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7 de noviembre
MARÍA MEDIANERA UNIVERSAL
DE TODAS LAS GRACIAS
a
Jesucristo vino al mundo por medio
 de la Santísima Virgen, y
por Ella debe también reinar en el mundo.

(San Luis María Grignion de Monfort)

   Los Padres de la Iglesia han enseñado de distintas formas que María Santísima es la Medianera Universal de todas las Gracias y, con ellos, la tradición cristiana desde siempre, la ha reconocido como tal.
   Las iglesias orientales de rito bizantino eslavo celebran la fiesta del Pokrov, la Medianera de todas las Gracias, y así resalta en las oraciones del oficio: En este día de la fiesta, la Virgen intercede por nosotros en la Iglesia y con las invencibles armas de los santos, pide a Dios por nosotros. Angeles y Pontífices se postran, exultan los apóstoles y profetas, porque la Madre de Dios pide por nosotros al Dios Eterno.
   En Occidente, se instituyó una misa a celebrarse el 31 de mayo, junto a la de María Reina. Al menos España, Bélgica y Holanda tienen fiesta propia. En nuestra patria, hace pocos años, una providencial decisión de nuestros obispos establece esta fiesta el 7 de noviembre para comenzar con ella el Mes de María. Esto, por otra parte, constituye un ruego más un ruego argentino- para apresurar la hora en que esta verdad sea proclamada a la faz de la Tierra como dogma de nuestra Fe.
   Una de las oraciones más antiguas, la antífona Sub tulum praesidium, que fuera encontrada en un manuscrito copto del siglo III, recoge esta idea de la Mediación; y en las Catacumbas de Roma, del siglo IV, se representa la Virgen Medianera.
   En la Iglesia oriental hay muchos lconos que representan a la Virgen como Medianera, entre ellos se destacan los de la Deisis o súplica y el icono de la Terondisa o Virgen protectora de los monjes, que tiene su origen en una antiquísima tradición según la cual, la Virgen hace ese oficio en el cielo, proveyendo a los monjes de lo necesario para la vida.
   Otra clase de iconos es el de la Fuente vivificadora, en que se representa a la Virgen sosteniendo al niño de pie al borde de una fuente que rebosa agua, símbolo de las gracias que Dios da por medio de Su Madre.
   La Iglesia tiene innumerables testimonios en su culto como en su doctrina, apoyados todos en la Sagrada Escritura, que junto con el sentir de todo el pueblo fiel afirman la verdad de que MARÍA SANTÍMA ES LA MEDIANERA UNIVERSAL DE TODAS LAS GRACIAS.  
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SAN WILLIBRORDO,
Obispo
A
   El apostólico prelado san Willibrordo nació por los años del Señor de 658, en la isla de la Gran Bretaña y reino de Northumberland. A los siete años no cumplidos de su edad, le mandaron sus padres al célebre monasterio de Hipon, gobernado por san Wilfrido, el cual poco antes lo había fundado. Habiéndose así acostumbrado desde niño a llevar el yugo del, Señor, lo halló después todo el resto de su vida muy blando y ligero. Para mejor conservar los frutos de la religiosa educación que en el monasterio había recibido, tomó en él el hábito de religión, en edad muy temprana. Hizo tan rápidos progresos en las letras humanas y divinas, que mereció ser elevado a la dignidad del sacerdocio; la cual recibió en Irlanda. Juntáronse con él algunos compañeros, a quienes abrasaba un mismo deseo de ganar almas a Cristo y con gran celo predicaron el Evangelio a los Frisones, en cuyo santo ministerio se destacó, tanto por su ardor apostólico, como por su rara modestia, humildad, apacible conversación e igualdad de ánimo. Habiendo llegado la fama de sus virtudes a oídos de Pepino de Heristal, señor de aquellas regiones, le escogió para la silla episcopal de Utrecht; esta elección agradó tanto al Sumo Pontífice, que le llamó a Roma para consagrarle por sí mismo, obispo de aquélla diócesis. Emprendió luego el santo con nuevo fervor la conversión de los gentiles, dilatando el campo de sus correrías apostólicas hasta las incultas regiones del Septentrión, y acompañándose después con otros muchos sacerdotes y algunos obispos, para exterminar por completo las supersticiones del paganismo en la Zelanda, y después en Holanda. Para conservar los frutos de estas santas misiones, ordenaba de sacerdotes solamente a aquellas en quienes veía más sólidas virtudes, procurando encender en sus corazones la llama del celo de las alturas, que en el suyo ardía. Llegando en estas empresas de tanta gloría de Dios, a una edad harto avanzada, eligió, entre sus sacerdotes, a uno que tomó por auxiliar, y a quien encomendó el gobierno de la diócesis; y él se retiró a hacer una vida solitaria, para emplear los últimos tiempos de su vida, en prepararse para la eternidad. Final mente, lleno, de días y méritos, y precedido de una innumerable muchedumbre de almas que había sacado de la servidumbre del demonio, y ganado para Cristo, entregó la suya al Creador.   
REFLEXIÓN
   ¡Feliz el alma que siguiendo las huellas de este apostólico prelado, se dedica, en cuanto puede, a las obras de celo y de caridad! Con razón puede esperar una perfecta bienaventuranza en el reino de los cielos. ¿Qué cosa habrá que le parezca dulce, en comparación de la gloria que le espera? ¿Qué cosa podrá igualar a la verdad y perpetuidad de tal bienaventuranza? ¿Qué cosa, de cuantas hay en este valle de lágrimas, será ca paz de atraerla, cuando contempla los bienes verdaderos que le dará el Señor en la tierra de los vivientes?  
ORACIÓN
   Suplicámoste, oh Dios omnipotente, que en la venerable solemnidad de tu confesor y pontífice san Willibrordo acrecientes en nosotros el espíritu de piedad, y el deseo de nuestra eterna salud. Por J. C. N. S. Amén.
 
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SAN ÁLVARO DE CORDOBA,(
 Confesor
(siglo IX P. C.)
   Córdoba ha dado dos personajes de este nombre que entran de lleno en el campo de la hagiografía. Uno de ellos, el bienaventurado Álvaro, fue un religioso dominico que vivió a fines de la Edad Media en el convento de San Pablo de Córdoba, y murió en 1420; el otro, más ilustre todavía, es el insigne apologista y defensor de la fe frente al Islam, que iluminó con su palabra y sostuvo con sus escritos a la cristiandad cordobesa en tiempo de los emires. Pertenecía a una de las familias más distinguidas de la ciudad. Su ilustre prosapia está confirmada por el sobrenombre de Aurelio Flavio que le dan sus contemporáneos, y que en la época visigoda designaba la dignidad real. En su familia era tradicional el cultivo de las letras. Su mismo padre tenía tal prestigio como conocedor de la literatura cristiana, que el más famoso maestro cristiano de aquellos días sometía a su aprobación cuanto escribía sobre el dogma de la Trinidad y de la Encarnación "a fin de que le instruyese y tranquilizase".
   Ese abad Esperaindeo, amigo de su padre, fue el maestro de Álvaro, el que imprimió en su alma las más firmes convicciones religiosas, el que le orientó hacia la doctrina ortodoxa en medio de la confusión de ideas que reinaba en aquélla Andalucía, que acababa de ser el escenario de la lucha adopcionista. Entre sus condiscípulos figuraba un muchacho de familia senatorial, en quien observó las mismas ansias de saber que a él le devoraban. Era el futuro campeón de los mozárabes cordobeses, San Eulogio. "Allí tuve la dicha de verle por primera vez; allí estreché con él la más dulce de las amistades; allí empecé a gustar el encanto de su conversación."
   A diferencia de Eulogio, que abrazó el estado eclesiástico, Álvaro permaneció lego toda la vida: se casó con una sevillana y no tardó en verse enredado en la solicitud de las preocupaciones familiares. Su cuñado Juan de Sevilla le consuela con una carta de la muerte de tres hijos, y él nos dice, contraponiendo la vocación de su amigo Eulogio a la suya propia: "Ille sacerdotii ornatur munere, ego terra tenus repens hactenus trahor". Esto, no obstante, no le hizo olvidar su afición al estudio y en especial a las cuestiones teológicas. En todo momento, se nos presenta vigilando los intereses de la fe poniendo al servicio de la Iglesia su talento, su actividad, su perstigio y sus riquezas. Amaba la verdad integral de la Iglesia, esposa de Cristo: y era su anhelo, nos dice él mismo, que la doctrina santa derramase toda su claridad en las mentes de los hombres". Antes que nadie dio el grito de alarma contra una herejía antitrinitaria, de tendencias puritanas y hebraizantes, que empezaba a extenderse entre los mozárabes. Discutió con los herejes, pidió la ayuda de su amigo Eulogio, fue a ver al abad Esperaindeo y le indujo a refutar las afirmaciones de los sectarios, que fueron pronto condenados en un concilio que se celebró en Córdoba el año 839.
   Poco después apareció en Córdoba un apóstata franco, llamado Eleázaro, que había huido de la corte de Ludovico Pío y se dedicaba en El Andalus a hacer propaganda judaica y a predicar entre los musulmanes el exterminio de los cristianos. Con deseo de convertirle, Álvaro, que tenía sangre judía en sus venas, trabó con él correspondencia epistolar. No consiguió lo que se proponía, pero nos dejó algunas páginas caldeadas por el fuego de su amor a Cristo. A una carta en que Eleázaro termina invitándole despectivamente a quedarse con su Jesús, -él contesta apasionadamente: "Amén y nuevamente amén. Amén en el cielo y en la tierra. Y que así como yo le abrazo libérrimamente con la fe por la virtud de la gracia, así sea yo asido por él de manera que nadie me arranque de sus brazos por ninguna violencia ni encantamiento". El apóstata cortó la polémica de una manera cómoda y vieja en el mundo, diciendo que no contestaba a los ladridos de perros rabiosos. Álvaro le Felicitó por su prudencia: "Verdaderamente es absurdo que la zorra chille cuando el perro ladra".
   Al mismo tiempo trabajó, en unión con su maestro Esperaindeo y con su condiscípulo Eulogio, por estimular el renacer de las letras latinas y de los estudios teológicos, añorando los días de San Isidoro. Dolíase al ver que los maestros de lengua árabe arrebataban sus discípulos a los que enseñaban la lengua de la Iglesia. Le interesan, sobre todo, los autores eclesiásticos, y sólo con un íntimo recelo se acerca a las obras de la literatura clásica. Considera la gramática como un instrumento indispensable para conservar, según su expresión, "la santísima lengua de nuestros mayores", pero en su sentir, los cantares de los poetas son alimento de los demonios, y a los filósofos los llama filocompos, fabricadores de engaños: "Mis cartas, escribía, no buscan el favor de los paganos, ni se adornan con los colores del Ateneo. Su aroma es el de las Sagradas Escrituras y su sabor el de los Santos Padres". No obstante, nombra. y cita con frecuencia a Virgilio y otros poetas del Lacio, y sus versos abundan en reminiscencias mitológicas. Su estilo es abundante, violento, rebuscado, matizado de palabras griegas y de términos exóticos. Puede considerársele como un genuino escritor cordobés.
   Cuando en 850. estalló el conflicto que puso frente a frente el poder de los emires y la cristiandad mozárabe, herida de muerte, la mayor parte de los confesores de la fe salió del grupo más fervoroso que capitaneaban Alvaro y Eulogio. La Iglesia de Córdoba vive unos años de heroísmo y de terror al fin del reinado de Abd el-Rahmán II y comienzos del de Muhammad I. Algunos cristianos, monjes de la sierra, clérigos de las iglesias de la ciudad, doncellas intrépidas y matrimonios que habían tenido la debilidad de dar su nombre al Islam, se presentan espontáneamente a confesar su fe, prefiriendo la muerte a la esclavitud; otros son delatados por sus propio parientes y arrastrados ante el gran cadí de la ciudad. Alvaro se mueve en las avanzadas de la fe, aunque su condición de laico le libra de la cárcel en la gran redada de cristianos con que se inauguró la persecución. Entre 850 y 860 le vemos al lado de su amigo Eulogio defendiendo a los mártires y vindicando su memoria. Aconseja, sostiene, alienta y derrama el oro entre los prisioneros que llenan las cárceles. Cuando Eulogio dirige a los perseguidos sus libros inflamados, sus historias martiriales y sus apologías, él salta de gozo, felicita al doctor del pueblo de Dios y besa los folios emborronados en las penumbras del calabozo. No contento con aplaudir, toma también él la pluma para justificar aquel movimiento mal juzgado entonces, lo mismo que hoy, por muchos, aun dentro del cristianismo. En 854 publica un libro intitulado Indículo luminoso, que es una violenta diatriba contra los españoles que se dejaban seducir por las doctrinas islámicas y una defensa de aquellos que habían sellado su fe con el martirio. Su lenguaje es más fuerte y arrebatado que el de San Eulogio, y cuando habla, sobre todo, de los vicios de Mahoma, llega a una crudeza increíble, y todavía promete decir otras cosas en otro libro que nunca escribió. Este mismo ha llegado a nosotros incompleto.
   Sin embargo, ni Álvaro ni Eulogio pertenecían al grupo extremista entre las varias facciones ocasionadas por aquel conflicto en el seno de la cristiandad andaluza. Estaba en primer lugar el que consideraba la actitud de los mártires como una provocación inútil, que Dios condenaba, y debía ser condenada también por los hombres. De este parecer eran los cristianos más contemporizadores, presididos por el metropolitano de Sevilla, Recafredo. Frente a ellos se había colocado el obispo de Córdoba, Saúl, que consideraba como excomulgados y arabizados a cuantos no estuviesen dispuestos a enfrentarse con el Islam con el fervor de los confesores de la fe. En un justo medio se colocaron Álvaro y sus amigos, dispuestos siempre a la concordia, pero sin traicionar la memoria de aquellos que, inspirados por Dios, se habían presentado a confesar su fe ante los tribunales mahometanos. Esta diferencia de criterio indispuso a Álvaro con su obispo, a quien se comparaba en Córdoba con los donatistas y los luciferianos. Los obispos le habían condenado, pero él anatematizaba a cuantos no estuvieran con él. Esta situación trajo a Álvaro no pocas inquietudes. Con motivo de una enfermedad, pidió la penitencia, por la cual se obligaba a las prácticas que la antigua disciplina de la Iglesia imponía a los penitentes. Una de ellas era el privarse de la comunión mientras no recibiese la absolución del obispo. Habiendo salido de la enfermedad, Álvaro se dirigió humildemente a su prelado con palabras que nos emocionan: "Estoy dispuesto a obedecer en todo con tal de no privarme del remedio de la comunión, pues no puedo estar tanto tiempo sin recibir el cuerpo y la sangre de mi Dios". Todo pudo resolverse satisfactoriamente, pues Saúl cedió, se retractó de su celo puritano en un concilio de obispos el año 857, fue absuelto y absolvió también él a sus excomulgados.
   Poco después, en 859, Eulogio sucumbió en la lucha, y Álvaro asistió orgulloso a la apoteosis del amigo entrañable; cuya vida escribió en páginas llenas de admiración y de cariño. Sentíase feliz y al mismo tiempo le abrumaba el peso de la tristeza. Era ya viejo, su causa parecía perdida y le abrumaba, según su expresión, el pensamiento de su insolencia y de su iniquidad. Su vida le parecía vacía de buenas obras, de bien y de verdad. Hasta su misma ortodoxia se le presentaba dudosa, y esto es lo que le movió a escribir su canto de cisne, la Confesión, opúsculo inflamado y doliente, que, a veces, nos recuerda las Confesiones de San Agustín; exposición minuciosa de sus creencias y declaración detallada y exagerada de sus pecados, que acaso leyó en la asamblea de los fieles antes de transmitirla a la posteridad. Nada sabemos de sus últimos días; pero podemos sospechar que murió también él, como su maestro y su condiscípulo, dando su sangre por Cristo. La Iglesia de Córdoba conmemoró su muerte como un día festivo. "En él, decía hacia 950 el calendario de Recamundo, se celebra en Córdoba la fiesta de Álvaro."Su anhelo incoercible de eternidad se refleja en aquélla frase que sintetiza su vida. "Tú sabes, Señor, que tengo la sed del reposo eterno."
   Los escritos de Álvaro, editados por Flórez en la España Sagrada (t.10 y 11, de donde pasaron a la Patrología latina, t.115 cols.705-720 y t.121 cols.397-566), son los siguientes. 1º. Vita vel Passio beatissimi martyris Eulogii, presbyteri et doctoris. Es la vida de su amigo. Antes que la edición de Flórez hay otra de 1574, debida a los cuidados de Ambrosio de Morales. Al texto en prosa siguen tres poesías en honor del mismo Santo. 2.° Poemas, una docena de composiciones, de las cuales solamente dos se refieren a sujetos religiosos: una oda a la cruz y un elogio de San Jerónimo. Puede verse una edición crítica en Monum. Germ. Hist.: Poetae latini aevi carolini, t.3 p.126­142. 3.° Incipit confessio Alvari. Es una imitación de los Sinónimos, de San Isidoro, cuya idea fundamental se sintetiza en la conclusión: Tolle me, Domine, mihi et redde me tibi. 4.° Incipit liber epistolarum Alvari. Son veinticinco cartas que se cruzan entre Álvaro y diversos personajes, como San Eulogio, Eleázaro, Juan de Sevilla y el abad Esperaindeo, una de ellas sobre motivos familiares; otras de carácter literario y teológico. 5 ° Indiculus luminosus, defensa de los mártires, exhortación al martirio y enseñanzas para evitar los contagios del Islam. 6:° Liber scintiarum. Se trata de una obra que se atribuyó a Álvaro de Córdoba por algunos manuscritos, entre ellos uno gótico del siglo XI, pero cuyo autor debe de ser el monje francés Defensor de Ligugé. Flórez se resiste a contarla entre los escritos de Álvaro. Es una colección de sentencias de la Biblia y de varios autores eclesiásticos, en que el copilador no ha puesto nada de su cosecha. 
JUSTO PÉREZ DE URBEL, O. S. B.
 
 
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Otros Santos: Jacinto María Castañeda, presbítero; Israel, Gualtero y Teobaldo, religiosos; Beatos Francisco de Jesús, María José Palau y Quer; Herculano, obispo y mártir; Aucto, Taurión, Tesalónico, Melasipo, Amaranto, Antonio, Carina, Hierón, Nicandro, Esiquio, Ernesto y Engelberto, mártires; Florencio, Prosdócimo, Águilas y Rufo, obispos.
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Mié, 7 de Nov, 2007 4:00 pm

mabe_ga
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