La condición humana Cualquier persona interesada por comprender lo que
somos, lo que sentimos y hacemos y por qué, debería leer el libro de Antonio
Vélez: ‘homo sapiens’ Por Héctor Abad Faciolince – enero 2007
De las tres grandes especulaciones científicas del siglo XIX -el marxismo en
economía, el freudismo en sicología y el darwinismo en biología- solamente sigue
en pie (y cada vez con más comprobaciones y prestigio) la teoría de la evolución
de Darwin. Se la ha aplicado con éxito a muchísimas especies vivas, y sin ella
no se entenderían ni las variaciones del genoma ni la supervivencia de las
secuoyas ni la trompa de los elefantes. Pero por lo menos hasta la segunda mitad
del siglo pasado se vio siempre como una herejía inadmisible el intento de
aplicarla también para la comprensión de los motivos más hondos de la mente y la
sicología humanas.
Para los religiosos hay una discontinuidad absoluta entre los animales y el ser
humano, pues los hombres estaríamos dotados de un alma hecha "a imagen y
semejanza" de Dios, sin ningún parentesco con las especies llamadas inferiores,
y por eso para ellos el estudio del alma se debe hacer con las herramientas de
la fe, y no con las de la ciencia. Para muchos filósofos, al ser el hombre un
ser racional y capaz de contradecir sus impulsos, no existe la tal "naturaleza"
humana, pues esta nos convertiría en autómatas programados. Para sociólogos y
antropólogos, en general, al ser el hombre un animal social, lo que determina
nuestras costumbres sería la cultura, la educación y no la biología. Estudiar al
hombre como un ser natural que guarda en la terquedad de sus instintos y
apetencias la memoria de un pasado adaptativo remotísimo (de cientos de miles de
años, en los que le convino tener esos comportamientos) era considerado una
blasfemia.
Sin embargo, en los últimos años se ha venido abriendo paso, cada vez con más
fuerza, la sicología evolutiva como un enfoque científico sin el cual es muy
difícil, por no decir imposible, entender la raíz de nuestras más hondas
inclinaciones, tan complejas y contradictorias que al mismo tiempo parecen
dictadas por poderes diabólicos y angelicales. El pionero de este enfoque en
Colombia (en su libro El hombre, herencia y conducta, de hace casi 20 años) es
el gran profesor de matemáticas y divulgador científico Antonio Vélez.
A finales del año pasado, Benjamín Villegas (un editor raro, de esos capaces
de hospedar en su catálogo causas que parecen perdidas) publicó el libro que
Antonio Vélez venía estudiando, meditando y escribiendo desde hace mucho tiempo,
Homo sapiens. Sus 440 páginas se leen con pasión, a ratos con felicidad, a ratos
con asombro. Y aunque a veces discutamos por dentro las conclusiones del autor,
casi siempre tenemos que reconocerle, a nuestro pesar, que aun en sus tesis más
extremas y arriesgadas parece tener razón. Porque Vélez, en este libro, no sólo
nos entrega bien digeridas sus lecturas de las teorías más actualizadas sobre el
comportamiento humano (él es un maestro de la divulgación científica), sino que
propone también sus propias reflexiones para entender, desde un enfoque
biológico, evolutivo y genético -aunque sin descuidar las influencias
ambientales y culturales-, por qué es como es la compleja especie animal a la
que pertenecemos los hombres.
Si el nuestro no fuera un país tan subdesarrollado culturalmente, en especial en
el campo de las ciencias naturales, el libro de Antonio Vélez estaría en el
centro de la discusión intelectual. Sus teorías para explicar de dónde surgen
ciertos "universales humanos", los impulsos constantes de nuestra siquis, tienen
implicaciones no sólo para la sicología y la educación, sino también para la
medicina, el derecho, el feminismo, la sociología e incluso la política y la
literatura. En su libro se condensan discusiones apasionantes sobre
peculiaridades humanas tan nimias como ser zurdos o gagos, o tan trascendentales
como lo típico de ser machos o hembras, homosexuales o heterosexuales, violentos
o pacíficos, egoístas o altruistas. En este verdadero tratado sobre la
naturaleza humana (esa que tantos filósofos todavía niegan), sobre las bases
biológicas y evolutivas de nuestra mente y nuestra conciencia, entendemos mucho
mejor cómo funcionan la memoria y la territorialidad, el
deseo sexual y el amor, los juicios morales, la agresividad y la jerarquía.
La idea que nos queda de nuestra naturaleza humana (hecha a imagen y semejanza
de los animales), después de leer este fascinante libro, es bastante
desencantada, en muchos sentidos pesimista -más hobbesiana que rousseauniana-,
pero su argumentación es tan convincente que al final tenemos la sensación de
que más vale conocernos así, sin idealizaciones, de una manera descarnada, para
tratar de construir, a partir de esa imagen realista, no un imposible paraíso en
la Tierra, pero sí al menos un sitio menos infernal. Cualquier persona
interesada por comprender lo que somos, lo que sentimos y hacemos y por qué,
debería leer este extraordinario compendio de sicología profunda. Después de
leerlo, me parece, miramos con menos ingenuidad y más compasión a los demás, y
nos vemos con mucha menos vanidad a nosotros mismos.
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