Mi pardonpetas pro uzo de la hispana cxi tie sed, damne, mi ne tempas
por traduki gxin. Kaj malgrau tio, ke tio.
Resendebla nur forigante miajn stultajn antauvortojn.
Gxuu!
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Fuente : http://www.gara.net/orriak/P08092002/art31265.htm
Fecha y autor: 08/09/02 ... Santiago Alba Rico - Escritor y filósofo
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Declaración de principios de un intelectual español
No condeno al rey Fahd, honrado por el rey de España, que tala
cabezas, poda manos y arranca ojos, que humilla a las mujeres y
amordaza a los opositores, que se enseñorea sin periódicos,
parlamento ni partidos políticos, que viola filipinas y tortura
indios y egipcios, que gasta la tercera parte del presupuesto de
Arabia Saudí en los 15.000 miembros de su familia y financia los
movimientos más reaccionarios y violentos del planeta. No condeno al
general Dustum, aliado de los EEUU en Afganistán, que ha ahogado en
un contenedor a mil prisioneros talibán a los que había prometido la
libertad y que murieron chupando las paredes de hierro de su prisión.
No condeno a Turquía, miembro de la OTAN y candidato a la UE, que en
la década de los noventa borró de la faz de la tierra 3.200 aldeas
kurdas, ha dejado morir de hambre a 87 presos políticos y encarcela
al que se atreve a transcribir en kurdo el nombre de sus ciudades.
No condeno al siniestro Kissinger, el más ambicioso asesino después
de Hitler, responsable de millones de muertos en Indo- china, en
Timor, en Chile y en todos aquellos países cuyo nombre salió alguna
vez de sus labios.
No condeno a Sharon, hombre de paz, que dinamita casas, deporta
civiles, arranca olivos, roba agua, tirotea a niños, pulveriza
mujeres, tortura rehenes, quema archivos, vuela ambulancias, arrasa
campos de refugiados y coquetea con la idea de «amputar el cáncer» de
tres millones de palestinos para hacer más holgada la pureza de su
estado «judío».
No condeno al rey Gienendra de Nepal, educado en los EEUU, que desde
el pasado mes de enero ha ejecutado sin juicio a 1.500 comunistas.
No condeno a Jordania ni a Egipto, que apalea y encarcela a los que
se manifiestan contra la ocupación israelí de Palestina.
No condeno la Patriot Act ni el programa TIPS ni la «desaparición» de
detenidos por el FBI ni la violación de la Convención de Ginebra en
Guantánamo ni los tribunales militares ni la «licencia para matar»
otorgada a la CIA ni el registro policial de todos los turistas que
entran en EEUU procedentes de un país musulmán.
No condeno el golpe de Estado en Venezuela ni al Gobierno español que
lo apoyó ni a los periódicos que, aquí y allí, financiaron,
legitimaron y aplaudieron la disolución de todas las instituciones y
la persecución armada de los partisanos de la Constitución.
No condeno a la compañía estadounidense Union Carbide, que el 2 de
diciembre de 1984 asesinó a treinta mil personas en la ciudad india
de Bophal.
No condeno a la empresa petrolífera estadounidense Exxon-Mobil,
acusada de secuestrar, violar, torturar y asesinar a decenas de
personas que vivían en un edificio propiedad de la compañía en la
provincia de Aceh (Indonesia).
No condeno a la empresa Vivendi, que ha dejado sin agua a todos los
barrios pobres de La Paz, ni a Monsanto, que deja sin semillas a los
campesinos de la India y de Canadá, ni a Enron, que después de dejar
sin luz a media docena de países, dejó también sin ahorros a 20.000
personas.
No condeno a las empresas españolas (BBV, BSCH, Endesa, Telefónica,
Repsol) que han vaciado las arcas de la Argentina, obligando así a
los argentinos a vender su pelo a los fabricantes de pelucas y
disputarse una vaca muerta para poder comer.
No condeno a la casa Coca-Cola, que penetró en Europa a la sombra de
los tanques nazis y que despide, amenaza y asesina hoy a
sindicalistas en Guatemala y Colombia.
No condeno a las grandes corporaciones farmacéuticas, que han
acordado matar a veinte millones de africanos enfermos de sida.
No condeno el ALCA, que viola y despedaza a las obreras de las
maquiladoras de Ciudad de Juárez y hace nacer niños sin cerebro en la
frontera de México con EEUU.
No condeno al FMI ni a la OMC, providencia de la hambruna, la peste,
la guerra, la corrupción y de toda la caballería del Apocalipsis.
No condeno a la UE ni al gobierno de los EEUU, que ponen los acuerdos
comerciales por encima de las medidas para la protección del medio
ambiente y que han decidido, sin plebiscito ni elecciones, la
extinción de una cuarta parte de los mamíferos de la tierra.
No condeno las torturas a Unai Romano, joven vasco que, hace ahora un
año, fue convertido en un globo tumefacto en una comisaría española,
quedando hasta tal punto desfigurado que sus padres sólo lo
reconocieron porque en la cara seguía teniendo el mismo lunar.
No condeno al Gobierno español, que el pasado mes de abril estableció
el estado de excepción sin consultarlo al Parlamento y suspendió
durante tres días derechos básicos recogidos en nuestra Constitución
(la libertad de movimiento y de expresión), con el agravante de
segregación racista, al impedir que los vascos viajaran a Barcelona
con ocasión de la última cumbre de la UE.
No condeno la Ley de Extranjería, que expulsa a hombres débiles y
hambrientos, los encierra en campos de detención o los priva del
derecho universal a asistencia sanitaria y educación.
No condeno el «decretazo», que precariza aún más el empleo, elimina
los subsidios y deja a los trabajadores, como hojarasca, a merced del
cardo de los vientos de los empresarios.
No condeno, naturalmente, a Dios cuando llueve, relampaguea o truena
ni cuando la tierra tiembla ni cuando el volcán vomita su fuego sobre
los hombres.
Soy un demócrata: me importa un carajo la muerte de niños que no son
españoles; me importa un carajo la persecución, silenciamiento y
asesinato de periodistas y abogados que no piensan como yo; me
importa un carajo la esclavitud de dos mil millones de personas que
nunca podrán comprar mis libros; me importa un carajo el recorte de
libertades mientras sujete yo libremente las tijeras; y me importa un
carajo incluso la desaparición de un planeta en el que ya me he
divertido tanto. Soy un demócrata: condeno a ETA, a los que la apoyan
y a los que guardan silencio, aunque sean mudos de nacimiento; y
exijo, por tanto, que se prive de sus derechos ciudadanos a 150.000
vascos, que se les impida votar, manifestarse y reunirse, que se
cierren sus tabernas, sus editoriales, sus periódicos, incluso sus
guarderías; que se los meta luego en la cárcel, a ellos y a todos sus
compinches (desde el joven militante anti-globalización al
escritorzuelo resentido) y que, si todo esto no es suficiente para
proteger la democracia, se pida la intervención humanitaria de
nuestras gloriosas Fuerzas Armadas, fajadas ya en la heroica
reconquista de la isla Perejil. Soy un demócrata: he condenado a ETA.
Soy un demócrata: sólo he condenado a ETA y formo parte, por tanto,
de todas las otras bandas armadas, de las más sangrientas, las más
crueles, las más destructivas organizaciones terroristas del planeta.
Soy un demócrata. Soy un cabrón.
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