Igual que a los magufos habria que prohibir por ley utilizar la
palabra "energia", para algunos humanistas tendrian que abstenerse de
usar a la ligera recientes avances cientificos.
Saludos
Angel Vazquez
http://www.elpais.com/articuloCompleto/opinion/Genes/nenufares/elpepiopi/2007090\
5elpepiopi_13/Tes#
TRIBUNA: FÉLIX OVEJERO LUCAS
Genes y nenúfares
FÉLIX OVEJERO LUCAS 05/09/2007
Parece que se acaban los años de desvarío posmoderno. En todas partes.
Hasta París tiene un límite para acoger charlatanes. En la mudanza, no
pocos "humanistas" en período de desintoxicación, con el mismo arrobo
con que se encandilaron con deconstrucciones y otros delirios, vuelven
su mirada hacia las ciencias naturales. Bienvenida sea la marea si
deposita algún sedimento de claridad y de cordura.
El reflujo está llegando a casi todos. Los últimos, los juristas. Por
supuesto, andan entusiasmados. Toda una vida buscando un sustituto
para Dios en donde afincar los derechos y resulta, quién se lo iba a
decir, que está en el neocórtex. El primer derecho en acudir a la cita
es el previsible, el que mayores problemas ha encontrado a la hora de
asegurarse cimientos firmes. "Los principios fundamentales de la
propiedad están codificados en el cerebro humano", podemos leer en un
texto incluido en una reciente recopilación de trabajos -algunos,
excelentes, todo hay que decirlo- publicados como libro bajo el título
Law and Brain.
Cuando las cosas se miran de cerca, aturde la rotundidad de las
conclusiones a la vista de la endeblez de los avales. Nadie sensato
niega la importancia de los programas naturalistas de investigación.
Pero por ahora disponemos más de promesas de resultados que de
resultados contables. En tales casos, lo prudente, para quienes no
estamos en el ajo, es callarnos y esperar que se pongan de acuerdo
quienes sí lo están. Por el momento, los del ajo están discutiendo en
banderías enconadas.
Es normal que sea así. Porque en este género no resulta sencillo el
control de las ideas. Y no por deshonestidad, como pudo suceder con
bastantes cantamañanas posmodernos, sino porque la naturaleza del
asunto impone estrategias argumentativas con limitado vigor
demostrativo. Un par de ellas son bastante comunes. Unas veces se
"explica" un comportamiento apelando a sus supuestas ventajas
adaptativas en el Pleistoceno, en los contextos en los que ha
transcurrido la mayor parte de la biografía de la especie humana.
Somos unos cotillas, porque preguntar cómo le iba a fulanito era el
mejor modo de mantener la cohesión en grupos numerosos una vez
abandonamos los árboles y ya no nos cundía el día para andar
manoseando a tanta gente. Una historia bonita, pero seguro que al
lector se le puede ocurrir otra no menos persuasiva. Otras veces se
procede mediante analogías. Se aduce, por ejemplo, que puesto que hay
una estructura de nuestro cerebro especializada en el lenguaje o en el
reconocimiento de los rostros, también debe existir otra que se ocupa
en exclusiva de lo que queremos explicar, ayudar a los parientes,
reconocer las emociones, evitar el incesto y mil cosas mal. Tales
estrategias intelectuales son lícitas, pero, a qué negarlo, no tienen
la rotundidad del experimento que relaciona una secuencia del ADN con
una enfermedad.
Cierto es que hay resultados que, aunque tampoco conjuran la
interpretación, son bastante más asibles que las alegres
especulaciones acerca de las ventajas adaptativas de -y los
consiguientes cableados neuronales especializados en- lo que sea.
Sobre todo, en neurología. Algunos resultan realmente sorprendentes, y
no faltos de implicaciones para el mundo del derecho. Pertrechados con
resonancias magnéticas, que vienen a ser el braile con el que leer la
actividad cerebral, científicos del Instituto Max Planck han sido
capaces de "conocer las intenciones" de los participantes en un
experimento... antes de que llevaran a cabo sus acciones. Un resultado
que debería dar mucho que pensar a los penalistas con fibra
filosófica, sobre todo si se combina con otras investigaciones que,
con técnicas parecidas, muestran que cabe predecir el comportamiento
de una persona antes de que ella misma sepa lo que va a hacer.
En todo caso, con la brida puesta, no hay nada inconveniente en las
interpretaciones evolutivas. Como digo, es un territorio en donde las
conjeturas son peaje inevitable. Lo malo es arrancar de tales
provisionalidades para acabar sentenciando acerca de lo que pasa o,
todavía peor, acerca de lo que debe pasar. De lo primero sobran
ejemplos. Sin tiempo para la meditación, se ha transitado de la
imprecisa "la culpa es de la sociedad" a la vacua "la culpa es de los
genes". El truco sirve para explicar el terrorismo o, como ha
intentado Semir Zeki, por qué nos gusta Vermeer y no tanto el cubismo.
Tales empeños vienen a ser como dar cuenta del cambio técnico a partir
de nuestra querencia por satisfacer necesidades. Intentos de montar un
rompecabezas con una grúa. En el mejor de los casos, trivialidades
campanudas. Las disposiciones generales, si es que existen, sirven de
poco para lo que queremos explicar.
Con todo, el error más grave es otro: extraer conclusiones morales de
lo que somos. Por supuesto, es importante conocer de qué barro estamos
amasados. Aunque las razones para defender la igualdad son
independientes de si somos o no iguales, pues no se distribuyen los
derechos según seamos más o menos imbéciles, hermosos o rubios, para
diseñar las instituciones que hagan posible la igualdad es de sumo
interés saber si priman en nosotros disposiciones egoístas, que no
parece, altruistas, que tampoco, o un modesto y prudencial sentimiento
de reciprocidad, que parece que sí. No se organiza del mismo modo el
reparto de un pastel si cada uno piensa en los demás que si va a la
suya. En el primer caso, basta la regla "escoja libremente"; en el
segundo funciona mejor la regla "escoge el último el que corta los
trozos". Pero la decisión acerca de si lo repartimos en trozos iguales
sí que es independiente de si somos lobos o corderos.
Pero nunca hay que olvidar lo fundamental, lo de siempre: lo que somos
nada nos dice acerca de lo que está bien que sea. Que los humanos
nazcamos, todos, con un "instinto" no hace bueno al "instinto". La
violencia doméstica no está justificada por más que ser agresivos o
celosos resultara adaptativamente ventajoso. Que existan razones
biológicas para que algunos colores o formas nos atraigan o para que
ciertos cuerpos nos embelesen no resuelve "el problema de la belleza".
Siempre nos quedarán por responder las preguntas "eso que queremos,
¿está bien?"; "eso que nos gusta, ¿es hermoso?". Al cabo, somos
capaces de reconocer que cosas que hacemos o queremos no nos parecen
bien. Sucede hasta con nuestras disposiciones gastronómicas. Nuestro
gusto por los alimentos dulces, explicable porque, en las condiciones
de escasez en las que transcurrió la mayor parte de nuestra
existencia, los golosos se proveían con mayor eficacia de calorías,
hoy, en la abundancia, es una inconveniencia y, porque nos parece mal,
lo combatimos. Por cierto, que algo parecido podría pasar con la
anorexia, que también en su día resultase la mar de conveniente.
De todos modos, no hay que entrar en tantas honduras y sutilezas para
reparar en que las "explicaciones" biologicistas que nos arrojan cada
día, aquí y allá, son naderías desinformadas. Al leerlas, más de una
vez he pensado que tienen un trato con los genes y los módulos
cerebrales como el que tenía Amado Nervo con los nenúfares.
¿Recuerdan? El poeta se paseaba con Unamuno cerca de un estanque,
cuando, arrobado como corresponde a la profesión, le preguntó al
filósofo: "Maestro, ¿sabe usted cómo se llama esa flor que flota sobre
las aguas?". A lo que don Miguel respondió: "Nenúfares, amigo,
nenúfares, eso que sale tanto en sus poemas".
Félix Ovejero Lucas es profesor de Ética y Economía de la Universidad
de Barcelona.