(escrito procedente de la revista Nuevo Pentecostes, n. 64, 1999)
AUTOR:P. Francisco Arias, O.P
La llamada fue escueta, temblorosa: " Ha muerto el P. Pedro". ¿,De qué Pedro me hablas? Del nuestro, Salí inmediatamente para Renedo.
Ahí había empezado el camino el 29 de Septiembre de 1936 y ahí lo finalizaba, bajo el manto de la Virgen de la Velilla. Entre oraciones y recuerdos, recorrí los 120 kms. Me vino a la memoria la imagen del joven Pedro en el Seminario, donde lo conocí. Despierto, elegante, amante de los libros. Le gustaba escribir y lo hacía con soltura e ingenio. Recordé las largas conversaciones en los viajes que hicimos para dar retiros, ejercicios espirituales y los momentos de compartir en comunidad, en los que frecuentemente salía el tema del Noviciado, que comenzó en Palencia el 12 de Septiembre de 1954. Lo hizo bajo la dirección de un gran religioso, P. José merino (hoy en proceso de canonización), al que recordaba con cariño y agradecimiento. El lo inició en la oración, en la realidad de la gracia, la Persona de Jesús y el amor a la Virgen ( la Madre Maestra). Dada la distancia de edad recordaba lo que a él le oía de sus estudios de Filosofía y Teología realizados con brillantez. Su capacidad intelectual le permitía ayudar a los compañeros en sus estudios y en la comprensión de los temas.
Completados los estudios eclesiásticos y con una sólida y bien asentada base intelectual, fue destinado a una comunidad de predicación y luego a la Universidad Laboral de Córdoba como profesor. Tiempo que aprovechó para hacer la Licenciatura en Filosofía y Letras.
Con mis oraciones y recuerdos llegué a Renedo. Aquí empezó y aquí culminó su caminar a la Casa del Padre. Además de los familiares, abrumados por lo inesperado, había hermanos de Maranatha. Celebramos la Misa de "corpore insepulto" poniendo en el Misterio Salvador a quien tanto y tan profundamente había hablado de él.
Fueron llegando religiosos, hermanos de la Renovación, amigos. Las lágrimas y el dolor nos unían a todos como nos había unido la palabra cercana, transparente, de Pedro. Su entierro fue una manifestación de fe. Rodeado de más de 60 sacerdotes y del amor de los hermanos de Maranatha fue puesto en la fuerza de la Resurrección y la Vida eterna de Jesús. El canto de "Majestad" fue una explosión de fé en el ofertorio se entonó la Rosa de Sarón que tanto le gustaba a él. "Ven, amada mía, que el invierno pasó". Era el 19 de, Julio. Jesús, su amigo, le tenía preparado un lugar en la casa del Padre.
Hablar de P. Pedro es hablar de un hermano de la casa, de un familiar, de un amigo, de un testigo del triunfo de la gracia. En su afán de buscar la verdad hubo temporadas de oscuridad y un prolongado desierto, con dudas y perplejidades. Había alimentado con avidez su inteligencia. Le atraían las ideas, los sistemas filosóficos, el arte, la literatura, el saber humano. El Buen Padre Dios le puso en el camino un hermano que acogió, lo acompañó, lo abrió a la persona de Jesucristo, y lo puso bajo la acción del Espíritu Santo. El habló con frecuencia, y está recogido en las cintas, de su conversión. Superó fuertes combates, experimentó grandes limitaciones y pobrezas, de las que se servía el Espíritu para hacer una hermosa obra.
Volví a "encontrarlo" en 1982, en unos ejercicios espirituales para sacerdotes en Salamanca que daba en compañía del P. Chus, a raíz de su conversión. Me llamó la atención su lenguaje. Era distinto. Hablaron de la parábola del hijo pródigo. Me impresionó la aplicación que hacían a sus vidas, testimoniando la fuerza del Espíritu. Descubrí a otro Pedro, abierto a una realidad nueva, que ofrecía a la Renovación, a la que amaba con la pasión del que vive una certeza. Ahí están los centenares de enseñanzas, semanas de oración, ejercicios espirituales, como orientación y aliento para los que viven la acción del Espíritu en sus vidas.
En este extenso y rico servicio a la Palabra de Dios, quiero resaltar algunas facetas:
La gratuidad de los dones de Dios. Su experiencia era la prueba. Dios lo levantó del polvo para sentarlo con los hijos muy amados. Dominaba el tema de la gracia, pero no era vida en él hasta que sintió el amor y la ternura de Dios como gratuidad absoluta en su corazón.
La misericordia de Dios fue proclamada por el P. Pedro. Por naturaleza cercano, familiar, acogedor, en su conversión se sintió envuelto en la paternal misericordia de Dios, que lo configuró, para ser misericordia prolongada. De esto dan testimonio los que a él se acercaban en busca de aliento, consuelo y esperanza. Tenía un don especial para desculpabilizar y serenar los espíritus.
La Persona y la obra del Espíritu Santo fue una de las prioridades de su vida y su enseñanza. Hablaba con frecuencia de la renovación de la Iglesia como obra del Espíritu Santo. Habló con profundidad de la acción del Espíritu por medio de sus dones, carismas y frutos.
Amó la Palabra de Dios hasta el punto de tramitar la jubilación anticipada como catedrático, para ponerse total y exclusivamente al su servicio.
El P.Pedro debió mucho a la Renovación. La Renovación debe mucho al P. Pedro. Ahí queda su enseñanza, su obra que se prolonga en las Comunidades carismáticas, en las de Religiosas, que se sirven de ellas para sus retiros y formación. No escatimó sacrificios, viajes y entrega cuando se trataba de servir a la Renovación. Su enseñanza, como su amistad perdurará entre nosotros.
Tenemos un valioso intercesor y, al igual que Santo Domingo decía a sus frailes al final de su vida "Os seré más útil en el cielo", el P. Pedro seguirá siendo el amigo, el consejero, el intercesor desde la Patria, porque Jesús se adelantó a prepararle un lugar cerca de El. El mejor recuerdo y homenaje al P. Pedro será seguir escuchando su palabra, viva en los centenares de cassettes, y pidiendo que el Señor realice una renovación profunda en nuestras vidas, como la realizó en él.
P. Francisco Arias, O.P.