Benedicto XVI: La alegría de la Resurrección de Cristo
Intervención en el Regina Caeli del 24 de marzo
CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 31 marzo 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la
intervención que pronunció Benedicto XVI el 24 de marzo al rezar
junto a varios miles de peregrinos congregados en el patio de la
residencia pontificia de Castel Gandolfo la oración mariana del
Regina Caeli.
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
En la solemne Vigilia pascual volvió a resonar, después de los días
de Cuaresma, el canto del Aleluya, palabra hebrea universalmente
conocida, que significa «alabad al Señor». Durante los días del
tiempo pascual esta invitación a la alabanza se propaga de boca en
boca, de corazón en corazón. Resuena a partir de un acontecimiento
absolutamente nuevo: la muerte y resurrección de Cristo. El aleluya
brotó del corazón de los primeros discípulos y discípulas de Jesús en
aquella mañana de Pascua, en Jerusalén.
Casi nos parece oír sus voces: la de María Magdalena, la primera que
vio al Señor resucitado en el jardín cercano al Calvario; las voces
de las mujeres, que se encontraron con él mientras corrían, asustadas
y felices, a dar a los discípulos el anuncio del sepulcro vacío; las
voces de los dos discípulos que con rostros tristes se habían
encaminado a Emaús y por la tarde volvieron a Jerusalén llenos de
alegría por haber escuchado su palabra y haberlo reconocido «en la
fracción del pan»; las voces de los once Apóstoles, que aquella misma
tarde lo vieron presentarse en medio de ellos en el Cenáculo,
mostrarles las heridas de los clavos y de la lanza y decirles: «¡La
paz con vosotros!». Esta experiencia ha grabado para siempre el
aleluya en el corazón de la Iglesia, y también en nuestro corazón.
De esa misma experiencia deriva también la oración que rezamos hoy y
todos los días del tiempo pascual en lugar del Ángelus: el Regina
Caeli. El texto que sustituye durante estas semanas al Ángelus es
breve y tiene la forma directa de un anuncio: es como una
nueva «anunciación» a María, que esta vez no hace un ángel, sino los
cristianos, que invitamos a la Madre a alegrarse porque su Hijo, a
quien llevó en su seno, resucitó como lo había prometido.
En efecto, «alégrate» fue la primera palabra que el mensajero
celestial dirigió a la Virgen en Nazaret. Y el sentido era este:
Alégrate, María, porque el Hijo de Dios está a punto de hacerse
hombre en ti. Ahora, después del drama de la Pasión, resuena una
nueva invitación a la alegría: «Gaude et laetare, Virgo Maria,
alleluia, quia surrexit Dominus vere, alleluia», «Alégrate y
regocíjate, Virgen María, aleluya, porque verdaderamente el Señor ha
resucitado, aleluya».
Queridos hermanos y hermanas, dejemos que el aleluya pascual también
se grabe profundamente en nosotros, de modo que no sea sólo una
palabra en ciertas circunstancias exteriores, sino la expresión de
nuestra misma vida: la existencia de personas que invitan a todos a
alabar al Señor y lo hacen actuando como «resucitados». Decimos a
María: «Ruega al Señor por nosotros», para que Aquel que en la
resurrección de su Hijo devolvió la alegría al mundo entero, nos
conceda gozar de esa alegría ahora y siempre, en nuestra vida actual
y en la vida sin fin.
[Después del Regina Caeli, el Papa saludó a los peregrinos en varios
idiomas. En español, dijo:]
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en este lunes
de la octava de Pascua. Os invito a alegraros y a regocijaros con la
Virgen María, porque el Señor Jesús resucitó de entre los muertos y
reina para siempre. Él intercede por vosotros y os alienta a vivir de
acuerdo con la fe que profesáis. Feliz tiempo de Pascua.
[En italiano]
En la luz de Cristo resucitado cobra un valor particular la Jornada
anual de oración y ayuno por los misioneros mártires, que se celebra
precisamente hoy, 24 de marzo. Recordar y orar por estos hermanos y
hermanas nuestros -obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y
laicos- caídos durante el año 2007 mientras prestaban su servicio
misionero, es un deber de gratitud de toda la Iglesia y un estímulo
para cada uno de nosotros a testimoniar de modo cada vez más valiente
nuestra fe y nuestra esperanza en Aquel que en la cruz venció para
siempre el poder del odio y de la violencia con la omnipotencia de su
amor.
Hoy se celebra también la Jornada mundial de lucha contra la
tuberculosis. Estoy particularmente cercano a los enfermos y a sus
familias, y deseo que en todo el mundo aumente el compromiso por
derrotar este azote. Mi llamamiento se dirige sobre todo a las
instituciones católicas, para que cuantos sufren puedan reconocer, a
través de su obra, al Señor resucitado que los sana, los consuela y
les da paz.