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dos articles de'n Marianico al Faro de Vigo els anys 83 i 84   Lista de mensajes  
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Aquí teniu un parell d'articles publicats pel senyor Rajoy al Faro de
Vigo els anys 83-84, buf! tot un racista!


Uno de los tópicos más en boga en el momento actual en que el modelo
socialista ha sido votado mayoritariamente en nuestra patria es el que
predica la igualdad humana. En nombre de la igualdad humana se aprueban
cualesquiera normas y sobre las más diversas materias:
incompatibilidades, fijación de horarios rígidos, impuestos –cada vez
mayores y más progresivos- igualdad de retribuciones…En ellas no se
atiende a criterios de eficacia, responsabilidad, capacidad,
conocimientos, méritos, iniciativa o habilidad: sólo importa la
igualdad. La igualdad humana es el salvoconducto que todo lo permite
hacer; es el fin al que se subordinan todos los medios.

Recientemente, Luis Moure Mariño ha publicado un excelente libro sobre
la igualdad humana que paradójicamente lleva por título "La desigualdad
humana". Y tal vez por ser un libro "desigual" y no sumarse al coro
general, no ha tenido en lo que ahora llaman "medios intelectuales" el
eco que merece. Creo que estamos ante uno de los libros más importantes
que se han escrito en España en los últimos años. Constituye una prueba
irrefutable de la falsedad de la afirmación de que todos los hombres
son iguales, de las doctrinas basadas en la misma y por ende de las
normas que son consecuencia de ellas.

Ya en épocas remotas –existen en este sentido textos del siglo VI antes
de Jesucristo- se afirmaba como verdad indiscutible, que la estirpe
determina al hombre, tanto en lo físico como en lo psíquico. Y estos
conocimientos que el hombre tenía intuitivamente –era un hecho objetivo
que los hijos de "buena estirpe", superaban a los demás- han sido
confirmados más adelante por la ciencia: desde que Mendel formulara sus
famosas "Leyes" nadie pone ya en tela de juicio que el hombre es
esencialmente desigual, no sólo desde el momento del nacimiento sino
desde el propio de la fecundación. Cuando en la fecundación se funde el
espermatozoide masculino y el óvulo femenino, cada uno de ellos aporta
al huevo fecundado –punto de arranque de un nuevo ser humano- sus
veinticuatro cromosomas que posteriormente, cuando se producen las
biparticiones celulares, se dividen en forma matemática de suerte que
las células hijas reciben exactamente los mismos cromosomas que tenía
la madre: por cada par de cromosomas contenido en las células del
cuerpo, uno solo pasará a la célula generatriz, el paterno o el
materno, de ahí el mayor o menor parecido del hijo al padre o a la
madre. El hombre, después, en cierta manera nace predestinado para lo
que habrá de ser. La desigualdad natural del hombre viene escrita en el
código genético, en donde se halla la raíz de todas las desigualdades
humanas: en él se nos han transmitido todas nuestras condiciones, desde
las físicas: salud, color de los ojos, pelo, corpulencia…hasta las
llamadas psíquicas, como la inteligencia, predisposición para el arte,
el estudio o los negocios. Y buena prueba de esa desigualdad originaria
es que salvo el supuesto excepcional de los gemelos univitelinos, nunca
ha habido dos personas iguales, ni siquiera dos seres que tuviesen la
misma figura o la misma voz.

Esta búsqueda de la desigualdad, tiene múltiples manifestaciones: en la
afirmación de la propia personalidad, en la forma de vestir, en el
ansia de ganar –es ciertamente revelador en este sentido la referencia
que Moure Mariño al afán del hombre por vencer en una Olimpiada, por
batir marcas, récord…-, en la lucha por el poder, en la disputa por la
obtención de premios, honores, condecoraciones, títulos nobiliarios
desprovistos de cualquier contrapartida económica…Todo ello constituye
demostración matemática de que el hombre no se conforma con su
realidad, de que aspira a más, de que busca un mayor bienestar y además
un mejor bien ser, de que, en definitiva, lucha por desigualarse.

Por eso, todos los modelos, desde el comunismo radical hasta el
socialismo atenuado, que predican la igualdad de riquezas –porque como
con tanta razón apunta Moure Mariño, la de inteligencia, carácter o la
física no se pueden "Decretar" y establecen para ello normas como las
más arriba citadas, cuya filosofía última, aunque se les quiera dar
otro revestimento, es la de la imposición de la igualdad, son
radicalmente contrarios a la esencia misma del hombre, a su ser
peculiar, a su afán de superación y progreso y por ello, aunque se
llamen asimismos "modelos progresistas" constituyen un claro atentado
al progreso, porque contrarían y suprimen el natural instinto del
hombre a desigualarse, que es el que ha enriquecido al mundo y elevado
el nivel de vida de los pueblos, que la imposición de esa igualdad
relajaría a cotas mínimas al privar a los más hábiles, a los más
capaces, a los más emprendedores…de esa iniciativa más provechosa para
todos que la igualdad en la miseria, que es la única que hasta la fecha
de hoy han logrado imponer.

(*) Publicado en El Faro de Vigo. 04.03.1983


Hace algunos meses "FARO DE VIGO" tuvo la gentiliza de acceder a la
publicación de un artículo en el que comentábamos un libro a nuestro
juicio apasionante. ""La desigualdad humana" de Luís Moure-Mariño. Hoy
pretendemos descubrir otro libro no menos magistral que analiza con
profusión de detalles y argumentos aquella afirmación y el consiguiente
problema de la igualdad-desigualdad humana, pero que añade a este
estudio el de otro tema no menos importante e íntimamente unido al
primero, cual es el de la envidia, uno de los más graves y perniciosos
de los pecados capitales. El libro lleva por título "La envidia
igualitaria". Su autor Gonzalo Fernández de la Mora. De entre sus pocas
más de doscientas páginas, cuya lectura recomendamos a todos aquellos
que quieran ampliar sus conocimientos sobre el hombre, destacaremos
tres aspectos concretos y por encima de todo un mensaje general.

La primera parte de "La envidia igualitaria" tiene como objetivo
básico, ampliamente logrado por cierto, el recopilar los escritos
históricos sobre la envida. En ella se sintetizan los diversos estudios
y opiniones que a lo largo de los tiempos ha provocado el pecado de la
envidia. Desde los griegos hasta los contemporáneos pasando por los
latinos, Sagrada Escritura, la patriótica, los medievales, los
renacentistas, barrocos y modernos, todos los grandes pensadores han
denunciado la malignidad de ese sentimiento.

En el segundo apartado del libro, Gonzalo Fernández de la Mora analiza
de manera exhaustiva y profunda el problema de la envida –a la que
define como "malestar que se siente ante una felicidad ajena, deseada,
inalcanzable e inasimilable"-, de su utilización política (vaguedades
como "la eliminación de las desigualdades excesivas", "supresión de
privilegios", "redistribución", "que paguen los que tienen más…" son
utilizadas frecuentemente por los demagogos para así conseguir sus
objetivos políticos), las defensas ante la misma (la huida, la
simulación y la cortesía son medios de que tiene que valerse el
"envidiado" para evitar el provocar el sentimiento), y la manera de
superarla que es la autoperfección y la emulación.

Por último, el autor dedica unas brillantes páginas a demostrar el
error en que incurren quienes a veces conscientemente y utilizando el
sentimiento de la envida y otras sin valorar el alcance de sus
aseveraciones, sostienen la opinión de que todos los hombres son
iguales y en consecuencia tratan de suprimir las desigualdades: El
hombre es desigual biológicamente, nadie duda hoy que se heredan los
caracteres físicos como la estatura, color de la piel… y también el
cociente intelectual. La igualdad biológica no es pues posible. Pero
tampoco lo es la igualdad social: no es posible la igualdad del poder
político ("no hay sociedad sin jerarquía"), tampoco la de la autoridad
(¿sería posible equiparar la autoridad de todos los miembros de un
mismo gremio, por ejemplo, de todos los pintores o los cirujanos?), o
la de la actividad (es difícil imaginar un ejército en el que todos
fueran generales; o una universidad en la que todos fueran rectores), o
la del premio, o la de oportunidades (las circunstancias, temporales,
geográficas y familiares colocan inevitablemente a los individuos en
situaciones más o menos favorables, nadie tiene la misma oportunidad
mental, ni histórica, ni nacional: no es igual nacer en EE.UU. que en
U.R.S.); ni siquiera la económica: "allí donde se ha implantado una
cierta igualdad pecuniaria –mediante la nacionalización de los medios
de producción, la abolición de la herencia, la supresión de las rentas
del capital y la equiparación de casi todos los salarios- se han
radicalizado las inevitables desigualdades de poder, creadores de
desigualdades económicas quizá no monetarias, pero espectaculares.
Aunque la cuenta corriente de Stalin no fuera superior a la del más
mísero music, nadie podría afirmar la igualdad económica de ambos. Para
imponer tal igualdad habría que eliminar el poder político, lo que es
imposible".

Pero si importantes son todas y cada una de estas ideas,
individualmente consideradas, a todas ellas trasciende el mensaje, o la
pretensión final del autor sobre la que entiendo todos los ciudadanos y
particularmente los que asumen mayores responsabilidades en la
sociedad, debemos reflexionar. Demostrada de forma indiscutible que la
naturaleza, que es jerárquica, engendra a todos los hombres desiguales,
no tratemos de explotar la envidia y el resentimiento para asentar
sobre tan negativas pulsiones la dictadura igualitaria. La experiencia
ha demostrado d de modo irrefragable que la gestión estatal es menos
eficaz que la privada. ¿Qué sentido tienen pues las nacionalizaciones?
Principalmente el de desposeer –vid. RUMASA-, o sea, el de satisfacer
la envidia igualitaria. También es un hecho que la inversión particular
es mucho más rentable no subsidiaria. Entonces ¿Por qué se insiste en
incrementar la participación estatal en la economía? En gran medida,
para despersonalizar la propiedad, o sea, para satisfacer la envidia
igualitaria. Es evidente que la mayor parte del gasto público no crea
capital social, sino que se destina al consumo. ¿Por qué, entonces,
arrebatar con una fiscalidad creciente a la inversión privada
fracciones cada vez mayores de sus ahorros? También para que no haya
ricos para satisfacer la envidia igualitaria. Lo justo es cada
ciudadano tribute en proporción a sus rentas. Esto supuesto, ¿por qué,
mediante la imposición progresiva, se hace pagar a unos hasta un
porcentaje diez veces superior al de otros por la misma cantidad de
ingresos? Para penalizar la superior capacidad, o sea, para satisfacer
la envidia igualitaria. Lo equitativo es que las remuneraciones sean
proporcionales a los rendimientos. En tal caso ¿por qué se insiste en
aproximar los salarios? Para que nadie gane más que otro y, de este
modo, satisfacer la envidia igualitaria. El supremo incentivo para
estimular la productividad son las primas de producción. ¿Por qué,
entonces, se exige que los incrementos salariales sean lineales? Para
castigar al más laborioso y preparado, con lo que se satisface la
envidia igualitaria. Y así sucesivamente. Juan Ramón Jiménez lo
denunció en su verso famoso "Lo quería matar porque era distinto"; y el
poeta romántico Young dio en la diana cuando afirmó "todos nacemos
originales y casi todos morimos copias". Al revés de lo que propugnaban
Rousseau y Marx la gran tarea del humanismo moderno es lograr que la
persona sea libre por ella misma y que el Estado no la obligue a ser un
plagio. Y no es bueno cultivar el odio sino el respeto al mejor, no el
rebajamiento de los superiores, sino la autorrealización propia. La
igualdad implica siempre despotismo y la desigualdad es el fruto de la
libertad. La aprobación por nuestras Cortes Generales de algunas leyes
como la última de la Función Pública constituye un claro ejemplo de
igualdad impuesta pues pretende equiparar a quien por capacidad,
trabajo y méritos son claramente desiguales y sólo va a servir para
satisfacer ese gran mal que constituye la envidia igualitaria. Frente a
ella sólo es posible la emulación jerárquica: hagamos caso de la
sentencia de Saint-Exupery "Si difiero de ti, en lugar de lesionarte te
aumento".

(*) Publicado en El Faro de Vigo. 24.07.1984



Mié, 10 de Mar, 2004 12:13 pm

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