriendo, a
su costa, la querencia –al parecer irremediable– por el totalitarismo
de casi toda la izquierda española. Otra diferencia estriba en la
acogida que los neocon han tenido en la derecha norteamericana
y la escasa confianza que, salvo excepciones, han suscitado en una
derecha provinciana e insegura como la de aquí.
(...)
El atentado del 21 de mayo de 1981 cierra los años barceloneses con una
conclusión trágica. Trágica para el propio Jiménez Losantos y para su
familia, que probaron en carne propia hasta dónde llega la bestialidad
nacionalista (se justificó e incluso promovió la violencia política, y
la práctica generalidad de la clase política catalana se mostró
indiferente; todo ello resulta incompatible con cualquier sistema de
democracia liberal); y trágica también para la sociedad catalana,
porque ese atentado fue un punto de inflexión en la construcción de la
nación catalana, emprendida desde bastantes años antes por el
nacionalismo y el conjunto de la izquierda española. La elección como
víctima de una figura tan estratégica ya por entonces sirvió de
escarmiento y aviso a navegantes. Y la sociedad del Principado aceptó
el régimen de servidumbre de la nueva oligarquía. No se conoce el
número de gente, en particular profesores y profesiones liberales, que
salió de Cataluña después de aquella tragedia. Los que se quedaron
sabían a qué atenerse.
(...) Losantos
no iba a contemplar indiferente lo ocurrido con la instrucción y el
juicio del 11-M, y con la negociación entre el Gobierno y los
terroristas etarras. En sus artículos y en
Y
eso es lo que aclara la profunda dimensión personal que cobró en su
vida el proyecto reformista liberal de Aznar. La apasionada relación
con aquel intento de poner en pie una derecha liberal-conservadora
nacional ha quedado plasmada en Con Aznar y contra Aznar, de
título tan sonoro como significativo. Para Losantos era una obligación
seguir el desarrollo de ese proyecto, un proyecto en buena medida
personal, y denunciar sin contemplaciones sus desviaciones. Así lo hizo
en otro ensayo bien conocido: