El verdadero rostro del "triunfo" masista en el referéndum
Pedro Portugal M.
"El referendo revocatorio del 10 de agosto en Bolivia, contrario a algunas interpretaciones triunfalistas, es una clara derrota del gobierno que no solo refuerza la división de facto del país, sino que le concede a la subversión separatista un halo de legalidad que antes no poseía." Quien recientemente escribe lo anterior no es ningún despistado servidor de la oligarquía medialunera. Se trata de Heinz Dieterich, el teórico del Socialismo del Siglo XXI.
Y es que la "victoria" de Evo Morales despierta sentimientos encontrados entre sus mismos simpatizantes. Están quienes infantilmente enrostran a la cara de quienes expresan dudas sobre el gobierno del MAS, el 67 % de votos favorables a su presidente. Para estos pipiolos la victoria del SI en su referéndum la experimentan como un triunfo personal, en una apuesta existencial que no quiere poner en duda la certidumbre de su anhelo. Pero están también quienes, de manera circunspecta o angustiada, perciben detrás de ese soberbio triunfo retos y compromisos difíciles de resolver y salvar.
En realidad, el triunfo en un referéndum (y en cualquier votación) no consiste en la cantidad aritmética de votos, sino en la posibilidad de aplicar políticas que esa dicha cantidad puede permitir y validar. ¿De qué sirve tener mayoría de votos si las cosas siguen como antes, o aun peor?
Antes teníamos una administración paralizada. Ahora tenemos un gobierno pasmado. Previo el referéndum, en Sucre golpearon y humillaron a indios quechuas. Después del referéndum, en Santa Cruz humillaron y golpearon a autoridades policiales. En ambos casos el gobierno estuvo presente solamente por detrás, farfullando órdenes e instrucciones a las víctimas.
La razón profunda de esta tragicomedia es que el gobierno del MAS y de Evo Morales carece de doctrina y de políticas, pero abunda en lemas y en poses. Hasta ahora los ganadores de las elecciones del 2005 "no pueden creer que sean gobierno", tal como cándidamente lo confesó una vez Evo Morales. Lo dramático en todo esto es que el pueblo que lo apoya tampoco se da cuenta cabal de esta perplejidad (y de la inacción que la acompaña)… por lo menos hasta ahora.
Esta situación está ejemplarizada con lo sucedido la noche del domingo, cuando se supieron los primeros resultados del referéndum. En la plaza Murillo de
Lógicamente, a esta inconsistencia de palabras debían seguir incoherencia de acciones. Los Prefectos no asistieron una primera convocatoria. Fueron después, pero el Presidente no estaba para recibirlos. Finalmente, los "gobernadores" abandonaron las discusiones, pues lo que se les ofrecía eran incoherencias adecuadas solamente para nuestros actuales gobernantes del Palacio Quemado.
Ahora tenemos en cinco de nueve departamentos un paro de 24 horas y —con mayor riesgo que antes del referéndum— oscuros presagios de enfrentamientos y divisiones.
Existe además otro elemento que debería preocupar a nuestros gobernantes, en vez de llenarlos de fatuo orgullo. La extraordinaria votación que tuvieron en los ámbitos rurales, en El Alto y en las regiones indígenas (particularmente quechuas y aymaras) es en realidad un dogal que las clases populares y los pueblos originarios están urdiendo en torno del cuello de nuestros actuales gobernantes. De esta manera, sin tener intención de hacerlo, el actual gobierno está acelerando la educación política de amplios sectores de la población para que, llegado el momento, actúen por cuenta propia, como sucedió en 1899.
Así, la demagogia del actual período, que utilizó una supuesta legitimidad indígena para manejar con los instrumentos coloniales de siempre a las "masas", en la perspectiva de desequilibrar un "empate" por el poder, puede acelerar la verdadera transformación, el pachakuti. Este pachakuti deberá ser verdaderamente dirimitorio; es decir, no reproducirá las perversiones políticas impregnadas en la estructura de este país por su naturaleza colonial, sino será (en la terminología de Blithz Lozada) un pachakuti primordial, portador de legítima reivindicación histórica para las naciones originarias y de sentido y esperanza para la nación boliviana, en una perspectiva de verdadera innovación, grandeza y unidad nacional.