Patricia Damiano - El agua
Dentro de mí, herido. Ella dijo la primera palabra y fue partera e
incinerante, las cenizas que espero. Vuelve al recuerdo con ojos ulcerados:
vuelve. Cada vez.
Ay de mí, se apiada Segismundo. Oh, pérfido, serás clausura. Los cerrojos
temblarán en tu lengua. Cadenas de oro en el tobillo y una túnica como mortaja.
Levanta el duelo, pronuncia el árbol que adivinamos y la rosa en el agua. El
agua.
El agua
El agua sólo la mano sólo la pérdida sólo el lienzo. El cuarto a oscuras, la
sílaba de una sinfonía perfecta. Escondíamos la daga como una clave siniestra y
entonces el agua otra vez.
El guijarro.
Abre la mano, un guijarro he dejado por la noche y uno por el precipicio. La
mano se abre a esos dones y amanece. Regrésame la vía láctea antes de que todo
sea resurrección migaja.
El río o Parménides, decías aquella madrugada, y no, no hubo error.
En Chacal de noche
Patricia Damiano, entexto
http://patriciadamiano.bravehost.com/http://diamantesgratis.bravejournal.com/
El sapo de bronce, taller de poesía
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BATALLA EN EL CLUB DE CAMPO
Arriba,en las colinas de menta, a la sombra de una volada de
mirlo,estaban sentados en blancos sillones de mimbre unos señores
con cara de caballo tomando aperitivos color fresa y algunas esposas
de falda floreada y arreos de coral jugaban a la canasta en los
salones de madera del edificio social entre dulce pasos de criado.
También se veían en la pradera rasurada infantas de la alta
burguesía abrazadas al zurrón de los palos de golf o cabalgando
alazanes en los sotos de verdura. Otros adolescentes, igualmente
equinos, recién salidos de la ducha,abordaban ya coches deportivos
con el pelo todavía mojado. En ese momento llegó la noticia. Un
regimiento de pobres acababa de cercar el Club de Campo.No iban
armados con fusiles o ametralladoras, sino con algo más mortífero.
Estos pobres de clase media llevaban tarteras con tortillas de
patatas,gaseosas caseras y patos de goma.He aquí una historia que no
conmoverá al mundo.
El Club de Campo es un delicioso nido de buena sociedad madrileña.
Se halla situado sobre varios cerros y hondonadas de carrascos,
pinos y hayas líricas,cercado con alambradas que una tropa de
guardajurados con escarapela vigila celosamente. Desde los
montículos de esmeralda se divisa un horizonte de primera
calidad :el oscuro encinar de El Pardo, la arboleda universitaria,
el bosquecillo de la Moncloa, el perfil goyesco de la ciudad en la
ladera del Manzanares, la crestería del Palacio de Oriente,sucesivas
cúpulas o agujas de convento, que espejean llamaradas de sol. Muy
lejos se oye el leve fragor de los vivos, pero en esta reserva la
música es el silencio neumático y en su interior fluyen urracas
esponjosas,sólo algún relincho se apodera del aire,laráfaga de una
pelota sobrevuela las vaguadas hasta caer en la penumbra violeta y
los gemidos que aquí se producen son siempre deportivos. Los niños
aprenden a llorar lágrimas de linimento.El Club de Campo , levantado
en territorio del ayuntamiento, cuya concesión ha expirado el 1 de
julio de 1984, ha sido durante años coto exclusivo de caballeros y
damas respectivas, un Palacio de Invierno de caracter vegetal para
gente bien, aristócratas sellados, militares muy monárquicos, ricos
simples y guapos con dinero antiguo y abuelos mauristas. Ellos y sus
crías vitaminadas sabían que algo grave podía suceder cuando los
rojos llegaran al poder, aunque nadie esperaba un asalto en toda la
regla. Hace unos días, mientras los directivos del club aún
trataban de parlamentar con los representantes del municipio una
salida honorable,bajo las sombrillas de las terrazas habían
comenzado a cundir los rumores. Una muchacha rubia,bastante
adorable, llegó con la primera señal de pánico al bardel picadero.
Se azotó rudamente la bota de montar con la fusta y dijo :
_Me ha pasado una cosa horrible. Acabo de ver unos pobres o cosa
parecida.
_Que ha hecho el caballo ?
_Ha relinchado
_Cómo eran ?
_No se
_Cómo que no sabes? Los pobres tiene una cara especial
_Estaban sentados en una manta alrededor de una coca-cola
familiar. Abrían latas de sardinas. Comían longanizas con tomate
_Eso se come ahora ?
_Me han saludado
_Que horror !
Otros socios del club también contaban hechos aún másm extraños en
los vestuarios del campo de golf.Alguien encontró el anónimo que una
mano probablemente vengativa había depositado en el hoyo noveno. Un
noble papal con calcetines de rombos, al extraer una pelota
victoriosa, sacó también con ella el papel de estraza donde se
vertía una supuesta amenaza escrita a lápiz. Nadie la había
leído ,pero todo el mundo hablaba de ella. No obstante, en el club
de Campo hasta hace poco la vida era normal según las normas que
rigen en cualquier paraíso antes del pecado. Unos jugaban al bridge
con el cuello muy envarado, otros practicaban el tenis,unos
galopaban sobre retales de sol,otros chapoteaban en las
piscinas,unos tiraban al plato, otros tomaban finos licores detrás
de la cristalera del picadero cubierto contemplando una danza de
amazonas púberes, unos ejercían partidas de polo,otros ascendían con
un carro de bastones por los verdes senos de las cocinas. Había
profundos señoritos de perfil caballar con trajes de crema que
hablaban de suspensiones de pagos o de quiebras con esmerada
frivolidad, Camareros con esmoquin servían refrescos bajo los
árboles,criaturas de belleza insolente retozaban en el pasto y en
las duchas se extasiaba un sudor perfurmado totalmente varonil
_ Crees que vendrán ?
_ Tal vez no
_ Este club es una buena carnaza para el pueblo
_ Acabaran por pactar con nocotros. Ya verás. Los socialistas sólo
quieren dinero
_ Relinchan los caballo ?
_ Todavía no
_ Cuando todos nuestros caballos se pongan juntos a relinchar
ser'a la señal de que esto ha terminado
S ecelbraban aún concursos hípicos, las doncellas se ponían de largo
sobre la pradera, se celebraban fiestas sociales en los salones, y
los cadis, el personal de las cuadras, los guardas, los monitores y
demás gente del servicio hacían las reverencias establecidas en el
reglamento. La olla estaba tapada , aunque ya hervía. De un tiempo a
esta parte hab'ia comenzado a verse demasiado furtivos en la
reserva.Eran tipos raros, generalmente vestidos de rebajas, que
saltaban la alambrada no por curiosidad, sino llevadas por una
misión de espionaje. Se comportaban como en territorio enemigo.
Estudiaban la situación de las instalaciones, levantaban un plano de
cotas, observaban el movimiento de los socios y luego se ponían a
merendar un bocadillo de chorizo envuelto en papel de periódico de
carrasco en cualquier cerro con buena visibilidad,mientras pasaban
por su lado caballistas o jugadores de golf, altos ejecutivos o
aristócratas cegados por el deporte, que nunca acertaron a fijarse
en aquellas zapatillas de felpa calzadas por los nuevos vistantes.
Hubo provocaciones más evidentes. Una tarde penetraron en el Club
del Campo cuatro familias del Gran San Blas con toda la parentela
del pueblo de origen, seguidas de una intendencia de tortillas
paisanas,botellas de vino Savín, ensaladas,coca-colas,sangrías y
latas de bonito en escabeche. Tomaron legítima posesión de una loma
de césped y sobre el tapiz comenzaron a ejercer sus costumbres.
Aquellos obreros en bañador lucían piernas pálidas de pelo
ensortijado ; los niños habían improvisado una portería con dos
banderolas y chillaban de forma callejera dando patadas a un pelotón
de trapo ;las mujeres se habían arremangado la falda hasta la
cadera y exhibían grandes muslos inocentes a la luz ; algunos
jugaban al guiñote con cartas sobadas y , en una manta, el más viejo
de la reata se hab'ia puesto a roncar. Cuando llegó el guarda jurado
no se hicieron fuerte. Simplemente fueron echados de la oreja ; pero
en otra ocasión, delatado est avez por las zapatillas de felpa, fue
apresado, conducido a las oficinas e interrogado. No osó decir más
que su nombre de pila y el grado, como hacen los prisoneros de
guerra.
_ Quién es usted ?
_Me llamo Regino Gómez
¬¬_Que busca aquí dentro?
_Nada
¬_ Cual es su profesión?
_A ver. Os habeis fijado ? Lleva en la camisa una etiqueta de
Saldos Arias
_ Sin duda es de ellos
Algunos días después llegó de pronto la noticia. Un regimiento de
pobres de clase media había cercado el Club de Campo. Parte de un
gentío popular ocupaba todas las entradas de la carretera de
Castilla y otro grueso de la tropa se extendía a lo largo del cauce
del Manzanares. En varios puntos del asedio,algunos líderes
improvisados,que sehabían elevado en la cabina de los camiones o en
los techos de los autobuses,soltabn soflamas,leían manifiestos y
alentaban los derechos de la plebe. La concesión del ayuntamiento
estaba vencida. Había pasado el tiempo de las componendas. Puesto
que el alcalde no movía un dedo,ellos iban a actuar en una acción
directa. Allí enfrenten tenían el Palacio de Invierno. Había que
tomarlo por asalto aunque de forma pacífica. Todos iban armados con
coca-colas de tipo familiar, con tarteras de domingueros,gaseosas
caseras,pelotas de nivea,patitos de goma,sillas de tijeras,mantas a
cuadros, empanadas de lampreas y botellones de sangría sintética.
Algunos ya habían cortado las alambradas y los más impacientes por
mejorar de estamento saltaban los primeros setos de contención.Los
jefes expedicionarios habían explicado la estrategia a seguir. Se
trataba de irrumpir candorosamente en el edén con la máxima
inocencia y hacer uso y disfrute de sus servicios e instalaciones ;
montar a caballo,jugar al polo,al tenis,al golf,nadar en las
piscinas,merendar bajo las encinas,regar los coches utilitarios con
la manguera,instalar chiringuitos que admitieran bocadillos trísdos
de casa,echar papeles a discrección en el suelo conquistado y oir el
transitor tumbados en una manta.
Arriba, en las colinas de menta, estaban sentados en sillones de
mimbre unos señores de toda la vida y sus esposas jugaban a la
canasta en los salones de madera. Infantas de la alta burguesía
permanecían abrazadas a las bolsas de deporte, y adoloescentes
equinos, recién salidos de la ducha, abordaban los descapotables.
Desde las oficinas del club de Campo se realizó una llamada
perentoria al gobernador civil. Éste ,a su vez, se puso en contacto
con el alcalde y las sirenas de la policía no tardaron un cuarto de
hora en sonar alrededor del paraiso perdido cercado por el pueblo
llano. Los agentes del orden en primera providencia cegaron las
brechas de entrada con los furogones y a continuación optaron por
parlamentar con los responsables del estado de sitio. No llegaron a
un acuerdo. Los asaltantes daban embestidas contra las alambradas y
se hallaban encendidos de gloria, dispuestos a llevar la ocupación a
un termino irremediable. Entonces comenzaron las vergas a liberarse
de las funda y muy pronto se estableció una carga de caballería con
todo el aditamento. Hasta los cerros de esmeralda donde los socios
esperaban el feliz desenlace con un vaso de campari en la mano
llegaba el fragor de la refriega, los gritos del pueblo que emergían
de columnas de humo. En el bar del edificio, un socio iluminado por
el licor lanzó con alaridos una maravillosa idea :
_Inundad los fosos con champaña !
_Eso !
_Levantad los puentes!
En el Club de Campo no había suficiente champaña, ni siquiera
naciona, para llenar la vaguada, y el altercado entre los socios y
el pueblo de Madrid permaneció en un punto muerto varios días con
escaramuzas y golpes de mano. Las botellas de coca-cola eran
arrojadas hacia el interior del paraiso como cocktails molotovs,
seguidas de una lluvia de huevos duros y tortillas de patatas.
Finalmente se llegó a un alto el fuego. No se firmó capitulación,
sino a un acuerdo municipal bajo los siguientes apartados. Los
socios del Club de Campo van a permanecer en sus puestos con los
derechos intactos.Podr'an jugar al golf,pacer en las doradas
praderas, hacer equitación y desafiarse al bridge. A cambio, el
pueblo de Madrid,por orden riguroso, en grupos de 10, con un volante
que le será facilitado en el ayuntamiento, tendrá la oportunidad de
visitar este coto en sucesivas como quien va al zoologico. Se
limitará a contemplar a los ejemplares de la arsitocracia sin hacer
comentarios. En contrapartida, algunos socios del club, lo más
antiguos y honorables, deberán ponerse la peluca de LuisXV y
permanecer sentados mientras pasen los turistas. Se establece un
horario de museo. Al pie del documento signado por ambas partes se
dice que este contaco periódico del pueblo de Madrid con los seres
del Club de Campo podrían facilitar el entendimiento entre las
clases sociales. El Palacio de Invierno acaba de ser tomado,pero
esta historia no conmoverá al mundo. La coral de relinchos de
caballo no se ha producido
M. Vicent
Lindo poema,como siempre tú sorprendiendo con tan bella poesía.adesde Chile un
abrazo.
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Estoy dolido
Estoy dolido
y con mucha pena.
No hay peor condena
ni mayor dolor,
que la ausencia...
la indolencia,
de los que teniendo tu amor,
te han herido.
De los que debiendo estar,
se han ido.
Y de los que debiendo amar,
te castigan con el olvido.
Eso hacen los que han mentido,
diciendo tener amor.
Eso Señor...
me ha dolido...
y he tenido que callar.
Humberto Silva Morelli
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El tiempo no tiene tiempo...
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El amor...El amor... quien lo probo lo sabe.
besos
Martín Palma Melena <martinpalmamelena@...> escribió:
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A todos, amigos, unos saben que me mantuve callada por un tiempo,
preferí no opinar precisamente por un desatino anterior. Bien, a
riesgo de volver a desatinar y perder amistades, y acogidas, ahora,
con todo respeto doy mi humilde punto de vista a este terrible
genocidio que se sigue consumando mientras escribo, y duele, hasta
la médula, ¡duele!
Antes quisiera comentarles que he tenido el gran honor de rozar y/o
anclar en amistades judías como árabes (más de estos) de la
juventud. Unos aún están presentes, otros, como todo en la vida, ya
no están (pero están) y esto ha sucedido acá en mi tierra, México.
De esas amistades, puedo decirles que he encontrado a las personas
más entrañables; ofrendan la amistad como un verdadero tesoro, puedo
dar apellidos, los Dieck, los Wapinski, los Sandler, los Jezzini,
los Karam, en fin, que es de todos sabido el crisol de bien acogidos
que mi patria es/fue y será.
Aclaro también, que, la sangre judía sefardí, que debe andar
corriendo por mis venas aún como lo fue en mis antepasados, fue
traída de una España que también cometió un exterminio, uno de los
más crueles, sádicos e imborrables para toda América Latina, esa
sangre española (que pudo haber sido inglesa, alemana, etc.) acá no
ha sufrido apenas menoscabo pues casi no hubo mestizaje, llegó a
esta región del noreste de México cuando la conquista al Nuevo Reino
de León, en la Nueva España. En este punto, a todos los amigos
españoles, con todo respeto les preguntaría: ¿qué pensarían si aún
tuviéramos un odio acérrimo hacia todos los españoles por ese crimen
cometido por su patria hace poco más de 500 años? Es absurdo ¿no?
Hablo por los indígenas de mi patria, que no por mí, pues mi calidad
de casi criolla no me da la óptima licencia para hacerlo, sí mi
calidad de ser humano, a esa sí me apego y apelo a ustedes por su
comprensión.
- Dejando mi propia experiencia entro de lleno al genocidio que, por
desgracia, nos hace escribir ahora, de ida y vuelta, por un llamado
humilde y simple a dejar de lado discrepancias
Creo que tenemos todos por comprobado, desde nuestras propias
experiencias humanas y de pertenencia a un determinado pueblo, que,
en efecto no es posible generalizar y afirmar que un pueblo completo
es per se maligno, porque de ser así ninguno nos salvaríamos y
ningún pueblo del planeta tendríamos la oportunidad de seguir
creyendo aún en la humanidad, ni fuésemos libres de expresarnos
(limitada libertad la mayor parte del tiempo, cierto es).
Debe señalarse y recalcarse, una y otra vez, que sólo para que una
paz sea posible en cualquier lugar del planeta, como lo deseamos en
todo él, debe hacerse sin odios, sin prejuicios, sin
generalizaciones que no hacen más que afirmarnos en lo más
recalcitrante, en los mismos extremos de que se acusa al pueblo
judío en este caso, como lo fue el alemán, como lo fue el romano, y
así siglos y siglos atrás. Como se señala siempre, la historia es
cíclica, no es justificación, es sólo un hecho comprobado.
No puede dispensarse una sola muerte (excepto por defensa propia, de
tú a tú, jurídicamente establecida en la mayoría de los códigos
penales de cualquier país), ni aquí en la esquina de mi casa, ni a
donde sea, mucho menos un genocidio, jamás puede ser así, no si se
es realmente humano, y se comprende a la humanidad desde el
microcosmos. Tampoco, y por consecuencia, es posible llegar a la
obtención de la paz si no es por el mismo camino, a través de la paz
misma.
Que sea un hecho que el gobierno de Israel, como una gran parte de
sus ciudadanos, estén cometiendo un crimen de lesa humanidad, es
irrefutable, como lo es el hecho de que nosotros, que vemos desde
lejos y, a buen recaudo desde nuestro confort (sea cual sea), sólo
hacemos eso: vemos sin poder actuar, y ni siquiera acordamos entre
nosotros, ¿y deseamos la paz? ¿No es contradictorio? ¡Sí!, creo que
sí, y es por ese miedo que padecemos ante nuestra propia impotencia
de actuar, maniatados como lo hemos sido por los gobiernos con el
poder en turno, que nos han anclado en lo mismo, unos contra otros,
siglos tras siglos. Y, ahora, con tanta noticia entrecruzada,
censurada, manipulada, el dolor de quienes son víctimas nos es
velado en su verdadera dimensión, pero no existe nada peor que estar
con miedo, dudas y doloridos, porque, si los "dueños" de los medios
de comunicación no lo han entendido, es la mejor manera de desatar
la imaginación que siempre agravará las cosas, o tal vez, sea un
ardid más, siembran dudas obtendrán dudas, al final y con poder, el
poder de contestar: "nada que aclarar", o salir y decir con aquella
desfachatez: "no, no había tales armas biológicas", etc.
Bajo este tenor, y tomando en cuenta el álgido y ancestral
resentimiento entre estos dos pueblos, musulmanes y judíos, señalar
al victimario generalizando es poner el dedo en una gran llaga,
porqué ¿cómo saber qué siente y piensa una mujer u hombre, como
cualquiera, pero judío, viviendo en Israel en este preciso momento y
deseando la paz en la tierra, como ciudadano del mundo? Si hemos de
ser, seamos humanos, y creamos en que seguro al menos algún judío
debe estar frustrado, agotado, asqueado del exterminio que están
llevando a cabo en su nombre, sólo por ser judío en Israel.
Maduremos ¡al fin! no es posible hablar de paz, si nos disgregamos
de esta manera.
Tampoco mientras los organismos internacionales que se supone nos
representan, y que fueron formados para asegurar precisamente la
estadía de la paz en el planeta, al menos teórica y legalmente,
después de "ganada" la Segunda Guerra Mundial por los países
Aliados, cuando precisamente se rescata lo que resta de la
población judía en la Europa Nazi, justo con la finalidad de que ese
atroz pasaje de la historia de la humanidad no volviera a repetirse.
Recordemos que, se les adjudica un territorio sobre una tierra de
origen y división ancestrales entre musulmanes y judíos, se les
despoja a los primeros para dar a estos últimos, ¿qué se esperaba?
porqué colocar al estado de Israel precisamente allí, donde
convergen sus divergencias hereditarias, y los dividen hasta
matarse, si no es porque nos guste reconocerlo o no, es un lugar
estratégico para cualquier interés pecuniario.
Ahora, en base a toda esta diatriba que solté, y sabiendo ya,
Sergio, que trabajas en la ONU, respetuosamente te lanzo esta
pregunta y la arrojo como piedra al río para que haga sus ondas y
acaso resuene, para bien… ¡espero! ... en alguien, y al menos esta
vez.
¿Qué estarán pensando ahora de nosotros? ¿Nosotros, el resto del
mundo que no hacemos nada efectivo para ayudar al cese de su
sufrimiento?
¿Qué estarán pensando de los organismos internacionales para la paz?
¿Qué? ¿Qué pensarán en este preciso momento los pobladores del
Líbano y de Palestina, y alguno que otro, o muchos judíos en Israel?
¡a saber!
Yo me respondería a mí misma con gran desilusión y terror: "a nadie
le importamos realmente. Si Leyla o Judith, si Emir o Adón son
descuartizados en cuerpo, unos hoy, en corazón otros, hoy ¿dónde
está la humanidad?" Y ¿qué contestarles? "¡Ay! acá estamos, en
charlas de café, y en escritos de muy buen fe, poniéndonos de
acuerdo por diversos rumbos y diversas ópticas, esperen, aún no nos
ponemos de acuerdo, estamos viendo como hacemos para ayudar aunque
al mismísimo Kofi Annan nadie lo escuche, entonces sólo nos queda
seguirnos descuartizando en palabras, y veamos si escucha Alá o YHV.
Mientras, sigue el lobo hombre contra el hombre.
La pregunta general a hacernos sería:
¡¿Hasta cuando HUMANIDAD?!
Les dejo mi aprecio, mi respeto, un abrazo fuerte y que Mahatma
Gandhi nos ilumine desde do quiera esté.
Fuensanta González
a 30 de julio de 2006
de la huella aunque vinieran degollando" y porque cuando se agitaba
NO sudaba channel N°3
CONSEJOS DE UN PADRE A SUS HIJOS
(Enviado por el Sr Carlos Arturo)
EL MARTÍN FIERRO
Un padre que da consejos
Más que padre es un amigo;
Ansi como tal les digo
Que vivan con precaución:
Naides sabe en que rincón
Se oculta el que es su enemigo.
Yo nunca tuve otra escuela
Que una vida desgraciada:
No estrañen si en la jugada
Alguna vez me equivoco,
Pues debe saber muy poco
Aquel que no aprendió nada.
Hay hombres que de su cencia
Tienen la cabeza llena;
Hay sabios de todas menas,
Mas digo, sin ser muy ducho:
Es mejor que aprender mucho
El aprender cosas gúenas.
No aprovechan los trabajos
Si no han de enseñarnos nada;
El hombre, de una mirada,
Todo ha de verlo al momento:
El primer conocimiento
Es conocer cuándo enfada.
Su esperanza no la cifren
Nunca en corazón alguno;
En el mayor infortunio
Pongan su confianza en Dios;
De los hombres, sólo en uno;
Con gran precaución en dos.
Las faltas no tiene límites
Como tienen los terrenos;
Se encuentran en los mas güenos,
Y es justo que les prevenga:
Aquel que defetos tenga,
Disimule los ajenos.
Al que es amigo, jamás
Lo dejen en la estacada,
Pero no le pidan nada
Ni lo aguarden todo de el:
Siempre el amigo más fiel
Es una conducta honrada.
Bien lo pasa, hasta entre pampas,
El que respeta a la gente;
El hombre ha de ser prudente
Para librarse de enojos:
Cauteloso entre los flojos,
Moderado entre valientes.
El trabajar es la ley,
Porque es preciso alquirir;
No se espongan a sufrir
Una triste situación:
Sangra mucho el corazón
Del que tiene que pedir.
Debe trabajar el hombre
Para ganarse su pan;
Pues la miseria, en su afán
De perseguir de mil modos,
Llama en la puerta de todos
Y entra en la del haragán.
Los hermanos sean unidos
Porque ésa es la ley primera
Tengan unión verdadera
En cualquier tiempo que sea,
Porque, si entre ellos pelean,
Los devoran los de ajuera.
Estas cosas y otras muchas
Medité en mis soledades;
Sepan que no hay falsedades
Ni error en estos consejos:
Es de la boca del viejo
De ande salen las verdades.
JOSE HERNANDEZ
HASTA CUANDO?
Un país bombardea dos países. La impunidad podría resultar asombrosa
si no fuera costumbre. Algunas tímidas protestas dicen que hubo
errores. ¿Hasta cuándo los horrores se seguirán llamando errores?
Eduardo Galeano
Esta carnicería de civiles se desató a partir del secuestro de un
soldado. ¿Hasta cuándo el secuestro de un soldado israelí podrá
justificar el secuestro de la soberanía palestina? ¿Hasta cuándo el
secuestro de dos soldados israelíes podrá justificar el secuestro
del Líbano entero?
La cacería de judíos fue, durante siglos, el deporte preferido de
los europeos. En Auschwitz desembocó un antiguo río de espantos, que
había atravesado toda Europa. ¿Hasta cuándo seguirán los palestinos
y otros árabes pagando crímenes que no cometieron?
Hizbollá no existía cuando Israel arrasó el Líbano en sus invasiones
anteriores. ¿Hasta cuándo nos seguiremos creyendo el cuento del
agresor agredido, que practica el terrorismo porque tiene derecho a
defenderse del terrorismo?
Irak, Afganistán, Palestina, Líbano… ¿Hasta cuándo se podrá seguir
exterminando países impunemente?
Las torturas de Abu Gjraib, que han despertado cierto malestar
universal, no tienen nada de nuevo para nosotros, los
latinoamericanos. Nuestros militares aprendieron esas técnicas de
interrogatorio en la Escuela de las Américas, que ahora perdió el
nombre pero no las mañas. ¿Hasta cuándo seguiremos aceptando que la
tortura se siga legitimando, como hizo la Corte Suprema de Israel,
en nombre de la legítima defensa de la patria?
Israel ha desoído 46 recomendaciones de la Asamblea General y de
otros organismos de las Naciones Unidas. ¿Hasta cuándo el gobierno
israelí seguirá ejerciendo el privilegio de ser sordo?
Las Naciones Unidas recomiendan pero no deciden. Cuando deciden, la
Casa Blanca impide que decidan, porque tiene derecho de veto. La
Casa Blanca ha vetado, en el Consejo de Seguridad, 40 resoluciones
que condenaban a Israel. ¿Hasta cuándo las Naciones Unidas seguirán
actuando como si fueran otro nombre de Estados Unidos?
Desde que los palestinos fueron desalojados de sus casas y
despojados de sus tierras, mucha sangre ha corrido. ¿Hasta cuándo
seguirá corriendo la sangre para que la fuerza justifique lo que el
derecho niega?
La historia se repite, día tras día, año tras año, y un israelí
muere por cada diez árabes que mueren. ¿Hasta cuándo seguirá
valiendo diez veces más la vida de cada israelí?
En proporción a la población, los 50 mil civiles, en su mayoría
mujeres y niños, muertos en Irak, equivalen a 800 mil
estadounidenses. ¿Hasta cuándo seguiremos aceptando, como si fuera
costumbre, la matanza de iraquíes, en una guerra ciega que ha
olvidado sus pretextos? ¿Hasta cuándo seguirá siendo normal que los
vivos y los muertos sean de primera, segunda, tercera o cuarta
categoría?
Irán está desarrollando la energía nuclear. ¿Hasta cuándo seguiremos
creyendo que eso basta para probar que un país es un peligro para la
humanidad? A la llamada "comunidad internacional" no le angustia
para nada el hecho de que Israel tenga 250 bombas atómicas, aunque
es un país que vive al borde de un ataque de nervios. ¿Quién maneja
el peligrosímetro universal? ¿Habrá sido Irán el país que arrojó las
bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki?
En la era de la globalización, el derecho de presión puede más que
el derecho de expresión. Para justificar la ilegal ocupación de
tierras palestinas, la guerra se llama paz. Los israelíes son
patriotas y los palestinos son terroristas, y los terroristas
siembran la alarma universal.
¿Hasta cuándo los medios de comunicación seguirán siendo miedos de
comunicación?
Esta matanza de ahora, que no es la primera ni será, me temo, la
última, ¿ocurre en silencio? ¿Está mudo el mundo? ¿Hasta cuándo
seguirán sonando en campana de palo las voces de la indignación?
Estos bombardeos matan niños: más de un tercio de las víctimas, no
menos de la mitad. Quienes se atreven a denunciarlo son acusados de
antisemitismo. ¿Hasta cuándo seguiremos siendo antisemitas los
críticos de los crímenes del terrorismo de Estado? ¿Hasta cuándo
aceptaremos esa extorsión? ¿Son antisemitas los judíos horrorizados
por lo que se hace en su nombre? ¿Son antisemitas los árabes, tan
semitas como los judíos? ¿Acaso no hay voces árabes que defienden la
patria palestina y repudian el manicomio fundamentalista?
Los terroristas se parecen entre sí: los terroristas de Estado,
respetables hombres de gobierno, y los terroristas privados, que son
locos sueltos o locos organizados desde los tiempos de la Guerra
Fría contra el totalitarismo comunista. Y todos actúan en nombre de
Dios, así se llame Dios o Alá o Jehová. ¿Hasta cuándo seguiremos
ignorando que todos los terrorismos desprecian la vida humana y que
todos se alimentan mutuamente? ¿No es evidente que en esta guerra
entre Israel y Hizbollá son civiles, libaneses, palestinos,
israelíes, quienes ponen los muertos? ¿No es evidente que las
guerras de Afganistán y de Irak y las invasiones de Gaza y del
Líbano son incubadoras del odio, que fabrican fanáticos en serie?
Somos la única especie animal especializada en el exterminio mutuo.
Destinamos 2.500 millones de dólares, cada día, a los gastos
militares. La miseria y la guerra son hijas del mismo papá: como
algunos dioses crueles, come a los vivos y a los muertos. ¿Hasta
cuándo seguiremos aceptando que este mundo enamorado de la muerte es
nuestro único mundo posible?
(En Uruguay exclusivo para BRECHA.)
Patricia Damiano - Schakal
(versión 3, gracias al aporte de Antonio [AM], llegado desde Adamar)
Dormir uno, solo.
Invertir el pacto, entrarse el resplandor de los cuchillos,
esperar la sonrisa.
Mirar el azogue en la vigilia
y estrangular el sueño del otro
y dentro,
azul,
llorar el bosque,
la arena, llorar el pájaro.
Debo a la culpa los juegos mi destierro,
los pedazos morirlos sobre la piedra alba,
morirte en los cristales.
La torre, que habitabas.
Y ahora soy la mitad enferma,
la pesadilla y tu misma savia y el aire
la tristeza mi cruz tu laberinto.
La sonrisa perversa.
Patricia Damiano, entexto
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----- Original Message -----
From:
To: calfulcura
Sent: Thursday, July 27, 2006 11:52 PM
Subject: Re: BESOTES MIL Y A VER CUANDO DA SEÑALES DE VIDA POETISA...
El amor es un juego
pocas veces te das cuenta
eres uno más de los jugadores
El amor te involucra el desenfreno de alegrarte
Sencillamente te domina
Te lleva a conocer y a perder
El amor nos es un objeto punzo cortante
Es la sangre vertida, derramada en la costilla del amante
El amor devora el tiempo
Se vuelve un come horas
Come minutos, come sueños
El amor conmina a desear sin sabores
Sin amaneceres
Sin sentidos
El amor produce alergia a los amaneceres
Alergias a los adioses
Alergias a los despertares
El amor culmina y se extiende
Es un juego que no sabes que juegas
Es un as en la manga del destino.
Poetiza maya.
28-julio-2006
Hablandome y diciendote a ti que estas a punto de convertirte en
Teotihuacán, el lugar en donde el ser humano se convierte en Dios,
donde me devuelvo Diosa
Hola amigos, después de un tiempo ausente estoy otra vez con
vosotros para enviaros unos cuantos capítulos de mi biografía.
Saludos para todos.
José Antonio...
La brisa de la libertad y el fin de mi cautiverio.
E
n realidad debido a mi corta edad no sé exactamente los años que
estuve en aquel centro de castigo para niños, si fueron dos o tres,
o quizás más, ¡ pero que importaba ya! Lo importante es que mi
liberación estaba ya muy cerca.
La Junta de protección de Menores de aquel albergue presionó y
conminó a mi madre para poner fin a nuestra estancia allí. Este
proceder por parte de la Junta fue motivado por las siguientes
circunstancias: según estos señores habíamos sobrepasado el tiempo
permitido allí, agravando la situación de falta de espacio que tenía
el centro, ya que allí eran constantes los ingresos de niños hasta
el extremo de llegar a colapsarlo y sobrepasar con creces las plazas
permitidas.
Un día de aquellos que me encontraba en el comedor a mediodía,
el "señor Valentín" pronunció mi nombre insistentemente y me mandó
que le siguiera. Un poco desconfiado y temeroso, dejé de comer y me
dispuse a seguirle, pensando que algo grave debía de haber pasado
para interrumpir de aquella manera tan urgente mi comida. Mi
sorpresa fue enorme cuando mi cuidador me condujo ante mi madre y,
después de besarla, me comunicaron la finalización de mi estancia en
aquel lugar.
Ante esta noticia tan importante para mí, mi corazón se desbordó y
se aceleraron mis pulsaciones. ¡No podía creer lo que me estaban
diciendo! Ni siquiera podría describir con palabras la alegría que
sentí cuando vi que aquel mundo de libertad, incluída mi madre,
estaban a mi alcance y me pertenecían.
El "señor Valentín" aconsejó a mi madre que no dejara el colegio ya
que, según él, tenía muchas facultades para estudiar y recuerdo que
sacando el pañuelo muy discretamente se limpió una lágrima que
resbalaba por su mejilla. Después se echó la mano al bolsillo y,
sacando una peseta, me la dio diciéndome que era cuanto llevaba
encima. Verdaderamente pienso que este hombre, además de ser una
excelente persona, me llegó a coger cariño y creo que a él le debo
el poder estar aquí escribiendo. Los recuerdos que guardo de él son
muy positivos y puedo decir que en el albergue no hubo persona que
se le pudiera igualar.
Después de despedirnos nos dirigimos al departamento donde estaban
mis hermanas para recogerlas. Al verme ya fuera de aquel recinto mi
corazón latía acelerado y gozaba como nunca en aquella calle sin
murallas que impidieran caminar.
Mi madre durante el camino nos fue mentalizando de los enormes
problemas que íbamos a tener para subsistir. Debíamos prepararnos
para afrontar un gran sacrificio. Nos dijo que vivía en compañía de
otras dos mujeres y que éstas a su vez tenían hijos. También nos
advirtió que la casa en la que íbamos a vivir era muy pequeña y
tendríamos que estar muy apretujados. No tardamos mucho en llegar,
ya que el albergue no distaba más de dos kilómetros de la casa a la
que nos condujo mi madre.
Pronto me di cuenta de que el paisaje con que se enfrentaba mi
vista era de lo más desagradable y degradante. De casa solamente
tenía el nombre. Se trataba de una pequeña chabola mal construida en
la ribera del río Turia hecha con latones y cartón piedra. No estaba
sola, sino que había cientos de ellas en ambas márgenes del río. El
hedor se hacía insoportable y por aquellas aguas pestilentes se
veían corretear y jugar niños sucios y semidesnudos. Aquellas gentes
iban andrajosas y con las caras sucias que delataban su falta de
higiene. Y a demás de los malos olores, las ratas se veían por
doquier.
También vivía gente debajo del puente al que llamaban de campanar,
pero aun así, prefería todo esto a la cárcel que dejaba atrás.
Llegamos a la casa y vi dos mujeres que nos estaban esperando en la
puerta. Mi impresión es que a una de las mujeres no le hizo mucha
gracia nuestra llegada y en parte quizás tenía razón, pues la casa
no mediría más de cuarenta metros y tendríamos que convivir en ella
tres personas mayores y siete niños. La dueña se llamaba Elena y era
viuda, con dos hijas menores a su cargo, Elena y Maríana. La otra
mujer era su hermana y se la conocía con el sobrenombre de "la
superiora". También era viuda y tenía una niña llamada Presentación.
Allí vivimos un corto período de tiempo, todos hacinados.
Pronto hubo un poco más de espacio, pues la presión que ejercía
sobre mi madre aquella mujer, repitiéndole constantemente una y otra
vez que allí no podían vivir tantas personas, obligó a mi madre a
tener que buscarles trabajo a mis hermanas más mayores, Isabel y
María Dolores.
El único trabajo que ellas podían realizar a su corta edad era hacer
las faenas del hogar.
En aquel entonces las mujeres que se veían forzadas por la falta de
medios a trabajar como empleadas del hogar sufrían frecuentes
humillaciones a manos de sus "señoras". Frecuentemente recibían unos
salarios miserables, que no llegaban ni para poder vestirse, y un
trato degradante.
Las hacían comer en la cocina, no fuera ser que los señores fueran
contagiados de su pobreza y humildad. No podía faltar el uniforme,
pues debían ser señaladas para que no hubiera confusión y que en
todo momento se supiera que eran criadas.
A pesar de su poco caritativa manera de actuar, las señoras no
solían pasar un domingo que no fueran a misa, pues ante todo
acostumbraban a cumplir con sus deberes eclesiásticos, golpeándose
el pecho mientras confesaban al cura sus malas acciones, y así, de
esta manera, obtener el perdón y asegurarse un lugar en el Reino de
los Cielos. Ejercían el "a Dios rogando y con el mazo dando".
A pesar de que ya no vivían con nosotros Isabel y María Dolores, aún
éramos mucha gente para el espacio del que se disponía en la
chabola. Durante la noche dormíamos los niños y durante el día
descansaban nuestras madres, ya que el trabajo que ellas realizaban
para subsistir lo solían hacer de noche. Empujadas por la falta de
medios iban a robar comida a los huertos durante la noche, metían
todo en sacos y lo transportaban a sus espaldas, habiendo días en
que se desplazaban con aquel sobrepeso a sus espadas hasta seis o
siete kilómetros. Esta era la única manera que tenían de que sus
hijos no murieran de hambre.
No me acuerdo si en casa de Elena estuvimos cuatro o seis meses, lo
que sí recuerdo es que esta mujer llegó a ponerse muy dura con
nosotros y decidió echarnos de su casa tanto a su hermana como a
nosotros, así que nos dio tres días para marcharnos.
"La superiora" y mi madre, muy preocupadas, salieron una tarde en
busca de algún techo donde resguardarnos de las inclemencias del
tiempo, pues estaba muy claro que nos quedábamos en la calle.
Desesperadas, llegaron a un huerto que estaba situado en la parte
derecha del río Turia. En aquel huerto había una caseta para guardar
las herramientas. No se lo pensaron dos veces y se dispusieron a
tomar posesión de la nueva chabola que iba a ser nuestro hogar por
un largo período de tiempo.
Aquella caseta no mediría más de doce metros cuadrados, pero
pensaron que siempre es mejor algo que nada, así que aquella misma
noche le dieron una patada a la puerta y después de limpiarla un
poco y sacar todas las herramientas a la calle, llevamos los pocos
utensilios que teníamos y nos establecimos en nuestra nueva casa.
Al día siguiente, cuando llegó el supuesto dueño y vio que de su
barraca habían tomado posesión unos ocupas, puso una cara de asombro
y rabia que nunca olvidaré. Nos exigió que inmediatamente
abandonáramos la barraca o de lo contrario nos mataría a todos. Pero
este hombre no sabía a quien se enfrentaba, el no sabía que mi madre
era una mujer muy fuerte y con muy mal carácter a la hora de
defender la supervivencia de los suyos. En cuanto a "la superiora"
su sobrenombre lo decía todo y lo tenía porque se lo había ganado a
pulso.
Así que salieron con palos para hacer frente a este hombre que
acosado por las dos mujeres pronto puso distancia por medio, no sin
antes amenazar con que nos denunciaría.
La denuncia nunca se llevó a cabo, ya que todo lo construido allí
era ilegal y pertenecía al río. Nadie era propietario de todas
aquellas cientos de chabolas. Este hombre continuó molestándonos por
un tiempo, hasta que viendo la firmeza de mi madre y de "la
superiora" abandonó por aburrimiento su pretensión de echarnos.
En el reparto del espacio de aquella chavola salió ganando "la
superiora" pues colocó una pequeña cama para ella y su hija. Como no
había espacio para otra cama, mi madre, Rosa y yo dormíamos en un
colchón en el suelo.
Aquella chabola fue nuestro hogar durante todo el tiempo que nos
quedaba que estar en Valencia.
Cuando llovía un poco fuerte, nos veíamos obligados a tener que
desalojarla y refugiarnos en una especie de cuevas que hacían bajo
tierra los trabajadores de la construcción para sacar grava. Una vez
cesada la lluvia volvíamos otra vez a la chabola.
Actualmente veo el riesgo tan grande que corríamos refugiándonos en
aquellas cuevas, ya que si se hubiera producido una crecida del río,
todas habrían quedado inundadas y con seguridad no lo hubiéramos
contado.
Recuerdo que una vez hubo que cambiar el emplazamiento de la
chabola, pues como del río sacaban grava para la construcción, la
chavola llegó a estorbar para que los trabajadores pudieran
continuar con su trabajo rutinario. No se lo pensaron mucho, nos
pidieron permiso, la cogieron en peso y entre bromas y risas, la
cambiaron a unos doscientos metros del lugar que siempre había
ocupado.
Un día el señor Valentín investigó nuestro paradero y dio con
nosotros. Seguía insistiéndole a mi madre que por encima de todo yo
no dejara de ir al colegio, y entonces mi madre cedió y me apuntó en
un colegio.
Debo decir que no duré mucho tiempo en aquel colegio, ya que para mi
desgracia me tocó un maestro al que llegué a tener un miedo
horroroso. Y todo esto porque en aquella época la disciplina en los
colegios era muy estricta y aplicaban unos castigos difíciles de
asimilar en la actualidad. Uno de los que más veces solían aplicar,
y al que yo más temía, era uno que te ponían de rodillas con los
brazos en cruz colocándote dos libros en cada palma de la mano. Esta
postura llegaba a producirte en los brazos un dolor insoportable,
dando lugar a que no aguantaras así más de cinco minutos y tus
brazos terminaran por volver a su posición habitual.
Otras veces tenías que juntar los dedos de la mano y el profesor te
pegaba en ellos dos o tres palmetazos con una especie de tablilla
que llamaban "la palmeta". Este juguete de castigo lo solían tener
encima de la mesa todos los maestros de escuela y cuando lo
aplicaban te producía un dolor en la punta de los dedos que te
duraba toda la mañana.
Así que todo esto agregado al trauma que me ocasionó la estancia en
el albergue, hizo que mi motivación por el colegio fuera
disminuyendo hasta el punto que en vez de ir al colegio
hacía "campana" y toda la mañana la dedicaba a dar vueltas por
Valencia, con la cartera en la mano y no teniendo muy claro el rumbo
a seguir.
Cuando comprendía que los niños ya habían salido del colegio me iba
a casa, y si mi madre me preguntaba que como me había ido en el
colegio salía del paso mintiéndole pero que muy bien.
Un día de los que solía hacer "campana" me encontré por casualidad
con mi hermana María Dolores. Me di un susto de muerte pues era la
hora que se suponía que debía de estar en el colegio y yo no podía
justificar ante mi hermana qué hacía a esa hora deambulando por la
calle. Después de echarme una buena reprimenda me cogió del brazo
dispuesta a llevarme al colegio. Yo iba temblando ante la decisión
de mi hermana, ya que me dijo que pensaba contarle todo al maestro.
Al llegar al colegio tocamos el timbre y salió el maestro
invitándome de que entrara a clase y me sentara. Mientras, él se
quedó por un momento fuera de clase, hablando con mi hermana. Cuando
entró en clase se dirigió a la fila de mesas en que yo estaba
sentado y señalando con el dedo gritó
- Tú, sal de la fila y ponte de rodillas con los brazos en
cruz y dos libros en ambas palmas de las manos
Dándome por aludido me levanté de la silla dispuesto a cumplir el
castigo que tanto me horrorizaba, pues estaba casi convencido que mi
hermana había cumplido su promesa, contándole todo al maestro. Pero
mi alivio fue grande cuando oí la voz del maestro dirigiéndose a mí.
- Tú no, aquel.
Supongo que me equivoqué pensando mal de mi hermana, ya que fue
incapaz de decir la verdad al profesor por mis faltas al colegio,
evitando con ello un castigo seguro para mí.
Mi madre y "la superiora" continuaron con su trabajo. Cuando se iban
a por las provisiones generalmente lo hacían de noche, ya que era
cuando había menos visibilidad y vigilancia. No quiero pensar cuanto
sufriría la pobre de mi madre cargando en sus costillas aquellos
sacos tan pesados y trasportándolos a muchos kilómetros hasta poder
llegar a casa. Con frío o sin él, lloviendo o no, con la agravante
que si tenían la mala suerte de que las cogieran los guardias,
además de pegarles las llevaban a los calabozos. Entonces nosotros
tres, mi hermana Rosa, la hija de "la superiora" y yo nos quedábamos
en la chabola solos toda la noche, pasando mucho miedo ya que éramos
muy pequeños.
Si al día siguiente no habían venido ya sabíamos más o menos donde
podíamos encontrarlas. Íbamos de pueblo en pueblo visitando todos
aquellos calabozos hasta que en alguno de ellos las encontrábamos,
casi siempre bien marcadas por las porras de los guardias. Su único
delito era no permitir que sus hijos murieran de hambre.
Recuerdo que una de aquellas noches que salía se formó una gran
tormenta y se perdió, con tan mala suerte que tuvo una caída y se
rompió la clavícula. Como pudo llegó a casa y al no disponer de
dinero para ir al médico el hueso se le soldó de cualquier manera,
dando lugar a que esta lesión le perdurase toda la vida.
Como la mayoría de los que vivimos nuestra posguerra sabemos, en
aquella época todo estaba racionado. Para llevar a cabo este
racionamiento nos asignaban una cartilla con unos cupones y una
tienda a la que tendríamos que ir obligatoriamente para comprar lo
que nos pertenecía aquella semana. La cantidad de alimentos a
distribuir estaba condicionada por el numero de miembros que
componían la unidad familiar, así que según te vendían los artículos
te iban quitando cupones de aquella famosa cartilla.
Pero todo esto que te pertenecía no era gratuito, tenías que pagarlo
y, aún así, era muy escaso, no llegándote para poder pasar la
semana. Contando que si no disponías de dinero, de nada te servían
aquellos cupones.
Muchos Domingos y días festivos mi hermana Rosa y yo, igual que la
mayoría de los que vivíamos en aquellas chabolas, solíamos acudir a
oír misa a la Iglesia más cercana.
La mayor parte de los asistentes no lo hacíamos por fervor
religioso, si no más bien por la esperanza de ser los afortunados en
el sorteo de aquellos panes que el párroco sorteaba entre todos sus
feligreses una vez finalizada la Misa. Con este método conseguía el
lleno total de la Iglesia, ya que la mayoría de los que asistíamos
estábamos hambrientos y deseosos de ser los afortunados en llevarse
a casa ese pan nuestro de cada día, y que tanto pedíamos en la
oración que nos enseñaron en el Albergue.
En más de una ocasión mi hermana y yo fuimos afortunados con la
suerte y nos llevamos a casa ese pan tan necesario y tan escaso en
nuestra posguerra y tan abundante en nuestra actualidad.
Mis hermanas más mayores, Isabel y María Dolores, continuaron
haciendo las faenas del hogar durante todo aquel tiempo que
estuvimos en Valencia. Todo esto para poder mal comer y no perecer
de hambre y poco más, pues con el dinero que ganaban pocos milagros
podían hacer, ya que escasamente les llegaba para comprarse ropa.
En cuanto a mí, creo que si hubiéramos seguido en Valencia por más
tiempo hubiera terminado siendo un golfillo, pues prácticamente no
había nadie que me controlara. Poco a poco fui dejando de ir al
colegio hasta llegar al punto de que éste no significaba nada para
mí. Mi rutinaria vida era salir de casa por la mañana y no regresar
hasta por la noche, dedicándome a buscar toda clase de chatarra,
papeles, metal y cobre que luego vendía para poder pagarme el cine y
algún capricho de niño. También me dedicaba a buscar colillas,
porque en aquella época también esto era una forma más de buscarse
la vida. Para ello usaba un palo con una punta clavada en un
extremo, así que, colilla que veía la pinchaba y al saco, después
las deshacía y sacaba el poco tabaco que pudiera quedarles. Cuando
tenía cierta cantidad lo llevaba a una especia de mercadillo que
organizaban "los colilleros " y allí lo vendía.
Hay que tener en cuenta que todos los fumadores no disponían de
dinero para poder comprar tabaco, así que en último caso estos
recurrían al tabaco de colillas que era lo más barato, y al mismo
tiempo yo me sacaba unas pesetillas. Con todo esto, más algo que le
sisaba a mi madre y la chatarra, no me faltaba para ir al cine, y
sobre todo para ver películas de pistoleros... ¡mis favoritas!
Mi vida era un riesgo continuo y suerte tuve de no tener algún
accidente, pues el medio de trasporte que yo utilizaba para
desplazarme por Valencia era ir sentado en el parachoques del
tranvía para no pagar el billete al revisor. Un poco antes de llegar
a la parada me tiraba con el tranvía todavía en marcha, no
librándome alguna que otra vez de dar con la barriga en el suelo.
También tenía especial cuidado de no encontrarme con una especie de
policía a los que llamaban "de la capa azul", que tenían la misión
de que cuando veían un niño por la calle, sobre todo en horas de
colegio, lo detenían. Si el niño no podía justificar su estancia en
la calle y tampoco que tuviera unos padres y una casa, se lo
llevaban al albergue, de donde yo tenía tan malos recuerdos. Así que
cuando veía a uno de estos "capas azules" me faltaban pies para
correr.
Mi abuela materna nunca dejó de escribirnos y siempre pidió a mi
madre que regresara, ya que ella era muy mayor y le faltaban fuerzas
para cuidar a mi hermano. Pero aunque mi madre lo deseaba,
carecíamos de medios para pagar los billetes. Recuerdo que en aquel
tiempo el billete de Valencia a Huercal-Overa costaba setenta y
cinco pesetas por persona y con lo que ganaba mi madre apenas nos
llegaba para medio comer, así que tendríamos que seguir en Valencia
por mucho más tiempo.
Aunque había terminado por no asistir al colegio no se me había
olvidado leer y siempre que salía a la calle iba leyendo todos los
letreros que veía. Ninguno se me pasaba por alto. Uno de los que más
quedó en mi subconsciente, ya que por aquellas calles era el que más
abundaba, decía " Franco sí, Comunismo no".
Una noche en la que dormíamos solos, ya que nuestras madres estaban
ausentes realizando su trabajo, nos despertó un gran estruendo de
ráfagas de tiros y bombas. La curiosidad nos hizo salir a la calle
para ver que es lo que estaba pasando. Vimos a unos guardias
civiles, metralleta en mano, corriendo y disparando hacia algunos
hombres que huían precipitadamente. Uno de ellos se dio cuenta de
nuestra presencia y nos conminó para que entráramos en nuestras
casas y no saliéramos para nada hasta que nos avisaran. Aquella
noche no pudimos dormir ya que el ruido producido por las armas no
cesaba.
Al día siguiente me acerqué al lugar de los hechos junto con otros
curiosos. El cuadro que vi no podía ser más catastrófico. Había un
montón de muertos tapados con mantas y la tierra mojada por charcos
de sangre. Mientras los iban cargando en camiones que se dirigían a
no sé donde, no nos dejaron acercarnos mucho.
Incluso desde donde estaba pude ver lo suficiente. Según los
comentarios de la gente en las cuevas que hacían los que sacaban la
grava se refugiaban los maquis. Estos habían intentado asaltar la
cárcel para liberar a sus compañeros presos. Los guardias civiles,
para no arriesgarse a ser heridos, en vez de entrar en las cuevas
prendían fuego a la entrada de las mismas, para que de esta forma
los que hubieran podido refugiarse en ellas murieran quemados o
asfixiados.
"La superiora" tenía un hermano preso en una cárcel llamada San
Miguel de los Reyes. Según ella su hermano combatió en el bando
contrario a Franco. "La superiora" le pedía muchas veces a mi madre
que la acompañara a la cárcel cuando su hermano preso tenía visita y
le llevaban algo de comida. En una de aquellas visitas le dijeron
que ya no volviera más, pues su hermano había fallecido. Se fue de
allí llorando y diciendo que a su hermano lo habían matado. Nunca
más volvió a ver a su hermano.
De Vuelta a Almería.1948
P
or fin mi madre, con muchos sacrificios, logró ahorrar un poco de
dinero. Aún no llegándonos para pagar todos los pasajes se propuso
por encima de todo regresar a nuestra tierra de origen.
El dinero que teníamos no nos alcazaba más que para dos billetes,
pero aun así nos embarcamos en aquella aventura de regreso.
La más perjudicada por esta decisión fue mi hermana María Dolores,
ya que por no tener recursos económicos para pagar los pasajes a
toda la familia ella tuvo que quedarse en Valencia. Como siempre,
estuvo dispuesta a soportar un nuevo sacrificio con tal de que
pudiéramos regresar nosotros, así que la única alternativa de
supervivencia que le quedaba fue trabajar de empleada de hogar. Mi
madre y mi hermana Isabel viajarían legalmente con sus billetes,
mientras que mi hermana Rosa y yo viajaríamos de polizones debajo de
los asientos del tren.
Como apenas teníamos equipaje no hubo mayor problema, ya que nos
fuimos solamente con la ropa que llevábamos puesta.
Mi hermana y yo tuvimos que soportar horas y horas de viaje
encajonados bajo los asientos de madera de aquel tren de vapor tan
sucio y lento. Cuando llegamos a Huercal-Overa (Almería), salimos de
debajo de los asientos encorvados y nos pareció que habíamos perdido
la facultad de andar.
El viaje hasta casa tuvimos que hacerlo andando, ya que nosotros no
habíamos avisado de nuestro regreso, por lo que no nos esperaba
nadie.
Tras doce kilómetros de caminata recién llegados del viaje en tren y
bajo el insoportable sol del verano llegamos a la casa de mi abuela
materna.
Con lo que no contábamos era con encontrarnos la puerta cerrada y la
casa vacía en un estado de abandono. Preguntamos a un vecino por su
paradero y nos dijo que hacía ya algún tiempo que no vivían allí.
Según palabras de aquel hombre se los había llevado mi tío José
Antonio, hermano de mi madre, ya que por su avanzada edad mi abuela
no estaba en condiciones de vivir sola y menos de cuidar a mi
hermano.
Enterado mi tío de nuestro regreso vino en busca nuestra y nos trajo
algo para comer. Ese algo se componía de algo más de un cuarto de
jamón, pan, algunos higos y almendras. Con el hambre que llevábamos
arrastrando desde hacía tiempo, pronto dimos buena cuenta de todo
cuanto nos había traído. A mí todo aquello me supo a gloria, ya que
había oído hablar de que existía el jamón pero yo no lo conocía.
Aparte de este detalle, mi tío nunca se portó bien con nosotros. Una
vez que merendamos, le acompañamos a su casa para ver a mi abuela y
a mi hermano. Allí vi a mi abuela ya muy anciana y deteriorada por
sus muchos años de sufrimiento.
Mi primera impresión fue que ella ya no coordinaba. No obstante nos
reconoció y nos abrazó llorando al mismo tiempo que pedía a mi tío
la llave de su casa para que nos fuéramos todos con ella. En
realidad ella no sabía el tiempo que llevaba viviendo allí y creía
que estaba allí de visita. El trató de salir de este problema con
mentiras piadosas y quitándole esa idea de la cabeza. Pero ella
insistía y no cesaba de llorar, no había forma de acallar su llanto.
Mi hermano no mostró ningún interés hacia nosotros. El ya no nos
reconocía y no nos consideraba su familia. Para él éramos unos
extraños en su vida.
En cuanto a mí, el destino se interpondría una vez más para
separarme de mi madre. Ni tan siquiera pude llegar a la casa de mi
abuelo paterno, ya que me quedé a mitad del camino.
Un vecino se enteró de nuestro regreso y como le hacía falta un
pastor para su rebaño de ovejas se interesó por mí. Este hombre era
conocido con el sobrenombre de Diego, el guarda. Así que habló con
mi madre y cerraron el trato a pesar de mis protestas, ya que la
situación no estaba para desaprovechar ningún trabajo. El trato
pactado con este hombre fue mi trabajo por la comida y veinte
pesetas mensuales.
Mi madre y mis dos hermanas, Isabel y Rosa, hasta encontrar un techo
donde poder cobijarse no tuvieron otra alternativa que irse a vivir
con mi abuelo.
Pocos días después de iniciada la convivencia surgieron el malestar
y las desavenencias entre ambos.
Mi abuelo se negó a acoger en su casa a unos huéspedes, aunque en
este caso se tratase de la familia.
Finalmente mi madre decidió que lo mejor para todos sería irse a
vivir a la vieja casa que nos tocó en herencia y que gracias a lo
escriturado no se llegó a vender en su día cuando nos fuimos a
Valencia.
Aquella casa no reunía ya condiciones de habitabilidad, pues durante
toda nuestra ausencia el tío Mariano, hermano de mi padre, la había
hecho servir como cuadras para encerrar su rebaño de ovejas. Como
pudieron la limpiaron y la adecentaron un poco, para lo antes
posible poder instalarse en ella.
Para asegurarse su subsistencia trabajaron en algunas casas de
vecinos que necesitaban jornaleros para realizar las faenas del
campo y sembrarían algunos cereales en la parte de tierra heredada
del abuelo.
De mi estancia con Diego, el guarda, puedo decir que no lo pasé del
todo mal, pues aquella familia me llegó a coger cariño y el trato
que recibí fue muy familiar. Incluso me compraron una cartilla para
que siguiera leyendo y no perdiera lo poco que había aprendido en el
albergue. La alimentación, sin embargo, dejaba mucho que desear,
pues la situación económica de esta familia no era muy halagüeña.
Todavía seguiría pasando hambre durante algún tiempo, aunque mucho
menos que en Valencia.
Mi hermano Domingo se quedaría con mi tío José Antonio durante unos
cuantos años, pero no por hacerle un favor a mi madre si no todo lo
contrario, para poder sacar provecho de él y hacerle trabajar en sus
tierras el máximo posible, a pesar de su corta edad, pues no creo
que tuviera más de nueve años. Mi tío solamente tenía dos niñas y en
aquella finca hacía falta un varón para realizar faenas del campo,
ya que estas eran muy duras.
Durante todo este tiempo mi hermano sería quien le sacara las
castañas del fuego como se suele decir. Todo esto por un plato de
comida y poco más, además de los malos tratos físicos que mi tío le
solía aplicar, pues en más de una ocasión mi hermano recibió las
caricias de éste en cara y espalda.
Mientras, en Valencia, mi hermana María Dolores seguía trabajando
de empleada de hogar en la casa de la madre de un cura, pero con tan
mala fortuna que cayó enferma de tuberculosis.
Esta gente sin ninguna clase de escrúpulo trató de quitarse el
problema de encima alegando que cuando fue contratada ya tenía
aquella enfermedad, por lo tanto sin un mínimo de conciencia se
propusieron a toda costa despedirla. No obstante, y gracias a la
intervención de una monja, mi hermana no se vio abandonada a su
suerte con aquella terrible enfermedad. La buena mujer puso todos
los medios a su alcance para que pudiera ser ingresada en un
sanatorio en la provincia de Valencia. Sola y enferma, el único
apoyo familiar que recibió fueron aquellas ansiadas cartas que
llegaban de tarde en tarde y que esperaba con ilusión e impaciencia.
Con su fortaleza y mucha voluntad por su parte, supo vencer aquella
enfermedad en la más completa soledad. Desde aquí doy las gracias a
Dios por tener una hermana así, única y especial. Y también desde
estas líneas le mando todo mi cariño y respeto.
No me acuerdo el tiempo que estuve guardando el rebaño de ovejas de
Diego, el guarda, pero, aunque me trataba bien, yo deseaba irme con
mi madre y esperaba con impaciencia que ocurriera algún motivo
fortuito que diera lugar a que éste me despidiera. No habiendo
motivo por parte de él, tuve que provocarlo yo.
Este hombre se ausentó de casa para ir a hacer el mercado a Huercal
Overa. Como yo sabía que estaría todo el día fuera, aproveché la
ocasión para buscar un motivo y enfadarme con esta buena familia. El
motivo que busqué no me acuerdo, pero si que los puse en apuros,
amenazándoles con que me iba a suicidar. Salí corriendo hacia un
gran terrero que había cerca de la casa, y mientras corría iba
gritando que me tiraba por el terrero. Todos corrían tras de mí para
disuadirme de mis intenciones. Y cuanto más corrían ellos, más
velocidad cogía yo, pero siempre mirando disimuladamente hacia
atrás, para ver si me seguían.
Lo que ellos no sabían era que yo no tenía ninguna intención de
suicidarme. Así que un poco antes de llegar a la meta, fui
aminorando velocidad con la intención de que me atraparan. Después
de echarme una buena reprimenda me condujeron a la casa y aquella
tarde no me dejaron salir con el rebaño de ovejas.
De noche, cuando vino el amo, le contaron mi hazaña y como era buena
persona quiso perdonarme, pero como en aquellos tiempos se tenían
unas ideas anticuadas y extrañas para aplicar el perdón, antes de
aplicármelo me dijo:
- Arrodíllate, pídeme perdón y bésame la mano.
Esto para mí era mucho castigo, ya que enseguida me vinieron a la
mente los tiempos tan duros y dramáticos vividos en aquel albergue
de Valencia y pensé que bastante tiempo había vivido ya de rodillas,
en aquel lugar de horror para volver a caer otra vez en la misma
situación. Y como mi pretensión no era recibir su perdón sino irme
con mi madre, con una voz que me salía de lo más profundo de mi
corazón, le dije gritando:
- ¡Jamás volveré a ponerme de rodillas ante nadie!
Ante mi negativa a someterme a sus deseos para poder merecer su
perdón, y muy a su pesar suyo porque me había tomado mucho aprecio,
al día siguiente se dispuso a llevarme con mi madre. Sinceramente,
siento mucho la mala jugada que hice a aquella buena familia, pues
en verdad creo que no lo merecían, pero era el único camino que me
podía conducir hacia lo que yo más deseaba, mi madre.
Tardamos en llegar a mi casa unas dos horas ya que la distancia era
de unos dieciséis kilómetros. Aunque los hicimos con una burra a mí
me toco ir andando, como siempre. En verdad que este hombre me llegó
a tener mucho aprecio, pero su orgullo pesaba más que su perdón, así
que lo vi todo el camino muy triste y más de una vez pude observar
que utilizaba su pañuelo, para limpiarse alguna que otra lágrima que
le resbalaba por su mejilla. Por el contrario yo iba tan feliz y tan
contento, ya que aquel camino me conduciría a quien yo en verdad
deseaba ver.
Mis dos hermanas Isabel y Rosa vivieron aún un tiempo en casa de mi
madre, pero pronto terminarían por otros derroteros para poder
ganarse la vida. Y a mí pronto me salió otro amo, aunque
generalmente no me solían durar mucho ya que mi deseo siempre me
conducía de vuelta a casa.
Durante esta época mi madre se unió en pareja a mi tío Bernardo,
viudo de la hermana de mi padre.
Ambas familias tuvimos una historia muy similar, pues al mismo
tiempo que moría mi padre, mi tío también tuvo la desgracia de
perder a su mujer. Nosotros somos cinco hermanos y cinco hermanos
son mis primos. Nosotros emigramos a Valencia y ellos lo hicieron a
Córdoba. Y por si faltaba poco y para que todo coincidiera más, las
dos familias regresamos al mismo tiempo a nuestra tierra. Hasta en
el sexo de los hijos hubo coincidencia, ya que nosotros somos tres
mujeres y dos hombres y ellos son tres mujeres y dos hombres. Los
hijos de mi tío son Bernardo, María, Mariano, Isabel y Otilia.
En cuanto al sufrimiento al pasar por el sendero de la vida, creo
que las dos familias lo padecimos por igual, quizás de forma
diferente pero todos tuvimos que soportar los tiempos difíciles que
nos tocó vivir. De toda esta familia sin despreciar a los demás
quienes más figurarán en mis memorias son Otilia y Mariano, pues por
edad son con los que más relacioné y de quienes guardo un cariño
como de hermanos.
Mi madre y mi tío compartieron muchos años de sus vidas, así que,
unidos los dos, empezaron una nueva vida en la vieja casa heredada
del abuelo. Unieron y trabajaron al mismo tiempo las dos partes de
tierra que ambas familias habían heredado. Y con mucho esfuerzo por
ambas partes lograron salir adelante, aunque claro está, no sin
privaciones pues en aquella época si podías ir medio comiendo ya te
podías dar por satisfecho.
Con gran esfuerzo por ambas partes, lograrían hacerse con algunos
animales que les ayudaron en gran medida a sobrevivir.
Mi prima Otilia era quien guardaba el pequeño rebaño de ovejas que
habían logrado reunir.
Por mi parte, como guardar ovejas no era lo mío y lo único que yo
deseaba era estar al lado de mi madre, aguantaba poco tiempo en el
mismo sitio, así que iba alternando mi estancia entre mi casa y la
casa de algún amo.
Recuerdo un día que regresaba de la finca de ver en la puerta de mi
casa una mula atada a la pared. El corazón se me aceleró y pensé que
esto no podía ser bueno para mí, y que seguro que el dueño de aquel
animal venía a por mí.
No me equivoqué, pues al entrar a casa vi a un hombre hablando con
mi madre y mi tío. Casi no me dio tiempo a entrar cuando mi madre me
dijo:
- José Antonio, prepara el hatillo que te ha salido amo.
No hace falta decir que este "chollo" no fue de mi agrado, pero ¿qué
podía hacer? De momento tendría que irme a trabajar y después lo
dejaría en manos del destino. Así que no habiendo otra alternativa
me dispuse a irme con mi nuevo amo.
Este hombre pronto se percató de mi malestar y que su presencia no
era de mi agrado, e intervino diciéndome que con él iba a estar muy
bien, que en su casa podría comer muchos higos, pues según afirmó en
su finca abundaban las higueras. El pacto de mis honorarios fue
trabajo por la comida y treinta pesetas mensuales.
Nos pusimos en marcha, y partimos hacia su casa. Él, como todos los
amos, montado en la mula y yo, para no perder la costumbre, andando.
No obstante a mitad de camino pudo percatarse de mi cansancio, y
creyendo hacerme un favor me dijo:
- Zagal, cógete a la cola de la mula y el camino no se te hará
tan pesado.
Además del frío intenso que hacía se nos hizo muy tarde y llegamos
ya bastante entrada la noche. Creo que tardaríamos sobre unas dos
horas en el trayecto.
La primera impresión que tuve sobre esta familia no fue buena, y no
me equivoqué, pues para empezar la cena era más bien pobre y no me
quedé satisfecho. En cuanto a mi dormitorio, como de costumbre sería
el pajar, es decir, donde se metía la paja para los animales. Me
dieron dos mantas viejas de las que se utilizaban para aparejar las
burras y ¡apáñate!. Así que pensé que una haría de colchón encima de
la paja y la otra la emplearía para taparme. El inconveniente de
estos aparejos era el mal olor que desprendían al estar manchadas de
las rozaduras de los animales.
Tanto a los muleros como a los pastores, una gran mayoría de
aquellos patrones procuraban apartarlos siempre de lo que se
consideraba la casa familiar, mandándoles a dormir cerca de donde
encerraban a los animales. Generalmente era en cuadras y pajares.
Existía una diferencia de trato muy grande entre el clan familiar y
los sirvientes, mirando a estos como si fueran bichos raros. Aunque
siempre había excepciones y había quien te daba un buen trato
familiar. La mayoría de los que guardaban tantas diferencias eran
los que se creían "los riquillos" de la comarca.
A este señor se le conocía con el sobrenombre de "el tío Pedro
Oliver" y nunca olvidaré lo mal que lo pasé.
En ese momento tenía yo unos once años y me hacían levantar antes de
que saliera el sol. Hasta que sacaba el ganado a pastar mi faena era
picar esparto. Esto para mi edad era un trabajo muy duro, pero allí
no había compasión para los niños, solamente trataban de sacarnos el
mayor rendimiento a cambio de nada.
El esparto es una planta con cuyas hojas se fabrican cuerdas,
alpargatas, cestos y otras muchas cosas. Por lo tanto se necesitaba
un material duro y resistente. Para manejarlo había que tener unas
manos fuertes y duras porque te cortaba las manos en cuanto te
descuidabas.
Después de picar el esparto nos comíamos las migas, que por cierto
pecaban de escasas. A continuación sacaba el ganado de la cuadra a
pastar.
El rebaño estaba formado por unas cincuenta ovejas y unas veinte
cabras. Antes de salir con el ganado me daban la merienda para que
me la llevara, ya que no regresaría hasta la noche. Esta merienda se
componía de un puñado de higos secos y nada más. Si los higos me los
daba uno de sus hijos todavía se podían comer, pero si me los daba
la dueña me daba de los que tenían asignados para los animales, es
decir, de los que se habían caído al suelo y eran recogidos para
secar, y una vez secos, eran destinados a los cerdos. Siempre
estaban llenos de piedrecillas incrustadas y me costaba mucho
comerlos, aunque como pasaba mucha hambre ya que las migas eran muy
escasas, no tardaba en comerme los higos. Cuando llegaba la hora de
merendar ya no tenía nada que llevarme a la boca y por lo tanto
hasta que no llegaba la hora de la cena, que también pecaba de poco,
había que aguantar.
En la temporada de verano no pasaba tanta hambre pues las higueras
abundaban en toda aquella finca y al ser temporada de higos los
cogía yo mismo.
Un día de aquellos en que el hambre se me hacía insoportable, no
paraba de darle vueltas a la cabeza de cómo podría solucionar mi
problema, y entonces me pregunté cómo podía ser que los cabritillos
estuvieran gordos sin apenas comer hierba.
No lo pensé más, a partir de ese momento todos los días cogía una
cabra de las que estaban criando y poniéndome la teta de la cabra en
la boca, aprendí a mamar igual que un cabritillo. Desde entonces,
los cabritos y yo compartiríamos la teta como buenos hermanos. Y de
esta forma solucioné, en parte, mi necesidad de comida.
Del frío para qué contar, pues mi vestuario se componía de unos
pantalones remendados, una camisa, un jersey, y de calzado unas
albarcas, (actualmente alpargatas o zapatillas) fabricadas con
restos de neumáticos inservibles para los camiones. Este calzado
particularmente en invierno era muy frío, más cuando no tenías
calcetines que ponerte como era mi caso, dando lugar a que no te
libraras de los dolorosos sabañones en los pies. Las orejas tampoco
se libraban de ellos y hasta se me pelaban cayéndose la piel a
pedazos, ya que no tenía ni una triste bufanda para resguardarme del
frío.
Tampoco puedo olvidar aquel miedo horroroso que llegué a sufrir en
aquella casa, ya que en temporada de verano el rebaño no se
encerraba en los corrales, para aprovechar al máximo la luz del día
y que las ovejas no dejaran de pastar. Así que a mis once años todas
las noches tenía que dormir en el campo con los animales, que apenas
veían la luz del día se dispersaban en busca de la ansiada comida.
Para evitar quedarme dormido y que el rebaño se dispersara dañando
las fincas ajenas, anudé el extremo de una cuerda de unos treinta
metros aproximadamente a mi pierna y el otro extremo a la pata de
una oveja, de esta manera cuando la oveja intentaba seguir al resto
de las ovejas tiraba de mí e inconscientemente hacía de despertador.
Llegó un día en que no quise aguantar más esos maltratos y le dije a
aquel hombre que me quería despedir del trabajo. Él, para impedir
que me marchase, mintió diciéndome que mi casa se había caído. Según
él, el peso de la nieve había hecho ceder al tejado y mi madre se
había ido a Valencia a ver a mi hermana María Dolores. Eso me retuvo
y me hizo desistir de mi propósito ya que lo decía tan convencido
que llegué a creérmelo, pues coincidió que aquel año había nevado
mucho y mi casa era muy vieja. En cuanto a lo de Valencia también
podía ser posible que mi madre hubiera ido a ver a mi hermana. En
fin, que de momento seguiría aguantando hasta que volviera mi madre.
No duró mucho esta situación, ya que pronto volví a aburrirme y un
día, sin mediar palabra y teniendo las cosas muy claras, saqué el
rebaño a pastar y dejando a las ovejas solas emprendí el camino
hacia mi casa. No esperé ni tan siquiera a cobrar la miseria del
salario que me pagaban. Aunque lo peor vino después, cuando llegué a
mi casa, pues lo que hice dejando el rebaño abandonado no se podía
hacer, por lo tanto la reprimenda por parte de mi madre y el tío
Bernardo fue tremenda. Menos mal que como siempre salió en mi
defensa mi prima Otilia e hizo que mi madre se suavizara un poco,
viniéndose a razones cuando se enteró de los malos tratos allí
recibidos.
No sé el tiempo que estuvo mi hermana María Dolores en aquel
sanatorio de Valencia, pero lo que sí se es que le dieron el alta y
se vino a la casa de mi madre, allí estuvo unos meses de
convalecencia para reponerse un poco y una vez que ya se vio con
fuerzas, se puso a trabajar cerca de Isabel y de Rosa en Vélez-Rubio.
Yo continué con el único trabajo que a mi edad podía hacer, guardar
rebaños de ovejas, unas veces con unos y otras con otros, porque
como se suele decir yo tenía "culo de mal asiento" y no aguantaba
mucho tiempo en el mismo sitio.
Otro de mis amos fue "Vicente el molinero". No estaba muy lejos de
mi casa, supongo que a unos cinco kilómetros. El trato laboral con
Vicente fue la comida más cincuenta pesetas todos los meses. Además
de guardarle el rebaño, en los ratos de descanso en que las ovejas
estaban encerradas no me dejaba parar ni un momento, estando siempre
pendiente de mí. Sinceramente creo que las cincuenta pesetas que me
pagaba las tenía bien merecidas. Seguía durmiendo en el pajar, pero
al menos allí no llegué a pasar hambre.
Una tarde en que me encontraba pastando el rebaño, vi a un pastor
conocido y colindante de aquella finca que portaba un viejo
revólver. Dada mi afición a las películas de vaqueros
instantáneamente pensé en hacerme con aquella arma ¡por fin podría
satisfacer mi deseo!
Pronto entablé conversación con él y aún sin tener dinero le pedí
que me lo vendiera. Éste no demostró ningún interés en deshacerse de
aquella arma, pero tanto insistí que al final le convencí.
Lo que no estaba al alcance de mis posibilidades era el precio que
exigía para venderla, ya que las cincuenta pesetas que me pedía era
todo cuanto ganaba en un mes. Y aunque a mí no me habría importado
pagarle el precio exigido yo no percibía la mensualidad de mi
trabajo, ya que al ser menor de edad la que cobraba era mi madre.
Como yo no tenía acceso al dinero y sabía con seguridad que mi madre
no iba a consentir este capricho mío, no dejé de darle vueltas al
asunto hasta que encontré la manera de conseguir el arma.
Este pastor, su padre y sus hermanos eran muy aficionados a la caza
de la perdiz con reclamo. Para satisfacer su afición solían
levantarse antes de que amaneciera y trasladándose al campo situaban
la jaula con la perdiz a unos cuantos metros de ellos. Pacientemente
esperaban escondidos tras un parapeto a que empezara a cantar y de
esta manera atraer a otras perdices para el apareamiento. Una vez
que venían disparaban matando a todas cuantas podían.
Entonces le propuse un cambio, el revólver por una perdiz de
reclamo. Mi oferta era muy tentadora ya que en aquella época se
llegaba a valorar mucho a la perdiz si era buena, llegándose a pagar
hasta quinientas pesetas si el macho de perdiz era bueno y cantaba
bien, pues generalmente era macho el que utilizaban para el reclamo.
Me preguntó si era buena cantando y, por supuesto, le dije que sí,
que era buenísima y que no paraba de cantar todo el día. La verdad
yo no sabía ni tan siquiera si cantaba, yo solamente pensaba que
tenía que hacerme con aquel revólver costara lo que costara. Aceptó
con la condición de que si yo le había mentido y no era buen
reclamo, tendríamos que deshacer el trato.
Lo malo de todo este lío es que yo no tenía ninguna perdiz, si no
que le estaba vendiendo una que tenía un hijo de mi tío Bernardo.
Una vez que aceptó el trato le propuse que cuidara de los dos
rebaños mientras que yo iba a la casa a por la perdiz. Aceptó y así
lo hicimos.
Corrí a casa y no tuve gran dificultad para llevarme la perdiz, ya
que mi madre y el tío Bernardo estaban trabajando en el campo y la
jaula estaba colgada en la pared de la casa. Descolgué la jaula de
la pared, cogí la perdiz y la metí dentro del morral que utilizaba
para llevarme la merienda. Dejé caer la jaula ya vacía y con la
portezuela abierta al suelo y así simular la huída de este pobre
animal.
Después volví corriendo donde estaba el pastor e hicimos el cambio y
por una vez me sentí satisfecho de haber conseguido lo que más me
ilusionaba en ese momento, tener un revólver y poder disparar igual
que lo hacían los pistoleros de las películas.
Aunque no tenía munición yo me las ingeniaba para poder disparar.
Como no tenía balas lo que hacía era introducir la pólvora
directamente por el cañón y con una varilla de hierro la iba
presionando y añadiéndole pequeños tacos de cartón y escoria de
hierro y de cebo usaba una cabeza de una cerilla.
Como mi amo era cazador y tenía cartuchos en abundancia, le sustraía
algunos y vaciaba la pólvora para poder emplearla. Cuando sacaba el
rebaño a pastar mi pasatiempo era pegar tiros a todo lo que se
moviera. Tuve suerte de que el amo nunca descubriera el revólver
porque no quiero pensar lo que se me habría venido encima.
Al poco tiempo el pastor me comunicó que había que deshacer el
cambio, porque según él la perdiz no cantaba. Me quedé sin revólver,
pero vendí la perdiz por diez pesetas.
Al llegar el día de fiesta que tenía asignado para ir a mi casa a
cambiarme de ropa, pude enterarme por mi madre de que mi tío
Bernardo y mi tío Mariano habían discutido y poco faltó para que
llegaran a pegarse. El tío Bernardo al ver la sustracción de la
perdiz, no dudó en echar la culpa a los hijos del tío Mariano, que
por cierto en aquella comarca tenían muy mala fama. Pero como dice
el refrán "unos tienen la fama y otros cardan la lana" y en este
caso mi tío se equivocaba.
No logro acordarme del tiempo que duré trabajando con "Vicente el
molinero", pero mucho seguro que no.
Mi poco aguante en el trabajo, llegó a ocasionarme problemas en mi
vida laboral, llegando al extremo de que en aquella comarca ya no
era capaz de encontrar trabajo. Pero como dice el refrán "Dios
aprieta pero no ahoga" y la casualidad quiso que mi primo Mariano,
hijo de mi tío Bernardo, me solucionara en parte el problema.
Mi primo Mariano un día se fue de casa sin mediar palabra y llegaron
incluso a darlo por muerto. En realidad todo ese tiempo estuvo
trabajando a sólo treinta y cinco kilómetros de donde vivía su
padre. No sé lo que le motivó a tomar esta decisión y tampoco se lo
pregunté nunca, ya que considero que esto es muy personal y no tiene
por qué compartirlo con nadie si ese es su deseo. Lo que sí que me
contó es que nunca dijo a sus patrones su procedencia, y respecto a
su familia se limitó a decirles que él era huérfano y no tenía a
nadie. Supongo que les mintió para que le dejaran tranquilo ya que
no le interesaba que su familia supiera de su paradero.
Un día, cinco años después de su marcha, apareció mi primo causando
en todos una inmensa alegría, pero en mayor medida a su padre y
hermanos.
Yo no sé lo que se puede sentir al ver el regreso de un ser querido
que piensas que ya no está en este mundo y que de pronto, sin
esperarlo, te cae del cielo, pero pienso que debe ser lo más grande
que te puede ocurrir.
Llegué a compenetrarme muy bien con él y juntos recorrimos una gran
etapa de nuestras vidas, aunque éstas fueron más desgraciadas que
afortunadas.
Cuando vio lo difícil que era encontrarme otro trabajo le propuso a
mi madre que me dejara ir con él, a la comarca que el trabajaba. En
aquel lugar buscaría algo para mí, ya que el trabajo allí estaba
mejor remunerado y se comía mucho mejor que en nuestro pueblo de
origen. Como yo tenía unas ganas enormes de irme con él y mi madre
nos dio el consentimiento, una mañana temprano nos dispusimos a
partir a mi nuevo destino.
El transporte que utilizamos fue con el que la madre naturaleza nos
ha dotado a todos, las piernas. El punto al que nos dirigíamos
distaba de mi casa treinta y cinco kilómetros y por eso llegamos ya
muy entrada la noche.
No tuve grandes problemas en encontrar trabajo y, gracias a la ayuda
de mi primo, pronto estaba guardando un rebaño de ovejas. Aunque el
trabajo no me gustaba no estuve tan mal como en sitios anteriores,
pues la comida era abundante y el salario mucho mejor, cien pesetas
al mes. Del trato tampoco me podía quejar, excepto que mi
dormitorio, como siempre, sería el pajar.
La relación que tenía con mi primo era como de hermano, así que el
día que conseguíamos fiesta nos íbamos los dos al cine ¡que tanto me
gustaba a mí!.
A los siete u ocho meses de mi estancia allí decidí ir a ver a mi
madre y le pregunté si quería acompañarme. Quedamos de acuerdo en
pedir un permiso a nuestros "Amos" que nos concedieron una semana
sin ningún problema.
Alquilamos dos bicicletas y emprendimos viaje hacia la casa de
nuestros padres.
Durante el camino este me comentó que para presumir de bicicleta
podíamos mentir a nuestros padres diciéndoles que eran nuestras,
pues por aquel tiempo un trabajador no tenía acceso ni a tener una
bicicleta, ya que se necesitaba todo el sueldo de un año para poder
comprarse una.
El sábado, día de mercado en Vélez-Rubio, era el día que debíamos
volver. Mi tío Bernardo nos acompañó un rato ya que tenía que ir al
mercado a comprar unas cosas. Nosotros íbamos en las bicicletas y él
empleó la burra.
Una vez que llegamos al pueblo nos dirigimos a la casa de una tía de
mi primo.
Mientras almorzábamos mi tío y su hermana salieron de casa hacer las
compras rutinarias, dejándonos a los dos solos.
Una vez que terminamos de almorzar cerramos la puerta y
salimos a dar una vuelta por el pueblo, y a nuestro regreso nuestro
asombro no tuvo límites. Vimos a la tía de mi primo llorando
desconsoladamente y mi tío a su lado y muy enfadado.
Cuando preguntamos qué le había pasado la mujer nos gritó:
- Bien sabéis vosotros el motivo ¡ladrones!, o me devolvéis el
reloj o voy a denunciaros a la Guardia Civil.
Según ella estando los dos solos en casa habíamos aprovechado el
momento de su salida para sustraer el reloj, y que aunque no tuviese
un gran valor, era un recuerdo de su marido ya fallecido. También
dijo que por encima de todo tenía que aparecer.
No cabe duda que para ella los ladrones éramos nosotros. Nos miramos
a los ojos con recelo, creyendo cada uno que el culpable era el
otro. Como yo estaba seguro que no había sido, mi sospecha recayó en
mi primo pensando que ya había hecho alguna de las suyas.
Aquella mujer estaba llorando y muy furiosa con nosotros, pero mi
tío no se quedaba atrás, pues rápidamente intervino amenazando, y
dirigiéndose a nosotros nos dijo:
- Ir y daros una vuelta por el pueblo para que recapacitéis,
os doy una hora para que os lo penséis bien y devolváis el reloj. De
lo contrario, además de denunciaros a la Guardia Civil, ¡os juro!
que probareis mi correa en vuestras costillas .
Obedecimos a mi tío y, como él dijo, nos dispusimos a dar una vuelta
por el pueblo. No había hecho nada más que poner un pie en la calle
cuando muy furioso me encaré con mi primo diciéndole que devolviera
el reloj, pues sabiendo que yo no lo había cogido, no me cabía la
menor duda que había sido él. El insistió casi llorando que no lo
había cogido, llegando incluso, a jurarlo por su madre ya fallecida.
Ante el temor de que su padre pudiera pegarle una paliza decidió
huir y me preguntó si quería acompañarle. Los castigos en aquella
época eran muy duros y solían aplicarlos en el acto.
El problema eran las bicicletas, pues teníamos que devolverlas a su
dueño al día siguiente y nos era imposible hacernos con ellas ya que
las habíamos dejado en casa de la tía de mi primo.
Con la ropa que llevábamos puesta, sin apenas dinero y sin las
bicicletas emprendimos la huída andando y siguiendo el curso de la
carretera hasta llegar a Puerto Lumbreras, el lugar donde teníamos
el puesto de trabajo.
Durante el camino, cada vez que veíamos pasar un coche, que por
cierto no eran muchos, nos escondíamos en las cunetas, porque
teníamos miedo de que ya se hubiera efectuado la denuncia y viniera
a por nosotros la Guardia Civil.
Apenas daban los primeros rayos de sol cuando llegamos a la casa en
la que yo prestaba mis servicios. Tocamos a la puerta y nos abrió la
señora de mi Amo que todavía se encontraba en la cama, ya que estaba
en un estado avanzado de gestación y casi siempre estaba acostada.
Desde su habitación me ordenó que almorzara y después que sacara el
rebaño a pastar, ya que su marido había madrugado más y se
encontraba haciendo las labores del campo.
Esto nos vino cuadrado para poder hacer lo que ya teníamos pensado.
Cogimos un pan de aquellos grandes de varios kilos, de los que
normalmente se hacían en aquellas casas de campo, más medio jamón,
un queso y dos o tres tripas de salchichón y ¡pies para que os
quiero! Salimos corriendo y deseando poner la mayor distancia en el
menor tiempo posible. Así que aquella pobre mujer se quedó con el
rebaño encerrado en los corrales, sin el jamón, el pan y el queso
que le sustrajimos. Fue simplemente un acto de supervivencia, ya
apenas llevábamos dinero y nuestro miedo a la Guardia Civil nos
empujaba a tener que seguir huyendo.
Andando y con la idea de poder subir a un tren, nos dirigimos a la
estación de ferrocarril de Almendricos, que estaría a una distancia
de unos siete u ocho kilómetros.
Allí almorzamos un poco de lo que llevábamos y decidimos sacar dos
billetes. La dirección de nuestro destino sería el primer tren que
llegara, mientras que fuera lo más lejos posible, pues igual nos
daba a Andalucía o Alicante.
Preguntamos en la taquilla cual era el primer tren que pasaba y nos
dijeron que el primero que pasaba era con dirección hacia Granada.
Con el dinero que disponíamos podíamos llegar hasta Albox. Así que
cogimos ese primer tren y nos dirigimos a ese pueblo de Almería, no
sin antes escribir una carta al dueño de las bicicletas
comunicándole donde podría recogerlas.
Llegamos a Albox y terminó nuestro viaje por ferrocarril. Tuvimos
que seguir el camino andando y nos dirigimos hasta Cantoria. En este
pueblo descansamos y pasamos la noche, pues estábamos rendidos y con
los pies llenos de ampollas. En cuanto a dormir ¿qué puedo decir?,
sin un duro en el bolsillo, no nos quedaba más remedio que nuestro
techo fuera el cielo y nuestra cama el suelo.
Lo mejor de esta aventura sería que nos libraríamos de pasar frío ya
que era temporada de verano. Tampoco nos quedamos sin cenar gracias
a los suministros que sustrajimos a mi antiguo Amo.
Al darnos en la espalda los primeros rayos de sol nos despertamos y,
después de almorzar un poco, emprendimos un camino cualquiera, ya
que ni nosotros mismos sabíamos que rumbo seguir.
El camino nos condujo a un pueblo llamado Oria, donde hicimos otro
descanso aprovechando para comer un poco de lo que nos quedaba.
Continuamos sin saber que dirección tomar. Aparte de la fiebre que
empecé a padecer, iba tan cansado y tan dolorido que me era
imposible continuar. Las ampollas habían aflorado en los pies y se
habían reventado. Incapaz de andar un paso más me senté llorando a
la sombra de un árbol, y aunque mi primo trataba de animarme para
continuar, mis fuerzas flaqueaban y por un momento me arrepentí de
haberle seguido.
Hay que tener en cuenta que entre los dos existía una diferencia de
edad de cinco años, mientras él tenía diecisiete yo apenas tenía
doce.
Cuando el desánimo y la desesperanza parecía que ya nos habían
vencido, ocurrió lo que a mí me pareció un milagro. Un hombre bajaba
por un polvoriento camino montando un caballo y con un mulo de vacío
atado tras la grupa de éste. Al pasar a nuestra altura se paró en
seco, preguntándonos hacia donde nos dirigíamos y si buscábamos
trabajo. Sin apenas dejarle terminar la frase, mi primo le cortó en
seco y le dijo que precisamente su destino era el nuestro.
El hombre se lamentó de como se encontraban mis pobres pies y
preguntó cómo habíamos llegado a ese extremo. Mi primo le dijo que
era a consecuencia de tanto andar para buscar un trabajo, ya que
llevábamos más de dos días andando.
El trabajo que este hombre nos ofreció fue para segar el trigo de su
finca, pues en este momento precisamente se dirigía al pueblo vecino
en busca de segadores. El salario que nos ofreció fue la comida más
quince pesetas diarias para mi primo, y diez pesetas para mí, ya que
según él mi rendimiento no sería igual al de mi primo, por
considerarme muy pequeño para realizar aquellas faenas tan duras.
Aceptamos sin dudarlo y le seguimos montados en el mulo que iba de
vacío y que era precisamente el que iba a utilizar para llevarse a
los segadores que buscaba.
Aquella finca era muy grande y los campos de trigo parecían no tener
fin, siendo la jornada laboral de sol a sol.
En aquel tiempo no existían las máquinas de segar y había que
hacerlo todo de manera manual a pesar del calor abrumador.
Aquel hombre se portó muy bien conmigo, no permitiendo que segara
hasta que mis pies mejoraron un poco.
De la comida tampoco nos podíamos quejar. Era buena y abundante,
pero este trabajo para mi corta edad era demasiado.
A los quince días de estar segando me sentía completamente exhausto
y me veía incapaz de seguir. Le dije a mi primo que quería volver a
casa, pues yo no tenía nada que temer, al menos por parte de mi
madre, ya que era incapaz de pegarme.
Lo suyo era otra historia. Él a su padre además de respeto siempre
le había tenido miedo, por lo que no estaba dispuesto a dejar el
trabajo y menos a enfrentarse a la amenaza que en su día quedó
pendiente por nuestra precipitada huida.
Así que yo solo pedí la cuenta al dueño de aquella finca. Este
respetó mi decisión y me pagó lo que me correspondía.
Emprendí el camino de retorno hacia mi casa andando para no perder
la costumbre. Me costó todo un día llegar a casa pero no fue ningún
problema, ya que estaba acostumbrado a realizar largos recorridos.
Cuando divisé mi casa se apoderó de mí el nerviosismo, pues aunque
sabía que mi madre no me iba a pegar, mi temor por todo lo acaecido
era evidente, ya que pensaba que sobre nuestras cabezas pesaba una
denuncia y no tenía tan claras las consecuencias de todo esto.
Todo mi temor quedó solventado al oír de la boca de mi madre que ya
no teníamos nada que temer. Habían cogido al verdadero ladrón.
Después de dejar a mi primo y no teniendo nada que temer, ya que el
caso del reloj estaba cerrado, estuve dos meses en casa en compañía
de mi madre, el tío Bernardo y Otilia.
No encontrando trabajo por aquella comarca tomé la decisión de ir a
buscarlo a Lorca, ya que había oído hablar que por aquellos campos
había más probabilidades de encontrar trabajo y además estaba mejor
remunerado.
Mi madre se opuso ya que consideraba que quedaba demasiado lejos
pero yo no dejé de insistir hasta que al final cedió a mis
pretensiones. Llegó el día de partir y me despedí de mi madre.
Esta vez no haría el viaje andando, ya que mi madre me dio dinero
para el transporte.
Cogí el autobús en Vélez-Rubio y me dirigí hacia Lorca con la
esperanza de que la suerte jugara a mí favor.
A siete kilómetros de Lorca encontré un nuevo patrón y esta vez lo
mejor era que no tendría que cuidar un rebaño.
Mi nuevo patrón era un hombre ya mayor que vivía sólo con su mujer,
ya que el único hijo que tenía estaba casado y solía visitarlos en
muy pocas ocasiones.
La pobre mujer era ciega y estaba imposibilitada para hacer las
faenas del hogar. Sin embargo, el problema quedaba solventado en
parte por la ayuda de una sobrina que venía tres o cuatro días a la
semana. Desde luego no gratuitamente ya que cobraba las horas
trabajadas en aquella casa.
En cuanto a mi trabajo consistía en hacer las faenas rutinarias del
campo, como labrar la tierra, regar y recolectar hortalizas como
tomates, pimientos, melones etc. Esto lo solíamos llevar al mercado
de Lorca donde era vendido al mejor postor.
El trato de este hombre conmigo era muy familiar, y por segunda vez
en mi vida me encontraba a gusto en un trabajo, y además, haciendo
lo que era de mi agrado. El único inconveniente que había era la
incompatibilidad de caracteres entre su sobrina y yo, ya que no
parábamos de discutir en todo momento, hasta el punto de crear
problemas a nuestro patrón con nuestras continuas discordias. Llegué
a odiar a esta chica de tal forma que con su sola presencia me ponía
enfermo.
La situación llegó al límite hasta tal punto que puse al dueño entre
la espada y la pared, o la despedía a ella o me iba yo. Con este
proceder tan insolidario y egoísta por mi parte, puse a mi patrón en
un compromiso. Él trató por todos los medios que hiciéramos las
paces, ya que no quería despedir a ninguno de los dos, pero como yo
estaba dispuesto a salirme con la mía, no daba mi brazo a torcer y
mi orgullo pudo más que yo impidiendo nuestra reconciliación.
Ante mi negativa a reconciliarme el despedido, como es natural, fui
yo y no su sobrina. Sinceramente creo que este hombre hizo lo
correcto y para una vez que encontré un trabajo de mi agrado, un
buen trato familiar y que no me falta comida, perdí por mi tozudez
lo mejor que había tenido hasta la fecha.
Ahora con la distancia pienso que el único culpable que hubo allí
fui yo y que aquella chica en realidad no dio motivos para que yo
obrara así. Lo que siento es no haberla visto nunca más para por lo
menos pedirle perdón.
Me despedí de aquella familia y me dispuse a coger el autobús que me
conduciría de nuevo a Vélez-Rubio, aprovechando de paso para ir ver
a mis hermanas que trabajaban en esa localidad.
En esta ocasión sí que tendría que hacer el camino andando, las dos
horas que me costaba llegar a mi domicilio no me las iba quitar
nadie, pero a eso ya estaba acostumbrado.
Aproveché ver a mi madre, coger unas vacaciones y disfrutar todo ese
tiempo estando al lado de ella, que es lo que yo siempre deseaba.
Una de mis hermanas, Isabel, harta de su explotación y del mísero
salario que cobraba, cien pesetas al mes, decidió probar suerte y
emigrar a Barcelona, convencida de que allí mejoraría el salario.
Y efectivamente lo consiguió, pues de las cien pesetas que cobraba
anteriormente pasó a cobrar cuatrocientas. No tardarían de seguirle
mis otras dos hermanas, María Dolores y Rosa, pues en el pueblo lo
único que les esperaba era un futuro incierto. Por lo tanto las tres
fijaron su residencia definitiva en Barcelona, donde Isabel no tardó
en casarse y tener descendencia.
Mi hermano Domingo siguió con mi tío José Antonio por unos cuantos
años más.
De nuevo, y por un corto espacio de tiempo, volví a trabajar por la
comarca recorriendo varios "Amos". Mi poco aguante en aquellos
trabajos, debido a mi oposición al sometimiento ante aquellas
injusticias, me causó muchos problemas, ya que los que me conocían
no querían contratarme y originó el que allí ya no encontrara
trabajo, aunque tampoco tenía mucho interés de encontrarlo.
No tan de acuerdo estaba mi madre, pues siempre me decía que sin
trabajar no podía estar, y opino que tenía toda la razón, ya que la
economía no daba para más.
Como en esta ocasión tenía tiempo libre y no sabía que hacer, no
paraba de pensar y de darle vueltas a la cabeza y en este caso no
para bien, ya que la idea que me vino a la cabeza fue absurda y
descabellada.
Durante el tiempo que estuve trabajando en aquella casa de Lorca
había podido observar que mi antiguo "Amo" tenía un viejo revólver
en el desván y me dije a mí mismo: ¿porqué no hacer un viaje y
hacerme con aquel revólver?.
Mentí a mi madre diciéndole que me iba a buscar trabajo y me puse en
camino hacia Lorca.
Hoy en la actualidad pienso la poca cordura que debía de tener yo
para disponerme a andar cincuenta y cuatro kilómetros de ida y otros
tantos para la vuelta sólo para robar a mi antiguo "Amo" un revólver
viejo, fuera de servicio, y que no servía para nada. Además, éste
era el pago que yo daba a un hombre que me trató como persona.
Salí al amanecer y llegué entrada la noche a la casa de mi antiguo
patrón, no sin antes haber conseguido que afloraran las ampollas en
mis pies.
Me refugié y pasé la noche en un pequeño pajar que tenía este hombre
a unos sesenta metros de la casa. No me costó gran esfuerzo quedarme
dormido, ya que me encontraba horriblemente cansado de tanto andar.
Antes de que saliera el sol desperté y me dediqué exclusivamente a
vigilar la casa, esperando que aquel hombre la abandonara para
realizar sus labores rutinarios en el campo. Como las salidas que
hacía me las conocía como la palma de mi mano, en cuanto abandonó su
casa aproveché el momento para entrar procurando hacer el menor
ruido posible al andar.
Me dirigí directamente al desván donde yo sabía que encontraría el
revólver y rápidamente lo cogí procurando salir veloz como un rayo.
A pesar de que la mujer no veía nada sí tenía el oído muy
desarrollado y pude oírla preguntar:
- ¿Quién anda ahí?, ¿Quién anda ahí?
Si el llegar hasta aquí me costó trabajo, de mi regreso a casa no
quiero ni hablar.
A mitad de camino se me hizo de noche. Con los pies doloridos al
haberse reventado las ampollas que tenía de tanto andar y con una
noche oscura y sin luna, me acosté en el suelo de un descampado y
allí esperé que llegase el día siguiente para intentar continuar.
Ni tan siquiera pude dormir pues el frío era muy intenso y toda la
noche la pase tiritando y con mucho miedo por la oscuridad que me
envolvía.
Al amanecer del día siguiente intenté seguir mi camino. El dolor de
pies era insoportable y por un momento me arrepentí y deseé no haber
comenzado este viaje. Pero el mal ya estaba hecho, ahora se trataba
de ver como podía llegar a mi casa. Al final lo conseguí, llegando
en un estado lamentable.
A mi madre le dije que no había encontrado trabajo y había tenido
que volver.
Seguí por un corto período de tiempo en casa sin intención de buscar
trabajo, pues lo que yo podía encontrar allí no era lo mío y me
encontraba completamente desmotivado.
No paraba de pensar cómo podría librarme de aquella explotación
inhumana, con unos salarios que no te llegaban ni para comprarte una
camisa. Había sufrido demasiados abusos y me oponía a todas aquellas
injusticias sociales. No estaba dispuesto aceptar aquel sometimiento
y aquella esclavitud.
Me di cuenta que yo no encajaba allí y que como fuera debía intentar
salir de aquel mundo sin formación, y por tanto sin futuro.
Debía probar otros caminos diferentes a los que allí conocía. Aunque
a mi edad, ¿qué podría hacer yo?.
Documento sin título
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Campaña de protesta y solidaridad
«sin dialéctica y sin rabia»
Para alzar el grito de los sin voz
Silenciemos con música las bombas
No te rindas a la impotencia
*
Por causa de los dirigentes, hombres, mujeres y niños del Líbano están
muriendo día a día
Por causa de los dirigentes, hombres, mujeres y niños de Israel están
expuestos a la destrucción
Pon música libanesa en tu casa, en el coche, en tu lugar de trabajo, en
reuniones con amigos,
conocidos y familiares. Si diriges un evento o un local, ambiéntalo con música
libanesa. La música
será nuestra protesta y nuestra mano solidaria.
ESCUCHA MÚSICA DEL LÍBANO
mientras siga el conflicto
Puedes descargar música libanesa en http://www.musicoflebanon.com/songpage.htm
y en otros
sitios de Internet. Palabras clave: music lebanon, music Lebanon mp3, Fairouz,
Fairuz, música Líbano mp3.
* Se ruega a quien pueda facilitar gratuitamente temas en mp3 los ponga a
disposición de la comunidad de Internet *
* * *
Esta iniciativa ha surgido del ámbito privado anónimo. No proviene de
ningún grupo político
ni de otro orden, representa únicamente un sentir y se declara ajena a
cualquier ideología.
Si este sentir es el tuyo, propágalo: dale a este mensaje la máxima
difusión.
Promovamos un clamor sonoro que se oiga por encima de las bombas,
los intereses políticos y la diplomacia inoperante.
alternativa.odradek@...
Protest and solidarity campaign
« without discord and without anger »
Make your voice heard for those
who have no voice
Silence the bombs with music
Don't give in to the feeling of impotence
*
Leaders are to blame for the deaths of men, women and children in Lebanon
every day
Leaders are to blame for the fact that men, women and children in Israel
are exposed to destruction every day
Play Lebanese music in your home, in the car, in your workplace,
when you are with your friends, colleagues and family. If you run a bar or
events,
play Lebanese music. Music is our protest and our way of showing
solidarity.
LISTEN TO MUSIC FROM LEBANON
while the war rages
You can download Lebanese music from
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at other Internet sites. Key words: music lebanon, music Lebanon mp3,
Fairouz, Fairuz, música Líbano mp3.
* We would be most grateful to anyone who can provide free mp3 music for
the Internet community *
* * *
This initiative is private and anonymous. It has no links with any sort of
group,
political or otherwise. It represents what we feel and is free of any
ideology.
If you feel the same way, spread it around: send this email to your
contacts.
Let our musical protest be heard over the bombs, over vested political
interests
and ineffective diplomacy.
alternativa.odradek@...
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a Héctor E. González Chávez,
mi padre,
y su admiración al poeta jerezano
"Fuérame dado remontar el río
de los años, y en una reconquista
feliz de mi ignorancia, ser de nuevo
la frente limpia y bárbara del niño...
Volver a ser el arrebol, y el húmedo
pétalo, y la llorosa y pulcra infancia
que deja el baño por secarse al sol...
Entonces, con instinto maternal,
me subirías al regazo, para
interrogarme, amor, si eras querida
hasta el agua inmanente de tu pozo
o hasta el penacho tornadizo y frágil
de tu naranjo en flor."
(fragmento de Ser una casta pequeñez)
Ramón López Velarde
Prólogo
- de los ríos de la vida
Vuelve el sueño, reiterativo,
del nativo bosque, encantándolos
como cuando niños, surcaron sus ríos
bien tomados de las manos,
sin preguntar porqué hacerlo
ni para qué salvarse de un augurio,
mientras la brisa de la muerte acechó
sonriendo por verlos hundidos
en el uno seres, encomendados.
La vida, confabuló su posesión,
perdieron mucho, ¡tanto!
Arrebatos de soles que asolaron
todos los sueños blandidos
sin ser jamás malsanos;
y no, no lo vieron,
supusieron que el tiempo
lo llevaría a buen término.
Tiempos de consentir al recuerdo
de los siglos aguas abajo
como estrellas al cielo,
pegados, indivisos, fueron dividimos
y sólo quedó un abismo
el tiempo jugando al adivino
con dos niños, que, creciendo
se perdieron todos los momentos
de serse en aquél mismo camino.
I
- de quedar pendientes
Pendientes, siempre el péndulo
presente, Josefa esperando
que Ramón dijera al menos algo,
al menos su nombre de cierto
y no esos seudónimos, paupérrimos,
porque le robaron sus ojos enamorados
ajenos, le asfixiaron hasta el último adiós,
el adiós del idólatra que no atrevió
hasta que ella, de pronto, murió,
fue entonces que él la develó
en sus desvelos de escritor
como en los mármoles de cerros.
II
- del amor en alto
Ya en el frío de la tarde, su amor,
por imposible en vida, se lo llevó
ella, lo envolvió en trazas de olvidos
para esperarlo en el otro mundo,
y espero, espero llantos
esperó luceros cayendo
esperó sin edad ni cuerpo
esperó sin respiro,
sin encontrarlo de nuevo
sintiéndose, como jamás, más lejos,
y clamó, clamó a todo el universo
la ofensa que por silenciar los asoló.
III
- del murmullo amado
Y como abajo,
como ahora al cielo,
a veces, llega un murmullo,
y un abotagado rostro
de llantos tragados
puede ver, desde el dolor,
dolor de él, en ella como propio,
y le arde, su deseo de mitigarlo.
Y se hace presa de cruzar ríos,
de nuevo, como cuando niños,
sostenerlo, abrazarlo, arrullarlo
- como nunca fue en lo terreno -
IV
- de la separación… ¡salvarse!
Ya no resiste más la separación
del éter fuma un humo
que condensa sus anhelos
lo puede ver, cuerpo muriendo,
abajo, baja, allá abajo
junto a Ramón, como un extranjero
en casa, un hotel, cualquier cuarto
todo el piso vestido de blanco
- luz de juventud que ha salido -
del yerto cuerpo ya asfixiado
al fin, su amado, le abraza con el brasero
de todos sus deseos guardados.
V
- del temor a la moral
Esos deseos, su gran amor,
que en vida se guardó
como amuletos para sus versos
de mal herido, ¡tan vacío!
de imposible, sobrino lejano,
amando, amando,
a Josefa de los Ríos
desde que la vio, años mayor
¡más imposible!, la moral dijo,
a costa de lo que sea, la unción-
que la felicidad, antes de dar fruto,
como árbol, fue talado.
Ínterin
-de él, de la muerte,
como de sus versos en el péndulo*
La muerte le llega a Ramón
como el maná en el desierto
para amar a Josefa, entero,
y ese fue el remedo
del péndulo de todos sus versos.
VI
- de nombres, remedos y oídos
Y hoy, porque rompen los relámpagos,
escucho sus jadeos perpetuados
- cerca de mi nombre, sediento,
tan santo, como también remedo -
se aman allá, no importa si el río
allá donde no sólo son del corazón,
unificados versos, en otro espacio,
mucho más benévolo que el sueño
a donde se soñaron escapularios
uno del otro, impregnados,
colgando como péndulos
ahora, pendular lo no hecho.
Fínale
- de la celebración justa
Y celebro, desde este período,
¡altísimo! vitoreo,
esa virtuosidad del amor
desgranando lo bien ganado,
retirar todos los misterios,
y aunque parezca tardío,
este encuentro aplazado
por éticos desvaríos
que la sociedad implantó,
de la cobardía, ese amor,
limpio como el río,
fue un casto señuelo.
Fuensanta González®
a 27/28 de Julio de 2006
___________________________________________________________________
"Dos péndulos distantes
que oscilan paralelos
en una misma bruma
de invierno."
(fragmento de Nuestras Vidas Son Péndulos)
Ramón López Velarde
* Ramón López Velarde (1888-1921)
.- Poeta y escritor mexicano nacido en Jerez de la Frontera,
Zacatecas, en 1888. Desde muy joven empezó a incursionar en el campo
de la literatura escribiendo en algunas revistas de su provincia.
Recibió su título de Abogado en 1911, radicándose en Ciudad de
México donde se dedicó de lleno a colaborar con poemas, ensayos y
crónicas en revistas importantes de la capital. Contribuyó al cambio
y orientación de la poesía mexicana, convirtiéndose en uno de los
precursores de la poesía contemporánea de su país.
A su primer libro, «La sangre devota» publicado en 1916, le
siguieron «Zozobra» en 1919 y poco antes de morir, «La suave
Patria» en 1921.
Después de su muerte, su obra fue recogida en dos importantes
publicaciones:
«Son del corazón» y «El minutero».
Patricia Damiano - Schakal (versión 2)
Dormir uno, solo.
Invertir el pacto, entrarse el resplandor de los cuchillos,
esperar la sonrisa.
Mirar el azogue en la vigilia
y estrangular el sueño del otro
y dentro,
azul,
llorar el bosque, la arena, llorar el pájaro.
Debo a la culpa los juegos mi destierro,
los pedazos morirlos, perfil azul, la piedra alba,
morirte en los cristales,
rehacer la horca.
La torre, que habitabas.
Y ahora soy la mitad del pacto,
la pesadilla y tu misma savia y el aire
la tristeza mi cruz tu laberinto.
Calvicie criatura
cruel
y así
así
sí
...
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hola:
me gustarìa saber si porquè el libro "utipìa" de moro no esta, no se puede
leer, a ver si corrigen esta falla, saludos
armando arteaga...
patricia damiano <patriciadamiano@...> escribió:
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Mal escribió Mirtica Picamiel, una fuente inagotable de snobismo
rioplatense:
"Mir dixit:
Una amenaza muy lacaniana
Esto de que la ética es impracticable dentro del imperio de la razón
también lo abordaron, desde el point of vieuw filosófico,los
librianos Nietzsche el superman y Sein und Zeit Heidegger y el
taurino Logico-Philosophicus Wittgenstein.
Podríamos pasar a la reificación del inconsciente
Quizás otro día
Aun me resta desayunar
Mir
amaneciendo"
That is to say...
Un autor latinoamericano cita a cuarenta y cinco autores en un
artículo de ocho pagians. He aquí algunos de ellos : Homero, Platón,
Sócrates, Aristóteles, Heráclito, Pascal, Voltaire, William bLake,
John Donne, Shakespeare, Bach, Chestov, Tolstoi, Kierkergard, Kafka,
Marx, Engles ,Freud, Jung, Husserl, Einstein, Nietszche, Hegel,
Cervantes, Malraux, Camus etc. A mi juicio la mayoría eran
inecesarias. La cultura no es un almacén de autores leídos sino una
forma de razonar. Un hombre culto que cita mucho es un incivilizado
GUESS WHO?
Totopo güerita
Nos fuimos
BEATRIZ MARTINELLI EN PONTEVEDRA (España)
toma este puñado de miedos
que soy hoy
no quieras saber
las razones ni sus porqué
tómalos así
como los entrego
sin envolverlos
sin moños de colores
sin tarjetas de bordes azules
tómalos
(Del libro "Un cielo me espera" que Beatriz presenta hoy en Pontevedra)
Hoy, día 26 de julio de 2006, a las 20 horas, en la Sala Sargadelos de
Pontevedra, sita en la CL de la Oliva, organizado por FORO PONTEVEDRA y EL
TALLER DEL POETA, tendrá lugar la presentación del libro de aforismos "Frases de
mi cosecha" de la pontevedresa Julia Diéguez Pichel y "Un cielo me espera" de la
pintora y poeta argentina de ascendencia gallega Beatriz Martinelli.
Beatriz Martinelli, pintora, grabadora y escritora argentina, nace en Buenos
Aires, se gradúa como Maestra en Artes Visuales en la Escuela de Artes Visuales
de San Martín en 1991. Otros de sus títulos docentes, son: Profesora en Artes
Visuales, Especialidad Grabado. Escuela de Artes Visuales de San Martín, año
1994. Profesora Superior de Dibujo y Grabado. Escuela de Artes Visuales de San
Martín, 1994. Profesora en Artes Visuales, Especialidad Pintura. Escuela de
Artes Visuales Antonio Berni, 1995. Ha presentado su obra de grabado y pintura
en la Casa de la Cultura "Tres de Febrero", así como en numerosas galerías. La
obra de Beatriz Martinelli, en la especialidad de grabado, ha sido merecedora de
diversos premios y menciones donde ha participado. En cuanto escritora, su
narrativa y su poesía crecen con luz propia cada día y son registradas en
múltiples páginas literarias de la red.
Realmente, se inicia como escritora de cuentos y poemas en enero de 1998,
obteniendo un Primer Premio en Poesía ese mismo año. Sus cuentos son publicados
en el periódico "El Deportivo", la voz del pueblo, Atlanta, Georgia, U.S.A.
"Beatriz Martinelli SUS MEJORES POEMAS", es uno de sus libros editado por la
Escuela Superior de Comunicación Gráfica, de Chihuahua, además una obra suya
aparece en una Antología Poética Contemporánea "Las Caras del Amor", de Versal
Editorial Group.
Por su parte, María Julia Diéguez Pichel, nació en Dos Iglesias, Forcarey. Está
casada tiene un hijo, dos hijas y dos nietas. Cursó bachillerato en el Colegio
de las RRMM Doroteas de Pontevedra. Emigró a Venezuela, su segunda patria, donde
residió durante varios años. En la actualidad es Vicepresidenta de la Asociación
de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios “Rías Baixas”, donde estudió pintura
con la profesora Araceli Díaz, dominando varias técnicas: esmalte, acuarela,
sanguina, pastel y tela. Participó en varias exposiciones colectivas
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"Fue, por cierto, el final de un tiempo, y el inicio de otro, por
excelencia. Tal como estaba previsto por los ilustres mayas. Será la
edad de oro, la edad de la paz, y por dos mil años reinará"
Fuensanta González
(mano azul maya)
Prólogo
- de cabalgar los tiempos
Brilla el sol, brilla ahora
entre las enramadas
de la luna amada;
brillan rosas
fulgurantes carmesíes
y verdes follajes
bordeando los estanques
a donde una luz inicia
su rebelión mesiánica
de ser, una risa entre la agonía,
cumplir la esperanza
gestada desde la aurora,
olvidar los ríos rojos,
todos, desde el crepúsculo
de todos los sucios anuncios
de no poder volver la gloria
si hubo primeros tiempos
más albos que el humano.
I
- del valor de las lágrimas
¡Sea ahora!
Ese rayo, cuasi exangüe
recomienza, del desagüe
de todas las lágrimas
brindadas a los cielos
como a los cimientos
como a los mármoles,
hasta a los corsarios
de azufres - infiernos.
Lágrimas que disipaban,
luces y sonrisas
pero, animaron la llamada
de ser a ser,
serse vulnerables,
como los amantes
que se encuentran
por primera vez,
cuerpo en cuerpo
alma en alma
deseos en deseos,
¡extrañando nada!
cuando se estrenan
nueva partitura
nueva esfera
nueva quimera
- al fin deshojada –
Ínterin
- del halo salvador
Y así, llega el tiempo
de hacerse a un lado,
cuando en el espanto,
las aves, hacen un halo,
en el momento justo
en que tanta grieta
puede, aún, incrustar vida nueva,
paz nueva, y nueva estadía,
a esa serenidad que no hastía
porque es el justo medio
entre blandir la espada
y hacer, amor por amor.
II
- de la hechura de las pirámides
La calma, la calma,
- nunca cobardía -
la única que brinda la imagen
de la mejor obra culminada,
talladas en facetas
- las lamentaciones todas -
amparan, pirámides de diamantes
que nadie podrá,
por su materia dura,
escindir, si trae el alma sucia.
Y allá, sobre una brisa opaca,
oblicua, al manantial de éstas
magníficas y monumentales,
raleas de realeza verdadera
que ahora reparan esta esfera,
se ven, cayendo lejos, al vacío,
como si amalgamas de meteoritos,
amontonados, sin formas,
todos los ingratos,
que, por justicieros,
ajusticiaron sus propias almas
desde esas armas de cegar vidas
como si láminas,
fe de metales como éxito
para culminar el éxodo
antes de todas las flores,
ternuras de las rosas
como las orquídeas
como el girasol errante
la margarita del campo.
III
- del reino de la paz
El sol, con su noche,
hace con la luna el amor
la montaña con el mar
vueltas un solo par,
apareando la armonía
por fin y sin sumarias.
Y ¡ahí va la paz!, por séquito,
de todos los inocentes
que han resucitado,
ganando aquí, el edén,
- por padecer -
la sumisión en esta tierra
que fuera, lo que no debió ser.
Fínale
- de la quimera como un amén
Y se revitalizan la quimera
un hogar sin paredes
sin ajustes de cuentas
¡lleno de laureles!
victorias para todos
todos los reales iluminados
desde los sutiles seres
- luz de luz prístinos-
en cielos dentro de ellos
como arriba de ellos
como a los lados,
y así, se fragua el ¡amén!
Fuensanta González®
a 25 de Julio de 2006
día fuera del tiempo
(calendario maya de las 13 lunas)
Era tarde para llegar temprano.Nunca se pudo enterar que aquella mañana serìa
despedido o que su mujer se escaparía con un muchacho atlético y
bien dotado.La sangre que cubría los rieles del metro daban perfecta cuenta de
su existecia.Habia sido un buen hombre,pero eso no fue nunca suficiente.Ese día
se gano una portada en el diaria más importante de la ciudad.
ISAIAS GARDE <isaiasgarde@...> escribió: Isaías Garde - Humor
De excelente humor. Hasta se puso a conversar con un nativo en la parada del
autobús. La conversación fue acerca de la demora del autobús.
Em Coghlan box
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EL SAPO DE BRONCE, taller de poesía
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Si,toda huella marca la piel
y los versos languidecen
como presencia inagotable
de la otra que me habita
Ninguna noche me espera
porque simpre estoy
entresombras.
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Aullo para tí
desde mi cumbre de noche desolada
Soy la loba
que presto su costilla
para criar hijos alados.
ISAIAS GARDE <isaiasgarde@...> escribió:
Isaías Garde - Cantor
si grazno
para vos desde mi turbio
ocaso
de cisne de cantor.
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a la flor de loto,
para todos los que sufren
«La posesión del conocimiento, a no ser que vaya acompañada por una
manifestación y una expresión en la acción, es como el
amontonamiento de metales preciosos: una cosa vana y tonta. El
conocimiento, como la riqueza, está destinado al uso. La ley del
uso es universal, y aquel que la viola sufre en razón de su
conflicto con las fuerzas naturales.»
El Kybalion
Quisiera no tener esta obceca
manera de retratar cada instante
en mis letras, que alejan las métricas,
los olvidos, que no salvan las trizas
de mi alma, destinada a la pesadumbre,
al juego de caer en la almoneda
de ver quien deja de sostener
las veladoras tras las que, ya seca,
mi piel se agrieta de ser herrumbre
de tantas edades, salida maltrecha
como si la deuda existencial fuera
no hallarme, a pesar de este desgaste
en que voy sonriendo a la fatiga
de encontrarme sola, en nadie,
entre el universo de frases
de quién, y cómo soy,
o debería de ser.
Pero no, no soy ese ser,
ni celestial ni infernal,
sólo un hacer, un traer,
los ecos de lo que será,
si esto no es.
Y me quedo, a orillas de la cerca
como la niña que fui, que me tañe,
que jamás murió, y sigue mentiras
como verdades, por creer la cumbre
en que ellos se encuentran
tan conformes, que se repercuten
palabra a señal, me es ajena
como extraña la manera
en que se culminan, se contagian.
Me quedo fuera, siempre fuera la niña
en mi cuerpo de cualquier edad
para llorar, verlos pasar,
como invariablemente
desde que llegué a este cuartel
que llaman hogar
un lugar que no siendo mi heredad
insisto en habitar, más y más.
Aprendo, que esa estima disminuye
me rinde a unas especies
que se enternecen
de esta inocencia
cabalgando como quiere,
dentro, muy dentro mi ser,
y es tanta mi osadía
que quiero entiendan
que sólo deseo entenderles,
amarles, empatarles,
ser uno de ellos, rescatarme.
Y me dice el ángel
que me guarda la guardia,
que no caí, ni levité,
sólo me fusilé a mi misma
buscando el saber
que ni me llega
ni me recuerda
y me abandona,
si por temor divagan mis maneras
de no encomendar las riendas
a quien pueda evitarle
uno solo de estos pesares
de andar la tierra descalza
mirando frontal, hablando igual
desde adentro, aunque peque
de decir de más.
Y veo, veo todo, se,
pero ellos no me ven
ni entienden este amanecer
cuando, reto al desengrane
por si acaso esta sangre sirve
a dar una sola luminaria.
Y benévola, me presento árida,
soberbia - imperativa - dudosa
por lograr ver que una luz mínima
de esta lámpara austera
se despliegue sobre la muerte
y reviva, refrende, la savia
frene el dolor de la injusticia
que me devasta la vida,
la de todos que es la misma.
Y al fin, pierdo, a él,
a ti, a ellos, a ellas,
tierra de nadie
- mi alias -
la clámide que me cubre
de negro y blanco teñida
como una careta,
- del festival de sus zarpas -
me tapa, me atrapa.
Y, a veces, asoman
los índigos, verdes,
amarillos y azules
¡arcoiris! la forma
que en realidad
me conforma.
Y lloro, se me vacían
de nuevo, en esta vez,
y sólo unos advierten
y sólo desde el éter,
eternizando soledades
cuando debían ser naturales.
Así, la misión del poeta,
que se me encomienda
desde las estrellas,
- guste o no guste,
gústeme, o no me guste -
me queda deshecha
si no ajusta en sus almas.
A penas acercarme,
un poco, y todo se derrumba
caigo, como creí que remonté
un lapso en su miradas.
Lo intenté, a mi manera,
todo lo intenté, no vacilé
en pasearme por las señales,
por las señas y sus novedades.
Me asaltaron las sentencias
de uno a uno, un adiós silente
que hiere, me hiere, me troza.
me deja sin huella a seguirle.
¡Estoy sola!
Como eones atrás
abandonada, como fue,
de nada me sirvió jugar
el juego que creí jugaban
no logré entenderles
no logré legarles
ni un pétalo de la flor de loto que,
me han devuelto desde las alturas
hoy los pasajes
de ser Isis, Atenea
Gertrudis, Genoveva,
lo mismo dio, nada es
en esta tristeza
nada es cierto,
y nada es verdad
velada está
la única realidad toda
y ya, todos se me nublan
y ya, dejo de seguirles.
Y me pinto, me despinto, mujer
de cualquier lugar, cualquiera.
Me voy a la mar,
como si sirena
como si Alfonsina
o si Virginia,
de sus imperios virgen
- cansada hasta la médula
adentrarme, como ya fue,
siglos atrás, perdiéndome
en ese cegarse un instante
y volverse oleaje
con las mareas
de la vida muerta
¡fin de esta epopeya!
pues, yo no fui puesta,
en esta época
en esta tierra,
para sólo vivir mi vida.
Fuensanta González®
a 23 de Julio de 2006
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