ROMA, viernes, 1 septiembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el
comentario del padre Raniero Cantalamessa, ofmcap. --predicador de
la Casa Pontificia-- a la liturgia del próximo domingo, XXII del
tiempo ordinario.
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Lo que contamina al hombre
XXI Domingo del tiempo ordinario (B)
Deuteronomio 4, 1-2. 6-8; Santiago 1, 17-18. 21. 27; Marcos7, 1-8.
14-15. 21-23
«Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en
él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que
contamina al hombre. [...] Porque de dentro, del corazón de los
hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos,
asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje,
envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades
salen de dentro y contaminan al hombre».
En el pasaje del Evangelizo de este domingo Jesús corta de raíz la
tendencia a dar más importancia a los gestos y a los ritos
exteriores que a las disposiciones del corazón, el deseo de
aparentar que se es -más que de serlo- bueno. En resumen, la
hipocresía y el formalismo.
Pero podemos sacar hoy de esta página del Evangelio una enseñanza de
orden no sólo individual, sino también social y colectivo. La
distorsión que Jesús denunciaba de dar más importancia a la limpieza
exterior que a la pureza del corazón se reproduce hoy a escala
mundial. Hay muchísima preocupación por la contaminación exterior y
física de la atmósfera, del agua, por el agujero en el ozono; en
cambio silencio casi absoluto sobre la contaminación interior y
moral. Nos indignamos al ver imágenes de pájaros marinos que salen
de aguas contaminadas por manchas de petróleo, cubiertos de
alquitrán e incapaces de volar, pero no hacemos lo mismo por
nuestros niños, precozmente viciados y apagados a causa del manto de
malicia que ya se extiende sobre cada aspecto de la vida.
Que quede bien claro: no se trata de oponer entre sí los dos tipos
de contaminación. La lucha contra la contaminación física y el
cuidado de la higiene es una señal de progreso y de civilización al
que no se puede renunciar a ningún precio. Jesús no dijo, en aquella
ocasión, que no había que lavarse las manos o los jarros y todo lo
demás; dijo que esto, por sí solo, no basta; no va a la raíz del
mal.
Jesús lanza entonces el programa de una ecología del corazón.
Tomemos alguna de las cosas «contaminantes» enumeradas por Jesús, la
calumnia con el vicio a ella emparentado de decir maldades a costa
del prójimo. ¿Queremos hacer de verdad una labor de saneamiento del
corazón? Emprendamos un lucha sin cuartel contra nuestra costumbre
de descender a los chismes, de hacer críticas, de participar en
murmuraciones contra personas ausentes, de lanzar juicios a la
ligera. Esto es un veneno dificilísimo de neutralizar, una vez
difundido.
Una vez una mujer fue a confesarse con San Felipe Neri acusándose de
haber hablado mal de algunas personas. El santo la absolvió, pero le
puso una extraña penitencia. Le dijo que fuera a casa, tomara una
gallina y volviera adonde él desplumándola poco a poco a lo largo
del camino. Cuando estuvo de nuevo ante él, le dijo: «Ahora vuelve a
casa y recoge una por una las plumas que has dejado caer cuando
venías hacia aquí». «¡Imposible! -exclamó la mujer- Entretanto el
viento las ha dispersado en todas direcciones». Es ahí donde quería
llegar San Felipe. «Ya ves –le dijo- como es imposible recoger las
plumas una vez que se las ha llevado el viento; igualmente es
imposible retirar las murmuraciones y calumnias una vez que han
salido de la boca».
[Traducción del italiano realizada por Zenit]