|
colectivo...
Hola familia, al parecer y según cuentan se terminó el año 2004 y
empezó,por riguroso orden matemático el 2005. A decir verdad no le
paramos mucha bola –las matemáticas nos aburren de sobremanera por lo
exactas que son. El pasquín es un sacerdocio y es como el amor que no
tiene fecha en el calendario-como el caballo de la sabana que está
viejo y cansado…therefore continuamos con nuestra rutina habitual
pasquinera. Entrevistamos a un grupo de bailarinas, jugamos un par de
encarnizaas y epopeyicas partidas de dardos-que indefectiblemente
ganamos in extremis-, nos tomamos un par de chelas con el Chino -que
es a la vez una fuente de ingresos y un dolor de cabeza según dicte el
azhar del juego -y terminamos comiendo tamalitos en lo de Culito
Lindo. Pero quermos empezar el año que arbitaria y matemáticamente
llamamos 2005 con un bismarkiano pasquín de bolsillo para dos fans :
Lupita ,de lo que queda de Argentina, y Anita , de lo que se va
creando en Venezuela. Estas dos encantadoras muchachas- Lupita tiene
unos labios de rubí de rojo carmesí, Anita tiene un cuerpo endurecido
en kilómetros de jogging- sufrían hasta hace poco de un músical
complejo de Electra. Sus idolos eran el sexagenario Mick Jagger, el de
los Cantos Rodados al que no le engrasabn los ejes porque en su época
eran rebeldes, y el cincuentón y desdentado Charly "Jabón errante "
García. Al principio la labor educativa fue ardua porque teníamos que
luchar contra la figura del padre pero poco a poco con una bachata por
acá un vallenato por allá y una salsa más allá fuimos minando la
resistencia y una devastadora serenata multiple hizo el resto y nos
las llevamos al río de la buena música a sabiendo que habían pecado de
roqueras-Errar es humano…-. Lo que aquí le enviamos es un reminder de
los tiempos en que ellas eran jóvenes ,felices y pentagramicamente
indocumentadas y creían que el rock era revolucionario y no una
industria tan respetable como la de fabricar condones o tornillos…
Esto es para ustedes muchachas y recuerden que en música veritatum
Besotes con ritmo
Nos fuimos
CONCIERTO EN EL PABELLÓN
Junto a la tapia del pabellón ,dos horas antes de que empiece el
ataque,una larga cola de adolescentes cabizbajos, piafando en la
oscuridad, cada uno con su nubecilla de niebla sobre el belfo
tembloroso, avanza guarnecida por furgones policiacos. Las linternas
de cobalto dan pasadas de faro, encienden a ráfagas una visión de la
gran explanada donde se agita otro rebaño de 2.000 cabezas entre el
atasco de coches y el clamor de las bocinas,la búsqueda frénetica de
una localidad ya imposible,gritos de bocadillos y ventas de chapas de
los héroes del rock,mientras alguna camada violenta toma posicines
para asaltar una valla o busca la forma de romper con una avalancha
la trenza de gorilas que monta con un nudo de antebrazos terribles el
cordón de seguridad.
Por las bocacalles inmediatas llegan nuevas oleadas de búfalos
llenos de garfios e imperdibles atravesados en las mejillas, o
revestidos de generales suristas, o equipados con los arreos de
ángeles del infierno, con un foulard de vidrios relampagueantes en la
noche,la polaina nazi, el pelo con gomina, los labios pintados, las
pestañas decoradas en la frente sobre una palidez de polvo de arroz.
Vienen más reatas juveniles todavía con medias de lana con franjas
de colores,babuchas celestes, abrigos de raíodos mutón,muselinas,
sombreros mormones, zapatillas de balaoncesto, plumones de plástico y
andrajos pacífistas; pero el grueso del ejército va vestido de
macarras de Valllecas, de mec'anico recien duchado, de estudiante de
BUP en instito de barriada, de anfeta pálido dentro del cuero duro de
la periferia.
Lejos del pabellón, una semana antes, en los garitos secretos de la
ciudad, en las plazoletas de la iniciación ha habido mucha agitación
de camellos. Desde las peceras de la radio, conectadas directamente
con los intereses de las multinacionales, los pinchadiscos han puesto
a hervir el puchero y la carga hidrostática que precede a la gran
tormenta del sábado ha hecho que la droga suba siete enteros en las
bolsas de contractación. A la Brigada de Estupefacientes también le ha
entrado la histeria y , disfrazada de pasota, aunque sin abandonar los
zapatos de Segarra, ha rastreado alijos de chocolate en las
papeleras de Chueca, en los cubos de basura del Dos de Mayo, en las
cabinas telefónicas de Malasaña, en los vertederos industriales de
Entrevías. Todo en vano. Una vez más ,la intendencia ha funcionado,
los camellos han logrado abastecer a la tropa, y los adolescentes,
allí, en la cola del pabellón,llevan el costo, cada uno según su
especialidad, ya tragado, ya pinchado o escondido en un lugar
inverosímil del organismo : chinas de hachís, ácidos, anfetaminas,
azúcar del organismo, caballo,jeringas y agujas. Por esto avanzan
abizbajos y paranoicos ,con la mirada perdida y el belfo
tembloroso,cuando la cola se mueve ya en fila india bajo un pasillo de
guardias a cien metros de la entrada,flanqueada por dos enormes
eunucos con bate de béisbol. Son unos minutos de terror, con la
taquicardia golpeando el anorak. Así penetran mansamente las fieras en
la jaula; pero una vez que el tío de la gorra les rasga el boleto y
desaparece el último policía visible, el ganado se pone a aullar libre
en aquel reino de Satanás, corre, con las venas dilatadas de placer,
por los túneles y las empalizadas metálicas buscando, en medio de la
berrea atroz, un sitio sobre las esteras de la cancha, un asiento en
el graderío de cemento.
La orgía musical está por empezar. Mientras una calima de marihuana
se adensa en el espacio, desde los cuatro ángulos del pabellón caes
sobre las 5.000 cabezas un rock de consumo para calentar tendones, los
bares son asaltados, las latas de cerveza pasan ávidamente entre las
manos, el botiquín atiende las primeras lipotimias, las primeras
sobredosis y la gran leonera va cogiendo un aire compacto de alaridos
en la neblina rojiza. Dentro de poco todo va a estallar. Pero ahora
sólo hay una agresividad eléctrica que se libera en el temblor de las
cadera, en el ritmíco golpeteo de las botas o se escapa por las
pupilas dilatadas y las miradas etremadamente fijas con el labio
colgado. A un adolescente lo sacan en estado de coma a hombros cuatro
amigos hacia la enfermería. Ha caído antes que empiece la fiesta. Los
canutos son compartidos entre gente de la camada, pasados
litúrgicamente con toda inocencia entre desconocidos. En los lavabos
se aspiran rayas de cocaína, las tazas de retrete se tragan algún
instrumental hipodérmico, y los espejos devuelven la imagen
deslumbrada de los yanquis. El escenario aún sigue apagado, aunque
para los iniciados la felicidad ya está arriba.
Por la red de hexágonos del techo del pabellón pasa una caravana de
elefantes blancos cargados de joyas o aletea un millón de mariposas
amarillas o se enroscan vientres líquidos de huríes en los tubos de
acero. Sobre la estera de la cancha, una muchacha pone los ojos en
blanco como huevos de paloma, pliega los labios en forma de pico de
pato, y con las manos hacia el artesonado palpa en el aire el propio
delirio. En las venas le acaba de reventar el flash y las ondas que
epande alrededor, donde hay un alucinado por metro cuadrado, hilan un
encaje de vibraciones preliminares bajo la solidez de una nube de
chocolate, mientras los teloneros están calentando la olla. Y cuando
el punto de cocción alcanza los cien grados centígrados y las
pelambreras se han convertido en zarzas ardientes, y por las orejas de
todos ya salen burbujas, entonces comienza el gran espectáculo.
En el pabellón se hace la oscuridad total, se establece un silencio
iluminado por mecheros, bengalas con estrellitas de hada y luciérnagas
de porro. Desde lo alto del infierno suena aterradoramente la campana
más gorda de una catedral con doce golpes majestuosos. Aquí llegan los
dioses, los héroes más salvajes del rock, el conjunto más bronco,
formado por cinco australianos equizófrenicos. Un cañon enciende
lentamente el bronce y se ve a un gran macho hortera que bate con una
maza la hora de la verdad. Con la última campanada se produce de
repente una explosión de focos, y desde el escenario cae un trueno
sobre la multitud, como el despegue de un jumbo que levantara vuelo a
ras de las cabezas acompañado por el aullido de las fieras. A partir
de ahora lo que suceda en el escenario en el escenario limita, por la
parte inocente, con la epilepsia, y por la parte malvada, con la silla
eléctrica. Desde este momento, lo que pasa en la cancha y en los
graderíos del pabellón es un rito orgiástico que no se ha movido desde
el principio de los tiempos, el esfuerzo ilimitado por alcanzar el
orgasmo colectivo como forma de purificarse, destrozando a cipotazos
cabríos de perfil de Apolo.
El tipo de la guitarra va vestido de colegial victoriano con
reflejos de satén verde y se comporta como un mono rabioso al que le
hubieran conectado un cable de 2.000 kilovatios en el culo y encima
fuera ametrallado por su batería. Da saltos eléctricos y se debate en
el aire con calambres que le sacan chispas de soplete por las
coyunturas ; abrasado por sucesivas descargas se pliega sobre la
tarima como un Lucífer poseído por la gloria, queda electrocutado en
el suelo; pero de repente un resorte lo eleva a dos metros de altura
abrazado a la guitarra. El cantante grita como como un cerdo al que
van a degollar a degollar, con alaridos que están en el límite de la
barrera del sonido, y piensas que nadie sería capaz de sobrepasarla.
En seguid da un berrido más agudo, y con el estertor de la heroína el
cantante lo consigue, aunque para entonces la música ya te ha
reventado algún bulbo y te ha puesto el intestino sacro en la
garganta, porque todo tiene una dulzura de éter. El espacio se puebla
otra vez de elefantes blancos cargados de joyas y los dioses
resplandecen en un lejano infierno que se divisa al fondo del túnel de
humareda y brazos. Los traumas comienzan a liberarse, se convierten en
mariposas amarillas o en un enjambre de abejas de oro como neutrones
orbitando el nimbo de la marihuana. Sobre las esteras de la cancha, en
los graderíos del pabellón galopan y relinchan los caballos y el
trueno del jumbo no cesa de aplastar los encéfalos.
Durante la hora y media que permanece la descarga puede suceder
cualquier cosa dentro de esta olla exprés. Nada importa nada a nadie,
todo eceso es contemplado con naturalidad, hay un punto de inocencia
sensitiva. Algunas parejas hacen el amor entre las patas de la
caballería, jóvenes hermafroditas se abaten mutuamente en la
cabalgada, y cada cual realiza el psicodrama de sus deseos , anegados
por la violencia de la música. Se sabe que esa agresividad estática
podría acabar fácilmente en una estampida. Bastaría cualquier
percance negativo, una leve contrariedad en el ritmo, para que la
histeria canalizada por la espita del escenario hiciera saltar por los
aires la tapa de la caldera hasta convertir el pabellón en una
montaña de cuerpos y cascotes humeantes. Pero esta vez tampoco pasa
nada. La danza orgiástica sigue, la carga erótica y energética se
libera ante el resplandor de cinco monos rabiosos que se retuercen
como ajusticiados por un cerebro electrónico entre chispas de
cortocicuito y haces de luces.
Así aulla Occidente en el ultimo tramo de su cultura. Estos
alaridos de la heroína son la despedida de una civilización que se
despeña por el acantilado, que se va definitivamente por el sumidero
hacia la cloaca. Este espectáculo de autodestrucción, en el que los
más debiles quedan atascados en seguida en la taza del retrete, poseee
una suerte de dulzura diabólica que ayuda a la eutanasia.
El concierto ha terminado. La manda de búfalos supervivientes
despuebla lentamente los graderíos y el pabellón queda como una
campana neumática llena de humo y sobre el pastizal de la cancha se
establece durante merdia hora todavía una feria berébere de
adolescentes colgados, derribados por el éxtasis entre charcos de
cerveza y una escombrera de envases. Fuera se intuye un petardeo de
motocicletas y los túneles de cemento arrojan en la explanada un resto
de rebaño con el cerebro de goma. El paroxismo se volatiliza
suavemente y hay un momento en que la frustración de los que no han
logrado ver la caravana de elefantes blancos cargados de joyas puede
romper en una explosión de vandalismo, pero la policía disuelve al
coro de bacantes en la noche de la ciudad.
La nube de marihuana es ahora un espejismo en el desierto que cubre
el palmeral de la tierra prometida y dentro de ella se mueven
fantasmas anglosajones desmontando equipos. La dorada calima del
pabellón, en una sordera llena de campanilleos de plata que salen de
los tímpanos reventados, está atravesada de baúles ,cables y foocos
desprendidos. La alucinación ha quedado atrás. Ahora cada elemento del
rebaño se enfrentará por separado con su propia maldición. El libro de
texto repugnante, el asalto a una farmacia para conseguir la dosis, el
paro,elabsurdo de cada amanecer,los tabues familiares, las ofertas
inalcanzables del consumo, el muro de hormigón imposible de saltar. En
el cerebro de los adolescentes el tedio creer'a el anticlímax. Pero no
hay que procuparse. Dentro de dos semanas volver'an otros dioses del
rock,mucho más salvajes todavía,con cables de 2.000 kilovatios
enchufados en el culo. Vendrán los heroes que anuncian el diluvio y
volverá a resplandecer el pabellón
M. Vicent
|
Sáb, 1 de Ene, 2005 5:25 pm
"m_moorcock" <m_moorcock@...>
m_moorcock
Sin conexión Enviar mensaje
|