|
>
>
>
>
> Este texto, fuerte y conmovedor, nos lo envia un Sacerdote
> Jesuita amigo, quien lo acompaña con la siguiente
> introducción:
>
> Este material no es del gusto actual, de la sociedad
> moderna, por supuesto del gusto mundano, ni lamentablemente
> de muchos entre los llamados fieles cristianos. Debemos
> prestar atención hoy día a esta realidad y verdad de fe
> definida en la Iglesia Católica, acerca de la existencia
> del infierno y de su duración eterna. Tristemente, el
> abandono consciente o inconsciente de su consideración,
> está llevando a muchos a negar su existencia, con
> consecuencias más que lamentables en la conducta y en su
> ineludible juicio Divino. Lo que sigue, guste o no, no es
> argumento para adoptar la conocida actitud llamada del
> avestruz, de esconder la cabeza bajo las alas.
>
> Este texto no configura ninguna definición eclesiástica,
> sino que es sólo un escrito privado que goza de licencia
> eclesiástica, para que pueda imprimirse y por tanto leerse.
>
>
> Carta del más allá
>
> Testimonio impresionante de un alma condenada, acerca de lo
> que la llevó al Infierno
>
> Imprimatur del original alemán: Brief aus dem Jenseits -
> Treves, 9-11-1953.N.4/53
>
>
> Introducción al texto original
>
> Dios se comunica con los hombres de muchas maneras. Las
> Sagradas Escrituras se refieren a muchas comunicaciones
> divinas hechas a través de visiones y aún de sueños. Los
> sueños, no siempre son sólo sueños.
>
> La "carta del más allá" que se transcribe
> seguidamente se refiere a la condenación eterna de una
> joven. A primera vista parece una historia novelada. Pero
> considerando las circunstancias se llega a la conclusión de
> que no deja de tener su fondo histórico, a partir de su
> sentido moral y su alcance trascendental.
>
> El original de esta carta fue encontrado entre los papeles
> de una religiosa fallecida, amiga de la joven condenada.
> Allí cuenta la monja los acontecimientos de la vida de su
> compañera como si fueran hechos conocidos y verificados,
> así como su condenación eterna comunicada en un sueño. La
> Curia diocesana de Treves (Alemania) autorizó su
> publicación como lectura sumamente instructiva.
>
> La "carta del más allá" apareció por primera
> vez en un libro de revelaciones y profecías, junto con
> otras narraciones. Fue el Rvdo. Padre Bernhardin Krempel
> C.P., doctor en teología, quien la publicó por separado y
> le confirió mayor autoridad al encargarse de probar, en las
> notas, la absoluta concordancia de la misma con la doctrina
> católica.
>
> Entre los manuscritos dejados en su convento por una
> religiosa, que en el mundo se llamó Clara, se encontró el
> siguiente testimonio:
>
>
> El relato de Clara
>
> Tuve una amiga, Anita. Es decir, éramos muy próximas por
> ser vecinas y compañeras de trabajo en la misma oficina M.
> Más tarde, Ani se casó y no volví a verla. Desde que nos
> conocimos, había entre nosotras, en el fondo, más
> amabilidad que propiamente amistad. Por eso, sentí muy poco
> su ausencia cuando, después de su casamiento, ella fue a
> vivir al barrio elegante de las villas, lejos del mío.
>
> Durante mis vacaciones en el Lago de Garda (Italia), en
> septiembre de 1937, recibí una carta de mi madre en la que
> me decía: "Anita N murió en un accidente
> automovilístico. La sepultaron ayer en Wald
> Friendhof". Me impresioné mucho con la noticia. Sabía
> que mi amiga no había sido propiamente religiosa.
> ¿Estaría preparada para presentarse ante Dios? ¿En qué
> estado la habría encontrado su muerte súbita? Al día
> siguiente escuché misa, comulgué por la intención de
> Anita, en la casa del pensionado de las hermanas, donde
> estaba viviendo. Rezaba fervorosamente por su eterno
> descanso, y por esta misma intención ofrecí la Santa
> Comunión.
>
> Durante todo el día percibí un cierto malestar, que fue
> aumentando por la tarde. Dormí inquieta. Me desperté de
> improviso, escuchando algo así como una sacudida en la
> puerta del cuarto. Encendí la luz. El reloj indicaba las
> doce y diez minutos. Nada. Tampoco ruidos. Tan solo las olas
> del Lago de Garda golpeando monótonas contra el muro del
> jardín del pensionado. No había viento. Yo conservaba la
> impresión de que al despertar encontraría, además de los
> golpes de la puerta, un ruido de brisa o viento, parecido al
> que producía mi jefe de la oficina, cuando de mal humor
> tiraba sobre mi escritorio una carta que lo molestaba.
> Reflexioné un instante si debía levantarme. ¡No! Todo no
> es más que sugestión, me dije. Mi fantasía está
> sobresaltada por la noticia de la muerte. Me di vuelta en la
> cama, recé algunos Padrenuestros por las ánimas y me
> dormí de nuevo.
>
> Soñé entonces que me levantaba de mañana, a las 6, yendo
> a la capilla. Al abrir la puerta del cuarto, me encontré
> con una cantidad de hojas de carta. Levantarlas, reconocer
> la letra de Anita y dar un grito, fue cosa de un segundo.
> Temblando, las sostuve en mis manos. Confieso que quedé tan
> aterrorizada que no pude rezar. Apenas respiraba. Nada mejor
> que huir de allí, salir al aire libre. Me arreglé
> rápidamente, puse la carta dentro de mi cartera y salí en
> seguida. Subí por el tortuoso camino, entre olivos,
> laureles y quintas de la villa, más allá del conocido
> camino gardesano.
>
> La mañana aparecía radiante. En los días anteriores, yo
> me detenía cada cien pasos, maravillada por la vista que
> ofrecían el lago y la Isla de Garda. El suavísimo azul del
> agua me refrescaba; como una niña que mira admirada a su
> abuelo, así contemplaba, extasiada, al ceniciento monte
> Baldo, que se levanta en la orilla opuesta del lago, hasta
> los 2.200 metros de altura. Ese día no tenía ojos para
> todo eso. Después de caminar un cuarto de hora, me dejé
> caer maquinalmente sobre un banco ubicado entre dos
> cipreses, donde la víspera había leído con placer
> "La doncella Teresa". Por primera vez veía en los
> cipreses el símbolo de la muerte, algo en lo que antes no
> había pensado.
>
> Tomé la carta. No tenía firma. Sin la menor duda, estaba
> escrita por Ani. No faltaba la gran "s", ni la
> "t" francesa, a la que se había acostumbrado en
> la oficina, para irritar al Sr. G. No era su estilo. Por lo
> menos, no era así como hablaba de costumbre. Lo habitual en
> ella era la conversación amable, la risa, subrayada por los
> ojos azules y su graciosa nariz...Sólo cuando discutíamos
> asuntos religiosos se volvía mordaz y caía en el tono rudo
> de la carta. Yo misma me siento envuelta por su excitada
> cadencia. Hela aquí, la Carta del Más Allá de Anita N.,
> palabra por palabra, tal como la leí en el sueño.
>
>
> La Carta
>
> CLARA, NO RECES POR MÍ, ESTOY CONDENADA. Si te doy este
> aviso - es más, voy a hablarte largamente sobre esto - no
> creas que lo hago por amistad. Quienes estamos aquí ya no
> amamos a nadie. Lo hago como obligada. Es parte de la obra
> "de esa potencia que siempre quiere el mal y realiza el
> bien". En realidad, me gustaría verte aquí, adonde
> llegué para siempre. No te extrañes de mis intenciones.
> Aquí, todos pensamos así. Nuestra voluntad está
> petrificada en el mal, es decir, en aquello que ustedes
> consideran "mal". Aún cuando pueda hacer algo
> "bien" (como yo lo hago ahora, abriéndote los
> ojos ante el infierno), no lo hago con recta intención.
>
> ¿Recuerdas? Hace cuatro años que nos conocimos, en M.
> Tenías 23 años y ya trabajabas en el escritorio desde seis
> meses antes, cuando yo ingresé. Varias veces me sacaste de
> apuros. Con frecuencia me dabas buenos avisos que a mí,
> principiante, me venían muy bien. Pero, ¿qué es
> "bueno"? Yo ponderaba, en aquel entonces, tu
> "caridad". Ridículo... Tus ayudas eran pura
> ostentación, algo que desde entonces sospechaba.
>
> Aquí, no reconocemos bien alguno en absolutamente nadie.
> Pero ya que conociste mi juventud, es el momento de llenar
> algunas lagunas. De acuerdo con los planes de mis padres, yo
> nunca tendría que haber existido. Por un descuido se
> produjo la desgracia de mi concepción. Mis hermanas tenían
> 14 y 16 años cuando vine al mundo. ¡Ojalá no hubiera
> nacido! Ojalá pudiera ahora aniquilarme, huir de estos
> tormentos! No hay placer comparable al de acabar mi
> existencia, así como se reduce a cenizas un vestido, sin
> dejar vestigios. Pero es necesario que exista. Es preciso
> que yo sea tal como me he hecho: con el fracaso total de la
> finalidad de mi existencia.
>
> Cuando mis padres, entonces solteros, se mudaron del campo
> a la ciudad, perdieron el contacto con la Iglesia. Era mejor
> así. Mantenían relaciones con personas desvinculadas de la
> religión. Se conocieron en un baile, y se vieron
> "obligados" a casarse seis meses después. En la
> ceremonia nupcial, recibieron solo unas gotas de agua
> bendita, las suficientes para atraer a mamá a la misa
> dominical unas pocas veces al año. Ella nunca me enseñó
> verdaderamente a rezar. Todo su esfuerzo se agotaba en los
> trabajos cotidianos de la casa, aunque nuestra situación no
> era mala. Palabras como rezar, misa, agua bendita, iglesia,
> sólo puedo escribirlas con íntima repugnancia, con
> incomparable repulsión. Detesto profundamente a quienes van
> a la Iglesia y, en general, a todos los hombres y a todas
> las cosas. Todo es tormento. Cada conocimiento recibido,
> cada recuerdo de la vida y de lo que sabemos, se convierte
> en una llama incandescente.
>
> Y todos estos recuerdos nos muestran las oportunidades en
> que despreciamos una gracia. Cómo me atormenta esto! No
> comemos, no dormimos, no andamos sobre nuestros pies.
> Espiritualmente encadenados, los réprobos contemplamos
> desesperados nuestra vida fracasada, aullando y rechinando
> los dientes, atormentados y llenos de odio. ¿Entiendes?
> Aquí bebemos el odio como si fuera agua. Nos odiamos unos a
> otros. Más que a nada, odiamos a Dios. Quiero que lo
> comprendas. Los bienaventurados en el cielo deben amar a
> Dios, porque lo ven sin velos, en su deslumbrante belleza.
> Esto los hace indescriptiblemente felices. Nosotros lo
> sabemos, y este conocimiento nos enfurece. Los hombres, en
> la tierra, que conocen a Dios por la Creación y por la
> Revelación, pueden amarlo. Pero no están obligados a
> hacerlo.
>
> El creyente - te lo digo furiosa - que contempla,
> meditando, a Cristo con los brazos abiertos sobre la cruz,
> terminará por amarlo. Pero el alma a la que Dios se acerca
> fulminante, como vengador y justiciero porque un día fue
> repudiado, como ocurrió con nosotros, ésta no podrá sino
> odiarlo, como nosotros lo odiamos. Lo odia con todo el
> ímpetu de su mala voluntad. Lo odia eternamente, a causa de
> la deliberada resolución de apartarse de Dios con la que
> terminó su vida terrenal. Nosotros no podemos revocar esta
> perversa voluntad, ni jamás querríamos hacerlo.
>
> ¿Comprendes ahora por qué el infierno dura eternamente?
> Porque nuestra obstinación nunca se derrite, nunca termina.
> Y contra mi voluntad agrego que Dios es misericordioso, aún
> con nosotros. Digo "contra mi voluntad" porque,
> aunque diga estas cosas voluntariamente, no se me permite
> mentir, que es lo que querría. Dejo muchas informaciones en
> el papel contra mis deseos. Debo también estrangular la
> avalancha de palabrotas que querría vomitar. Dios fue
> misericordioso con nosotros porque no permitió que
> derramáramos sobre la tierra el mal que hubiéramos querido
> hacer. Si nos lo hubiera permitido, habríamos aumentado
> mucho nuestra culpa y castigo. Nos hizo morir antes de
> tiempo, como hizo conmigo, o hizo que intervinieran causas
> atenuantes.
>
> Dios es misericordioso, porque no nos obliga a aproximarnos
> a El más de lo que estamos, en este remoto lugar infernal.
> Eso disminuye el tormento. Cada paso más cerca de Dios me
> causaría una aflicción mayor que la que te produciría un
> paso más rumbo a una hoguera.
>
> Te desagradé un día al contarte, durante un paseo, lo que
> dijo mi padre pocos días antes de mi comunión:
> "Alégrate, Anita, por el vestido nuevo; el resto no es
> más que una burla". Casi me avergüenzo de tu
> desagrado. Ahora me río. Lo único razonable de toda
> aquella comedia era que se permitiera comulgar a los niños
> a los doce años. Yo ya estaba, en aquel entonces, bastante
> poseída por el placer del mundo. Sin escrúpulos, dejaba a
> un lado las cosas religiosas. No tomé en serio la
> comunión. La nueva costumbre de permitir a los niños que
> reciban su primera comunión a los 7 años nos produce
> furor. Empleamos todos los medios para burlarnos de esto,
> haciendo creer que para comulgar debe haber comprensión. Es
> necesario que los niños hayan cometido algunos pecados
> mortales. La blanca Hostia será menos perjudicial entonces,
> que si la recibe cuando la fe, la esperanza y el amor,
> frutos del bautismo - escupo sobre todo esto - todavía
> están
> vivos en el corazón del niño.
>
> ¿Te acuerdas que yo pensaba así cuando estaba en la
> tierra? Vuelvo a mi padre. Peleaba mucho con mamá. Pocas
> veces te lo dije, porque me avergonzaba. Qué cosa ridícula
> la vergüenza! Aquí, todo es lo mismo. Mis padres ya no
> dormían en el mismo cuarto. Yo dormía con mamá, papá lo
> hacía en el cuarto contiguo, donde podía volver a
> cualquier hora de la noche. Bebía mucho y se gastó nuestra
> fortuna. Mis hermanas estaban empleadas, decían que
> necesitaban su propio dinero. Mamá comenzó a trabajar.
> Durante el último año de su vida, papá la golpeó muchas
> veces, cuando ella no quería darle dinero. Conmigo, él
> siempre fue amable. Un día te conté un capricho del que
> quedaste escandalizada. ¿Y de qué no te escandalizaste de
> mí? Cuando devolví dos veces un par de zapatos nuevos,
> porque la forma de los tacos no era bastante moderna.
>
> En la noche en que papá murió, víctima de una
> apoplejía, ocurrió algo que nunca te conté, por temor a
> una interpretación desagradable. Hoy, sin embargo, debes
> saberlo. Es un hecho memorable: por primera vez, el
> espíritu que me atormenta se acercó a mí. Yo dormía en
> el cuarto de mamá. Su respiración regular revelaba un
> sueño profundo. Entonces, escuché pronunciar mi nombre.
> Una voz desconocida murmuró: "¿Qué ocurrirá si
> muere tu padre?"
>
> Ya no lo quería a papá, desde que había empezado a
> maltratar a mi madre. En realidad, no amaba absolutamente a
> nadie: sólo tenía gratitud hacia algunas personas que eran
> bondadosas conmigo. El amor sin esperanza de retribución en
> esta tierra solamente se encuentra en las almas que viven en
> estado de gracia. No era ése mi caso. "Ciertamente,
> él no morirá", le respondí al misterioso
> interlocutor. Tras una breve pausa, escuché la misma
> pregunta. "El no va a morir!", repliqué con
> brusquedad.
> Por tercera vez, me preguntaron: "Qué ocurrirá si
> muere tu padre?". Me representé en ese momento en la
> imaginación el modo como mi padre volvía muchas veces:
> medio ebrio, gritando, maltratando a mamá, avergonzándonos
> frente a los vecinos. Entonces, respondí con rabia:
> "Bien, es lo que se merece. ¡Que muera!".
> Después, todo quedó en silencio.
>
> A la mañana siguiente, cuando mamá fue a ordenar el
> cuarto de papá, encontró la puerta cerrada. Al mediodía,
> la abrieron por la fuerza. Papá, semidesnudo, estaba muerto
> sobre la cama. Al ir a buscar cerveza al sótano, debió
> sufrir una crisis mortal. Desde hacía tiempo que estaba
> enfermo. (¿Habrá hecho depender Dios de la voluntad de su
> hija, con la que el hombre fue bondadoso, la obtención de
> más tiempo y ocasión de convertirse?).
>
> Marta K. y tú me hicieron ingresar en la asociación de
> jóvenes. Nunca te oculté que consideraba demasiado
> "parroquiales" las instrucciones de las dos
> directoras, las señoritas X. Los juegos eran bastante
> divertidos. Como sabes, llegué en poco tiempo a tener allí
> un papel preponderante. Eso era lo que me gustaba. También
> me gustaban las excursiones. Llegué a dejarme llegar
> algunas veces a confesar y comulgar. Para decir la verdad,
> no tenía nada para confesar. Los pensamientos y las
> palabras no significaban nada para mí. Y para acciones más
> groseras todavía no estaba madura.
>
> Un día me llamaste la atención: "Ana, si no rezas
> más, te perderás". Realmente, yo rezaba muy poco, y
> ese poco siempre a disgusto, de mala voluntad. Sin duda
> tenías razón. Los que arden en el infierno o no rezaron, o
> rezaron poco. La oración es el primer paso para llegar a
> Dios. Es el paso decisivo. Especialmente la oración a
> Aquella que es la madre de Cristo, cuyo nombre no nos es
> lícito pronunciar. La devoción a Ella arranca innumerables
> almas al demonio, almas a las que sus pecados las habrían
> lanzado infaliblemente en sus manos.
>
> Furiosa continúo, porque estoy obligada a hacerlo, aunque
> no aguanto más de tanta rabia. Rezar es lo más fácil que
> se puede hacer en la tierra. Y justamente de esto, que es
> facilísimo, Dios hace depender nuestra salvación. Al que
> reza con perseverancia, paulatinamente Dios le da tanta luz,
> y lo fortalece de tal modo, que hasta el más empedernido
> pecador puede recuperarse, aunque se encuentre hundido en un
> pantano hasta el cuello. Durante los últimos años de mi
> vida ya no rezaba más, privándome así de las gracias, sin
> las que nadie se puede salvar.
>
> Aquí, no recibimos ningún tipo de gracia. Aunque la
> recibiéramos, la rechazaríamos con escarnio. Todas las
> vacilaciones de la existencia terrenal terminaron en esta
> otra vida. En la tierra, el hombre puede pasar del estado de
> pecado al estado de gracia. De la gracia, se puede caer al
> pecado. Muchas veces caí por debilidad; pocas, por maldad.
> Con la muerte, cada uno entra en un estado final, fijo e
> inalterable. A medida que se avanza en edad, los cambios se
> hacen más difíciles. Es cierto que uno tiene tiempo hasta
> la muerte para unirse a Dios o para darle las espaldas. Sin
> embargo, como si estuviera arrastrado por una correntada,
> antes del tránsito final, con los últimos restos de su
> voluntad debilitada, el hombre se comporta según las
> costumbres de toda su vida.
>
> El hábito, bueno o malo, se convierte en una segunda
> naturaleza. Es ésta la que lo arrastra en el momento
> supremo. Así ocurrió conmigo. Viví años enteros apartada
> de Dios. En consecuencia, en el último llamado de la
> gracia, me decidí contra Dios. La fatalidad no fue haber
> pecado con frecuencia, sino que no quise levantarme más.
> Muchas veces me invitaste para que asistiera a las
> predicaciones o que leyera libros de piedad. Mis excusas
> habituales eran la falta de tiempo. ¿Acaso podría querer
> aumentar mis dudas interiores? Finalmente, tengo que dejar
> constancia de lo siguiente: al llegar a este punto crítico,
> poco antes de salir de la "Asociación de
> Jóvenes", me habría sido muy difícil cambiar de
> rumbo. Me sentía insegura y desdichada. Pero frente a la
> conversión se levantaba una muralla.
>
> No sospechaste que fuera tan grave. Creías que la
> solución era tan simple, que un día me dijiste:
> "Tienes que hacer una buena confesión, Ani, todo
> volverá a ser normal". Me daba cuenta que sería así.
> Pero el mundo, el demonio y la carne, me retenían demasiado
> firme entre sus garras. Nunca creí en la influencia del
> demonio. Ahora, doy testimonio de que el demonio actúa
> poderosamente sobre las personas que están en las
> condiciones en que yo me encontraba entonces. Sólo muchas
> oraciones, propias y ajenas, junto con sacrificios y
> sufrimientos, podrían haberme rescatado. Y aún esto, poco
> a poco.
>
> Si bien hay pocos posesos corporales, son innumerables los
> que están poseídos internamente por el demonio. El demonio
> no puede arrebatar el libre albedrío de los que se
> abandonan a su influencia. Pero, como castigo por su casi
> total apostasía, Dios permite que el "maligno" se
> anide en ellos. Yo también odio al demonio. Sin embargo, me
> gusta, porque trata de arruinarlos a todos ustedes: él y
> sus secuaces, los ángeles que cayeron con él desde el
> principio de los tiempos. Son millones, vagando por la
> tierra. Innumerables como enjambres de moscas; ustedes no
> los perciben. A los réprobos no nos incumbe tentar: eso les
> corresponde a los espíritus caídos.
>
> Cada vez que arrastran una nueva alma al fondo del
> infierno, aumentan aún más sus tormentos. Pero, ¡de qué
> no es capaz el odio! Aunque andaba por caminos tortuosos,
> Dios me buscaba. Yo preparaba el camino para la gracia, con
> actos de caridad natural, que hacía muchas veces por una
> inclinación de mi temperamento. A veces, Dios me atraía a
> una Iglesia. Allí, sentía una cierta nostalgia. Cuando
> cuidaba a mi madre enferma, a pesar de mi trabajo en la
> oficina durante el día, haciendo un sacrificio de verdad,
> los atractivos de Dios actuaban poderosamente. Una vez fue
> en la capilla del hospital, adonde me llevaste durante el
> descanso del mediodía. Quedé tan impresionada, que estuve
> sólo a un paso de mi conversión. Lloraba. Pero, en
> seguida, llegaba el placer del mundo, derramándose como un
> torrente sobre la gracia. Las espinas ahogaron el trigo. Con
> la explicación de que la religión es sentimentalismo, como
> siempre se decía en la oficina,
> rechacé también esta gracia, como todas las otras.
>
> En otra ocasión, me llamaste la atención porque, en lugar
> de una genuflexión hasta el piso, hice solamente una ligera
> inclinación con la cabeza. Pensaste que eso lo hacía por
> pereza, sin sospechar que, ya entonces, había dejado de
> creer en la presencia de Cristo en el Sacramento. Ahora
> creo, aunque sólo materialmente, tal como se cree en la
> tempestad, cuyas señales y efectos se perciben. En este
> interín, me había fabricado mi propia religión. Me gustó
> la opinión generalizada en la oficina, de que después de
> la muerte el alma volvería a este mundo en otro ser,
> reencarnándose sucesivamente, sin llegar nunca al fin.
>
> Con esto, estaba resuelto el angustiante problema del más
> allá. Imaginé haberlo hecho inofensivo. ¿Por qué no me
> recordaste la parábola del rico Epulón y del pobre
> Lázaro, en la que el narrador, Cristo, envió después de
> la muerte a uno al infierno y al otro al Cielo? Pero, ¿qué
> habrías conseguido? No mucho más de lo que conseguiste con
> todos tus otros discursos beatos. Poco a poco me fui
> fabricando un dios: con atributos suficientes para ser
> llamado así. Bastante lejos de mí, como para que no me
> obligara a tener relaciones con él. Suficientemente
> confuso, como para poder transformarlo a mi antojo. De este
> modo, sin cambiar de religión, yo podía imaginarlo como el
> dios panteísta del mundo o pensarlo, poéticamente, como un
> dios solitario.
>
> Este "dios" no tenía Cielo para premiarme, ni
> infierno para asustarme. Yo lo dejaba en paz. En esto
> consistía mi culto de adoración. Es fácil creer en lo que
> agrada. Con el transcurso de los años, estaba bastante
> persuadida de mi religión. Se vivía bien así, sin
> molestias. Sólo una cosa podría haber roto mi suficiencia:
> un dolor profundo y prolongado. Pero este sufrimiento no
> llegó. ¿Comprendes ahora el significado de "Dios
> castiga a aquellos que ama"? Durante un domingo de
> julio, la Asociación de Jóvenes organizaba un paseo de A.
> Me gustaban las excursiones, pero no los discursos
> insípidos y demás beaterías. Otra imagen, muy diferente
> de la de Nuestra Señora de las Gracias de A., estaba desde
> hacía poco en el altar de mi corazón. Era el distinguido
> Max, del almacén de al lado. Ya habíamos conversado
> entretenidos, varias veces. Justamente ese domingo me
> invitó a pasear. La otra, con la que acostumbraba a salir,
> estaba enferma en el
> hospital.
>
> El había comprendido que lo miraba mucho. Pero yo no
> pensaba en casarme todavía. Su posición económica era muy
> buena, pero también demasiado amable con todas las otras
> jovencitas. En aquel entonces yo quería un hombre que me
> perteneciera exclusivamente, como única mujer. Siempre
> conservé una cierta educación natural. (Eso es verdad. A
> pesar de su indiferencia religiosa, Ani tenía algo noble en
> su persona. Me desconcierta que también las personas
> "honestas" puedan caer en el infierno, si son
> deshonestas al huir del encuentro con Dios).
>
> En ese paseo, Max me colmó de amabilidades. Nuestras
> conversaciones, es claro, no eran sobre la vida de los
> santos, como las de ustedes. Al día siguiente, en la
> oficina, me reprendiste por no haber ido al paseo de la
> Asociación. Cuando te conté mi diversión del domingo, tu
> primera pregunta fue: "¿Escuchaste Misa?". Tonta!
> ¿Cómo podríamos ir a Misa si salimos a las 6 de la
> mañana? Me acuerdo que, muy exaltada, te dije: "El
> buen Dios no es tan mezquino como lo son los curas".
> Ahora debo confesar que Dios, a pesar de su infinita bondad,
> considera todo con más seriedad que todos los sacerdotes
> juntos. Después de este primer paseo con Max, fui solamente
> una vez más a la Asociación, en las fiestas de Navidad.
> Algunas cosas me atraían. Pero en mi interior, ya me había
> separado de todas ustedes.
>
> Los bailes, el cine, los paseos, continuaban. A veces
> peleábamos con Max, pero yo sabía cómo retenerlo. Odié
> mucho a mi rival que, al salir del hospital, se puso
> furiosa. En realidad, eso me favoreció. La calma
> distinguida que yo mostraba produjo una gran impresión en
> Max, que se inclinó definitivamente por mí. Conseguí
> encontrar la forma de denigrarla. Me expresaba con calma:
> por fuera, realidades objetivas, por dentro, vomitando hiel.
> Estos sentimientos y actitudes conducen rápidamente al
> infierno. Son diabólicos, en el sentido estricto del
> término. ¿Por qué te cuento todo esto? Para explicarte
> que así me aparté definitivamente de Dios. En realidad,
> Max y yo no llegamos muchas veces al extremo de la
> familiaridad. Me daba cuenta que me rebajaría a sus ojos si
> le concedía toda la libertad antes de tiempo. Por eso, supe
> controlarme. Realmente, yo estaba siempre dispuesta para
> todo lo que consideraba útil. Tenía que conquistar a Max.
> Para eso, ningún precio era demasiado alto.
>
> Nos fuimos amando poco a poco, porque ambos teníamos
> valiosas cualidades que podíamos apreciar mutuamente. Yo
> era habilidosa, eficiente, de trato agradable. Retuve a Max
> con firmeza y conseguí, al menos durante los últimos meses
> antes del casamiento, ser la única que lo poseía. En eso
> consistió mi apostasía, en hacer mi dios con una criatura.
> En ninguna otra cosa puede realizarse más plenamente la
> apostasía como en el amor a una persona del otro sexo,
> cuando ese amor se ahoga en la materia. Esto es su encanto,
> su aguijón y su veneno. La "adoración" que
> tenía por Max se convirtió en mi religión. En ese tiempo,
> en la oficina, yo arremetía virulentamente contra los
> curas, los fieles, las indulgencias, los rosarios y demás
> estupideces.
>
> Trataste de defender con una cierta inteligencia todo lo
> que yo atacada, aunque quizás sin sospechar que en realidad
> el problema no estaba en esas cosas. Lo que yo buscaba era
> un punto de apoyo. Todavía lo necesitaba para justificar
> racionalmente mi apostasía. Estaba sublevada contra Dios.
> No te dabas cuenta. Creías que todavía era católica. Por
> otra parte, yo quería ser llamada así; inclusive pagaba la
> contribución para el culto. Porque un cierto
> "reaseguro" nunca viene mal. Es posible que tus
> respuestas a veces dieran en el blanco. Pero no me
> alcanzaban, porque no te concedía razón. A raíz de estas
> relaciones sobre bases falsas, fue pequeño el dolor de
> nuestra separación, con motivo de mi casamiento.
>
> Antes de casarme, me confesé y comulgué una vez más. Era
> una formalidad. Mi marido pensaba igual. Si era una
> formalidad, ¿por qué no cumplirla? Ustedes dicen que una
> comunión así es "indigna". Bien, después de esa
> comunión "indigna", logré un cierto sosiego en
> mi conciencia. Esa comunión fue la última. Nuestra vida
> conyugal transcurría, en general, en armonía. En casi
> todos los puntos teníamos la misma opinión. También en
> esto: no queríamos cargar con hijos. En realidad, mi marido
> quería tener uno, uno solo, naturalmente. Finalmente
> conseguí que él renunciara a ese deseo. Lo que más me
> gustaba eran los vestidos, los muebles lujosos, las
> reuniones mundanas, los paseos en automóvil y otras
> distracciones. Fue un año de placer el que medió entre mi
> casamiento y mi muerte repentina.
>
> Todos los domingos íbamos a pasear en auto o visitábamos
> a los parientes de mi marido. Me avergonzaba de mi madre.
> Esos parientes se destacaban en la vida social, igual que
> nosotros. Pero en mi interior, sin embargo, nunca fui feliz.
> Había algo indeterminado que me corroía. Mi deseo era que,
> al llegar la muerte - la que sin duda demoraría mucho
> todavía - todo acabara. Ocurría tal como yo lo había
> escuchado de niña, durante una plática: Dios recompensa en
> este mundo toda obra buena que se haga. Si no puede
> premiarla en la otra vida, lo hace en la tierra.
> Inesperadamente, recibí una herencia de la tía Lote. Mi
> marido tuvo la suerte de ver sus ingresos notablemente
> aumentados. Así pude instalar, confortablemente, una casa
> nueva.
>
> Mi religión estaba muriendo, como un resplandor
> crepuscular en un firmamento lejano. Los bares de la ciudad,
> los hoteles y los restaurantes por los que pasábamos en
> nuestros viajes, no nos acercaban a Dios. Todos los que los
> frecuentaban vivían como nosotros: de fuera hacia adentro,
> no de dentro hacia afuera. Si durante los viajes de
> vacaciones visitábamos una célebre catedral, tratábamos
> de divertirnos con el valor artístico de sus obras primas.
> Los sentimientos religiosos que irradiaban - especialmente
> las iglesias medievales - yo los neutralizaba criticando
> circunstancias accesorias de un hermano lego que nos guiaba,
> criticaba su negligencia en el aseo, criticaba el comercio
> de los piadosos monjes que fabricaban y vendían licor,
> criticaba el eterno repique de campanas llamando a los
> sagrados oficios, diciendo que el único fin era ganar
> dinero...
>
> Así era como conseguía apartar a la gracia, cada vez que
> me llamaba. Especialmente descargaba mi mal humor frente a
> algunas pinturas de la Edad Media representando al Infierno
> en libros, cementerios y otros lugares. Allí el demonio
> asaba a las almas sobre fuego rojo o amarillo, mientras sus
> compañeros, con largas colas, le traen más víctimas.
> Clara, el infierno puede ser dibujado, pero nunca exagerado!
> Siempre me burlaba del fuego del infierno. Acuérdate de una
> conversación durante la cual te puse un fósforo encendido
> bajo la nariz, preguntándote: "¿Así huele?"
>
> Apagaste en seguida la llama. Aquí nadie consigue hacerlo.
> Te digo más: el fuego del que habla la Biblia no es el
> tormento de la consciencia. Fuego es fuego! Debe ser
> interpretado al pie de la letra cuando Aquel dijo:
> "Apartáos de mí, malditos, id al fuego eterno".
> Al pie de la letra! ¿Y cómo puede ser tocado un espíritu
> por el fuego material? Preguntarás. ¿Y cómo puede sufrir
> tu alma, en la tierra, si pones el dedo sobre una llama?
> Tampoco tu alma se quema, mientras tanto el dolor lo sufre
> todo el individuo. Del mismo modo, nosotros estamos aquí
> espiritualmente presos al fuego de nuestro ser y de nuestras
> facultades. Nuestra alma carece de la agilidad que le sería
> natural; no podemos pensar ni querer lo que querríamos.
>
> No te sorprendas de mis palabras. Es un misterio contrario
> a las leyes de la naturaleza material: el fuego del infierno
> quema sin consumir. Nuestro mayor tormento consiste en saber
> que nunca veremos a Dios. ¿Cómo puede atormentarnos tanto
> esto, si en la tierra nos era indiferente? Mientras el
> cuchillo está sobre la mesa, no te impresiona. Le ves el
> filo, pero no lo sientes. Pero si el cuchillo entra en tus
> carnes, gritarás de dolor. Ahora, sentimos la pérdida de
> Dios. Antes, sólo pensábamos en ella.
>
> No todas las almas sufren igual. Cuanto mayor fue la
> maldad, cuanto más frívolo y decidido, tanto más le pesa
> al condenado la pérdida de Dios, tanto más lo sofoca la
> criatura de que abusó. Los católicos que se condenan
> sufren más que los de otras religiones, porque recibieron y
> desaprovecharon, por lo general, más luces y mayores
> gracias. Los que tuvieron mayores conocimientos sufren más
> duramente que los que tuvieron menos. El que pecó por
> maldad sufre más que el que cayó por debilidad. Pero
> ninguno sufre más de lo que mereció. Oh, si esto no fuera
> verdad, tendría un motivo para odiar!
>
> Un día me dijiste: nadie va al infierno sin saberlo. Eso
> le habría sido revelado a una santa. Yo me reía, mientras
> me atrincheraba en esta reflexión: "siendo así,
> siempre tendré tiempos suficiente para volver atrás".
> Esta revelación es exacta. Antes de mi muerte repentina, es
> verdad, no conocía al infierno tal como es. Ningún ser
> humano lo conoce. Pero estaba perfectamente enterada de
> algo: "Si mueres, me decía, entrarás en la eternidad
> como una flecha, directamente contra Dios; habrá que
> aguantar las consecuencias". Como te dije, no volví
> atrás. Perseveré en la misma dirección, arrastrada por la
> costumbre, con la que los hombres actúan cuanto más
> envejecen.
>
> Mi muerte ocurrió así: Hace una semana - digo según las
> cuentas que llevan ustedes, porque si calculara por mis
> dolores, podría estar ardiendo en el infierno desde hace
> diez años - mi marido y yo salimos en otra excursión
> dominguera, que fue la última para mí. El día estaba
> radiante de sol. Me sentía muy bien, como pocas veces. Sin
> embargo, me traspasaba un presentimiento siniestro.
> Inesperadamente, en el viaje de regreso, mi marido y yo
> fuimos enceguecidos por los faros de un automóvil que
> venía en sentido contrario, a gran velocidad. Max perdió
> el control del vehículo. Jesús! Se escapó de mis labios,
> no como oración sino como grito. Sentí un dolor
> aplastante: comparado con el tormento actual, una bagatela.
> Después perdí el sentido.
>
> ¡Qué extraño! Aquella misma mañana, sin explicación,
> había surgido en mi mente este pensamiento. "Por una
> vez, podrías ir a Misa". Era como una súplica. Un
> "¡no!" claro y decidido cortó el curso de la
> idea. "Con esas cosas tengo que terminar
> definitivamente". Es decir, asumí todas las
> consecuencias. Ahora las soporto.
>
> Lo que ocurrió después de mi muerte lo sabes. La suerte
> de mi marido, de mi madre, lo que ocurrió con mi cadáver,
> mi entierro, lo sé por una intuición natural que tenemos
> todos los que estamos aquí. Del resto de lo que ocurre en
> el mundo poseemos un conocimiento confuso. Sabemos lo que se
> refiere a nosotros. De este modo veo el lugar donde vives.
> Desperté de improviso en el momento de mi muerte. Me
> encontré inundada por una luz ofuscante. Era el mismo sitio
> donde había caído mi cadáver. Sucedió como en el teatro,
> cuando se apagan las luces de la sala, sube el telón y
> aparece una escena trágicamente iluminada. La escena de mi
> vida. Como en un espejo, mi alma se mostró a sí misma. Vi
> las gracias despreciadas y pisoteadas, desde mi juventud
> hasta el último "no" frente a Dios.
>
> Me sentí como un asesino, al que llevan ante el tribunal
> para ver a la víctima exánime. ¿Arrepentirme? ¡Nunca!
> ¿Avergonzarme? ¡Jamás!
>
> Mientras tanto, no conseguía permanecer bajo la mirada de
> Dios, a quien rechazaba. Sólo tenía una salida: la fuga.
> Así como Caín huyó del cadáver de Abel, así mi alma se
> proyectó lejos de esta visión de horror.
>
> Este era el Juicio particular.
>
> Habló el invisible juez: "APÁRTATE DE MI". De
> inmediato mi alma, como una sombra amarilla de azufre, se
> despeñó al lugar del eterno tormento.
>
>
> Epílogo de Clara:
>
> Así terminó la carta de Anita sobre el Infierno. Las
> últimas palabras eran casi ilegibles, tan torcidas estaban
> las letras. Cuando terminé de leer la última línea, la
> carta se convirtió en cenizas. ¿Qué es lo que escucho? En
> medio de los duros términos de las palabras que imaginaba
> haber leído, resonó el dulce tañido de una campana. Me
> desperté de inmediato. Estaba acostada en mi cuarto. La luz
> matinal entraba por la ventana. Las campanadas de las
> Avemarías llegaban de la iglesia parroquial. ¿Todo había
> sido un sueño?
>
> Nunca había sentido antes en el Angelus tanto consuelo
> como después de ese sueño. Lentamente, fui rezando las
> oraciones. Entonces comprendí: la bendita Madre del Señor
> quiere defenderte. Venera a María filialmente, si no
> quieres tener el destino que te contó - aunque fuera en
> sueños - un alma que jamás verá a Dios. Temblando
> todavía por la visión nocturna, me levanté, me vestí con
> prisa y huí a la capilla de la casa. Mi corazón palpitaba
> con violencia. Los huéspedes que estaban más cerca me
> miraban con preocupación. Quizás pensaban que estaba
> agitada por correr escaleras abajo.
>
> Una bondadosa señora de Budapest, un alma sacrificada,
> pequeña como una niña, miope, aún fervorosa en el
> servicio de Dios, de gran penetración espiritual, me dijo
> por la tarde en el jardín: "Señorita, Nuestro Señor
> no quiere ser servido con excitación". Pero ella
> advertía que otra cosa me había excitado y aún me
> preocupaba. Agregó, bondadosamente: "Nada te turbe -
> conoces el aviso de Santa Teresa - nada te espante. Todo
> pasa. Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios
> basta". Mientras susurraba esto, sin adoptar un aire
> magisterial, parecía estar leyendo mi alma.
>
> "Sólo Dios basta". Sí, El ha de bastarme, en
> éste o en el otro mundo. Quiero poseerlo allí un día, por
> más sacrificios que tenga que hacer aquí para vencer. No
> quiero caer en el infierno.
>
> Algunas consideraciones finales
>
> Quizás no como objeción, pero no puede eludirse una
> pregunta: ¿Cómo puede haber recordado Clara con tal
> precisión todas las palabras de la carta de la condenada?
> Respondemos: quien hace lo más, puede hacer lo menos. Quien
> comienza una obra, puede también concluirla. Si la
> manifestación de ultratumba es un hecho preternatural,
> Clara debe haber tenido también una asistencia
> preternatural para escribir con exactitud todas las palabras
> leídas durante la visión.
>
> La eternidad de las penas del infierno es un dogma.
> Seguramente, el más terrible de todos. Tiene su fundamento
> en las Sagradas Escrituras. Ver San Mateo XXV, 41 y 46; II a
> los Tesalonicenses, 1, 9; Judith XIII; Apocalipsis XIV, 11 y
> XX, 10; todos estos textos son irrefutables, en los que la
> expresión "eterno" no puede interpretarse como
> "largo o prolongado". De la conveniencia de
> ilustrar este dogma con un caso particular, nos da ejemplo
> Nuestro Señor Jesucristo en la parábola del rico Epulón y
> el pobre Lázaro. Allí se encuentra una descripción del
> infierno y del peligro de caer en él. No es otra la
> intención de este trabajo. Expresa también nuestra
> finalidad el siguiente consejo: "Vayamos al infierno
> mientras estemos vivos, para no caer allí después de la
> muerte".
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Mar, 2 de Sep, 2008 4:01 am
Aurora Rodriguez <zoila_ar2002@...>
zoila_ar2002
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