Un principio válido para cualquier momento de la sociedad y también
para estos tiempos, poco dados a la Utopia, es que todo debe de ser
para todos y para cada uno..Lo que se necesita para una vida
agradable y tranquila hoy, sin que nadie tenga que preocuparse por lo
que va a pasar mañana o qué va a ser de sus hijos o de él mismo
cuando esté enfermo o viejo y donde nadie tiene que enfrentarse a
otro para vivir bien. Se trata de una sociedad, donde vivienda y
comida, salud y educación están garantizadas de la misma manera para
todos, donde todos tienen el acceso a las artes y la ciencia, donde
el patrimonio social y cultural es de todos, donde nada se cobra,
donde todo está a la mano de todos.
Como sucede en todos los casos de escritos utópicos de este y otros
siglos, quienes por alguna casualidad llegan a conocer la vida
utópica en un lugar lejano, luego pierden el mapa: únicamente pueden
contar del mundo perfecto que vieron, pero no hay regreso. Empero, es
importante reparar en el hecho que los ciudadanos de esta y todas las
demás repúblicas utópicas no son seres distintos de los humanos
comunes y corrientes. No son ángeles, no se trata de una raza
superior o de una especie de extraterrestres. No están en algún
sentido dotados de capacidades orgánicas, intelectuales o morales
superiores a las de quienes los visitaron o a las de quienes escuchan
el relato del viaje. Más bien —y lo mismo vale para las demás así
llamadas “novelas utópicas”, antes y después— se ve que t=
odos
aquellos que viven en la sociedad ideal, son gente como cualquier
gente o, como dice Tomás Moro, gente como cualquier inglés de su
propia época. Lo que hace distintos a los ciudadanos utópicos no es
su constitución física, su potencialidad mental, su religión o su
raza. Lo que los hace distintos no es nada que sea propiedad de un
individuo o de un grupo. Lo que es diferente en la isla Utopía es la
forma de organizarse socialmente, la manera de configurar las
relaciones entre los individuos y los grupos, la estructura de poder,
el funcionamiento de las instituciones, las reglas para la
distribución de la riqueza colectivamente generada y para acceder a
los satisfactores materiales y espirituales, la definición de los
derechos y las obligaciones de todos y de cada uno. O sea, lo que
suele llamarse “organización social”. Es el mismo tipo de gente=
que
habita la isla Utopía y la isla Inglaterra, con las mismas
debilidades y fuerzas, con las mismas inclinaciones y limitaciones.
Pero los utópicos optaron por valores diferentes, de acuerdo con los
cuales han organizado de modo diferente, opuesto, su sociedad.
Hoy esto es urgente, si queremos un mundo más humano para todos y no
como está organizándose bienestar para unos pocos y miseria para
muchos.
Tomás Moro no escribe un tratado filosófico, no elabora un texto
académico sobre valores y su relación con la estructura social o
sobre economía y conflicto social, no efectúa una comparación
explícita entre las dos islas, la suya y la deseada. Pero ¿acaso hay
posibilidad de que no se entienda claramente lo que quiere decir?
Apenas un cuarto de siglo después del llamado descubrimiento de
América, del continente adonde viajan miles y miles de europeos para
buscar a toda costa el metal áureo como garantía de la felicidad,
Moro narra las costumbres de una sociedad donde se usa el oro para
hacer bacinicas y para esposar a criminales, una sociedad, donde
solamente los niños usan piedras preciosas y perlas y donde, cuando
alguien va ataviado con este tipo de adornos para darse importancia,
tendrá que ser un extranjero: “Era de ver cómo los niños, que ya
habían renunciado a gemas y perlas, al divisarlas en los sombreros de
los embajadores, decían a sus madres, dándoles con el codo: ‘Mira,
madre, ese gran pícaro va adornado con perlas y piedrecillas como si
fuera un niño.’ Y la madre muy seria: ‘Calla, hijo, debe ser al=
gún
bufón de la embajada.’”
En Utopía se valoran otras cosas que en Inglaterra y, en
consecuencia, en Utopía no se producen las divisiones y las luchas
que hay en Inglaterra. Los de Utopía son iguales a los de Inglaterra,
pero tienen otro orden. Han establecido un orden que no conoce la
diferencia entre ricos y pobres, entre unos que detentan el poder y
se apropian de la mayor parte de los bienes y los demás que tienen
que trabajar para los primeros. En Utopía la vida pública y privada
está organizada de tal forma que hay todo para todos. Por
consiguiente, no se genera la oposición irreconciliable entre el bien
común y los intereses particulares y no se producen las injusticias y
las escisiones sociales que caracterizan el resto del mundo conocido.
De hecho, como dice Tomás Moro y muchos otros analistas como él, lo
que pasa es que los únicos que tienen un orden propiamente dicho, son
los ciudadanos de Utopía. En el resto de Europa estamos hablando de
los inicios del siglo XVI no hay orden, más bien, hay un enorme
desorden. Es más: es un desorden que deja en el desamparo a los
pobres y a los que no tienen poder, que son los mas.
Hoy ocurre exactamente lo mismo.
En la Utopía una de las situaciones que más ampliamente se discute,
es la forma de tratar a los ladrones. Recordemos que estamos en una
época en la que se empieza a reducir cada vez más la tierra agrícola,
destinando porciones crecientes de ella a la cría de ovejas para
obtener la materia prima principal para la incipiente industria
textil que luego se convierte en elemento detonador de la Revolución
Industrial. Este proceso de sustitución significa, como
posteriormente también en otras regiones del mundo, la expulsión de
parte de la población rural. Unos pierden su tierra, otros su trabajo
y muchos de ellos migran a los barrios miserables de las ciudades, se
convierten en vagos o asaltantes; a estas masas de desplazados se
agregaban aquellos que habían participado anteriormente en las
guerras continentales y que estaban ahora también sin ocupación. Para
controlar de alguna manera los conflictos surgidos de estas
situaciones, se establecen sanciones draconianas: por ejemplo, el
robo callejero es frecuentemente castigado con la muerte.
Para Moro, los criminales no son gente intrínsecamente perversa que
hay que erradicar de la faz de la tierra, no son moralmente —
genéticamente, dirían tal vez hoy— inferiores a la gente que se suele=
llamarse a sí misma ‘decente’. Son solo las circunstancias econ=
ómicas
y sociales que la llevan a actuar así, por lo cual “esa pena ... es
demasiado cruel para castigar los robos, pero no suficiente para
reprimirlos, pues ni un simple hurto es tan gran crimen que deba
pagarse con la vida ni existe castigo bastante eficaz para apartar
del latrocinio a los que no tienen otro medio de procurarse el
sustento”. De este análisis deriva la propuesta de que “...serí=
a
mucho mejor proporcionar a cada cual medios de vida y que nadie se
viese en la cruel necesidad, primero, de robar, y luego, en
consecuencia, perecer”.
Esta cuestión tan ampliamente, porque da la clave para todo el libro
y, de hecho, para toda la tradición utópica de la que forma parte.
Estamos ante un auténtico ejercicio de análisis social, aunque Tomas
Moro no utiliza las formas a las que hoy, más de un siglo después de
la creación de las ciencias sociales, estamos acostumbrados. Lo que
se dice es que las personas son lo que son, en buena medida, gracias
a las oportunidades que el conjunto social les ha otorgado. La causa
del caos inglés reside en que a grandes capas de la población sólo se
les deja la opción de sobrevivir robando a sus semejantes, mientras
que los que tienen poder y riqueza sólo se ocupan de sí mismos. Una
sociedad humana que merecería tal nombre, un verdadero orden social,
sería distinto: habría oportunidades para todos, las mismas
oportunidades para todos y no habría la impresión de existir una
especie de conspiración de los ricos contra los pobres que no les
deja muchas alternativas a éstos últimos.
¿No es algo muy parecido lo que ocurre hoy con la emigración y sus
secuelas, incluidas en parte los movimientos terroristas?.
Al igual que las fronteras entre los pueblos, los límites entre las
épocas no son nada natural, sino creaciones humanas. Hay muchas
oportunidades para caer en la cuenta de esto. Por ejemplo, cuando se
quiso saber el momento en que terminaba el segundo milenio y
comenzaba el tercero: ¿erá el primero de enero del año 2000 o el
primero de enero del año 2001?
Aún así, fechas de calendario son útiles, porque pueden constituir
invitaciones a hacer un alto en el camino. A veces, para cultivar la
nostalgia (como en el famoso fin de siècle centroeuropeo al final del
siglo XIX). Otras veces, para practicar hasta el exceso la
retrospectiva (como en 1992, cuando el debate intelectual —incluso en=
América Latina— parecía orientado más hacia la definición del
carácter del primer contacto europeo-americano cinco siglos atrás que
hacia la dilucidación de las contradicciones sociales y culturales
actuales en el seno de las sociedades americanas y de sus
perspectivas a futuro). Otras más, para alentar el miedo: ¿qué
horrores nos esperan?
Actualmente, nuestra mirada hacia el futuro se encuentra bajo la
influencia de la conocida propuesta, fortalecida enormemente por la
caída emblemática del muro de Berlín, de que se ha llegado al “fin de=
la historia”. Tomado en su significado más crudo, este enunciado no
pregona la pronta terminación de la existencia de la especie humana
(por más que haya razones para temerla), sino el final de la fase de
búsqueda y experimentación con respecto al modelo fundamental de
convivencia social.
Se nos quiere adoctrinar, que la estructura básica de la vida social
es el bienestar y la calidad de vida sin restricciones. Esa es la
única forma viable de organización socioeconómica y política; lo
único que hace falta es instrumentarla en todo el mundo y avanzar,
poco a poco, en la resolución de algunos problemas que, por graves
que puedan parecer, son solamente técnicos, pero no de fondo. Esta
manera de ver las cosas se encuentra aliada con otra, que suele
identificarse con el vocablo “posmodernidad”. Según ésta, todas=
las
grandes doctrinas y teorías de antaño han perdido valor explicativo y
función orientadora. Ahora bien, ¿qué hay que hacer, cuando se ha
perdido la orientación? Por lo pronto, al menos, no hay que tomar
decisiones: es mejor quedarse donde se está, pues moverse podría
llevar a perderse más aún. En todo caso hay que eliminar al que
piensa distinto a mi.
La pregunta que surge en seguida es con qué cara se puede sugerir
para el caso de América Latina y el resto de los pueblos y países
del “sur” que se ha llegado a “la disolución del concepto=
mismo de
progreso” ? ¿Cómo puede seguir recomendándose el realismo de seguir
aceptando lo que supuestamente se está “globalizando” sin remed=
io:
las reglas del mercado y de la banca, el Estado nacional, la
producción industrial a gran escala y con costos energéticos y
ambientales exponencialmente crecientes para aquellas partes del
mundo, donde el problema principal para la mayoría no es el de cómo
enfrentar la experiencia estética de collage, sino el de lograr hoy y
mañana y pasado mañana la sobrevivencia física y de encontrar alguna
perspectiva para los hijos? ¿Acaso no la más superficial observación
de la realidad socio-cultural lleva la mirada hacia otro tipo de
sociedad, hacia un modelo de organización social radicalmente
distinto del actual? ¿Quien más, aparte de quienes en las islas de la
opulencia —en el norte y en el sur— se benefician del desorden =
actual, puede defenderlo como “sin alternativa” y exigir
enérgicamente calma y realismo?
Defender un mundo utópico no significa quedarse en el ámbito del
discurso moral o del voluntarismo ciego con respecto a la realidad.
Significa un acercamiento analítico-prospectivo que parte de la
convicción de que ésta última no está en orden. Parte de la protesta
que se articula sin cesar en el lado oscuro del mundo actual y
reconoce que esta protesta se nutre precisamente de la convicción de
que puede haber luz para todos - así lo han demostrado las recientes
manifestaciones en favor de la Paz-. La explotación y opresión no han
desaparecido a pesar de que muchos científicos sociales han dejado de
utilizar estos vocablos para describir la situación de formas más
suaves. La atención a diversidad y mestizaje culturales complementan
pero no sustituyen el estudio del conflicto social fundamental y de
la dominación.
La Utopía es posible, hagámosla realidad.
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