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El fútbol es "Cosa Nostra"

Víctor Ego Ducrot
APM


Ni el golazo del español que tiene nombre de torero, "el niño" Torres, en la
debacle del debut ucraniano, ni la gran pregunta sin respuesta -por qué Leo
Messi y Carlos Tévez no son titulares en la escuadra argentina-; ninguno de esos
temas puede ocultar la cara oculta de un negocio global que está en manos de una
verdadera mafia, también global. Un ajeno al mundillo futbolero, el líder
libio Muammar Khaddafy, se dio el lujo de decir, el martes pasado, que la
Federación Internacional del Fútbol Asociado (FIFA) transformó al deporte más
popular del orbe en "un mercado de esclavos, que permite el reciclaje de dinero
sucio". ¿Habrá sido su hijo, Al Saadi, ex jugador y actual dirigente de la FIFA,
quien le pasó el dato al jefe de estado africano?
En realidad poco importa, porque se trata de una de esas verdades sabidas por
muchos y calladas por casi todos, que tiene larga data y en la cual participan
complejos empresarios, gobiernos, sistemas bancarios y el meganegocio de la
televisión mundializada.
Aunque el asunto viene de más lejos -cuando el entramado económico y político
del sistema de poder se percató de los réditos que se podían obtener gracias a
lo masivo y profundo del fenómeno futbolero-, la "Costa Nostra" en serio comenzó
a funcionar en 1970, año en que se jugó el primer Mundial televisado en directo
para todo el planeta. Dicho sea de paso, aquél campeonato lo ganó el Brasil de
Pelé, para muchos el mejor equipo de todos los tiempos hasta ahora
transcurridos.
Pero vayamos por partes. Cuando se refirió a un mercado de esclavos,
difícilmente Khaddafi haya apuntado al fútbol que se ve, con jugadores,
empresarios, bellas y bellos modelos publicitarios, políticos y periodistas que
se regodean en un mundo de ricos y famosos, ganando millones de dólares de aquí
y de allá. Es muy probable que haya dirigido sus dardos por ejemplo a los
grandes auspiciantes del Mundial, entre ellos las firmas Nike y Adidas, que
recurren al trabajo infantil en sus líneas de producción globales y
descentralizadas.
Hace poco más de un mes, en Buenos Aires, se supo que decenas de talleres
textiles clandestinos explotaban en condiciones de cuasi esclavitud a cientos de
inmigrantes bolivianos.
El caso estalló justamente porque esos talleres proveían a varias de las
grandes marcas que se exhiben en los centros comerciales de lujo, entre ellas a
las dos grandes firmas de indumentaria deportiva. Adidas, de origen alemán,
logró la exclusividad en el Mundial 2006, mientras que Nike, su más firme
competidora, optó por invertir en las grandes estrellas de los equipos con
mayores posibilidades de éxito.
Y en cuento al reciclaje de dinero sucio, al decir del líder libio,
efectivamente el negocio se inició, o por los menos comenzó a ser significativo
en forma creciente hasta alcanzar los volúmenes megamillonarios de nuestros
días, en la década de ´70, a partir de la irrupción de las corporaciones
televisivas y mediáticas en su entramado.
Por aquél entonces, Estados Unidos había decidido retirar al dólar del patrón
oró, con lo cual los mercados financieros internacionales contaron con una masa
dineraria que hacía mucho tiempo no circulaba por las venas del sistema
capitalista.
De allí salieron los fondos que las dictaduras latinoamericanas comenzaron a
tomar prestados para darle inicio al proceso de endeudamiento externo pero
también allí se gestaron los recursos que ingresaron al sistema bancario y
parabancario informal, asistémico u "off shore" de los paraísos fiscales,
sistema cuasi legal sin el cual el capitalismo jamás hubiese podido existir (ver
el libro "El color del dinero", de quien esto escribe, y editado por Norma en
1999, en Buenos Aires).
Un entusiasta del fútbol, el ex secretario de Estado de Estados Unidos Henry
Kissinger, por ejemplo, estuvo al frente de una consultora instalada en Suiza
para obtener fondos ilegales destinados a financiar los llamados "grupos de
tareas" que operaron en América Latina a partir de las dictaduras instauradas en
la región bajo la cobertura teórica de la doctrina de la seguridad nacional.
Esa consultora fue el germen de un pequeño estudio jurídico de Lucerna, Suiza,
en el que por aquél entonces un oscuro secretario de la FIFA, Joseph Blatter
-actual titular de la misma- montó la base de operaciones del llamado "club de
sponsors" del fútbol mundial, el conjunto de empresas -cambiante por cierto- que
se transformaron en auspiciantes oficiales de los torneos Mundiales.
Por ese consorcio pasaron firmas como las ya mencionadas Adidas y Nike, Coca-
Cola, McDonald´s, Fuji, Kodak, Master Card y muchas otras marcas tan conocidas
en el mercado mundial.
Como las operaciones del "club de sponsors" tiene sede jurídica en Suiza, un
país que funciona como paraíso fiscal -el sociólogo helvético Jean Zigler una
vez escribió "Suiza lava más blanco"-, por el entramado financiero de la FIFA
circulan cientos de millones de dólares que no reportan a fisco alguno y que
suelen encubrirse detrás de las sobrevaluadas tarifas publicitarias que exigen
las cadenas de televisión para la transmisión de partidos y torneos.
A tal punto ha llegado la coincidencia de intereses entre el fútbol y la
televisión que los calendarios y los horarios de los juegos, como así también la
aparición de cada vez más campeonatos o minicampeonatos, locales e
internacionales, son nada más que imposiciones de las corporaciones mediáticas.
Los fondos financieros ocultos tras las redes del fútbol global suelen
reciclarse en emprendimientos de otro tipo, como el tráfico de armas en la
guerra de la ex Yugoslavia durante la pasada década del ´90, en manos de los
servicios de inteligencia estadounidenses, británicos y alemanes.
Esos fondos nacidos en el fútbol estelar también estuvieron involucrados en el
financiamiento de las acciones encubierta de la Central norteamericana de
Inteligencia (CIA) en la América Central de la década del ´80, y más
recientemente en el tráfico de armas y dotación logística de la policía
antidrogas de Estados Unidos (DEA) y de los paramilitares que operan bajo el
manto del Plan Colombia en Sudamérica.
En los amplio salones que la FIFA posee en Zurich -otra vez Suiza-, como así
también en las confortables oficinas que Kissinger y sus socios tienen
desparramas por el mundo, mucho se sabe de todo esto.
Hace años que el fútbol atrae la atención asociada de empresarios que ven en
el control de los grandes clubes, muchas veces convertidos en sociedades
anónimas, un buen trampolín para sus ansiadas proyecciones políticas. Un ejemplo
emblemático de ese fenómeno es el ex ministro de Italia, Silvio Berlusconi, un
ultraderechista y bocón, multimillonario zar del periodismo, dueño del club
Milan y varias veces involucrado en casos de corrupción.
Sudamérica también tiene a su Berlusconi propio. Es argentino y se llama
Mauricio Macri. Presidente de uno de los equipos más populares de este país,
Boca Juniors, y aspirante a la presidencia de la República con una coalición de
derechistas, ex colaboradores de la última dictadura y empresarios especialistas
en negociados y maniobras turbias.
El propio Macri proviene de una familia que se enriqueció durante el pasado
régimen militar, responsable de uno de los mayores genocidios que sufriera
Argentina.
Actual y lamentablemente, el jefe de esa familia y padre de Mauricio, Franco
Macri, sigue vinculado al poder y se transformó en una de las principales
referencias para las inversiones chinas en el mercado local.
Este entramado no tan secreto del fútbol mundial se apoya sobre una extensa
red de operaciones ilegales y corruptelas varias en las que casi siempre, por
participación activa o silencio, el poder político es cómplice o asociado.
Italia, uno de los principales animadores del Mundial que en estos días se
está disputando en Alemania, debería haber sido excluido de la justa, puesto que
el fútbol peninsular, casi en su conjunto -muchos de los integrantes del
representativo presente en el torneo también- está siendo investigado por la
justicia, en casos de compra de partidos y resultados y apuestas ilegales.
Es interesante al respecto lo que cuenta el periodista argentino Ezequiel
Fernández Moores en la última edición de la revista Le Monde Diplomatique en
español. Al director general del club Juventus, Luciano Moggi, lo llamaban por
teléfono ministros y políticos de distinto signo, los principales directivos de
la Federación Italiana de Fútbol (FIGC), dueños de clubes, árbitros,
entrenadores, jugadores, policías y periodistas. Desde sus teléfonos celulares,
Moggi decidía al ganador del campeonato acaso más famoso del mundo, el célebre
"scudetto" italiano.
"Los jueces tienen en su poder más de cien mil grabaciones (telefónicas)",
afirma Fernández Moores, y se supone que la justicia italiana podrá entonces
poner un poco de luz ante tanta oscuridad.
¿Podrá? ¿Querrá hacerlo?. Se trata de una red mafiosa en la que también
aparecen implicadas contrataciones de jugadores de primera línea y hasta la
formación de la selección italiana que se encuentra participando del Mundial
Alemania 2006.
"Hasta allí llegaron los tentáculos. Los beneficiados (para integrar la
escuadra nacional) eran los jugadores que aceptaban pasar a ser representados
por la firma GEA, propiedad de Alesandro Moggi, hijo de Luciano. GEA tenía
también entre sus accionistas a otros "hijos de": de patones de clubes, de
dueños de banca privada y de entrenadores, como Davide Lippi, vástago de
Marcello Lippi, nada menos que ex director técnico de Juventus y actual de la
selección", destaca en su artículo Fernández Moores.
En el marco de esa compleja red de negocios y política -paradigma que en
América Latina tuvo sus años de plomo durante la llamada década neoliberal de
los ´90- aparecieron los representantes y los empresarios que intermedian en las
contrataciones de jugadores y directores técnicos.
En países como Argentina, donde el fútbol es casi una religión popular a la
vez que un jugoso rubro de exportación de mano de obra muy bien cotizada- los
grandes clubes son sociedades civiles sin "fines de lucro", que le permiten a
sus dirigentes realizar operaciones tan jugosas como discretas, a través de
manipulaciones políticas y legales.
Así por ejemplo, otro de los clubes de mayor popularidad y gran exportador de
jugadores de Argentina -River Plate- siempre vive superado por sus pasivos
porque los dirigentes transfieren a empresarios privados -generalmente
testaferros de aquellos o fondos de inversión transnacionalizados que los tienen
como accionistas- a jóvenes deportistas cuyos valores de transferencias y
contratos legalmente pertenecen al patrimonio de la entidad civil "sin fines de
lucro". Otra modalidad de estos clubes a la hora de los negocios privados es la
concesión de toda la actividad futbolera a empresas de gestión, las que saben
transitar en forma adecuada los pasillos de la "Cosa Nostra" con forma de
pelota.
Los amantes de este deporte -quien esto escribe pertenece a esa fauna-
discuten y se apasionan por ver a quienes ellos consideran los mejores jugadores
sobre los terrenos de juego del campeonato Mundial. Por citar un caso conocido y
propio en materia de banderías, cómo es posible que Messi y Tévez no formen
parte del plantel titular de la selección argentina.
¿Será acaso que los empresarios que se mueven detrás de esos jugadores
perdieron posiciones en la disputa por una buena ubicación de sus representados
en los mejores lugares del escaparate de la fama y las cotizaciones?. Puede ser,
en todo caso la pelota sigue rodando.

Debates
Cada cuatro años llega mi calvario: el Mundial de fútbol

Fernando Savater. Filósofo, Universidad Cumplutense de Madrid Estos días suelo
acordarme de un viejo chiste. El paciente le dice al médico: "Doctor, he odiado
a mi padre y a mi madre. Ahora odio a mi mujer, a mi suegra, a mis hijos, a mi
jefe. Odio al gobierno. ¡Odio a todo el mundo!" El médico responde, confundido:
"¿Y por qué me cuenta usted a mí eso?" "Pero…¿no es usted el médico del odio?"
"¡No, hombre, no! Soy médico del oído…"
No puedo remediarlo, en ciertas ocasiones me siento identificado con el
pavoroso enfermo que se equivocó de puerta. Cada cierto tiempo, según pautas
misteriosas e inexorables, noto que mis relaciones con el universo empeoran
sensiblemente y que me brota de lo más íntimo de las entrañas una hostilidad
insondable contra todo lo que se mueve y corre.
Los síntomas son inconfundibles: sin poder hacer nada para remediarlo, una vez
descartado el suicidio por instinto de conservación, cae sobre mí un nuevo
mundial de fútbol. Sólo queda aguantar el largo chaparrón de brutalismo y
entusiasmo patriótico, los berridos del triunfo y los lamentos borrachos de la
derrota, con crujir de dientes y mascullar de blasfemias.
¡Quiero venganza! Pero sé que no la obtendré. Mientras planeo mi revancha
atroz pasará el tiempo y llegará, implacable, abrumador, obtuso, vil pero cierto
como la muerte, el próximo mundial.
Habitualmente, estoy a favor de todo lo que causa placer a los humanos. No me
importa que sea sucio, pecaminoso, trivial o acompañado de fuegos artificiales.
Si los humanos somos sucios, pecadores y triviales, tampoco podemos pedir mucha
elevación a nuestras diversiones. Lo peor que puede decirse de nuestros placeres
es que se nos parecen demasiado: si resultasen de otro modo, no nos
complacerían. Sea como fuere, quiero gozo y cachondeo: ¡señores, venga alegría!
Me declaro un puerco más de la jubilosa piara de Epicuro y me siento solidario
con mis colegas cuando gozan y retozan.
Detesto a los que no se divierten más que amargando con sus críticas
desmitificadoras las modestas o inmundas diversiones de los demás. ¡Déjelos
revolcarse, pobrecillos! No gruña, no zahiera. Si lo asqueroso hace pasar un
buen rato, tampoco es cuestión de flagelar a nadie. Mírenos las caras: ¿qué
esperaba? Entre usted y yo, se ve cada tipo... demasiado que no muerdan.
O sea, por resumir: que en todo coro de rugidos orgiásticos estoy
favorablemente dispuesto a aportar la segunda voz.
Con el fútbol, ya ven, hago una excepción. Amparada, desde luego, en los
mejores apoyos intelectuales. Cuando el rey Lear quiere mostrar su máximo
desprecio por alguien lo insulta así: "¡Tú, vil futbolista!" (acto I, escena 4).
Yo en cambio le escupiría: "¡Vil espectador de fútbol!" Porque jugar al fútbol
es un ejercicio grotesco y plebeyo (se suele elogiar a los que lo practican con
un repugnante: "ha sudado bien la camiseta"), pero al menos resulta en bastantes
casos disparatadamente rentable. Y, como decía el doctor Johnson, "pocas
actividades hay más plácidas y recomendables para un hombre que dedicarse a
ganar dinero".
En cambio el espectador de fútbol no hace incesantemente más que perder.
Mientras los equipos juegan, pierde los nervios; cuando su equipo es derrotado,
pierde la compostura y la decencia; pero si su tribu vence, él pierde la cabeza.
Me refiero a los partidos de fútbol "normales", si me disculpan el oxímoron:
aunque en todos ellos, los fanáticos de cada club adoptan arrebatos
identificatorios propios de los peores momentos de la secta de estranguladores
de la diosa Kali, según nos los detalló el gran Emilio Salgari. Pero cuando hay
banderas nacionales de por medio, las cosas aún empeoran. Lo que suele llamarse
eufemísticamente "la masa enfervorizada" —en realidad, una piara de lunáticos
maleducados poseídos por el síndrome patriotero— se entrega al estruendo y la
furia hasta extremos que habrían hecho a Macbeth añorar la amable compañía de
las brujas. Lo más insoportable son los cantos, los ripios, los "oé, oé, oé".
Y no hay cura: en Italia acaban de enterarse de que los grandes partidos de su
Liga han estado arreglados y los árbitros sobornados, pero siguen tan
aficionados al fútbol como antes.
El incomparable Fontanarrosa, que ha escrito cuentos sobre fútbol tan
divertidos que casi justifican literariamente la existencia de esa ignominia,
dice que "pese a la tradicional aptitud de los argentinos para la cancha" a él
dos razones lo han alejado del estrellato deportivo: la primera, su pierna
izquierda; la segunda, su pierna derecha.
Tengo no dos, sino dos mil razones para odiar de la manera más desaforada la
demencia mundial que se aproxima. Las portadas de los periódicos más serios no
hablarán de otra cosa, los telediarios postergarán por un día las necesarias
matanzas para ilustrarnos sobre los vaivenes de esos millonarios en calzoncillos
que sudan la camiseta mientras aúllan en las gradas los chacales con estandarte.
En las escuelas de Argentina dicen que van a poner televisores durante el
mundial, porque si no prevén que los alumnos dejarán de asistir a clase.
Mientras llegan a Alemania miles y miles de prostitutas, para saciar a los
aficionados a las pelotas. ¡Qué asco! ¡Qué humillación!
Y lo peor de todo: durante semanas, yo no sabré de qué hablar con quienes me
son más dulcemente próximos.
Clarín y Fernando Savater, 2006.




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