La realidad del deseo. El optimismo crónico norteamericano
por Jorge Majfud; majfud@...
1-11-2007
El 28 de octubre de 1963, Ernesto Che Guevara le contestaba a Pablo
Díaz González, quien había escrito un artículo apologético sobre el
propio Guevara: "debo agradecerte lo bien que me tratas; demasiado
bien creo. Me parece, además, que tú también te tratas bastante bien".
La sorna rioplatense y, a la vez, la frontalidad —chocante y poco
diplomática, según recordó Jorge Edwards en una reunión de embajadores
en La Habana— no se detiene ahí: "La primera cosa que debe hacer un
revolucionario que escribe historia es ceñirse a la verdad como un
dedo en un guante. Tú lo hiciste, pero el guante era de boxeo y así no
se vale. Mi consejo: relee el artículo, quítale todo lo que tú sepas
que no es verdad y ten cuidado con todo lo que no te conste que sea
verdad". Significativamente, el 26 de febrero de 1964, en el Año de la
Economía, en otra carta a José Madero Mestre el mismo Guevara
responde: "Solo una afirmación para que piense: Anteponer la
ineficiencia capitalista con la eficiencia socialista en el manejo de
la fábrica es confundir deseo con realidad. Es en la distribución
donde el socialismo alcanza ventajas indudables". Más adelante:
"Desgraciadamente, a los ojos de la mayoría de nuestro pueblo, y a los
míos propios, llega más la apologética de un sistema que el análisis
científico de él. Esto no nos ayuda en el trabajo de esclarecimiento y
todo nuestro esfuerzo está destinado a invitar a pensar…" La idea de
Guevara sobre el "hombre nuevo" iba más allá de la simple buena
distribución, simplificada en una carta informal, pero ese no es el
punto que voy a abordar ahora.
El ejemplo sirve para introducir la actitud con que se aborda la
actual tesis del descalabro de Estados Unidos en la literatura
ensayística y periodística más reciente. Claro que en este caso parece
estar apoyado por aquello que el mismo Guevara reclamaba: un análisis
científico, objetivo, de los economistas, además de "confundir deseo
con realidad". Pero como vimos en otra oportunidad, si por algo se
caracteriza la ciencia es por sus errores, aunque, a diferencia de los
errores teológicos, políticos, metafísicos y religiosos, la ciencia
suele tener la honestidad de reconocerlos. A los otros les basta con
no reconocer un error para que no exista.
Podemos aceptar como hecho histórico que la economía norteamericana
—como la de muchos otros países— tiene un comportamiento cíclico, como
las manchas del Sol. Es probable, según todos los cálculos, que más
que cíclico se trate de una progresivo enlentecimiento de la Gran
Maquinaria. No obstante, en cada análisis se dejan afuera algunos
factores que pueden ser decisivos para cualquier pronóstico. Uno de
ellos es el factor psicológico y cultural.
El mayor capital que ha tenido siempre Estados Unidos es su optimismo
crónico. Yo los he visto hundirse en el más profundo pantano y estirar
la mano con entusiasmo por la existencia de una pequeña rama. La
queja, una de nuestras características latinoamericanas, es rara entre
esta gente. Su optimismo llega a los límites de un fructífero
autoengaño: cuando se hacen ricos después de apostar el alma en un
arriesgado negocio, se lo atribuyen a Dios. Pero cuando quiebran o su
casa se incendia por un rayo, no culpan al Cielo de la tragedia sino a
la naturaleza o a un error de cálculo. Y si se sienten obligados a
atribuirle a Dios sus males —al fin y al cabo nada ocurre sin Su
consentimiento—, lo justifican con el libro de Job: sólo se trata de
una prueba del Señor a la inquebrantable fe de sus preferidos. Más
allá de la verdad o falsedad teológica de este razonamiento, de lo que
no quedan dudas es de su invalorable función político-económica e,
incluso, existencial.
No hace mucho una muchacha me mostraba las fotos de su casa arrasada
por el incendio provocado por un rayo. Mientras describía el pasado
irreconocible de cada escombro, iba señalando lo poco que se había
salvado del fuego como si se tratase de una ganancia. Para completar,
me comentó todo lo que había aprendido de Benjamín Franklin, a raíz
del desastre. En otra oportunidad, vi cómo un hombre subía a la
montaña de escombros en la que había quedado convertida su casa
después de un huracán. Después de hurgar un rato, rescató una camisa y
un par de objetos más y los levantó como si fuese un trofeo, para que
lo vieran los demás con una sonrisa que despistaría a cualquier
extranjero.
El optimismo americano es uno de los factores principales de su
economía y de su historia. Aunque la cultura de la cuantificación lo
simplifique bajo la etiqueta de "consumer confidence", no se trata de
un optimismo circunstancial, dictado por la realidad, sino un
optimismo crónico, a veces ciego, consolidado por una cultura. Si bien
el optimismo ciego puede perder a mucha gente, a un norteamericano lo
salva, si no para Dios o para la justicia, al menos para la economía.
Entre los escombros siempre ven una oportunidad de levantar algo
mejor, aunque la lógica indique lo contrario. Este es un país
acostumbrado a las catástrofes y, además, construido en la idea de una
amenaza permanente. De ahí esa tendencia periódica a tolerar la
sustitución de la defensa por un ataque.
Por otro lado, no se trata de un país habitado por un único yankee con
una ideología única. Hay profundas divisiones sobre lo que debe ser el
futuro. Aunque los conservadores más radicales quieran hacer creer que
el Mal siempre viene de afuera —con esa tendencia feudalista a las
murallas, físicas y mentales—, para muchos liberals y otros opositores
el mayor problema radica en su interior, en las poderosas elites que
desde la oscuridad dirigen la fuerza bruta. Ante este diagnóstico, a
veces tenebroso, persisten en un optimismo crónico de que pronto estos
males serán superados.
No sin paradoja, los conservadores más radicales han operado un cambio
en la tradición liberal de este país. En la narración de la historia
reciente, se acepta que a mediados de los '90 se produjo una
"revolución conservadora". En mi opinión, ésta se inició a principio
de los '80, como reacción al temblor cultural de los '60. De igual
forma, es posible que Estados Unidos se encuentre hoy al borde de una
revolución silenciosa que se profundice en la próxima década. Es
probable que ese terremoto sea más radical de lo que podemos imaginar
en este momento. Porque tampoco se debe subestimar la capacidad de una
rebelión cultural en un país que nació de una revolución histórica y
tiene por derecho constitucional la desobediencia civil. Ni se debe
subestimar el optimismo de la izquierda norteamericana, uno de los más
resistentes a los cataclismos de los últimos treinta años.
En los años '60 los intelectuales latinoamericanos insistieron sobre
el valor del optimismo como un factor revolucionario, como el motor
creador de la nueva realidad. Este estímulo de carácter moral —que no
tenía nada de materialismo dialéctico— fue responsable del último gran
temblor de la historia del continente. Fue derrotado por la maquinaria
reaccionaria de los ejércitos tradicionales, por insuficiencia propia
o por el exceso del optimismo capitalista.
Quizás el pragmatismo norteamericano consista en no ver la realidad.
Su optimismo crónico confunde deseo con realidad. Cuando la realidad
no se ajusta al deseo, peor para ella.
Jorge Majfud
The University of Georgia
Octubre 2007