EL USO Y ABUSO DE LOS PSICOFÁRMACOS EN NIÑOS Y ADOLESCENTES A lo largo de los últimos años, el uso de psicofármacos para tratar enfermedades de tipo nervioso en niños y adolescentes ha crecido considerablemente. Ese aumento se produce en paralelo a la aparición y popularización del diagnóstico de patologías como el Trastorno por déficit de atención con Hiperactividad (TDA/H), la Depresión, Ansiedad y toda la gama de Trastornos de la Conducta. Ocuparnos de esta cuestión nos parece importante, dado las graves consecuencias que este uso generalizado de psicofármacos puede acarrear en el futuro de las nuevas generaciones y la sociedad misma. Hoy el sistema, regido por el valor del dinero, está anestesiando y coartando la libertad de nuestros niños y jóvenes mientras las industrias farmacéuticas aumentan sus beneficios económicos. Los efectos secundarios del uso de Psicofármacos. Los primeros medicamentos de este tipo fueron creados en los años cincuenta. Fueron los neurolépticos, útiles para aliviar a personas con psicosis y esquizofrenia, permitiéndoles en muchos casos llevar una vida casi normal, sin tener que estar internados. Pero pronto se empezó a generalizar su uso, recetándose a pacientes con ansiedad y depresión. Efectivamente, esos medicamentos tapan los síntomas, pero con un alto coste, puesto que a medio y largo plazo, las consecuencias (además de efectos secundarios adversos como sequedad de boca, somnolencia, disminución del deseo sexual etc.), al dejarles sin dopamina activa, no se sienten motivados por nada, tienen grandes problemas para la creación intelectual, y, en definitiva, pierden la necesidad y las ganas de vivir, que en algunos casos, les lleva al suicidio en momentos de abstinencia o lucidez. Hay gran cantidad de marcas de neurolépticos en nuestras farmacias. Curiosamente, a pesar de su potencial de intoxicación se venden sin necesidad de receta médica por no considerarse psicotropos peligrosos. Los más clásicos son la clorpromazina, el haloperidol y el sulpiride. Con los más modernos se intentan aminorar los efectos secundarios sobre la neurotransmisión, pero siempre afectan a la dopamina, con lo que se producen los problemas señalados anteriormente. Los psicofármacos más utilizados son los tranquilizantes benzodiazepínicos. Aunque en principio se necesitan altas dosis para que su uso resulte tóxico, dejar de usarlos tras un largo periodo de consumo producirá un síndrome de abstinencia más fuerte, en la mayoría de los casos, que el de la heroína. La persona a la que le son recetados suele sentir en los primeros días de uso una especie de paz desconocida para ella. Con el tiempo, se toman, no para sentirse bien, sino porque el no tomarlos hace sentirse mal. Los efectos a la hora de rendir intelectualmente consisten, sobre todo, en una dificultad progresiva para recordar cosas (amnesia), en una ralentización de los reflejos, en un embotamiento generalizado, y en una indiferencia emocional que al principio es deseada, pero que luego pasa factura, puesto que está probado que se recuerdan mejor los conocimientos y hechos a los que va asociado algún sentimiento, por lo que si nuestra emoción está bloqueada se pierde el incentivo para recordar cosas por asociación. Otros de los psicofármacos más utilizados, tendencia que va aumentando, son los antidepresivos que son anticolinérgicos, es decir, dificultan la acción de la acetilcolina, el neurotransmisor encargado de la concentración, memoria, relajación, etc. Por ello, perjudican las actividades intelectuales. Algunos de ellos pueden producir ansiedad, así que será más difícil todavía concentrarnos. Otros pueden provocar sedación y somnolencia. El efecto secundario más perjudicial a la larga consiste en que todos ellos pueden producir una desensibilización e incluso destrucción de los receptores de los neurotransmisores, por lo que cuesta bastante dejar de tomarlos después de un largo periodo de uso. Algunos estudios indican que esos receptores vuelven a la normalidad con el tiempo y otros indican lo contrario, así que no se conoce todavía con exactitud el daño que pueden causar a largo plazo. La explicación es fácil de entender: si se aumenta el tiempo de contacto entre un neurotransmisor y sus receptores, éstos se acomodarán a la nueva situación y tenderán a la baja. La toma de un antidepresivo, excepto en algunos pocos casos, no hace nada por aumentar la producción de ese neurotransmisor, así que si en algún momento se suprime su uso podemos encontrarnos ante un desastre neuronal. Por otra parte, el bloqueo emocional es otro de los efectos secundarios que más se produce, que es lo que se busca al principio y que termina por ser muy perjudicial. El uso y abuso de psicofármacos en niños y adolescentes. El abuso de tratamientos con psicofármacos en la población infanto – juvenil es alarmante, donde el Trastorno por déficit de atención con Hiperactividad (TDA/H), es la punta del iceberg. Trastorno que normalmente es tratado con drogas de acción similar a las anfetaminas en ocasiones combinadas con antidepresivos y otras psicodrogas. El incremento de niños y jóvenes tratados con estas sustancias ha aumentado desmesuradamente en la última década. Este fenómeno parece asociado a su vez al tema del mercado de los laboratorios que de manera llamativa han venido ampliando su oferta en los últimos tiempos, rayando en ocasiones los límites de la ética profesional cuando por ejemplo, han hecho llegar a las escuelas- a través de médicos eficientemente dispuestos – Escalas de Puntuación de Síntomas de TDA/H para ser completadas por los docentes, con el logotipo y la publicidad correspondiente del laboratorio que produce los psicofármacos indicados para ese tipo de trastornos. Los diagnósticos que supuestamente justifican semejantes prescripciones pueden ser calificados como mínimo de incompletos y apresurados dado que sólo atienden a la evaluación cuantitativa de ciertos aspectos del sujeto vinculados casi exclusivamente a sus funciones cognitivas. Además, estos diagnósticos son “Invalidantes” y “Lapidarios” cuando en ocasiones y de acuerdo a la “gravedad de la sintomatología” manifestada por el niño y “medida” con precisión matemática por docentes y padres, se considera necesario acompañar de Programas Educativos Adaptados para lo que en los últimos años se han dado en llamar “Niños con Necesidades Educativas Especiales”. Son también Diagnósticos “Alarmistas” puesto que acompañan las campañas de difusión respecto de la importancia de la detección precoz de este tipo de trastornos o síndromes con pronósticos del tipo: “Muchos casos de conducta antisocial en la adolescencia, adicciones severas en jóvenes, desempleo o inestabilidad laboral en adultos o incluso casos de “suicidio”, etc. se tratan en realidad de individuos con (TDA/H), que nunca fueron diagnosticados y tratados durante su infancia”. En definitiva, diagnósticos “Violentos” en la medida que cosifican al niño y obvian su contexto, además, con frecuencia se da la indicación de que, como “complemento de la medicación” el paciente debe someterse a un “Programa de Adiestramiento de la conducta” basado en Premios y Castigos”. Estos niños y jóvenes son medicados con psicodrogas que conllevan efectos secundarios de diversa índole, que van desde leves pérdidas de apetito, detención en el crecimiento, trastornos renales, cefaleas, mutaciones genéticas (asociadas con el Cáncer), inducción de ideas de suicidio hasta llegar incluso a la muerte- tal como recientemente dio a conocer un estudio en los Estados Unidos en el que se documentan 25 casos de decesos producidos por insumo temprano y durante largo tiempo de drogas estimulantes en chicos diagnosticados como TDA/H. Asimismo, y desde el ámbito de la salud mental, sobran evidencias para señalar que este tipo de tratamientos medicamentosos acompañados de programas de adiestramiento de la conducta que suelen apuntar directamente a los síntomas (tapándolos, intentando minimizarlos o en lo posible hacerlos desaparecer) sin atender a la serie de factores etiológicos múltiples que suelen subyacer a los mismos, suelen “estallar tardíamente” como cuadros de depresión o hasta incluso de psicosis que hasta ese momento habían permanecido encubiertos y que de haberse atendido a tiempo, otra, probablemente, hubiera sido su evolución. Estamos hablando de que el número de niños que toma psicofármacos para el tratamiento de problemas de comportamiento y emocionales ha aumentado en más del doble en una década, según un estudio de la Universidad de Maryland (EEUU). Los motivos por los que cada vez son más los niños y adolescentes que toman estos medicamentos son diversos. pero lo cierto es que no se consideran los efectos a corto y largo plazo de algunos de estos fármacos, cuando se administran a una población tan joven. En una década, se produjo un aumento de dos a tres veces del número de jóvenes medicados con psicofármacos del tipo de estimulantes (prescritos para el déficit de atención), antidepresivos, antipsicóticos (para tratar la impulsividad o agresividad). En 1996, más de un 6% de los jóvenes de USA, estaba tomando fármacos como el Prozac, Ritalin y Risperdal, lo que siguió aumentando en años posteriores. Estados Unidos no es el único país donde los médicos recetan psicofármacos para niños y adolescentes deprimidos. España ocupa el tercer lugar, por detrás de Canadá y EEUU, en número de prescripciones de antidepresivos, ansiolíticos, etc. a la población infanto-juvenil, según un estudio que ha analizado datos europeos y americanos. Actualmente, el único antidepresivo permitido para los menores en EEUU es Prozac (fluoxetina). No obstante, algunas agencias de medicamentos y gobiernos han llevado a cabo medidas en los últimos meses. La FDA (la institución que controla los fármacos y alimentos en EEUU) ha ordenado la impresión de una etiqueta en los envases de los antidepresivos con la advertencia de que éstos aumentan las tendencias suicidas en los adolescentes deprimidos. Estas son las contradicciones de un sistema en el que ya no es raro que los niños y adolescentes se vean abocados al consumo de “psicodrogas” para superar dificultades evolutivas comunes que ahora son catalogadas de “trastornos de la conducta”. Esa supuesta sintomatología se obtiene diagnosticando como patológica la normal necesidad del niño de atención, movimiento, juego y habla. Los niños pequeños no pueden ser silenciados y paralizados sino a costa de su desarrollo físico, emocional e intelectual. El consumo de drogas tantas veces usado para aniquilar la fuerza transformadora de las generaciones jóvenes, se ha institucionalizado a través de la popularización del uso de psicofármacos y diagnósticos que no dejan espacios para preguntarse en qué condiciones vive ese niño, o qué aprende en la escuela, o a qué sistema de relaciones hipócritas y violentas se ve sometido en la familia y el medio. Este nuevo significado de la salud, basado en diagnósticos y tratamientos interesados, trasciende al quehacer cotidiano del individuo adulto, que en su mirada confusa y contradictoria, arrastra tras de sí a los más pequeños, que sin ningún tipo de mecanismos de defensa, al ser etiquetados y psiquiatrizados, son condenados al sin sentido. Es por esto que exigimos: Mecanismos de control para evitar la sistematización de los tratamientos con psicofármacos en niños y adolescentes. Esclarecimiento a la población sobre las consecuencias a medio y largo plazo de estas prácticas “supuestamente médicas”. Vigilancia exhaustiva de las tácticas de la industria farmacéutica para abrirse mercado y expandir su red de traficantes institucionalizados.