Nobel Medicina 2003, Lauterbur y Mansfield
EL PAÍS
MADRID, ESPAÑA.- El estadounidense Paul Lauterbur (Urbana, 1929) y
el británico Peter Mansfield (Nottingham, 1933) ganaron ayer el
premio Nobel de Medicina por haber perfeccionado la técnica de la
resonancia magnética nuclear (RMN) hasta hacerla útil para el
diagnóstico médico, especialmente en el campo de la neurología. Los
avances técnicos que los dos científicos lograron a principios de
los setenta condujeron directamente a los primeros aparatos de RMN
para uso médico en los primeros ochenta. Actualmente se hacen en el
mundo 60 millones de pruebas clínicas con RMN cada año.
El trabajo pionero de Lauterbur y Mansfield convirtió la RMN, hasta
entonces utilizada sobre todo para determinar la estructura química
de las sustancias, en una técnica no invasiva (no se introduce
instrumental en el cuerpo) que ha mejorado el diagnóstico de muchas
enfermedades, y con muchas ventajas sobre otros métodos de imagen
alternativos.
La RMN es completamente inocua y, a diferencia de otras técnicas de
exploración como los rayos X y la tomografía axial computerizada
(TAC), no requiere el uso de radiación peligrosa. Uno de sus pocos
inconvenientes es que no puede usarse en pacientes con marcapasos o
ciertas prótesis metálicas.
Muchas enfermedades causan un cambio en el contenido de agua de un
órgano, o de parte de un órgano. La RMN debe su calidad de imagen a
que es capaz de detectar variaciones tan pequeñas como el uno por
ciento en el contenido de agua de un tejido.
Cada molécula de agua contiene dos átomos de hidrógeno, y el núcleo
de éstos (compuesto por un solo protón) se puede comportar como la
aguja de una brújula. Si el cuerpo del paciente se somete a un
fuerte campo magnético, los núcleos de los átomos de hidrógeno rotan
de manera ordenada. Un pulso de radiación hace luego que los núcleos
absorban energía, y cuando cesa el pulso esa energía se libera en
forma de ondas de radio, que pueden detectarse desde fuera del
cuerpo.
La técnica detecta ínfimas diferencias en el contenido de agua de un
tejido o zona de un órgano, y también las pequeñas variaciones en el
movimiento de las moléculas de agua. Con ayuda de un ordenador, esas
diferencias se utilizan para reconstruir una imagen tridimensional
muy precisa del órgano o tejido examinado, y en ella se puede
localizar cualquier alteración patológica.
La RMN ya ha dado lugar a otros cuatro premios Nobel (dos de física
en 1952 y otros dos de química en 1991 y 2002).
El instituto Karolinska de Estocolmo destacó ayer la gran utilidad
de la RMN para el diagnóstico y el seguimiento de la esclerosis
múltiple, ya que la técnica puede determinar de manera muy fiable
qué zonas del cerebro y la médula espinal están más inflamadas por
esa enfermedad, y cómo responde la inflamación al tratamiento. Los
neurocirujanos usan la técnica a menudo para conocer la localización
exacta de una lesión en el cerebro y poder operarla, o implantar
electrodos en pacientes de Parkinson.
Otra aplicación muy frecuente es en los dolores lumbares
prolongados, donde la RMN puede distinguir si el dolor es de origen
muscular o viene causado por la presión sobre un nervio, por ejemplo
como consecuencia de una hernia de disco. Esta distinción es
esencial para decidir un tratamiento.
La RMN también ha mejorado mucho la cirugía del cáncer, ya que
define con precisión la localización y forma del tumor, y puede
determinar también si éste se ha infiltrado en los tejidos
adyacentes o en los nódulos linfáticos. Toda esta información,
obtenida antes de la intervención quirúrgica, es de gran valor
durante la operación.
La RMN también ha ido sustituyendo a técnicas diagnósticas como la
inyección de sustancias de contraste pata examinar los conductos
biliares y pancreáticos, y a la artroscopia, o exploración de las
articulaciones mediante la introducción de una microcámara de vídeo.