10 de diciembre. Un día como hoy, hace 23 años, la Democracia asomaba sus tenues rayos tras la negra y trágica noche de la dictadura más sangrienta de nuestra historia.
10 de diciembre, Día Internacional de los Derechos Humanos. Entre ellos, de los Derechos del Niño.
Aquí estoy, en la ciudad de Mar del Plata, continuando de otra manera, con presencia, juegos, regalos, payasadas, mi camino de afirmación del derecho de mi hijo Nicolás Uriel Cecchini a tener tanto a mamá como a papá. Un camino no exento de dificultades, que intento afrontar con armonía interna y mucho coraje para enfrentar a mis peores enemigos: la ira y el miedo que acechan en mi interior.
13 horas, me instalo en el punto de encuentro, un bar y pizzería situado en el cruce de las avenidas Libertad e Independencia. Buen lugar para empezar.
Nico y mamá me pasan a buscar en taxi y nos dirigimos a la zona del puerto. Entramos a un comedor, y
pedimos "trocitos de merluza" (empanados y fritos) y rabas con papas fritas. El chiquitín ataca con voracidad las papas y rabas. Le encanta "arrancarles" pedacitos tironeando con dientes y manitos, hasta que se estiran tanto que se "cortan". En repetidas ocasiones, se baja de la mesa, "baila" al son de mis golpes de pies sobre el piso, y sale corriendo a toda velocidad conmigo tras de él, ... y con un raba colgando de sus dientes y boca.
Después, a tirarse de un pequeño togobán, paso previo a encaminarnos hacia el embarcadero de pescadores y la reserva de lobos marinos.
Pero los planes de los grandes se subordinan a los tiempos de los chicos, y sobre todo cuando tienen 21 meses como mi pichoncito.
Nico se durmió en los brazos de mamá, y debimos esperar por casi dos horas a que se despertara, tomando un helado y luego mirando barcos pesqueros, gaviotos y lobos marinos en el embarcadero. Y hablando sobre nuestro tema común: Nico.
Cuando Nico se despertó, jugó un rato en ese mismo lugar, mientras miraba hacia el mar, y yo le iba contando sobre los barcos pesqueros, las redes, los pececitos, y sobre los gordos glotones que nadaban por allí que se llaman "lobos marinos". Después emprendimos nuestro camino hacia la reserva. El enano decidió que sus kilos siguieran afectando las rodillas, espalda y cintura de mamá.
Al ver a los "gordos" la cara de Nicolás de iluminó, y su sonrisa se convirtió en carcajada cada vez que imitaba sus sonidos o movimientos.
Emprendemos el regreso. Mamá ya muestra signos de cansancio. Tomamos un taxi hasta la plaza de siempre. Allí jugamos con piedritas y el tobogán. Luego, un chico de unos once años se divierte "mareando" con un pelota de fútbol al enano, que igual lo persigue fascinado por jugar con un nene grande. Cuando finalmente este se va, llora, protesta, e intenta seguirlo, enojándose conmigo cuando se lo impido.
Nico señala
una hamaca vacía. Lo ayudo a subir, y lo empujo suavemente (es una hamaca cerrada, para chiquititos). Después de un buen rato de mecerlo, me pongo frente a él, permitiéndole que me empuje con sus piececitos, arrojándome sobre la arena (todavía estoy lleno de ella por todos lados, necesito un buen baño), con gran alborozo de su parte.
Se hace tarde, Nicolás y mamá se retiran rumbo a su casa. El próximo sábado nos volveremos a ver, esta vez en Rosario.
__________________________________________________
Correo Yahoo!
Espacio para todos tus mensajes, antivirus y antispam ¡gratis!
¡Abrí tu cuenta ya! - http://correo.yahoo.com.ar