Mensaje de Benedicto XVI para la Cuaresma 2009
"Jesús, después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta
noches, al fin sintió hambre"
CIUDAD DEL VATICANO, martes, 3 de febrero de 2009 (ZENIT.org).-
Publicamos el mensaje que ha escrito Benedicto XVI para la Cuaresma
2009 que lleva por título "Jesús, después de hacer un ayuno durante
cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mateo 4, 2)
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¡Queridos hermanos y hermanas!
Al comenzar la Cuaresma, un tiempo que constituye un camino de
preparación espiritual más intenso, la Liturgia nos vuelve a proponer
tres prácticas penitenciales a las que la tradición bíblica cristiana
confiere un gran valor ! la oración, el ayuno y la limosna ! para
disponernos a celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer
experiencia del poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia
pascual, "ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la
inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio,
trae la concordia, doblega a los poderosos" (Pregón pascual). En mi
acostumbrado Mensaje cuaresmal, este año deseo detenerme a
reflexionar especialmente sobre el valor y el sentido del ayuno. En
efecto, la Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de ayuno que el
Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública.
Leemos en el Evangelio: "Jesús fue llevado por el Espíritu al
desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno
durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mt
4,1-2). Al igual que Moisés antes de recibir las Tablas de la Ley
(cfr. Ex 34, 8), o que Elías antes de encontrar al Señor en el monte
Horeb (cfr. 1R 19,8), Jesús orando y ayunando se preparó a su misión,
cuyo inicio fue un duro enfrentamiento con el tentador.
Podemos preguntarnos qué valor y qué sentido tiene para nosotros, los
cristianos, privarnos de algo que en sí mismo sería bueno y útil para
nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y toda la tradición
cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el
pecado y todo lo que induce a él. Por esto, en la historia de la
salvación encontramos en más de una ocasión la invitación a ayunar.
Ya en las primeras páginas de la Sagrada Escritura el Señor impone al
hombre que se abstenga de consumir el fruto prohibido: "De cualquier
árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y
del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin
remedio" (Gn 2, 16-17). Comentando la orden divina, San Basilio
observa que "el ayuno ya existía en el paraíso", y "la primera orden
en este sentido fue dada a Adán". Por lo tanto, concluye: "El `no
debes comer' es, pues, la ley del ayuno y de la abstinencia" (cfr.
Sermo de jejunio: PG 31, 163, 98). Puesto que el pecado y sus
consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un
medio para recuperar la amistad con el Señor. Es lo que hizo Esdras
antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida,
invitando al pueblo reunido a ayunar "para humillarnos ! dijo !
delante de nuestro Dios" (8,21). El Todopoderoso escuchó su oración y
aseguró su favor y su protección. Lo mismo hicieron los habitantes de
Nínive que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se arrepintieran,
proclamaron, como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo: "A
ver si Dios se arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su
ira y no perecemos" (3,9). También en esa ocasión Dios vio sus obras
y les perdonó.
En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del ayuno,
estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban
escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su
corazón estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra
ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad
del Padre celestial, que "ve en lo secreto y te recompensará" (Mt
6,18). Él mismo nos da ejemplo al responder a Satanás, al término de
los 40 días pasados en el desierto, que "no solo de pan vive el
hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4,4).
El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer
el "alimento verdadero", que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn
4,34). Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden del Señor de "no
comer del árbol de la ciencia del bien y del mal", con el ayuno el
creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad
y misericordia.
La práctica del ayuno está muy presente en la primera comunidad
cristiana (cfr. Hch 13,3; 14,22; 27,21; 2Co 6,5). También los Padres
de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de frenar el
pecado, reprimir los deseos del "viejo Adán" y abrir en el corazón
del creyente el camino hacia Dios. El ayuno es, además, una práctica
recurrente y recomendada por los santos de todas las épocas. Escribe
San Pedro Crisólogo: "El ayuno es el alma de la oración, y la
misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune;
quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica
aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a
quien no cierra los suyos al que le súplica" (Sermo 43: PL 52, 320,
332).
En nuestros días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco
su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada
por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida
terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar
es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en
primer lugar, una "terapia" para curar todo lo que les impide
conformarse a la voluntad de Dios. En la Constitución apostólica
Pænitemini de 1966, el Siervo de Dios Pablo VI identificaba la
necesidad de colocar el ayuno en el contexto de la llamada a todo
cristiano a no "vivir para sí mismo, sino para aquél que lo amó y se
entregó por él y a vivir también para los hermanos" (cfr. Cap. I). La
Cuaresma podría ser una buena ocasión para retomar las normas
contenidas en la citada Constitución apostólica, valorizando el
significado auténtico y perenne de esta antigua práctica penitencial,
que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón
al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva
ley y compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40).
La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la
persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la
intimidad con el Señor. San Agustín, que conocía bien sus propias
inclinaciones negativas y las definía "retorcidísima y enredadísima
complicación de nudos" (Confesiones, II, 10.18), en su tratado La
utilidad del ayuno, escribía: "Yo sufro, es verdad, para que Él me
perdone; yo me castigo para que Él me socorra, para que yo sea
agradable a sus ojos, para gustar su dulzura" (Sermo 400, 3, 3: PL
40, 708). Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita
una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su
palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que
venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo
de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.
Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la
situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. En su Primera
carta San Juan nos pone en guardia: "Si alguno que posee bienes del
mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas,
¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?" (3,17). Ayunar por
voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano,
que se inclina y socorre al hermano que sufre (cfr. encíclica Deus
caritas est, 15). Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar
a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa
dificultades no nos es extraño. Precisamente para mantener viva esta
actitud de acogida y atención hacia los hermanos, animo a las
parroquias y demás comunidades a intensificar durante la Cuaresma la
práctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la
escucha de la Palabra de Dios, la oración y la limosna. Este fue,
desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se
hacían colectas especiales (cfr. 2Co 8-9; Rm 15, 25-27), y se
invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se
había recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). También hoy hay que
redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el
tiempo litúrgico cuaresmal.
Lo que he dicho muestra con gran claridad que el ayuno representa una
práctica ascética importante, un arma espiritual para luchar contra
cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. Privarnos por
voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales,
ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la
naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos
afectan a toda la personalidad humana. Oportunamente, un antiguo
himno litúrgico cuaresmal exhorta: "Utamur ergo parcius, / verbis,
cibis et potibus, / somno, iocis et arctius / perstemus in custodia -
Usemos de manera más sobria las palabras, los alimentos y bebidas, el
sueño y los juegos, y permanezcamos vigilantes, con mayor atención".
Queridos hermanos y hermanas, bien mirado el ayuno tiene como último
fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como escribía el Siervo de Dios
el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de uno mismo a Dios (cfr.
encíclica Veritatis Splendor, 21). Por lo tanto, que en cada familia
y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que
distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la
abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un
mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de
la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía,
sobre todo en la Santa Misa dominical. Con esta disposición interior
entremos en el clima penitencial de la Cuaresma. Que nos acompañe la
Beata Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, y nos sostenga en el
esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para
que se convierta cada vez más en "tabernáculo viviente de Dios". Con
este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada
comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os
imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.
Vaticano, 11 de diciembre de 2008
BENEDICTUS PP. XVI