“(…) la idea de un medio universal que lo penetra todo y llena el espacio entre y dentro de todos los cuerpos materiales fue establecida firmemente en la ciencia física a fines del siglo XIX. Bajo el nombre “éter cósmico” de Huygens, este medio servía de vehículo para la propagación de ondas luminosa.
(…) el fenómeno de la polarización de la luz probaba sin duda alguna que se trataba de vibraciones transversales en las cuales la materia e mueve perpendicularmente a la dirección de la propagación. Sin embargo, las vibraciones transversales únicamente pueden existir en la materia sólida que, en contraste con líquidos y gases, resisten cualquier tentativa de cambiar su forma de modo que el éter de la luz ha de ser considerado como una materia sólida. Si es así, y el éter cósmico llena todo el espacio en el entorno nuestro, ¿cómo podemos andar y correr sobre el suelo y cómo los planetas pueden circular alrededor del
sol miles de millones de años sin encontrar resistencia alguna?
(…) Es muy fácil criticar a quienes llegan a conclusiones erróneas después de haberse conocido la respuesta correcta, pero es realmente sorprendente que los grandes físicos del siglo pasado no se dieran cuenta de que, si existe el éter cósmico, tendriá propiedades totalmente diferentes de las de los cuerpos materiales corrientes que nos son familiares. En efecto, es muy conocido que la compresibilidad de los gases, la fluidez de los líquidos, la elasticidad de los sólidos y todas las demás propiedades de los cuerpos materiales corrientes son debidas a su estructura molecular y son el resultado del movimiento de las partículas y las fuerzas que actúan entre ellas. Parece que nadie, excepto acaso el químico ruso Dimitri Mendeleiev, que atribuyó al éter cósmico el número atómico cero en su Sistema Periódico de los elementos, nadie jamás pensó que el éter cósmico tenía una estructura
molecular propia y, en todo caso, tal hipótesis no haría más que llevar a nuevas contradicciones. Si las fuerzas entre los imantes y los cuerpos cargados de electricidad y la propagación de la luz en el espacio deben ser explicados por alguna clase de sustrato, este no tiene que parecerse en nada a las sustancias que conocemos. Pero la inteligencia humana está frecuentemente demasiado limitada por el pensamiento tradicional, y tuvo que ser el genio Einstein quien arrojase por la borda el viejo y contradictorio éter cósmico y sustituirle por la extendida noción del campo electromagnético, al que adscribió una realidad física igual a la de cualquier cuerpo material ordinario”
Gamow, Biografia de la Física, 1962
Gamow habla sobre Einstein y sobre la crisis de la física clásica
(…) la idea de un medio
universal que lo penetra todo y llena el espacio entre y dentro de todos los cuerpos materiales fue establecida firmemente en la ciencia física a fines del siglo XIX. Bajo el nombre “éter cósmico” de Huygens, este medio servía de vehículo para la propagación de ondas luminosa.
(…) el fenómeno de la polarización de la luz probaba sin duda alguna que se trataba de vibraciones transversales en las cuales la materia e mueve perpendicularmente a la dirección de la propagación. Sin embargo, las vibraciones transversales únicamente pueden existir en la materia sólida que, en contraste con líquidos y gases, resisten cualquier tentativa de cambiar su forma de modo que el éter de la luz ha de ser considerado como una materia sólida. Si es así, y el éter cósmico llena todo el espacio en el entorno nuestro, ¿cómo podemos andar y correr sobre el suelo y cómo los planetas pueden circular alrededor del sol miles de millones de años sin encontrar
resistencia alguna?
(…) Es muy fácil criticar a quienes llegan a conclusiones erróneas después de haberse conocido la respuesta correcta, pero es realmente sorprendente que los grandes físicos del siglo pasado no se dieran cuenta de que, si existe el éter cósmico, tendriá propiedades totalmente diferentes de las de los cuerpos materiales corrientes que nos son familiares. En efecto, es muy conocido que la compresibilidad de los gases, la fluidez de los líquidos, la elasticidad de los sólidos y todas las demás propiedades de los cuerpos materiales corrientes son debidas a su estructura molecular y son el resultado del movimiento de las partículas y las fuerzas que actúan entre ellas. Parece que nadie, excepto acaso el químico ruso Dimitri Mendeleiev, que atribuyó al éter cósmico el número atómico cero en su Sistema Periódico de los elementos, nadie jamás pensó que el éter cósmico tenía una estructura molecular propia y, en todo
caso, tal hipótesis no haría más que llevar a nuevas contradicciones. Si las fuerzas entre los imantes y los cuerpos cargados de electricidad y la propagación de la luz en el espacio deben ser explicados por alguna clase de sustrato, este no tiene que parecerse en nada a las sustancias que conocemos. Pero la inteligencia humana está frecuentemente demasiado limitada por el pensamiento tradicional, y tuvo que ser el genio Einstein quien arrojase por la borda el viejo y contradictorio éter cósmico y sustituirle por la extendida noción del campo electromagnético, al que adscribió una realidad física igual a la de cualquier cuerpo material ordinario.
Gamow (Biografía de la Física)
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