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Foro Humanista Europeo de Lisboa: Charla de Tomás Hirsch sobre la s   Lista de mensajes  
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MOVIMIENTO HUMANISTA más comunicación, menos violencia


 
Hola, amigos.
 
Os enviamos esta charla acerca de la situación mundial actual dada por Tomás Hirsch, militante humanista chileno, durante el pasado Foro Humanista Europeo de LIsboa .
 
Un fuerte abrazo.
Víctor Rodríguez.
 

Charla de Tomás Hirsch en el Foro Humanista Europeo de Lisboa
Tomás Hirsch es militante humanista chileno y candidato por el pacto Juntos Podemos Más, agrupación que aglutina a más de 50 fuerzas progresistas de Chile y cuarta opción más votada en las pasadas elecciones presidenciales.

 

Amigos, la palabra “humanista” la usa hoy todo el mundo, cualquiera sea el sector al que pertenezca. La preocupación por el ser humano, por su destino individual y  conjunto  parece  estar  de  moda  y  desde  los  ámbitos más diversos, incluso desde aquellos que son opuestos en sus concepciones, emanan declaraciones muy sentidas respecto de qué hacer para mejorar la condición humana.

 

El racismo, la discriminación de la mujer, de los homosexuales o de minorías de cualquier tipo parecen ser anacronismos que nadie osaría defender abiertamente. Lo mismo sucede con el uso de la violencia. Y cuando aparecen algunas de esas manifestaciones, no tardan en hacerse oír las voces de quienes, en  nombre  del  humanismo,  las  repudian  enérgicamente.  Da  la  impresión  de que aquellos odios ancestrales hubieran comenzado por fin a ceder y de que la especie humana se encaminara hacia los también viejos ideales del diálogo y el entendimiento mutuo.

 

En el campo político, la democracia como sistema de gobierno ha terminado por imponerse en la mayoría de los países y, como nunca antes en la historia, son  los  pueblos  los  que  hacen  sentir  su  voluntad  a  través  de  elecciones periódicas y de las encuestas que deben realizar con frecuencia los gobernantes para sondear a la opinión pública.

 

Comunicaciones globalizadas, herramientas tecnológicas poderosísimas aplicadas a la salud, a la educación, a la síntesis y producción de alimentos, son  todos  signos  alentadores  de  que  estamos  en  condiciones  de  dar  el  gran salto: pasar definitivamente del campo de la necesidad al campo de la libertad, dejar atrás la prehistoria para entrar en la historia verdaderamente humana. Podemos afirmar, sin ningún tipo de exageraciones, que la plataforma material para  efectuar  ese  lanzamiento  está  disponible  y no es patrimonio de ningún sector  en particular, ya que deriva del esfuerzo laborioso de toda la especie humana a lo largo de su  historia.  No  existe  ninguna  razón  operacional o técnica para no dar ese salto.

 

Sin  embargo,  ese  paso  no  se  da.  Y  las   grandes   mayorías  del  planeta, marginadas de la participación de tan deslumbrante progreso, se ven forzadas a seguir esperando sin entender las razones o las causas de esa discriminación, puesto  que  asisten  perplejas  al  escandaloso  espectáculo  de  unas  minorías poderosas y privilegiadas que sí están gozando de esos beneficios. Hoy esta desigualdad ya no puede justificarse de ninguna forma y, por lo mismo, es aún más  indignante y vergonzoso observar a muchos  de nuestros gobernantes tratando de explicar lo inexplicable, “administrando” las crisis sociales y con ello haciéndole el juego a los poderosos, al trasladar las legítimas y urgentes aspiraciones de sus pueblos para un futuro lejano siempre inalcanzable.

 

En  tiempos como los que corren, es muy difícil para un ciudadano común verse a si mismo como agente de cambio de los acontecimientos sociales.

 

Los individuos somos parte de una estructura social mayor que, además, está en movimiento, es decir, sometida a cambios y transformaciones que no siempre entendemos ni sabemos interpretar. Lo único claro es que para donde ella vaya iremos nosotros (y nuestros hijos y nietos…) imperiosamente. Caer en cuenta de este hecho nos lleva necesariamente a preguntarnos hacia adonde nos conduce, ¿hacia una situación mejor o una peor? Y si la dirección que ha tomado el sistema que nos incluye fuese destructiva, como parece indicarnos la experiencia directa cotidiana, ¿qué podemos hacer para modificarla?

 

Son preguntas difíciles de responder. Más aún hoy, cuando ese sistema ya no es local sino global: ya no se trata de un país o de una región sino que del mundo entero, lo cual parece constituir un desafío mayúsculo para un individuo, que igual ve afectada su vida por más remoto que sea el lugar donde habita.

 

Si lográramos tomar distancia, ¿cómo se vería nuestra época? Lo primero que se nos hace patente es el altísimo nivel de violencia que ahoga a  las sociedades.  Como si fuera un pesado lastre que no puede dejar atrás, la violencia física, racial, religiosa, psicológica, sexual y, sobre todo, la violencia económica derivada de la injusticia social y la desigualdad de derechos y oportunidades han llegado hasta el presente como una herencia siniestra.

 

¿Es posible erradicar, de una vez y para siempre, la maldición de la violencia desde las sociedades humanas? A la luz de la experiencia histórica, estaríamos tentados a decir que no, que se trata de una esperanza ilusoria. Sin embargo, también es cierto que en distintos momentos del tiempo han existido personajes y causas que alcanzaron sus objetivos sin recorrer el camino de la sangre y la destrucción; ellos nos sirven de modelos o referencias vivas para orientar nuestra  acción  y  nos  devuelven  la  fe  en  una  lucha  que  pueda  hacer real esa vieja aspiración humana.

 

Es oportuno recordar aquí lo dicho por Silo en su  último Libro, “Apuntes de Psicología IV”: “Es posible considerar configuraciones de conciencia avanzadas  en  las  que  todo  tipo  de  violencia  provocara  repugnancia  con  los correlatos  somáticos  del  caso.  Tal  estructuración de conciencia no violenta podría llegar a instalarse en las sociedades  como una conquista cultural profunda. Esto iría más allá de las ideas o de las emociones que débilmente se manifiestan  en  las  sociedades  actuales,  para  comenzar  a  formar parte del entramado psicosomático y psicosocial del ser humano.”

 

Hace alrededor de trescientos años atrás, el mundo occidental se sumergió en una  especie  de  marea  revolucionaria,  impulsando  por  todos  lados  aquellos cambios  sociales estructurales que hoy parecen olvidados: se trataba de modificar los  usos,  no sólo los abusos, según el decir certero de Ortega yGasset. En la mayoría de los casos,  cada uno de esos proyectos terminó hundido en un mar de sangre, muerte y destrucción. La fiebre revolucionaria parece haber cesado luego del fracaso de la utopía  marxista  en  la  Unión Soviética y los pueblos han entrado en un estado de sorda desilusión, mientras que  la  lucha  se  ha desplazado  hacia  los  choques  entre  culturas.  En ese escenario,  la izquierda más radical se ha quedado sin proyecto y el viejo socialismo parece haber asumido su derrota, bajando las banderas revolucionarias vinculadas a su tradición histórica para adherir a un proyecto tibio que en sus días de fervor criticó duramente. En muchos lugares, ha ido mutando hacia la socialdemocracia conformando aquello que denominan los “frentes  amplios”,  conglomerados  que  responden  a  la  vieja  teoría  de  la acumulación de fuerzas, para conquistar el poder político y terminar administrando el modelo imperante, ahora como “parachoques” de las mismas movilizaciones sociales que, en sus mejores épocas, impulsó y lideró. Porque sucede  que  no  todos son lo que dicen que son y los términos se han ido manipulando y confundiendo y así hoy día ya no basta con decirse de izquierda para significar que se está luchando por los derechos de los pueblos; hay quienes hoy día se visten y disfrazan de izquierda justamente para hacer más digerible y cosméticamente más aceptable el mismo modelo que dicen rechazar.

 

Son muchos los partidos que han experimentado la misma tendencia y, gracias a esta táctica, han logrado acceder a pequeñas cuotas de poder político con el discurso de que es mejor estar ahí que en ninguna parte. Lo cierto es que por todos lados hemos escuchado la misma canción  amarga  de  la  derrota:  se ha pasado del “avanzar sin tranzar” al “tranzar sin avanzar”.

 

En realidad, hoy el poder político aparece como un simple intermediario o ejecutor de las intenciones de las grandes concentraciones económicas, que impúdicamente han instalado el código de que los gobiernos sólo pueden ser “administradores” de sus países porque el modelo económico y social universal que establece las reglas del juego impuesto por ellos es inmodificable. O sea, han convertido a la ilustre función de gobernar en una especie de magíster ludi, que a lo más se ocupa de que las reglas se cumplan, sin autoridad ninguna para cambiar el juego. Por cierto, no es un papel muy digno para los políticos, pero así están las cosas.

 

Y se chantajea a las poblaciones diciéndoles que si no quieren que gane la derecha deben votar por estas socialdemocracias, que una vez en el poder terminan gobernando justamente para las derechas. Expresamos nuestro total y absoluto rechazo a este chantaje al que se somete a nuestros pueblos bajo el concepto del mal menor. Los humanistas nos movemos en la vida buscando la coherencia, haciendo coincidir lo que pensamos, sentimos y hacemos, y lo que hacemos en la vida busca siempre construir sociedades más justas, no buscamos conformarnos ni conformar a nadie con males menores.

 

Si formamos un  Partido, lo hacemos porque pensamos que con ello contribuimos al proceso humano. Lo hacemos en realidad porque el Humanismo  aspira a producir una transformación estructural. Y en esa dirección sabemos que no podemos hacerlo en un solo campo, que tenemos que actuar en los diferentes campos de la diversidad humana. El campo de lo político, de lo social, de  lo cultural, son  tres  campos  en los cuales se puede actuar para modificar las condiciones de vida de los pueblos.

 

Entonces, en el campo político podemos actuar intentando producir transformaciones en ámbitos pequeños o ámbitos más  grandes, barrios, ciudades, países, regiones, o el planeta entero. A su vez tenemos claro que a través  de  la  política  no  podemos  cambiar  todas  las  condiciones  de  este sistema; por eso es que no somos sólo un partido, ahí está la diferencia con otros, que son solo un partido. Nosotros somos un Movimiento que se expresa también en lo político, porque entendemos que el solo ejercicio de la política no basta para producir la transformación. Porque sabemos que la acción en el campo cultural y social, así como también lo espiritual, son  también fundamentales para esa transformación.

 

Entonces no se trata de dejar todas nuestras actividades como Movimiento para formar un partido. El partido no es la solución de todo, pero  no viene mal, porque si no está, se deja todo un espacio libre, desde el cual se podría influir en la sociedad.

 

Es el momento de avanzar en lo político.

 

Al momento de formar el partido, debemos hacerlo como una proyección de lo nuestro y no como una imitación de los otros, porque por ese camino se nos van a complicar las cosas, si lo vamos a hacer en los términos de comparar lo que le pasa a los otros partidos, como se hacen los otros partidos, como se caen los partidos, si lo vemos desde ahí, vamos a tener problemas, en razón a que tenemos la mirada puesta allá. Lo nuestro debe expresarse de otro modo: nosotros tenemos un Movimiento que se proyecta en el campo político, lo que va a resultar como Partido Humanista es lo que tenemos como Movimiento. Si tenemos  un  Movimiento  con  solidez  interna,  que  lo  tenemos,  con  gente cualificada, con proceso, con registros de coherencia, en fin, con conexión con lo profundo, eso es lo que se va proyectar.

 

El partido es la expresión política del Movimiento. Es el Movimiento el que va  desarrollando  diferentes  frentes  de  acción  y  el  partido  es  la  expresión política  de  ese  Movimiento.  Quiero  insistir  en  este  punto:  si  hasta  hoy  se consideraba a los partidos como la vanguardia, y a los movimientos sociales como  la  fuerza  de  trabajo  de  esos  partidos,  hoy  debemos  comprender  que quienes  llevan  la  iniciativa  del  proceso  son  justamente  los  movimientos sociales. Desde ese punto de vista valoramos y apoyamos el proceso boliviano donde son justamente los movimientos sociales los que se han hecho gobierno. Y aun cuando no sabemos como terminará ese proceso, por las innumerables dificultades que enfrentan, destacamos esa característica que lo hace especialmente cercano. Hace poco más de un mes tuvimos la oportunidad de encontrarnos con Evo Morales y junto con regalarle las Obras Completas de Silo,  le  ofrecimos  la  ayuda  que  el  Movimiento  Humanista  y  los  Partidos Humanistas podemos darles para vincular ese proceso con diferentes organizaciones sociales y juveniles de los países en que estamos actuando.

 

Y así como he visto esa esperanza renacer en el pueblo boliviano, la he visto en las organizaciones de Costa Rica luchando contra el TLC, la he visto en los millones que se movilizan en México contra el fraude electoral, la he visto en los valientes estudiantes chilenos que se levantan contra un sistema educacional perverso.

 

He visto en decenas de países a los jóvenes hacer el signo de la Paz y salir a las  plazas  a  pedir  por  el  desarme mundial  y exigir la destrucción de los arsenales nucleares.

 

Es cierto que el mundo está en serios problemas. Pero es cierto también que son muchos los que anhelan y buscan nuevas respuestas y nuevos caminos.

 

En numerosos países he visto gente que está buscando un nuevo camino revolucionario, ya que intuye que los métodos de análisis y las formas de lucha clásicos no les sirven para encontrar las nuevas respuestas. Con esos que buscan nuevos caminos, luchadores sociales de distintas generaciones, que se atreven a dejar atrás antiguos moldes, queremos encontrarnos y construir junto con  ellos  una  nueva  izquierda,  que  tal vez  ni  siquiera  utilice  esta  añeja denominación porque necesita refundarse completamente.

 

Las nuevas generaciones están irrumpiendo en el momento histórico y muchos están  buscando  modos  de  participación  para  expresar  sus  inquietudes  y  su necesidad  de  plasmar  el  nuevo  mundo  que  traen  con  ellos.  He visto en el recorrido por Europa y Latinoamérica, numerosos partidos, grupos, organizaciones y a mucha juventud que no  participa de ningún partido,  con sentimientos de fuerte búsqueda, con necesidad de intercambio y de construcción de un proyecto que les dé esperanza y futuro.

 

Es necesario discutir las características de la interculturalidad entre las nuevas generaciones y las generaciones adultas,  que deben hacer un esfuerzo de apertura más allá de la “participación” en las estructuras partidarias. Este no es un tema estadístico que se resuelva con cupos o porcentajes de participación de los  jóvenes  en la  dirección de  las  estructuras  partidarias.  El  tema  es  más profundo que todo eso, por cuanto la participación de las nuevas generaciones se va reduciendo día a día y las estructuras partidarias no están en condiciones de afrontar tal problema.

 

Para  los  humanistas  por  sobre  todo  son  las  generaciones  el  motor  de  la historia, por tanto apoyamos todas las iniciativas no violentas que ellas están tomando  y  nos alegramos y entusiasmamos cuando vemos que estas nuevas generaciones comienzan a despertar para abrirle un futuro a la humanidad. Somos muchos los que hemos llegado al convencimiento que ese país con que soñamos, esa sociedad por la que luchamos, no la podemos construir solos. El mundo al que aspiramos no será de un solo partido, no será de un solo color.

 

Esto no lo hace nadie aisladamente. Hoy necesitamos encontrarnos con todos aquellos que están en  la búsqueda. Y  aportando  cada  uno  sus  virtudes, podremos construir un proyecto mejor. Los humanistas podemos hoy referenciar  muy  bien  a  otros  trabajando  con  ellos,  construyendo  juntos, trabajando  juntos.  Podemos  ser  verdaderos  articuladores  de  la  diversidad  en torno a un proyecto común, a una dirección revolucionaria no violenta. Al no formar parte de la izquierda histórica y sus añejas rencillas internas, podemos contribuir mucho a restablecer vínculos que se han cortado. Y no se trata de que todos ellos se aprendan los 12 Principios de Acción Válida ni de que sepan de  memoria  el  Documento  Humanista.  Pero  si  en  la  acción  conjunta  van incorporando  la  No  Violencia  Activa, si en el estilo van incorporando la comunicación directa, si en las propuestas van comprendiendo la importancia de luchar por la Democracia Real, la necesidad de modificar la relación entre Capital y Trabajo incorporando a los trabajadores a la propiedad y gestión de las  empresas,  si  incorporan  la  cuestión  de  la  antidiscriminación  frente  a  la discriminación, la cuestión de la libertad frente a la opresión, la cuestión del sentido de la vida frente a la resignación, la complicidad y el absurdo, entonces me parece que vamos en la dirección correcta.

 

Si además vamos perfilando en cada país verdaderos líderes sociales, verdaderas  referencias  que  encarnen  el  Humanismo, que lo hagan visible y reconocible en personas de carne y hueso, me parece que avanzamos más aún. Y si ponemos nuestro esfuerzo en que estas ideas se difundan, sobre todo por la TV,  y que estos nuevos rostros que encarnan el humanismo puedan ser conocidos por las poblaciones, creo que el salto que podemos dar es importante.

 

Estos nuevos referentes de los que hablábamos, deben sustentarse en dos pilares fundamentales: poner al ser humano como centro, por encima de cualquier otro valor (ya sean éstos Dios, el Estado o el Dinero) y, como corolario de lo anterior, su forma de acción ha de ser no violenta. Respecto del método de análisis de la realidad social, es necesario incorporar a la subjetividad humana y sus motivaciones dentro de los factores relevantes que impulsan cualquier proceso de cambios, tal como ya lo está haciendo la ciencia de las últimas décadas al interior de su propio ámbito.

 

Como ha sucedido muchas veces antes en la historia humana, nos enfrentamos a un sistema violento y queremos cambiarlo porque nuestra vida y la de todos los seres humanos incluidos en él están siendo afectadas dolorosamente. El fundamento principal que anima nuestra lucha para  propiciar un cambio estructural, y no ajustes al esquema vigente, nace de una percepción muy nítida de que la violencia social no es sólo un efecto negativo secundario sino que un factor consustancial al sistema, que impone condiciones sociales violentas y deshumanizantes.

 

El principal indicador para medir el avance de nuestra causa ha de ser entonces el retroceso visible de la violencia, hasta llegar a su completa desaparición desde la convivencia social. Mientras eso no suceda, la lucha continuará.

 

Muchas gracias.

 

Lisboa, 5 de Noviembre de 2006



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